Parábola

Releer hoy Parábola de Stan Lee y Moebius tiene algo de masoquista. Es una de esas lecturas que, en su día, ya parecían rancias y que hoy, veinte años después, llegan ya como casi momificadas, pura mojama argumental si se quiere. Pero, curiosamente, siguen manteniendo intactos los puntos de interés que entonces todavía podían salvar el esfuerzo de su lectura.
Vayamos por partes, pequeña introducción histórica: Parábola es un proyecto de finales de los 80 que ya entonces nacía antiguo, retomando aquella tradición de los megacrossovers entre majors de los 70 (¿recuerdan ustedes el Batman contra Hulk o el Spiderman conta Superman?) actualizada mirando a lo que venía desde Europa. Una especie de unión del cómic-book americano más mainstream con la ‘qualité’ que se importaba desde Europa para la revista Heavy Metal, simbolizada en la colaboración de sus dos referentes más importantes: Stan Lee y Moebius.

Hasta ahí, nada que decir. Operación de mercadotecnia acompañada de declaraciones mutuas en las que el guionista y editor loaba las maravillas del dibujante y éste a su vez expresaba su interés y ganas de trabajar para la gran industria americana. Pues perfecto.
El problema es que, además, tenían que hacer un tebeo. Para la ocasión, Lee pensó -nada erróneamente, todo sea dicho- que había que aprovechar las ínfulas metafísicas en las que el francés se hallaba flotando (recordemos que venía de terminar la saga del Incal con Jodorowsky, una obra cuyos últimos álbumes dan buena cuenta del nivel de “flotabilidad” espiritual al que habían llegado guionista y dibujante) para sacarle todo el jugo a su colaboración. Tomó a su personaje más dado a la trascendencia, Estela Plateada (yo, me perdonarán el uso de la traducción, pero es que cuando pienso en lo del Surfista de Plata y los mamotretos existenciales, me da la risa) y a su personaje más totémico, Galactus, para desarrollar un concepto que ya era obvio en su debut sesentero en Los 4 fantásticos, pero que sonaba exageradamente atrevido para una sociedad americana que ni siquiera había estrenado minifalda: Galactus es El Dios del Universo Marvel. El Dios, con mayúscula, no me equivoco, que una cosa es el amplio panteón mitológico de ese universo y otro es la recreación clara y evidente del dios de las religiones monoteístas, con sacrificio de su enviado/hijo/heraldo incluido para salvar la humanidad. Y planteó una historia, a priori, acertada: ¿qué pasaría si de repente se apareciera Dios/Galactus por la tierra? La cuestión no es nueva, es obvio, ni en el cómic (que se lo digan a Marc Antonie Mathieu y su Dios en persona, por ejemplo) ni en otras artes (tema recurrente de la ciencia-ficción, todo sea dicho), pero siempre puede dar lugar a interesantes reflexiones y preguntas abiertas sobre el espinoso tema de la trascendencia y la religiosidad. De hecho, hasta las líneas que esboza Lee son atractivas: auge de los fanatismos, control de las masas por los líderes religiosos renacidos desde la telepredicación, la suposición de la desaparición de la moral cuando desaparece la religión o la necesidad del mal común como elemento de unión de la humanidad (uy, me suena a algo…). El problema es que el editor estrella lo desarrolla con una simpleza tan torpe que sonroja: diálogos que fundamentan su supuesta trascendencia en una pomposidad tan recargada como ridícula, situaciones que de tan estrambóticas pasan a ser risibles… Todo lo que podía ser de interés se desinfla por momentos en este ambicioso globo que el guionista no puede abarcar (no sé por qué, releyendo el tebeo me ha venido a la memoria la muy estimable