El yo, el ego y el superego

No me suele gustar hacer reseñas de obras de humor. Más allá del gag universal, admitido casi como algo biológico, el humor es un género complicado: precisa de un compromiso oculto entre autor y lector para definir unas claves que, mutuamente asumidas, permiten el juego de referencias que desencadena ese intrincado mecanismo que es la risa. Ya sea un chiste escatológico y zafio o una refinada ironía, lector y autor parten de un acuerdo, del reconocimiento de lugares comunes que permiten generar la esperada conclusión de la sonrisa. Muchas veces el humor no funciona porque la obra sea mala, sino simplemente porque las cláusulas de ese contrato no se cumplen: pasa por ejemplo cuando vemos un chiste de incisivo editorialismo político americano que nos deja indiferentes ante el desconocimiento de los entresijos políticos de ese país o ante un autor cuyos recursos o referentes son ajenos a los propios. A mí, personalmente, me ha pasado siempre con Juanjo Sáez. Pese a que muchos conocidos me lo recomendaban e incluso han intentado hacerme ver la eficacia e inteligencia de su humor, debo reconocer que me era imposible conectar con sus obras. No niego la inteligencia de su discurso y el atrevimiento con que abordaba muchas ideas, pero los resultados nunca han conseguido que pasara la frontera entre la indiferencia y el interés.
Hasta ahora, claro. Porque la sorpresa ha saltado con Yo, otro libro egocéntrico de Juanjo Sáez (Random House Mondadori), un libro que a priori hubiera dejado pasar al ser un recopilatorio de sus trabajos en prensa y diferentes publicaciones donde el autor ha colaborado. Con la anterior introducción, era más que evidente que una recopilación de obra previa no haría más que abundar en el distanciamiento comentado pero, afortunadamente para mí, Sáez ha optado por ir mucho más allá de la fácil recolección antológica habitual en estos casos y ha aprovechado para hacer una profunda reflexión sobre su trabajo y carrera, obteniendo una extraña mezcla de entre obra vieja y obra nueva de la que extrae un atractivo resultado. Sáez presenta sus anteriores colaboraciones en prensa o revistas como Rockdelux como un diálogo entre él mismo y su ego, en una opción que no parece especialmente original, pero que lo será en el tono empleado: una autocrítica que me atrevo a calificar de feroz y cruel, en la que repasa su carrera, su evolución artística y personal e incluso sus ideas desde una posición inclemente y que no deja resquicio a la autocomplacencia. Lo hace, además, desde una postura de honestidad no impostada que el lector agradece todavía más, dotando al conjunto de una frescura inusual y de un interés especial. Sáez recorre su carrera y habla sin tapujos del mundo editorial, dejando al descubierto sus miserias a la par que reconoce abiertamente errores y aciertos de su trabajo. No es habitual encontrar en la historieta este nivel de reflexión sobre la propia obra, sobre todo desde un ejercicio metalingüístico tan completo, mucho más allá de la anécdota puntual que si puede ser más común de ver. Explicando cada una de sus tiras, el autor consigue entablar un diálogo entre lector, autor y su “alter ego” especialmente fructífero, que permite analizar tanto desde las cuestiones creativas y puramente autorales hasta las imposiciones editoriales y cómo la coyuntura influye y afecta a la creatividad.
Es posible que las obras de Sáez sigan sin gustarme en un futuro, pero es difícil no conectar con la originalidad, honestidad y lucidez de Yo, otro libro egocéntrico de Juanjo Sáez.