Conversaciones con Pablito

Hace 20 años, nada más y nada menos que 20 años, entrevisté a Carlos Giménez para el fanzine 9º ARTE que dirigía Manuel Bartual. Ahí lo conocí y empecé a labrar una amistad que me precio de mantener hoy. Viendo la entrevista de este fin de semana en EL PAÍS Semanal, he creído que estaría bien recuperar aquella entrevista.

Perdonen ustedes los muchos errores, que uno era joven…

CONVERSACIONES CON PABLITO

Esto de la mitomanía tiene mucho de problema psicológico grave y poco de pasión, a mi entender. Siempre había pensado que semejante patología psiquiátrica era más adecuada a quinceañeras o quinceañeros locos por alguna estrella de la canción que a un avezado y enteradillo experto en tebeos como servidor de ustedes. El caso es que, a medida que avanzaba por la castiza Atocha hacía la casa de Carlos Giménez, cierta congoja digna de la más acérrima seguidora de Ricky Martin me comenzaba a embargar. A fin de cuentas, me iba a encontrar con el mejor autor español de todos los tiempos según mi particular escala de valores y eso, por mucho que está ya curtido en estas lides, no deja de ser un acontecimiento importante. Completamente perdido en mis pensamientos y posiblemente algo afectado por el sofocante Lorenzo madrileño, cuando me quise dar cuenta estaba delante del portal de Don Carlos. Llamo a su puerta y pregunto humilde por Giménez, identificándome. Me abre y subo a uno de esos ascensores casi centenarios de madera con preciosistas artesanías de forja. Quinto piso. Valor y al toro que diría Ibáñez. Carlos abre la puerta y me recibe como un viejo amigo y paso a su estudio. ¡El estudio de Carlos Giménez!… Dios mío, me estoy comportando como un repugnante friki cualquiera. Pero ser un fan con Carlos es difícil. Rápidamente y como buen anfitrión, comenzamos a charlar mientras prepara unas copas. Lo cierto es que después de estar diez minutos con él, uno se siente como si estuviera con un amigo de toda la vida. Es una de esas personas con las que da gusto charlar, un tertuliano (no confundir con otras subespecies) de bar en el más puro estilo del Café Gijón. Se ha dejado un bigotito, me cuenta,  porque va a hacer un pequeño papel de figurante en la última película de Guillermo del Toro, donde ha colaborado y no puede esconder su nerviosismo de principiante. Llevamos más de media hora hablando de lo humano y lo divino cuando recuerdo que yo venía con el encargo de hacerle una entrevista y la verdad es que de lo que tengo ganas es de seguir hablando con él, más que de una entrevista, pero el deber es el deber y ponemos en marcha la grabadora.  La verdad es que, independientemente de mi admiración, este ha sido el año de Carlos Giménez: ha ganado dos premios del Salón del Cómic de Barcelona, se ha comenzado una espléndida reedición de sus obras. “Es la primera vez que le dan dos premios a un autor y también he ganado el premio del Diario de Avisos, el de Darias…ya se que es un farde, pero de vez en cuando hay que ponerse plumas, ¿no?”, me dice. Y la verdad es que tiene razón, que coño, pero aún así no puedo evitar tener la sensación de que la gente se ha dado cuenta ahora de que hay un autor español que es muy bueno que se llama Carlos Gimenez. “Es que no sólo vale que existas, también tienes que asomarte a la ventana para que te vean y, últimamente, entre que yo había publicado muy poco y lo poco sin que nadie se enterase, como lo de La Torre y algunas otras cosas que se distribuían sólo en librerías de libros y no de cómics y entre que en las publicaciones españolas no publicaba y de lo que salía en Francia el lector español no se enteraba, entonces de pronto el hecho de que se publicara en España y, precisamente, esta colección que busca reeditar toda mi obra, tanto lo nuevo como lo viejo, lo que no está  editado editarlo de nuevo… Aunque también es verdad que Joan Navarro se ha preocupado de hacer promoción en los diferentes medios, en los fanzines, en las revistas especializadas, comunicárselo, hacer presentación en Madrid…. y claro, la gente se ha enterado.” No solo eso. Le comento que esa misma semana ha aparecido un artículo sobre él en el suplemento literario Babelia de El País, la primera vez que le dedica un espacio a los tebeos. Me mira con una sonrisa y apuntilla:

– “También es verdad que es el mes de agosto, cuando no hay gran actividad literaria… Además otros veranos yo no había publicado nada…”

Carlos comenzó a trabajar hace ya cuarenta años y la verdad es que resulta difícil imaginar qué es lo que lleva a alguien a dedicarse a los tebeos en aquella época, con un franquismo debatiéndose en uno de sus peores momentos económicos y políticos.

