Manifiesto de la novela gráfica

A mí, sinceramente, este Manifiesto de la novela gráfica me parece un maravilloso y precioso manifiesto de la historieta. Lo que define Tebeobien en su manifiesto es lo que yo siempre he pensado que era la historieta. Me quedo pues con ese punto 7 que permite reescribir todo el manifiesto con libertad y sin perder un ápice de su fuerza. Como dice, qué más da cómo lo llamemos: la historieta, fumetti, manga o novela gráfica es un arte increíble.

Un arte sin límites y con infinitas posibilidades.

Colibrí 2

Colibrí se consolida en su segundo número como una de las propuestas más interesantes del panorama fanzinero. En este número, colaboraciones de Quique Ramos, Euripidis Sabatis, Mireia Pérez, Elena barreras, Antoni Hervàs, Markèta Michálková, Sergi Puyol, Tommi Musturi, Jonathan Millán, Cristina Spanó, lamare, Liz Pronce, Mirena Ossorno, Sara González, Jessica Boston +El Ortiga, marc Bell, Eilsa Riera, Leandro Alzate, Felipe Almendros, Clara Tanit, María Corte, Camille Vannier y Clara Artigas.
Canela en rama, oigan.

En glorioso blanco y negro

No debería ser muy difícil armar una sesuda teoría que argumentase que percibimos mejor un dibujo en blanco y negro que en color. Cosas de las diferentes sensibilidades de los canales cromáticos y acromáticos del sistema visual, parvocélulas, magnocélulas y demás fauna que habita por nuestras retinas y córtex. Hasta quedaría elegante, oigan, con un poco de matemáticas y teoría de la señal por medio. Pero no dejaría de ser un absurdo intento de autojustificación de un gusto por ese blanco y negro que, para muchos de nosotros, es glorioso. La realidad es que las razones son mucho más simples y mundanas: nuestra memoria se construyó en blanco y negro. No podemos evitarlo, esos ignotos mecanismos nostálgicos, el olorcito de la famosa madalena, se nos disparan cuando vemos algo en blanco y negro. Supongo que porque los recuerdos de nuestra infancia son en ese glorioso blanco y negro: cuando sólo podíamos elegir entre VHF y UHF, y todo lo que emitía la tele tenía ese particular aroma de la falta de color. Vimos por primera vez a John Wayne -Juan Vaine, que decía mi abuela- cabalgando, a Gary Grant buscar un leopardo o a James Stewart lamentar que no podía dar la vuelta al mundo en blanco y negro, como fueron ideadas, pero vimos también centenares de películas sin saber que los grises nos robaban los colores originales. Los Thunderbirds, El capitán Tan y los hermanos Malasombra, Bonanza, Las calles de San Francisco y El fugitivo se alternaban también entre la ausencia de color y poco nos importaba que las verdes praderas por las que corría Heidi fueran grises o que los coloridos bólidos de Meteoro compartiesen gris. Y los tebeos que leíamos eran también casi todos en blanco y negro: la primera vez que me maravillé con Flash Gordon, El Hombre Enmascarado, Príncipe Valiente o Los Cuatro Fantásticos fue en blanco y negro. Verdad es que los tebeos para niños tenían muchas páginas en color, pero creo que nos sentíamos más mayores cuando leíamos tebeos en blanco y negro, en glorioso blanco y negro.
Hoy sabemos que aquellos tebeos y aquellas películas eran en color y los reivindicamos como tal, pero no podemos evitar rendirnos ante la nostalgia devastadora de una memoria pintada en blancos, negros y grises.
Hay excepciones, cierto, que se pueden argumentar, curiosamente en los tebeos: no son pocas las ediciones de tebeos en color que después aparecen en ediciones de lujo en blanco y negro. Elección de dibujantes que deciden, cuando pueden, escaparse de una industria que intenta por todos los medios diluir la autoría dejando que los lectores vean su trabajo limpio, tal cual fue realizado antes de pasar por un color que ellos imaginaron pero del que no siempre son responsables. Costumbre habitual en la Francia, donde autores como Juillard, Bourgeon, Blutch o Blain, por citar sólo algunos, han gozado del ejercicio de una posibilidad a la que ahora se une Roger Ibáñez, al que Diábolo ha editado un integral de su Jazz Maynard en blanco y negro para que el lector pueda admirar la elegancia de su línea. No siempre es posible, claro. Si la obra se ha realizado pensando de forma indisoluble en el color, el resultado en blanco y negro no tiene sentido, es obvio, pero la industrialización del proceso deja muchas ambigüedades a las que agarrarse, tanto desde el bando editorial como desde el autoral o incluso desde el lector, obligando casi a analizar cada caso por separado.
Se podría decir que también que no se lee el tebeo de verdad, y es cierto, pero lo que uno busca en estas ediciones no es repetir la lectura de una obra que, muy posiblemente, tenga ya en su versión en color, sino dedicarse a la admiración del dibujo por el dibujo, olvidando todo lo demás. Dejar la historieta de lado y detenerse en el trazo, en la mancha, en la línea, disfrutando del dibujo sin la imposición de la historieta, como cuando se admira un original aislado. Y lo que se disfruta, oigan. Aunque luego vengan las absurdas discusiones clásicas de aquellos que intentan imponer a la historieta los criterios del dibujo y viceversa, sin darse cuenta de que se puede disfrutar de todo sin renunciar a nada. Pero ése es otro tema, porque estas ediciones sólo tienen sentido cuando se puede disponer de las dos opciones.
Bienvenidas sean cuando se hacen desde la posibilidad de elegir libremente qué quiere el lector, como la edición que acaba de colocar Diábolo en las estanterías, exquisita.