Daytripper

Leyendo Daytripper, de Fabio Moon y Gabriel Ba, no he podido evitar recordar un precioso poema de Pablo Neruda:
El ser como el maíz se desgranaba en el inacabable
granero de los hechos perdidos, de los acontecimientos
miserables, del uno al siete al ocho
y no una muerte, sino muchas muertes llegaban a cada uno:
cada día una muerte pequeña, polvo, gusano, lámpara
que se apaga en el lodo del suburbio, una pequeña muerte de alas gruesas
entraba en cada hombre como una corta lanza
y era el hombre asediado del pan o del cuchillo
[…]
Todos fallecieron esperando su muerte, su corta muerte diaria.

La vida entendida como una sucesión de pequeñas muertes, de funerales continuos en los que enterramos retazos de lo que fuimos y nunca seremos. Una imagen evocadora y reflexiva que ha sido recurrentemente utilizada en literatura y cine (no se pierdan ustedes, por ejemplo, la maravillosa Okuribito, de Yajujiro Takita, estrenada en España como Despedidas, que toma los funerales como símbolo de esas muertes) y que llega a los tebeos de la mano de estos hermanos brasileños plasmada en la vida de Brás de Oliva Domingos. En cada entrega se nos narrará un momento de la existencia del protagonista, una decisión vital que acabará simbólica o literalmente con una muerte: la infancia, el primer amor, la paternidad…Un punto de partida atractivo, que juega con la propia estructura capitular propia del comic-book en su favor y que prometía muchísimo en su primer número, pero que se va deshinchando poco a poco por el exceso de ambición de los autores. En su intento de hacer un relato total, un reflejo global de una vida, crean una biografía casi imposible, que se quiere aderezar con elementos de fantasía más próximos a un realismo mágico, pero también con crónica social e incluso reflexión trascendental, que a mi entender no terminan de ensamblarse sólidamente. Se alternan así momentos muy estimables con otros previsibles (o incluso más propios de un telefilm), en un conjunto demasiado irregular. Sin ser una lectura desdeñable, no llega a cuajar en lo que prometía, aunque hay que valorar el atrevimiento y ambición de los gemelos, no sólo en el propio relato –tanto en estructura como argumentalmente-, sino también en el complejo ajuste que supone integrarlo dentro de una colección como Vertigo, más relacionada a priori con una forma de entender el género más clásica (aunque conste ya de muchas experiencias atípicas, como puedan ser la inclusión de las historias de Harvey Pekar). (1)

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