Conversaciones con Pablito

Hace 20 años, nada más y nada menos que 20 años, entrevisté a Carlos Giménez para el fanzine 9º ARTE que dirigía Manuel Bartual. Ahí lo conocí y empecé a labrar una amistad que me precio de mantener hoy. Viendo la entrevista de este fin de semana en EL PAÍS Semanal, he creído que estaría bien recuperar aquella entrevista.

Perdonen ustedes los muchos errores, que uno era joven…

CONVERSACIONES CON PABLITO

Esto de la mitomanía tiene mucho de problema psicológico grave y poco de pasión, a mi entender. Siempre había pensado que semejante patología psiquiátrica era más adecuada a quinceañeras o quinceañeros locos por alguna estrella de la canción que a un avezado y enteradillo experto en tebeos como servidor de ustedes. El caso es que, a medida que avanzaba por la castiza Atocha hacía la casa de Carlos Giménez, cierta congoja digna de la más acérrima seguidora de Ricky Martin me comenzaba a embargar. A fin de cuentas, me iba a encontrar con el mejor autor español de todos los tiempos según mi particular escala de valores y eso, por mucho que está ya curtido en estas lides, no deja de ser un acontecimiento importante. Completamente perdido en mis pensamientos y posiblemente algo afectado por el sofocante Lorenzo madrileño, cuando me quise dar cuenta estaba delante del portal de Don Carlos. Llamo a su puerta y pregunto humilde por Giménez, identificándome. Me abre y subo a uno de esos ascensores casi centenarios de madera con preciosistas artesanías de forja. Quinto piso. Valor y al toro que diría Ibáñez. Carlos abre la puerta y me recibe como un viejo amigo y paso a su estudio. ¡El estudio de Carlos Giménez!… Dios mío, me estoy comportando como un repugnante friki cualquiera. Pero ser un fan con Carlos es difícil. Rápidamente y como buen anfitrión, comenzamos a charlar mientras prepara unas copas. Lo cierto es que después de estar diez minutos con él, uno se siente como si estuviera con un amigo de toda la vida. Es una de esas personas con las que da gusto charlar, un tertuliano (no confundir con otras subespecies) de bar en el más puro estilo del Café Gijón. Se ha dejado un bigotito, me cuenta,  porque va a hacer un pequeño papel de figurante en la última película de Guillermo del Toro, donde ha colaborado y no puede esconder su nerviosismo de principiante. Llevamos más de media hora hablando de lo humano y lo divino cuando recuerdo que yo venía con el encargo de hacerle una entrevista y la verdad es que de lo que tengo ganas es de seguir hablando con él, más que de una entrevista, pero el deber es el deber y ponemos en marcha la grabadora.  La verdad es que, independientemente de mi admiración, este ha sido el año de Carlos Giménez: ha ganado dos premios del Salón del Cómic de Barcelona, se ha comenzado una espléndida reedición de sus obras. “Es la primera vez que le dan dos premios a un autor y también he ganado el premio del Diario de Avisos, el de Darias…ya se que es un farde, pero de vez en cuando hay que ponerse plumas, ¿no?”, me dice. Y la verdad es que tiene razón, que coño, pero aún así no puedo evitar tener la sensación de que la gente se ha dado cuenta ahora de que hay un autor español que es muy bueno que se llama Carlos Gimenez. “Es que no sólo vale que existas, también tienes que asomarte a la ventana para que te vean y, últimamente, entre que yo había publicado muy poco y lo poco sin que nadie se enterase, como lo de La Torre y algunas otras cosas que se distribuían sólo en librerías de libros y no de cómics y entre que en las publicaciones españolas no publicaba y de lo que salía en Francia el lector español no se enteraba, entonces de pronto el hecho de que se publicara en España y, precisamente, esta colección que busca reeditar toda mi obra, tanto lo nuevo como lo viejo, lo que no está  editado editarlo de nuevo… Aunque también es verdad que Joan Navarro se ha preocupado de hacer promoción en los diferentes medios, en los fanzines, en las revistas especializadas, comunicárselo, hacer presentación en Madrid…. y claro, la gente se ha enterado.” No solo eso. Le comento que esa misma semana ha aparecido un artículo sobre él en el suplemento literario Babelia de El País, la primera vez que le dedica un espacio a los tebeos. Me mira con una sonrisa y apuntilla:

– “También es verdad que es el mes de agosto, cuando no hay gran actividad literaria… Además otros veranos yo no había publicado nada…”

Carlos comenzó a trabajar hace ya cuarenta años y la verdad es que resulta difícil imaginar qué es lo que lleva a alguien a dedicarse a los tebeos en aquella época, con un franquismo debatiéndose en uno de sus peores momentos económicos y políticos.

-” Yo de niño era un lector de tebeos, porque en esos colegios era prácticamente lo único que había: no había cine, televisión, radio, ni mucho menos teatro… Solo llegaba este cine de los niños pobres que eran los tebeos, que eran baratos… bueno no muy baratos, porque un tebeo costaba lo mismo que una entrada de cine y a mí me parece que por lo menos en aquella época eran caros. Aquellos tebeos baratos, de continuar  y las revistas como Pulgarcito, Florita y El Coyote nos llegaban a aquellos colegios donde yo estaba y vivía, aquellos colegios internos donde no teníamos más referencias que las propias del colegio donde estábamos internos, y los tebeos eran una de ellas. Eran muy importantes en aquellos colegios porque era nuestra moneda de cambio: el que tenía tebeos tenía poder…” si me aprecias y no me pegas, te dejo tebeos; si me das un trozo de pan te dejo tebeos”, era el poder y también era nuestra fuente de juegos. Igual que ahora los niños juegan a cosas que ven en la televisión, solo podíamos imitar los modelos de tebeos… Había muchos juegos a base de tebeos: las listas de tebeos, nos los sabíamos en orden y había gente que se sabía todos. Era un juego que se hacía partiendo de los tebeos. Para un niño que además le gustaba dibujar los tebeos no eran solamente un juego, eran donde yo aprendía mis lecciones de geografía, de geografía emocional: Maracaibo, las Antillas, la Isla Tortuga, era la aventura, los tebeos de los piratas. Yo me acuerdo que El Guerrero del Antifaz iba a Tanger. A falta de un mejor Félix Rodríguez de la Fuente que nos explicara que un tiburón era un escualo o que un cocodrilo era un reptil, lo aprendíamos en los tebeos. Lo de los barcos, lo de babor estribor, popa y proa lo aprendíamos en los tebeos. No teníamos La Isla del Tesoro, pero teníamos los tebeos de El Cachorro, de El Guerrero del Antifaz. Para un niño que le gustaba dibujar eran además su lámina de dibujo y su proyecto de futuro. “Yo de mayor quiero ser dibujante de tebeos”. Si en mi colegio hubiera habido pinturas, a lo mejor hubiera querido ser pintor, o escultor, pero sólo había tebeos . Yo dije “de mayor quiero ser dibujante de tebeos” y de mayor he sido dibujante de tebeos.”

La verdad es que cuando me relata esto, se ve lo mucho que ama este hombre los tebeos. Me ha contado su historia emocionándose, gesticulando, interpretando a ese niño que quería ser dibujante y que al final consiguió lo que a mi entender es casi una utopía en ese momento de problemas y sinsabores. “Hombre, lo que pasa es que era un sueño fácil de cumplir: si hubiera dicho que quería ser corredor de bólidos lo hubiera tenido más jodido. Los tebeos no nos olvidemos que es una profesión en la que la mayoría de los que estamos procedemos de los medios económicamente débil, salvo raras excepciones. Los dibujantes de tebeos somos o éramos gente de medios modestos y  llegábamos a ser dibujantes los que habíamos leído tebeos de pequeños.”

Si nos adentramos en su historia como dibujante, a Carlos Giménez siempre se le identifica con Selecciones Ilustradas (SI), la agencia artística de Toutain en Barcelona. Ya sea por sus trabajos en Gringo o, seguramente, por la imagen del Pablito de Los profesionales, lo cierto es que parece como que la carrera de Gimenez comienza en la Ciudad Condal directamente.

– “No, yo empiezo a dibujar en Madrid, como ayudante de López Blanco. Esa fue mi primera forma de ganarme la vida dibujando tebeos. Y mi maestro fue López Blanco, al que he tenido mucho cariño, con el que no solamente aprendí las cosas de la profesión, también he aprendido muchas cosas de la vida. He tenido la suerte de tener esta gente de la que he podido aprender, como también José Carlos Gracia. De él yo aprendí a leer a García Lorca y entenderlo, hasta llegar a gente como Victor Mora o Armonía de os que aprendí cosas sobre la concepción del mundo, de la política”.

“Sin embargo”, le comento, ” tus trabajos empiezan a ser conocidos a partir de estar en Selecciones Ilustradas, es donde tus obras comienzan a ser famosas”.

-“Sí, coincide con un momento donde los primeros aprendizajes ya los había hecho y comienzo a dibujar mis propias historietas. Hasta ese momento lo que había hecho era de otros”.

Es la época que nos narra en Los profesionales, esa serie de tres álbumes dónde Giménez disecciona con sana ironía y ternura el trabajo de esos años, donde básicamente se encargaban de series que aparecerían en Inglaterra, Alemania o los Países Nórdicos. “Una época donde todos los trabajos eran de encargo, ¿no?”, le pregunto.

-“Eran trabajos que no se consideraban de encargo,  porque de encargo era cuando era una revista extranjera que te encargaba historietas para esa revista. Esto se llamaba sindicación, que era cuando la agencia decidía producir una historieta y luego la vendía. Yo hacía cosas de sindicación. Era un trabajo que proponía Toutain. Cuando llegue a SI le enseñé una serie de cosas que hacía que eran del oeste y comencé a hacer cosas del oeste “. Me apunto la corrección. En esa época, Carlos dibuja cientos de páginas con guiones ajenos. Con Manolo Medina en Gringo, con Jesús Flores en Delta 99 y con Víctor Mora en Dani Futuro. Una época donde Carlos va depurando su estilo, aproximándolo cada vez más al actual, hasta que da el gran paso de dibujar sus propios guiones. Un evolución que ocurre poco a poco, cuando se va viendo obligado a dibujar cosas con las que no estaba de acuerdo.

– “En Gringo siempre defendía a los mejicanos y había mucho paternalismo. En Delta 99 los malos eran medio hippies y yo, que era medio hippie, me decía “¡Joder!, ¿por qué los los hippies tienen que salir de malos y los que llevan corbata de buenos?” Siempre existían ciertas cosas, incluso con guiones de Víctor, en las que me planteaba “esto lo hubiera hecho de otra forma”. O el guionista decía: “vamos a hacer un homenaje a tal” y a mí no me apetecía hacer ese homenaje… Pero como el guion no lo hago yo… Yo tenía siempre una actitud ante mis guionistas, no de rebeldía, pero que no me gustaba la situación. Y la única manera de acabar con eso, como tú no puedes llevarle la contraria a tus guionistas porque la historia la está contando él y no te la puedes inventar, era contarla tú mismo. También era la época en la que el franquismo empezaba a terminarse y todos veíamos que, por mucho que durara, iba a durar poco. Y si no se muriera, igual, teníamos ganas de hacer cosas y no esperamos a que se muriera Franco para hacerlas. Esta lucha personal, pensando por ejemplo en Hom, la tenías que hacer tú en solitario porque no le podías decir a tu guionista: “oye tú, quiero que hagas una historieta con unas cosas así o asá, que seguramente no venderemos, que seguramente nadie nos la publicar  y que seguramente ser  gratis”. Claro, los guionistas te dirían: “¡pues hazla tú!”, que es lo que hice”.

Uno se pregunta qué hubiera sido de esas series sindicadas si Carlos hubiese sido el que llevaba no solo los lápices sino la historia. O mejor todavía. que pasaría si retomase esos personajes un par de décadas después.

-“Sí, sí lo he pensado muchas veces”, me dice, “porque los personajes no son ni buenos ni malos y estas series nunca se acababan, sino que se terminaban porque dejabas de dibujarla. Siempre he tenido como las ganas de hacer el último episodio de cada serie. No sé, es una idea de hace varios años y a lo mejor ahora no me apetecería.  Por ejemplo, hacer un Gringo con la concepción que yo tengo ahora de las cosas. Gringo era una serie muy blanda, muy de prototipo, incluso los malos no eran muy malos, eran ogros feos, unos malos muy rudimentarios. Muchas veces he pensado en hacer una historia de Gringo fuerte, todo lo contrario a lo que era, un Gringo mayor, de 50 años, con gafas, con problemas y que tiene hijos a los que sus enemigos raptan. Entonces tiene que vérselas con otros niños y para salvarlos tiene que matar a otros niños. El ejemplo más extremo: imagina una situación donde unos niños van a matar a tu hijo y tienes que defenderlo matando otros niños, una situación muy extrema, una cosa muy cruel, con la conciencia muy por un lado y los sentimientos por otra, muy poco ética, muy poco de “oh mira un indio, me va a atacar, toma! Un indio menos”. O un Delta 99, a mí me apetecería hacerlo con humor, con tecnología que falla continuamente…O Dani Futuro, un hombre mayor, ya no es un niño… Igual que los años han pasado para mí, que hayan pasado para los personajes para poderlos enfrentar a otro mundo que no es el que vivieron y hacer así una historieta final. Lo que pasa es que no tiene razón de ser porque nadie va a publicarlo”. Esta última frase denota cierta amargura que refleja las dificultades que tiene hoy para publicar cualquier autor español, incluso uno de la talla de Giménez. A una persona que vive los tebeos como Carlos, es evidente que le duele hablar de este tema. Volvemos a hablar de sus guiones. Carlos comenzó a guionizar sus propias obras y adaptar clásicos literarios como las novelas de Jack London. De esa época destacan Koolau el leproso, Hom, historietas sueltas como El Miserere o las que conforman Érase una vez el futuro. Historias con una fuerte vinculación al mundo de la ciencia-ficción, un género que sin duda gusta mucho a Carlos: “Es que dibujar ciencia ficción es un lujo, no tienes que tener documentación…Dibujar una cosa de la segunda guerra mundial es un coñazo porque tienes que dibujar cada vehículo, cada arma, tiene que ser como es. Pero tu dibujas la guerra en el planeta Katapum y lo puedes hacer como quieras”.

-“¿Volverías a dibujar temas de ciencia-ficción?”

-“Volvemos a lo de antes: yo hacía ciencia-ficción cuando había revistas de ciencia-ficción. Cuando desaparecen, no hay ninguna posibilidad de volverlas a hacer. Hace tiempo que estoy haciendo cosas de humor, porque era la revista que lo publica es Fluide Glacial. Si hubiera sido de ciencia-ficción, pues a lo mejor hubiera seguido haciendo cosas fantásticas. El hecho es dónde publicas, y eso no lo escoges tú, te lleva a hacer un determinado tipo de historias. Yo llevo un tiempo haciendo historias de humor, y ya te digo que yo no creo que hago humor, porque son historias críticas, a veces un poco dolorosas donde el dibujo es exagerado, porque la revista donde publico es de humor”. Carlos se refiere a las historias englobadas genéricamente en las series Romances de andar por casa e Historias de Sexo y Chapuza, que han sido puntualmente editadas por La Torre y que ahora ha pasado a publicar Glenat. Se puede decir que se le ve ya un poco cansado de estas historias, algo que se ha visto reflejado en la garra de los álbumes, que ha ido decreciendo álbum a álbum.

Pero de toda esa época, llamémosla de inicio de autoría personal, destaca con fuerza España Una, Grande y Libre, una serie de historias cortas de dos páginas que desarrolló para el semanario satírico El Papus. En la época de la transición, las historias de Giménez (con guiones propios y de Ivá) son un duro retrato de la realidad del momento, una crónica de actualidad que supone la primera incursión en lo que podríamos denominar un cómic social y que luego retomaría en Paracuellos.

-“¿Era un momento en el que querías hacer ese tipo de tebeo, cambiar respecto a lo que hacías?”

-“Muchas veces no depende del talante con el que abordas la serie o los trabajos, ni siquiera de lo que te has propuesto hacer. Muchas veces, depende de cosas tan simples como el trabajo que tienes en ese momento. Mucha gente me dice: “Jo, es que tu has contado la transición”. Yo no pretendía contar la transición, lo que pasa es que en ese momento colaboraba en una revista que se llamaba El Papus, de humor sobre la actualidad. Cada semana me veía obligado a hacer una historieta de humor, o medio humor y, a fuerza de hacerlo todas las semanas, se han contado los hitos más importantes de la transición”.

-” Imagino que la manera de trabajar debe ser completamente diferente…”

-“En esta profesión nunca se trabaja con tiempo. Cuando trabajas en una revista de actualidad semanal, nada más entregar tienes que empezar a preparar la próxima historieta de la semana siguiente… ¿Sobre qué? Pues sobre lo que está ocurriendo: han matado a uno, hay una huelga, una manifestación. Pero si no estás trabajando en una revista de actualidad, ¡Es igual! Entregas el día 10 una historieta y ya empiezas a trabajar en la siguiente. Koolau, por ejemplo, que se ha dicho tan bien estructurada, en tres partes… es completamente casual. Yo empecé a dibujar Koolau con la novela de Jack London abierta y con el lápiz marcando. Cuando empecé a dibujar la primera página, ni siquiera sabía cuántas páginas iba a hacer, porque nunca hay tiempo …”

Giménez comienza a partir de esa época a contar episodios autobiográficos, sigue en una línea de cómic comprometido socialmente, pero cambia su registro para dedicarse a lo que posiblemente sea su obra cumbre, Paracuellos. Pero esta obra tiene una característica que la diferencia fuertemente de la anterior. En Paracuellos se nos narran historias duras, incluso de alta crueldad, pero son contadas a través de la memoria, con el tamiz del recuerdo. Incluso en algún momento me atrevería a decir que tienen un punto de cariño por parte de su autor innegable. “Yo diría que tienen un punto de melancolía”, me apostilla, “Paracuellos es más literario que España, Una Grande y Libre, que son historias muy del día, más impactantes”.

-“¿Y con cuál de las dos te quedarías?”

-“Si yo te respondo en estos momentos lo haré con arreglo a mi concepto de las cosas de este momento, y ahora estoy más próximo a Paracuellos. Yo creo que, en cada momento, lo que haces te interesa. No te puedo decir que haya hecho con más o menos interés una cosa en una determinada época de mi vida. Recuerdo que he hecho cosas con mucho dolor porque eran cosas que no sabía hacer, como las de romance tradicional, que he hecho muy pocas, pero muy pocas. No me quedaban bien y además yo no lo quería dibujar. En alguna ocasión, muy pocas veces, he tenido que dibujar cosas que no sabía dibujar, o no me apetecía. Incluso cosas como el Gringo, aun no sabiendo, eran muy gratificantes. Siempre lo que he hecho ha sido con mucha dedicación, muchas ganas y lo mejor que podía, cuando yo hacía un trabajo, ese trabajo me parecía muy importante. No te puedo decir que lo hiciera con más o menos interés. Es como lo de los hijos ¿a cuál quieres más? No lo puedes decir, quieres a todos.”

Lo cierto es que después de este tiempo sigue con Paracuellos, o sea que un poquito más de cariño si que habrá , digo yo. Me cuenta que como no está colaborando en ninguna revista específica puede dedicarse a lo que quiere sin problemas de longitud, temática. Me enseña lo que está haciendo y lo primero que destaca es que hay pocas viñetas por página, ha recuperado el espacio entre viñetas, ese espacio que según algunos define el punto donde el lector interviene en el tebeo. Aún así este estajanovista del trabajo todavía me dice: “Me da la sensación de que le estoy robando al lector porque solo hago 16 viñetas por página”. Le aseguro que no se preocupe, que comparado con lo que se está haciendo ahora da de sobra y con propina y me sonríe sin creérselo. Paracuellos se ha convertido poco a poco en la historieta de la vida de Giménez y de toda una generación, en la memoria de un país. Sus compañeros le dan anécdotas e historias que se encarga puntualmente de grabar y almacenar (este hombre es un acumulador nato, su estudio es una biblioteca-videoteca-discoteca-comicoteca descomunal, perfectamente ordenadita),

-” Conservo muchos amigos que íbamos a esos colegios, nos volvemos a ver y con frecuencia recordamos esos momentos y me he encargado de pedirles a todos que me contasen cosas e ir grabándolas. Al final me he encontrado después de estos años que tengo un montón de cintas grabadas con muchas anécdotas, con datos, historias que sólo hay que contarlas porque son estupendas. O son anécdotas que me recuerdan a mi otras, que me despiertan los recuerdos, las ideas. Es un material a utilizar de una riqueza tremenda y sería una pena no hacerlo. Además, dibujar Paracuellos para mí es un trabajo sencillo. Es pesado porque hay que repetir muchos dibujos, pero no me da problemas de documentación, ni de dibujo, ni nada… Son viñetas pequeñas, todas muy parecidas, no disfruto mucho como “gran dibujante” que hace grandes dibujos. Ahí soy el pequeño dibujante que dibuja cosas pequeñitas. Me lo paso bien como guionista que cuenta unas historias que le importan de verdad”.

Pese a todo, es evidente que la mirada de Giménez ha ido cambiando con el tiempo. Entre cada álbum de Paracuellos pasan muchos años y eso se traduce en que el planteamiento es diferente en cada álbum. Cada vez que ha contado una historia, busca una nueva vuelta de tuerca y nos sorprende con la siguiente. Si el primero y segundo de los  álbumes están más centrados en la descripción de las anécdotas, de lo que ocurría en el colegio del Auxilio Social, en el tercer álbum de la serie se ha centrado más en el tratamiento de los sentimientos, de lo que sentían esos niños. “Si te fijas me pasa en todos mis trabajos, por ejemplo en Los profesionales. El primero está más dedicado a contar una serie de cosas, la fábrica que llamábamos, en la segunda parte se tocan más cosas políticas del momento que se vivía y en la tercera es en la que hay ternura, la gente de aquellos estudios era gente muy zafia, de bromas pesadas y es en el último donde se ve que también lloran, que se enamoran, que se quieren, que se aprecian. Porque cuando empiezas, lo haces por el principio y, como no está preparada la serie, haces una y luego otra y nunca sabes lo que vas a hacer la siguiente. Es sobre la marcha, cuando llevas mucho trabajo hecho ES cuando te das cuenta de que no has tratado esto o aquello y que deberías haberlo hecho. Y esto me pasó en Paracuellos: en el primer álbum yo tenía mucho interés en contar la institución, todo lo que es la denuncia, el niño, la pobreza, el hambre, los malos tratos, la crueldad. En el segundo como ya ciertas cosas estaban contadas, como las historias eran más largas, me dediqué a contar otras cosas, como la relación entre los niños y entre los profesores. Los castigos ya se habían contado, incluso cuando se castiga a un niño, no se cuenta, se supone que el lector ya lo sabe. Y en este tercer álbum tenía más interés en profundizar en los niños, si tenían madre o no…”

-“Es un álbum más íntimo, se ve enseguida”

-“Sí, y es mucho más literario. En Paracuellos 4, que es lo que estoy haciendo ahora, la familia tiene mucha importancia. Todos esos niños tenían familia, porque no todos eran huérfanos, y aún así, los que eran huérfanos…¿por qué eran huérfanos?. A medida que vas avanzando, te vas dando cuenta de que hay cosas que no has contado. Por eso los álbumes van saliendo diferentes los unos de los otros. Primero porque vas tocando distintos aspectos y segundo porque entre cada álbum hay casi diez años”.

Giménez tiene material hasta el séptimo álbum de la serie. Le pregunto si alguna vez saldrá Paracuellos de los hogares para narrar esa época y me mira con cara de desaprobación: “No, solo tiene sentido a través de los niños. En el álbum 7 se cuentan cosas que no ocurren en el hogar, pero son contadas por los niños, mezcladas con sus juegos. Lo importante es la dimensión que le dan los niños, no es lo que ocurrió, sino lo que cuentan”.

Me mantengo firme en mi postura y erre que erre le respondo: “Es una cierta manera de salir, ¿no?”, a lo que me responde con una mirada que lo dice todo y que se traduce en un “¡Será cabezón!…”, totalmente acertado.

