Repaso al 2018 (I): Lo mejor

Comentaba en el artículo publicado en Babelia lo difícil que ha sido hacer listas este año. Hay razones que comienzan a ser sistémicas, como el elevadísimo número de novedades, que hace prácticamente imposible hacer una lista de “mejores” más allá de la apreciación de ser los mejores de lecturas personales, que se convierten en una pequeña muestra del total. Sirva como ejemplo que, leyendo entre 300 y 400 tebeos al año, hace 20 años podía leer casi un 30% de la producción de tebeos y, hoy, a duras penas alcanzo el 10%. Una muestra evidentemente poco representativa, en tanto la selección previa no responde a más criterio que intuiciones personales. Posiblemente acertadas, que la edad es un grado y uno ya peina canas en lo que le va o no a gustar, pero que sesga inevitablemente la elección y, con seguridad, deja fuera obras de gran calidad. Otras razones aluden a la indudable calidad media de lo publicado en España: aunque el número de novedades no deja de crecer, solo hay que hacer un rápido repaso a reseñas y medios para comprobar que existe cierta unanimidad en el excelente nivel que han tenido las novedades de este año, independientemente de fobias o filias por géneros o temáticas determinadas. Eso sí, ojito a la producción nacional de este año, porque el nivel medio es extraordinario: ya sea la obra de nuevas generaciones o de veteranos, la producción propia ha sido espectacular.

Dicho todo esto, aquí va la selección habitual de todos los años de “Lo mejor del 2018”, con los avisos pertinentes de rigor: es una selección personal y, seguramente, intransferible, que en modo alguno intenta ser un canon, sino algo tan simple como una selección de mis lecturas. Como siempre, las posiciones son meramente indicativas, quizás los 3 o 4 primeros sí pueden clasificarse como “mis mejores lecturas del año”, pero del resto, sírvanse de adecuar las posiciones como más les apetezca.

  1. Mis amigos son los monstruos, de Emil Ferris (Reservoir Books)
  2. Martha y Alan, de Emmanuel Guibert (Salamandra)
  3. Nejishiki, de Yashuhiro Tsuge (Gallo Nero)
  4. Impertérrito, de Federico del Barrio (Reino de Cordelia)
  5. ¡Universo!, de Albert Monteys (Astiberri)
  6. Nieve en los bolsillos, de Kim (Norma Editorial)
  7. Picasso en la guerra civil, de Daniel Torres (Norma Editorial)
  8. El rey carbón, de Max (La Cúpula)
  9. La tierra sin mal, Raúl (Dibbuks)
  10. La tierra de los hijos, de Gipi (Salamandra)
  11. Poulou y el resto de mi familia, de Camille Vannier (Sapristi)
  12. Poochytown, de Jim Woodring (Fulgencio Pimentel)
  13. El tesoro del Cisne Negro, de Guillermo del Corral y Paco Roca (Astiberri)
  14. Yo, loco, de Antonio Altarriba y Keko (Norma Editorial)
  15. El día 3, de Laura Ballester, Miguel A. Giner y Cristina Durán (Astiberri)
  16. Canción de Navidad, de Carlos Giménez (Reservoir Books)
  17. Orlando y el juego 4, de Luis Durán (Diábolo)
  18. Cenit, de María Medem (Apa Apa Cómics)
  19. Pantera, de Bretch Evens (Astiberri)
  20. El método Gemini, de Magius (Autsaider)
  21. Nueva mística de Vigo, de Begoña García Alén y Javiér Fernández Navazas (Autoedición)
  22. Los puentes de Moscú, de Alfonso Zapico (Astiberri)
  23. Gus 4, de Blain (Norma)
  24. Berlin libro 3, de Jason Lutes (Astiberri)
  25. Pulse enter para continuar, de Ana Galvañ (Apa Apa Comics)
  26. Cuidado, que te asesinas, de Lorenzo Montatore (La Cúpula)
  27. El caso Alain Lluch, de Mr. Kern (Autsaider)
  28. Barbara Maravilla, de Marta Alonso Berná (Astiberri)
  29. El príncipe y la modista, de Jen Wang (Sapristi)
  30. The black holes, de Borja González (Reservoir Books)