-” Yo de niño era un lector de tebeos, porque en esos colegios era prácticamente lo único que había: no había cine, televisión, radio, ni mucho menos teatro… Solo llegaba este cine de los niños pobres que eran los tebeos, que eran baratos… bueno no muy baratos, porque un tebeo costaba lo mismo que una entrada de cine y a mí me parece que por lo menos en aquella época eran caros. Aquellos tebeos baratos, de continuar  y las revistas como Pulgarcito, Florita y El Coyote nos llegaban a aquellos colegios donde yo estaba y vivía, aquellos colegios internos donde no teníamos más referencias que las propias del colegio donde estábamos internos, y los tebeos eran una de ellas. Eran muy importantes en aquellos colegios porque era nuestra moneda de cambio: el que tenía tebeos tenía poder…” si me aprecias y no me pegas, te dejo tebeos; si me das un trozo de pan te dejo tebeos”, era el poder y también era nuestra fuente de juegos. Igual que ahora los niños juegan a cosas que ven en la televisión, solo podíamos imitar los modelos de tebeos… Había muchos juegos a base de tebeos: las listas de tebeos, nos los sabíamos en orden y había gente que se sabía todos. Era un juego que se hacía partiendo de los tebeos. Para un niño que además le gustaba dibujar los tebeos no eran solamente un juego, eran donde yo aprendía mis lecciones de geografía, de geografía emocional: Maracaibo, las Antillas, la Isla Tortuga, era la aventura, los tebeos de los piratas. Yo me acuerdo que El Guerrero del Antifaz iba a Tanger. A falta de un mejor Félix Rodríguez de la Fuente que nos explicara que un tiburón era un escualo o que un cocodrilo era un reptil, lo aprendíamos en los tebeos. Lo de los barcos, lo de babor estribor, popa y proa lo aprendíamos en los tebeos. No teníamos La Isla del Tesoro, pero teníamos los tebeos de El Cachorro, de El Guerrero del Antifaz. Para un niño que le gustaba dibujar eran además su lámina de dibujo y su proyecto de futuro. “Yo de mayor quiero ser dibujante de tebeos”. Si en mi colegio hubiera habido pinturas, a lo mejor hubiera querido ser pintor, o escultor, pero sólo había tebeos . Yo dije “de mayor quiero ser dibujante de tebeos” y de mayor he sido dibujante de tebeos.”

La verdad es que cuando me relata esto, se ve lo mucho que ama este hombre los tebeos. Me ha contado su historia emocionándose, gesticulando, interpretando a ese niño que quería ser dibujante y que al final consiguió lo que a mi entender es casi una utopía en ese momento de problemas y sinsabores. “Hombre, lo que pasa es que era un sueño fácil de cumplir: si hubiera dicho que quería ser corredor de bólidos lo hubiera tenido más jodido. Los tebeos no nos olvidemos que es una profesión en la que la mayoría de los que estamos procedemos de los medios económicamente débil, salvo raras excepciones. Los dibujantes de tebeos somos o éramos gente de medios modestos y  llegábamos a ser dibujantes los que habíamos leído tebeos de pequeños.”

Si nos adentramos en su historia como dibujante, a Carlos Giménez siempre se le identifica con Selecciones Ilustradas (SI), la agencia artística de Toutain en Barcelona. Ya sea por sus trabajos en Gringo o, seguramente, por la imagen del Pablito de Los profesionales, lo cierto es que parece como que la carrera de Gimenez comienza en la Ciudad Condal directamente.

– “No, yo empiezo a dibujar en Madrid, como ayudante de López Blanco. Esa fue mi primera forma de ganarme la vida dibujando tebeos. Y mi maestro fue López Blanco, al que he tenido mucho cariño, con el que no solamente aprendí las cosas de la profesión, también he aprendido muchas cosas de la vida. He tenido la suerte de tener esta gente de la que he podido aprender, como también José Carlos Gracia. De él yo aprendí a leer a García Lorca y entenderlo, hasta llegar a gente como Victor Mora o Armonía de os que aprendí cosas sobre la concepción del mundo, de la política”.

“Sin embargo”, le comento, ” tus trabajos empiezan a ser conocidos a partir de estar en Selecciones Ilustradas, es donde tus obras comienzan a ser famosas”.

-“Sí, coincide con un momento donde los primeros aprendizajes ya los había hecho y comienzo a dibujar mis propias historietas. Hasta ese momento lo que había hecho era de otros”.

Es la época que nos narra en Los profesionales, esa serie de tres álbumes dónde Giménez disecciona con sana ironía y ternura el trabajo de esos años, donde básicamente se encargaban de series que aparecerían en Inglaterra, Alemania o los Países Nórdicos. “Una época donde todos los trabajos eran de encargo, ¿no?”, le pregunto.

-“Eran trabajos que no se consideraban de encargo,  porque de encargo era cuando era una revista extranjera que te encargaba historietas para esa revista. Esto se llamaba sindicación, que era cuando la agencia decidía producir una historieta y luego la vendía. Yo hacía cosas de sindicación. Era un trabajo que proponía Toutain. Cuando llegue a SI le enseñé una serie de cosas que hacía que eran del oeste y comencé a hacer cosas del oeste “. Me apunto la corrección. En esa época, Carlos dibuja cientos de páginas con guiones ajenos. Con Manolo Medina en Gringo, con Jesús Flores en Delta 99 y con Víctor Mora en Dani Futuro. Una época donde Carlos va depurando su estilo, aproximándolo cada vez más al actual, hasta que da el gran paso de dibujar sus propios guiones. Un evolución que ocurre poco a poco, cuando se va viendo obligado a dibujar cosas con las que no estaba de acuerdo.