De momento esto será  lo que veamos de Carlos, aunque como me dice, “el hecho de que tenga escritos tantos álbumes no significa que lo vaya a hacer, lo único que significa es que están escritos”. Otras obras quedan en el tintero, algunas ya dibujadas como Jonás, una obra de protagonista infantil que le ha llevado años terminar y que tiene una difícil salida en el mercado. Jonás es una historia de aventuras infantiles que entronca con el espíritu del cuaderno de aventuras de toda la vida, con Cuto, con los niños aventureros… Pero ¡ay!, a Carlos se le ocurrió que los niños son inteligentes y no quieren que les tomen el pelo y su historia es políticamente incorrecta. Los malos mueren y los buenos pueden matar, algo que no se puede concebir en la generación de los pokemones y los burger kings.

Sin embargo, Carlos trabaja ahora abriendo nuevos campos y está trabajando con Guillermo del Toro en su nueva película rodada en España, El espinazo del diablo. Carlos ya había hecho antes storyboards de alguna película y publicidad, pero no era lo mismo, como él dice. En cualquier caso, se me antoja que trabajar en una película y en el cómic debe ser muy diferente, son medios hermanados pero con recursos diferenciados.

-¿Qué diferencias se encuentra un dibujante de tebeos al hacer una película?

– “En ese aspecto yo debo decir que los storys que yo he hecho han sido muy dirigidas por Guillermo. Incluso me ha hecho un dibujo de lo que tenía que contar. Ha habido pocas aportaciones en cuanto a la narrativa, de forma que lo entiendan bien los que tienen que hacer los efectos especiales y todo eso. En cambio, en lo que yo si he colaborado mucho, y con agrado, es darle muchos dibujos sobre los decorados, sobre los escenarios, porque un dibujante de historieta sabe muy bien lo que es un escenario. Un dibujante de historieta tiene una ventaja sobre los ilustradores, porque tiene una idea de la tragedia, un concepto de lo trágico, del humor, de la narrativa, y además sabe dibujar. Son dos cosas diferentes, recuerdo que me lo pasé muy bien dibujando una vieja cuadra que estaba preparada para que durmiera un hombre, donde había un camastro, y las cosas que este hombre utilizaba y las que quedaban de la cuadra, se tenían que dibujar muchos trastos, aperos de labranza, monturas y al mismo tiempo la camisa y un perchero y unas escobas. Para un dibujante de historietas no solo es fácil, sino muy divertido. Para un dibujante normal el solo hecho de dibujar una silla de montar es un problema “¿dónde tengo la documentación y cómo es?”. Para mí es más fácil, porque mi profesión es dibujarlas de memoria, no me hace falta consultar en libros porque sé como son, y sé dibujarla en la postura adecuada”.

Como luego me comenta, una de las ventajas del dibujante de cómics es que no solo crea espacios físicos, sino espacios de vivencias, donde ocurren cosas más allá  del puro diseño de la estancia o el lugar.

Pero pensándolo bien, un autor de historietas puede aportar mucho al cine, el tebeo tiene  una serie de capacidades tremendas: “Para hacer un tebeo bien hecho, el autor tiene que escribir un guion y escribirlo bien, contar una historia en imágenes, tiene que dibujarlo, tiene que hacer unos personajes que corresponden a una edad, a unos temperamentos, este es un viejo, una chica guapa… Tienes que iluminarlos, tienes que vestirlos: el lord inglés viste así, mientras que la secretaria viste así; tienes que documentarlo: se desarrolla en Inglaterra, tiene unas casas así, un coche de este tipo y está aparcado en la acera en este lugar porque en Londres se conduce al revés. El autor de historietas ha hecho todos los papeles, él solo, que en una película hace todo el equipo. Ha recortado el bigote y el pelo como el peluquero, ha vestido como los modistos, ha decorado como los decoradores, ha sido los actores, ha sido el guionista, el director, ha sido todo. Un autor de tebeos, que haga bien los tebeos, es un autor que en condiciones de normalidad puede trabajar en una película haciendo todos esos papeles. Yo no solo puedo hacer el storyboard, puedo hacer el guion, he diseñado vestuarios e incluso peinados. Una persona como yo en el cine vale para muchas cosas. No tengo el talento para ser director, pero yo o cualquier dibujante haría un buen papel, estoy pensando en Beà, en Enrique Ventura, en Manfredo Sommer, en un montón de dibujantes que conozco”.

Le comento que realmente el cómic tiene unas posibilidades indiscutibles que nadie se preocupa de valorar y me parece que ahí le toco la vena sensible. Afirma con la cabeza y me contesta: “Lo que pasa es que los tebeos son baratos y claro, alguien que hace un tebeo y cobra tan poco, pues no puede ser bueno. Porque los tebeos nunca pueden ser noticia, excepto Astérix. La noticia es que Astérix ha vendido 7 millones de ejemplares de su último número y, 7 millones, a 2000 pesetas por álbum… esa cantidad de millones es noticia. Los tebeos tienen esa cosa. Antes, los tebeos estaban destinados a un público popular, y lo popular es lo contrario de la cultura, ya sabes, la cultura es elitista, solo la entendemos los listos y lo popular, eso es la gente de la plebe… Siempre ha tenido una mala apreciación y se le ha querido mal, y la gente, cuando ha querido ser culta, siempre le ha dado la espalda a los tebeos”. Vuelvo a tener delante a ese gran amante de los tebeos, que realmente se siente dolido por la marginación del medio, no por la de los tebeos que él hace, sino por la de los tebeos que le dieron vida durante su infancia. “En los EEUU, no hay una serie de cómics medianamente importante que no haya sido llevada al cine o a la televisión, y te remito al libro de Coma y Gubern, mientras que en España jamás, jamás nadie ha utilizado un tebeo, bueno sí, recientemente Makinavaja, pero nadie ha cogido un tebeo para hacer una serie. Y eso que España es un país donde el cine anda muy pobre de ideas y hay excelentes tebeos, tan excelentes, que los tebeos de medio mundo los han dibujado los españoles, la mitad de los tebeos americanos estaban dibujados y están por dibujantes españoles. En épocas, la mitad de los tebeos franceses estaban dibujados por dibujantes españoles, casi la totalidad de los tebeos ingleses lo eran por españoles y un gran porcentaje de los alemanes también estaban dibujados por españoles. Pero, mira por dónde, menos en España, en todas partes se aprecian”. Poco puedo decir, más que tiene más razón que un santo: aquí nunca se ha apreciado un medio que ha tenido millones de lectores y ese es nuestro problema, ni las bajas cifras de ventas ni la falta de lectores. El problema es que no se aprecia el medio, en contraste con otros países.

– “Por lo menos en los EE.UU. le dan un valor importante como medio de entretenimiento”, comento.

– “No solo como medio de entretenimiento, sino como algo más. La industria ha llevado al teatro, al musical tantas historietas. La industria del cine ha llevado a la pantalla tantos cómics. La industria de la televisión ha llevado tantas series, de animación o de imagen real que forma parte de la cultura al mismo nivel que un autor teatral, un cineasta o un escritor”.

-“Allí no tienen ningún empacho en darle el premio Pulitzer a un cómic”.

-“Sí, y tiras como Steve Canyon o autores como Milton Caniff o Al Capp eran tan considerados como cualquier escritor”.

-“Y ya no digamos en Francia”

– “Exacto, donde hay museos de la historieta y donde los autores de tebeo han hecho obras de teatro, películas. Nadie se rasga las vestiduras porque de repente un hombre que ha hecho tebeos haga teatro. ¿Sabes lo que pasas aquí? Que la gente de estos medios, los productores de televisión, del cine, la gente de dinero, no ha leído tebeos. Ahora empieza a haber una generación, la de Almodóvar, Álex de la Iglesia, Santiago Segura, que si ha leído tebeos y son la gente que no va a tener ningún escrúpulo de hacer algo mirando a este medio”. Hago un comentario sarcástico sobre lo que pueda hacer Bajo Ulloa con el Capitán Trueno y asiente. Lo cierto es que, como dice Carlos, en este santo país se han hecho intentos de reivindicar cierta cultura popular y uno de los símbolos máximos de la cultura popular española, el tebeo, sigue siendo el gran olvidado. La cultura oficial deja de lado los aspectos populares, “no es fino leer tebeos”, como dice Giménez y el resultado es que nos vemos invadidos por los tebeos de fuera que aprovechan la situación del mercado.

– “Es que incluso a la hora de publicar un tebeo, no sé, coger un tebeo español. Mira los periódicos que tienen suplementos dominicales infantiles: buscan que sea manga o que se parezca al manga y, si es un tebeo, que se parezca a Mortadelo y Filemón. Si no, que sea extranjero. La paradoja es que España ha sido un país que tradicionalmente ha exportado tebeos y ahora parece como si no supiéramos hacer tebeos `¡pero si los españoles hemos hecho los tebeos de casi todos los países! Es un medio del que la gente se avergüenza”.

– “Es una forma más de incultura”.

– “A mí me parece en estos momentos que si tú no te has leído ningún tebeo de Frank Cappa de Manfred Sommer, pues te has perdido algo muy importante, y si tú no sabes quién es Moebius, eres un inculto”.

Amén, que es lo que se debe decir cuando alguien deja una conversación cerrada. El resultado de todo esto, le comento, es que estamos perdiendo toda una generación de lectores, los niños, que deberían ser los lectores del futuro.

-“Se ha roto la cadena, no hay editores para este tipo de publicaciones. Las grandes editoriales como TBO, Valenciana, Bruguera o Maga, se hundieron y se ha roto la tradición de lectores, de lectores de editores y de autores. El lector viejo se ha olvidado de que existían y el lector nuevo no sabe que existen, excepto un grupo de aficionados que vive en las catacumbas, que son los que frecuentan las librerías especializadas. Cuando mi editor dice que me promocione, pues pienso que no servir  de nada. Si saliese en la tele y la gente dijera “voy a comprármelo”, al salir a la calle no lo encontraría porque en el quiosco no lo venden. Es decir, la promoción no sirve para nada porque las tiradas son tan cortas y se venden por unos caminos tan especiales que solo lo dominan la gente de la catacumba, la gente que es aficionada”. Me agrada esa definición de catacumbas, da la idea de un grupúsculo de pocos seguidores que luchan escondidos contra el sistema, no deja de tener su lado romántico.

Las copas están vacías y los ánimos caldeados, por lo que Carlos prepara unas nuevas dosis de sus exquisitos gintonics. Me enseña algunos de los borradores que está haciendo para Paracuellos, sencillamente excelentes y aprovechamos para encarar la parte final de la entrevista alejándonos un poco de la situación del tebeo, y nada mejor que hablar del tema de  moda, la dichosa red de redes y la posibilidad de que el papel sea sustituido por el formato electrónico. Carlos se ríe y me contesta:

-“Yo te voy a llevar la contraria desde el principio: no se ha fabricado, no se ha consumido tanto papel como ahora, el fax, el ordenador… Yo cuando hago cosas con el ordenador, me quedan unos residuos de papel que sirven para borradores que nunca en mi vida he utilizado tanto. Consumo mucho mas papel en el ordenador que antes.”

– “Sí, pero estas nuevas tecnologías dan nuevos recursos creativos, ¿no?”

-“Lo que pasa con el cómic en internet, que en estos momentos seguro que hay gente ya trabajando, es que al momento de estar en internet dejar  de ser cómic, modificar  el medio. El hecho de que lo modifiquen no es malo, pero lo cierto es que ser  otra cosa. A los cuatro días un cómic hecho para internet no será  un cómic, incluso le pondremos un nombre diferente, “tebeonet”. Porque es inevitable que si le puedes poner voz o ponerle animaciones al cuarto día, tendremos un procedimiento narrativo diferente que yo creo que ir  a medio camino entre los cómics y los dibujos animados”.

En eso tiene razón, ya que las experiencias que estamos viendo son una extraña mezcla entre cómic y dibujos animados pobres. Sin embargo, hay interesantes propuestas como la de Scott McCloud de cambiar la secuenciación, de jugar con el formato manteniendo el concepto de viñeta.

-“Puede ser interesante, pueden salir productos maravillosos y muy dignos, pero ser  otra cosa, otro momento, otras tecnología y por tanto otro medio. Porque, a fin de cuentas, aquí hace que la historieta sea historieta? Al fin y al cabo son imágenes dibujadas… ¿Por qué no llamamos historieta a los dibujos de Durero? ¿Porque no tenían textos? Mentira, sí que tenían textos de vez en cuando. ¿Sabes lo que ha hecho que la historieta sea la historieta? El que esté impresa en un periódico. Yo pienso que si hay que definir la historieta como algo, para mí,  lo que entendemos como tebeo es cuando existe la imprenta, cuando existe una difusión popular, masiva, de sacar muchas copias. Un dibujo hecho una sola vez es un cartel de ciego. ¿Por qué no llamamos tebeo a un cartel de ciego? Porque se lo llamamos cuando se empieza a publicar en los periódicos, cuando las tiradas son muy grandes, es barato, se reproduce muchas veces es popular. En el momento que los dibujos, con filacterias o sin filacterias, con bocadillos o sin ellos, dibujados primorosamente como Caran d’Ache… Los llamamos cómic cuando se imprimen, sacamos muchas copias a bajo precio en papel. Cuando le quitemos el papel, ser  otra cosa, le pondremos otro nombre el que sea”.

Su concepción del tebeo me recuerda a la de Eisner, muy centrada en el tebeo clásico y, en el fondo, yo también estoy de acuerdo. Ese punto fetichista del aficionado que necesita su copia, oler la tinta… Algo que se pierde en un cómic electrónico.

-“Es que el tebeo tiene también una cosa importante, el objeto. No es lo mismo un álbum de Glenat que sacarme yo las copias. Es más, ¿qué es lo que ha quedado del tebeo? El coleccionismo. Este tebeo no me los saque de la bolsa de plástico porque pierde su valor. Es el objeto y eso es lo primero que perderíamos si sacamos un tebeo por internet”.

Me enseña la versión que tiene de la revista MAD en cd-rom, una serie de discos en las que se incluyen todos los números de la revista satírica americana. “Me pongo el disco en el ordenador y me hojeo página por página y cuando llega una, dibujo,  saco una copia, o lo amplio, o simplemente una copia de la página y la calidad es estupenda… Pero si me saco todas las páginas de MAD y las coso con una grapa, no es lo mismo”.

Apago la grabadora, que ya va siendo hora y comentamos la experiencia del lector de tebeos al llegar a ese álbum que tanto le gusta, saborear su olor, sentir el ruido de sus páginas nuevas. Carlos es un amante de los tebeos y eso hace que las experiencias, con años de distancia, sean las mismas. Seguimos hablando de Jonás, su obra no publicada, y de las posibilidades de nuevas series, nuevas ideas. Y me confiesa su nerviosismo ante el pequeño papel que le ha dado Guillermo del Toro, al que se refiere con gran cariño. Es difícil aceptar que hay que irse del estudio de Carlos, su cordialidad y jovialidad y su buen hablar hace que la conversación se pueda prolongar durante horas y que parezca que han pasado minutos. No nos despedimos, nos emplazamos a disfrutar de una buena paella un día de estos.

 

 

 

 

Repaso al 2020 (III): Revistas y reediciones

Repaso al 2020 (III): Revistas y reediciones

Hace 40 años, el formato revista era el imperante en los cómics, pero los cambios en los hábitos de consumo, la aparición de nuevas opciones de consumo cultural y la apertura de nuevas posibilidades tecnológicas en el campo de la edición provocaron una revolución editorial. El formato de aparición periódica tendría todavía resistencia durante un par de décadas más en el comic-book, pero la edición en formato de libro, desde el tankoubon del manga a la novela gráfica, pasando por el TPB americano (evolucionado a la “Original Graphic Novel”, comenzó un lento pero imparable aumento que lo ha hecho hoy el formato dominante. Sin embargo, la revista sigue teniendo una capacidad de resiliencia envidiable y sigue ahí, pero reconvertida en dos nichos fundamentales: por un lado, la conexión directa con la actualidad a través de la sátira y el humor, con El Jueves como exponente más evidente. Por otro, la exploración de nuevas posibilidades narrativas y creativas, la experimentación y el descubrimiento de nuevos autores, que ha llevado este formato a un limbo de difícil definición, entre el fanzine más combativo y el prozine más exquisito.

Este año hemos visto la aparición de varios interesantes intentos para recuperar este formato. Sin duda, Lardín es uno de los proyectos más sugerentes, que reúne tanto a autores y autoras veteranos como Josep María Beà, Gallardo, Vallès, Max, Mariscal, Martí, Onliyú, Isa Feu o Calpurnio con autores y autoras jóvenes como Marc Torices, Flavita Banana, Alexis Nolla o Luci Gutiérrez, por solo citar algunos del más de centenar de autores que han pasado por sus tres primeros números. Lardín apuesta por la reflexión y el humor inteligente, por una sátira de aspecto atemporal pero que no es ajena a la realidad y la actualidad, construyendo una propuesta atractiva y necesaria.

Por su parte, el incansable Juanjo El Rápido vuelve a lanzar una exquisita propuesta de revista con La residencia (Nuevo Nueve), que prueba esta vez el modelo de suscripción desde una selección autoral extraordinaria. Raquel Alzate, Calo, Del Barrio, Enrique Flores, Fermín Solís, Amelia Navarro, Max, Olivares…  La lista de firmas es apabullante y el resultado, impresionante.

Otra editorial que se ha subido al carro de este formato es Ominiky, que publica El Faszine de Ominiky, una propuesta que puede marcar un camino de recuperación del formato al ofrecer a un precio muy competitivo, en versión impresa y digital, una publicación que actúa como presentación de las obras y autores y autoras de la editorial. Buen ejemplo es el segundo número dedicado por completo a Óscar Martín.

Pero también hay intentos de recuperar las revistas de toda la vida: Isla de Nabumbu ha sacado la revista de terror KNOX dentro de un proyecto intermedial que incluye colaboraciones de Juan de Dios Garduño, Víctor Cinde, Tamo Castellano, Fausto Galindo y Claudio Sánchez. La portada de Sanjulián nos retrotrae con efectividad a los recordados tiempos del Creepy, evidenciando que el género de terror tiene una serie de claves y recursos (y quizás, suficientes acólitos) que funcionan a la perfección en este formato, como demuestran otras opciones como la revista CTHLHU (Diábolo) o Monster Mash (Fester), la primera ya totalmente consolidada y la segunda dando buenas vibraciones con ese segundo número.

Otras propuestas tradicionales como TMEO o Amaníaco siguen con una mala salud de hierro, intentando lidiar con las dificultades pandémicas (especialmente graves en el caso del TMEO, que se financiaba por la venta en bares y pubs, el sector más damnificado en esta pandemia) buscando nuevas opciones de distribución a través de internet. La propuesta de revista manga con autoría patria de Planeta, Planeta Manga parece consolidarse con bastante éxito, abriendo no pocas posibilidades para el futuro. En esta línea se puede incluir eme21mag, que si bien ha perdido la esencia fundacional de M21, sigue contando con indudables colaboradores y colaboradoras de excelencia, en algunos casos con entregas de calidad brutal, como las de Santiago Sequeiros.

Aunque sin duda, lo que más ilusión nos hizo este año en este capítulo fue ver la efímera resurrección de El Víbora (La Cúpula). Desde el ciberespacio, la mítica cabecera volvió durante unos meses para acompañar los rigores del confinamiento. ¿Se podría soñar con una vuelta de la publicación, aunque solo fuera en el ámbito digital? ¡Quién sabe!

En el apartado de reediciones, me van a permitir no se exhaustivo, porque el listado es, simplemente, inmenso. La reedición se hace un hueco en el ámbito editorial español con un espacio propio y, por lo que parece, sólidamente establecido. Es cierto que las dos iniciativas más amplias de reedición se circunscriben al ámbito superheroico: tanto ECC como Panini siguen una política muy potente de reediciones de material clásico de DC y Marvel, respectivamente, que parece tener buena acogida entre los lectores. Así, hemos visto recopilatorios en diferentes formatos, de más o menos lujo, como las obras guionizadas por el siempre interesante Grant Morrison: La patrulla Condenada, All Star Superman (ECC) o sus New X-Men (Panini). Otros recopilatorios muy recomendables son la revisión en términos de género de terror que hacen Ewing y Bennet El Inmortal Hulk, la divertidísima Hulka de Slott y Bobillo; la contundente Ruinas de Warren Ellis; el Parábola de Stan Lee y Moebius o clásicos ya indiscutibles como La Tumba de Drácula (todos de Panini) o una nueva edición del Dark Knight de Miller. Pero de todas las ediciones de género superheroico, mi preferida ha sido, de lejos, la edición integral del Estela Plateada de Dan Slott y Mike Allred (Panini), a mi entender una de las obras más emocionantes y rendidas al género que han dado los superhéroes en la última década.

Destaca también, obviamente, la labor que está haciendo la editorial Dolmen en la recuperación de clásicos de prensa americanos: a las excelentes ediciones del Príncipe Valiente, El Hombre Enmascarado o Flash Gordon de Raymond, se han sumado indispensables como Terry y los Piratas, Johnny Hazard o Dick Tracy, siempre en cuidadas ediciones que el trabajo de Rafa Marín y Jesús Yugo han convertido en referentes absolutos a nivel mundial. Una línea en la que hay que recordar también la edición en blanco y negro del Príncipe Valiente que hace Manuel Caldas, un trabajo amanuense y artesanal de recuperación de la línea original que ha llegado al último volumen de la etapa de Foster, completando una tarea titánica. El portugués seguirá editando obras clásicas como Casey Rugles o el Tarzán de Russ Maning.

Pero no se han quedado ahí las recuperaciones. Sin duda, una de las más interesantes es la que está haciendo la editorial ECC de las obras de Alberto Breccia. Uno de los grandes maestros del cómic del que hemos visto recuperadas joyas como Drácula, Dracul Vlad? Bah!, Había otra vez… El lado oscuro de los cuentos infantiles, Buscavidas, Sueños pesados o Un tal Danieri (y aquí debo agradecer la oportunidad de prologar la obra de uno de mis autores preferidos, espero que hayan sido una lectura complementaria interesante). La misma editorial es la responsable de la recuperación de la obra de Richard Corben, con obras como La casa en el confín de la tierra, la adaptación de Hogdson y, sobre todo, la magistral Mundo Mutante, uno de los cómics más importantes de los 80. También de esta editorial ha sido la iniciativa de recuperar uno de los clásicos del cómic infantil, Anita Diminuta, de Jesús Blasco.

La editorial Norma también se ha apuntado un buen número de reediciones interesantes, como los integrales de La Mazmorra, de Sfar y Trondheim; el clásico de la ciencia-ficción El rompenieves, de Jacque Loeb y Rochette ;los del divertidísimo Gastón el Gafe de Franquin; nuevas y cuidadas ediciones de Corto Maltés, de Hugo Pratt; el Ernie Pike de Pratt y Oesterheld, una de las grandes obras maestras del género bélico; el riguroso Érase una vez en Francia, de Fabien Nury y Sylvain Vallée, y dos obras fundamentales del género negro en el cómic: el Evaristo de Carlos Sampayo y Solano López y Nestor Burma, Leo Malet y Jaques Tardi.

Otras recuperaciones destacables han sido la de Los casos de Perro Nick, de Gallardo (La Cúpula), todo un clásico del género negro en el irónico Technicolor® de este autor; la extraordinaria y surrealista Mono de trapo, de Tony Millionare (Editorial Barrett), posiblemente el mejor seguidor de Herriman junto a Jim Woodring; el vitriólico Squeak the Mouse de Mattioli (Flugencio Pimentel); la maravillosa El almanaque de mi padre, de Jiro Taniguchi (Planeta); el brillante noir 5 el número perfecto, de Igor; la sugerente reflexión sobre la autoría de Es un pájaro, de Steven T. Seagle y Teddy Kristiansen; la biblioteca de historias de terror de los años 50 que edita Diábolo, que llega a su sexto volumen con Fantasmas o el impresionante despliegue visual de Howard Chaykin en Espadas del cielo, flores del infierno (Yermo Ediciones).


Eso sí, si me pidieran que me quedara solo con una de las reediciones que se han hecho este año, no lo dudaría: el Marcelín de Sempé (Blackie Books). Posiblemente no sea el mejor tebeo de la historia, pero oigan, es el que mejor te deja después de leerlo.

 

Seguro que faltan muchos en este listado, no lo duden, ha sido un año excelente en este apartado también.

