Sobre el dibujo, otra vez

Resulta sorprendente, fundamentalmente por lo recidivo y anacrónico, hasta qué punto reaparece periódicamente la discusión sobre “la calidad” del dibujo en la historieta. Una discusión que suele tomarse con exagerada pasión y que, con demasiada facilidad, salta del entorno puramente teórico de la obra a la consideración personal de autores o colectivos. En el fondo, el debate tiene una lectura deprimente, porque traslada a la historieta argumentaciones y controversias que el mundo del arte ya superó hace años. Si bien es cierto que la consideración del arte contemporáneo puede seguir abierta, la realidad es que la discusión que se realiza en historieta es más próxima a las que se daban en el siglo XIX que a las derivadas de una análisis de nuevas experimentaciones de vocación radical y rupturista. Y resulta tanto más sorprendente cuando ese debate muchas veces se encuentra falseado por presunciones erróneas: sirva como ejemplo el adjetivar a autores como Blain o Ware, por poner dos ejemplos bien diferentes, de “vanguardistas” o “rompedores”. En el caso del francés se puede decir que experimenta, cierto, pero no desde el estilo, sino más sutilmente, llevando al género del oeste una interpretación de clasicismo casi académico, con influencias estilísticas evidentísimas y nada novedosas, de la ilustración e historieta del XIX y principios del XX: Gus Bofa, A.B. Frost o R. Töpffer. Autores que en su día si fueron rompedores y vanguardistas, demostrando abrir caminos que un siglo después siguen vírgenes para que otros autores los recorran. El caso de Ware es más evidente: sus diferentes estilos gráficos beben directamente de los autores de prensa de principios del siglo XX (Winsor McCay, George Herriman, Charles Forbell, Frank King…) y del diseño de la misma época. Su experimentación en historieta no viene del estilo gráfico, sino de la composición rupturista, la conjugación de recursos narrativos contrapuestos… No digamos nada de autores que juegan a estilos conscientemente infantilizados, siguiendo como bien establecía Erwin Dejasse las máximas de Jean Dubuffet para el “Arte Brut” hace ya seis décadas (y aceptadas plenamente dentro del mundo del arte como movimiento), u otros que practican una estilización en apariencia más radical, pero que en el fondo no se alejan de las premisas implantadas por los autores de la figuración narrativa en los años 60 (y que, en su mayoría, vieron en la historieta un medio de expansión y búsqueda de nuevos recursos pictóricos).
Es posible que la extraña esquizofrenia que ha presidido el noveno arte tenga mucho que ver: recluido como medio hermético – casi sometido a ciertos ritos iniciáticos para un grupo cerrado de aficionados-, mientras que reivindica un papel de cultura popular de consumo masivo, el tebeo no ha sabido transmitir la necesaria y obligatoria necesidad de permeabilización hacia otras disciplinas artísticas para su evolución. No tanto en su práctica, que es evidente se ha producido por parte de los autores, sino desde una perspectiva didáctica al lector. Por no hablar de esa dualidad industria/arte que se materializa de forma casi violenta y disyuntiva, sin opción a la cohabitación pacífica.
Hay que añadir, además, una endogamia del medio que ha llegado a tal punto que cualquier obra sólo se analiza desde las influencias que el propio medio ha generado, negando la posibilidad de los préstamos de otros medios afines. Se permite, como mucho, la referencia continua –y reduccionista- al modelo cinematográfico, pero parece que ni literatura, ni poesía, ni pintura, ni dibujo, ni otras artes pudieran establecer puentes relacionales con la historieta si no existe de por medio un autor que los importe y que automáticamente se catalogará casi de “inventor”. Es verdad que esta endogamia autofagocitante no es exclusiva de los aficionados: es costumbre fundada que los autores de historieta se nutren básicamente de la influencia de otros autores de historieta. Una tradición cuya ruptura automáticamente se traduce en la adjetivización de vanguardista o experimental: Foster, Raymond, Steranko, Sinkiewickz – por poner ejemplos dispares- y tantos otros autores sorprendieron a los lectores de la época importando estilos que se practicaban ya en pintura o ilustración desde mucho antes.
Es cierto, por otra parte, que existe lógica para todos estos debates: la ausencia de un cuerpo teórico sólido y establecido abre las puertas a cualquier discusión. Incluso la valida, si se quiere, en tanto que como inexistente es necesaria, pero adecuándola al medio: volviendo al artículo de Dejasse para Neuvieme Art, resulta modélico como plantea la discusión no desde la validez del Art Brut, superada ya por consenso, sino de su aplicación a la historieta desde diferentes perspectivas.
Pero hay que llevarla a la historieta: quedarnos en una discusión sobre si un estilo de dibujo es válido o no es tan rancio como estéril. Es lógico y pertinente aceptar que el criterio personal construye sus propias normas y que no tenemos que aceptar cualquier estilo gráfico por el simple hecho de que esté asumido académicamente, pero entramos entonces en una esfera de consideración personal que es tan respetable como intransferible a una generalización. Pero, desde ese respeto, no está de más reclamar también que ese mismo criterio debe tener cierta apertura para ir más allá de lo gráfico para expandir en todo su potencial lo que realmente es la historieta, un Arte con mayúsculas que no nace de extrañas hibridaciones entre otros , sino de una forma primigenia de comunicación: la narración visual. No hay nada peyorativo en evolucionar desde la fusión de artes, pero la historieta es mucho más que la suma de dibujo y texto, es una narración visual, que tiene sus códigos propios pero que usa recursos que vienen de otras artes y medios de expresión. El texto no es más que un recurso más, el estilo de dibujo no es más que un vehículo para ese arte invisible que es la Historieta.

Se falla el primer premio de cómic sobre La deficiencia auditiva

[Nota de prensa]
JOAQUÍN CARRO GONZÁLEZ OBTIENE EL PRIMER PREMIO DE CÓMIC SOBRE LA DEFICIENCIA AUDITIVA
Un jurado formado por Miguel Gallardo, Toni Guiral y Vicente Ferrer valora una historieta llena de humor sobre la sordera
La Asociación CLAVE ATENCIÓN A LA DEFICIENCIA AUDITIVA es la impulsora de esta iniciativa con la que espera sensibilizar al público sobre la problemática de este colectivo

Madrid,19 de febrero.- Joaquín Carro González es el ganador de la primera edición del premio de cómic convocado por CLAVE, ATENCIÓN A LA DEFICIENCIA AUDITIVA fallado esta mañana en Madrid por un jurado constituido por el dibujante Miguel Gallardo, el crítico de cómics Toni Guiral y el editor de Media Vaca, Vicente Ferrer. A la convocatoria se han presentado más de cuarenta trabajos que han reflejado de distintas formas la deficiencia auditiva en historias que han centrado su atención en la vida cotidiana de los protagonistas.
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