Novedades de Astiberri de noviembre

Muy atentos a las novedades de Astiberri, con dos obras interesantísimas, de Lola Lorente y del tándem Seguí/Beltrán.
(**)- Sangre de mi sangre, de Lola Lorente. A la venta el 11 de noviembre.
(*)- En la cocina con Alain Passard, de Christophe Blain. A la venta el 11 de noviembre.
El vino vuelve lista a mamá, de Andy Riley. A la venta el 18 de noviembre.
(**)- Historias del barrio, de Gabi Beltrán y Bartolomé Seguí. A la venta el 25 de noviembre.
Toda la información, en el PDF de novedades.
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R.I.P. Rest In Peace

R.I.P. es la nueva obra de Felipe Almendros, pero en portada aparece el nombre de su padre, Alfonso Almendros. No es trivial el asunto: puede parecer una sentida expresión de admiración de un hijo a su progenitor o la confirmación de la definición que el propio autor hace de su obra como terapia de autoayuda, pero a poco que nos adentremos en este extraño viaje que firma el autor de la sugerente Save Our Souls, comprenderemos que, de nuevo, Felipe Almendros dinamita toda preconcepción para saltarse a la torera cualquier límite que la historieta le quiera imponer. Si en su anterior obra sorprendía la frescura irreverente de su planteamiento, en ésta deja al lector absolutamente pasmado con una interpretación peculiar del descenso a los infiernos del propio autor provocado por la muerte de su padre y la grave enfermedad de su hermana. La muerte, como elemento catalizador de la expresión de los miedos, se convierte en la puerta de un viaje onírico a través de las angustias personales del autor, que desarrolla una sesión de autopsicoanálisis tú a tú con el papel. Igual que su personaje se aísla en una caja para bajar a su particular averno, el autor crea con las páginas de su libro un castillo impenetrable, ante el que el lector sólo actúa de convidado de piedra, de voyeur inerte que no puede más que asistir al proceso de construcción/deconstrucción puramente estocástica de las fobias del autor. Un strip-tease integral psicológico orquestado como una acción continuada imparable, que a estilo y semejanza de aquél hipnótico Viaje de Yokoyama no deja más opción que seguir mirando, a medias entre la curiosidad malsana y morbosa del cotilla y un extraño efecto mesmérico que aporta ese dibujo minimalista, apenas esbozado, que deja la página prácticamente en blanco. Almendros reduce a sus personajes, a sí mismo, a pequeñas hormigas que van desarrollando sobre el papel una actividad incesante, febril y compulsiva, una danza cinética que plasma un ritmo propio sobre la página que actúa como una especie de catártica flauta de Hamelin para el lector. Y, mientras, el autor arroja de forma imparable sus confesiones, sus sueños, sus obsesiones… desde las ilusiones infantiles a los iconos pop de una vida, usando recurrentemente la simbología pero nunca buscando aportar una explicación. Y, ahí, el lector puede entrar en la propuesta que quiera: puede intentar desentrañar los conceptos simbólicos jugando a ser psicólogo, o bien puede dejarse llevar por la compleja melodía que plantea Almendros para buscar su propia reflexión introspectiva.
R.I.P. tiene algo de Gary Panter en ese espíritu de alucinación desmandada (pese a la diferencia de estilos, completamente opuestos, del barroquismo horror vacui del americano al minimalismo de Almendros), de propuesta hermética que el lector debe desgranar desde una apertura total de miras, siguiendo un manojo de raíces endiabladamente retorcidas que se alimentan de Freud, de Kafka, de los planteamientos estéticos del art brut o del surrealismo, pasando por un reguero inmenso de influencias que el autor va dejando apenas esbozadas.
Las obras de Almendros son radicales rupturas no de la concepción clásica de la historieta, sino de la propia esencia del autor dentro del medio. Experimentos estilísticos y narrativos han existido desde los años 60 (similares incluso a los de Almendros) pero, por primera vez, el autor no sólo está siendo consciente del potencial de la historieta más allá de su consideración como parte de la industria del entretenimiento, lo está llevando a práctica rompiendo las barreras impuestas por los condicionantes puramente productivos para establecer un discurso personal creativo sin límites que lo equipara a cualquier otra arte sin renunciar a sus especifidades. El cómic de autor alcanza, por fin, toda su extensión: tanto como reescritura de las claves que se consideraban canónicas dentro del mainstream manteniendo sus principios de comercialidad y difusión (los Blain, Sfar, Alan Moore, etc), como expresión artística sin restricciones de la voluntad autoral. Y, todos, retroalimentándose para hacer avanzar este arte/cultura/medio/negocio que llamamos historieta. (4)
(Edita Random House Mondadori)