Novedades de dibbuks de noviembre

(**)- Zombillenium. Gretchen, de Arthur de Pins. 24 x 32 cm. Cartoné. Color. 48 págs. PVP: 14.- euros.
Dimensions, de Nacho Arranz. 17 x 24 cm. Cartoné. B/N. 184 págs. PVP:16.- euros.
El Taller, colectiva de autores de la ESDIP. 17 x 24 cm. Color y B/N. 120 págs. PVP:16.- euros.
Happy Days, de Massacre. 17 x 24 cm. Cartoné. B/N. 112 págs. PVP: 16.- euros.
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Porque los zombies también son bellos…

El Foro de Participación, Zombies es un evento realizado por la Asociación Juvenil Kôsen en Mairena del Alcor. Tendrá lugar el viernes 12 de Noviembre en la Villa del Conocimiento y las Artes del pueblo que es conocido también como la Bibliteca Municipal o la Casa de la Cultura. El evento constará de exposiciones, conferencias, mesas redondas, proyecciones y múltiples talleres de manualidades, algo que está pensado para niños, jovenes y adultos que amen este género en el cómic y la literatura, el cine y los videojuegos. Más información, en su web

Próximas novedades navideñas

El catálogo de novedades de SD esconde algunas inesperadas e interesantes novedades navideñas: Lucky Luke contra Pinkerton, de Pennac y Bennacquista (Kraken), la vuelta de Titeuf al mercado español de la mano de Glénat, El cumpleaños de la infanta, de P. Craig Russell (Kraken), Los cuentos de Pete el Leñador, de Lili Carré (Apa Apa), Princesa ama a princesa, de Lisa Mandel (Kraken), la reedición de Camino a Perdición (no a la Perdición, por favor, menuda cagada de traducción…), de Max Allan Collins y Richard Piers, el primer número de RASL, de Jeff Smith (Astiberri), nueva edición de El arte de Volar, de Kim y Altarriba, el Strange Suspense de Ditko (Diábolo), Zombillenium de Arthur de Pins (Dibbuks) o el esperado El invierno del dibujante de Paco Roca (Astiberri).

Increíble

Increíble: momentos antes de iniciarse el primer episodio de Walking Dead en FOX… ¡un anuncio de Planeta de la serie de cómics! Suena lógico, pero en este mundillo es sorprendentemente extraño…

Asterios Polyp

Una buena parte de la afición exigía a David Mazzucchelli que su nueva obra en solitario, Asterios Polyp, fuese la gran novela gráfica del siglo XXI, la revolución definitiva, una especie de punto de inflexión sin retorno en el noveno arte. Razones había: no es un autor prolífico, pero es obvio que su obra está jalada de títulos indispensables que hablan de un autor inquieto al que Frank Miller empujó en su evolución de forma drástica. Born Again, Batman Year One o Ciudad de Cristal, por no hablar de la sugerente experiencia de su revista Rubber Blanket, es un palmito suficientemente importante como para sentirse en condiciones de exigir mucho a una obra que ha tardado quince años en ver la luz. Sin embargo, es profundamente injusto: si no nos dejamos llevar por la impaciencia de la expectación, parece obvio que a la vista de la obra anterior, a este reto en solitario se le debería exigir que fuese una evolución de sus propuestas en Rubber Blanket pasadas por el tamiz experimental que ejercitó junto a Karasik en Ciudad de Cristal. Con ese planteamiento, mucho más pausado y prudente, la lectura de Asterios Polyp toma una perspectiva completamente distinta, el de una obra sugerente y abierta, con no pocos aciertos y sorpresas, en la que Mazzucchelli aborda un doble objetivo: por un lado, ahondar (que no innovar) en el análisis de las posibilidades formales del medio; por otro, plasmar en una obra sus inquietudes personales, sus dudas y miedos privados sobre temas universales. Conjugar ambas cosas era complejo, así que lo más sensato era no pillarse los dedos y partir de una estructura argumental clásica y de probada validez, condiciones que durante casi 3000 años ha cumplido el largo viaje de Ulises para volver a su querida Itaca, un camino iniciático que se muestra como andamiaje perfecto sobre el que el autor reflexionará sobre temas tan variados como la creación, la religión, la muerte y las relaciones personales.

