Vecino

vecinoReconozco que la segunda parte de El Vecino me desconcertó. Tras el buen sabor de boca que me había dejado el estreno de la serie (la reseña se puede encontrar en los archivos de Junio de 2004 -lo sé algún día recuperaré “los años perdidos” de La Cárcel), ese giro radical hacia un drama excesivo me pareció un particular “Born Again” que llegaba demasiado pronto, a destiempo y rompiendo la línea que tan bien había marcado el primer episodio. Desconcierto que me dejaba descolocado (lo siento por la aliteración) ante la tercera entrega de la serie. Los pequeños ejercicios de estilo que habían aliviado la espera de los aficionados desde El manglar tampoco daban demasiadas pistas y la única solución posible al entuerto era esperar a este nuevo volumen. Y respiro aliviado, oigan, porque reencuentro todas las claves que me gustaron de aquél primer álbum a tutti colori ahora transformado en sobria novela gráfica en blanco y negro de chipkiddiana portada, comenzando por ese principio atípico donde el lector parece llegar a una película que ya ha empezado y que nos obliga desde ese momento a prestar un poco más de atención, no sea que nos hayamos perdido algo importante. Un inicio que enlaza perfectamente con aquél final abrupto tan acertado, creando una especie de pequeño salto, como aquellas viejas películas con cortes bruscos y repentinos que no impiden seguir el hilo de la historia. Y así, ya en materia, descubriremos que los superhéroes tienen una vida de lo más normal, jugando a los guiños cómplices con aquellos tebeos maravillosos de la DC de Lois Lane y Jimmy Olsen, actualizando a los problemas económicos y sentimentales (también los sexuales que sólo intuíamos entonces) del héroe, pero respirando ese mismo aire de paradójica normalidad que los superhéroes deben vivir. Pero los ejercicios de estilo pasan factura y se nota que García -un guionista que se está convirtiendo en imprescindible- quería incorporar una pirueta especial, volviendo a esa forma de entender los tranches de vie lauzerianos que Dupuy y Berberian perfeccionaron en Mr. Jean, incorporando un brillante discurso sobre la mentira en las relaciones humanas. Mentiras compasivas o intencionadas, consentidas o ignoradas, leves o graves, pero que forman parte indisoluble de la naturaleza humana hasta el punto de ser casi necesarias para que una relación exista. Casi sin darnos cuenta, Titán ya no importa y lo que nos interesa realmente es saber qué pasa entre José Ramón y Javier, entre Javier y Lola, entre José Ramón y Rosa…, en esa telaraña de sentimientos, egoísmos, ambiciones, mentiras y verdades en la que están atrapados. La misma que vemos a nuestro alrededor a poco que levantemos los ojos del papel. Quizás no idéntica en forma, pero si en fondo.
Un cambio argumental al que le ha sentado de perlas el nuevo formato. Pepo Pérez se apunta a la estricta rejilla watchmeniana y se dedica libremente al difícil arte de la puesta en escena fluida, con un dibujo suelto de entintado sencillo, que se traduce en muchísima más expresividad y frescura, obligatoria para una narración que se centra en los diálogos y se sustrae de toda distracción. Incluyendo la del color, que desaparece para dejar sólo unas notas de violento rojo para el traje de Titán, que tiene el efecto de alejarlo de la realidad y veracidad del blanco y negro.
Me sorprende, de nuevo, el final. Hasta ahora, los autores han dado mucha importancia a esas últimas páginas, reconvertidas casi en firmas personales de una forma de entender la historieta, cargadas de intención. Y por eso, me preocupa esa viñeta final, esa puerta que se cierra tras un final feliz. ¿Es el final de El Vecino? Espero que no.
Un sólido tebeo. O novela gráfica.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Post Navigation