Novedades de dibbuks de diciembre

DIOSAS Y GUERRERAS, de Alfonso Azpiri y Diana Azpiri. Colección BAAL – 17 x 26 cm. – 48 págs. color. Cartoné con sobrecubierta – PVP: 16 euros
CAZADORES DE GONZOS, de Bonet, Tarragona y García 17 x 24 cm. – 112 págs. color. Cartoné- PVP: 16 euros
(**)- INTERFACES #2, colaboraciones de Tony Sandoval – Nemiri – J.L. Ágreda Lucas Varela – Lilian Coquillaud – Pat Ryu … 19 x 27 cm. – 112 págs. color. Rústica con solapas – PVP: 18 euros
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Mutilados

No deja de ser una cruel paradoja que el excelente texto de Vicent Sanchis sobre la censura franquista en los tebeos de Bruguera, Tebeos Mutilados, haya sido mutilado a su vez por una maquetación aberrante. De la absurda mutilación censora durante el franquismo a la mutilación por indolencia de las editoriales de hoy. País.

Las selecciones de Angouleme

Ya se han hecho públicas las selecciones a los premios de Angouleme 2011: la oficial para los esenciales, patrimonio y juvenil. Un buen termómetro de lo mejor que ha salido en Francia en este año. Y atentos porque Les Aventures du jeune Jules Verne, de Pedro Rodriguez y Jorge Garcia es uno de los seleccionados en juvenil y Todo el polvo del camino, de Jaime Martín y Wander Antunes, en la oficial… Enhorabuena! :)

Novedades de diciembre de Astiberri

Lo sé, Alec es excelente, Los conejitos suicidas muy divertidos… pero servidor lo que espera con ganas locas es ese Sexo, amor y pistachos de Ramón Boldú :)
(**)- Sexo, amor y pistachos, de Ramón Boldú Blanco y negro. Cartoné 112 páginas. Tamaño 17 x 24 mm. 16 euros
(**)- ALEC 2. La musa muerta, de Eddie Campbell. Traducción: Santiago García Blanco y negro. Rústica con solapas 336 páginas. Tamaño 17×24 cm. 22 euros
(*)- El amanecer de los conejitos suicidas, de Andy Riley Blanco y negro. Cartoné 160 páginas. Tamaño 18 x 14 cms. 13 euros
La sombra sobre Innsmouth, de H. P. Lovecraft Ilustraciones: Alberto Vázquez Traducción: Juan Antonio Molina Foix, José María Nebreda y Francisco Torres Oliver Blanco y negro. Cartoné 248 páginas. Tamaño 17 x 24 cms. 20 euros
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Ken Games (y 3)

