Hitler=SS

Hoy es día de recordar que, en este país, el Hitler=SS de Vuillemin y Gourio sigue siendo una obra prohibida por una sentencia del Tribunal Constitucional que además lo describe como “una publicación unitaria -un tebeo-, con un tratamiento predominantemente gráfico servido por un texto literario, cuyos destinatarios habrán de ser en su mayoría niños y adolescentes“. Quizás esté equivocado, pero creo que libertad de expresión implica también libertad para tener mal gusto y que son los lectores, en ejercicio individual de madurez y de inteligencia, los que deciden si una obra, una frase o un chiste tienen sentido o son una estupidez fuera de lugar.
¿Seremos adultos alguna vez?

Kandor

Kandor existe…

Imágenes de la exposición Kandor de Mike Kelley en Los Ángeles (Vía Robot 6)

La verdad es que siempre me intrigó Kandor. Esa ciudad escondida en una vasija es una especie de conexión directa entre el universo de Superman con las mil y una noches…

El pequeño Christian

Menudo final de milenio tuvo el Mr. Hincker, alias Blutch. Impregnado de un ímpetu creador incombustible, en apenas unos años fue capaz de producir obras tan distintas e interesantes como Peplum, Mitchum, Blotch o Rancho Bravo, donde soltaba las evidentes amarras de Forest o Boucq que todavía se veían en Mademoiselle Sunnymoon para desarrollar una actividad inagotable de exploración de nuevas formas de expresión dentro de la historieta. Con la guía consciente o inconsciente del trabajo de Baudoin, Blutch demostraba saber dotar al trazo de una energía orgánica y vitalista, trasladando de la palabra a la línea la expresividad de sus personajes. Una avalancha de trabajos que tenía un pequeño y extraño oasis: las historietas que publicaba en Lapin de El pequeño Christian. Una serie de obvias referencias al clásico de Sempé y Goscinny, Le Petit Nicolas, pero que para Blutch es un instrumento de exploración de la nostalgia del adulto. Que nadie se confunda, no estamos ante una nueva incursión en la nostalgia de la infancia o en el lastimero llanto de la pérdida de la niñez, sino ante una exploración consciente del mecanismo de la creación de los mitos, de los intrincados pero aleatorios procesos que durante la infancia dan lugar a eso que Proust luego ejemplificaría con una magdalena pero que en el siglo XX tiene forma de cultura de masas. La primera recopilación de Le petit Christian, publicada a finales de los 90, es uno de los mejores retratos de los mitos de la generación del baby boom y, a través de ellos, de la propia personalidad de aquellos que vivimos ese extraño pero delicioso mejunje de televisión en blanco y negro, cómics y cine. Aún con las diferencias sociales y geográficas entre Francia y España, no será difícil para aquellos que ya empezamos a tener problemas de presbicia vernos reflejados en ese pequeño Christian amante de los vaqueros y los tebeos.
Diez años después, Blutch retomó el personaje del Pequeño Christian en un segundo volumen profundamente distinto al primero, con un Christian que comienza ya la educación secundaria. Un momento que es elegido por Blutch como el del cambio, el del inicio de ese proceso que transforma la imaginación desbordante de la infancia en la percepción de la realidad del adolescente. Y, por supuesto, el detonante definitivo: el amor. Las nuevas historias de Christian tendrán una sutil deriva: poco a poco, los personajes de ficción que habitan esa fantasía sin límites irán dejando lugar a personajes reales: a Steve McQueen o Marlon Brando y, sobre todo, a la novedosa e incontenible idolatría del sexo femenino, a la idealización del amor. Y Blutch consigue trasladar a la perfección la peculiar transición entre infancia y madurez en los tiempos de la cultura de masas, donde el niño afronta el paso con el bagaje extra de la televisión y el cine, en un maremágnum en el que las ficciones y las realidades se confunden para un rito que ha perdido su carácter de iniciático para reconvertirse en imitación de los nuevos mitos catódicos.
No sé si será por la coincidencia generacional, pero creo que Le petit Christian es la mejor obra de Blutch -y eso es decir mucho, oigan-, en la que plasma con mayor acierto tanto la camaleónica capacidad gráfica de otros trabajos como la fina ironía y sarcasmo aprendido en Fluide Glacial. Recomendabilísima (sobre todo para cuarentones y cuarentonas…:) )
Norma acaba de publicar la obra recopilando los dos volúmenes en edición integral. En su web se puede ver un avance de la misma. (4)

Hábitos

Ya se ha publicado el informe anual de Hábitos de lectura y compra de libros en España que realiza anualmente la Federación de Gremios de Editores. Resumiendo: el 13.7% de los españoles leen tebeos (un 24.4% en la franja de 14-24 años). Lo curioso es que en los porcentajes son siempre descendientes con la edad, ya sea en periódicos, libros o revistas, sin embargo, en la banda de edad de 35 a 44 años, los cómics repuntan espectacularmente, subiendo al 18.1%. ¿Están los españoles ya talluditos redescubriendo los tebeos? ¡Ojalá!

