Cuttlas forever

Me van a dejar ustedes que opine un poco sobre Cuttlas y la noticia que acabo de publicar. Hace casi 40 años apareció por primera vez el bueno de Cuttlas. Lo hizo en un fanzine llamado El Japo, de nombre quizás poco adecuado para un personaje que nacía ya imbuido del espíritu del Lejano Oeste Americano, así, en mayúsculas, porque pese a que el fanzine se autodefinía como el genuino expectorante mucolítico, Cuttlas era heredero de John Wayne, de las grandes praderas del Far West, de Ford y Buchanan. Nació con tanta fuerza que el fanzine se le quedó pequeño y galopó con tranquilidad por revistas tan diferentes como Makoki, El Víbora o El País de las Tentaciones. Incluso después se adaptó con tranquilidad a los medios digitales a través de periódicos como 20 minutos o Valencia Plaza. Y así durante casi, casi cuarenta años, se dice rápido. Sin dejar de ser nunca un monigote hecho con dos circulitos y unos palotes, la expresión más minimalista que se recuerda del ser humano, frecuentada por nuestros antepasados en las cavernas y  practicada a lo largo de la historia, incluso ya en el cómic como hizo el señor Cruikshank a finales del XIX con sus historias de líneas y puntos. En el Oeste, por cierto. Un dibujo llevado a la síntesis completa, de ese que cuelga el sambenito de que “eso lo hace hasta mi hijo de tres años” o el “eso lo hace cualquiera”, repetido de forma cansina y con retintín de superioridad infinita. Y reconozcámoslo: dibujar al Cuttlas lo dibuja cualquiera, cierto. Pero, ¡ay!, amigos y amigas, dibujar las historias del Cuttlas es otra cosa. Porque tras esa fachada de ingenua sencillez, Calpurnio fue construyendo una de las grandes maravillas del Noveno Arte. Cada historieta de este vaquero y sus amigos fue trotando por los géneros y las ideas sin prejuicios ni vergüenzas: del Gran Cañón americano a galaxias lejanas, del detectivesco al costumbrismo, de la historia a las matemáticas, de la astronomía a la robótica, de la programación informática al romántico, de la abstracción a literatura, de la televisión a la tipografía. Durante estas casi cuatro décadas, no hay tema que no haya tratado el Cuttlas, con la superficialidad más inocente o con la profundidad más filosófica, siempre desde una visión llena de inteligente ironía. Pero, por si esto no fuera poco, la desnudez de su dibujo permitió al creador dedicarse a experimentar con eso que se llama “el arte invisible”, con la esencia pura del lenguaje del cómic, con ese intrincado y esotérico misterio que le confiere al cómic su sentido y forma. En las páginas del Cuttlas cabe todo: experimentos con la composición de página, rupturas radicales de la secuencia, préstamos de todas las artes, sinestesias inesperadas.. Los tebeos de estos monigotes se atrevieron a lo que nadie se había atrevido: a jugar con la poesía concreta o a hacer un cómic sudoku. A crear comic-clips de Kraftwerk o demostrar principios matemáticos, a programar la viñeta como un código informático, a desplegar el tiempo y encontrar dimensiones ignotas que ni la teoría de cuerdas se atreve a aventurar. El Cuttlas es cómic en estado puro, es la Wikipedia de los recursos narrativos de la historieta, lo que hay que estudiar con pasión y reverencia para poder hacer tebeos. Es tan desbordante que llegó a la animación y al teatro con la naturalidad de una idea que se sabe omnipotente en sus posibilidades.
Cuarenta años, oigan, ahí es nada. Quizás Cuttlas debería haber durado 42 años, por aquello de encontrarle sentido al Universo (que lo haría, seguro, chúpate esa, Douglas Adams), pero no. Se acabó. El Cuttlas se ha acabado. No habrá más. Se puede pensar que el vaquero ha resultado ser un maleducado por no decir adiós, pero recuerden ustedes que las leyendas no lo hacen nunca. John Wayne cogía el caballo y se alejaba del pueblo mientras festejaban la derrota del villano porque a los mitos no se les recuerda con la tristeza de la despedida y las lágrimas del adiós: su memoria es la de las hazañas que vivieron. Y el Cuttlas, Mabel, Jim, 37, Juan Bala y Jack el malvado las han vivido todas o más. Calpurnio dice que ya no hay más historias que contar, fíjense ustedes que las miles de páginas del vaquero dejan en ridículo a los expertos que decían que solo había seis tipos de historias, repetidas por  el saber popular hasta la saciedad, quizás porque lo monigotes tienen la capacidad de moverse en todas las dimensiones, las dos del papel y las infinitas de la imaginación.
Se podría pensar que como el autor pasa un momento complicado de salud, las fuerzas ya no acompañan para la entrega periódica, pero piensen que, incluso así, Calpurnio se ha lanzado a la inmensa tarea de ilustrar La Odisea y La Iliada con centenares de dibujos. Yo quiero pensar que lo que ha pasado es simplemente que el Cuttlas vaquero ha colgado el sombrero para sorprendernos al descubrir que nunca pudimos reconocer sin él a Ulises, y más sorprendidos si cabe, caemos en que él fue también Aquiles. Que Cuttlas existió desde siempre, desde que la humanidad ha contado historias, protagonizándolas con arrojo, creando épicas, dramas, tragedias y comedias, configurando la realidad de lo que somos, que son nuestras ficciones. Durante casi cuarenta años, Calpurnio se dedicó simplemente a llevar al papel lo que le contaba el inmortal de Cuttlas. Un resumen de la historia de lo que la humanidad ha imaginado durante miles de años. O ha creído imaginar, porque quizás solo somos parte de la imaginación del Cuttlas y de sus ficciones.
Quién sabe.
Lo único seguro es que Cuttlas es eterno. Existió, existe y existirá.
Se acabaron sus viñetas, pero solo se fue de ellas, a seguir viviendo historias a su manera.

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