Repaso al 2020 (II). Lo mejor (Parte 2)

Como decíamos ayer, este 2020 ha sido uno de los más espectaculares en cuanto a calidad de obras. Tendremos que esperar al tradicional informe de Tebeosfera para saber cómo ha afectado la pandemia al número de novedades anuales, en crecimiento desorbitado durante los últimos años y que, es de esperar, haya sufrido una reducción drástica. Quizás esa reducción ha llevado a las editoriales a intentar salvar el balance económico del año con la temporada de navideña, concentrando en el último trimestre no solo el mayor volumen de novedades, sino apostando claramente por unos lanzamientos estrella que, en otras condiciones, habrían encontrado acomodo en Sant Jordi o el Salón del Cómic. No hay más que comprobar que en el listado de los 40 mejores, casi el 50% son novedades de ese periodo.

Pero el listado de este año podría ser inacabable. Tanto, que me veo obligado a continuar la lista de recomendaciones del año con otras tantas obras que, sin ningún problema podrían entrar en el primer listado. La elección de las 40 mejores, como siempre, responde a criterios personales, pero la calidad de las obras es tan alta, que podría sentirme muy cómodo incluyendo en ese listado inicial cualquiera de las siguientes.

En Imbatible 2 (Base) ya no tenemos la sorpresa, pero Pascal Jousselin sigue exprimiendo las posibilidades del lenguaje del cómic como nadie, logrando que cada página sea un reto compositivo y narrativo original. El niño que, de Juan Berrio (Nuevo Nueve) es un perfecto ejemplo de la exquisita sensibilidad de un autor que puede zambullirse en la nostalgia sin quemarse por sus excesos, logrando que el lector se reconozca y entre en la obra. Manifiestamente anormal (La Cúpula) es una vuelta al espíritu del fanzine combativo con el que Max hace balance de la pandemia. Grano de Pus, de Aroha travé y Rosa Codina (Pus Comix) es uno de los mejores exponentes de que el underground sigue vivo y con una salud de hierro.

Cuaderno Arcaico Muralis (Degomagom) es un apasionante experimento formal de Pablo Auladell, que transforma la ilustración en una herramienta narrativa única. Corredores aéreos, de Etienne Davodeau (La Cúpula) hace una disección despiadada de la decadencia de los cincuenta. Davodeau nos lanza a la cara la nostalgia para que nos demos cuenta de que es imposible vivir en ella. Ya era hora que tuviéramos otra obra de Gabrielle Bell: Todo es inflamable (La Cúpula) es un sugerente relato de la pérdida del pasado a través de un incendio en la casa familiar. La aceptación del propio cuerpo es el tema de dos obras muy distintas pero muy recomendables: P. Mi adolescencia trans, de Fumetti Brutti (Continta me tienes) y Cinzia, de Leo Ortolani (Nuevo Nueve).

Por su parte, Verdad, de Lorena Canotieri (Iliana Editorial) nos lleva a la guerra civil española para desplegar un ejercicio de virtuosismo visual que se convierte en evocador de sentimientos. Tres formas de entender la ciencia ficción muy diferentes: No te vayas sin mí, de Rosemary Valero-O’Conell (Astiberri) es una preciosa historia de amor a través de universos paralelos. Anunnaki, de Vicente Montalbá (Bang Ediciones) se apropia de las conspiranoias y leyendas urbanas para crear una obra que usa su socarrón humor para ir mucho más allá.

XTC69, de Jessica Campbell (Astiberri) lleva la lucha feminista al espacio interestelar con humor y una muy recomendable mala leche. Mi retiro, de Abraham Martínez (Bang) es historia ficción que se pregunta sobre las muchas teorías de la supervivencia de Adolf Hitler. Con La ciudad de cristal (Impedimenta), Isabel Greenberg sigue su indagación incansable de la relación de la humanidad con sus ficciones, esta vez fijándose en el universo literario las hermanas Brontë. El chico de los ojos de gato (Satori) recupera al maestro del terror nipón, , Kazuo Umezz, con una obra que genera inquietud en cada página.

¿Me estás escuchando?, de Tillie Walden (La Cúpula) certifica a su autora como una de las voces más sugerentes e interesantes del cómic americano actual y una de las autoras que mejor lleva al papel las relaciones personales. La soledad del dibujante, de Adrian Tomine (Sapristi) es un divertido retrato de la vida cotidiana del dibujante, de sus inseguridades, miedos y buenos momentos. Todo lo que hace Tom Gauld es recomendabilísimo, pero siento debilidad por sus tiras que reflexionan sobre la ciencia, recopiladas en El Departamento de Teorías alucinantes (Salamandra).

Alpha Decay se apunta el debut de Keiler Roberts en nuestro país con Isolada, una obra de apariencia sencilla sobre la vida cotidiana, pero que lanza al lector retos de reflexión escondidos con un humor tan sutil como efectivo. El humano, de Diego Agrimbau y Lucas Varela (La Cúpula) es una eficaz historia de ciencia-ficción que entronca con las enseñanzas de los Humanoides. En Transparentes. Historias del exilio colombiano (Astiberri) Javier de Isusi explora al realidad de un exilio impuesto, denunciando desde el compromiso y la honestidad una situación terrible. Subnormal, de Fernando Llor y Miguel Porto (Evolution Comics) parte de la experiencia personal de Iñaki Zubizarreta para construir una contundente historia contra el buying en las aulas, una obra necesaria.

Box, de Daijiro Morohoshi (Satori) es un sorprendente juego de espejos, un rompecabezas donde los mayores terrores son los que esconde siempre el ser humano. El dificil mañana, Eleanor Davis (Astiberri) es una sugerente reflexión sobre el futuro, que se aleja de las distopías habituales para entrar en terrenos más inquietantes, el de un futuro posible.  La tercera parte de García, de Santiago García y Luis Bustos (Astiberri) es la mejor de todas hasta ahora: un divertido homenaje a uno de los personajes clásicos del cómic español sirve como acerada herramienta de análisis de la actualidad. Bowie, de Steve Horton, Michael Allred y Laura Allred (Norma Ed.) es un festival visual en manos de los Allred, un homenaje irredento al músico disfrutable en cada página. Catorce de julio, de Bastién Vivés y Martin Quenehen (Diábolo) aporta una sugerente reflexión sobre el nivel de histeria que vive la sociedad en el temor al otro, al diferente.

Multimillonarios, de Darryl Cunnignham (Evolution) es un recorrido por las personalidades de las mayores fortunas del mundo y, también, un inquietante paseo por la desigualdad y los modelos que esta sociedad patrocina. #2, de José González (Spaceman Project) repite esquema de la anterior entrega y logra lo que busca: un viaje a alas entrañas de la creación que permite ver las bambalinas del autor. Dementia 21, de Shintaro Kago (Ponent Mon) puede parecer a simple vista una de las obras más “suaves” del autor, pero la divertidísima sátira que plantea es una bestial crítica de la sociedad actual y de cómo tratamos a nuestros mayores. Rosie en la jungla, de Nathan Cowdry (Fulgencio Pimentel) es una de las sorpresas de la temporada, una irónica y perversa revisión de la aventura desde las bases de la cultura popular más ingenua e infantil.

Galdós y la miseria, de El Torres y Alberto Belmonte (Nuevo Nueve) es una interesante aproximación a la biografía del literato desde la ficción. Por su parte, Estela Plateada: Negro, de Tradd Moore y Donny Cates (Panini) parte de un argumento canónico del superhéroe para buscar la experimentación a través de un dibujo que retrotrae a la psicodelia. Alois Nebel, de Jaroslav Rudis y Jaromir 99 (Gallo Nero) es una interesante y compleja aproximación a la situación y realidad de las naciones ocupadas por la URSS durante los años 60. En el terreno de los superhéroes, interesante Regreso del caballero oscuro, El chico dorado, de Frank Miller y Rafael Granmpá (ECC), que devuelve al personaje por un camino de evolución más lógico e interesante que DKIII. Sin olvidar La Gran Novela de los 4 Fantásticos, de Tom Scioli (Panini), que sigue el camino de Piskor con los mutantes novelando la larga tradición del grupo fundador de Marvel al mejor estilo de la Gran novela americana, o la espectacular labor de Javier Rodríguez en La historia del Universo Marvel, sobre guiones de Mark Waid (Panini).

También muy sugerente la reescritura del personaje que plantea Daniel Warren Johnson en Wonder Woman: Tierra Muerta (ECC Ediciones), jugando con el origen mitológico y nuevas líneas argumentales postapocalípticas. Y muy, muy refrescante la línea Young Adult de DC que está editando la Editorial Hidra en España, con obras tan divertidas como el ¡Hola, liga de la justicia!, de Michael Northrop y Gustavo Duarte o la muy interesante Harley Quinn. Cristales Rotos, de Mariko Tamaki y Steve Pugh.

La medicina gráfica ha tenido un gran impulso este año en nuestro país con la aparición de la editorial Saludarte, que ha publicado la fundacional Un mal médico, de Ian Williams y la emotiva honestidad de El cáncer de mamá, de Brian Fies. Una línea en la que bien se podría incluir La traición de lo real, de Céline Wagner (Ponent Mon), sobre la esquizofrenia de Unica Zürn.

El cómic de temática social también ha tenido un buen año: a los muchos ya citados hay que añador, sin duda, Habla María, de Bef (Astiberri), el relato del autor sobre su hija autista; Todas nosotras, Elisabeth Casillas e Higia Garay (Astiberri), sobre la lucha contra las leyes antiaborto en EL Salvador;  Homo Machus, de Javirroyo (Lumen), una divertídisima y vitriólica reflexión sobre el machismo que todavía inunda nuestra sociedad; Ofensiva Final, de Miguel Ángel Giner y Susana Martín (Dolmen) una curiosa aproximación a la realidad de Centroamérica desde una ficción próxima; Todos nazis, de Aleix Saló (Reservoir Books), que vuelve a mostrar su lucidez a la hora de analizar el auge de la ultraderecha en Europa; Memoria de una guitarra, de Román López Cabrera (Evolution), que analiza la relación de la música con la lucha antifranquista o La máquina que nunca duerme, de Ivan Grennberg, Everett Patterson y Joseph Canlas (Flow Press), inquietante ensayo sobre la vigilancia que se ha impuesto en nuestra sociedad. De agradecer es siempre recuperar el excelso barroquismo de Sergio Toppi en Americania (Ponent Mon), pura experimentación narrativa. Una experimentación que está en la esencia de Dúplex, de VV.AA: (Marmotilla Ediciones), una interesante antología sobre el diálogo entre poesía y cómic; o en el sugerente Dormir es morir, de Gabri Molist (Bang Ediciones) que se zambulle en el onirismo desde fondo y forma.

Bueno es siempre encontrarse con las continuaciones de series estimables como la tercera y última entrega de Epiphania, de Ludovic Debeurme (Kraken Cómics), excelente obra de ciencia-ficción, o la segunda de Pepino Héroe de leyenda. El reino de las olas, de Gigi DG (La Cúpula), un delicioso tebeo infantil de aventuras. O encontrarse con autores a los que da gusto seguir, como Nadar que se une a Julian Frey en la apasionante El cineasta (Astiberri), sobre la vida de Édouard Luntz; Fidel Martínez, que demuestra la potencia y expresividad de su trazo en Sarajevo Pain (Norma Ed.); a Miguelanxo Prado en el muy divertido El Pacto del Letargo (Norma Editorial); Rayco Pulido en Ida y vuelta (Ediciones Idea) o Salva Rubio y Ricard Efa en Django (Norma Ed)

La autoedición también ha sido potente este año: no hay que olvidar obras tan interesantes como la potente Dios, Patria, Fueros y Altsasu, de Elias Taño; la sorprendente Triatlón, Marta Cartú; el didáctico y no menos divertido Como hacer un cómic sin puta idea, de Javier Marquina y Rosa Codina o la deslumbrante La villa luminosa, de maría Ramos, Pepa Prieto Puy y Ana Galvañ.

Y como todo esto deberían comprarlo en una librería, no está de más conocer el mundo interno de las libreras, aunque sean japonesas, con la delirante La librera calavera, de Homda-San (Fandogamia).

Mañana, más, con una selección de las espectaculares reediciones que se han hecho este año y de las interesantes revistas que han aparecido.

Repaso al 2019 (I): Lo mejor

 Resulta curioso decir que los tebeos que más me han emocionado en este 2019 no han sido publicados en papel, pero la realidad es esa: las exposiciones Viñetas desbordadas, de Max, Sergio García y Ana Merino y El dibuixat, de Paco Roca han sido un punto de inflexión absoluta en mi forma de entender esa trinidad extraña en la que milita el cómic como arte, medio y lenguaje. Me han fascinado rompiendo todo esquema y preconcepción, toda idea que tuviera sobre el noveno arte se ha quedado corta y me han demostrado que el cómic es un lenguaje con unas posibilidades artísticas y mediáticas por explorar, del que apenas vislumbramos la punta del iceberg. Ha dejado atrás cualquiera de las tradiciones y estériles discusiones bizantinas en las que se enquista en mundillo (“novela gráfica”, “esto no es un cómic”…) para centrarnos en las infinitas preguntas que quedan por contestar, muchísimo más apasionantes. Le dedicaré una larga entrada a este tema, aprovechando que tuve la suerte de estar vinculado estrechamente a una de ellas.
Dejemos las posibilidades y vayamos a las realidades de papel, ya sea analógico o virtual. Como ya es habitual en los últimos años, hacer un listado de “lo mejor del año” comienza a ser labor imposible: pese a que creo que he leído más cómics que nunca (creo que he leído entre 450 y 500 tebeos, auténtico récord, muchos más si contamos las infinitas reediciones que ya había leído), tengo la sensación de que apenas es una mínima fracción de lo publicado. Lo que me lleva a pensar que todas estas listas pierden su sentido, ya no son una visión personal y subjetiva de los mejores cómics del año: son un simple listado de prejuicios, los que he tenido al hacer mi selección previa de lecturas. Quizás por eso, tengo la impresión de que la calidad media de las lecturas ha sido muy alta, aunque quizás sin obras que me estremezcan, que me quiten la respiración y me dejen maravillado. Vale, acepto que con la edad se pierde la capacidad de fascinación y nos instalamos en cierto escepticismo existencial, pero siempre ha habido una obra que te rompía esquemas mentales, que te sacaba de los márgenes establecidos para encontrar nuevos caminos. Es verdad que ha habido obras soberbias -ojo a las tres primeras de la lista-, pero incluso el siempre reverenciado Chris Ware, que firma una verdadera joya indiscutible con Rusty Brown… no me ha sorprendido. No os equivoquéis: es impresionante lo que hace y, como es habitual en él, encuentra nuevos recursos narrativos en cada página, lo que hace la lectura apasionante…pero tengo cierta sensación de “ya leído” (lo que no deja de ser cierto: llevo siguiendo la edición americana de ACME desde sus inicios, así que casi el 75% del libro lo había leído, pero no es por eso) que me fastidia.  No me malinterpretéis: es una impresión subjetiva y personal, los tebeos que voy a citar en esta lista son en muchos casos, extraordinarios, algunos de ellos, auténticas obras maestras del cómic moderno. Y ha habido sorpresas, por supuesto, obras que rompían esquemas y que abrían camino para la reflexión sobre el lenguaje del cómic (ahí está el Cadencia de Massó o el Imbatible de Jousselin).

No me hagáis demasiado caso, el turrón niebla mis neuronas. Vamos a la lista de Lo mejor del año 2019 de La Cárcel de Papel (con las típicas advertencias: es una lista personal e intransferible y, por tanto, que cada cual la use de acuerdo a sus gustos y apetencias y siempre bajo el seguimiento profesional de su librero/a preferido, que luego vienen las quejas).

Este año, una referencia especial a lecturas que no han sido traducidas al castellano: la sensacional Nancy, de Olivia Jaimes (https://www.gocomics.com/nancy). Una puesta al día de la obra maestra de Bushmiller que sabe ser fiel a ese estilo tan particular, pero desde una perspectiva moderna en sus planteamientos. Brillantísima serie que esperemos se vea por aquí algún día.

Respecto a la lista de tebeos publicados en España, este año me ha costado mucho hacer la selección: como ya he dicho, quizás las tres primeras del listado se encuentran claramente muy por encima de las demás, pero el resto de obras tienen un nivel excelente y homogéneo que hace muy, muy complicado decidir cuál entra o no, en una especie de inmenso ex aequeo de imposible jerarquización.

  1. ¿Es así como me ves?, de Jaime Hernández (La Cúpula)
  2. Ventiladores Clyde, de Seth (Salamandra Graphic)
  3. Rusty Brown, de Chris Ware (Reservoir Books)
  4. Vidas paralelas, de Olivier Schrauwen (Fulgencio Pimentel)
  5. Bezimena, de Nina Bunjevac (Reservoir Books)
  6. Mi vida en barco, de Tadao Tsuge (Gallo Nero)
  7. En un rayo de sol, de Tillie Walden (la Cúpula)
  8. La esperanza pese a todo, de Émile Bravo (dibbuks)
  9. La noche que llegué al castillo, de Emily Carroll (Sapristi)
  10. Gràfica Radiant, diari ARA
  11. Inframundo, de Pep Brocal (Astiberri)
  12. Cadencia, de Roberto Massó (Fosfatina)
  13. Niño prodigio, de Michael Kupperman (Blackie Books)
  14. Sabrina, de Nick Drnasso (Salamandra Graphic)
  15. Intisar en el exilio, de Pedro Riera y Sagar Fornies (Astiberri)
  16. El Buscón en las Indias, de Guarnido y Ayrolés (Norma Editorial)
  17. El último faraón, de François Schuiten, Van Dormael, Gunzig y Durieux (Norma)
  18. Tú, una bici y la carretera, de Eleanor Davies (Astiberri)
  19. En otro lugar, un poco más tarde, de David Sanchez (Astiberri)
  20. Diario de Italia, David B (Impedimenta)
  21. Guy, retrato de un santo bebedor, de Ruppert, Mulot y Olivier Schrauwen (Fulgencio Pimentel)
  22. Mi amigo Luis, Carlos Giménez (Reservoir Books)
  23. Palimpsesto, de Wool-Rim Sjöblom (Barbara Fiore Editora)
  24. Imbatible, Pascal Jousselin (Editorial Base)
  25. Tomar refugio, Zeina Abirached y Matthias Enard (Salamandra Graphic)
  26. El cuidado de los pájaros, de Francisco Sousa Lobo (Reservoir Books)
  27. Intensa, de Sole Otero (Astiberri)
  28. Piratas del Multiverso, de danixove (Instagram)
  29. Ocultos, Laura Pérez (Astiberri)
  30. La mentira y como la hemos contado, de Tommi Parrish (Astiberri)

Las tres primeras son, a mi entender, indiscutibles: en ¿Es así como me ves?, Jaime Hernández demuestra una magistralidad casi insultante en el desarrollo de esa historia de apariencia tan sencilla y tan contundente en su mensaje, un auténtico canto a la vida y al ejercicio de un recuerdo ajeno a la nostalgia, que reivindica lo vivido y el pasado como parte ineludible de nuestro presente, sin lugar para el remordimiento, el arrepentimiento o el dolor, solo para la celebración de que, pese a todo, estamos aquí. Un planteamiento que está en el extremo opuesto del de Chris Ware en Rusty Brown, inmisericorde retrato de la miseria de la vida humana que no da espacio para la esperanza ni la compasión ante la mediocre realidad de nuestra existencia. Entre los dos polos, Seth plantea una situación intermedia en Ventiladores Clyde, que acepta ese infinito bucle de repetición en el que se encuentra atrapado el ser humano con una resignación que sabe encontrar resquicios para el equilibrio. Vidas paralelas, de Olivier Schrauwen es un divertido delirio que rompe y machaca sin remisión los cánones de la ciencia-ficción para, sin embargo, ser fiel a esos principios del género que llevan siempre a la reflexión sobre nuestra realidad.

Bezimena, de Nina Bunjevac, sorprende desde ese planteamiento de cuento ilustrado, casi infantil, para sumergir al lector en la dureza del abuso sexual. Sería injusto valorar la obra de Tadao Tsuge a la sombra de su hermano, como bien demuestra Mi vida en barco, brillantísimo acercamiento a una vida que toma sentido a partir de los pequeños caprichos que nos permitimos.  Tillie Walden confirma que el prejuicio de la juventud hacia la autoría es tan injusto como absurdo: En un rayo de sol es una obra coral vibrante, viva, que recuerda desde su personalidad propia al universo de Locas de Jaime Hernández, moviéndose con firmeza en un original escenario de ciencia-ficción para narrar ritos de paso reconocibles con libertad y frescura. De Émile Bravo poco se puede añadir: si su paso por Spirou ya es una de las obras maestras de este siglo XXI, su nueva incursión en la creación de RobVel, La esperanza pese a todo, se dirige rauda a superarla, con una primera entrega apasionante y con un nivel de reflexión difícil de encontrar en el cómic mainstream (y no mainstream).

Sigo embriagado por la potencia gráfica de Emily Carroll en La noche que llegué al castillo, una obra de pura visceralidad visual, que arrebata al lector desde su primera página. Y para cerrar la primera decena de obras, un proyecto colectivo: Gràfica Radiant, brillante iniciativa del diari ARA que deja a los autores una página del diario con un único reto, romper esquemas, experimentar y descubrir con la página. Y los resultados acompañan, porque los autores y autoras que han pasado por la sección han demostrado de la libertad siempre es respondida.

Sin duda una de las mejores obras nacionales del año ha sido Inframundo, de Pep Brocal, original, divertida y apasionante revisión del mito de Dante en términos de cultura popular contemporánea que se disfruta en una primera lectura y luego explota como fuegos artificiales al conectar el universo referencial que maneja. Cadencia, de Roberto Massó, es una de esas obras que obligan a sentarse y reflexionar, porque al poco de pasar las primeras páginas de esta obra de radical experimentación formal, es evidente que toda idea que tuviéramos sobre la historieta era equivocada. Es posible que pase desapercibida para el gran público, pero estoy convencido que esta obra generará miles de páginas de reflexiones académicas sobre la historieta, sus límites y potencialidades. Conocía la obra de Michael Kupperman y me encantaba su aproximación al humor absurdo, a un non-sense que no tiene nada que ver con lo que encontraremos en Niño prodigio, biografía de su padre que, desde la brillante reflexión sobre el tratamiento de los niños estrella en los mass-media, propone una sugerente catarsis personal sobre la relación con su padre.

Llegaba con el prestigio de la nominación al Premio Booker, pero Sabrina, la nueva obra de Nick Drnasso, no necesitaba el ruido mediático para destacar: potentísima reflexión sobre el papel de las redes sociales en una sociedad donde el periodismo ha perdido sus ejes éticos para buscar likes a la desperada. Intisar en el exilio, de Pedro Riera y Sagar Fornies es un brutal puñetazo en el estómago, que retoma al personaje de El coche de Intisar (con Nacho Casanova al dibujo) para lanzar una contundente y demoledora denuncia de la terrible ignorancia que Europa está protagonizando ante el horror de la guerra en Yemen. El Buscón en las Indias, de Guarnido y Ayrolés es una sorprendente continuación del clásico de Quevedo que juega con acierto a actualizar la picaresca clásica con el modelo moderno del cine de robos, de Rufufú y El golpe a Ocean’s Eleve. Las continuaciones de Blake y Mortimer se han movido con irregularidad manifiesta entre la excelencia (La maquinación Voronov) y lo olvidable (para qué dar ejemplos…), pero El último faraón, de François Schuiten, Van Dormael, Gunzig y Durieux rompe con éxito con la tradición de seguir clónicamente el estilo gráfico y verborreico de Jacobs para introducir a la pareja en un universo paralelo al de las Ciudades Oscuras con acierto y éxito que piden más.

Tú, una bici y la carretera, de Eleanor Davies es una de esas obras de lectura pausada, donde un simple viaje en bicicleta va desgranando una búsqueda personal que solo intuimos en segundo plano, en esos escenarios que van conformando un discurso propio. Bien distinto es En otro lugar, un poco más tarde, de David Sanchez, pero coincide en la importancia de los escenarios como inductores de un sueño lisérgico, tan extraño como hipnótico y subyugante. Sigo con lugares: Diario de Italia, de David B es una particular revisión del tradicional Cuaderno de Viajes que parece imbuido del espíritu de Papini, convirtiendo las ciudades en crisoles de historias y mitologías. La unión de Ruppert y Mulot y Olivier Schrauwen permitía cualquier resultado por extraño que pareciera y Guy, retrato de un santo bebedor es una de esas infinitas posibilidades que vienen unidas por un nexo común: la búsqueda de nuevos límites para la narración gráfica, en este caso desde la tradición del género de piratas.

