Arzak

Para comentar Arzak, es necesario antes hablar de Arzach. Y de Harzak. O de Harzack. E incluso de Harzach. Ortografías mutables con las que aparecieron cuatro historietas llamadas a cambiar una forma de entender el tebeo. Hagamos un poco de historia: mediados de los 70, recién estrenados los primeros movimientos de cómic adulto en Francia en la década anterior y con las primeras experiencias de cómic alternativo lideradas por dibujantes (Hara Kiri, L’Echo des Savanes) ya en los kioscos, se anuncia una nueva experiencia editorial autogestionada: Metal Hurlant. Cuatro dibujantes (exactamente tres y un gestor, Dionnet, Moebius, Druillet y Farkas), todos con experiencia en esta nueva etapa que se estaba gestando tras las revueltas culturales de los años 60, toman las riendas de un proyecto que nace, como toda contracultura joven y contestaria, en oposición a los modelos establecidos. El objetivo, lanzar una revista de cómics de género, siguiendo la tradición francobelga liderada entonces por Pilote pero dejando esta vez todo la libertad en manos del dibujante, con especial atención a lo gráfico. Una revista llamada a revolucionar concepciones estéticas que tendría como icono más representativo de toda su producción cuatro historietas mudas. Cuatro relatos breves firmados por Moebius, el alter ego de un Jean Giraud que ya triunfaba con Blueberry, protagonizados por un silencioso personaje que surcaba extraños paisajes a lomos de algo parecido a un pterodáctilo. Publicadas en los primeros números de la nueva revista, cada una de las entregas llevaba un título de cambiante ortografía: todas fonéticamente idénticas, todas escritas de forma diferente. Sin guión previo. “Improvisadas”, según el autor, en una afirmación casi imposible de creer a la vista de la perfección técnica del dibujo. Absurdas y surrealistas en su fondo. Espectaculares en su forma. Influyentes hasta cambiar completamente la forma de entender el género durante una década.
Y es que la propuesta de Moebius no era tan espontánea como parecía: en un mercado claramente dominado por los personajes y, sobre todo, regido por una serie de guionistas que no sólo acaparaban la atención medíatica (Goscinny, Charlier…) sino que también eran los responsables de la producción, Moebius lanza así una defensa a ultranza del dibujante, de la historieta como narración gráfica no literaria. Toma ejemplo del dadaísmo para reclamar una forma de creación más fresca e improvisada, pero es tan sólo una coartada para su discurso: una historieta muda, apabullante en lo gráfico, que deja la palabra apartada para centrarse en la narración dibujada. El dibujo como centro absoluto de la historieta, con historias que nacen de la fantasía (lógico en tanto se busca el lucimiento gráfico) pero cometen la entonces herejía de apostar conscientemente por un públic adulto, pervirtiendo las tradiciones del cómic francobelga clásico juvenil. Sexo, violencia y drogas como alambrada que impide la entrada al lector juvenil y que anuncian claramente la vocación adulta de esta nueva historieta. Quizás hoy se puede ver esta estrategía como ingenua, pero en su día era toda una provocación, brutal. Y, para colmo, un título cambiante que resumen claramente esa idea: las palabras cambian, el sonido es siempre el mismo. Arzak.
Un mensaje claro, conciso y contundente que resultó transcender rápidamente sus motivaciones. La excelencia gráfica de Moebius, la potencia de las ilustraciones de estas cuatro historias, la sugerente atmósfera de estos mundos oníricos (Moebius afirmaba que eran historias creadas a partir de sueños), resultaron todavía más influyentes que el discurso de rebeldía del dibujante. Se convirtieron en un icono, en el exponente máximo de una nueva era de libertad gráfica y argumental que, paradójicamente, daría lugar a una preocupante uniformidad estilística. El trazo de Moebius se convirtió en el paradigma de la nueva historieta: desde el tebeo americano al japonés, los imitadores de Moebius se multiplicaron por todo el planeta, en un fenómeno sólo comparable a la influencia de los grandes clásicos como Disney.
Arzach/Harzach/Harzak/Harzack formaba ya parte de la mitología de la historieta y se convertía en la primera piedra del edificio Humanoide, de una leyenda con no pocos claroscuros, pero que está plagada de aciertos sorprendentes.
Pero ésa es otra historia…
Treinta años después, Moebius retoma a su silencioso personaje tras su particular travesía del desierto llamada Inside Moebius, ya instaurado en el Olimpo de la historieta, sin necesidad de cambiar nada ni de llamar a la revolución. Sólo por el placer de volver a los enigmáticos paisajes de Tassili. Era lógico, tras Le Chasseur Deprimmé, el hiponótico regreso al universo del garaje hermético de Jerry Cornelius (inexplicablemente inédita todavía en castellano), el siguiente paso sólo podía ser éste. Sin embargo, en esas décadas han pasado muchas cosas y aquél personaje rebelde se ha dejado por el camino muchas cosas, como el silencio, la ortografía incierta y voluble y la improvisación. Arzak habla y protagoniza una historia de ciencia-ficción de corte clásico, deudora hasta límites sospechosos -de momento- de George Lucas.
Arzak llega a Tassili con espíritu de western crepuscular, aprovechando esa capacidad innata del dibujante para dar profundidad a sus viñetas de espacios abiertos (¡Pocos desiertos son tan inmensos como los que dibuja Moebius!), con diálogos de inspiración ochentera llenos de palabras inventadas a modo de retruécano con ínfulas tecnológicas. Todavía es pronto para juzgar una historia que se desarrollará durante tres álbumes, pero no se puede evitar cierto aroma a naftalina en la historia que plantea Moebius, que no deja de tener su atractivo. Para los que vivimos aquellos locos 80 de las revistas, la nueva singladura de Arzak tiene algo de encanto nostálgico pese (o gracias) a las continuas referencias starwarseras, llevada en volandas por la calidad gráfica de Moebius, que como décadas atrás vuelve a ser el centro absoluto de la obra. Es curioso cómo la dualidad Giraud/Moebius se mantiene pese al paso del tiempo, sólo hay que comparar las últimas entregas de Blueberry con este nuevo Arzak: se comparten, paradójicamente, escenarios y argumentos basales del western, en un caso literales, en otro proyectados a la ciencia-ficción, pero con estrategias narrativas diferenciadas. Mientras que Blueberry prima la acción, la profusión de viñetas para una narración rápida y un dibujo de cuidado barroquismo en el detalle, en Arzak las viñetas se amplían para dar espacio a un ritmo más pausado, con un trazo de línea limpia que da más protagonismo al color. Giraud/Moebius vuelve a mostrar una bicefalia perfectamente planificada, que pierde quizás el atractivo de la dualidad entre tradición y revolución que expresaba en los 70, pero mantiene el de su excelsa calidad gráfica.
Una lectura curiosa de momento, veremos cómo sigue la serie, pero que a mi entender tiene como principal problema el carisma de aquellas primeras cuatro entregas. Demasiado fundamentales, demasiado icónicas como para volver a ellas. Es cierto que Moebius se aparta de aquella línea, pero hay mitos que es mejor no tocar, dejarlos en el recuerdo para que sigan aumentando su leyenda.
Ya veremos…
Eso sí, espectacular la edición de Norma de este álbum, a gran formato, con exquisita reproducción (lástima que se haya quedado en el camino la primera edición que se lanzó del álbum en Francia, en blanco y negro).