Quizás se podría pensar que hay un exceso de ambición y de trascendentalidad en este punto de partida, pero Mazzucchelli acierta a la hora de plantearlos desde ese alter ego que es Asterios Polyp, un arquitecto dedicado a la docencia que no ha conseguido que ninguno de sus proyectos vea la luz, una descripción que puede aplicarse fácilmente al propio autor, dedicado también a la enseñanza y que durante quince años apenas ha publicado pequeñas colaboraciones a la sombra de su esperado proyecto personal. Cansado de la vida de pulcro diseño que vive, un acontecimiento fortuito será el pistoletazo de un viaje de su ego ficcional, que se irá articulando como espacio para un torrente de pensamientos e ideas, a veces aparentemente inconexas, otras simuladamente hiladas, pero que poco a poco se van configurando como un ideario personal, un reflejo de la propia personalidad del autor a través de sus reflexiones filosóficas. Sin embargo, pese a la evidente conexión personal, Mazzucchelli se sigue refugiando en las sombras: el concepto de dualidad que sobrevuela en todo momento el libro alcanza su máxima expresión en la propia plasmación de la obra. Si habitualmente el narrador del relato es el anclaje del autor dentro de la ficción, en Asterios Polyp esa voz actúa de contrapunto paradójico de sí mismo, toma la forma de Ignazio, el hermano gemelo muerto de Asterios para que el autor se enfrente a su alter ego, poniendo en duda sus propias ideas, en ejercicio no exento de una sana ironía que alcanzará la calificación de sarcasmo salvaje en un inesperado final que certifica el cómico absurdo, todo un non-sense, de la existencia.

Ideas y conceptos para los que Mazzucchelli construye un vasto edificio formal, en el que hará gala de paciencia para encajar todos los recursos narrativos que la historieta pone a su disposición. No le hace falta inventar ninguno, tan sólo toma el amplio catálogo que tiene para ir encadenándolos según sus necesidades: el uso del color como elemento atmosférico, la tipografía como vehículo de narratividad gráfica propia, el estilo del trazo como configurador de personajes, la composición en todas sus formas… Todos viejos conocidos, pero que Mazzucchelli configura con acierto hasta dar un indudable aspecto de novedad. Como el cocinero que es capaz de romper la tradición pese a trabajar con los ingredientes de siempre, el dibujante demuestra hasta qué punto los recursos gráficos de la historieta se pueden conjugar sin limitación para seguir sorprendiendo. El elegante uso de una paleta de primarios básicos (cyan, magenta y amarillo), donde no hay lugar para el negro y sí para un rojo pasional y violento que estará reservado sólo al oponente natural de la dualidad del hombre, a lo femenino, que comienzan como delimitadores temporales pero que poco a poco irán mutando, recombinándose hasta generar colores reales a medida que Asterios va configurando una identidad. El color, esa característica de la naturaleza que sólo está en la percepción humana, actúa así como medida de la identidad de la realidad. Pero, también, en ese uso de la tipografía y el trazo tanto como definidores de la personalidad de sus personajes, que son caracterizados únicamente desde el grafismo sin necesidad de descripciones literarias, como descriptores de situaciones y sentimientos, en un ejercicio de economía narrativa que apuesta por el dibujo como la voz de la historieta.
Y, por supuesto, la composición, donde Mazzucchelli hace un repaso histórico casi canónico, desde Herriman o King hasta Steranko, Miller o McCloud, por solo citar algunos., y que tendrá su máximo desarrollo en un capítulo que, a mi entender, justifica por sí sólo toda la obra: un capítulo mudo en el que en apenas ocho páginas Mazzucchelli plasma como sólo la historieta puede hacer la esencia de la convivencia, del cariño y el amor.
Todo, sin olvidar el uso de la decoración y el diseño como elementos de ambientación de obligado cuidado.

El resultado final es un sugestivo libro en el que si bien el exquisito cuidado y trabajo de lo formal puede apabullar, no es más que un andamiaje preciso y necesario para el más cercano e interesante ejercicio de exhibicionismo intelectual y sentimental que realmente constituye la base de Asterios Polyp. No es la obra maestra que muchos esperaban, pero es sin duda uno de los mejores libros que se podrán leer este año. (4)
(Hay que hacer mención especial a la labor editorial, que tenía ante sí un reto importantísimo de traducción, maquetación e impresión que se resuelve con la máxima nota en una edición perfecta.)