Renacer de Bigas Luna, una contundente reflexión sobre las sectas y los fanatismos). Es verdad que los diálogos de esta obra no son muy diferentes a los que se pueden encontrar en los 4 Fantásticos veinte años antes, pero no es menos cierto que los contextos cambian y pesan: aunque no parece lógico atender sólo al paso del tiempo (a fin de cuentas en los años 60 –y antes- ya existían tebeos con un discurso mucho más adulto en Francia o, por poner un ejemplo más claro y evidente, con las obras maestras de H.G. Oesterheld), es evidente que no es lo mismo un tebeo dedicado a un lector adolescente americano de principios de los años 60 que un lector adulto de los años 90 y, mucho menos, del actual siglo XXI. Hoy, cuando leo aquellos tebeos de la llegada de Galactus no puedo evitar sonreír con la ingenua rimbombancia de los diálogos que Lee creaba para los épicos dibujos de Kirby, pero se perdonan pensando en ese sentido de la maravilla que sentiría el chaval de 14 años de 1968 cuando veía por primera vez algo parecido un drama épico de dimensiones galácticas. Si no se tiene en cuenta esa situación, esa sonrisa condescendiente se trastoca en gesto de burla, como casi le pasa a esta Parábola.
Y digo casi, porque hay algo en todo esto que salva la lectura y tiene nombre propio: Moebius. El ser humano siempre ha tenido malsana curiosidad por ver a un pez fuera del agua y comprobar si el genio galo era capaz de defenderse en las bravas aguas del mainstream americano no puede ser más morboso.
Y, desde luego, lo consigue. No se puede decir, desde luego, que sea su mejor obra, pero resulta muy, muy interesante ver cómo dos formas antitéticas de entender la creación pueden llegar a lugares comunes y, sobre todo, como un autor como Moebius es capaz de plegarse a las necesidades industriales sin perder su personalidad. Con un dibujo mucho más ligero al que entonces nos tenía acostumbrados y con una mezcla de soluciones narrativas que las hace simultáneamente tan poco comunes en el comic-book americano como en el estilo de Giraud, como bien explica el dibujante en la conclusión de su texto (que, inexplicablemente, no aparece en la edición de Panini). No sólo eso, sino que el dibujante reconoce abiertamente el reto que supone para él trabajar con los fuertes condicionantes industriales del comic book (hace especial referencia a la limitada paleta de colores de la época, por ejemplo). El resultado es, desde luego, muy sugerente: tanto para el aficionado al comic-book como para el lector habitual de comic europeo, la versión Marvel de Moebius es un extraño pero atractivo punto de encuentro en el que perder un buen rato. Evidentemente, con la lujosa y cuidada reproducción de la nueva edición que pone Panini en las librerías perdemos el color original y el papel de pulpa que quería expresamente Moebius (de hecho, el dibujante optó por la edición en formato de comic-book americano y no por el de álbum europeo que Marvel estaba dispuesta a realizar), pero el nuevo recoloreado es bastante fiel al de la versión de Chiarello y Wellington, permitiendo recuperar una experiencia cercana a la original que olvida definitivamente los espantosos delirios cromáticos de la versión de 2001.
Al final, y pese a lo indigesto del argumento, uno puede disfrutar de este curioso crossover continental a modo de pintoresca curiosidad.
PD: Es una lástima que la excelente edición de Panini deje fuera el último apartado del texto final de Moebius, posiblemente el más interesante en su análisis de la experiencia. Lo dejo aquí por si alguien quiere leerlo (sacado de la edición de Planeta de 1989):


