Memorias de un hombre en pijama

Hay gente que llega a la cima y se sienta en un trono dorado para ver desde las alturas al resto del mundo, endiosados, instalados en la élite más selecta y poder olvidarse, por fin, del vulgo.
Hay otros que, sin embargo, llegan a la cima en pijama, echan un vistazo todavía legañoso, se toman su Cola Cao mañanero y se ponen a currar otra vez.
Como Paco Roca.
Y es que Paquito es la hostia. Yo mantengo la teoría de que su cerebro tiene algún tipo de problema que le impide comprender términos como “ambición”, “egoísmo” o “envidia”; algún desorden patológico todavía desconocido que, como muchos otros, ha obligado a su cerebro a desarrollar otras habilidades para compensar los déficits. Y en su caso, sus neuronas se han especializado en generar sentido común y bonhomía a raudales.
Quizás pueda parecer contraproducente que en estos tiempos en los que se valora más en los autores la irreverencia cínica, el sarcasmo destructivo o un gamberrismo adolescente, llegue un señor que lleva por bandera la bondad y cierta dosis de ingenuidad, pero no se confíen, señoras y señores, no se confíen.
Porque aunque Paco ha llegado a la cima en pijama y pantuflas, aunque él mire el éxito con cierta indiferencia, lo cierto es que desde hace años su obra responde por él con unos niveles de calidad inimaginables. Uno, que sí que es más escéptico, tiene siempre por norma admirar la obra y no a los autores por aquello de las decepciones. Que también los dibujantes son humanos y tienen derecho a cagarla justo después de haber tocado las cotas más altas de la genialidad, así que mejor mantener siempre la duda metódica para evitar caer en un desengaño que suele amplificarse exageradamente. Y pensaba, de verdad, que el anuncio de que Paco haría una serie para el periódico Las Provincias de Valencia (además, un diario de derechas, pero si es que este Paquito…) sería el presagio de la primera debilidad de este hombre en mucho tiempo. Que le había llegado su kryptonita particular en forma de encargo, vamos. Y que incluso le vendría bien, qué narices.
Joder, qué error.
Memorias de un hombre en pijama es, de nuevo, otra de las genialidades de Paco. Historias de una página (en la edición de Astiberri se presentan cortadas en dos partes por cuestiones de formato a indicación del propio autor, pero no afecta demasiado a la legibilidad o composición de la página) donde el autor, en pijama, observa la realidad cotidiana con su particular mirada ingenua. Punto de partida que uno podría pensar, como decía antes, que no tendría la mordiente necesaria para una serie de humor. Paco siempre ha querido ser gamberro, pero no le sale, es de los que le tiran una piedra a un gato y luego lo lleva corriendo al veterinario. Y claro, acostumbrados al vitriolo del humor de la tradición de la prensa satírica que va desde La Codorniz a El Jueves, pues como que no.
Craso error, repito.
Porque Paco se guarda un as en la manga, esa enfermedad neuronal que le provoca sentido común a borbotones. Y ante la realidad que nos circunda, ríanse ustedes del ácido más potente que pueda fabricar la química: unas gotitas del sentido común de Paco se convierten en la fuerza más demoledora de la naturaleza. Ni Mjolnir en las manos de Thor consigue tanta potencia en su golpe como la mirada inocente de Paco. Y lo peor es que, pasando páginas, es imposible no reconocerse en algún momento de ese análisis pormenorizado de lo cotidiano que desfila por las páginas. Las miserias de la vida, de la nuestra y de todo lo que nos rodea, quedan al descubierto y uno no puede evitar reírse. Sanamente, de sí mismo y del mundo, porque las historias de Paco son como esos gags de cámara oculta que dejan a alguien con el culo al aire: no podemos evitarlo, nos reímos. Nos carcajeamos aunque la procesión vaya por dentro y, entre lágrimas, pensemos lo de “¡Coño!¡Qué gran verdad!”.
Y así, en pijama, Paco se sube a otro Olimpo, el del género de humor, ése tan vilipendiado que resulta, en verdad, ser el único que realmente nos ayuda a llevar esta vida con un mínimo de felicidad.

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