 

La primera posición este año estaba cantada: la obra de Emil Ferris es una creación titánica que obliga a replantear muchas preconcepciones. La autora norteamericana llega al cómic, permítanme la expresión, como elefante por cacharrería, demoliendo cualquier formalismo previo en busca de recursos que le permitan desplegar una obra tan ambiciosa y poliédrica como fascinante. Hila sin rubor historias muy alejadas, temáticas que van de lo personal a la ficción pasando por la denuncia social, jugando con el lenguaje de la historieta desde perspectivas que van de la nostalgia a la reflexión metalingüística, combinando referencias de arte y cultura popular, ilustración tradicional con cómic, experimentación con exquisita tradición. Un cóctel que podría anunciarse como inmiscible, pero que en sus manos encaja como un puzle mágico que va tomando forma ante nuestros ojos. Lo que más me gusta son los monstruos es una obra que maravilla en su primera lectura, pero que llama a volver a ella una y otra vez para encontrar pequeñas joyas escondidas en el caleidoscopio de relatos que entrelaza. Sin duda alguna, a mi entender estamos ante una de las obras más importantes de la década, una obra magistral a la que se le dedicarán ríos de tinta y que todavía nos depara una segunda parte que se está haciendo esperar más de lo debido. Aunque de apariencia más clásica, la obra de Emmanuel Guibert , Martha y Alan, comparte con la de Ferris un planteamiento rompedor con la tradición narrativa del cómic. Este precioso relato del enamoramiento juvenil se basa en el uso de grandes ilustraciones, que podrían hacer pensar en el lenguaje del libro ilustrado, pero que Guibert define claramente como historieta en el fluir secuencial de la historia, en esos pequeños detalles que conforman la elusiva definición de qué es el cómic. Por último, en este podio de cabeza de nuevo una obra de Tsuge, en este caso una recopilación de cuentos cortos donde destaca especialmente el que da nombre al libro, Nejishiki, una hipnótica composición que traslada a la viñeta las sensaciones del sueño como nadie lo ha hecho antes: un tránsito continuo entre lo real y lo irreal, entre el deseo contenido y la liberación de las represiones que deja al lector en un estado de extraña conexión con sus propios sueños.

Tras estas, un bloque de obras de producción propia que demuestran el extraordinario nivel que alcanza nuestro cómic. En este primer grupo, obras de veteranos que vuelven al cómic, como Del Barrio o Raúl, o de aquellos que están instalados en un momento de magistralidad absoluta, como Kim, Torres o Max. Comienzo por Impertérrito, de Federico del Barrio (Reino de Cordelia), continuación natural de dos obras adelantadas a su tiempo como Relaciones y Simple, dos obras maestras del tebeo que reflexionan sobre el lenguaje del cómic y que en esta nueva entrega sigue desarrollando ese diálogo continuado entre obra y autor para indagar sobre los orígenes de la creación. Sin duda, una obra que se emparenta con la de su compañero en la añorada revista Madriz, Raúl, que con La tierra sin mal (Dibbuks) plantea un sugestivo viaje por la imagen, componiendo la narración a través de la fragmentación de imágenes estáticas, consiguiendo un relato que ahonda en el misterio que hay tras una fotografía, en los miles de historias que se esconden fuera de foco. La lectura de esta obra es mágica, obligando al lector a descubrir más allá de ese primer vistazo, a detenerse e imaginar con el autor. En esta línea de reflexión debe incluirse la última creación de Max, El rey carbón (La Cúpula), que traza con inteligencia e ironía una cronología del momento en que la humanidad decidió crear a través de la línea, del dibujo. Siguiendo el camino de sus últimas obras, su pesquisa nace en el pasado, en el relato de Plinio el Viejo, para indagar a través de la forma en los nuevos caminos no narrativos que el cómic está explorando, pero integrándolo de forma natural en su narración de minimalista trazo, pero contundente reflexión en la que el humor, siempre, se presenta como la expresión máxima de la inteligencia. El camino de la realidad y la ficción se entrecruza en Picasso en la guerra civil, de Daniel Torres (Norma Editorial), auténtico tour de force narrativo en el que el valenciano imagina a un Picasso historietista a través de un tebeo que narra la creación de un cómic que a su vez veremos en la obra. Una matrioshka comiquera absolutamente milimétricamente confeccionada que logra que el lector pierda la noción de ficción y realidad para entrar plenamente a creer esta versión alternativa que podría haber sido. Dos opciones que Kim y Monteys exploran desde versiones bien separadas, pero igualmente brillantes: ¡Universo!, de Albert Monteys (Astiberri), es una extraordinaria incursión en la ciencia-ficción desde el respeto a los cánones del género, pero sin renunciar al humor socarrón del autor, pero con momentos realmente magistrales, como la historia de los amantes desincronizados, que pasará a los anales del noveno arte. Por su parte, Kim explora una realidad paradójicamente desconocida: la de la emigración española a Alemania en la década de los 60. Nieve en los bolsillos (Norma Editorial) es un relato necesario de una historia no solo desconocida, sino tergiversada y manipulada por una verdad oficial que aun hoy se acepta como la única. Kim descubre un escenario que destroza argumentos utilizados de forma habitual hoy en día, contando sus vivencias personales, pero dejando generosamente espacio para aquellos que nunca pudieron contar sus historias.

