Repaso al 2019 (II): Clásicos y reediciones

Las reediciones siguen siendo un buen termómetro del momento actual del cómic: en una industria cultural mediatizada por la novedad de consumo rápido a golpe de like como única reflexión, la recuperación de las obras clásicas es una anómala situación que mide en cierta medida el interés de los lectores por los referentes de las lecturas actuales y un nicho de rentabilidad que la industria ha encontrado, lo que podría leerse tanto como indicativo de cierta salud socioeconómica (y cultural), como de rendición al tsunami nostálgico. Ambas posibilidades pueden ser ciertas, y aunque se puedan retroalimentar, creo que estamos más en la línea de la primera con matices de la segunda: muchos lectores y lectoras que habían renunciado a seguir leyendo cómic por sus consideraciones peyorativas, vuelven a él con el arrastre de la nostalgia para descubrir un arte que ya estaba en plenitud hace décadas y del que pueden estar orgullosos.

Sin duda, la industria española ha apostado por la reedición de material de forma abierta y entregada: el ejemplo de editoriales como Panini o ECC, lanzadas a una intensa y sistemática recuperación de las ediciones de Marvel y DC pueden ser un buen ejemplo, ya consolidadas entre los aficionados como una oportunidad excelente para conocer las obras que han apuntalado el género a lo largo del tiempo. Panini, por ejemplo, ha apostado por obras que van desde la esperada reedición de La espada Salvaje de Conan a la colección de Marvel Facsimil pasando por la ya establecida colección Marvel Gold, que este año ha editado nada más y nada menos que Los nuevos mutantes de Claremont y Sienkiewickz o Las historias jamás contadas de la Patrulla X de Claremont y Bolton, incluyendo nuevas colecciones como la recuperación del Parábola de Moebius y Stan Lee. ECC, por su parte, sigue recuperando clásicos de la línea Vértigo como Preacher, Sandman o Animal Man, así como nuevas ediciones de clásicos como Watchmen o V de Vendetta en ediciones en BN que permiten admirar el dibujo de Gibbons o Lloyd.
Resultado de imagen de mata hari marika vilaUna política editorial que podemos encontrar en casi todas las editoriales, desde Reino de Cordelia, que opta por la recuperación de clásicos modernos del cómic patrio como Modotti, de Angel de la Calle a Brian the Brain, de Miguel Ángel Martín a nuevas editoriales que apuestan decididamente por la reivindicación de clásicos, como Isla de Nabumbu que ha editado los necesarios Viaje al infierno de Auraleón o Mata Hari de Marika Vila. Trilita sigue fiel a la edición de la obra de Beà con la magistral Peter Hipnos, mientras que Astiberri tampoco ha faltado a esta línea, con recuperaciones de clásicos modernos como El Silencio de Malka, de Jorge Zentner y Rubén Pellejero, En busca del unicornio, de Emilio Ruiz y Ana Miralles, Charlie Moon, de Horacio Altuna, o los integrales de El Vecino de Santiago García y Pepo Pérez. El cómic europeo también ha estado presente con recuperaciones de los maravillosos clásicos de Franquin (Spirou por Dibbuks y Gastón el gafe por Norma), obras como el Verano Indio de Pratt y Manara (Norma), Jonas Fink de Giardino (Norma), Corre, Zanardi, de Andrea Pazienza (Fulgencio Pimentel, que se ha marcado un espectacular catálogo de Ceesepe, con recuperación de parte de sus cómics) o el magistral El joven Alberto, de Yves Chaland (Dibbuks), sin olvidar la apuesta por la nouvelle BD con los integrales de La Mazmorra de Sfar y Trondheim (Norma) e Isaac el Pirata, de Blain (Norma) o la Guerra de Alan de Guibert y el Epiléptico de David B (ambas por Salamandra Graphic). El manga tampoco ha sido ajeno, con espectaculares ediciones de la obra de Tezuka (Astroboy, por Planeta) o el Akira de Katsuhiro Otomo (Norma).

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Pero, sin duda, una de las mejores noticias ha sido la consolidación y continuidad de la colección Sin Fronteras de la editorial Dolmen. Bajo la dirección de Rafa Marín y el indispensable trabajo técnico de Jesús Yugo, la colección ha incorporado este año obras fundamentales del cómic de prensa como Terry y los Piratas, de Milton Caniff, Johnny Hazard, de Frank Robbins o el Flash Gordon de Dan Barry, continuando las ediciones de Prince Valiant, The Phantom o Mandrake. Extraordinarias que avanzaban un género de aventuras adulto y de calidad ya en los años 50. No es una afirmación baladí: deben leerse no desde la perspectiva de hoy, sino desde la necesaria contextualización temporal, comparando con otros productos culturales de la época. Miren ustedes grandes de la aventura en el cine como La diligencia o Fort Apache, de Ford; Río rojo o El enigma de otro mundo, de Hawks; las películas de Mamoulian, Curtiz, Boetticher o Vidor no se alejan en su visión del género y en la forma de definir y tratar a los personajes de lo que estaba ocurriendo en el cómic de prensa coetáneo. Incluso se puede afirmar sin rubor, como indica Marín -con el que coincido- que la forma de abordar la aventura en el cine a partir de los 70 está muy influenciada por la obra de Barry y Robbins durante los 50 y 60. Tratar estas obras de “infantiles” es un error de apreciación muy común, en el que yo mismo caigo: aunque las pudieran leer niños -yo mismo las leí de niño-, su objetivo era el entretenimiento de cualquier lector de su época, con claros guiños que son propios del lector adulto de los años 30, 40 o 50 (un ejemplo evidente es la correlación con la situación política mundial de Terry y los piratas, que se convirtió en el mejor informador de la guerra chino-japonesa). Incluso la ciencia-ficción de Flash Gordon, que en la etapa de Raymond era claramente deudora de la fantasía Pulp, en la singladura de Barry se homogeiniza con la literatura de género de la época, considerada ya definitivamente adulta. ¿Por qué el cómic siguió siendo considerado infantil? Evidentemente porque la cultura seguía ignorando la realidad de un medio que debía enfrentarse todavía a los prejuicios, pero que era totalmente comparable al resto de expresiones culturales de su época y, en algunos casos, se avanzaba.

 

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