Novedades de La Cúpula de noviembre

(**)- Los gatos son raros, de Jeffrey Brown. BN. 122 páginas. 16,5 x 16,5 cartoné P.V.P.: 18,00 €
(**)- La cara más dulce de R. Crumb, de Robert Crumb 122 páginas BN 21,5 x 28 cartoné P.V.P.: 18,00 €
(*)- Pastitas de hojaldre, de Ralf König 68 páginas color 21 x 28 rústica P.V.P.: 12,00 €
Kiss comix 230, de Varios autores 68 páginas 20,5 x 26,5 grapado P.V.P.: 4,20 €
(*) – Bukowski-Schultheiss, de Matthias Schultheiss 168 páginas BN 17 x 24 cartoné P.V.P.: 18,00 €
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5th of November

Remember, remember, the 5th of November
The Gunpowder Treason and plot;
I know of no reason why Gunpowder Treason
Should ever be forgot.
Guy Fawkes, Guy Fawkes,
‘Twas his intent.
To blow up the King and the Parliament.
Three score barrels of powder below.
Poor old England to overthrow.
By God’s providence he was catch’d,
With a dark lantern and burning match
Holloa boys, Holloa boys, let the bells ring
Holloa boys, Holloa boys, God save the King!
Hip hip Hoorah!

Novedades de Norma Editorial para diciembre

Atentos en las novedades de diciembre de Norma a varios títulos: la excelente La tienda de las ilusiones, de Pascal Rabaté, el séptimo volumen de Valerian, Investigación en el paraíso, de Pétillon, el esperado segundo volumen de Planetary, un nuevo volumen de Hellboy con Ducan Fegredo, la segunda entrega de Bakuman y la tercera del Son Goku de Tezuka. Una buesnas navidades….

20 años

Me acabo de dar cuenta de que llevo más de veinte años escribiendo sobre tebeos y que eso significa que he escrito mas de medio millar de artículos (sin contar La Cárcel) para revistas, periódicos, exposiciones, etc… Joder, qué viejo soy…

Tezuka

Ayer Osamu Tezuka hubiera cumplido 82 años. Una buena ocasión para hablar de su figura, más cuando Planeta DeAgostini ha editado a todo lujo una de sus (muchas) obras maestras, Adolf. Recupero un antiguo artículo que escribí para la revista Trama en 2004:

Setecientas obras, más de ciento cincuenta mil páginas. Son los números que definen de forma fría y aséptica la producción de un sólo autor. Unas cifras mareantes, casi imposibles de imaginar si las comparamos con las realizadas por cualquier autor español o, incluso, por la suma de todos ellos. Más sorprendente se podría considerar todavía que el porcentaje de esas obras que puede merecer el adjetivo de “maestra” es altísimo, sin que prácticamente ninguna de ellas no tenga algún aspecto destacable. Datos espectaculares de un clásico mundial de influencia decisiva que hacen casi increíble que hasta hace apenas unos años, Osamu Tezuka, el padre del manga, era un total desconocido en nuestro país. Afortunadamente, en los últimos años estamos asistiendo a una explosión de publicaciones de su obra que puede permitir al lector español conocer y admirar a este autor imprescindible.
Tezuka, el revolucionario
Tras la II Guerra Mundial, el manga japonés seguía los rígidos esquemas de los clásicos emonogatari (relatos ilustrados) que derivaron en los periódicos en el koma-manga, historietas de cuatro viñetas que copiaban el formato en las comic-strips americanas que habían inundado los periódicos japoneses desde principios de siglo. Su concepción era más próxima a la ilustración o al humorismo gráfico que a la narración visual, muy influenciada, lógicamente, por la tradición gráfica japonesa. Los autores de éxito del momento seguían esta tradición de forma casi religiosa y pocas licencias eran permitidas a los jóvenes que intentaban abrirse camino en ese mundo. Cuando el joven estudiante de medicina Shigeru Tezuka comenzó a colaborar bajo el pseudónimo de Osamu en el en el magazine Mainichi Shogakusei Shinbun con la obra Ha-chan’s Diary (1946) seguía de forma pulcra los cánones del koma-manga. Un debú clásico que apenas hacía presagiar el éxito arrebatador que le esperaba apenas un año después con una obra que se atrevía a romper todos los esquemas preconcebidos y traicionales de la narración gráfica japonesa. Shintakarajima (“La nueva isla del tesoro”), revolucionaba en 1947 el mundo del manga incorporando una narrativa absolutamente nueva y distinta. Maravillado por el mundo occidental, Tezuka se había empapado de los dibujos animados de Walt Disney y los Fleischer (Popeye, Betty Boop…), de los cómics americanos de prensa, del cine de Hollywood, de la literatura europea, una amalgama de influencias que cristalizó en La nueva isla del tesoro. La obra supuso un shock instantáneo no sólo para el público japonés, sino para los autores japoneses. Un jovencillo de apenas dieciocho años había abierto un camino nuevo, que anunciaba formas distintas de entender el manga. Un punto de partida que la inagotable capacidad investigadora de Tezuka convirtió casi en una costumbre, en una manera de abordar la creación que le acompañó el resto de su vida.