– “En Gringo siempre defendía a los mejicanos y había mucho paternalismo. En Delta 99 los malos eran medio hippies y yo, que era medio hippie, me decía “¡Joder!, ¿por qué los los hippies tienen que salir de malos y los que llevan corbata de buenos?” Siempre existían ciertas cosas, incluso con guiones de Víctor, en las que me planteaba “esto lo hubiera hecho de otra forma”. O el guionista decía: “vamos a hacer un homenaje a tal” y a mí no me apetecía hacer ese homenaje… Pero como el guion no lo hago yo… Yo tenía siempre una actitud ante mis guionistas, no de rebeldía, pero que no me gustaba la situación. Y la única manera de acabar con eso, como tú no puedes llevarle la contraria a tus guionistas porque la historia la está contando él y no te la puedes inventar, era contarla tú mismo. También era la época en la que el franquismo empezaba a terminarse y todos veíamos que, por mucho que durara, iba a durar poco. Y si no se muriera, igual, teníamos ganas de hacer cosas y no esperamos a que se muriera Franco para hacerlas. Esta lucha personal, pensando por ejemplo en Hom, la tenías que hacer tú en solitario porque no le podías decir a tu guionista: “oye tú, quiero que hagas una historieta con unas cosas así o asá, que seguramente no venderemos, que seguramente nadie nos la publicar  y que seguramente ser  gratis”. Claro, los guionistas te dirían: “¡pues hazla tú!”, que es lo que hice”.

Uno se pregunta qué hubiera sido de esas series sindicadas si Carlos hubiese sido el que llevaba no solo los lápices sino la historia. O mejor todavía. que pasaría si retomase esos personajes un par de décadas después.

-“Sí, sí lo he pensado muchas veces”, me dice, “porque los personajes no son ni buenos ni malos y estas series nunca se acababan, sino que se terminaban porque dejabas de dibujarla. Siempre he tenido como las ganas de hacer el último episodio de cada serie. No sé, es una idea de hace varios años y a lo mejor ahora no me apetecería.  Por ejemplo, hacer un Gringo con la concepción que yo tengo ahora de las cosas. Gringo era una serie muy blanda, muy de prototipo, incluso los malos no eran muy malos, eran ogros feos, unos malos muy rudimentarios. Muchas veces he pensado en hacer una historia de Gringo fuerte, todo lo contrario a lo que era, un Gringo mayor, de 50 años, con gafas, con problemas y que tiene hijos a los que sus enemigos raptan. Entonces tiene que vérselas con otros niños y para salvarlos tiene que matar a otros niños. El ejemplo más extremo: imagina una situación donde unos niños van a matar a tu hijo y tienes que defenderlo matando otros niños, una situación muy extrema, una cosa muy cruel, con la conciencia muy por un lado y los sentimientos por otra, muy poco ética, muy poco de “oh mira un indio, me va a atacar, toma! Un indio menos”. O un Delta 99, a mí me apetecería hacerlo con humor, con tecnología que falla continuamente…O Dani Futuro, un hombre mayor, ya no es un niño… Igual que los años han pasado para mí, que hayan pasado para los personajes para poderlos enfrentar a otro mundo que no es el que vivieron y hacer así una historieta final. Lo que pasa es que no tiene razón de ser porque nadie va a publicarlo”. Esta última frase denota cierta amargura que refleja las dificultades que tiene hoy para publicar cualquier autor español, incluso uno de la talla de Giménez. A una persona que vive los tebeos como Carlos, es evidente que le duele hablar de este tema. Volvemos a hablar de sus guiones. Carlos comenzó a guionizar sus propias obras y adaptar clásicos literarios como las novelas de Jack London. De esa época destacan Koolau el leproso, Hom, historietas sueltas como El Miserere o las que conforman Érase una vez el futuro. Historias con una fuerte vinculación al mundo de la ciencia-ficción, un género que sin duda gusta mucho a Carlos: “Es que dibujar ciencia ficción es un lujo, no tienes que tener documentación…Dibujar una cosa de la segunda guerra mundial es un coñazo porque tienes que dibujar cada vehículo, cada arma, tiene que ser como es. Pero tu dibujas la guerra en el planeta Katapum y lo puedes hacer como quieras”.

-“¿Volverías a dibujar temas de ciencia-ficción?”