Mi amigo Luis es una nueva incursión de Carlos Giménez en la memoria de la posguerra, abordando ahora relatos recordados que siguen componiendo un fresco único de nuestra historia, absolutamente imprescindible. Palimpsesto, de Wool-Rim Sjöblom es una de las sorpresas de este año: un relato periodístico de la búsqueda de los padres biológicos de la autora que se revela como una categórica denuncia de los procesos de adopción de niños asiáticos. Imbatible, de Pascal Jousselin es una de esas obras que te deja boquiabierto y que te demuestra que el lenguaje del cómic permite posibilidades increíbles imposibles para cualquier otro medio, relato de superhéroes canónico basado en el ejercicio metalingüístico del mayor poder que pueda tener un héroe en el cómic: dominar el lenguaje de la historieta. Tomar refugio, de Zeina Abirached y Matthias Enard es una brillante reivindicación del papel de la mujer en la construcción histórica desde dos historias de amor imposible, bellamente retratadas por Abirached.

El cuidado de los pájaros, de Francisco Sousa Lobo es una obra desasosegante que se atreve a meterse en la mente de un pedófilo, atreviéndose a romper tabúes y fronteras no escritas. Intensa, de Sole Otero es pura frescura y alegría, una de esas obras que se leen con una sonrisa de oreja a oreja pese a que está retratando el amor humano como la marcianada suprema… Una de las sorpresas del año ha sido, sin duda, la divertida y original Piratas del Multiverso, una serie que danixove está desarrollando en Instagram (@danixove) y que se atreve con todo, machacando mitos con alegría desprejuiciada para encontrar su propio discurso.

Ocultos es una excelente ocasión para disfrutar de la elegancia narrativa de Laura Pérez, que se zambulle en el misterio de lo paranormal para crear haikus gráficos de una belleza visual mesmerizante. Por su parte, gran descubrimiento el de Tommi Parrish, que con La mentira y como la hemos contado compone un desolador retrato de unas relaciones humanas construidas alrededor de mentiras que han pasado a ser casi inconscientes en el tiempo de las redes sociales.

 

Esto sería mi selección personal de 30 obras, pero podría haber cambiado casi cualquiera de las últimas veinte por el elegante minimalismo de Stygryt en Felipe IV (Coco Press), la poética reivindicación del amor de Ser amado, de Javier Lozano (Fulgencio Pimentel) o la dolorosa realidad de California Rocket Fuel, de Lorenzo Montatore (Sugoi); la brillante y sorprendente potencia gráfica de Ser leyenda, de Del hambre (Banda Aparte editores); la renovación del underground que plantea Aroha Tarve en Carne de cañón (La Cúpula) o la potencia del relato personal de Sucumbir, de Andrea Ganuza (Gráficas Valiente). Igual fuerza tiene la aproximación a la esquizofrenia de La batalla de esquizo (Nuevo Nueve), con un impresionante trabajo gráfico de Manuel Alonso Iglesias o la reflexión sobre la emigración de El año de la rata, Martín López Lam (Salamandra Graphic), por no hablar de la brutal denuncia del comercio de operaciones estéticas de Helter Skelter, de Kyoko Okazaki (Ponent Mon). Me ha encantado (¡por fin!) el comienzo del nuevo ciclo de Los Pasajeros del Viento de Bourgeon en La sangre de las cerezas (Astiberri), igual que que la brillante deconstrucción del género que firma Lisa Hanawalt en Coyote doggirl (Astiberri). Hay que destacar el acierto y tino de Ruben Pellejero y Juan Díaz Canales para crear una historia fundacional de Corto Maltés que podría haber sido firmada por el mismísimo Pratt en El día de Tarowean (Norma); y me está gustando mucho la particular fantasía de un futuro de mutaciones excluidas que plantea Epiphania, de Ludovic Debeurme (Kraken). Maravilloso el descubrimiento de Elisa Macellari y su Papaya Salad (Liana Editorial), una aproximación histórica a la cultura thai desde una inspiración gastronómica proustiana. The eyes, de Javi de Castro es una espléndida demostración de las posibilidades de los nuevos recursos que aporta la red. No mires atrás (La Cúpula) confirma a Anabel Colazo como una autora a seguir gracias a una sugerente aproximación al universo creepypasta. The inmortal Hulk, de Al Ewing y Joe Bennet (Panini) es una acertada revisión del mito del gigante verde en clave de terror Warren, un auténtico “revival” setentero al que podríamos sumar en clave ochentera La gran novela de Patrulla X 2 de Ed Piskor (Panini). Epílogo, de Pablo Velarde (Nuevo Nueve) es un sorprendente thriller de lo más recomendable, mientras que ¡Socorro!, Roberta Vázquez (Apa Apa) es una genialidad que demuestra que el undeground sigue vivo y tiene sentido. Quizás Los estados divididos de histeria (Dolmen) no sean la obra maestra de Howard Chaykin, pero mantiene incólumes su mala leche y sardónica mirada a la realidad americana. Mies, de Agustín Ferrer (Grafito) es un brillante trabajo biográfico sobre el famoso arquitecto. El club de las chicas malas, de Ryan Heshka (Autsaider) es una alocada y deliciosa serie Z que podría haber sido firmada por John Waters. Paranoia Star, de Suehiro Maruo (ECC) recupera las claves de este inquietante e inclasificable autor, mientras que Reiraku, de Inio Asano (Norma Editorial) es una durísima reflexión sobre la creación en una durísima industria. La cantina de medianoche 1: Tokyo Stories, de Yaro Abe (Astiberri) es uno de esos mangas gastronómicos que aprovechan el olor de ramen recién hecho para reflexionar sobre el ser humano con indudable acierto (y gusto). La sangre extraña, de Sergi Puyol (Apa Apa) es una obra extraña e inquietante, que se atreve a unir la otredad con la obsesión desde un planteamiento casi onírico. Noticias de Pintores, de María Luque (Sigilo) es una curiosísima aproximación a la historia del arte desde la anécdota que plantea una lectura paralela del arte realmente interesante. Mangy Mutt, de Óscar Raña (Fosfatina) se encuadra dentro de esas obras que plantean rupturas formales apasionantes y sugerentes de nuevas posibilidades a explorar. Hicotea, de Lorena Álvarez (Astiberri) es la demostración de que el cuento está más vivo que nunca, pero necesita ser rescrito y replanteado desde nuevos imaginarios, como el vibrante que plantea Álvarez. Y, para acabar, no podemos olvidar en este listado el divertidísimo y mordaz  Vivan las vacas, de  David Prudhomme y Pascal Rabaté  (Norma) y la contundente reflexión sobre el arte de ¿Arte?, ¿Por qué?, de Eleanor Davis (Barrett).

(Continuará)

Repaso al 2018 (II): Clásicos y reediciones

Se está convirtiendo ya en costumbre el espectacular nivel de la edición de clásicos y reediciones de obras de gran calidad. Vaya por delante, sin duda, la labor que está haciendo la Editorial Dolmen con su línea de clásicos de tiras de prensa, que bajo la dirección de Rafa Marín y con Jesús Yugo en la dirección artística está consiguiendo una edición casi canónica de obras maestras del noveno arte como el Flash Gordon de Alex Raymond o el Prince Valiant de Harold Foster, a los que este año se han sumado la fundamental Johnny Hazard de Frank Robbins o referentes del comic-strip como Phantom, Mandrake y Agente Secreto X-9. Una auténtica gozada a la que la editorial suma la recuperación de uno de los mejores tebeos de nuestro país: el imaginativo y maravilloso Pumby, de José Sanchis, con el asesoramiento de Antonio Busquets. Una moda de reediciones de clásicos a la que Planeta se ha unido con la edición del primer volumen de Rip Kirby, de Alex Raymond. Una excelente noticia que debe consolidarse, para entender la importancia que ha tenido la tira de prensa americana clásica en la definición y evolución del lenguaje del cómic. Clásicos indiscutibles que, como se está haciendo en estos casos, deben editarse con la necesaria contextualización de unas obras que en algunos casos cargan ya sobre sus espaldas con más de 7 décadas, ayudando y guiando al lector en la comprensión de la importancia de unas obras que no pueden ser leídas sin tener en cuenta su momento de creación y la influencia posterior que crearon.

Dentro de esta línea de recuperación de clásicos, hay que hacer especial mención a la labor continuada que está haciendo la editorial Panini reivindicando desde diferentes líneas los clásicos del comic-book de superhéroes de la editorial Marvel. Ediciones de clásicos como La saga de Fénix Oscura, de Claremont y Byrne, la colección dedicada a Jim Starlin con algunas de sus obras más recordadas, como La saga de Thanos o El Guantelete del Infinito; el Dr. Extraño de Gene Colan; los Nuevos Mutantes de Claremont y McLeod; el Capitán Britania de Moore, Delano y Davis o las famosas novelas gráficas de La muerte del capitán Marvel, de Jim Starlin; Dios ama, el hombre mata de Claremont y Anderson o Elektra Asesina de Miller y Sienkiewiccz son solo algunas de las muchas recuperaciones de clásicos del cómic de superhéroes, a las que hay que añadir colecciones míticas de la editorial como Werewolf by night o Sang-Chi. Junto a estas, hay que añadir la reedición de series tan destacables como Hulka de Dan Slott y Bobillo, La visión de Tom King y Gabriel Hernández Walta: el Iron Fist de Brubaker, Fraction y David Aja o el Marvels de Busiek y Ross. En esta línea de recuperación de clásicos del género hay que incluir también a la editorial ECC, que se apunta series como el Escuadrón Suicida de Ostrander, Wonder Woman de George Pérez; El cuarto mundo de Jack Kirby; Green Lantern/Green Arrow de O’Neill y Adams o Astro City de Busiek. La editorial sigue recuperando todos los clásicos de Vértigo, como el Sandman de Gaiman; Y, el último hombre, de Brian K Vaughan y Pia Guerra o La cosa del Pantano de Moore, a lo que hay que añadir la continua reedición en diferentes versiones de ya clásicos como el Dark Knigth de Miller, La broma asesina de Moore y Bolland, V de Vendetta o Watchmen. Junto a estas, reediciones en formato integral de series muy destacables de los últimos tiempos como El sheriff de Babilonia, de Tom King y Mitch Gerads o el Scalped de Jason Aaron.

Hay que añadir a la labor de estas dos editoriales la de Diábolo, que ha comenzado a editar la colección de clásicos del comic-book de género dirigida por Craig Yoe con el inclasificable (y genial) Frankenstein de Dick Briefer.

La recuperación de cómic europeo sigue con fuerza, con dos obras fundamentales a la cabeza: por un lado, la exquisita edición en integrales del Spirou de Franquin que está realizando Dibbuks y la de El teniente Blueberry de Norma. La editorial Ponent Mon ha seguido con su línea editorial de clásicos europeos con las colecciones de Barbarroja, Tanguy y Laverdure, Yoko Tsuno o Buddy Longway, a la que ha añadido otra recordada obra, el Simon del Río de Auclair. Y sigue apostando por el fumetti italiano con la poco conocida Siberia, de Attilio Michelluzzi.

La editorial ECC ha seguido publicando todo un referente del western, la excelente Ken Parker, de Berardi y Milazzo y una de las mejores obras del cómic europeo moderno, Mr. Jean, de Dupuy y Berfberian. Astiberri recuperó dos obras magistrales de Lapière y Pellejero: Un poco de humo azul y El vals del gulag, mientras que Fulgencio Pimentel se marcó una edición exquisita de Sócrates, de Sfar y Blain.

El manga también ha tenido sus clásicos, como la espectacular colección dedicada a Osamu Tezuka que ha editado Planeta, con la recuperación de la magistral Black Jack, a lo que hay que añadir la edición de Satori de Mi vida sexual y otros relatos eróticos,  de Shotaro Ishonomori o el delirante Lupin III de Monkey Punch que ha editado Panini.

El cómic español no se ha quedado atrás: este año ha sido el de la decisiva y necesaria edición del Cuto de Jesús Blasco (ECC), todo un clásico de nuestro cómic, junto con la edición integral del Eloy, de Hernández Palacios (Ponent Mon). Además, se ha reivindicado a dos autores poco recordados, como Rafael Auraleón, del que la Asociación Cultural Tebeosfera ha editado la recopilación de historias cortas Caos; y a Leopoldo Sánchez, del que Ponent Mon ha publicado también una selección de historias cortas bajo el título Tú mismo. Por último, alabar el buen gusto de Reino de Cordelia al recopilar las historias cortas de Elisa Gálvez y federico del Barrio en Tiempo que dura esta claridad.

Y para acabar el repaso, hay que destacar especialmente la espectacular edición remasterizada de una obra maestra absoluta: El Eternauta de H. G. Oesterheld y Francisco Solano López (Norma).

Repaso al 2018 (I): Lo mejor

Comentaba en el artículo publicado en Babelia lo difícil que ha sido hacer listas este año. Hay razones que comienzan a ser sistémicas, como el elevadísimo número de novedades, que hace prácticamente imposible hacer una lista de “mejores” más allá de la apreciación de ser los mejores de lecturas personales, que se convierten en una pequeña muestra del total. Sirva como ejemplo que, leyendo entre 300 y 400 tebeos al año, hace 20 años podía leer casi un 30% de la producción de tebeos y, hoy, a duras penas alcanzo el 10%. Una muestra evidentemente poco representativa, en tanto la selección previa no responde a más criterio que intuiciones personales. Posiblemente acertadas, que la edad es un grado y uno ya peina canas en lo que le va o no a gustar, pero que sesga inevitablemente la elección y, con seguridad, deja fuera obras de gran calidad. Otras razones aluden a la indudable calidad media de lo publicado en España: aunque el número de novedades no deja de crecer, solo hay que hacer un rápido repaso a reseñas y medios para comprobar que existe cierta unanimidad en el excelente nivel que han tenido las novedades de este año, independientemente de fobias o filias por géneros o temáticas determinadas. Eso sí, ojito a la producción nacional de este año, porque el nivel medio es extraordinario: ya sea la obra de nuevas generaciones o de veteranos, la producción propia ha sido espectacular.

Dicho todo esto, aquí va la selección habitual de todos los años de “Lo mejor del 2018”, con los avisos pertinentes de rigor: es una selección personal y, seguramente, intransferible, que en modo alguno intenta ser un canon, sino algo tan simple como una selección de mis lecturas. Como siempre, las posiciones son meramente indicativas, quizás los 3 o 4 primeros sí pueden clasificarse como “mis mejores lecturas del año”, pero del resto, sírvanse de adecuar las posiciones como más les apetezca.

  1. Mis amigos son los monstruos, de Emil Ferris (Reservoir Books)
  2. Martha y Alan, de Emmanuel Guibert (Salamandra)
  3. Nejishiki, de Yashuhiro Tsuge (Gallo Nero)
  4. Impertérrito, de Federico del Barrio (Reino de Cordelia)
  5. ¡Universo!, de Albert Monteys (Astiberri)
  6. Nieve en los bolsillos, de Kim (Norma Editorial)
  7. Picasso en la guerra civil, de Daniel Torres (Norma Editorial)
  8. El rey carbón, de Max (La Cúpula)
  9. La tierra sin mal, Raúl (Dibbuks)
  10. La tierra de los hijos, de Gipi (Salamandra)
  11. Poulou y el resto de mi familia, de Camille Vannier (Sapristi)
  12. Poochytown, de Jim Woodring (Fulgencio Pimentel)
  13. El tesoro del Cisne Negro, de Guillermo del Corral y Paco Roca (Astiberri)
  14. Yo, loco, de Antonio Altarriba y Keko (Norma Editorial)
  15. El día 3, de Laura Ballester, Miguel A. Giner y Cristina Durán (Astiberri)
  16. Canción de Navidad, de Carlos Giménez (Reservoir Books)
  17. Orlando y el juego 4, de Luis Durán (Diábolo)
  18. Cenit, de María Medem (Apa Apa Cómics)
  19. Pantera, de Bretch Evens (Astiberri)
  20. El método Gemini, de Magius (Autsaider)
  21. Nueva mística de Vigo, de Begoña García Alén y Javiér Fernández Navazas (Autoedición)
  22. Los puentes de Moscú, de Alfonso Zapico (Astiberri)
  23. Gus 4, de Blain (Norma)
  24. Berlin libro 3, de Jason Lutes (Astiberri)
  25. Pulse enter para continuar, de Ana Galvañ (Apa Apa Comics)
  26. Cuidado, que te asesinas, de Lorenzo Montatore (La Cúpula)
  27. El caso Alain Lluch, de Mr. Kern (Autsaider)
  28. Barbara Maravilla, de Marta Alonso Berná (Astiberri)
  29. El príncipe y la modista, de Jen Wang (Sapristi)
  30. The black holes, de Borja González (Reservoir Books)

 

La primera posición este año estaba cantada: la obra de Emil Ferris es una creación titánica que obliga a replantear muchas preconcepciones. La autora norteamericana llega al cómic, permítanme la expresión, como elefante por cacharrería, demoliendo cualquier formalismo previo en busca de recursos que le permitan desplegar una obra tan ambiciosa y poliédrica como fascinante. Hila sin rubor historias muy alejadas, temáticas que van de lo personal a la ficción pasando por la denuncia social, jugando con el lenguaje de la historieta desde perspectivas que van de la nostalgia a la reflexión metalingüística, combinando referencias de arte y cultura popular, ilustración tradicional con cómic, experimentación con exquisita tradición. Un cóctel que podría anunciarse como inmiscible, pero que en sus manos encaja como un puzle mágico que va tomando forma ante nuestros ojos. Lo que más me gusta son los monstruos es una obra que maravilla en su primera lectura, pero que llama a volver a ella una y otra vez para encontrar pequeñas joyas escondidas en el caleidoscopio de relatos que entrelaza. Sin duda alguna, a mi entender estamos ante una de las obras más importantes de la década, una obra magistral a la que se le dedicarán ríos de tinta y que todavía nos depara una segunda parte que se está haciendo esperar más de lo debido. Aunque de apariencia más clásica, la obra de Emmanuel Guibert , Martha y Alan, comparte con la de Ferris un planteamiento rompedor con la tradición narrativa del cómic. Este precioso relato del enamoramiento juvenil se basa en el uso de grandes ilustraciones, que podrían hacer pensar en el lenguaje del libro ilustrado, pero que Guibert define claramente como historieta en el fluir secuencial de la historia, en esos pequeños detalles que conforman la elusiva definición de qué es el cómic. Por último, en este podio de cabeza de nuevo una obra de Tsuge, en este caso una recopilación de cuentos cortos donde destaca especialmente el que da nombre al libro, Nejishiki, una hipnótica composición que traslada a la viñeta las sensaciones del sueño como nadie lo ha hecho antes: un tránsito continuo entre lo real y lo irreal, entre el deseo contenido y la liberación de las represiones que deja al lector en un estado de extraña conexión con sus propios sueños.

Tras estas, un bloque de obras de producción propia que demuestran el extraordinario nivel que alcanza nuestro cómic. En este primer grupo, obras de veteranos que vuelven al cómic, como Del Barrio o Raúl, o de aquellos que están instalados en un momento de magistralidad absoluta, como Kim, Torres o Max. Comienzo por Impertérrito, de Federico del Barrio (Reino de Cordelia), continuación natural de dos obras adelantadas a su tiempo como Relaciones y Simple, dos obras maestras del tebeo que reflexionan sobre el lenguaje del cómic y que en esta nueva entrega sigue desarrollando ese diálogo continuado entre obra y autor para indagar sobre los orígenes de la creación. Sin duda, una obra que se emparenta con la de su compañero en la añorada revista Madriz, Raúl, que con La tierra sin mal (Dibbuks) plantea un sugestivo viaje por la imagen, componiendo la narración a través de la fragmentación de imágenes estáticas, consiguiendo un relato que ahonda en el misterio que hay tras una fotografía, en los miles de historias que se esconden fuera de foco. La lectura de esta obra es mágica, obligando al lector a descubrir más allá de ese primer vistazo, a detenerse e imaginar con el autor. En esta línea de reflexión debe incluirse la última creación de Max, El rey carbón (La Cúpula), que traza con inteligencia e ironía una cronología del momento en que la humanidad decidió crear a través de la línea, del dibujo. Siguiendo el camino de sus últimas obras, su pesquisa nace en el pasado, en el relato de Plinio el Viejo, para indagar a través de la forma en los nuevos caminos no narrativos que el cómic está explorando, pero integrándolo de forma natural en su narración de minimalista trazo, pero contundente reflexión en la que el humor, siempre, se presenta como la expresión máxima de la inteligencia. El camino de la realidad y la ficción se entrecruza en Picasso en la guerra civil, de Daniel Torres (Norma Editorial), auténtico tour de force narrativo en el que el valenciano imagina a un Picasso historietista a través de un tebeo que narra la creación de un cómic que a su vez veremos en la obra. Una matrioshka comiquera absolutamente milimétricamente confeccionada que logra que el lector pierda la noción de ficción y realidad para entrar plenamente a creer esta versión alternativa que podría haber sido. Dos opciones que Kim y Monteys exploran desde versiones bien separadas, pero igualmente brillantes: ¡Universo!, de Albert Monteys (Astiberri), es una extraordinaria incursión en la ciencia-ficción desde el respeto a los cánones del género, pero sin renunciar al humor socarrón del autor, pero con momentos realmente magistrales, como la historia de los amantes desincronizados, que pasará a los anales del noveno arte. Por su parte, Kim explora una realidad paradójicamente desconocida: la de la emigración española a Alemania en la década de los 60. Nieve en los bolsillos (Norma Editorial) es un relato necesario de una historia no solo desconocida, sino tergiversada y manipulada por una verdad oficial que aun hoy se acepta como la única. Kim descubre un escenario que destroza argumentos utilizados de forma habitual hoy en día, contando sus vivencias personales, pero dejando generosamente espacio para aquellos que nunca pudieron contar sus historias.

Toda una sorpresa ha sido ver a Gipi en el género postapocalíptico, pero el italiano no solo se adentra sin problemas, sino que compone una historia subyugante en La tierra de los hijos (Salamandra). Posiblemente, una de las lecturas más refrescantes de este año ha sido Poulou y el resto de mi familia, de Camille Vannier (Sapristi), composición de recuerdos del abuelo de la autora que descubren a un personaje inclasificable, pero que es mostrado con una habilidad narrativa que desmonta cualquier prejuicio y anima a unirse con alegría a la trayectoria vital de Poulou, que nos encandila desde la primera página. Obligado siempre incluir las nuevas entregas del Frank, de Jim Woodring, que en Poochytown (Fulgencio Pimentel) consigue crear una pesadilla en continuo crescendo que deja al lector perturbado, atrapado en Unifactor sin posibilidad de escape.

Con El tesoro del Cisne Negro (Astiberri), Paco Roca abandona la ficción y el espacio personal para entrar en el periodismo gráfico a partir del relato de Guillermo Corral sobre la recuperación del tesoro encontrado por el Odyssey. Pero Roca tiene la innata habilidad de convertir en oro narrativo todo lo que toca y transforma el relato periodístico en una aventura pura con aromas tintinescos, que no renuncia al rigor de la historia (más allá de un preventivo cambio de nombres) ni al sabor de la aventura. Con un planteamiento más ortodoxo en su aproximación periodística, El día 3, de Laura Ballester, Miguel A. Giner y Cristina Durán (Astiberri), se erige como una investigación demoledora sobre el terrible accidente de metro que vivió Valencia en 2006. Rigurosidad absoluta para mostrar una realidad escondida por intereses económicos y políticos, que olvidó reivindicar el dolor de las víctimas de este accidente. Una obra necesaria. La “trilogía del Yo” de Keko y Antonio Altarriba sigue avanzando con Yo, loco (Norma Editorial), en el que la locura se alza como lugar de estudio y espacio para la denuncia, en este caso una contundente crítica a la labor de las farmacéuticas que no deja títere con cabeza. Envuelto en el cómodo papel de regalo del universal cuento de Dickens, la Canción de Navidad, de Carlos Giménez (Reservoir Books) esconde una amarga y durísima reflexión del autor sobre su propia vida. Continuación natural de Crisálida, esta nueva entrega juega con un lector que se ve lanzado a una montaña rusa de sentimientos, contrastando la optimista moraleja dickensiana con una realidad desconsoladora, brutal, sin concesión ninguna. Giménez se mira en un espejo que no refleja ninguna esperanza, solo la indefectible certidumbre de una muerte que siente cercana. Y, con su magistralidad habitual, traslada al lector esos sentimientos y sensaciones sin posibilidad de escape, como un mazazo que lo deja completamente desvalido. Durísimo, pero extraordinario. Luis Durán sigue creando con la cuarta entrega de Orlando y el juego (Diábolo) un enciclopédico viaje por la cultura popular, que nace de la nostalgia para ir componiendo con inteligencia una teoría del todo que conecta todas las realidades creadas desde la imaginación humana. Esperamos con impaciencia la nueva entrega.

