Kick-ass

Me pasa casi siempre lo mismo con Mark Millar. Es un guionista de ideas interesantes, que sabe dotar siempre a sus planteamientos argumentales de una ácida segunda lectura que no amaga mojarse en temas políticos y de enjundia, y que suele jugar a un negrísimo e inteligente humor escocés que muchas veces queda demasiado soterrado. Todos puntos a su favor para hacer siempre un buen tebeo pero que suele tirar por tierra por su incontenible pasión provocadora, que controlada sería demoledora pero que desatada queda siempre a la altura de gamberro de patio de colegio. Una verdadera lástima, porque la sensación es constante: sugestivos arranques que se estrellan al poco con el mismo y repetitivo muro. Como en Kick-Ass, enésimo intento de llevar “la realidad” al concepto superheroico y que Millar pasa por la batidora de la ultraviolencia más exagerada, construyendo una parodia que tiene en sus propios excesos sus virtudes y carencias. Si en 1985 construía un homenaje irredento al lector más friki y contumaz, aquí literalmente le patea el culo con una revisión iconoclasta del juvenil Peter Parker de Ditko metido a Batman milleriano. Desde el guiño al tópico de la mala influencia por imitación en los jóvenes cerebros con el que se abre, hasta ese final descreído pero canónico, Kick Ass se articula como una especie de montaña rusa algo desquiciada entre la parodia basada en traspasar fronteras de la forma más salvaje y brutal posible y la escondida esperanza de que algo de esa ficción pueda ser real. El problema es que, al final, ese envoltorio de hiperviolencia y gamberrismo en busca de la pose más amoral y excesiva posible pasa factura, escondiendo las buenas ideas y puyas políticas que destila el tebeo, tan diluidas que casi desaparecen en un marasmo de porrazos, sangre y lesiones variadas de cierta consideración.
Al final, como siempre con Millar, un tebeo entretenido sin más, con un Romita Jr. tan eficaz -y autocopiativo- como es habitual, pero que pudo ser mucho, mucho más. (1-)

Nueva editorial: Ediciones Babylon

Una nueva editorial en el mercado de tebeo hispano, Ediciones Babylon, os paso su nota de presentación:

Ediciones Babylon es una nueva editorial española que quiere ir llenando el mercado patrio con autores españoles que carecen de oportunidades por serlo. Tanto de dibujantes de cómic, ilustradores y escritores. Queremos editar diversos estilos de cómic. Ya tenemos unos cuantos títulos en preparación, de la mano de jóvenes dibujantes de gran calidad, que saldrán al mercado hacia finales del 2010. Nos sólo trabajaremos con obras en formato cómic o manga, también publicaremos novelas y libros de ilustraciones.
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El principito

Aprovecho la edición de Salamandra de El principito de Joann Sfar para recuperar la reseña que hice de su edición francesa:
El traslado de obras literarias a otros medios y lenguajes es tan antiguo como la existencia de la cultura escrita. Ya sea a teatro, imágenes, cine, televisión, música, danza, historieta, ilustración, videojuegos o cualquier forma de expresión cultural artística pasada, presente o futura, siempre existirá esa ambición – lógica y razonable, todo sea dicho – de compartir la visión que se tiene de una lectura. La forma literaria tiene como característica dejar absoluta libertad a la imaginación del lector para representar lo que está leyendo, lo que se traduce en infinitas posibilidades. Una esencialidad de este medio que favorece su trasvase y que incluso, en cierta medida, lo alienta a poco que el lector tenga una mínima aspiración creativa. En ese sentido, criticar sistemáticamente los pasos a otros medios no sólo es absurdo, sino que supone obviar el aliciente de poder descubrir nuevas ideas, matices o aproximaciones a una lectura. Eso sí, es evidente que una adaptación no es una panacea: existen multitud de obras cuyo trasvase es complejo y difícil, ya sea por razones intrínsecas a la obra o porque ésta sea tan conocida que haya traspasado la frontera de la interpretación particular para instalarse en el imaginario colectivo. O ambas, porque en el caso de El Principito, de Antoine de Saint Exupery, se dan precisamente las dos circunstancias.Una obra con la que es difícil no emocionarse y que queda anclada en nuestros corazones desde la primera lectura, asociada sin duda a las sencillas ilustraciones del autor que la acompañan, pero dotada de una capacidad evocadora tan potente que la hace diferente en cada nueva aproximación. Atreverse a llevar a la historieta esta aventura es una temeridad sólo al alcance de unos pocos elegidos, entre los que, a priori, no tendría dudas en señalar a Joann Sfar. El francés tiene una capacidad y un talento tan desbordante que no albergaba la menor duda de que su trabajo llevando a la historieta al pequeño príncipe sería original y diferente, aportando una visión nueva a la obra de Saint Exupery. Sin embargo, con el tebeo ya en las manos -edición impecable de Salamandra -, la decepción es importante. Vaya por delante que no estamos ante un mal tebeo: Sfar hace una adaptación canónica del libro, prácticamente literal, pero por primera vez veo al dibujante contenido y sobrepasado por la tarea, firmando un trabajo que está a años luz de sus posibilidades. Es evidente que la inmensa aureola que tiene El Principito ha pesado demasiado sobre el autor, que ha evitado dar su visión para hacer una traslación directa en la que cualquier lector verá reflejada la obra original, pero que precisamente por eso, no aporta absolutamente nada a la lectura del libro. Gráficamente abandona la libertad y fluidez casi agresiva de sus últimas obras (pienso en la alegría visual de Klezmer, por ejemplo) para realizar un trabajo más pulcro y desarrollado, basado siempre en las ilustraciones de Saint Exupery… pero sin vida. Sinceramente, esperaba que Sfar se hubiese atrevido a la arriesgada trasgresión de dar su lectura de El Principito, respetuosa, pero salpicada de su personalidad. Sin embargo, el tebeo que acabo de leer podría haber sido firmado por cualquier otro autor, obteniendo el mismo resultado artesanal y correcto, pero que no se justifica no ya como alternativa a la lectura del original literario (lo que, en principio, nunca tiene sentido, no caigamos tampoco en la comparación absurda entre medios), sino como simple complemento.
En resumen: un tebeo correcto, pero anodino. Hasta los más grandes tienen un día malo. (1)