Alec

Aunque sea de forma inconsciente, siempre pienso en Eddie Campbell con un autor por entregas. Casi una década me tuvo esperando a una nueva entrega de ese monumento excepcional que es From Hell. Menos, cierto, para las nuevas y ansiadas entregas de esa corrosiva reinvención de la mitología que es Bacchus que ya leí en su versión castellana (a la espera de la ansiada recopilación que anuncia Top Shelf). Con tanto tiempo, entre entrega y entrega, me aficioné a la lectura de las recopilaciones de lo que entonces pensaba que era un tebeo menor suyo, Alec. Un ejercicio de autobiografía literal que iba apareciendo de forma esporádica, saltando de editorial en editorial, sin una periodicidad definida, donde Campbell se reconvertía en Alec McGarry para contar su propia vida, desde las banalidades más superficiales hasta las reflexiones más sesudas pasando por las ideas más absurdas. Una especie de diario que el tiempo entre número y número convertía en algo parecido a una novela de género epistolar, donde un antiguo amigo iba contando sus peripecias, sinsabores y felicidades. Y, con el tiempo, uno le iba cogiendo cariño al quisquilloso Alec. Sus problemas juveniles se transformaron con el tiempo en complejas reflexiones sobre la identidad del artista, sobre la propia concepción de la misión del artista. Pasaron de ser una forma simplista y casi ingenua de “slice of life” a un ensayo en toda regla, a un ejercicio de análisis que tenía siempre lo gráfico como elemento protagonista, pero que en ningún momento olvidaba que no dejaba de ser una simple elucubración ante un papel en blanco en la que contaba los aconteceres de su vida. Poco a poco, el humor de Campbell se fue convirtiendo en fina ironía, en inteligente sarcasmo del que mira su propia vida con sanísimo escepticismo e incredulidad, cuestionándolo todo casi de forma cartesiana.
Leído de forma recopilada, ya sea en la espectacular versión Omnibus publicada por Top Shelf o en la más cómoda en dos volúmenes de Astiberri, la primera impresión que se tiene es un poco decepcionante. Condensar una vida en un único volumen, por grueso que éste sea, es tarea imposible y las idas y venidas de la vida, las tonterías que se hacen día sí y día también, se traducen en la tentadora etiqueta de “irregular”, terrible palabra que en el fondo sólo hace que clasificar la realidad de la existencia como algo necesariamente irregular, habida cuenta de que no todos los días serán iguales, ni para lo bueno, ni para lo malo. Sin embargo, con la distancia del tiempo, esa misma recopilación comienza a tener un valor añadido que va mucho más allá de la lectura de la vida y milagros de Campbell, incluso mucho más allá de las siempre interesantes reflexiones que lanza el autor. Alec se convierte en un gigantesco testimonio de la formación de un artista, desde el camino de la propia autoafirmación como tal hasta el proceso de aprendizaje. Lo primero lo encontraremos en las muchas y sesudas reflexiones del autor, siempre en contraste continuo con las realidades cotidianas que le obligan a poner los pies en tierra. Lo segundo, en comprobar cómo Campbell va aprendiendo y ejercitando su narración gráfica, desde la simplicidad casi torpe de sus inicios a los atrevimientos de los ejercicios formales que encontraremos después. Con esta nueva perspectiva, la lectura es fascinante, se convierte en un ejercicio de metacreación total en la que lector y autor se funden en la reflexión, en un diálogo continuo hacia la propia esencia de lo que es el proceso creativo. Y, también, se constata que el camino de Alec tiene un final, un sentido que se alcanza con esa genialidad que es El destino del artista, una obra que resume y plasma a la perfección todo lo aprendido en una vida de creador, consecuencia lógica de Alec hasta el punto que, visto hoy, creo que son inseparables.
Y uno, al final, se da cuenta de que de obra menor nada. Que Alec es mucho más que una obra: es el andamiaje que aguanta todo lo creado por Eddie Campbell, una mirada al secreto estudio del artista, a las bambalinas de la creación.

Novedades de febrero de Astiberri

(*)- Granja 54, de Galit Seliktar y Gilad Seliktar. Traducción: Eulàlia Sariola Bitono. Rústica con solapas 128 páginas. Tamaño 17×24 cm. 15 euros
(**)- 3, Calle de los Misterios, de Shigeru Mizuki Blanco y negro. Rústica 240 páginas. Tamaño 17 x 24 cms. 19 euros
(**)- El sótano en llamas, de Toño Benavides Blanco y negro. Rústica 72 páginas. Tamaño 21 x 21 cms. 14 euros
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