 

Cenit (Apa Apa Cómics) es la primera obra larga de María Medem, en la que plasma con acierto todas sus inquietudes gráficas, enclavadas dentro de la corriente de “poesía gráfica”, para desarrollar un thriller de la cotidianeidad donde color e imagen se entrecruzan para ir más allá de la apariencia de normalidad para encontrar nuevos caminos expresivos. Ese juego de espejos está también presente en Pantera, de Bretch Evens (Astiberri), en apariencia un colorido cuento infantil, pero que poco a poco ira sugiriendo un trasfondo oscuro que deja la decisión final en el lado del lector. Se podría decir que estamos ante una revisión tenebrosa del clásico de Watterson, que consigue realmente inquietar con un planteamiento extraordinariamente sutil, que necesita de la complicidad del lector para leer entre líneas ideas que nunca explicita. ¿Es nuestra imaginación nuestro peor aliado o estamos ante un grito de auxilio escondido? Decide el lector. Donde no hay nada que decidir es en El método Gemini, de Magius (Autsaider), sorprendente incursión en el género de gangsters y mafiosos que se codea con desvergüenza con los clásicos del cine. Magius desarrolla una historia canónica excelente, que basa su fuerza en el agresivo uso del color y la milimétrica composición del argumento. La poesía gráfica se consolida como un genero fundamental del cómic con obras como Nueva mística de Vigo, de Begoña García Alén y Javier Fernández Navazas (Autoedición), que exploran con acierto las posibilidades expresivas de la historieta más allá de la secuencia y la narración, usando el grafismo como elemento fundamental de una composición rítmica visual que provoca sensaciones y sentimientos.

No era fácil traducir una conversación entre Eduardo Madina y Fermín Muguruza al lenguaje de la historieta, pero Alfonso Zapico lo borda en Los puentes de Moscú (Astiberri), consiguiendo un cómic fundamental para entender el pasado del País Vasco y, por extensión, de nuestra sociedad actual. La serie de Blain es una de las mejores reescrituras del western moderno, pero en su cuarta entrega, tras ocho años de espera, Gus (Norma) alcanza un nivel soberbio. Paradójicamente, deja al protagonista para centrarse en Happy Clem y avanzar en esa inspección del Far West no solo desde el uso de grafismos clásicos como el de Gus Bofa, sino incorporando retazos de realidad como la historia de Phineas Gage, acertadas elecciones para el mejor álbum hasta el momento de la saga. La realidad en toda su extensión es el origen de Berlin, de Jason Lutes (Astiberri), que cierra con su largamente esperado tercer volumen el relato de ese momento crítico de la historia europea que fue la República de Weimar. Tres volúmenes que pasan directamente a obra fundamental del cómic moderno. En Pulse enter para continuar (Apa Apa Comics), Ana Galvañ encuentra un hilo narrativo común para sus historias cortas, componiendo un retrato de la sociedad 2.0 tan atroz como extrañamente distorsionado, que muestra esquinas imposibles por las que se entrevé una realidad no contada, que se está construyendo mientras el lector lee la obra. Otra obra muy interesante de producción propia ha sido Cuidado, que te asesinas, de Lorenzo Montatore (La Cúpula), una fábula desclasada sobre que desde la impotencia de la página en blanco se zambulle en una introspección que adivinamos como personal, pero que resulta paradójicamente colectiva en sus conclusiones, elevando a Centramina y Optalidón, su pareja protagonista, a nuevos representantes de los tipos sociales del siglo XXI que padecemos.

El caso Alain Lluch, de Antoine Pinson Mr. Kern (Autsaider) eleva el concepto de provocación a un nuevo estatus que redefine lo grotesco incrustando en un delirante argumento a personajes de la cultura popular moderna, de Fidel Castro a Susan Boyle, lanzados a una trama lisérgica que consigue reunir todos los defectos del “mundo actual”© sin solución de continuidad. Bárbara Maravilla, de Marta Alonso Berná (Astiberri) me ha sorprendido por el agradable descaro con que aborda el género de superhéroes, demostrando que el supuesto canon del género es flexible y amplio, permitiendo mucho más que lo establecido por las grandes editoriales que lo dominan y ampliando su espectro. Jen Wang también demuestra en El príncipe y la modista (Sapristi) que el cuento clásico puede reescribirse sin temor, adaptándose a los tiempos que vivimos sin perder ni un ápice de su potencial como transmisor de valores, al contrario, ampliando sus márgenes y amplificando sus posibilidades. Y para acabar con esta selección de treinta obras, The black holes, de Borja González (Reservoir Books), que reescribe el cuento clásico como un contenedor de sensaciones visuales, de momentos y silencios construidos con el trazo.

 

Referencia especial a la revista M21, que sigue con su excelente nivel gráfico, y a TikTok cómics, que se reconvierte en cuenta de Instagram, TrisTras, y que está dando a conocer a un listado inmenso de nuevos de autores y autoras (ojo a Marta Altieri ).

Pero la lista podría haber sido muy amplia, incluyendo obras como la exquisita dureza de Kamimura en Una mujer de la era Showa, junto a Kajiwara (ECC), la elegancia de Juan Berrio en Siete sitios sin ti (Dibbuks); la demoledora visión de la realidad laboral de Esclavos del trabajo, de Daria Bogdanska (Astiberri); la acertada adaptación del clásico de Zweig El jugador de ajedrez, de David Sala (Astiberri); la inquietante ciencia ficción de Catarsis, de Moto Hagio (Tomodomo); la sorprendente espectacularidad visual de Onironiro, de Ana Sende (Kachinab Ediciones); la contundencia del Potemkin, de Pablo Auladell (Libros del Zorro Rojo); la curiosa mezcla de modernidad y clasicismo de La danza de los muertos, de Ferrero (La Cúpula); la afilada mirada a la sociedad de  Los cuadernos de Esther, de Riad Sattouf (Sapristi); la desvergonzada frescura de Mi novio caballo, de Xiomara Correa (Reservoir Books); la brillante puesta al día de Torrezno en La última curda, de Santiago Valenzuela (Panini); el vanguardista Röhner, de Max Baitinger (Fulgencio Pimentel); la potencia argumental de Ulna en su torreta, de Izu Toru (ECC); la cruel belleza del cuento en Belleza, de Hubert y Keraskoet (Astiberri); la divertida aproximación autobiográfica de Mamen Moreu en Desastre (Astiberri); la hermosa desesperación que esconde Zenobia, de Durr (Barbara Fiore); la elegancia con la que Vittorio Giardino concluye el ciclo de Jonas Fink (Norma); la sinceridad abrumadora de Mi experiencia lesbiana con la soledad, de Kabi Nagata (Fandogamia); la tristeza omnipresente de Pescadores de medianoche, de Tatsumi (Gallo Nero); el brillante ajuste de cuentas de La mujer leopardo: Una aventura de Spirou, de Yann y Schwartz (dibbuks); la inteligente ironía literaria de Tom Gauld en En la cocina con Kafka (Salamandra); el delicioso aroma retro de Un verano Diabolik, de Smolderen y Clérisse (Norma Editorial); la naturalidad de #Unanovelagráfica, de Manuel Castaño (VialBooks); el despliegue visual de Andy, de Typex (Reservoir Books); la elegancia del trazo de Bastien Vivés en La Blusa (Diábolo); el retrato doloroso del mundo editorial para el autor de Línea Editorial, de Arnau Sanz (AIA); la divertida reinvención de Los Picapiedra de Russell y Pugh (ECC) o el riguroso retraso de la lucha por los derechos civiles de March, de John Lewis, Andrew Aydin y Nate Powell  (Norma).

(Continuará)

Repaso al 2017 (II): Reediciones y clásicos

El 2017 fue pródigo en tebeos de calidad, pero en lo que a reediciones corresponde, ha sido espectacular. Una circunstancia que se puede leer en términos de maduración de un mercado que ya considera como normal que las obras clásicas del tebeo estén permanentemente reeditadas o, por el contrario, como signo de ese mercado minimalista donde ya es rentable hacer tiradas muy pequeñas de cualquier cosa. Posiblemente, como siempre, la situación real se encuentra en el medio y, si bien algunas de las ediciones sean producto de la facilidad con la que hoy se edita en tirada pequeña, no se puede obviar que debe existir un mercado que las admita y que las considere, aunque sea en esos mínimos.

En cualquier caso, un año como digo excelente que hace que, casi me atrevo a decir, estas reediciones sean las grandes estrellas editoriales del 2017. Muy rápidamente, resaltemos la espectacular edición del Mort Cinder, de H.G. Oesterheld y Alberto Breccia que ha hecho Astiberri. Un clásico absoluto del noveno arte, una obra maestra que la editorial vasca edita rigurosa y exquisitamente, con una calidad que bordea ese concepto moderno del “artist’s edition”, permitiendo admirar el trabajo de los originales del maestro Breccia. El tebeo que hay que comprar si hubiera que elegir solo uno de este año. Un indispensable, como lo es la cuidada edición integral de Alack Sinner, de Muñoz y Sampayo publicada por Salamandra Graphic. Un grueso volumen de casi 700 páginas que recopila una de las grandes obras maestras del medio, de necesaria lectura y disfrute.

  

Astiberri también se ha marcado la recuperación de dos obras importantísimas: el Siete Vidas, de Josep Mª Beà y El último recreo, de Carlos Trillo y Horacio Altuna, la primera, una de las obras fundamentales del cómic español de los 80, toda una genialidad de Beà que aborda la autobiografía desde una mirada original y diferente. La segunda, un clásico de la ciencia-ficción moderna, comprometido y arriesgado, de nuevo con una calidad de edición espectacular.

 

Josep Mª Beà ha sido también protagonista de dos recuperaciones fundamentales: El hombre de los mil estilos y La muralla (Trilita). La primera descubrirá a muchos la infinita plasticidad de un autor que se multiplicó por innumerables seudónimos, creando con cada uno un estilo diferenciado y, en muchos casos, adelantándose a su época. El segundo, la introducción del carismático Gatony y una inmersión sin fondo en el onirismo.

 

El cómic español ha tenido más recuperaciones, como la necesaria de Anarcoma, de Nazario (La Cúpula), posiblemente la obra más irreverente y provocadora que ha tenido (y, seguramente, tendrá) nuestro cómic. La Cúpula ha recuperado también uno de sus clásicos, Alta Tensión, de Alfredo Pons, un autor que se sumerge en los bajos fondos de una sociedad que se estaba construyendo. De los años 80 es también la magistral Rambla Arriba, Rambla Abajo, de Carlos Giménez (Reservoir), una obra maestra que conecta Barrio con Los profesionales, cerrando el círculo de la memoria histórica de este país que ha firmado Giménez. Los clásicos del tebeo español se completan con la edición integral de Los grandes inventos del TBO, de Sabatés (Ediciones B), todo un referente de nuestro tebeo que saltó de sus páginas para convertirse en frase hecha.

 

Astiberri ha recuperado también obras modernas de autores españoles que son fundamentales para entender la evolución de nuestro cómic: Dr. Uriel, de Sento es una de las mejores obras sobre la guerra civil española, editada en recopilatorio con cariño y calidad; Carlitos Fax, de Albert Moneys (¡Caramba!) es una de las mejores obras de humor de los últimos años, todo un homenaje a la escuela clásica de Bruguera convenientemente actualizada y Una posibilidad, de Cristina Durán y Miguel Ángel Giner recopila las dos fundamentales obras de estos autores, emotivas a la par que necesarias. El tebeo europeo ha tenido también importantes aportaciones, como la reivindicada edición integral del Spirou de Franquin, que dibbuks borda en el volumen Spirou y Fantasio integral 1936-38. La editorial madrileña está cuidando la edición integral del famoso botones, y ha publicado también el volumen Spirou y Fantasio integral 1992-1999, de Tome y Janry, que incluye la interesante inédita “La maquina que sueña” y QRN en Zolburg una apasionante edición comentada. Siguiendo con el cómic francés, Reservoir Books ha editado un volumen de lujo de El Incal, de Jodorowsky y Moebius  y Planeta Cómic ha recuperado uno de los grandes cómics del género histórico, Las Torres De Bois Mauri Integral 1.  Ha tenido especial atención este año el cómic italiano, con las cuidadísimas ediciones de los Cuentos y leyendas, de Battaglia y Petra Chérie, de Attilio Micheluzzi, ambas de la mano de Ponent Mon, así como la edición de un clásico del western, el Ken Parker, de Milazzo y Berardi (ecc). Hasta el británico ha tenido su espacio con Casi todo Baxter: Nuevas y escogidas ocurrencias, de Glen Baxter (Anagrama).

 

El cómic japonés también ha tenido su parcela en reediciones importantes, como el extraordinario Hitler, de Shigeru Mizuki (Astiberri), la escalofriante Uzumaki, de Junji Ito (Planeta) o la magistral Ayako, de Osamu Tezuka (Planeta).

 

Respecto al cómic americano, la mejor noticia ha sido, sin duda, la puesta en marcha de la colección Sin Fronteras de Dolmen, que está realizando unas ediciones de referencia de los grandes de la tira de prensa. Y es que se nota el cuidado y cariño que ponen en la colección Rafa Marín en la dirección y Jesús Yugo en el diseño, cuidados y trabajados como pocas veces se han visto. Las nuevas ediciones de Prince Valiant, de Harold Foster, Johnny Hazard, de Frank Robbins, Flash Gordon, de Alex Raymond son, como digo, referencia para futuras ediciones y la mejor excusa para hacerse con estos clásicos inmortales de la historieta. Además, Salamandra Graphic ha recuperado un clásico moderno, La vida es buena si no te rindes, de Seth y Panini y ECC han mantenido su continua recuperación de clásicos de la historieta de superhéroes, desde la edición en grapa de Watchmen o el volumen 30 aniversario del Batman Año Uno (ecc) a grandes series de Marvel como Sang-Chi: Maestro del Kung-Fu o el Hulka, de John Byrne (Panini).

 

Repaso al 2017 (I): Lo mejor

Me van ustedes a perdonar la pose snob, pero las mejores lecturas que he tenido este año me las han proporcionado tebeos publicados allende nuestras fronteras. Que no es que el año patrio haya sido malo, ni mucho menos, como veremos más adelante, pero es que las seis obras que voy a comentar brevemente me han dejado patidifuso. La primera, la impresionante My favorite thing is monsters, de Emil Ferris (Fantagraphics), que ya está arrasando, con merecimiento y lógica en casi todas las listas que se han hecho de lo mejor del año en los USA. No es para menos, dejando de lado la sorprendente historia de su autora y su magnética personalidad (busquen entrevistas, se lo aconsejo), Ferris ha construido con esta obra un debut tan inesperado como inédito, en tanto está llamada a ser una de las mejores obras publicadas -y no exagero, creedme- en lo que llevamos de siglo XXI. Una historia que nace desde lo privado, desde el supuesto cuaderno de recuerdos, para ir creciendo en todas las direcciones. El diario de una niña que se cree hombre lobo en el Chicago de los años 60 y su investigación de la extraña muerte de su vecina abrirá una conexión en el tiempo hasta un terrible relato de abusos en la Alemania prenazi y el holocausto. Una ficción que bebe de la realidad para crear un discurso propio donde la aproximación gráfica es fundamental, con ese estilo hiperrealista a bolígrafo que construye la memoria a modo de nota desordenadas. A medida que ahondamos en su lectura, la sorpresa va en aumento: la obra va adquiriendo nuevos matices, nuevas lecturas, que nos permiten vislumbrar que esos paisajes caóticos conforman un monumento impresionante, con un sentido y una razón, haciendo que pasado, presente y futuro se diluyan en un único camino. Para el 2018 está prevista la aparición del segundo volumen de la obra en EE.UU. y del primero en España (publicada por Penguin Random House). La obra de la década.

La segunda, la contundente La terra dei figli, de Gipi (Coconino Press). El italiano se aventura en el género postapocalíptico, demostrando que las letanías que anunciaban su final por saturación solo recordaban el terrible veneno que supone la repetición para los géneros. Porque Gipi no necesita explicaciones ni justificaciones para adentrarse en la historia sin red, dejando que los personajes respiren, sufran y vivan, dejando que al lector la búsqueda de respuestas. Una de las mejores obras de este autor, que se publicará en España en 2018 de la mano de Salamandra Graphic. La tercera plaza corresponde a Les amours suspendus, de Marion Fayolle (Magnani), donde la autora prosigue con su particular uso del simbolismo gráfico para realizar una triple pirueta sin red, una apasionante reflexión sobre el amor, sobre la pasión y el enamoramiento que la autora compone a ritmo de comedia musical silente, de canciones que dialogan creando su propia música visual. Maravilloso. Y la cuarta de este particular podio es para Deserto/Nuvem, de Francisco Sousa Lobo (Chili Com Carne), en la que el portugués confirma ser uno de los autores más sugerentes del panorama europeo actual. Una obra formada por dos relatos: por un lado, el que realiza sobre la Cartuja de Évora, una magistral reflexión sobre la existencia, sobre el silencio y la creencia, en la que Sousa entremezcla la arquitectura de la página con la real. Por otro, el relato del proceso creativo, de la investigación y de sus reflexiones personales, de cómo la obra puede cambiar al autor.

Para el final dejo dos obras que, sin ser estrictamente de cómic, reflexionan sobre el medio desde distintas y apasionantes perspectivas: Variations, de Blutch (Dargaud) y Monograph, de Chris Ware (Rizzoli). La primera, un juego de homenajes en el que el dibujante recrea páginas de obras famosas de Morris, Franquin o Lauzier, entre otros muchos. Más allá de la curiosidad, el trabajo de Blutch nos habla de la plasticidad del medio, de cómo el discurso del autor es construido por su estilo. La segunda, un impresionante documento sobre el autor de ACME Novelty Library, una especie de desnudo integral de su proceso creativo, de la investigación gráfica del gran renovador del lenguaje del cómic.

Los mejores publicados por estos lares

“La edad de oro del cómic en España” fue un titular que desató no pocas polémicas, pero que recoge con exactitud la realidad que está viviendo el lector de cómics en nuestro país: una diversidad tan inabarcable como espectacular. El cómic forma parte ya de la oferta editorial de todas las editoriales, pequeñas y grandes, exhibiendo una oferta inimaginable hace 20 años. De las apenas 600 novedades que enumeraba el anuario del tebeo editado por Glénat en 1993 a las casi 4000 que tenemos 25 años después. Busquen lo que quieran: hay para cualquier lector, para cualquier gusto. Desde el aficionado que quiera lo más rupturista y vanguardista hasta aquél que solo quiera evasión, desde el que busca la reflexión más profunda al que quiere recuperar con nostalgia sus lecturas pasadas. Hay sitio para todos. Una abundancia que hace cada vez más difícil la confección de las “listas del año”, porque la sensación de que se han quedado muchas cosas fuera es casi opresiva. En mi caso, de las miles de novedades que salen en España puedo haber leído una cantidad muy importante, pero ridícula si la comparamos con el global. Y eso que juego con ventaja, porque muchísimas de las reediciones y recuperaciones que se han editado en nuestro país ya disfrutado, igual que muchas obras que ya había leído en su idioma original. Ventajas de la edad, que alguna tendría que tener. Pero, pese a mi disciplina de un tebeo diario, apenas llegaré a haber leído entre 400 y 450 de las novedades publicadas en España: poco más de un 10%. Querer hacer de ese porcentaje una generalidad es absurdo y poco riguroso. Así que estos listados son, simplemente, una selección de mis lecturas: tómenlos con la debida prevención y solo como una recomendación más cuya utilidad dependerá, por supuesto, de los gustos particulares de cada uno o cada una. Ahí va la lista (como siempre, el orden es más o menos a bulto, se podrían considerar grandes bloques de diez obras donde decidir que una es mejor que otra es casi absurdo y solo depende de gustos y del momento):

  1. Arsène Shrauwen, de Olivier Schrauwen (Fulgencio Pimentel)
  2. Cuttlas, de Calpurnio (DeBolsillo)
  3. El club del divorcio, de Kazuo Kamimura (ECC)
  4. La mujer de al lado, de Yoshiharu Tsuge (Gallo Nero)
  5. Pinturas de guerra, de Ángel de la Calle (Reino de Cordelia)
  6. Revista M21, de VV.AA
  7. Roco Vargas: Júpiter, de Daniel Torres (Norma)
  8. Estamos todas bien, de Ana Penyas (Salamandra Graphic)
  9. Nuevas estructuras, de Begoña García-Alén (Apa Apa)
  10. Las 100 noches de Hero, de Isabel Greenberg (Impedimenta)
  11. La levedad, de Catherine Meurisse (Impedimenta)
  12. Cómics 1994-2016, de Joulie Doucet (Fulgencio Pimentel)
  13. Los cuadernos de Esther, de Riad Sattouf (Sapristi)
  14. Face, de Rosario Villajos (Ponent Mon)
  15. El Sr. Lambert, de Sempé (Blackie Books)
  16. El patito Saubón, de Carlos Nine (Reservoir Books)
  17. Una hermana, Bastien Vivés (Diábolo)
  18. Cortázar, de Marc Torices y Jesús Marchamalo (Nórdica)
  19. Un policía en la luna, de Tom Gauld (Salamandra Graphic)
  20. El informe de Brodeck, de Manu Larcenet (Norma)
  21. Conociendo a Jari, de José Jajaja (Fulgencio Pimentel)
  22. Maldito Allende, de Olivier Bras y Jorge González (ECC)
  23. TIK TOK comics (http://www.tiktokcomics.com)
  24. La pequeña forastera, de Nagabe (ECC)
  25. Oscuridades programadas, de Sarah Glidden (Salamandra)
  26. Hâsib y la reina de las serpientes, de David B (Impedimenta)
  27. Estela plateada, de Dan Slott, Mike Allred y Laura Allred (Panini
  28. Las cosas del querer, de Flavita Banana (Lumen)
  29. Disparen al humorista, de Darío Adanti (Astiberri)
  30. Viñetas de plata, de Laura Pérez Vernetti (Reino de Cordelia)

 

Vale, acepto que hago un poco de trampa al colocar en primera posición el magistral e hipnótico Arsène Schrauwen, de Olivier Schrauwen (Fulgencio Pimentel). Es cierto que se debería colocar en la lista de “reediciones y recopilatorios”, pero aprovecho que el tercer volumen se publicó durante este año para justificar que esté en la lista principal. Justificación personal absurda, porque Schrauwen ha conseguido con esta obra crear algo que trasciende cualquier medida. Los hallazgos formales de esta aventura fitzcarraldiana son inacabables, pero que no oculten un discurso que es capaz de transitar sin despeinarse desde el realismo mágico al surrealismo, desde el costumbrismo al relato colonial, de la reflexión psicológica a la histórica. Y es posible que con Cuttlas, de Calpurnio (DeBolsillo) se pueda argumentar que es un recopilatorio de las planchas publicadas en 20 minutos, pero me da igual: la genialidad de esta serie es apabullante, capaz de seguir innovando en cada historieta, capaz de extraer nuevas e inexploradas posibilidades a la narración gráfica después de 35 años. De El club del divorcio, de Kazuo Kamimura (ECC), solo puedo decir que ya era hora que se publicaran las grandes obras de un autor que en nuestro país solo se conocía a la sombra de Tarantino. Sus obras son brutales acercamientos a la miseria humana, que duelen al leerlos. Igual que las obras de Yoshiharu Tsuge, de quien Gallo Nero publica el recopilatorio de relatos cortos La mujer de al lado. Poco se puede decir de esta obra que no sean epítetos hiperbólicos. La primera obra española en la lista es el Pinturas de guerra, de Ángel de la Calle (Reino de Cordelia), un autor que se prodiga poco, demasiado poco, a la vista de la imponente obra que ha publicado este año. Una denuncia de la violencia de las dictaduras, pero que esconde capas y capas de reflexiones, personales, políticas, sobre la creación, sobre el arte. Una obra que en cada nueva lectura presenta nuevos caminos inexplorados.