En mis ojos

Aprovecho la edición en castellano de En mis ojos, de Bastien Vivés para reciclar reseña:
Tras la excelente El gusto del cloro, la nueva obra de Bastien Vivés sólo hace que ahondar todavía más mi admiración por este autor. Cierto es que no se puede hablar de originalidad en la temática, incluso si se me apura se puede tachar este álbum de de repetitivo porque Vivès vuelve a reflexionar sobre el enamoramiento… ¡Pero cómo lo hace! Al igual que en su anterior obra, se centra en transmitir al lector sentimientos y sensaciones, optando directamente por convertirlo en protagonista involuntario de la historia. En una atrevida elección, la obra se contará desde un punto de vista completamente subjetivo: el lector sólo asiste a la historia a través de los ojos y oídos, del protagonista. Compartimos su vista, oído y, casi, tacto, pero no podremos nunca ni ver ni oír al protagonista, en una propuesta casi cruel por parte de Vivès. Vemos lo que él, sentimos lo que él…pero no sabemos cómo responde. Lo intuimos y debemos tomar la decisión de completar las conversaciones, de rellenar esos espacios en blanco con nuestros propios pensamientos, sentimientos y sensaciones. Un juego de máscaras imprevisto en el que el lector cae rápidamente. Como en un carnaval, el disfraz nos despoja de inhibiciones y aceptamos de buen grado el juego, creando un extraño personaje a medio camino entre el protagonista sugerido por Vivès y nosotros mismos. Nos dejaremos llevar de la mano y descubriremos que el dibujante consigue captar esos detalles apenas definibles del enamoramiento: nos quedaremos embobados mirando a la chica que nos arrebata el sentido, esperaremos con ansiedad verla otra vez, el mundo desaparecerá alrededor de nuestro amor o nuestra mirada se escapará deteniéndose en cada detalle de su anatomía, entre la maravilla y el deseo. Y Vivès, dotado de una capacidad inhumana para el dibujo, fotografiará con precisión cada uno de esos sentimientos. Un dibujo aparentemente descuidado, terminado con unos lápices de colores nerviosos pero que exuda vitalidad por cada uno de sus trazos, captando exactamente las sensaciones. El dibujo se transforma en un conjunto indefinible de sonidos, olores, tactos… en seis viñetas por página en las que el marco ha desaparecido, conjugando una secuencia no cinematográfica, sino real. Más que nunca, toma sentido ese concepto de completitud al que obliga la transición entre viñetas, ese espacio en blanco donde el lector toma partido y decide completar la acción. Pero esta vez, esa secuencia nos atrapará con una terrible trampa: lo completaremos no en base a las pistas que deja el autor entre viñeta y viñeta, sino sobre nuestras propias experiencias y sentimientos.
Es cierto que el mensaje es simple y previsible. Es también verdad que no hay profundidad ni reflexión, que es un planteamiento casi contemplativo. Ni siquiera se puede decir que el experimento sea original (¡ya lo hizo Eisner!) Todas esas objeciones son ciertas, pero hay algo indescriptible que logra que, si entras en el juego de Vivès, te quedes prendado, hipnotizado por las sensaciones que destila con elegancia.
Un álbum que me ha parecido muy bello y que coloca a Bastien Vivès dentro del grupo de nuevos autores de obligado seguimiento. Un acierto el de Diábolo al editarlo. (3+)

