Rebétiko

Hay un momento en Rébétiko que me parece fascinante, casi mágico: los músicos comienzan a tocar sus buzukis, los vemos rasgar las cuerda, cantar, pero ningún sonido sale de sus instrumentos o de sus gargantas. No hay onomatopeyas, ni los signos gráficos a los que nos acostumbra la música “dibujada”, sólo hay el silencio sepulcral que esperamos de un papel. Sin embargo, Prudhomme va moviéndose por la taberna, viendo el efecto que esa música provoca en los que la escuchan, en los que la aman. Y, poco a poco, por arte de magia, las notas comienzan a tomar forma, llevadas por el lenguaje corporal y gestual, contagiando a un lector que se convierte en uno más de los reunidos a escuchar la música. De repente, nos damos cuenta de que estamos inmersos en esa música completamente, y que entendemos el mensaje de libertad que Prudhomme quiere compartir con nosotros.
Hay muchos más aciertos en Rébétiko, incontables, desde el estilo gráfico a ese color mediterráneo, vivo y caluroso que impregna cada página, desde la acertada definición de los personajes a la elección de seguir durante apenas un día la vida de este grupo de músicos rebetis, nómadas en busca de libertad justo poco después de la llegada al poder del dictador Metaxas en Grecia. Libertad simbolizada por esa música tocada por la gente del pueblo para la gente del pueblo, que entronca con el blues, con el fado, y que sin oírse protagoniza todas y cada una de las páginas, narradas con exuberancia mediterránea pero también con inteligencia, dejando que el lector extraiga muchas más lecturas que van desde la denuncia de la represión de la libertad a la sutileza con la que los músicos tocan sus instrumentos, con amor y sensualidad. Y, por supuesto, ese epílogo final, demoledor, brutal, que deja un sabor agridulce y que habla de la ilusión de la libertad, de cómo el sistema fagocita finalmente incluso a aquello que nace contra él.
Una obra sorprendente, viva, extraordinaria y a mi entender, sin duda, la mejor de las novedades francesas de la selección de Angoulême de este año que he podido leer (que han sido muchas y asumiendo, por supuesto, que la soberbia y lujosa nueva edición de La Guerra de Alan no es novedad. Y, sí, muy, muy cerca, de la excelente Le petit rien tout neuf avec un ventre jaune de Rabaté) y llamado a ser uno de los mejores álbumes del año. La edición de sins entido, impecable (aunque reconozco que me gusta más la portada de la primera edición francesa) (4)
Y curiosa, cuanto menos, esta corriente (¿género?) que lleva la música a la historieta: Klezmer, Bluesman, Bebop, Macandé, Meteor Slim

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