Tezuka, el renovador.
Si su primera obra rompía moldes, las siguientes volvieron a ser piedras miliares no sólo del manga, sino de la historia del cómic mundial, renovando géneros, formatos y formas de entender la historieta. Tras el éxito de su primera obra, Tezuka se introdujo en la la ciencia ficción con la trilogía de los Mundos Antiguos (Lost World (1948), Metrópolis (1949) y Next World (1951)) abordando un género poco trillado por el manga. Tezuka firma una apasionante saga en la que las influencias de obras occidentales como el Metrópolis de Fritz Lang, el Flash Gordon de Raymond o los clásicos de Verne se mezclan de irrepetible. Como buen espíritu inquieto, dio un giro de 180º y de la ciencia ficción y los clásicos de la literatura pasó a adentrarse en la jungla salvaje con Jungle Emperor Leo (1950-54), la historia de un león nacido entre humanos y que reclama su puesto como rey de la selva. Una obra que supuso el reconocimiento absoluto para su autor y que años después sería la inspiración evidente de la famosísima película «El Rey León» de Disney.
Pero no contento con renovar géneros clásicos con títulos que, por sí solos, le darían lugar en la historia del tebeo, Tezuka llegó a crear géneros propios dentro del manga sin los que es imposible entender hoy en día la historieta japonesa. En 1951 inicia Captain Atom, una versión moderna del Pinocho de Collodi en la que un científico se fabrica un hijo cibernético de cien mil caballos de potencia y poderes increíbles. La serie es un éxito arrollador y pronto pasa a denominarse Tetsuwan Atom (aunque es más conocida en Occidente como Astroboy), desatando la pasión por los mangas de ingenios mecánicos (el mecha-manga). Apenas unos años después, realizaba Ambassador Magma (1965), las aventuras de un gigantesco robot controlado por un niño en el que se avanzaba a toda la moda de robots gigantes como Mazinger Z.
Dos años después de la creación de Astroboy, un nuevo cambio radical de rumbo le lleva a crear una comedia romántica Ribon no Kishi (1953) (“La princesa Caballero”), una historia de princesas escondidas y amores imposibles que desata pasiones entre las niñas niponas, siendo justamente considerada como el primer shojo-manga o manga de género femenino, germen de un fenómeno propio el mercado japonés: el altísimo porcentaje de mujeres consumidoras de historieta.
La lista de ejemplos donde Tezuka se adelantó a su tiempo no queda ahí. Se adentró en el género histórico con adaptaciones de relatos tradicionales japoneses como la leyenda del Rey Mono (Son Goku the Monkey, 1952), un cuento que en los noventa saltaría a la fama gracias a la versión de Akira Toriyama (Dragon Ball), deudora en muchísimos aspectos de la interpretación de Tezuka; adaptó la vida de Buda (Buda, 1972) en una larguísima obra de casi tres mil páginas en la que hace un recorrido de la mítica vida del fundador de la religión budista. Incluso en sus últimos años se introdujo en la tempestuosa transición entre el periodo Edo y el Meiji con Tezuka’s Ancestor Dr. Ryoan (1981).
La fantasía más pura tuvo también su oportunidad en la obra de Tezuka, protagonizando la que es llamada la obra de su vida, Hi no Tori (Fénix) (1967-1989), una monumental obra que parte del mito del ave Fénix para contar historias tradicionales japonesas y, paralelamente, realiza un estudio de la naturaleza humana tan excitante como soberbio.
Nada se escapaba a la capacidad innovadora de este autor. Incluso aprovechando sus conocimientos de medicina, inventó un género de historias médicas a medio camino entre el thriller y la denuncia social de la que serían máximos exponentes Oda a Kirihito (1970), la odisea de un médico enfermo de una terrible enfermedad deformante y Black Jack (1973-1984), las aventuras de un excelente cirujano que ofrece sus servicios al mejor postor. Una denuncia social que se descarnaría y alcanzaría sus máximos extremos en dos obras magistrales: Ayako y Adolf.