Treinta y cinco años después de que la revista MADRIZ cambiara mi forma de apreciar la historieta, la emisora de radio municipal M21 recupera ese espíritu transgresor para crear la Revista M21, un sólido proyecto que toma aquel concepto para actualizarlo a través del lenguaje del periodismo. Una iniciativa de cómic periodístico con una selección fabulosa de autores y autoras, que sabe apostar por la innovación en el estilo, pero también por el respeto a los grandes autores. Para mí, desde luego, una de las grandes sorpresas de este año. Con Júpiter (Norma Editorial), Daniel Torres consigue lo imposible: volver a la saga de Roco Vargas para cerrar todos los flecos abiertos, para mirar atrás y tomar impulso hacia el futuro. Torres experimenta con la narración, se deja llevar por la exploración de nuevos caminos en lo gráfico, pero con mano firme en una historia que para el lector de la saga es perfecta y, me atrevo a decir, emotiva.

Estamos todas bien (Salamandra Graphic), es el sorprendente debut en la novela gráfica de Ana Penyas, una joven ilustradora que llega al cómic con las ideas muy claras y una obra que reivindica el recuerdo de esas mujeres calladas que vivieron durante la dictadura a través de a vida de sus dos abuelas. Penyas maneja los silencios con soltura, pero sobre todo me ha fascinado cómo narra con los segundos planos, con los escenarios, dándoles carta de protagonismo propio. Una obra excelente que promete mucho. Otra obra de autora fascinante es Nuevas estructuras, de Begoña García-Alén (Apa Apa), auténtico ejercicio de estilo en el que la autora desarrolla una recorrido por los lugares fijándose en las miradas en los pequeños objetos, componiendo un ritual de poesía visual en el que cada página actúa como la estrofa de un poema, en un difícil pero conseguido equilibrio de la imagen, de las viñetas y del texto que genera experiencias emotivas y sensitivas.

Y la primera decena se cierra con una autora que está demostrando pese a su juventud un discurso de una solidez y recorrido difícil de igualar: Isabel Greenberg. Con Las 100 noches de Hero (Impedimenta) vuelve a su tierra temprana para explorar diferentes temáticas desde la reivindicación de la fábula, de ese cuento moral clásico que Greenberg demuestra es válido más allá del canon clásico para reflexionar sobre el empoderamiento de la mujer, sobre la fuerza de la ficción y, por supuesto, la universalidad del amor.

Poco se puede añadir a todo dicho sobre La levedad, de Catherine Meurisse (Impedimenta). Catarsis personal del terrible trauma de los asesinatos de Charlie Hebdo que la autora redirige por el camino de la exploración del arte como redención y salvación. Un relato duro, visceral, pero que es también una de las más bellas declaraciones de amor al arte y su necesidad. Cómics 1994-2016 (Fulgencio Pimentel) recopila todo el trabajo de Joulie Doucet en el cómic, una buena parte inéditos en nuestro país. La obra de Doucet nace del underground más canónico y se proyecta hacia una nueva forma de entender la creación desde la ruptura con lo establecido. Es posible que la obra de Doucet sea de las más influyentes que se han dado en las últimas décadas. No soy gran fan de Sattouf, pero no puedo menos que descubrirme ante Los cuadernos de Esther (Sapristi Cómics), brillantísimo proyecto en el que toma el diario de una niña de nueve años para crear un retrato revelador de la sociedad moderna. Lúcido y mordaz, los dos volúmenes publicados este año son dos joyas. Face, de Rosario Villajos (Ponent Mon) fue toda una sorpresa: un relato construido desde la ausencia del rostro, de ese supuesto “reflejo del alma”, lo que le permite a Villajós hacer una reflexión apasionante sobre sobre las personas y sus relaciones.

De El Sr. Lambert (Blackie Books) solo voy a decir que es Sempé. Y eso debería bastar. Igual que de El patito Saubón (Reservoir Books), inexplicablemente inédita en castellano pese a su reconocimiento en Angoulême como mejor álbum…¡en 2002!. Solo decir Carlos Nine debería ser suficiente. Una absoluta genialidad. En Una hermana (Diábolo), Bastien Vivés vuelve a desatar esa capacidad única que tiene de transmitir sensaciones y sentimientos con su trazo. Un relato de iniciación adolescente, de descubrimiento de la sexualidad que no se lee, se siente.

En Cortázar (Nórdica), Marc Torices y Jesús Marchamalo firman una excelente biografía del gran escritor de Rayuela, basada en el espectacular trabajo simbólico del dibujo de Torices. Por su parte, Un policía en la luna, de Tom Gauld (Salamandra Graphic) es una sorprendente vuelta de tuerca a la aproximación sobre la soledad del astronauta, ciencia-ficción desde una perspectiva no canónica genial.

El informe de Brodeck, de Manu Larcenet (Norma) adapta la novela del mismo nombre de Phillipe Claudel con un despliegue gráfico aplastante. El trabajo de Larcenet, inspirado en el expresionismo de los Breccia, consigue dotar a la obra de una fuerza extraordinaria, basado en un blanco y negro de cortante dureza. En el extremo opuesto gráfico encontramos Conociendo a Jari, de José Jajaja (Fulgencio Pimentel), una obra insólita en su propuesta argumental y desarrollo, donde JaJaJa vuelve a romper toda convención y código preestablecido para conseguir que el lector empatice con un personaje tan detestable.

Maldito Allende, de Olivier Bras y Jorge González (ECC) es un necesario doloroso acercamiento a la figura de Salvador Allende y el inicio del régimen de Pinochet en Chile. La pequeña forastera, de Nagabe (ECC) es toda una sorpresa, un cuento oscuro y tenebroso que se va tejiendo desde la sencillez de la relación de una niña con un extraño monstruo, pero sobre todo por las preguntas sin respuesta. Me ha dejado encantado el ciclo de Dan Slott, Mike Allred y Laura Allred en Estela plateada (Panini), una inspirada aproximación al personaje desde el respeto a la creación de Kirby y Lee que ha sido capaz de combinar el humor con la imaginación desbordada y un final maravilloso, de esos que dan ganas de leer una y otra vez.

Podía haber elegido tanto Las cosas del querer (Lumen) como Archivos estelares (Caramba), pero lo que es imposible es no hacer un listado sin Flavita Banana, posiblemente la mejor humorista hoy en día, heredera de ese humor de sentido común aplastante y demoledor de El Roto, pero actualizado con una mirada renovada. Hablando de humor, Disparen al humorista, de Darío Adanti (Astiberri) es el mejor ensayo escrito sobre los límites del humor y el preocupante aumento desmedido de la corrección política como autocensura encubierta. Oscuridades programadas, de Sarah Glidden (Salamandra) es una obra que sorprende porque, tras su apariencia de ensayo sobre la situación en Oriente Medio, es una interesantísima reflexión sobre el periodismo y sus motivaciones.

Hâsib y la reina de las serpientes (Impedimenta) es David B en estado puro, exprimiendo su dibujo al máximo para transmitir esa sensación de maravilla de las mil y una noches. En Viñetas de plata (Reino de Cordelia), Laura Pérez Vernetti logra su mejor ejercicio de la adaptación poética a través de la obra de Luis Alberto de Cuenca. Y, por último, mención de honor para Tik Tok comics (http://www.tiktokcomics.com), un proyecto de creación de vanguardia que sigue siendo ineludible en hoy en día para descubrir nuevas formas y creadores.

Pero la lista podría incluir muchas más obras. Dudando hasta el último momento he estado con cualquiera de las publicaciones de Fosfatina o con obras tan interesantes como El ruido secreto, de Roberto Massó (Spiderland), Hernán Esteve, de Esteban Hernández (Libros de Autoengaño), Cosmonauta, de Pep Brocal (Astiberri) o Un millón de años, de David Sanchez (Astiberri). Pero es que la lista de obras recomendabilísimas de este año puede llegar sin problemas al centenar.  Ahí han estado también las entregas de esa joya del yokai que es Kitaro, de Shigeru Mizuki (Astiberri), la imaginación desbordante de Ether, de Matt Kindt y David Rubín (Astiberri), la memoria vitriólica de Los sexcéntricos, de Ramón Boldú (Astiberri), la triste despedida de Nimio. Fantasía final, de VVAA (La Cúpula) o el duro relato de la manipulación de los sentimientos de Poncho fue, de Sole Otero (La Cúpula). Ojo también a las publicaciones museísticas, con el evocador Idilio, de Montesol (Ediciones del Museo del Prado), el sugerente paseo por el arte de Museomaquia, de David Sánchez y Santiago García (Edicions del museo Thysen) o el intrigante El perdón y la furia, de Altarriba y Keko (Museo del Prado). Ha sido el año de la despedida de Orgullo y Satisfacción: Grandes Éxitos, VV.AA. (Caramba) y de la vuelta de Paracuellos 8, de Carlos Giménez (Reservoir Books), así como del reencuentro con Gerard Miquel en Yo fui guía en el infierno (Desfiladero). Hemos tenido obras experimentales tan interesantes como Febrero para galgos, de Peter Jojaio (Entrecomics), Fragmentos seleccionados, de Andrés Magán (Apa-Apa), Ya será, de Klari Moreno (Libros de autoengaño), Zona Hadal, de Roberto Massó (Fosfatina), Fearless color, de Samplerman (Ediciones Valiente) o Desolation.exe, de Berliac (Fosfatina). Han sido puntuales a sus citas anuales Paco Roca (La encrucijada, con Juan M. Casañ, Astiberri), Miguel Brieva (La Gran Aventura Humana, Reservoir Books) y Juan Berrio (Te quiero, Impedimenta). Y no se nos puede olvidar destacar también obras como El arte de Charlie Chan Hock Chye: Una historia de Singapur, de Sonny Liew (Dibbuks / Amok), Hilda y el bosque de piedra, de Luke Pearson (Barbara Fiore), Shangri-La, de Mathieu Bablet (dibbuks), Valerosas, de Pénélope Bagieu (Dibbuks), I am a Hero, de Kengo Hanazawa (Norma), Jojo’s Bizarre Adventure (Ivrea), Equatoria, de Juan Díaz Canales y Rubén Pellejero (Norma Editorial), Super Patata nº7, de Artur Laperla (Bang Ediciones/Mamut) o la efímera experiencia de Voltio (La Cúpula). Y acabo con un webcómic que finalizaba este año: Hopper, de F .H. Navarro.

Mañana, las reediciones del año.

 

 

(Algunas) recomendaciones saloneras

Llego tarde para hacer una larga selección de novedades como hacía antes, pero me van a permitir hacer una serie de recomedaciones, tan telegráficas como visuales, de lo que creo es lo mejor que se va a encontrar en este salón del cómic de Barcelona…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Micharmut

Enlazando con la entrada de ayer, os cuelgo el texto que publiqué en Cartelera Turia para recordar a Micharmut

Micharmut (1953-2016)
Cuando entrabas en el estudio de Micharmut, uno sentía la extraña sensación de penetrar en un templo de la cultura popular. Las altas estanterías que empapelaban las paredes recogían desde modernas ediciones de Popeye a colecciones del DDT o de las novelitas de kiosco de Silver Kane, Curtis Gartland o Clark Carrados. Y, al lado de la ventana, una mesa de madera, antigua, que se alzaba paradójicamente como el altar máximo donde se ejecutó la mayor obra vanguardia del noveno arte. No se puede entender la obra de Micharmut sin conocer su pasión por la cultura popular, por el arte de Coll, Urda o Palop, por los géneros que se expresaban sin vergüenza en los cuadernillos de aventuras que trufaron su infancia entre el Cabanyal y Navajas. Fue el caldo de cultivo de un autor que aprendió a mirar esas obras como un arte al que le quedaban muchos peldaños por subir, y solo él fue capaz de ver que esa escalera era infinita en sus posibilidades. Sus compañeros de la llamada “Nueva Escuela Valenciana” y sus amigos coincidían en que era el gran genio del grupo, el gran renovador, el que se atrevía a romper todas las barreras y, con su entusiasmo, empujaba a los demás a encontrar nuevos límites a sus capacidades. Es imposible explicar la renovación que vivió el cómic en los 80 sin su figura, pese a que su obra solo obtuviera la incomprensión del público y de los editores. Dogón, Futurama, Raya… fueron obras que describían paisajes imposibles de la historieta, que definían posibilidades que estaban ahí, pero nadie se había atrevido a explorar antes.
Sin apenas posibilidades de publicar, tras esa declaración de rebeldía vital que fue Marisco, volvió a su mesa de trabajo para seguir mirando a su alrededor con una mirada que traspasaba los objetos para encontrar esencias vitales en lo inorgánico. Paco Camarasa entendió perfectamente que esa visión era única y una de las primeras entregas de la revolucionaria colección Mercat fue Veinticuatro horas, un retrato urbano que transformaba ese patio de vecinos que veía por su ventana en un ser vital y palpitante. Le siguió apoyando siempre, a sabiendas de que sus obras solo llegaban a una minoría y de que Micharmut creaba por pulsión.
Sabedor de que cada vez era más difícil publicar, encontró en internet un lugar donde poder tener todas las libertades que el papel le negaba. Solo para moscas (https://soloparamoscas.wordpress.com/) fue su espacio privado, su rincón de libertad donde solo importaba romper todas las ataduras impuestas para encontrar nuevos caminos. Durante cuatro años, su blog se convirtió en la expresión pura de la vanguardia del cómic, donde ni críticas ni prejuicios podían interferir un proyecto que, finalmente vio la luz en papel en 2012. Con el mismo título que su blog, el grueso volumen que publicó Edicions de Ponent era tan solo un pequeño exponente de los muchos recovecos que poblaban su mente: Krautodélica, KinoTBO, Pat y Murphy, Memorias de Cosas, Pictografías, 13 Rue Babilonia… Todos eran por separado genialidades indescriptibles. Juntos, una profunda renovación del cómic que establecía nuevas rutas para el noveno arte del siglo XXI. Tras este proyecto, volvió con ilusión a internet con Teatro Eléctrico (https://teatroelectrico.wordpress.com/), donde de nuevo planteaba un salto sin red, un gigantesco avance que, por desgracia, no finalizaría. Quizás, cuando publicó Time In Time Out en la antología Panorama (Astiberri), ya era inquietantemente consciente de que la parca rondaba demasiado cerca. Apenas unos meses después, comenzó una larga lucha que, al final, Quique perdió. Pero Micharmut sigue. Sigue en todas y cada una de esas obras avanzadas a su tiempo, que definieron la historieta como un arte vivo, vibrante y en continua mutación vanguardista.

Fotografía de García Póveda

Lo mejor del año (III): Cosas mías

El 2016 que nos ha dejado ha sido un año especial para mí en lo comiquero, marcado por contrastes extremos. Ha sido el año en el que he hecho realidad un sueño: poder organizar una exposición de los autores de la llamada Nueva Escuela Valenciana, una ilusión que llevaba persiguiendo desde hace años para poder reivindicar la importancia de una generación de autores que, a mi entender, se estaba olvidando. El proyecto, además, se enmarcaba dentro otro mucho más ambicioso: la incorporación del cómic al discurso expositivo del IVAM. Reconozco que cuando desde la dirección del IVAM se contactó conmigo para hacer una exposición sobre tebeos, tuve muchas dudas y fui muy escéptico, lo veía simplemente como un intento sencillo de desvincularse de las funestas épocas pasadas del museo, pero como siempre que en Valencia se habla de tebeos, como flor de un día sin mayor recorrido. Pero me equivoqué: desde la primera entrevista con la nueva dirección tuve claro dos cosas: por un lado, la sinceridad de la propuesta, fundamental, y por otro, no menos importante, que la intención del museo no acababa en esa exposición inicial, sino que la encuadraba como punto de partida de la incorporación del cómic a la oferta artística y cultural de la institución. Estos primeros contactos fueron a finales de 2014, y ya a principios de 2015 se me hizo el encargo formal de preparar una gran exposición sobre tebeos. Yo tenía clara cuál era mi propuesta inicial, pero no tuve ni que presentarla: el mismo director me propuso que nos centráramos en el cómic valenciano de los años 70 y 80. ¡Fue como darme un chute de adrenalina directo! Lo que no me podía esperar es que, al mismo tiempo (exactamente, casi el mismo instante: ambos proyectos se me plantearon el mismo día), desde el Museo de Prehistoria se me propusiera otro proyecto completamente distinto, una exposición didáctica sobre Prehistoria y Cómic. Un proyecto tremendamente sugerente (sobre todo con un hijo pequeño, al que le encantan esos temas), pero que me parecía complicado combinar con el anterior. Afortunadamente había casi un año de distancia entre las fechas de inauguración, con lo que me decidí, algo inconscientemente, a aceptar ambos. Al final, ese año de distancia se convirtió en cinco días. Verídico. Pero esas dos exposiciones salieron y, por los comentarios, bastante bien. En ambos casos con total implicación de la institución y, sobre todo, con gran y entusiasta respuesta de público.

Dejando lo personal a un lado, creo que las dos exposiciones marcan un camino al que hay que sumar la exposición organizada por el Museo ABC, Superhéroes con Ñ, comisariada por Julián Clemente, y la impulsada por la Fundación Telefónica, El arte en el cómic, comisariada por Asier Mensuro. Son cuatro ejemplos claros que demuestran que el cómic ha derribado totalmente las barreras que se le habían impuesto y que ha entrado en la consideración cultural institucional sin prejuicios, desde perspectivas tan diferentes como los superhéroes o la línea clara, desde la consideración expositiva artística o la didáctica, explotando y aprovechando todas sus vertientes. Me consta que estas iniciativas han contagiado a otros museos y que, desde varias grandes instituciones museísticas ya se está trabajando en la incorporación del cómic a su discurso desde diferentes opciones. Y aquí, por importancia, hay que incluir por necesidad la colección de cómic del Museo del Prado, inaugurada durante la exposición de El Bosco con el cómic de Max y que tendrá continuidad (¡y qué continuidad!).

Pero vuelvo a lo personal: reconozco que la recepción de la exposición VLC Valencia Línea Clara me emocionó. Poder deambular por el museo, de forma anónima, escuchando las conversaciones de admiración hacia la obra de autores que me parecen fundamentales, fue algo maravilloso. Pero igualmente me emocionó, casi más si me apuráis, la respuesta de los chavales a la exposición de Prehistoria y Cómic. Las respuestas de los chavales, el libro de firmas donde dibujaban y expresaban lo bien que se lo habían pasado, fue realmente una satisfacción.

 

vlcprehis

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Son dos exposiciones que tuvieron muchísimo trabajo. La primera la tenía clarísima desde hace años, pero hubiera sido imposible sin la colaboración desinteresada de Jesús Moreno, que con su conocimiento expositivo me aportó ideas y soluciones que nunca hubiera pensado y que multiplicaron el impacto de la muestra. No era fácil, había que exprimir un presupuesto voluntarioso y esforzado para las expoliadas cuentas del museo, pero exiguo. Gracias a Jesús y el gran equipo del IVAM, conseguimos que ese presupuesto pareciera diez veces superior y que la obra de Calatayud, Sento, Micharmut, Daniel Torres Mique Beltrán, Mariscal y Manel Gimeno brillaran todavía más. La segunda creía que era una exposición más modesta… ¡pero resultó un monstruo que crecía desmesuradamente! Cuando comencé a preparar la expo, tenía en la mente un buen puñado de series con protagonismo prehistórico, pero cuando fui tirando del hilo, la lista se hizo interminable. Afortunadamente, el museo se implicó totalmente y la exposición fue tomando forma. Aquí la labor de Helena Bonet, que comisarió conmigo la expo, fue esencial: su capacidad didáctica, su conocimiento y su implicación fueron la base real de todo lo que se ha visto en la Beneficiencia de Valencia, al que hay que añadir el gran trabajo de diseño del equipo del museo.

Os podéis imaginar que estas dos exposiciones me produjeron muchas satisfacciones. Pero miré usted por dónde, el destino siempre equilibra la balanza. Durante la preparación de la expo, me llegaron dos terribles noticias: casi en los primeros preparativos, Micharmut me contaba que estaba gravemente enfermo. Cuando ya estábamos preparando el montaje, Paco Camarasa me daba la noticia de que el cáncer que padecía se había propagado al páncreas.
Me quedé devastado.
Conozco Conocía a Paco desde hace 20 años, desde que comenzó su aventura en Ediciones Joputa, casi en paralelo a que comenzara a escribir en la Cartelera Turia. A partir de una entrevista que le hice, comenzamos a tratarnos hasta desarrollar una profunda amistad. Gustos similares, ideas parejas y mucha complicidad que se plasmó en decenas de proyectos, muchos que llegaron a buen término, muchos más que se quedaron en el camino. El origen de la expo del IVAM hay que buscarlo, precisamente, en la expo que preparé con Pedro Porcel y Paco para la Biblioteca Valenciana, tebeos Valencianos, un repaso a la historia del tebeo valenciano desde sus orígenes que circuló por la comunidad y el salón del cómic de Barcelona en 2007 y del que salió el libro Viñetas a la luna de València. Fue también de ese catálogo de donde salió mi amistad con Micharmut. Un autor casi maldito, con fama de ermitaño, pero que me abrió las puertas de su casa. Primero fue para trabajar en la maqueta del libro, pero poco a poco, las largas conversaciones dejaron paso a una buena amistad que se tradujo en muchas, muchísimas horas hablando con él, intercambiando tebeos, descubriendo maravillas. Dice Pedro Porcel que él ha conocido artistas de talento inmenso, pero solo a un genio, Micharmut. Y yo hago mías esas palabras. Porque al estar con él, descubrías que su mirada era diferente a la de los demás, que veía cosas ocultas para el ojo normal. Donde tú ves el balcón de una casa, Micharmut veía vida llena de historias.
Paco fue el único editor que supo ver esa genialidad de Micharmut.
En apenas unos meses, el puto cáncer se los llevó. Lo de Paco fue inesperado. Sabíamos que su cáncer era terminal, pero ya lo había vencido un par de veces antes y él mismo creía que, aunque la batalla estaba perdida, tendría un poco más de tiempo para cerrar sus proyectos. No lo tuvo. Un jueves hablaba con él sobre un par de proyectos que quería acabar a la vuelta del verano y en los que le estaba echando una mano, y apenas dos días después me comunicaban su muerte. Lo de Quique era esperado, cierto, fue una larga, larguísima lucha, pero al final no pudo aguantar. Ninguno de los dos pudo ver la exposición, esa espina se me quedará clavada siempre. No soy creyente pero, en este caso, quiero imaginar que existe algo, algún lugar remoto donde Paco y Quique están confabulando imposibles y maravillosos tebeos.

pacoquique

(Foto de Gotham News)

Lo mejor del 2016 (II): Reediciones y clásicos

ACTUALIZACIÓN DEL POST ANTERIOR: se me pasó hablar de dos obras realmente interesantes: Hopper, de F.H.Navarro (http://www.cachalotecomix.com/hopper), un webcómic que aprovecha las nuevas opciones narrativas que da la publicación digital desde una fascinante revisión poética de la geometría. Junto a esta obra, el interesante debut de Laura Pérez y Pablo Monforte en Náufragos (Salamandra Graphic), una historia de amor y desamor que se atreve con una fuerte carga literaria para asimilarla con naturalidad.