-“Volvemos a lo de antes: yo hacía ciencia-ficción cuando había revistas de ciencia-ficción. Cuando desaparecen, no hay ninguna posibilidad de volverlas a hacer. Hace tiempo que estoy haciendo cosas de humor, porque era la revista que lo publica es Fluide Glacial. Si hubiera sido de ciencia-ficción, pues a lo mejor hubiera seguido haciendo cosas fantásticas. El hecho es dónde publicas, y eso no lo escoges tú, te lleva a hacer un determinado tipo de historias. Yo llevo un tiempo haciendo historias de humor, y ya te digo que yo no creo que hago humor, porque son historias críticas, a veces un poco dolorosas donde el dibujo es exagerado, porque la revista donde publico es de humor”. Carlos se refiere a las historias englobadas genéricamente en las series Romances de andar por casa e Historias de Sexo y Chapuza, que han sido puntualmente editadas por La Torre y que ahora ha pasado a publicar Glenat. Se puede decir que se le ve ya un poco cansado de estas historias, algo que se ha visto reflejado en la garra de los álbumes, que ha ido decreciendo álbum a álbum.

Pero de toda esa época, llamémosla de inicio de autoría personal, destaca con fuerza España Una, Grande y Libre, una serie de historias cortas de dos páginas que desarrolló para el semanario satírico El Papus. En la época de la transición, las historias de Giménez (con guiones propios y de Ivá) son un duro retrato de la realidad del momento, una crónica de actualidad que supone la primera incursión en lo que podríamos denominar un cómic social y que luego retomaría en Paracuellos.

-“¿Era un momento en el que querías hacer ese tipo de tebeo, cambiar respecto a lo que hacías?”

-“Muchas veces no depende del talante con el que abordas la serie o los trabajos, ni siquiera de lo que te has propuesto hacer. Muchas veces, depende de cosas tan simples como el trabajo que tienes en ese momento. Mucha gente me dice: “Jo, es que tu has contado la transición”. Yo no pretendía contar la transición, lo que pasa es que en ese momento colaboraba en una revista que se llamaba El Papus, de humor sobre la actualidad. Cada semana me veía obligado a hacer una historieta de humor, o medio humor y, a fuerza de hacerlo todas las semanas, se han contado los hitos más importantes de la transición”.

-” Imagino que la manera de trabajar debe ser completamente diferente…”

-“En esta profesión nunca se trabaja con tiempo. Cuando trabajas en una revista de actualidad semanal, nada más entregar tienes que empezar a preparar la próxima historieta de la semana siguiente… ¿Sobre qué? Pues sobre lo que está ocurriendo: han matado a uno, hay una huelga, una manifestación. Pero si no estás trabajando en una revista de actualidad, ¡Es igual! Entregas el día 10 una historieta y ya empiezas a trabajar en la siguiente. Koolau, por ejemplo, que se ha dicho tan bien estructurada, en tres partes… es completamente casual. Yo empecé a dibujar Koolau con la novela de Jack London abierta y con el lápiz marcando. Cuando empecé a dibujar la primera página, ni siquiera sabía cuántas páginas iba a hacer, porque nunca hay tiempo …”

Giménez comienza a partir de esa época a contar episodios autobiográficos, sigue en una línea de cómic comprometido socialmente, pero cambia su registro para dedicarse a lo que posiblemente sea su obra cumbre, Paracuellos. Pero esta obra tiene una característica que la diferencia fuertemente de la anterior. En Paracuellos se nos narran historias duras, incluso de alta crueldad, pero son contadas a través de la memoria, con el tamiz del recuerdo. Incluso en algún momento me atrevería a decir que tienen un punto de cariño por parte de su autor innegable. “Yo diría que tienen un punto de melancolía”, me apostilla, “Paracuellos es más literario que España, Una Grande y Libre, que son historias muy del día, más impactantes”.

-“¿Y con cuál de las dos te quedarías?”

-“Si yo te respondo en estos momentos lo haré con arreglo a mi concepto de las cosas de este momento, y ahora estoy más próximo a Paracuellos. Yo creo que, en cada momento, lo que haces te interesa. No te puedo decir que haya hecho con más o menos interés una cosa en una determinada época de mi vida. Recuerdo que he hecho cosas con mucho dolor porque eran cosas que no sabía hacer, como las de romance tradicional, que he hecho muy pocas, pero muy pocas. No me quedaban bien y además yo no lo quería dibujar. En alguna ocasión, muy pocas veces, he tenido que dibujar cosas que no sabía dibujar, o no me apetecía. Incluso cosas como el Gringo, aun no sabiendo, eran muy gratificantes. Siempre lo que he hecho ha sido con mucha dedicación, muchas ganas y lo mejor que podía, cuando yo hacía un trabajo, ese trabajo me parecía muy importante. No te puedo decir que lo hiciera con más o menos interés. Es como lo de los hijos ¿a cuál quieres más? No lo puedes decir, quieres a todos.”