Tezuka, el humanista
El movimiento gekiga, nacido a finales de los 50, planteaba que los mangas tocasen temas de la calle, realistas, que hablasen de los problemas de la gente. Muchos de los autores que siguieron este estilo veían precisamente en Tezuka un ejemplo a no seguir, quizás fijándose más en su estilo gráfico de grandes ojos y espíritu infantil que en el claro y abierto compromiso del autor con sus ideales. Hombre de profundo humanismo y abierto de miras hacia el progreso, usó todas y cada una de sus obras como tribuna desde la que hablar acerca de sus inquietudes, siempre desde una perspectiva radicalmente opuesta al conservadurismo social imperante en Japón. Incluso obras aparentemente infantiles esconden una segunda lectura en la línea de sus ideas. Así, Astroboy no deja de ser una parábola sobre la importancia de la ciencia y la tecnología en un Japón que apenas salía de las terribles consecuencias del uso violento de la energía atómica. Un mensaje de apertura que sigue siendo válido en casi toda su obra, tanto en las historias de género fantástico o de ciencia ficción como en cualquier otra. Tezuka cree firmemente en la necesidad de abrirse a un futuro que no puede tener anclas en una tradición ancestral, pero donde sus ideas logran un protagonismo absoluto en sus obras más adultas. Ayazo (1972), por ejemplo, puede resumir perfectamente toda su ideología. En las casi seiscientas páginas de esta obra, Tezuka es capaz de hacer un radiografía exacta y rigurosa de la situación creada en el Japón que salió derrotado de la II Guerra Mundial, transmitiendo de forma cristalina los sentimientos de un pueblo que se debatía entre las miserias y las mafias que buscaban dominar el país. Paralelamente, Tezuka ataca los atavismos feudales de una sociedad que sigue anteponiendo las tradiciones a las libertades individuales, contando la historia de la joven Ayako encerrada por sus padres para evitar el deshonor. Una durísima obra en la que no hay ganadores sino únicamente perdedores, un lugar donde la visión del autor es desagarradoramente pesimista, sin atisbo alguno de piedad hacia ninguno de los protagonistas. Con una endiablada capacidad consigue que cada personaje es un paradigma de cada uno de los males que, según él, atenazan a una sociedad anclada en el pasado, creando víctimas del odio, la envidia, la ambición o la ignorancia.
Un compromiso con el humanismo que reflejó claramente en Fénix, la obra que desarrolló durante casi treinta años haciendo un repaso a las pasiones humanas, a todos los defectos y virtudes del ser humano, reflejados en el mito de la resurrección, del fuego reparador que es capaz de consumir y volver a lanzar desde sus cenizas a un ave de belleza incomparable. Una creación inmensa, que recuperaba en diferentes momentos de su vida y que iba recogiendo una evolución personal en la que no había pasos atrás y que se resumió en una obra final magistral, exponente perfecto del camino recorrido anteriormente.
Adolf (1983) es la historia de tres hombres que comparten nombre pero siguen destinos bien diferenciados. Con la excusa argumental del supuesto origen judío de Adolf Hitler, Tezuka trama una complejísima historia donde dos niños, Adolf Kamil y Adolf Kauman, siguen caminos bien diferentes, ejemplificando la deriva del pueblo alemán atraído por el nazismo y la implacable persecución judía. Pero de nuevo, tras una milimétrica estructura narrativa, encontramos una historia de honda humanidad, que habla de amistad y de la verdadera naturaleza de las emociones humanas.