Toda una sorpresa ha sido ver a Gipi en el género postapocalíptico, pero el italiano no solo se adentra sin problemas, sino que compone una historia subyugante en La tierra de los hijos (Salamandra). Posiblemente, una de las lecturas más refrescantes de este año ha sido Poulou y el resto de mi familia, de Camille Vannier (Sapristi), composición de recuerdos del abuelo de la autora que descubren a un personaje inclasificable, pero que es mostrado con una habilidad narrativa que desmonta cualquier prejuicio y anima a unirse con alegría a la trayectoria vital de Poulou, que nos encandila desde la primera página. Obligado siempre incluir las nuevas entregas del Frank, de Jim Woodring, que en Poochytown (Fulgencio Pimentel) consigue crear una pesadilla en continuo crescendo que deja al lector perturbado, atrapado en Unifactor sin posibilidad de escape.

Con El tesoro del Cisne Negro (Astiberri), Paco Roca abandona la ficción y el espacio personal para entrar en el periodismo gráfico a partir del relato de Guillermo Corral sobre la recuperación del tesoro encontrado por el Odyssey. Pero Roca tiene la innata habilidad de convertir en oro narrativo todo lo que toca y transforma el relato periodístico en una aventura pura con aromas tintinescos, que no renuncia al rigor de la historia (más allá de un preventivo cambio de nombres) ni al sabor de la aventura. Con un planteamiento más ortodoxo en su aproximación periodística, El día 3, de Laura Ballester, Miguel A. Giner y Cristina Durán (Astiberri), se erige como una investigación demoledora sobre el terrible accidente de metro que vivió Valencia en 2006. Rigurosidad absoluta para mostrar una realidad escondida por intereses económicos y políticos, que olvidó reivindicar el dolor de las víctimas de este accidente. Una obra necesaria. La “trilogía del Yo” de Keko y Antonio Altarriba sigue avanzando con Yo, loco (Norma Editorial), en el que la locura se alza como lugar de estudio y espacio para la denuncia, en este caso una contundente crítica a la labor de las farmacéuticas que no deja títere con cabeza. Envuelto en el cómodo papel de regalo del universal cuento de Dickens, la Canción de Navidad, de Carlos Giménez (Reservoir Books) esconde una amarga y durísima reflexión del autor sobre su propia vida. Continuación natural de Crisálida, esta nueva entrega juega con un lector que se ve lanzado a una montaña rusa de sentimientos, contrastando la optimista moraleja dickensiana con una realidad desconsoladora, brutal, sin concesión ninguna. Giménez se mira en un espejo que no refleja ninguna esperanza, solo la indefectible certidumbre de una muerte que siente cercana. Y, con su magistralidad habitual, traslada al lector esos sentimientos y sensaciones sin posibilidad de escape, como un mazazo que lo deja completamente desvalido. Durísimo, pero extraordinario. Luis Durán sigue creando con la cuarta entrega de Orlando y el juego (Diábolo) un enciclopédico viaje por la cultura popular, que nace de la nostalgia para ir componiendo con inteligencia una teoría del todo que conecta todas las realidades creadas desde la imaginación humana. Esperamos con impaciencia la nueva entrega.

