Renacido

Pues no, toda mi teoría sobre lo que estaba construyendo Brubaker con la muerte del Capitán América se esfumó para volver a la cruda realidad: que lo del Ave Fénix, lo del tercer día, reencarnaciones y demás cortes de manga a la parca se queda en un juego de canicas comparado con las capacidades resucitatorias de los ejecutivos de Marvel y DC. Que hay muchas películas en juego y con la manduca de los hijos de los que tienen que mantener los yates y chaletes de los jefes no se juega, oigan. Así que después de dejarle a Brubaker un rato de divertimento, vuelta a la realidad y resurrección al canto de Don Steve Rogers, que a fin de cuentas, ya está curtidito en estas lides y no será para tanto.
Afortunadamente, Brubaker no es cualquiera y pese a que queda claro que el encargo viene desde arriba y que uno no puede hacer lo que le dé la gana con las franquicias cinematográficas, el guionista tiene suficiente talento como para orquestar una vuelta del supersoldado que no sólo no insulte la dignidad del lector (como es habitual en estos casos), sino que incluso resulte entretenida y atractiva. Sabedor que con una saga llamado “Renacimiento” la tensión sobre el final de la misma es similar a saber si el Titanic se hunde o no, Brubaker desarrolla una trama donde el protagonista es un ritmo endiablado, en el que todos los protagonistas de este largo viaje desde la muerte del señor con la estrella en la frente que no es una A de Francia actúan coralmente con el único afán de enganchar al lector. Y lo consigue simplemente con un acertado planteamiento en paralelo que juega, de nuevo, a lo que ha sido la máxima de toda su etapa en la serie: el respeto a la tradición del personaje. El guiño a la primera muerte y resurrección del Capitán en los hielos es obvio, transformado y evolucionado a estos tiempos modernos que vivimos, con mucha nanotecnología y teorías de universos y líneas temporales simultáneas, pero sirve como excusa para hacer una revisión y homenaje a toda la historia del personaje. Brubaker vuelve a demostrar su habilidad entroncando el repaso dentro de la historia sin que ésta pierda un ápice de su ritmo e incluso transformándolo en hilo conductor de toda la búsqueda de Steve Rogers, que terminará con un simbólico enfrentamiento que recuerda, en parte y en la lejanía, a esa idea de La broma asesina que marcaba que un héroe no existe sin su archinémesis. Todo bien preparado para que Hitch se desfogue en las espectaculares escenas de inspiración cinematográfica de las que tanto gusta, que resuelve con oficio pese a que se detecta una inesperada dejadez en el acabado, poco habitual en el británico.
Al final, y pese a todo lo previsible que pueda ser el arco argumental, el objetivo se cumple con creces: divertir y entretener al lector con una historia bien contada, bien armada y digna.
Que no es poco (2-)

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