Tezuka, narrador visual
Tanto la vanguardia como el compromiso de este autor se sustentan en una capacidad artística casi inhumana. Si su estilo gráfico, deudor de la animación americana de los años 30, permaneció casi inmutable durante sus cuarenta años de profesión, su narrativa es toda una enciclopedia de recursos del arte secuencial. Cada una de sus obras descubre una cuidada planificación, una elección de perfectos encuadres que, en muchos casos, se avanza décadas a lo que luego se vería en el mundo del cómic. Conocedor como pocos de las tiras de prensa clásicas americanas de los años 20 y 30, Tezuka incorpora a sus obras un dinamismo y un sentido de la narrativa único. Incluso en obras menores como Crimen y Castigo (1953), la adaptación del clásico de Dostoievski, encontramos ejemplos de la capacidad narrativa de este autor: escenas que transcurren en tres pisos diferentes compuestas en paralelo sin que el lector sea consciente de la complejidad de la planificación de la escena, tan sólo del flujo narrativo natural.
En todas sus obras Tezuka consigue imprimir velocidad y dinamismo a la acción y pasar sin solución de continuidad a escenas dialogadas con una naturalidad aplastante, influida en muchos casos por los grandes clásicos cinematográficos tan del gusto del autor. Una característica que pasa a menudo desapercibida para el lector demostrando precisamente la grandeza de la narrativa de Tezuka: conseguir llevar al espectador allá donde él quiere, ralentizando o acelerando su ritmo de lectura según las necesidades de la narración.
Y todo, basando en el dibujo toda la fuerza narrativa, despojando las viñetas de textos redundantes y expresando gráficamente todo aquello que otros autores anteriores perdían en textos infinitos, enfatizando al máximo el concepto de arte secuencial.

2004, el año de Tezuka
Paradójicamente, el conocimiento de Tezuka en nuestro país ha sido inversamente proporcional a su talla como autor. Desconocido durante décadas, sus obras comenzaron a ser introducidas con la edición Black Jack por parte de Glenat a finales de los noventa. A partir de ahí, una larga pausa que fue interrumpida por la edición de Adolf de Planeta DeAgostini en 2000, todo un pistoletazo de salida para la edición de un buen puñado de obras del maestro. La misma editorial publicó las enormes sagas de Buda (2002) y Fénix (iniciada en el mismo año pero paralizada en el momento de escribir este artículo a la espera de decidir el formato final de su edición), mientras que otras dos casas lanzaron sendas colecciones Tezuka. La barcelonesa Glénat comenzaba la edición cronológica de Astroboy en el salón del manga del 2003, a la que seguirían este mismo año, la trilogía de los mundos antiguos con Metrópolis y el gérmen del shojo La Princesa Caballero. Por su parte, la madrileña Otakuland se encargaba de poner durante en el mercado Crimen y Castigo, Oda a Kirihito y la fundamental Ayako, convirtiendo el 2004 en el “año Tezuka” en España.
Esperemos que esta explosión de interés por el creador del manga moderno no se detenga y, al menos, veamos las obras fundamentales de este autor traducidas al castellano. Pensar en ver toda la obra de Tezuka en nuestro país es una utopía, pero a veces, de ilusión también se puede vivir.

Mariel Soria

Es inevitable ligar el nombre Mariel Soria al personaje de la Mamen (ya nadie se acuerda, me temo, de Contactos) en El Jueves, pero Plus Gonzo Arcade! hace un interesante repaso a algunas de sus otras obras. Servidor no ha podido evitar ponerse nostálgico al recordar a Joanot Trobador y pensar automáticamente en el descacharrante (ya reivindicar) Sam Balluga que editó hace años Gimlet o en la interesante Python Tryp, ambas con guiones de Andreu Martín.

Curso de orientación profesional al cómic

Del 22 al 25 de noviembre, dentro del 11º Encuentro del Cómic y la Ilustración de Sevilla y organizado con la Obra Social de Cajasol se celebra el Curso de orientación profesional al cómic. Este curso esta pensado para aquellas personas interesadas profesionalmente en el cómic. El curso se desarrolla en 4 sesiones impartidas por profesionales de reconocido prestigio. La inscripción es gratuita y puede realizarse en el correo mpuerta@cajasol.es o al info@reddecomics.com, adjuntando un breve curriculum, teléfono y correo electrónico de contacto y los datos personales.
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