 

Cenit (Apa Apa Cómics) es la primera obra larga de María Medem, en la que plasma con acierto todas sus inquietudes gráficas, enclavadas dentro de la corriente de “poesía gráfica”, para desarrollar un thriller de la cotidianeidad donde color e imagen se entrecruzan para ir más allá de la apariencia de normalidad para encontrar nuevos caminos expresivos. Ese juego de espejos está también presente en Pantera, de Bretch Evens (Astiberri), en apariencia un colorido cuento infantil, pero que poco a poco ira sugiriendo un trasfondo oscuro que deja la decisión final en el lado del lector. Se podría decir que estamos ante una revisión tenebrosa del clásico de Watterson, que consigue realmente inquietar con un planteamiento extraordinariamente sutil, que necesita de la complicidad del lector para leer entre líneas ideas que nunca explicita. ¿Es nuestra imaginación nuestro peor aliado o estamos ante un grito de auxilio escondido? Decide el lector. Donde no hay nada que decidir es en El método Gemini, de Magius (Autsaider), sorprendente incursión en el género de gangsters y mafiosos que se codea con desvergüenza con los clásicos del cine. Magius desarrolla una historia canónica excelente, que basa su fuerza en el agresivo uso del color y la milimétrica composición del argumento. La poesía gráfica se consolida como un genero fundamental del cómic con obras como Nueva mística de Vigo, de Begoña García Alén y Javier Fernández Navazas (Autoedición), que exploran con acierto las posibilidades expresivas de la historieta más allá de la secuencia y la narración, usando el grafismo como elemento fundamental de una composición rítmica visual que provoca sensaciones y sentimientos.

No era fácil traducir una conversación entre Eduardo Madina y Fermín Muguruza al lenguaje de la historieta, pero Alfonso Zapico lo borda en Los puentes de Moscú (Astiberri), consiguiendo un cómic fundamental para entender el pasado del País Vasco y, por extensión, de nuestra sociedad actual. La serie de Blain es una de las mejores reescrituras del western moderno, pero en su cuarta entrega, tras ocho años de espera, Gus (Norma) alcanza un nivel soberbio. Paradójicamente, deja al protagonista para centrarse en Happy Clem y avanzar en esa inspección del Far West no solo desde el uso de grafismos clásicos como el de Gus Bofa, sino incorporando retazos de realidad como la historia de Phineas Gage, acertadas elecciones para el mejor álbum hasta el momento de la saga. La realidad en toda su extensión es el origen de Berlin, de Jason Lutes (Astiberri), que cierra con su largamente esperado tercer volumen el relato de ese momento crítico de la historia europea que fue la República de Weimar. Tres volúmenes que pasan directamente a obra fundamental del cómic moderno. En Pulse enter para continuar (Apa Apa Comics), Ana Galvañ encuentra un hilo narrativo común para sus historias cortas, componiendo un retrato de la sociedad 2.0 tan atroz como extrañamente distorsionado, que muestra esquinas imposibles por las que se entrevé una realidad no contada, que se está construyendo mientras el lector lee la obra. Otra obra muy interesante de producción propia ha sido Cuidado, que te asesinas, de Lorenzo Montatore (La Cúpula), una fábula desclasada sobre que desde la impotencia de la página en blanco se zambulle en una introspección que adivinamos como personal, pero que resulta paradójicamente colectiva en sus conclusiones, elevando a Centramina y Optalidón, su pareja protagonista, a nuevos representantes de los tipos sociales del siglo XXI que padecemos.