Lo cierto es que después de este tiempo sigue con Paracuellos, o sea que un poquito más de cariño si que habrá , digo yo. Me cuenta que como no está colaborando en ninguna revista específica puede dedicarse a lo que quiere sin problemas de longitud, temática. Me enseña lo que está haciendo y lo primero que destaca es que hay pocas viñetas por página, ha recuperado el espacio entre viñetas, ese espacio que según algunos define el punto donde el lector interviene en el tebeo. Aún así este estajanovista del trabajo todavía me dice: “Me da la sensación de que le estoy robando al lector porque solo hago 16 viñetas por página”. Le aseguro que no se preocupe, que comparado con lo que se está haciendo ahora da de sobra y con propina y me sonríe sin creérselo. Paracuellos se ha convertido poco a poco en la historieta de la vida de Giménez y de toda una generación, en la memoria de un país. Sus compañeros le dan anécdotas e historias que se encarga puntualmente de grabar y almacenar (este hombre es un acumulador nato, su estudio es una biblioteca-videoteca-discoteca-comicoteca descomunal, perfectamente ordenadita),

-” Conservo muchos amigos que íbamos a esos colegios, nos volvemos a ver y con frecuencia recordamos esos momentos y me he encargado de pedirles a todos que me contasen cosas e ir grabándolas. Al final me he encontrado después de estos años que tengo un montón de cintas grabadas con muchas anécdotas, con datos, historias que sólo hay que contarlas porque son estupendas. O son anécdotas que me recuerdan a mi otras, que me despiertan los recuerdos, las ideas. Es un material a utilizar de una riqueza tremenda y sería una pena no hacerlo. Además, dibujar Paracuellos para mí es un trabajo sencillo. Es pesado porque hay que repetir muchos dibujos, pero no me da problemas de documentación, ni de dibujo, ni nada… Son viñetas pequeñas, todas muy parecidas, no disfruto mucho como “gran dibujante” que hace grandes dibujos. Ahí soy el pequeño dibujante que dibuja cosas pequeñitas. Me lo paso bien como guionista que cuenta unas historias que le importan de verdad”.

Pese a todo, es evidente que la mirada de Giménez ha ido cambiando con el tiempo. Entre cada álbum de Paracuellos pasan muchos años y eso se traduce en que el planteamiento es diferente en cada álbum. Cada vez que ha contado una historia, busca una nueva vuelta de tuerca y nos sorprende con la siguiente. Si el primero y segundo de los  álbumes están más centrados en la descripción de las anécdotas, de lo que ocurría en el colegio del Auxilio Social, en el tercer álbum de la serie se ha centrado más en el tratamiento de los sentimientos, de lo que sentían esos niños. “Si te fijas me pasa en todos mis trabajos, por ejemplo en Los profesionales. El primero está más dedicado a contar una serie de cosas, la fábrica que llamábamos, en la segunda parte se tocan más cosas políticas del momento que se vivía y en la tercera es en la que hay ternura, la gente de aquellos estudios era gente muy zafia, de bromas pesadas y es en el último donde se ve que también lloran, que se enamoran, que se quieren, que se aprecian. Porque cuando empiezas, lo haces por el principio y, como no está preparada la serie, haces una y luego otra y nunca sabes lo que vas a hacer la siguiente. Es sobre la marcha, cuando llevas mucho trabajo hecho ES cuando te das cuenta de que no has tratado esto o aquello y que deberías haberlo hecho. Y esto me pasó en Paracuellos: en el primer álbum yo tenía mucho interés en contar la institución, todo lo que es la denuncia, el niño, la pobreza, el hambre, los malos tratos, la crueldad. En el segundo como ya ciertas cosas estaban contadas, como las historias eran más largas, me dediqué a contar otras cosas, como la relación entre los niños y entre los profesores. Los castigos ya se habían contado, incluso cuando se castiga a un niño, no se cuenta, se supone que el lector ya lo sabe. Y en este tercer álbum tenía más interés en profundizar en los niños, si tenían madre o no…”

-“Es un álbum más íntimo, se ve enseguida”

-“Sí, y es mucho más literario. En Paracuellos 4, que es lo que estoy haciendo ahora, la familia tiene mucha importancia. Todos esos niños tenían familia, porque no todos eran huérfanos, y aún así, los que eran huérfanos…¿por qué eran huérfanos?. A medida que vas avanzando, te vas dando cuenta de que hay cosas que no has contado. Por eso los álbumes van saliendo diferentes los unos de los otros. Primero porque vas tocando distintos aspectos y segundo porque entre cada álbum hay casi diez años”.

Giménez tiene material hasta el séptimo álbum de la serie. Le pregunto si alguna vez saldrá Paracuellos de los hogares para narrar esa época y me mira con cara de desaprobación: “No, solo tiene sentido a través de los niños. En el álbum 7 se cuentan cosas que no ocurren en el hogar, pero son contadas por los niños, mezcladas con sus juegos. Lo importante es la dimensión que le dan los niños, no es lo que ocurrió, sino lo que cuentan”.

Me mantengo firme en mi postura y erre que erre le respondo: “Es una cierta manera de salir, ¿no?”, a lo que me responde con una mirada que lo dice todo y que se traduce en un “¡Será cabezón!…”, totalmente acertado.