Lulú

Davodeau tiene una sensibilidad especial para plasmar lo cotidiano. Lo hace sin aspavientos, con sobriedad y tranquilidad, centrado sobre todo en que los personajes de sus tebeos respiren humanidad y credibilidad. Ya sea hablando de las dificultades de poner en marcha un negocio de agricultura ecológica, de la muerte de un sindicalista durante las revueltas obreras de 1950 o de los problemas de una familia media, sus historias tienen la difícil peculiaridad de transmitir veracidad y autenticidad, de realmente presentarnos una vida que podría ser la nuestra o la de cualquiera de los vecinos que nos encontramos cada día en la escalera. Y lo vuelve a hacer en Lulú, mujer desnuda, donde nos lleva de la mano a conocer a una mujer que, un día comprendió que su vida ya no era suya. Y decidió, simplemente, salir de su vida. Sin más. Sin premeditaciones, sin explicaciones, un día no volvió a casa y decidió buscar lo que le faltaba a su vida monótona.
Un argumento que podía dar para un folletín melodramático cargado de trascendentes discursos que Davodeau resuelve -como siempre- con inspiración, evitando que sea la propia Lulú la que hable: serán sus amigos, reunidos tres semanas después de la marcha de Lulú, los que intentarán reconstruir el puzzle de lo que pasó. Y lo harán desde la amistad y un intento de no juzgar a la amiga, pero sin poder evitar los prejuicios de una sociedad construida sobre la suposición de que la vida que tenemos que llevar es la que está escrita y que cualquier desacuerdo o es aventura, o es revolución. Un acertado planteamiento que permite a Davodeau entrar en la vida de Lulú desde una perspectiva distinta, dejando que el lector vaya construyendo la imagen de una vida, de una mujer que se enfrentó contra aquello que tenía escrito en el destino que le había adjudicado la sociedad.
Si en la década de los 70 Lauzier se convirtió con sus tranches de vie en fustigador de una burguesía hipócrita y ambiciosa, hoy Davodeau es la voz de aquellos que sólo aspiran a poder llegar al día siguiente.
Muy, muy recomendable.

Enlaces: El blog de Lulú Femme Nue

Googleleídos

Unos cuantos enlaces compartidos en Google Reader…

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(Si os gusta esta modalidad de compartir lo que encuentro por Reader más que la de la pestañita de enlaces en La Minicárcel, me lo decís…)

Novedades de Norma para el Salón

Ya está disponible el PDF de novedades de Norma para el Salón. A destacar, el primer integral de Adèle Blanc-Sec de Tardi y ¡Puta Guerra!, del mismo autor (en formato reducido, snif…); La teoría del grano de arena, de Peeters y Schuiten, el interesante Blast de Manu Larcenet; una nueva entrega de Inside Moebius; Todo el polvo del camino, de Wander Antunes y Jaime Martín; La canción de los gusanos, de Álex Romero y López Rubiño; Zero, de Ken Niimura y La leyenda de Son Goku de Osamu Tezuka.

Cuatro nuevos autores en el Salón

[Nota de prensa[
La lista de artistas invitados de la 28ª edición del Salón del Cómic crece con la presencia de Charles Berberian –creador junto a Phillipe Dupuy de Monsieur Jan–, Bastien Vivès, Merwan Chabane –autores de uno de los grandes éxitos recientes del cómic franco-belga, la odisea romana Por el Imperio– y de la guionista de cómics de superhéroes Gail Simone, bien conocida por los aficionados del género gracias a sus colaboraciones con Marvel y DC en series como Wonder Woman o Aves de Presa.
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Alicia