El caso Alain Lluch, de Antoine Pinson Mr. Kern (Autsaider) eleva el concepto de provocación a un nuevo estatus que redefine lo grotesco incrustando en un delirante argumento a personajes de la cultura popular moderna, de Fidel Castro a Susan Boyle, lanzados a una trama lisérgica que consigue reunir todos los defectos del “mundo actual”© sin solución de continuidad. Bárbara Maravilla, de Marta Alonso Berná (Astiberri) me ha sorprendido por el agradable descaro con que aborda el género de superhéroes, demostrando que el supuesto canon del género es flexible y amplio, permitiendo mucho más que lo establecido por las grandes editoriales que lo dominan y ampliando su espectro. Jen Wang también demuestra en El príncipe y la modista (Sapristi) que el cuento clásico puede reescribirse sin temor, adaptándose a los tiempos que vivimos sin perder ni un ápice de su potencial como transmisor de valores, al contrario, ampliando sus márgenes y amplificando sus posibilidades. Y para acabar con esta selección de treinta obras, The black holes, de Borja González (Reservoir Books), que reescribe el cuento clásico como un contenedor de sensaciones visuales, de momentos y silencios construidos con el trazo.

 

Referencia especial a la revista M21, que sigue con su excelente nivel gráfico, y a TikTok cómics, que se reconvierte en cuenta de Instagram, TrisTras, y que está dando a conocer a un listado inmenso de nuevos de autores y autoras (ojo a Marta Altieri ).

Pero la lista podría haber sido muy amplia, incluyendo obras como la exquisita dureza de Kamimura en Una mujer de la era Showa, junto a Kajiwara (ECC), la elegancia de Juan Berrio en Siete sitios sin ti (Dibbuks); la demoledora visión de la realidad laboral de Esclavos del trabajo, de Daria Bogdanska (Astiberri); la acertada adaptación del clásico de Zweig El jugador de ajedrez, de David Sala (Astiberri); la inquietante ciencia ficción de Catarsis, de Moto Hagio (Tomodomo); la sorprendente espectacularidad visual de Onironiro, de Ana Sende (Kachinab Ediciones); la contundencia del Potemkin, de Pablo Auladell (Libros del Zorro Rojo); la curiosa mezcla de modernidad y clasicismo de La danza de los muertos, de Ferrero (La Cúpula); la afilada mirada a la sociedad de  Los cuadernos de Esther, de Riad Sattouf (Sapristi); la desvergonzada frescura de Mi novio caballo, de Xiomara Correa (Reservoir Books); la brillante puesta al día de Torrezno en La última curda, de Santiago Valenzuela (Panini); el vanguardista Röhner, de Max Baitinger (Fulgencio Pimentel); la potencia argumental de Ulna en su torreta, de Izu Toru (ECC); la cruel belleza del cuento en Belleza, de Hubert y Keraskoet (Astiberri); la divertida aproximación autobiográfica de Mamen Moreu en Desastre (Astiberri); la hermosa desesperación que esconde Zenobia, de Durr (Barbara Fiore); la elegancia con la que Vittorio Giardino concluye el ciclo de Jonas Fink (Norma); la sinceridad abrumadora de Mi experiencia lesbiana con la soledad, de Kabi Nagata (Fandogamia); la tristeza omnipresente de Pescadores de medianoche, de Tatsumi (Gallo Nero); el brillante ajuste de cuentas de La mujer leopardo: Una aventura de Spirou, de Yann y Schwartz (dibbuks); la inteligente ironía literaria de Tom Gauld en En la cocina con Kafka (Salamandra); el delicioso aroma retro de Un verano Diabolik, de Smolderen y Clérisse (Norma Editorial); la naturalidad de #Unanovelagráfica, de Manuel Castaño (VialBooks); el despliegue visual de Andy, de Typex (Reservoir Books); la elegancia del trazo de Bastien Vivés en La Blusa (Diábolo); el retrato doloroso del mundo editorial para el autor de Línea Editorial, de Arnau Sanz (AIA); la divertida reinvención de Los Picapiedra de Russell y Pugh (ECC) o el riguroso retraso de la lucha por los derechos civiles de March, de John Lewis, Andrew Aydin y Nate Powell  (Norma).

(Continuará)