De momento esto será  lo que veamos de Carlos, aunque como me dice, “el hecho de que tenga escritos tantos álbumes no significa que lo vaya a hacer, lo único que significa es que están escritos”. Otras obras quedan en el tintero, algunas ya dibujadas como Jonás, una obra de protagonista infantil que le ha llevado años terminar y que tiene una difícil salida en el mercado. Jonás es una historia de aventuras infantiles que entronca con el espíritu del cuaderno de aventuras de toda la vida, con Cuto, con los niños aventureros… Pero ¡ay!, a Carlos se le ocurrió que los niños son inteligentes y no quieren que les tomen el pelo y su historia es políticamente incorrecta. Los malos mueren y los buenos pueden matar, algo que no se puede concebir en la generación de los pokemones y los burger kings.

Sin embargo, Carlos trabaja ahora abriendo nuevos campos y está trabajando con Guillermo del Toro en su nueva película rodada en España, El espinazo del diablo. Carlos ya había hecho antes storyboards de alguna película y publicidad, pero no era lo mismo, como él dice. En cualquier caso, se me antoja que trabajar en una película y en el cómic debe ser muy diferente, son medios hermanados pero con recursos diferenciados.

-¿Qué diferencias se encuentra un dibujante de tebeos al hacer una película?

– “En ese aspecto yo debo decir que los storys que yo he hecho han sido muy dirigidas por Guillermo. Incluso me ha hecho un dibujo de lo que tenía que contar. Ha habido pocas aportaciones en cuanto a la narrativa, de forma que lo entiendan bien los que tienen que hacer los efectos especiales y todo eso. En cambio, en lo que yo si he colaborado mucho, y con agrado, es darle muchos dibujos sobre los decorados, sobre los escenarios, porque un dibujante de historieta sabe muy bien lo que es un escenario. Un dibujante de historieta tiene una ventaja sobre los ilustradores, porque tiene una idea de la tragedia, un concepto de lo trágico, del humor, de la narrativa, y además sabe dibujar. Son dos cosas diferentes, recuerdo que me lo pasé muy bien dibujando una vieja cuadra que estaba preparada para que durmiera un hombre, donde había un camastro, y las cosas que este hombre utilizaba y las que quedaban de la cuadra, se tenían que dibujar muchos trastos, aperos de labranza, monturas y al mismo tiempo la camisa y un perchero y unas escobas. Para un dibujante de historietas no solo es fácil, sino muy divertido. Para un dibujante normal el solo hecho de dibujar una silla de montar es un problema “¿dónde tengo la documentación y cómo es?”. Para mí es más fácil, porque mi profesión es dibujarlas de memoria, no me hace falta consultar en libros porque sé como son, y sé dibujarla en la postura adecuada”.

Como luego me comenta, una de las ventajas del dibujante de cómics es que no solo crea espacios físicos, sino espacios de vivencias, donde ocurren cosas más allá  del puro diseño de la estancia o el lugar.

Pero pensándolo bien, un autor de historietas puede aportar mucho al cine, el tebeo tiene  una serie de capacidades tremendas: “Para hacer un tebeo bien hecho, el autor tiene que escribir un guion y escribirlo bien, contar una historia en imágenes, tiene que dibujarlo, tiene que hacer unos personajes que corresponden a una edad, a unos temperamentos, este es un viejo, una chica guapa… Tienes que iluminarlos, tienes que vestirlos: el lord inglés viste así, mientras que la secretaria viste así; tienes que documentarlo: se desarrolla en Inglaterra, tiene unas casas así, un coche de este tipo y está aparcado en la acera en este lugar porque en Londres se conduce al revés. El autor de historietas ha hecho todos los papeles, él solo, que en una película hace todo el equipo. Ha recortado el bigote y el pelo como el peluquero, ha vestido como los modistos, ha decorado como los decoradores, ha sido los actores, ha sido el guionista, el director, ha sido todo. Un autor de tebeos, que haga bien los tebeos, es un autor que en condiciones de normalidad puede trabajar en una película haciendo todos esos papeles. Yo no solo puedo hacer el storyboard, puedo hacer el guion, he diseñado vestuarios e incluso peinados. Una persona como yo en el cine vale para muchas cosas. No tengo el talento para ser director, pero yo o cualquier dibujante haría un buen papel, estoy pensando en Beà, en Enrique Ventura, en Manfredo Sommer, en un montón de dibujantes que conozco”.