No resulta fácil explicar qué es Alice in Sunderland. Una obra extraña, compleja, tan exagerada como desmesurada y, a la par, sugerente y atractiva, que quizás se podría resumir tanto como el exceso de un autor henchido de megalomanía, como por el delirio de un genio…
Es difícil porque, básicamente, Talbot intenta explicarlo todo. Y cuando digo todo, entiéndase como una vasta “teoría del todo” que busca encontrar todas las conexiones entre lo real y lo irreal.
Ese “todo” comienza en un teatro de Sunderland, una pequeña población del nordeste de Inglaterra, donde un actor comenzará a tirar de una cadena infinita llamada Alicia, en la que cada eslabón es un dato, una fecha, un personaje, una persona, un hecho… Enlazados fuertemente hasta el punto en que la famosa teoría de los 6 grados de separación entre dos personas se queda en una minucia ante esta hipótesis de conexión universal en la que las personas llevan a los personajes, éstos a los lugares y los lugares a los hechos, que de nuevo conectan con personas, que pueden ser autores que crean personajes que sueñan con otros lugares… y así hasta el infinito. El juego de prestidigitación de Talbot tiene tanto de engaño como de magia, consiguiendo enlazar de forma fluida lo increíble, logrando que realidad y ficción se difuminen en un único universo de complejo barroquismo donde miles de aleteos de mariposas logran millones de extrañas coincidencias. No hay argumento real en Alice in Sunderland. Hay, sí, la excusa del encuentro entre Alicia Lidell y Charles L. Dodgson, pero en las páginas del libro lo que encontramos es un inmenso río de conexiones, a veces como una reacción en cadena donde una carambola genera un ramillete de cientos de carambolas posteriores, a veces sólo como un débil nexo de unión. Pero Talbot siempre encuentra ese lazo invisible para anudar su enganche, su paso al siguiente vínculo, siempre con la Alicia de Carroll como inspiración de ese nuevo universo autocontenido.
Y así, lugar, personaje, persona y hecho se funden en un único cristal de infinitas facetas: dependerá sólo desde dónde lo miremos para que veamos uno u otro.
Un exceso tan ambicioso como casi inalcanzable, pero perfecto para un autor como Talbot, siempre dado a la desproporción barroca, recargada, con un patológico horror vacui gráfico que aquí se transforma en un cúmulo de estilos, de experimentaciones, casi en una especie de inmenso collage donde ideas y grafismos se superponen sin solución de continuidad. El minucioso trabajo de documentación previo que ya se veía en obras como Luther Arkwright o El corazón del imperio llega aquí a la categoría de auténtico orfebre, obsesionado en convertirse en una especie de parca capaz de hilar ese inmenso tapiz que recoja lo imaginario y lo real.
Ante semejante desafío, era fácil caer en el desvarío desquiciado, convirtiéndose en el demiurgo definitivo, pero Talbot tiene siempre un ancla en la realidad a través de un espectador aburrido, que asiste impertérrito al impresionante despliegue espacio-imaginativo-temporal y que recuerda a lector y autor que es todo un ejercicio de imaginación, como bien certifica el irónico final, quizás previsible y tópico, pero perfecto para cerrar el juego que propone Talbot.
Quizás el mayor problema que se le puede achacar a la propuesta del autor (más allá de entrar en el juego de conexiones, claro) es que esos excesos temáticos funcionan mejor en la corta distancia que en la larga extensión elegida para la obra, con más de 300 páginas. Lo que comienza siendo fascinación, no pocas veces se transforma en tedio ante una cascada de datos e ideas que, por acumulación, acaba siendo un continuo indistinguible que puede aburrir. Pero, eso sí, nunca deja indiferente.
Un tebeo a leer, pero con precauciones: leído a pequeñas entregas, resulta un ejercicio intelectual sugerente y original. De un tirón, el empacho es indigesto.
Alice in Sunderland, de Bryan Talbot. Random House Mondadori.

Panini publica Príncipe Valiente

Panini publicará para el salón del Barcelona el Príncipe Valiente de Gary Gianni y Mark Schultz, una más que digna continuación de la obra de Foster que recupera el espíritu aventurero y viajero de los inicios del personaje, actualizándolo. Luchar contra esa losa que es el legado de Harold Foster es casi imposible, pero hay que reconocer que Gianni y Schultz hacen una labor más que correcta desde la admiración a Foster. Sabedores de que siquiera llegar a igualar una de las grandes obras maestras del noveno arte es imposible, se mueven más en el homenaje, consiguiendo un tebeo de lo más entretenido.

LEJOS DE CAMELOT, de Mark Schultz y Gary Gianni. Libro en tapa dura. 192 páginas. PVP: 19,95 €
¡El renacimiento de una obra maestra! Schultz y Gianni devuelven su gloria pasada a la mítica creación de Harold Foster. Este volumen único sigue el rastro del Príncipe Valiente y su hijo Nathan mientras se preparan para la batalla tras la abdicación del Rey Arturo. Cada paso del viaje está lleno de peligros y de oportunidades para corregir viejos errores. Mientras tanto, Aleta, el verdadero amor de nuestro protagonista, se enfrenta en Camelot a sus propios desafíos.