Pese a que la primera entrega me gustó bastante, reconozco que escondía muchas dudas sobre el posterior desarrollo de Ken Games. La apuesta de Robledo y Toledano por unir aparentes inmiscibles como el boxeo y las matemáticas, enmarcarlo todo en un escenario de mentiras que, a su vez, forma parte de una trama de mafias, asesinos profesionales y timadores y, para colmo, narrar una historia de amistad era una apuesta más que arriesgada, suicida. Cierto que en la primera entrega los autores medían al milímetro las hechuras de este complejo traje y que, sorprendentemente, aguantaban el tirón obligado de todos los opuestos metidos ahí, pero mantener ese equilibrio inestable durante tres álbumes parecía una tarea imposible. Tanto o más que darle un final creíble a la historia, todo sea dicho… Muchos retos para autores debutantes que podían pagar su exceso de ambición, aplastados por la recurrente razón de ese refrán que anuncia que “quien mucho abarca, poco aprieta”.
Pero mire usted por dónde, el segundo asalto de este combate entre ambiciones y autores se saldaba con victoria a los puntos de los autores. Pese a las dificultades, pese a que el traje comenzaba a rasgarse por algunos sitios, los autores conseguían mantener la verticalidad del conjunto y que la historia siguiese siendo entretenida e interesante. Verdad es que me chirriaron algunos giros argumentales y que, en general, la segunda entrega me pareció inferior a la primera, pero era indudable que el interés seguía intacto y, para qué negarlo, aumentado por la vía más morbosa: ¿aguantarían los autores el tercer asalto? Una tercera entrega que tenía que lidiar, además, con la necesidad de un final coherente que podía ser transformarse fácilmente en su peor enemigo. Demasiados peros para unos autores que, parecían salir tocados y agotados de la segunda entrega de la serie.
Pero no contaba yo con que estábamos ante una historia de tahúres y engaños y que, como tales, se estaban comportando Robledo y Toledano, engañando al crítico contendiente para amagar un uppercut directo a la mandíbula en forma de tercer álbum de la serie, Ciseaux. Ya no sorprenden en su uso brillante de la narrativa, en ese trabajo minucioso de composición y de la atmósfera cromática, pero lo hacen componiendo un final tan sorprendente como autoreferencial y, paradójicamente, tan lógico como inesperado.
(¡Atención, sigue un pelín de spoiler!, seleccionar para leer)
Un final que es de nuevo un monumento de engaños, que reviste la apariencia de felicidad de amargura y dolor. Reconozco que en un momento dado me decepcionó que el argumento discurriera por el acontecimiento más esperable, pero me sorprendió la manera de resolverlo y dar un golpe de timón inesperado.
(Fin de spoiler)
Una trilogía que gana muchos enteros en su lectura completa (¡a ver ese integral!…aunque perderemos la excelente composición de las tres portadas, probad a colocarlas juntas) que demuestra el buen pulso de unos autores que saben conjugar calidad con una historia que sabe traspasar los límites de los géneros para crear una historia tan entretenida como eficaz (3-).

El arte de volar

Recupero la reseña que hice de El arte de volar, flamante Premio Nacional de Cómic:

En Carta al padre, Kafkfa expresaba en una misiva a su padre todo aquello que no fue capaz de decirle en persona. El hijo escribe para un padre que nunca leerá su carta. Las cartas expresan sus sentimientos encontrados hacia la dominante figura paterna: amor y odio, dolor y respeto, impotencia y liberación…, dejando que la literatura actuara de caja de resonancia de sus pensamientos. Un ejemplo de cómo la relación con nuestros padres siempre ha sido un tema literario, pero es la muerte del padre el detonador máximo de la reflexión : el primer suceso de nuestra vida que nos hace realmente conscientes de nuestra propia muerte anunciada.
art00Antonio Altarriba también escribe para un padre que nunca leerá su mensaje. Pero no lo hace para reprochar: a diferencia de Kafka, intenta conocer a un hombre que resultó ser un desconocido. Su padre se suicidó a los 90 años, en una especie de corte de mangas a la muerte que le rondaba, rompiendo los esquemas de un hijo que se negaba a entender lo ocurrido hasta que descubrió un diario. Unas anotaciones que llevaban la firma de su padre, pero que descubrían a alguien muy distinto al que él conoció. Demasiados cabos sueltos, demasiadas preguntas que sólo obtendrían una respuesta reconstruyendo por completo la figura de su padre. No había sitio ni tiempo a los rechazos y quejas. No tenía sentido reprochar a un desconocido: la única posibilidad era ordenar aquellos recuerdos para armar una realidad, un pasado que explicara y diera luz a la figura de Antonio Altarriba, el padre. El arte de volar es esa historia, esa minuciosa labor de investigación que va componiendo una fotografía rota en mil pedazos y de la que no se tiene más pistas que un nombre. El nombre que padre e hijo compartían y que en ese momento final se alza como su único nexo en común, como el punto de partida para volver a vivir una historia. Antonio, hijo, se convierte en Antonio, padre, para entenderlo y conocerlo. Y comienza un largo camino de descubrimiento, muchas veces doloroso, que le llevará desde la infancia a la senectud, de la alegría a la desesperanza. Conoceremos a un niño que quería volar y que terminó siendo un peón más en la historia. Una historia dura, la de una España que vivió una guerra y una dictadura. A través de su peripecia vital sabremos, también, de la injusticia de la guerra, del exilio… De la desgracia de salir de una guerra para entrar en otra, de la vuelta de los derrotados, de la sumisión a los poderosos y de la transformación de rebelde en engranaje de un sistema que fagocita. Pero también, de cómo la vida nos impone los comportamientos y nos obliga, nos transforma en piezas que se mueven con la ilusión de libre albedrío que, realmente sólo nos deja lugar a decidir cuándo queremos salir de la corriente que nos lleva. Como hizo Antonio, el padre, que un día saltó al vació en el único acto de verdadera voluntad que le queda al ser humano: elegir su propia muerte.
Una obra compleja y ambiciosa, para la que Altarriba necesitaba un compañero sobre el que descargar la responsabilidad de la narración gráfica mientras él se centraba en el descarnamiento de sus sentimientos. La elección podía parecer sorprendente. A fin de cuentas, Kim es un autor que está encasillado y aplastado por la leyenda de una de las series más conocidas de la historia del tebeo español, Martínez el facha, un personaje tan potente que había fagocitado casi por completo a su autor. Sin embargo, aquellos que recuerden al Kim de las historias de los primeros Rambla, y al que se destila por las historias sueltas que publica en El Jueves de tanto en tanto, sabrán de un autor de inmensa capacidad gráfica, detallista, de facilidad en la expresividad de sus personajes y de narración fluida. Unas capacidades que resultan ideales para la historia de Altarriba: a las pocas páginas de lectura es imposible imaginar la historia con otro dibujante. Kim se vuelca y trabaja las viñetas con meticuloso cuidado, exprimiendo la puesta en escena con una documentación rigurosa y extensa, sin alardeos compositivos. La narración fluye de viñeta en viñeta, sobriamente, dejando que el lector apenas se entretenga en lo superfluo, centrándose en la historia. No es fácil la labor de Kim, hay una sobrecarga literaria en la elección argumental que debe compensarse con lo gráfico. Largos textos donde Antonio, hijo, reflexiona sobre su padre, o través de la voz de su padre, que se articulan como un nivel secundario de lectura, en una especie de composición paralela entre la voz del narrador y la secuencia dibujada. Realidad y reflexión deben entretejer un tejido común que está hilado por la labor gráfica de Kim, que consigue ese difícil equilibrio, sin dejar que lo literario entierre a lo gráfico, consiguiendo que ambas narrativas discurran necesitándose mutuamente. No debe haber sido fácil hacer El arte de volar para Kim. Es cierto que el guionista ha sacrificado su intimidad exponiendo sus sentimientos, en un ejercicio de dolorosa sinceridad. Pero a cambio de aquél, que tenía la recompensa de la catarsis íntima, el dibujante no tendrá premio en su particular inmolación, ocultando su trabajo, haciéndolo invisible al lector para que éste sólo se deje llevar por la historia de los Altarriba. No está de más, tras leer el álbum, volver a sus páginas, al azar, olvidando la historia para admirar el exquisito trabajo del dibujante, para comprobar cómo lo que parecía un simple camino por el que anduvimos está perlado de diminutas maravillas y hallazgos, de un trabajo hercúleo e inconmensurable.

arte2

Tras cerrar la última página, uno es consciente de que ha leído una obra impresionante, pero quizás sólo el poso de la reflexión posterior es capaz de poner en su justa medida qué significa El arte de volar. Como introspección personal, es una obra que se codea de igual a igual con otras que trataban el mismo tema, con los Spiegelman, Taniguchi o Ware. Quizás sin sus filigranas y exquisiteces formales (acercándose más, posiblemente, a la obra del japonés), pero con una profundidad en la reflexión tan aplastante y categórica como las que se desprendían de aquéllas. Solo por eso, la obra de Kim y Altarriba merece estar en los altares del noveno arte. Pero es que, además, se permite el lujo de proporcionar, a mi entender, uno de los relatos históricos más lúcidos y enriquecedores que se ha visto en historieta. En su largo periplo por la vida de su padre, Altarriba nos presenta un fresco de la historia de este país inédito, que habla del exilio y del retorno, de la vida de los perdedores desde una visión pragmática, que habla de la pérdida de las ideologías, de credos que cambian y se olvidan. De las ilusiones de los ciudadanos de a pie, de los españoles que sólo querían vivir tranquilamente el día siguiente. Un documento inestimable y que, sin duda, se convierte testimonio fundamental de nuestra historia. Y, por si fuera poco, se cierra en álbum con un capítulo descorazonador, aterrador si se quiere, que da una réplica lúgubre al discurso de esperanza sobre la vejez que hasta hace poco recibíamos. Ingenuamente pensábamos que saber desde el principio del triste final amortiguaría los sentimientos, pero Altarriba, hijo, quita en el último momento esa red para que sintamos el mismo golpe que su padre, esa realidad transformada en cemento que le quitó la vida y contra la que el lector al final, tendrá que desplomarse igualmente.
A mi entender, una obra maestra inapelable. (5)