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Los premios de la Crítica

Ayer se concedieron los premios de la Crítica en las Jornadas de Avilés.

Mejor guionista extranjero: Jason Aaron por Scalped.
Mejor guionista nacional: Paco Roca, por El invierno del dibujante.
Mejor dibujante nacional: David Rubín por El héroe.
Mejor dibujante extranjero: R. M. Guéra por Scalped.
Mejor obra nacional: El invierno del dibujante.
Mejor obra extranjera: Scalped.
Mejor obra teórica: Cien años de Bruguera, de Toni Giral.
Toda una carrera autor nacional: Esteban Maroto.
Toda una carrera autor extranjero: Carmine Infantino.

Pocos aciertos de mi quiniela particular, pero ¡Enhorabuena a todos!

Presentación de El héroe en Ourense

Mañana viernes 16 de Septiembre, a las 19:30h, se inaugura una nueva librería de cómics en Ourense; “Sindicato del Cómic” (C/ Doctor Marañón, 15) con la presentación de la novela gráfica de David Rubín El Héroe, editada por Astiberri.

Habrá coloquio, firma de ejemplares, licor café y fiesta a raudales para amenizar la inauguración de esta librería que es como un soplo de aire fresco para la cultura en Ourense.

En estos tiempos en los que todo cierra, en los que las siglas E.R.E. se han instaurado a fuego en nuestro día a día, en dónde la cultura se recorta más que nunca, considero muy loable y valiente que unos chavales de esta, mi ciudad natal, Ourense, saquen pecho ante la adversidad y decidan apostar por brindarle a la ciudad de las Burgas un nuevo lugar en dónde la cultura del cómic tenga pleno protagonismo otra vez.
Así que, si para vosotros esto es también una noticia a celebrar, pasaros este viernes por “Sindicato del Cómic” a compartir con ellos, y conmigo, una tarde de celebración, cómics, dibujos y fiesta.

Dulces, dulces

Si ya me encantó la primera parte de Los años dulces, la adaptación que Jiro Taniguchi hace de la novela de Hiromi Kawakami, al finalizar la segunda entrega sólo puedo hablar de maravillas. Reafirmarme en todo lo que dije y multiplicar las loas y halagos a este autor, que borda ese difícil equilibrio entre la tensión romántica entre la protagonista y el profesor y un tono contenido, apenas esbozado, intimista, que deja los sentimientos ocultos tras un muro de sensaciones ajenas. Taniguchi ha sabido leer con brillantez la novela de Kawakami para fijar su atención en la descripción minuciosa del entorno de los enamorados, en el cúmulo de sensaciones que arropa la relación naciente entre Tsukiko y el profesor. Olores y sabores se presentan al lector a borbotones, representados con una fidelidad y cuidado exquisito, obligando a recrearse en ellos para entretener y desviar la atención del juego los roces robados, de la tímida mirada enamorada… Y todo con ese ritmo pausado, de buen gastrónomo, que te deja paladear con gusto cada momento, cada paso de la historia. Reconozco mi pasión y gusto por este tono tan profundamente intrínseco a la cultura japonesa, por esa manera de plantear los relatos que deja tiempo para la reflexión, para el análisis. Ese andar lento que obliga a detenerse, a mirar a los ojos al protagonista para preguntarle, para relacionarse con él y sentir como propias sus vivencias. Y Taniguchi demuestra un dominio del lenguaje gráfico abrumador para lograrlo: su dibujo se vuelve perfeccionista hasta en el detalle más nimio cuando describe los lugares, dejando una foto fija inmaculada del escenario donde los personajes vivirán con un trazo mucho más vital, que abandona la inmovilidad del acabado impecable para surcar un naturalismo más espontáneo. No es un cambio drástico, como era de espera en este autor, es un cambio sutil, que hay que ver con ojo entrenado quizás, pero que proporciona un fino contraste que dota de vida íntima a la narración.
Sorprende, en ese juego de contrastes gráficos insinuados, el cambio radical del relato de niñez, que opta muy acertadamente por una ruptura en el trazo (con referencias obvias a Tezuka y Mizuki) para acompañar los recuerdos de Tsukiko.
Aunque tras la lectura, vuelvo a quedarme maravillado por cómo Taniguchi controla los tiempos, cómo dosifica las acciones, cómo pauta los ritmos para que transitemos sin prisas por la historia, pero sin perder el interés, con silencios cronometrados para que el lector reflexione, con momentos de gran romanticismo contados con una delicadeza a prueba de cursilería y ñoñería, pero también con momentos dramáticos que, sin buscar el impacto sentimental brusco, logran que el lector se emocione. Una obra preciosa para degustar con tranquilidad (4).

Fascículos

Me perdonarán ustedes, pero a mí la industria americana del comic-book me parece cada vez más idéntica a la de los fascículos. El esperable exitazo de esa maniobra de marketing que es el “reboot” de DC tiene toda la pinta de la habitual estrategia de las colecciones de fascículos: vamos a vender la intemerata en el primer número y de los siguientes, pues como que da lo mismo, que ya sacaremos otra vez un número uno otra vez, y otra, y otra…

