Formatos

Leyendo la soberbia edición de Bringing Up Father, de George McManus no podía para de pensar en las muchas injusticias que cometemos sin darnos cuenta al valorar los tebeos que tenemos hoy. Primero, por los muchos olvidos que cometemos a la hora de hablar de “referentes de la historieta”. Se nos llena la boca de McCays, Herrimans y Fosters y nunca recordamos la influencia fundamental y decisiva de autores como McManus, Rudolph Dirks o Frank King. Es imposible no ver en las páginas de Bringing Up Father (y en las de Harold Gray, por supuesto), el germen de la línea clara que arrasaría en Europa. ¡Y qué decir de Dirks! Sus planchas dominicales de 1901 utilizan el lenguaje de la historieta con unos planteamientos plenamente modernos (no son pocos los que reivindican para Dirks la responsabilidad de lo que hoy entendemos por historieta).

Pero, sobre todo, cometemos una terrible injusticia con los formatos. Mientras pasaba las páginas de esta edición, maravillado por la calidad de publicación, no he podido evitar pensar en las palabras de Pascal Lefevre cuando indicaba hasta qué punto el formato de publicación influye decisivamente no sólo en la experiencia lectora, sino incluso en los propios contenidos. Ahora que el formato libro se ha instaurado, parece como si cualquier otro formato sólo admitiese reconocimiento y homenaje cuando termina traspasado al lomo y cartoné. No seré yo el que abjure del tomo, al contrario: es el formato que ha permitido que el concepto de cómic de autor logre su sentido pleno en eso que hoy llamamos novela gráfica, consiguiendo que el autor sea responsable pleno de contenido y continente (con matices, por supuesto, que también el tomo puede ser una tiranía). Sin embargo, cuando se leen las tiras, es evidente hasta qué punto el lujo y calidad de las reproducciones no puede en ninguna forma repetir la experiencia lectora de este formato tan especial que es la tira diaria. Por sus características, la tira es el único formato de la historieta que permite una plena integración en la inmediatez su tiempo, logrando una comunicación con el lector imposible en otros formatos. Por un lado, la inclusión de elementos de actualidad, como por ejemplo las noticias de la guerra chino-japonesa que se publicaban en Terry y los piratas y que convirtieron a la tira de Caniff en el mejor y más exacto medio de información sobre el tema. Por otro, y casi más importante, el hecho de que las tiras reproducen en muchos casos (la mayoría) el calendario de celebraciones y eventos populares. Generalmente, el mismo día que los americanos celebraban Acción de Gracias o Navidad, podían leer en los periódicos a sus personajes preferidos celebrando los mismos acontecimientos. Una relación de identificación que es imposible en cualquier otro formato y que consigue que la tira logue una proximidad increíble con el lector, hasta el punto que se dieron trasvases en sentido contrario, como el día de Sawdie Hawkins. El formato, en ese sentido, condicionaba los contenidos y resulta inseparable de ellos. Por mucho que lo intentemos, por mucho que contextualicemos la lectura, es imposible reproducir la increíble experiencia lectora que podía ser para el americano de las primeras décadas del siglo XX seguir día a día las hazañas de sus personajes preferidos. El contexto, la identificación temporal, sí, pero también la espera y el ritmo que marcaban aquellos autores.

Me pasa algo parecido con Watchmen, por ejemplo. He perdido la cuenta de las veces que he leído esta obra, pero por desgracia nunca volveré a obtener el placer de la lectura de la primera vez. Hay muchas obras cuya relectura ha sido tan fructífera o más que la primera, pero en tebeos como Watchmen es imposible reproducir el efecto de ese ritmo mensual que Moore y Gibbons dosificaron tan magistralmente. Es evidente que el británico era consciente de que estaba trabajando en comic-books de aparición mensual y jugó claramente con cada entrega, con las cadencias y métricas necesarias para orquestar ese lento crescendo. Hoy no renuncio por nada del mundo a mi edición en tomo y hace años que me deshice de la primera versión llena de mis odiadas grapas, pero reconozco que jamás será lo mismo (aunque lo volviese a leer en comic-book).
Cosas de los formatos.

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