Y sigo ya con el post de hoy:

Si algo está caracterizando los últimos años es la efervescencia publicadora de recopilaciones en formato integral. Es cierto que la moda tuvo más que ver con el aprovechamiento del filón nostálgico que con la necesaria presencia continuada de los clásicos de la historieta en las librerías, pero poco a poco se ha consolidado como una excelente opción para recuperar obras que es necesario que estén al alcance de todos. La posibilidad de reducir tiradas hasta hacerlas casi a demanda, el espectacular abaratamiento de costes de preimpresión e impresión y una distribución que ya no requiere de mínimos se han aliado con los deseos de muchos lectores que querían recuperar lecturas de su juventud, indudablemente, pero también ha favorecido que determinadas obras que no entran de forma específica en esa categorización se recuperen para nuevos lectores. O, simplemente, porque sus ediciones anteriores no estuvieron al nivel de la obra y es necesario reivindicarlas.
La lista es imponente y es casi imposible hacer una selección dada su naturaleza de obras maestras, pero vais a permitir hacer una pequeña selección de sugerencias que encabezarían esta docenita:

  1. Impresiones de la isla, de Carlos Portela y Fernando Iglesias (Retranca)
  2. El teniente Blueberry Integral, de Charlier y Giraud (Norma Editorial)
  3. Gastón el gafe, de Franquin (Norma Editorial)
  4. Historias de Taberna Galáctica, de Josep Mª Beà (Trilita Ediciones)
  5. Ayako, de Osamu Tezuka (PlanetaCómic)
  6. Pequeño Vampir, de Joann Sfar (Fulgencio Pimentel)
  7. Contra Raúl, de Raúl (Ponent Mon)
  8. Perramus, de Juan Saturain y Alberto Breccia (001 Ediciones)
  9. Extraño, de Steve Ditko y Stan Lee (Panini)
  10. Benito Sansón, de Peyo (Dolmen)
  11. Historias del barrio, de Seguí y Beltrán (Astiberrri)
  12. Las aventuras de M, de Manel Gimeno (Reino de Cordelia)

impresiones

Impresiones de la Isla es, a mi entender, uno de los grandes tebeos de la historia de este país. Un homenaje irredento a la historia del tebeo, de Explorigator a Krazy Kat, que sabe encontrar caminos propios a través de la indagación en un surrealismo vintage simplemente encantador y delicioso. De El teniente Blueberry, poco más se puede decir, es un clásico inexcusable. Igual que Gastón el gafe, mi serie preferida de Franquin que Norma publica con el cariño necesario para hacer olvidar desastres anteriores. De las Historias de Taberna Galáctica del Beà solo puedo decir que forman parte de mi educación sentimental como lector, pero además que son un festejo continuo de la ciencia-ficción desde una visión satírica que entronca desvergonzadamente con el teatro del absurdo. Ayako me parece una obra sublime sobre la miseria del ser humano, un catálogo de la depravación a la que puede llegar nuestra especie que debe ser leído. Pequeño Vampir es una delicia, uno de esos tebeos infantiles que los adultos debemos leer sin ningún tipo de prejuicio para poder disfrutar, de nuevo, del placer de leer como un niño. Perramus es un compendio de lo que es Argentina, una ficción que resulta un retrato fiel de un país tan desconocido como próximo. El Dr. Extraño de Ditko y Lee es puro delirio, es pop-art en estado de gracia superheroica, naif y hippy, delicioso. Benito Sansón (o Benet Tallaferro, como yo lo conocí en Cavall Fort) es mi serie preferida de Peyo, por encima –siento la herejía- de Johan y Pirluit o Los Pitufos. Cosa de la nostalgia y de, creo, la excelente mezcla de superhéroes y género negro que consigue Peyo (con la gran ayuda de Will) en esta serie. Historias del barrio crece en cada lectura y, a cada nuevo repaso, me parece una obra todavía más importante, sin duda, una de las grandes obras del cómic español de la última década. Y dejo como última a una pasión particular, más este año, como ya comentaré mañana: Las aventuras de M., obra de ese “lado oscuro de la línea clara”, como se autodenomina Manel Gimeno y que ha ganado enteros con el tiempo como una gran obra de género negro y ciencia-ficción que se anticipó a otras experiencias.

historiasdelbarriointegral

 

Pero la lista, como digo, es inmensa y debería incluir, por ejemplo, la recuperación en un solo volumen de los tres primeros números de ese inmenso fanzine que es Usted, de Esteban Hernández. Usted(es), recopilada acertadamente por Libros de Autoengaño, permite seguir el talento de este autor, posiblemente uno de los mejores que ha dado el cómic español de los últimos años. Hay sitio para el terror, con la inquietante  Tomie, de Junji Ito (ECC) y para la fantasía desbocada de Amazing Fantasy, de Jack Kirby, Steve Ditko, Don Heck (Panini). Precisamente esta última editorial se ha encargado este año de recuperar obras maestras del género superheroico que deben estar continuamente en las librerías, comenzando por las grandes creaciones de Frank Miller en Marvel, Daredevil, Daredevil: Born Again o Elektra Lives Again , pero siguiendo con los grandes iniciadores de la renovación que vivió el género en los sesenta, de Los Cuatro Fantásticos: Origen, de Jack Kirby y Stan Lee a La Patrulla-X contra Magneto (Stan Lee, Jack Kirby y otros), pasando por el pop Nick Furia, Agent of SHIELD, de Jack Kirby,Stan Lee y Jim Steranko o el ácido Howard el pato, de Steve Gerber.
A esta fiesta superheroica se ha sumado alegremente ECC Ediciones, que ha recuperado con fuerza todas las grandes series de los inicios del sello Vertigo de DC, como Animal Man, Hellblazer, La patrulla condenada y Orquídea Negra, pero también éxitos recientes como el excelente Scalped de Aaron y Guera o las enésimas, pero necesarias, reediciones de V de Vendetta y Watchmen.  Siguiendo con los superhéroes, Dolmen se apuntó con la recuperación de la divertida reescritura a la española del género que firmaron Rafa Marín, Carlos Pacheco y Rafa Fonteriz en Iberia Inc; y Planeta Cómic recopiló en integral el siempre estimulante Zot!, de Scott McCloud.
En la lista de obras europeas recuperadas tenemos desde la exquisita edición de Los pitufos integral, de Peyo (Norma Editorial); la sugerente Caroline Baldwin, de André Taymans (Yermo); el interesante género negro de Soda, de Warnant y Tomé (Ponent Mon); el corrosivo pero canónico Los innombrables, ciclo de Hong Kong, de Yann y Conrad (Dibbuks); la olvidada comedia costumbrista a la francesa Modesto y Pompón, Franquin y Greg (Dolmen) o incluso la recuperación del McCoy de Antonio Hernández Palacios y Gourmelen.

Los clásicos de siempre han tenido también su espacio, como las planchas dominicales del Tarzán de Harold Foster (Yermo), esa joya desconocida que es Vida, Dimes y Diretes Del Mago De Los Penetes, de Jaime Tomás García (Reino de Cordelia); el quinto volumen de Popeye, de Segar (Kraken), la nueva entrega de la gloriosa restauración en blanco y negro que Manuel Caldas hace de Príncipe Valiente o el maravilloso clásico infantil  Mumin, de Tove Jansson (Coco Books).

Más modernas, pero ya también clásicos son las tres grandes series de El Jueves, Martínez el facha, de Kim, Historias de la puta mili, de Ivà y Makinavaja, el último chorizo de Ivà, las tres editadas por Dolmen; la potentísima expresividad de las historias cortas de Enrique Breccia que 001 ediciones ha recuperado en La guerra del desierto; la socarrona mezcla de negro y ciencia-ficción de Bogey, de Antonio Segura y Leopoldo Sánchez (Ponent Mon); el magistral retrato de la homosexualidad en la América de los años 60 de Stuck Rubber Baby, de Howard Cruse (Astiberri); la imponente Las aventuras de Luther Arkwright, de Brian Talbot (Astiberri), base de la ciencia-ficción moderna británica o una de esas obras que ya forma parte del imaginario popular: 13 Rue del Percebe, de Francisco Ibáñez (Ediciones B).

Casi nada.

(Continuará)

Repaso al 2016 (I): Lo mejor

Que quede claro que hacer la lista del 2016 ha sido un esfuerzo titánico. Después de varios años con un nivel de lecturas relativamente bajo, he conseguido por fin alcanzar cierta velocidad de crucero en las lecturas. Las cosas de la evolución natural de la paternidad, que poco a poco te permite recuperar tu vida “normal” (es un eufemismo, está claro) y gracias a lo que he podido volver a leer casi, casi un tebeo al día aprovechando la estadística, el empujón veraniego y el incluir en las lecturas muchas anteriores en diferentes idiomas bárbaros. Pero este aumento del ritmo de lecturas se ha visto machacado por un espectacular incremento de la calidad media de los tebeos editados.  Puede ser simple percepción mía, pero esa dificultad que estaba notando in crescendo en los últimos años, magnificada -o no- por la reducción de lecturas, este año se ha disparado exponencialmente. Hasta el punto que me ha sido literalmente imposible hacer una lista de 25 y he decidido incrementarla a 35. Decisión arbitraria, por supuesto, pero este es mi reino de taifas particular, así que, se siente.

Dos avisos: el primero, que veréis que puede haber diferencias con la lista que publiqué en Babelia. Que nadie busque conspiraciones: simplemente, un mes después, unas 500 vueltas a la lista y el hecho de que aquí están “ordenadas”, me ha hecho reconsiderar posiciones, recordar olvidados o, simplemente, cambiar de opinión porque he añadido lecturas. Segundo aviso, el tradicional: esta lista no es un canon, es la expresión de mi gusto. Ni más ni menos. Se puede estar de acuerdo, muy en desacuerdo, o no, pero no significa que sea mejor ni peor. Es otra lista, nada más, de esas que deben ser divertimentos, guías o recordatorios según uno quiera.

Dicho esto, la lista:

  1. Philemon, de Fred (ECC Ediciones)
  2. Sirio, de Martín López Lam (Fulgencio Pimentel)
  3. Gialla, de Martín López Lam (Ediciones Valiente)/ El título no corresponde, Martín López Lam (Ediciones Valiente)
  4. Spirou, de Yves Chaland (dibbuks)
  5. Marcelín, de Sempé (Blackie Books)
  6. VIP, de Felipe Almendros (reservoir Books)
  7. El ala rota, de Altarriba y Kim (Norma Editorial)
  8. La ternura de las piedras, de Marion Fayolle (Nórdica)
  9. Hoodoo Voodoo / Teen Wolf/ Fosfatina 2000 (Fosfatina)
  10. Intrusos, de Adrian Tomine (Sapristi Cómic)
  11. El piano oriental, de Zeina Abirechad (Salamandra)
  12. Orlando y el juego 3, de Luís Durán (Diábolo)
  13. Crisálida, de Carlos Giménez (Reservoir Books)
  14. Si dios existe, de Joann Sfar (Confluencias)
  15. Una entre muchas, de Una (Astiberri)
  16. La favorita, de Matthias Lehmann (La Cúpula)
  17. Lamia, de Rayco Pulido (Astiberrri)
  18. Jamás tendré 20 años, de Jaime Martín (Norma Editorial)
  19. La grieta, de Spottorno y Abril (Astiberri)
  20. Dios ha muerto, de Irkus Zeberio (Bang Ediciones)
  21. Tiktok comics (http://www.tiktokcomics.com)
  22. Paciencia, de Daniel Clowes (Fulgencio Pimentel)
  23. Gran Bola de Helado, de Conxita Herreros (Apa Apa Comics)
  24. El día de Julio, de Beto Hernandez (La Cúpula)
  25. Epigrafías, de Carla Berrocal (Libros de Autoengaño)
  26. Los dientes de la eternidad, de Jorge García y Gustavo Rico (Norma Editorial)
  27. Beverly, de Nick Drnaso (Fulgencio Pimentel)
  28. Vencedor y Vencido, de Sento (Autoedición)
  29. Materia, de Antonio Hitos (Astiberri)
  30. Tokyo Zombie, de Yusaku Hanakuma (Autsaider Cómics)
  31. Las amapolas de Irak, de Brigitte Findlaky y Lewis Trondheim (Astiberri)
  32. 8 poemas, de Laura Pérez Vernetti
  33. Mundo plasma, de Calpurnio (Reservoir Books)
  34. Cuadernos japoneses, de Igort (Salamandra)
  35. Fuga de la muerte, de Fidel Martínez (Edicions de Ponent)

 

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Vale, se me puede achacar que el Philemon de Fred ya estaba editado en España en la revista Cavall Fort y que, por lo tanto es una reedición, pero reconozco que he hecho trampa y arrastrado para casa. Se publicó en catalán y la edición de ECC es la primera en castellano, así que aprovecho y lo incluyo en la lista.  Y, una vez incluido, tengo claro que es el mejor tebeo del año por derecho propio, porque Fred creó un universo propio arrebatador, en el que el surrealismo campa a sus anchas sin miedo a hacer críticas sociales demoledoras, mientras que el arte del cómic se eleva a través de los increíbles recursos que Fred va creando en cada entrega. Una obra maestra indiscutible del noveno arte que, por fin, se edita en castellano.

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En segunda y tercera posición, dos (o tres, según se mire) obras de un autor que ha entrado en el 2016 con una fuerza arrolladora. Martín López Lam nos dejó a todos fascinados con Sirio y su particular sentido de la historia, con esa capacidad innata de transmitir sensaciones a través del dibujo, pero es que ese tándem indisoluble que forman Gialla y El título no corresponde es una de las grandes sorpresas de los últimos años. Pura subversión narrativa que expande las posibilidades del cómic abriendo el proceso creativo en canal para darle todo el protagonismo. No deja títere con cabeza: su dibujo de trazo tan vigoroso como impulsivo se acompaña de un cromatismo radical que es perfecto para entrar directamente en la mente del creador y dejar al lector solo ante un panorama de fragmentos dispersos que componen la base de la mirada creativa. Un viaje fascinante. Ya era hora de que publicara en España el Spirou, de Yves Chaland, una genialidad que se truncó por problemas empresariales y por la muerte del dibujante, pero que auguraba una imposible fusión de la escuela de Marcinelle y la de Bruselas. Del Marcelín, de Sempé poco se pude decir: es una obra deliciosa, una joya que deja al lector con una sonrisa de oreja a oreja y, quizás, un poquito más de felicidad en la vida. Ahí es nada.

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VIP, de Felipe Almendros consolida la evolución de un autor que me ha atraído desde aquél S.O.S autoeditado. Su particularísima aproximación a la autobiografía es completamente diferente a todo lo que se puede encontrar anteriormente, desde la autoconsciencia de la obra a su aparente ficcionalización, que transforma VIP en un objeto fascinante. Se puede leer como un enfrentamiento entre la realidad y la aspiración artística, pero también como una brutal ironía autoreferente. Tras la gloria de El arte de volar, parecía difícil que sus autores pudieran repetir sintonía y acierto, pero en El ala rota Altarriba y Kim logran no solo equiparar el nivel de la anterior, sino cambiar el registro para pasar de la necesaria catarsis a una reflexión apabullante sobre el papel de la mujer en la sociedad. Marion Fayolle es una de las autoras que más sigo del panorama actual francés y La ternura de las piedras es, a mi entender, su gran confirmación. Autora de delicado surrealismo, su trazo sencillo es perfecto para desarrollar un estilo que se basa en el simbolismo gráfico para componer una poética gráfica particular.

El siguiente puesto es coral y tiene nombre de editorial: Fosfatina. La editorial gallega ha conseguido arremolinar a su alrededor un conjunto de jóvenes autores que han sabido desligarse de las mochilas del pasado para entrar en el cómic vírgenes de influencias previas del medio, lanzándose a él como esponjas que han absorbido todo tipo de referencias externas. De la música al arte moderno, de los videojuegos a la televisión… las propuestas que la editorial ha puesto en las librerías, tanto la colección Fosfatina 2000 como las indispensables antologías Hoodoo Voodoo y Teen Wolf son auténticos retos creativos que demuestran que el cómic está y debe estar en continua evolución, que como arte debe ser repensado constantemente sin remilgos ni prejuicios. El resultado es puro magnetismo gráfico, que deja al lector sin palabras descubriendo posibilidades increíbles. El futuro es suyo. Proyectos que están ligados casi de forma natural a Tiktok comics (http://www.tiktokcomics.com), una plataforma de experimentación continua necesaria y de obligatoria visita.

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Reconozco que no soy muy fan de Adrian Tomine por su irregularidad, pero Intrusos me parece una obra redonda, un atroz retrato de una sociedad donde el individuo se invisibiliza y muere si no sigue las normas. Pequeñas muertes cotidianas que pasan desapercibidas y que Tomine fija en una foto espeluznante de la soledad. El piano oriental es la confirmación de esas esperanzas que Zeina Abirechad nos dejaba abiertas en sus obras anteriores. Sin dejar la exploración de sus raíces, Abirechad ha conseguido en esta obra traducir su pasado en una fábula maravillosa que entronca la música con el lenguaje y la identidad. Maravillosa. De Luís Durán lo único que puedo decir es que a este hombre no se le ha reconocido todavía en la medida que merece. La tercera entrega de Orlando y el juego es una obra que sigue dejando al lector boquiabierto con su capacidad de fabulación y de integración inmensa de la cultura popular en un relato que crece ante los ojos del lector. Otro genio que no necesita ya justificaciones es Carlos Giménez, que en Crisálida firma una obra realmente perturbadora. Su reflexión sobre el final del creador es brillante, enfrentando al ”autor/hombre de a pie” con su alter ego “autor/artista” en un diálogo que deja un nudo en la garganta. Angustiosa y dolorosa, pero magnífica.

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Igual de sincero es Joann Sfar en Si dios existe, que además de iniciar la edición de sus maravillosos cuadernos, es un ejercicio de honestidad aplastante en el que las ideas se acumulan sin parar. Siguiendo con el ejercicio de sinceridad, Una entre muchas, de Una es una de esas obras necesarias para entender lo que es la agresión machista. Una reflexión inapelable que debería ser leída obligatoriamente por cualquier hombre. Por su parte, La favorita, de Matthias Lehmann es una sorprendente ficción que aprovecha un sorprendente giro argumental para desarrollar un discurso sobre la identidad impecable. Rayco Pulido no deja de entusiasmarme con su capacidad camaleónica de cambiar registros y tras la excelente Nela, abraza el género negro con una metamorfosis gráfica brillante que lleva a Lamia a un nivel increíble. Retrato cruel de la España negra y sucia de la posguerra que contrasta con un trazo de limpieza cristalina, generando un diálogo continuo entre forma y fondo que deja un reguero de lecturas.

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De la posguerra también habla Jamás tendré 20 años, nueva obra de Jaime Martín en la que vuelve otra vez a su pasado para explorar la vida en la España de la posguerra. Martín ilustra el día a día de una época olvidada que debe ser conocida. Reconozco que La grieta, de Spottorno y Abril me genera dudas sobre si es un cómic o una fotonovela, pero los argumentos que encuentro pueden ser utilizados tanto para justificar una cosa o la otra. Un debate académico fascinante que queda relegado a un segundo plano ante la potencia del discurso de la obra firmada por estos dos periodistas: lo que cuenta La grieta es necesario gritarlo a los cuatro vientos, darlo a conocer y plantarlo delante de la cara de todos los políticos. Es desgarrador sin necesidad de mostrar una sola imagen macabra o escabrosa: las imágenes son impactos directos, pero el hilo conductor que genera, esa grieta que atraviesa Europa, es aterrador. Dios ha muerto, de Irkus Zeberio es una de esas obras que parecen imposibles en su concepto, pero que logran salir adelante por la personalidad incontenible de su autor. Adaptar a Nietzsche al cómic es una temeridad, pero Zeberio lo hace y triunfa con un cómic donde la forma explota con las ideas nihilistas. La nueva obra de Daniel Clowes se aparta en apariencia de su trayectoria anterior para entrar en la ficción pura, en un relato de ciencia ficción. Pero Paciencia se va transformando poco a poco en una obra multiforme donde el creador de Bola Ocho vuelve a transitar eso que llamamos el alma del ser humano.

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Gran Bola de Helado, de Conxita Herreros es, sin duda, una de las sorpresas de la temporada. Una obra que convierte lo cotidiano en una experiencia hipnótica, que transforma el día a día en una ficción. El día de Julio, de Beto Hernandez me parece que ha pasado algo desapercibido en los medios, pero es una obra descomunal de su creador. Lo que ya es decir, porque el creador de Palomar demuestra aquí un pulso inaudito. Epigrafías, de Carla Berrocal me ha parecido una poesía gráfica de una belleza absorbente, un retrato del amor que desprende pasión palpitante. Los dientes de la eternidad, de Jorge García y Gustavo Rico es una inteligente reflexión sobre la épica de uno de nuestros mejores y más en forma guionistas, que Rico borda con un dibujo de una fuerza inmensa, excesiva.

Los de Fulgencio vuelve a descubrirnos un autor interesantísimo: Nick Drnaso. Su Beverly es un relato de una sociedad reprimida, de sentimientos que salen a la luz extraídos con una asepsia perturbadora e inquietante. Con Vencedor y Vencido, Sento cierra la trilogía del Dr. Uriel, posiblemente una de las mejores obras que se han escrito sobre la Guerra Civil española. Materia, es la nueva acometida de Antonio Hitos contra una juventud banalizada, pero que construye su futuro a sabiendas de que no existe. Un autor en evolución que demuestra en cada obra una inteligencia inusual. Creo Tokyo Zombie, la locura de Yusaku Hanakuma, es el mejor relato de zombies que se se puede escribir en esta época de profusión de muertos vivientes. Brutalmente divertido. Esperaba de Las amapolas de Irak, de Brigitte Findlaky y Lewis Trondheim que fuera solo una nueva entrega de este neogénero de “tebeos de mi infancia en Oriente Medio”, pero me he encontrado una de las mejores reflexiones que he leído sobre el llamado enfrentamiento de civilizaciones. Pausado, tranquilo, pero contundente. Laura Pérez Vernetti lleva años en el filo de la navaja creativo, expresando su continua inquietud y búsqueda de nuevas posibilidades del lenguaje de la historieta.  En sus últimas obras ha encontrado una forma particular de expresar la poesía que posiblemente tiene su mejor resultado en la brillante 8 poemas. Mundo plasma es pura genialidad, es mezclar ciencia con superstición, surrealismo con racionalismo, cuántica con las caras de Bélmez… Es, simplemente, Calpurnio. Tras varias obras en las que Igort, a mi entender, se quedaba demasiado atrapado en la trascendencia, en Cuadernos japoneses se relaja para centrarse en su pasado, en su experiencia profesional, lo que le libera y permite firmar una obra de múltiples lecturas, desde la simplemente anecdótica al análisis de la evolución del creador. Fuga de la muerte, de Fidel Martínez ha sido la gran última obra publicada por Edicions de Ponent. Paradójico título para la última obra que Paco Camarasa editó. Al asunto: Fidel Martínez está inmenso, se arroga sin escrúpulos el privilegio de ser el gran heredero de la grafica de El Cubri para componer una arriesgada pero apasionante biografía del poeta Paul Celan.