El hombre retorcido

Me gusta el Hellboy de Mignola. Reconozco que cae en la repetición y que en muchos casos sus argumentos son anodinos, pero me encanta ese tratamiento descreído e irónico de las leyendas populares y de toda la iconografía esotérica, tiene un encanto especial que el dibujo de Mignola potencia exponencialmente, perfecto para esas ambientaciones a medias entre lo gótico y el folletín decimonónico (una serie que, por cierto y aunque parezca increíble, tiene muchas conexiones con Adèle Blanc-Sec, que estoy releyendo en la espectacular nueva edición que ha hecho Casterman en Francia con motivo de la película). Sin embargo, reconozco también que, por increíble que parezca, la serie se dispara en calidad cuando son otros dibujantes los que se encargan del rojo demonio. Es el caso del “spin-off” AIDP, donde Arcudi y Guy Davis exploran ese universo creado por Mignola con historias mucho más elaboradas, con más desarrollo de los personajes y de las situaciones. Pero, sobre todo, es el caso de Richard Corben, posiblemente el mejor dibujante para la serie tras el propio Mignola. La exuberancia de Corben, de bastas volumetrías y trazo organico, parecía poco compatible con la elegancia casi minimalista de Mignola, dominador de un sentido de la mancha de negro de milimétrica perfección. Sin embargo, para las incursiones del de Kansas el ahora guionista Mignola crea guiones que, sin alejarse de la filosofía del personaje, se adaptan como un guante a las posibilidades expresivas del dibujante. Si Makoma recuperaba en cierta medida las escenografías de Den, andando solitario por el desierto, en El hombre retorcido vamos a encontrar una historia que podría perfectamente haber aparecido en las páginas de Creepy, una historia de terror insano, de brujas y maldiciones, que aprovecha el dibujo rebosante de potencia y expresividad de Corben para conseguir una lectura plenamente disfrutable. Cada página de esta historieta actúa como una especie de nostálgico repaso a toda esa época de historias cortas de terror, con referentes casi ineludibles, que Mignola repasa con esa ironía y mala leche que siempre ha caracterizado al personaje, mientras que Corben desata ese huracán de narrativa explosiva que le caracteriza. Mención especial al color de Dave Stewart, que en su previsibilidad –usando el rojo sólo para Hellboy-, no deja de conseguir un resultado excelente.
Un tebeo muy entretenido (2+).

Novedades de abril y mayo de Dolmen

Balear Abans i Ara #1: Prehistoria I, de Quim Bou Novela gráfica. 68 págs. Color. 9’95 euros.
Dolmen #174-175, de Varios autores Revista. 126 págs. Color. 6,95 euros.
Eros #112, de Varios autores Revista. 68 págs. B/N y color. 3,99 euros.
KMIC #2, de Varios autores. Revista. 32 págs. Color. 1,95 euro
Matris, de Enrique Vegas Tomo. 150 págs. B/N. 15 euros.
Wild Adapter #2, de Kazuya Minekura Tomo. 180 págs. B/N. 8,50 euros
Antología Z, de Varios autore. Novela. 326 págs. 16’95 euros.
Aprende a Dibujar Manga #2: Cuerpos y emociones, de Todashi Ozawa Libro. 112 págs. B/N. 13,95 euros.
Crónicas Necrologicas: diario de un zombi, de Sergi Llauger Novela. 450 páginas. 18’95 euros.
La Muerte Negra: el triunfo de los no-muertos, de Házael G. Novela. 280 páginas. 17’95 euros.

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Spiegelman

Con Maus, dice Spiegelman, quiso hacer “un largo cómic que necesitara señalador y tuviera la densidad que relaciono con las novelas”, pero nunca usó el término novela gráfica. “Me gustan las raíces del género”, dice. “No quiero verlo vestido de etiqueta para poder estar en público. Los cómics son los enanos jorobados del arte y deberían estar orgullosos de serlo.” Hace poco iba leyendo Posy Simmonds en un avión y un hombre le dijo: “Oí hablar de la novela gráfica. ¿Es buena?” Spiegelman hace una mueca. “Hace diez años la gente habría pensado: ‘ese tipo es un retardado. Es un adulto y está leyendo cómics.’ Por ese tipo de cosas me doy cuenta de que las cosas cambiaron. Ahora se les dice novelas gráficas y está bien leerlas.”

Entrevista a Spiegelman en Clarín (Gracias H.)