Le comento que realmente el cómic tiene unas posibilidades indiscutibles que nadie se preocupa de valorar y me parece que ahí le toco la vena sensible. Afirma con la cabeza y me contesta: “Lo que pasa es que los tebeos son baratos y claro, alguien que hace un tebeo y cobra tan poco, pues no puede ser bueno. Porque los tebeos nunca pueden ser noticia, excepto Astérix. La noticia es que Astérix ha vendido 7 millones de ejemplares de su último número y, 7 millones, a 2000 pesetas por álbum… esa cantidad de millones es noticia. Los tebeos tienen esa cosa. Antes, los tebeos estaban destinados a un público popular, y lo popular es lo contrario de la cultura, ya sabes, la cultura es elitista, solo la entendemos los listos y lo popular, eso es la gente de la plebe… Siempre ha tenido una mala apreciación y se le ha querido mal, y la gente, cuando ha querido ser culta, siempre le ha dado la espalda a los tebeos”. Vuelvo a tener delante a ese gran amante de los tebeos, que realmente se siente dolido por la marginación del medio, no por la de los tebeos que él hace, sino por la de los tebeos que le dieron vida durante su infancia. “En los EEUU, no hay una serie de cómics medianamente importante que no haya sido llevada al cine o a la televisión, y te remito al libro de Coma y Gubern, mientras que en España jamás, jamás nadie ha utilizado un tebeo, bueno sí, recientemente Makinavaja, pero nadie ha cogido un tebeo para hacer una serie. Y eso que España es un país donde el cine anda muy pobre de ideas y hay excelentes tebeos, tan excelentes, que los tebeos de medio mundo los han dibujado los españoles, la mitad de los tebeos americanos estaban dibujados y están por dibujantes españoles. En épocas, la mitad de los tebeos franceses estaban dibujados por dibujantes españoles, casi la totalidad de los tebeos ingleses lo eran por españoles y un gran porcentaje de los alemanes también estaban dibujados por españoles. Pero, mira por dónde, menos en España, en todas partes se aprecian”. Poco puedo decir, más que tiene más razón que un santo: aquí nunca se ha apreciado un medio que ha tenido millones de lectores y ese es nuestro problema, ni las bajas cifras de ventas ni la falta de lectores. El problema es que no se aprecia el medio, en contraste con otros países.

– “Por lo menos en los EE.UU. le dan un valor importante como medio de entretenimiento”, comento.

– “No solo como medio de entretenimiento, sino como algo más. La industria ha llevado al teatro, al musical tantas historietas. La industria del cine ha llevado a la pantalla tantos cómics. La industria de la televisión ha llevado tantas series, de animación o de imagen real que forma parte de la cultura al mismo nivel que un autor teatral, un cineasta o un escritor”.

-“Allí no tienen ningún empacho en darle el premio Pulitzer a un cómic”.

-“Sí, y tiras como Steve Canyon o autores como Milton Caniff o Al Capp eran tan considerados como cualquier escritor”.

-“Y ya no digamos en Francia”

– “Exacto, donde hay museos de la historieta y donde los autores de tebeo han hecho obras de teatro, películas. Nadie se rasga las vestiduras porque de repente un hombre que ha hecho tebeos haga teatro. ¿Sabes lo que pasas aquí? Que la gente de estos medios, los productores de televisión, del cine, la gente de dinero, no ha leído tebeos. Ahora empieza a haber una generación, la de Almodóvar, Álex de la Iglesia, Santiago Segura, que si ha leído tebeos y son la gente que no va a tener ningún escrúpulo de hacer algo mirando a este medio”. Hago un comentario sarcástico sobre lo que pueda hacer Bajo Ulloa con el Capitán Trueno y asiente. Lo cierto es que, como dice Carlos, en este santo país se han hecho intentos de reivindicar cierta cultura popular y uno de los símbolos máximos de la cultura popular española, el tebeo, sigue siendo el gran olvidado. La cultura oficial deja de lado los aspectos populares, “no es fino leer tebeos”, como dice Giménez y el resultado es que nos vemos invadidos por los tebeos de fuera que aprovechan la situación del mercado.

– “Es que incluso a la hora de publicar un tebeo, no sé, coger un tebeo español. Mira los periódicos que tienen suplementos dominicales infantiles: buscan que sea manga o que se parezca al manga y, si es un tebeo, que se parezca a Mortadelo y Filemón. Si no, que sea extranjero. La paradoja es que España ha sido un país que tradicionalmente ha exportado tebeos y ahora parece como si no supiéramos hacer tebeos `¡pero si los españoles hemos hecho los tebeos de casi todos los países! Es un medio del que la gente se avergüenza”.

– “Es una forma más de incultura”.

– “A mí me parece en estos momentos que si tú no te has leído ningún tebeo de Frank Cappa de Manfred Sommer, pues te has perdido algo muy importante, y si tú no sabes quién es Moebius, eres un inculto”.

Amén, que es lo que se debe decir cuando alguien deja una conversación cerrada. El resultado de todo esto, le comento, es que estamos perdiendo toda una generación de lectores, los niños, que deberían ser los lectores del futuro.

-“Se ha roto la cadena, no hay editores para este tipo de publicaciones. Las grandes editoriales como TBO, Valenciana, Bruguera o Maga, se hundieron y se ha roto la tradición de lectores, de lectores de editores y de autores. El lector viejo se ha olvidado de que existían y el lector nuevo no sabe que existen, excepto un grupo de aficionados que vive en las catacumbas, que son los que frecuentan las librerías especializadas. Cuando mi editor dice que me promocione, pues pienso que no servir  de nada. Si saliese en la tele y la gente dijera “voy a comprármelo”, al salir a la calle no lo encontraría porque en el quiosco no lo venden. Es decir, la promoción no sirve para nada porque las tiradas son tan cortas y se venden por unos caminos tan especiales que solo lo dominan la gente de la catacumba, la gente que es aficionada”. Me agrada esa definición de catacumbas, da la idea de un grupúsculo de pocos seguidores que luchan escondidos contra el sistema, no deja de tener su lado romántico.