Rebooteando

Pero qué olor más rancio tiene el reboot de DC. Quizás porque la posibilidad de comprar los tebeos en formato digital el mismo día de su aparición evita que el fuerte olor de la tinta recién impresa oculte esos vahos de papel añejo y algo mohoso que desprenden casi todas las “nuevas” series que ha lanzado la editorial, quien sabe, pero aunque sólo he leído la primera oleada, la verdad es que el escepticismo ideal se ve desbordado por una realidad todavía más deprimente: las ideas de siempre, las actitudes de siempre, los conceptos de siempre… La supuesta revitalización de los personajes para atraer nuevos lectores es tan sólo una falacia que esconde la falta de ideas crónica. Series que intentan jugar a captar al lector juvenil más acostumbrado a los superhéroes que aparecen en cine y videojuegos blockbuster, con planteamientos estéticos “marchosos” que no hacen más que lograr que añoraremos aquellos escorzos geniales de Neal Adams (los de antes, porque lo de Batman Odyssey es de vergüenza ajena, un truño tan en expansión como su teoría del hinchamiento, que deja el Batman & Robin de Miller y Lee como obra maestra indiscutible). Series que se ponen la medalla de “¡Ey!, ¡somos adultos!” pero que no hacen más que sonrojar con sus planteamientos… Es verdad que sólo con un primer número es difícil hacer evaluación de nada, pero el tufo viejo que desprenden las series del reboot es de tal calibre que uno actúa con la misma celeridad que cuando olemos un alimento podrido: no queremos seguir catando semejante “manjar”. No es que estemos ante malas series, ojo, pero es que es más de lo mismo. Es volver al New Universe shooteriano pero con aspecto externo de photoshop y alma de operación de marketing.
Se salva, eso sí, la propuesta de Morrison en Action Comics #1, que transforma a Superman en un Li’L Abner hipervitaminado que podría estar acampado en la Puerta del Sol. Un “perroflauta” en toda regla que todavía tiene ideales de juventud, y que no se enfrenta contra perversos galácticos, sino contra millonarios corruptos, todo contado con guiños continuos al Spiderman de Lee y Ditko, reciclando ideas con cierta frescura que por desgracia está ausente en el resto de la propuesta hasta el momento. Lo de ponerle a este Super Li’L Abner la capita roja es ridículo hasta decir basta, pero se le perdona, de momento. Tampoco está mal el Animal Man de Lemire, y eso que este señor no es precisamente de mi gusto. Aunque su versión del zoo ambulante es flojita, gana todos los puntos con una inquietante estampa infantil final que, bien llevada, podría dar lugar a una curiosa reflexión sobre la vida familiar superheroica.
Faltan treinta series más. Pero mucho, mucho, mucho tendrán que cambiar las cosas para que este reboot tenga el más mínimo interés. Más que una atracción para nuevos lectores, es la ocasión ideal para que los lectores de siempre que se compraban las series por inercia las dejen definitivamente.

Novedades de Dolmen de octubre

Dolmen #191Varios autores Revista. 68 págs. Color. 2,99 euros.
Eros #129 Varios autores Revista. 68 págs. B/N y color. 4 euros.
(*)- Invencible 14, de Robert Kirkman y Ryan Ottley Tomo. Color. 168 págns. 15,95 euros.
Leinad: La tumba del Rey, d Enrique Vegas Cartoné. Color. 56 págs. 12 euros.
Los Muertos Revivientes #4: Con los muertos en los talones, de José Miguel Fonollosa Comic-book. 36 páginas. 3,50 euros
Robny el vagabundo, de Joan Boix Cartoné. 96 páginas. B/N. 18 euros.
Time Bomb (Sello Radical). de Jimmy Palmiotti, Justin Gray y Paul Gulacy. Tomo cartoné. Color. 168 páginas. 20 euros.
Wild Adapter #6, de Kazuya Minekura Tomo. 180 págs. B/N. 8,95 euros
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La edición definitiva…