Premios Expocómic 2010

Ya esta abierto el voto para los Premios Expoóomic 2010, cambiando un poco el sistema respecto a los años anteriores, para facilitar el voto directo de todos aquellos que quiera votar este año así como proponer diferente opciones o gustos personales.
El periodo de votación es desde el Lunes 15 de Noviembre hasta las 23:59 del Miércoles 8 de Diciembre para obras publicadas entre Noviembre de 2009 y Octubre de 2010.
http://www.expocomic.com/index.php/expocomic/premios-expocomic-2010/

Novedades de Planeta de Diciembre

Ya se puede consultar el PDF de novedades de diciembre de Planeta. A destacar, ese Homenajes a Gene Colan en Superman y Wonder Woman, y Clásicos DC: JEMM Hijo de Saturno, Dead Enders, de Ed Brubaker y Warren Pleece, el Spirou de Legall, las nuevas entregas de Gil Pupila, Sandman, Zarpa de Acero y Kelly Ojo Mágico y Dr. Slump. Tengo curiosidad por leer DAYTRIPPER, de Fabio Moon y Gabriel Ba y el GREEK STREET de Peter Milligan y Davide Gianfelice.

INK Tsunami

[Nota de prensa]
MNAD presenta INK TSUNAMI: Carlos Bribián, Ken Niimura, Studio Kosen, y Buba

Ya puedes hacerte con un ejemplar gratuito de INK TSUNAMI con motivo de la exposición temporal “Fascinados por Oriente” en el MNAD (Museo de Artes Decorativas de Madrid). El fanzine consta de cuatro historias cuyo denominador común es el manga -dibujado por cinco españoles- y la exposición en cuestión.
Los manga de Ink Tsunami han sido creados por Studio Kosen “la leyenda del maneki neko”, Ken Niimura “navegantes por el mundo” Buba “un día como otro cualquiera” y por mí “un día en el museo”.
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Novedades de Astiberri

(**)- El invierno del dibujante, de Paco Roca Color. Cartoné 128 páginas. Tamaño 17 x 24 cms. 16 euros
(**)- ALEC 1. Cómo ser artista, de Eddie Campbell. Traducción: Santiago García Blanco y negro. Rústica con solapas 320 páginas. Tamaño 17×24 cm. 22 euros
(*)- RASL, de Jeff Smith Blanco y negro. Cartoné 232 páginas. 17 x 24 cm. 20 euros
BONE 5, de Jeff Smith. Color. Rústica 128 páginas. 13 x 18 cm. 9 euros
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Moderneces

Muchas veces vemos dibujantes hoy que nos parecen modernísimos, rompedores…, incluso “rebeldes”. De vez en cuando deberíamos echar la vista atrás para recordar a los que sí fueron modernos, rompedores y realmente rebeldes. Como Mihura, de esa maravillosa generación de autores del 27.

Wilson (again)