Las copas están vacías y los ánimos caldeados, por lo que Carlos prepara unas nuevas dosis de sus exquisitos gintonics. Me enseña algunos de los borradores que está haciendo para Paracuellos, sencillamente excelentes y aprovechamos para encarar la parte final de la entrevista alejándonos un poco de la situación del tebeo, y nada mejor que hablar del tema de  moda, la dichosa red de redes y la posibilidad de que el papel sea sustituido por el formato electrónico. Carlos se ríe y me contesta:

-“Yo te voy a llevar la contraria desde el principio: no se ha fabricado, no se ha consumido tanto papel como ahora, el fax, el ordenador… Yo cuando hago cosas con el ordenador, me quedan unos residuos de papel que sirven para borradores que nunca en mi vida he utilizado tanto. Consumo mucho mas papel en el ordenador que antes.”

– “Sí, pero estas nuevas tecnologías dan nuevos recursos creativos, ¿no?”

-“Lo que pasa con el cómic en internet, que en estos momentos seguro que hay gente ya trabajando, es que al momento de estar en internet dejar  de ser cómic, modificar  el medio. El hecho de que lo modifiquen no es malo, pero lo cierto es que ser  otra cosa. A los cuatro días un cómic hecho para internet no será  un cómic, incluso le pondremos un nombre diferente, “tebeonet”. Porque es inevitable que si le puedes poner voz o ponerle animaciones al cuarto día, tendremos un procedimiento narrativo diferente que yo creo que ir  a medio camino entre los cómics y los dibujos animados”.

En eso tiene razón, ya que las experiencias que estamos viendo son una extraña mezcla entre cómic y dibujos animados pobres. Sin embargo, hay interesantes propuestas como la de Scott McCloud de cambiar la secuenciación, de jugar con el formato manteniendo el concepto de viñeta.

-“Puede ser interesante, pueden salir productos maravillosos y muy dignos, pero ser  otra cosa, otro momento, otras tecnología y por tanto otro medio. Porque, a fin de cuentas, aquí hace que la historieta sea historieta? Al fin y al cabo son imágenes dibujadas… ¿Por qué no llamamos historieta a los dibujos de Durero? ¿Porque no tenían textos? Mentira, sí que tenían textos de vez en cuando. ¿Sabes lo que ha hecho que la historieta sea la historieta? El que esté impresa en un periódico. Yo pienso que si hay que definir la historieta como algo, para mí,  lo que entendemos como tebeo es cuando existe la imprenta, cuando existe una difusión popular, masiva, de sacar muchas copias. Un dibujo hecho una sola vez es un cartel de ciego. ¿Por qué no llamamos tebeo a un cartel de ciego? Porque se lo llamamos cuando se empieza a publicar en los periódicos, cuando las tiradas son muy grandes, es barato, se reproduce muchas veces es popular. En el momento que los dibujos, con filacterias o sin filacterias, con bocadillos o sin ellos, dibujados primorosamente como Caran d’Ache… Los llamamos cómic cuando se imprimen, sacamos muchas copias a bajo precio en papel. Cuando le quitemos el papel, ser  otra cosa, le pondremos otro nombre el que sea”.

Su concepción del tebeo me recuerda a la de Eisner, muy centrada en el tebeo clásico y, en el fondo, yo también estoy de acuerdo. Ese punto fetichista del aficionado que necesita su copia, oler la tinta… Algo que se pierde en un cómic electrónico.

-“Es que el tebeo tiene también una cosa importante, el objeto. No es lo mismo un álbum de Glenat que sacarme yo las copias. Es más, ¿qué es lo que ha quedado del tebeo? El coleccionismo. Este tebeo no me los saque de la bolsa de plástico porque pierde su valor. Es el objeto y eso es lo primero que perderíamos si sacamos un tebeo por internet”.

Me enseña la versión que tiene de la revista MAD en cd-rom, una serie de discos en las que se incluyen todos los números de la revista satírica americana. “Me pongo el disco en el ordenador y me hojeo página por página y cuando llega una, dibujo,  saco una copia, o lo amplio, o simplemente una copia de la página y la calidad es estupenda… Pero si me saco todas las páginas de MAD y las coso con una grapa, no es lo mismo”.

Apago la grabadora, que ya va siendo hora y comentamos la experiencia del lector de tebeos al llegar a ese álbum que tanto le gusta, saborear su olor, sentir el ruido de sus páginas nuevas. Carlos es un amante de los tebeos y eso hace que las experiencias, con años de distancia, sean las mismas. Seguimos hablando de Jonás, su obra no publicada, y de las posibilidades de nuevas series, nuevas ideas. Y me confiesa su nerviosismo ante el pequeño papel que le ha dado Guillermo del Toro, al que se refiere con gran cariño. Es difícil aceptar que hay que irse del estudio de Carlos, su cordialidad y jovialidad y su buen hablar hace que la conversación se pueda prolongar durante horas y que parezca que han pasado minutos. No nos despedimos, nos emplazamos a disfrutar de una buena paella un día de estos.