Vaya por delante: no existe la edición definitiva de Príncipe Valiente. Ni existirá, a no ser que un mecenas voluntarioso y enrrollao dedique una parte de su pecunio a pagarle a Don Manuel Caldas y un amplio equipo de trabajo la labor de restaurar toda la obra de Foster. Y ojo que aún así, mucho habría que discutir lo de “definitiva”: primero por el tamaño, que uno, ya puestos a pedir, podría pensar que lo ideal sería que fueran al tamaño de los originales de la obra, más próximos al de sábana de cama de matrimonio que al de tabloide gigantesco en el que fueron publicados. Segundo, por el dichoso color, que una cosa son las pruebas de color, otro el color que salió reproducido en el papel que se usaba en la época con la tecnología de reproducción de la época y otro muy distinto el color que hoy tenemos de unas páginas y pigmentos que han envejecido durante casi ocho décadas. Les puedo asegurar que el problema deja la resolución de las ecuaciones de Kubelka-Munk en una simple regla de tres. Palabrita de honor de empollón especializado en estos temas. Y tercero porque a estas alturas, de verdad, alucino con la gente que se está quejando de que se anuncie como “definitiva”. Pero oigan, a ver, ¿de verdad se creen que el Fairy es la solución definitiva contra la grasa?¿O que la nueva maquinilla de afeitar de N+1 hojas es la solución definitiva para el afeitado antes de que aparezca la N+2? Por favor, que ya somos mayorcitos para no creer absolutamente nada de los mensajes publicitarios…
Dicho eso, servidor sigue pensando que la edición en la que más disfruta del trabajo de Foster es en esa maravilla de orfebrería editorial que tiene a bien llevar a cabo el señor Caldas, contra viento, mareas y zancadillas de todo tipo. Pero, por otra parte, hay que reconocer que la edición que acaba de poner en los quioscos Planeta desde su sección de fascículos y coleccionables, no está nada mal. Sigue la edición alemana de la editorial Boccola, con bastantes aciertos: el color es muy aceptable, restaurado desde páginas de periódicos (se puede ver el esquema de trabajo que han seguido en esta galería de imágenes, si pincháis las imágenes, podéis ver vídeos del proceso), parece hasta de verdad aunque las tonalidades sean muy desaturadas. La línea no es tan buena como la de la edición de Caldas, pero es mejor que la que hemos visto por ejemplo en Ediciones B. El tamaño, pues mmmm ni sí ni no: no es tan grande como la edición de Fantagrapics, pero se puede apreciar bien el trabajo de Foster. El papel, mate, evita los insoportables brillos habituales en estas ediciones “definitivas” que entienden como lujo el papel couché brillo (el horror para cualquier lector, que en su intento de evitar los reflejos, debe buscar posiciones para la lectura que ni el kamasutra se atrevería a sugerir). Lo de poner un año por volumen… absurdo, directamente: lo lógico serían volúmenes de dos o tres años para aprovechar el cartoné, no los ridículos volúmenes anoréxicos que el afán de extender en más semanas el coleccionable ha dado lugar… La traducción, correcta sin más, sobre todo cuando uno se acostumbra a la labor de cariño y pasión que ha desplegado Rafa Marín en la edición de Caldas. El diseño, pues de coleccionable, qué se le va a hacer.
Resumiendo: si lo que se quiere es admirar el trabajo de Foster, mejor la edición en blanco y negro de Caldas, sin duda. Pero si se quiere leer la obra aproximadamente como se editó, en color, de forma completa y en castellano, ésta es hoy por hoy la mejor edición que reúne todas esas caracterésticas, muy superior a la anterior que editó la sección de cómics de la misma editorial.
Ustedes mismos.

Del tebeo a la novela gráfica: El cómic y sus relaciones con la literatura y el cine

Del 20 al 27 de septiembre la fundación Mapfre de Madrid acoge el ciclo de charlas “Del tebeo a la novela gráfica. El cómic y sus relaciones con la literatura y el cine”, en el que participarán cineastas y escritores como Fernando Savater, José Luis Garci, Luis Alberto de Cuenca, Martín Casariego, Fernando Marías o Juan Carlos Fresnadillo, además de críticos y autores de cómic como Antoni Guiral, Ángel de la Calle, Paco Roca o Juanjo guarnido, entre otros. Os paso la programación:
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L’Apocalypse

Estaba cantado: Jean Christophe Menu crea su propia editorial tras salir de L’Association. Y de nombre con resonancias claras: L’Apocalypse. Ahora la pregunta es… ¿se irán los autores fieles a Menu tras él (como por ejemplo Marjane Satrapi, que siempre ha estado ahí)? La editorial anuncia que también se dedicará a edición de discos en vinilo, pero dejando de lado el morbo del enfrentamiento con su antigua editorial, la existencia de dos líneas editoriales claramente alternativas y arriesgadas solo puede traer buenas cosas.