Aprovecho que se edita en castellano (previamente La Cúpula la había editado en catalán) la nueva obra de Daniel Clowes para recuperar la reseña que hice hace un tiempo tras la lectura de la edición americana.
Wilson es un personaje patético. No es la primera vez que Dan Clowes se asoma a lo más mísero de la existencia humana, desde luego. Mostrar hasta qué punto la existencia del ser humano es una tragedia sin posible final redentor es uno de los lugares comunes de la obra de este autor, un tema reiterado desde diferentes aproximaciones pero que, hasta ahora, tenían una lectura irónica que permitía al lector encontrar un clavo ardiendo con el que escapar de la desoladora imagen que componía el americano de la rutina cotidiana. Y aunque en esta nueva obra no pierde ese humor negro que ha sido marca de fábrica, lo deja en un segundo plano, apenas expresado a través de unos diálogos magistrales y, sobre todo, de unas elecciones formales y narrativas que reciben el peso de establecer distancias entre el lector y la realidad que define el autor. Dos opciones que terminarán en una página final que tiene tanto de demoledor desde lo psicológico como de un humor corrosivo, en la estela del mejor Douglas Adams (uno cierra el álbum y no puede menos que mirar al cielo para ver si hay alguna nave vogona en el horizonte…, aunque Clowes nos ha dejado esa responsabilidad). Sin ese soporte evidente, Wilson es un recorrido por la vida humana que no admite la más mínima expresión de piedad: el egoísmo como único elemento motivador de la vida, la incapacidad de establecer relaciones personales más allá de las que tiene con su perro… La palabra patético alcanza su perfecto significado ante la nueva creación de Clowes.
Para escenificar su teatro de lo cotidiano, el autor opta por un cambio de estilos gráficos continuado, como si estuviéramos leyendo la vida de Wilson a través de las planchas dominicales de un periódico. Una elección que ya es habitual en el autor (lo vimos en Ice Haven o Death Ray) pero que aquí se radicaliza, se aleja de las necesidad narrativas de cada escena para convertirse en protagonista por sí misma. Los cambios no obedecen a ninguna necesidad de la historia, sino que forman parte de ese mecanismo irónico que busca establecer distancias entre lector y protagonista. La fragmentación total de la vida de Wilson en “cómodas entregas”, mostrada a modo de homenaje a toda la historia de la tira de prensa, actúa como un elemento de reflexión más tremendamente interesante: fuera de su contexto natural, la publicación en prensa con una cadencia temporal real, el continuo cambio de grafismo, aporta a la lectura una sensación de irrealidad que, sin embargo, se enfrenta al profundo materialismo de las elecciones de Wilson, a una veracidad que es además acentuada por el envejecimiento del personaje a medida que pasa cada página. Pese a los cambios drásticos de estilo, Clowes consigue que la edad vaya pasando de forma sutil, marcando tanto el aspecto como la expresión del protagonista. El efecto no puede ser más contrastado: el naturalismo que muchas veces se usa en la representación del ser humano se opone a una representación fraccionada de la realidad temporal. El tiempo como elemento fundamental de la evolución humana, el único factor incontestable, contra el que es imposible enfrentarse o rebelarse, es transformado por Clowes en un protagonista más a través de la narración en forma de planchas dominicales. Idénticas en su aspecto exterior (una dato más hacia la rutina de lo cotidiano), diferentes en cada trazado interno (¿cada día es diferente?), pero finalmente extraídas de su contexto temporal para construir un libro que, en su completitud, revela lo mísero y triste de una existencia. En cierto modo, se podría decir que se produce un enfrentamiento entre los conceptos de RealTime y Tiempo™ que definía Fernández Porta en Homo Sampler: el tiempo definido por la representación fragmentaria, sampleado por la presentación mediática, frente al tiempo real que transcurre en el propio argumento.
Una elección arriesgada que, a mi entender y por lo menos en mi experiencia, no termina de cuajar. La elección narrativa, que tiene sentido en su globalidad, hace difícil el seguido de la lectura del libro, distancia al lector de la trama de tal manera que, en cierto momento, tiende a expulsarlo de la misma. Lo que no quiere decir, en modo alguno que Wilson no sea una lectura recomendable (eso sí, para estados de ánimo despejados). Pese a que el experimento no termina de funcionar –por lo menos en mi caso- la lectura sigue siendo muy interesante y hay razones más que sobradas para “disfrutar” (no es la palabra más adecuada, pero nos entendemos) de su lectura.
Como cualquier obra de Clowes, es de obligado cumplimiento, pero se queda un escalón por debajo de obras maestras como Ice Haven, Deat Ray o Ghost World. Lo que es decir mucho, todo sea dicho. (4-)
(Y, como ya es costumbre, extraordinaria labor de traducción y rotulación de Rocío de la Maya y María Eloy-García).