Quai d’Orsay

Comparto con mi buen amigo Patrick dos aficiones: la física y los tebeos. Bueno, no estrictamente, porque este marsellés aficionado a la buena gastronomía gusta de la bédé, pero no entiende mi pasión por la acumulación compulsiva de papel. De hecho, como buen físico, lo primero que me preguntó cuando le dije la cantidad de tebeos que tenía en casa es “¿Sabes cuál es el límite de carga del suelo de tu piso?” (pregunta que, todo sea dicho, me afané en intentar responder, con un resultado que todavía me deja preocupado, pero ésa es otra historia…). El caso, y por eso traigo a mi amigo Patrick por aquí, es que hace unos meses comentábamos Quai d’Orsay, de Blain y Lanzac y le decía que la elección de Villepin como blanco de críticas debía ser cuestión de evitar problemas, aprovechando que estaba fuera del ruedo político. Pero nada más lejos de la realidad según mi colega: era una opción muy lógica, me aseguró. Primero, porque el susodicho parecía haber superado el escándalo Clearstream y se rumorea que está dispuesto a ser el sucesor de Sarkozy. Segundo, porque desde DeGaulle, los políticos franceses se habían emperrado continuamente en la tarea de crear algún tipo de “ismo” que les sobreviviera como legado, en una carrera inacabada que hasta el momento ha tenido como mejor postor precisamente al peculiar y carismático Domenique de Villepin. Y es precisamente este segundo aspecto el que creo que centra fundamentalmente el trabajo de Blain y Lanzac. Los autores toman la figura del ex-primer ministro y aprovechan su etapa previa en el Ministerio de Asuntos Exteriores (Quai d’Orsay es su sede en la capital gala) para realizar un estricto retrato, casi costumbrista se podría decir, del día a día de la política real, de la rutina cotidiana, si se puede considerar de ese modo un trabajo tan peculiar. Una intención realista que Blain trata con su habitual estilo proporcionándole unos acertados y oportunos toques de humor que permitirán extraer el verdadero mensaje y crítica de la obra. Pese a que la obra es presentada y vendida como una sátira, creo que el trabajo de Blain y Lanzac se haya muy lejos de modelos como la estupendísima y recordada Yes, minister o los flojos ejemplos de sátira política que venían de las galas últimamente (como las flojas obras sobre Sarkozy que se han dado, por ejemplo), de hecho da un paso más allá y su crítica es mucho más sutil. No es una simple crítica de la figura de Villepin a través de este imaginario Alexandre Taillard de Vorms, sino una reflexión terrorífica sobre los mecanismos del poder y de la política. Uno podía esperar de la lectura la imagen del caos absoluto que marca la realidad del ministerio, el juego de vacuidades y ambiciones continuo, la incompetencia del político que siempre salva el cuello por la callada y oscura labor de los técnicos que se hayan por debajo o del funcionario de turno que se dedica a arreglar las chapuzas y entuertos que el jefe va formando (una realidad que se supone que conoce Abel Lanzac, pseudónimo que esconde, según se dice, a un antiguo colaborador del ministro). Pero lo que me ha parecido mucho más interesante es cómo reflejan los autores el peligroso efecto del carisma, ese magnetismo sin explicación que atrae irremediablemente desconectando todo mecanismo de sentido común previo. Arthur, el protagonista, un joven que entra a trabajar para escribir discursos al ministro sufrirá en propias carnes esa sutil atracción, ese hechizo que va calando y calando, acercando poco a poco al lado oscuro dejando los argumentos sólidos y razonables en nebulosas y olvidadas ideas. Blain y Lanzac nos presentan esa lenta y espeluznante conversión con todo lujo de detalles, usando el contraste entre el tono realista de la trama con el acertado dibujo paródico de Blain, que usa su trazo para hacer una descripción única de eso que se llama “carisma” (las manos siempre en movimiento, la figura de apariencia gigantesca, titánica, el dinamismo electrizante y casi contagioso…). Juego de luces donde todos los ingredientes están a la vista: el discurso vacuo, la pose intelectual (la absurda y recurrente cita a Heráclito), el narcisismo tan exagerado como inane… Pero, pese a todo, son capaces de formar un mejunje tan delicioso a la vista y el gusto como ponzoñoso en sus consecuencias. Y eso que los autores dejan un pequeño resquicio al sentido común en la figura de la novia del protagonista, en un recurso tan tópico y manido como efectivo a la hora de definir claramente los objetivos de los autores y lanzar un guiño al lector.
La verdad es que en estos tiempos de descreimiento de la política, de decepción ante las instituciones que teóricamente nos representan, Quai d’Orsay echa leña al fuego con eficacia, pero recordando lo fácil que es caer en ese canto de sirenas del carisma, del palabrerío sin fundamento, banal y repetitivo, que tan del gusto es de los que nos gobiernan. Y recuerda, también, a esos que están justo por debajo, aguantando el barco para que no se hunda pese a que los de arriba intentan torpedearlo continuamente.
Tan divertido como inquietante.