 

Hasta aquí, los 35 “seleccionados”, pero se me quedan fuera demasiadas obras que podían haber estado perfectamente en esa lista. Sin orden ni concierto, hay que recordar obras como la denuncia del bullying de Jane, el zorro y yo, de Isabelle Arsenault y Fanny Britt (Salamandra Graphic); la tan compleja como hipnótica Fartlek, de José JaJaJa (Fulgencio Pimentel); el regreso de Miguelanxo Prado con su reivindicación de la tercera edad en Presas Fáciles (Norma Editorial); la vitriólica Todos los hijos de puta del mundo, de Alberto González Vázquez (¡Caramba!); la visceral y corrosiva revolución utópica de Gran Hotel Abismo, de Marcos Prior y David Rubín (Astiberri); el salvaje Submundo 2, de Kaz (Autsaider); la mutación sorprendente del género zombie que firma Kengo hanazawa en I am a hero  (Norma Editorial); la opresiva Escapar, de Guy Delisle (Astiberri); el interesante Chiisakobee, de Minetaro Mochizuki (ECC Cómics); la fusión de cómic y música de Hotel California, de Nine Antico (Sapristi Cómic); la apabullante Mujer, de Los Bravú (Fulgencio Pimentel); el delicado Titú, de Stygrit y Maiques (Autoedición) o la radical experimentación de Iceland, de Yokoyama (Mincho Press).
En esa lista deben estar obligatoriamente las nuevas aproximaciones al género de superhéroes, comandadas por la interesante La visión, de Tom King, G.H. Walta y J. Bellaire (Panini), pero seguidas por La imbatible chica ardilla, de Ryan North y Erica Hendersson (Panini); Moon girl y dinosaurio diabólico, de Natacha Bustos, Brandon Montclare,Amy Reeder y Tamra Bonvillain y el Estela Plateada, de Dan Slott y Mike Allred (Panini). También incluiría el ataque directo a la industria de La luna al revés, de Blutch (Norma Editorial); la conmovedora pero racional aproximación al cáncer de La historia de mis tetas, de Jennifer Hayden (Reservoir Books); la incendiaria reescritura de la frivolidad que firma Mirena Osorno en Sensación de vivir (Fulgencio Pimentel); la renovación inquietante del género de Safari Honeymoon, de Jesse Jacobs (DeHavilland); la belleza de la experimentación formal de Nubes de Talco, Amanda Baeza (Fulgencio Pimentel); la sencillez minimalista de Algo más que amistad, algo menos que amor, de Yumi Sakugawa (Sapristi Cómic); el surrealismo delirante de Simplemente Samuel, de Tommi Musturi (Aristas Martínez); la acertada incursión en el cuaderno de viajes de Álvaro Ortiz en Viajes (Astiberri); la magistralidad del gekiga de La chica de los cigarrillos, de Masahiko Matsumoto; la provocación reflexiva de Maria lloró sobre los pies de Jesús, Chester Brown (La Cúpula); la dinamita que esconde cada página de SOT, de Cornellá; el homenaje que no cae en la concesión de El hombre que mató a Lucky Luke, de Mathieu Bonhomme (Kraken); la nostalgia crítica de Heavy 1986, de Miugel B Núñez (Sapristi); el inesperado pero inspirado debut como humorista de Pablo Ríos con Presidente Trump (Sapritsti); la increíble peripecia de Simon Radowitzky en 155, de Agustín Comotto (Nórdica); la necesaria reivindación de una autora clásica, Moto Hagio de Quién es el 11º pasajero (Tomodomo); el siempre magistral Tezuka en Dororo (Random House); la bella fábula de La reina orquídea, de Borja González (Verano del cohete) o Woodring, el siempre inclasificable Woodring en Peeping Frank (Fulgencio Pimentel).

Y ha sido también el año de las revistas, con la recuperación de la insustituible La Cruda (La Cúpula), y la aparición de nuevos proyectos, como La resistencia (dibbuks), con la reconocible huella de Juanjo el Rápido, o la renovadora Voltio (La Cúpula); sin olvidar que otros proyectos acabaron, como la interesante Paranoiland.
Parafreseando el anuncio de mi niñez, ¡año completo, año Comansi! Todo un indicativo de la increíble diversidad a la que tiene acceso el lector de cómic hoy. Pero no se vayan, ¡todavía hay más!

(Continuará)

 

Recomendaciones para el salón

Las cosas están cambiando en el tebeo hispano, y uno de los principales síntomas es que la otrora brutal avalancha de novedades salonera se ha convertido en un incremento que aprovecha tanto el salón como las celebraciones del Día del Libro, pero sin llegar ni de lejos a las exageraciones de otros años. Un detalle para el lector, que puede seleccionar con un poco más de tranquilidad y evitar que su bolsillo quede maltrecho durante meses.

Hago una rápida selección de lo más interesante de este salón, comenzando con las que son -a mi entender-, las cuatro novedades imprescindibles:

  • El ala rota, de Kim y Altarriba (Norma Editorial, 23.90€). Extraordinaria contrapartida a El arte de volar, un recorrido sobre el papel de la mujer en la España de la posguerra a través de la figura de la madre del guionista. Un libro del que se debe hablar y aprender.
  • La ternura de las piedras, de Marion Fayolle (Nórdica, 25€). Fayolle es una autora de la que apenas conocemos esa pequeña joyita de surrealista sexualidad que es Las traviesas (Apa Apa). Aquí desarrolla una historia durísima sobre la muerte de su padre, pero que su aproximación convierte en un poema gráfico inesperado, maravilloso.
  • El piano oriental, de Zeina Abirechad (Salamandra, 28€). De esta autora libanesa ya había llegado su El juego de las golondrinas (Sins Entido), una obra interesante con, quizás, demasiada influencia de Satrapi en su planteamiento. Con esta nueva obra rompe toda prevención con un relato ambicioso que habla de la permeabilidad de las culturas, de la fascinación entre Oriente y Occidente, de la ingenuidad ante el mundo y de su propia vida. Un relato apasionante para el que propone un juego narrativo arriesgado lleno de simbolismos en el que la música y el dibujo se unen en pura sinestesia. Entre Ware y Satrapi, Abirechad encuentra un camino propio.
  • Fartlek, de José JaJaJa (Fulgencio Pimentel, 30) Poco sabemos de esta obra, más allá de su voluminoso tamaño de más de 400 páginas. Pero viniendo de José JaJaJa solo se puede esperar un reto continuo al lector, romper con todos los prejuicios narrativos para descubrir nuevas posibilidades del lenguaje de la historieta. Y dejarse llevar por su propuesta.

recomendaciones

Además de estas, muchos tebeos que pueden ser interesantes, apunten ustedes:

  • Presas Fáciles, de Miguelanxo Prado (Norma Editorial, 19.50€). Cualquier nueva obra de Miguelanxo es de lectura obligatoria.
  • Los Dientes De La Eternidad, de Jorge García y Gustavo Rico (Norma Editorial, 25€). Por fin se concluye esta revisión mitológica que el inteligente guion de García convierte en reflexión y la potencia de los dibujos de Rico en espectáculo visual.
  • Una Chica Dior, de Annie Goetzinger (Norma Editorial,  35€) Esperadísima nueva obra de esta maravilla autora, responsable de algunas de mis obras preferidas de los 80 (como la inexplicablemente inédita en castellano La voyageuse de petite ceinture).
  • Little Tulip, de Boucq y Charyn (Norma Editorial, 22€) Nueva reunión de esta pareja creativa, que siempre ha dado buenas obras en el pasado.
  • Mara, de Enric Sió (Trilita, 18€) Necesaria reedición de una obra clave del tebeo español, sin la que no se puede entender la asimilación de los conceptos del cómic de autor que llegaban de la Francia de los 60 y 70.
  • La aventura de Strong, de Martin y Salmon (Trilita, 22€) Un interesante libro teórico sobre una de las revistas más interesantes que se publicaron en los años 60 en España.
  • Soda Integral 1, de Warnant y Tome (Ponent Mon, 36€) Un Thriller apasionante y entretenidísimo, de lo mejor del cómic francobelga de los años 90.
  • Daredevil de Frank Miller y Klaus Janson (Panini, 60€). Un integral con toda la magistral etapa en este personaje de Miller, clave para la evolución del género y, también, del cómic americano.
  • Popeye, ¿Qué es un jeep?, de Segar (Kraken, 35€) Afortunadamente, Kraken continua la edición de este clásico maravilloso del cómic. Uno de los mejores tebeos de la historia.
  • Las Aventuras de Luther Arkwright, de Bryan Talbot (Astiberri, 26€) No se puede entender la ciencia ficción moderna sin este cómic y la fundamental influencia que ejerció sobre una generación de guionistas británicos como Alan Moore, Neil Gayman o Peter Milligan.
  • Malaria, de Jali (Astiberri, 12€) La fantasía de El mago de Oz es transportada al personalísimo universo de Jali en una obra que fascina a cada paso.
  • Como viaja el agua, de Juan Díaz Canales (Astiberri, 14€) Conocemos demasiado al Díaz Canales guionista y muy poco al excelente dibujante. Tengo muchísimas ganas de leer una obra de autoría completa suya.
  • El olor de los muchachos voraces, de Loo Hui Phang y Frederik Peeters (Astiberrri, 22 €). Me declaro fan de Peeters, un autor al que siempre hay que darle una oportunidad.
  • ID., de Emma Ríos (astiberri, 14€) Sabemos ya de la calidad de Ríos como dibujante, pero tengo mucho interés por su faceta de autora completa.
  • El dios Rata, de Richard Corben (Planeta Cómic, 18.95€) Corben vuelve a la fantasía pura, con casi 75 años pero con la potencia de un chaval de 20 en las manos.
  • Paletos Cabrones, de Aaron y Latour (Planeta Cómic, 14.95€) Aaron es un guionista sólido que dejó con muchas ganas de más en Scalped. Su trayectoria siguiente en el mainstream, aunque irregular, siempre ha cumplido con unos mínimos, lo que hace esperar mucho de una obra más personal.
  • Spirou y Fantasio. Integral 1988-1991, de Tome y Janry (dibbuks, 25€). El fandom más duro no supo valorar, en mi opinión, la frescura y atrevimiento de estos dos autores. Una de las mejores etapas del personaje de Rob-Vel.
  • La resistencia 2 (dibbuks) Juanjo el Rápido reúne a un grupo de autores increíble alrededor de esta revista. Muy recomendable.
  • 15 años en calle, de Miguel Fuster. (Chula ink, 19.90€) Integral de esta interesante obra que relata la vida en la calle de su autor, Miguel Fuster.
  • Duerme pueblo, de Nuria Tamarit y Xulia Vicente (La Cúpula, 12€) No hay sorpresa en el debú de estas dos autoras si se conocía su extraordinario trabajo en el fanzine Nimio. Un cuento clásico en su apariencia, pero que va transformándose en una atrevida propuesta.
  • Voltio #1 (La cúpula, 12€) Muchos años después de El víbora, La Cúpula vuelve a publicar una revista con el mismo mordiente. Modernidad, frescura y una apuesta por los autores que darán que hablar en el futuro del cómic español.
  • El día de julio, de Beto Hernández (La Cúpula, 12€). La competición entre los Hernández se iguala: tras varias obras maestras de Jaime, el Beto pone sobre el tapete una obra que recupera el mejor espíritu de Palomar, pero con personalidad propia y diferenciada.
  • Hotel California, de Nine Antico (Sapristi, 19.90) La música se mete en las viñetas y se hace protagonista de un atípico viaje de maduración donde nada será lo que se espera.
  • El guion del cómic, de Gerardo Vilches (Diminuta, 18€) Necesario era que se dedicara un espacio a los guionistas de cómic, siempre en la sombra de los dibujantes. Una obra teórica necesaria.
  • Romance neandertal, de Juarma (Ultarradio, 10) La genialidad de Juarma es paralela a lo salvaje de sus tebeos. ¡Imprescindible!
  • Chiisakobee, de Mochizuki (ECC, 9.95€) Un autor siempre en el límite, que ya demostró su calidad con obras como Fragon Head o MaiWai. Tengo mucha curiosidad.
  • Punzadas de fantasmas, de Junji Ito (ECC, 14.95€) Posiblemente, el mejor autor de terror japonés actual, capaz de plasmar las páginas más desasosegantes.
  • Fuga de la muerte, de Fidel Martínez (De ponent, 20€) Un dibujante excepcional, de una fuerza demoledora, que ofrece con esta su primera obra de autor completo. Hay que darle la oportunidad.
  • Matías y la nube, de Sanfelippo y Palomera (Mamut, 13€) Todo lo que edita Mamut es maravilloso, así que con los ojos cerrados por esta nueva obra.
  • La profecía del armadillo, de Zerocalcare (Reservoir Books, 17.90€) Llega a España la gran revelación del cómic italiano, un autor que aúna crítica y un espectacular éxito de público. Hay que leerlo.
  • Perramus, de Sasturain y Alberto Breccia  (001 ediciones). Por fin está obra maestra en formato integral.

El eterno OuBaPo

[Artículo publicado en el fanzine OuBaPo Los niños de Komodo, 2013]

Si nos atenemos a la historia, el movimiento OuBaPo (acrónimo de Ouvroir de Bande Dessinée Potentielle, Taller de Historieta Potencial) es descendiente directo del OuLiPo que fundaran el matemático François Le Lionnais y el escritor y poeta Raymond Queneau en 1960, un proyecto que pretendía espolear la creatividad estableciendo fronteras infranqueables, restricciones y condiciones que obligaban al autor a imaginar nuevas soluciones formales que abrieran nuevos caminos literarios. Aunque el concepto puede trasladarse a cualquier arte o forma creativa, no parece que exista mejor destinatario que el arte de la historieta para seguir el reto propuesto por las letras. Un arte invisible que tiene en la forma su elemento fundamental, su herramienta básica de construcción de la narración, podría extraer múltiples enseñanzas de la restricción formal, tanto como motivación creativa como por lo didáctico de que podría resultar la búsqueda de los elementos constitutivos básicos de su lenguaje. Dos autores, Lewis Trondheim y Jean-Christophe Menu, y un teórico, Thierry Groensteen, tomaron el guante de construir nuevas reglas para la creación a finales de los 80 y principios de los 90. El resultado forma parte ya de la historia: con L’Associaton como nexo de unión, un nutrido grupo de autores se lanzó a la experimentación oubapiana, a la deconstrucción del lenguaje en sus unidades mínimas para luego armar historias creadas desde un minimalismo compositivo. François Ayroles, Anne Barou, Patrice Killofer o Etienne Lecroart protagonizaron la explosión de un movimiento que tendría en la revista Oupus su portavoz y medio de expresión durante casi 20 años y que todavía hoy proyecta su influencia decisiva sobre autores como Ruppert y Mulot.

Sin embargo, ¿hasta qué punto el OuBaPo es realmente una expresión original en el noveno arte?¿Es realmente una innovación o tan sólo el reconocimiento de una línea preexistente innominada que toma por fin identidad y conciencia de sí misma? La pregunta no es ni capciosa ni baladí: la historieta ha sido un arte que ha nacido y se ha desarrollado desde la restricción formal exógena. El OuBaPo no deja de ser un juego autoimpuesto, unas reglas férreas pero consensuadas desde una libertad creativa absoluta, pero la emancipación de la historieta ha sido un proceso largo y complejo, que ha transitado un camino lleno de espinas. Baste ver las primeras expresiones de historieta en la prensa americana de finales del siglo XIX, que trasladaban la libertad formal de la experimentación fundacional de Töpffer a unas inflexibles condiciones de creación y producción, tanto en el contenido como sobre todo en un continente estrictamente limitado por el espacio que dejaba el periódico. Una restricción que, con el tiempo, se iría consolidando y endureciendo, llegando al límite total con la aparición de la tira diaria. Una línea, apenas un espacio de tres o cuatro viñetas que debían establecer una línea narrativa coherente que podría ser tanto autocontenida como parte de una narración extensa sobre la que debía expresar su independencia y sentido aislado. El lenguaje del cómic se configuró, desarrolló y expandió gracias precisamente a estas condiciones: en un espacio asfixiante, el creador debía contar una historia, establecer una estructura de presentación, nudo y desenlace coherente y sólida. Ante la carestía absoluta de medios narrativos, aquellos creadores tuvieron que establecer la elipsis como la base absoluta de la narración gráfica, la composición visual de las viñetas como una arquitectura narrativa básica que fuese compatible con la estética y con la funcionalidad.

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La historia del cómic es, de momento, el relato de cómo han cambiado esas restricciones. Muchas veces impuestas por los usos sociales, otras simplemente por las limitaciones tecnológicas de la industria gráfica, pero siempre presentes: de la página al cómic-book, con un formato definido y un número de páginas establecido inamovible. De ahí, al álbum, 48 páginas a color con tamaño apenas modificable un par de centímetros. La revista con las restricciones de páginas a color y en blanco y negro, que limitaba a siete u ocho páginas la entrega periódica de la serie…. Cada época ha tenido un formato reinante, una condición de obligado cumplimiento para el autor, que poco a poco veía que su trabajo recibía un reconocimiento social que se traducía en una libertad autoral, pero que siempre tendría la frontera formal como barrera impracticable. Pero todo yugo tiene su fin: tras años de cautiverio, los autores se pudieron liberar de las cadenas de la imposición formal con el avance de una industria que, amparada en la tecnología, da por fin libertad absoluta al autor para controlar continente y contenido. Llega la novela gráfica, un formato liberador en las formas que dinamita tamaños, estilos y grosores. El autor ya no sólo puede contar lo que quiera, puedo hacerlo como quiera. En cierta medida, la historieta ha vivido un eterno OuBaPo, no consensuado ni aceptado, sino dictatorialmente impuesto por la industria y la tecnología, del que despierta por fin en el siglo XXI. Sin embargo, esta libertad lleva consigo retomar el espíritu OuBaPo: ¿puede la total y absoluta libertad creativa hacer que el necesario riesgo creativo se adocene? ¿Puede ser contraproducente el libertinaje creativo? La respuesta es, evidentemente, negativa. La creación precisa de la libertad para su expansión, no se le pueden poner cortapisas. Pero no menos cierto es que la inexistencia de límites en el arte no implica necesariamente la inexistencia de los individuales. Cada autor está marcado por su trabajo y vive y crea bajo los límites de su propia capacidad y esfuerzo. Aceptar y reconocer estos límites es necesario para poder rebasarlos, y la aceptación de retos desde esa libertad completa puede ser una catapulta para el autor, un estímulo infinito para encontrar nuevos caminos. Ahora que la libertad creativa es total, más que nunca, el OuBaPo renace como un instrumento de exploración y descubrimiento. Ya sea con las normas establecidas por Groensteen o, simplemente, como un ejercicio de estilo nacido como reto, la restricción formal es un poderoso motor de creación. Todo vale: desde la imposición temática a establecer que sólo se pueden utilizar determinado número de viñetas, desde jugar con dibujos preexistentes a sólo poder usar un tipo de trazo, desde cambiar el estilo constantemente a imitar otro, desde el juego individual al colectivo. Es un juego en el que los autores aceptan encerrarse ellos mismos en una mazmorra y tirar la llave: y ellos mismos deben descubrir cómo salir desde la constante experimentación. Los resultados pueden ser más o menos brillantes, divertidos o crípticos, conservadores o arriesgados, pero siempre serán sorprendentes, siempre establecerán la base de un nuevo camino a explorar. Y no sólo eso, enseñarán la esencia de un lenguaje, lo descompondrán para comprenderlo o para maravillarse ante una nueva lectura. Y, por eso, el OuBaPo debe seguir siendo eterno.

 

Más información sobre el movimiento OuBaPo:http://neuviemeart.citebd.org/spip.php?rubrique62

Yo soy Bluff

Hoy, 28 de Junio de 2015 se cumple el 75 aniversario del fusilamiento de Bluff y Vicente Carceller. En su memoria, Antonio Martín me ha pasado este texto que reproduzco.

 

75 ANIVERSARIO de la MUERTE del DIBUJANTE e HISTORIETISTA “BLUF”, CARLOS GÓMEZ CARRERA, FUSILADO en el  CEMENTERIO de PATERNA por los hombres del general FRANCO…

Antonio Martin

Quisiera estar hoy, a las 12 de la mañana, en el cementerio de Paterna para rendir recuerdo y homenaje al dibujante “BLUF”….   Pero ante la imposibilidad de estar allí quiero, al menos, dejar un breve y casi improvisado testimonio de admiración y traer al presente su recuerdo…  Al tiempo que condeno, una vez más, tajantemente, la represión que llevó a cabo el franquismo, especialmente entre 1936 y 1951, en el conjunto de los muchos miles de muertes y condenas a prisión con que arrasó y destruyó la Cultura Española… y nos dejó a todos los nacidos después de la guerra huérfanos de nuestra herencia vital, cultura y política.

He trabajado durante años sobre los autores españoles de la historieta y el humor gráfico españoles de las décadas 1920-1930, por su importancia, novedad y alta calidad y sobre todo porque su obra se apartó en general de la historieta infantil para dirigirse a un público lector adulto. Fue la generación o generaciones de K-Hito, Mihura, Tono, Alfaraz, López Rubio, Bellón, Bluff y bastantes más. Alguno de ellos, casi todos, dibujó también en las revistas infantiles de historietas pero su obra más importante quedó en las revistas de humor para adultos.

“Conocí” a BLUFF cuando preparaba mi libro sobre Historia del Cómic español en la segunda mitad de los años 70. Y ya me quedé con su nombre por sus obras primeras. En aquellos momentos sin duda eran mejores y más importantes K-Hito, por maestro, y Mihura, por su experimentación… pero Bluff tenía “algo” distinto que le convertía en un dibujante y autor importante.

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Bluff, cuyo nombre civil era Carlos Gómez Carrera, se había dado a conocer, sobre todo, en la revista de humor gráfico Gutiérrez, dirigida por K-Hito, su grafismo recordaba aún a otros autores de los que había aprendido y a la mayoría de los cuales superó muy pronto hacia un estilo propio. Cuando publicó en la revista infantil Macaco demostró que era dueño de un humor muy distinto que compaginaba con obras más complejas como humorista político, siendo lo más destacable de su manera de hacer la libertad su trazo, el uso de las onomatopeyas y de los signos auxiliares en la historieta y cierta frescura gráfica que es difícil de explicar en pocas líneas. Al iniciarse los años treinta, Bluff comenzó a despegarse de la línea del humor absurdo que todos cultivaban en Gutiérrez  (no olvidemos que la revista se editaba durante la Dictadura del general Primo de Rivera) y pronto entró en contacto con las realidad concreta del país.

Durante los años de la II República Española, Bluff publicó mucho en la prensa diaria y en las revistas para adultos con obras de clara intención política de izquierdas. Al iniciarse la Guerra Civil, en 1936 se trasladó a Valencia, donde dibujó para los diarios La Correspondencia de Valencia,Adelante, La Libertad y sobre todo para la revista de humor La Traca, de Carceller.

La revista, primero publicada en valenciano/catalán, después cancelada  y desde 1931 vuelta a editar en castellano/español, nació como revista de humor grueso con muchas gotas, litros diría yo, de humor erótico y anticlerical. Pero en 1931 se reconvirtió y, sin dejar durante los años republicanos su humor anticlerical y de sal gorda, se convirtió en una revista política. Por ello fue suspendida en 1934 por el Gobierno del “bienio negro”, Lerroux, Samper, Gil Robles y tantos más. Para resurgir una vez más en 1936 después del triunfo del Frente Popular en las Elecciones Generales de febrero de aquel año, convertida en un arma de la “guerra de papel” de la propaganda.

Fue entonces cuando de nuevo conocí o “descubrí” de nuevo a Bluff. Como colaborador, como hombre esencial, como maestro de La Traca. A la que convirtió, con la ayuda de Carnicero, Enrique Pertegás, Modesto Méndez Álvarez, Palmer, Soriano Izquierdo, Echea, etc., en una revista en la primera línea de la propaganda de guerra, un arma terrible y temible que hizo befa y escarnio de los generales Queipo de Llano, siempre borracho, y Franco, a quien siempre presentó amariconado y con pluma, además de ridiculizar a los moros que trajo Franco, a los oficiales y al ejército dicho “nacional”, y puso en la picota a Hitler y a Mussolini, como sanguinarios dictadores que “avían” a Franco como a una figura de guiñol, y atacó a John Bull y a cuantas figuras, personas y entes trabajaban para hundir a la República.

De esta manera y junto a los espléndidos carteles republicanos, la revista La Traca se convirtió en la punta de lanza de la guerra de papel que se desarrollaba a la par que los hechos bélicos de la Guerra de España. De todos sus autores y dibujantes destacó por su obra gráfica, por su beligerancia contra el franquismo y por su calidad, Carlos Gómez Carreras Bluff.

Al acabar la guerra con la caída de Madrid, debido al golpe de estado del Coronel Casado con la ayuda de grupos socialistas y anarquistas, Bluff se trasladó a su casa en Madrid, donde fue detenido en abril de 1939 y encerrado en la prisión de Yeserías de Madrid. Después siguió el penoso recorrido por diversos centros de detención y cárceles, del que Eduardo Guzmán dejó testimonio en su novela biográfica Nosotros los asesinos, para finalmente acabar en la Cárcel Modelo de Valencia. En su encierro, Bluff comenzó a colaborar con dibujos, caricaturas y chistes en la revistaRedención “Semanario para los reclusos y sus familias”, creada por el Sistema Penitenciario franquista bajo el lema “la Redención de penas por el Trabajo”…. De lo que ocurrió después he escuchado o leído hasta tres versiones diferentes sobre qué chistes de Bluff, publicados en Redención, y da igual qué chiste o que tira fuera por el que le condenaron a muerte. A mi juicio, Bluff estaba potencialmente sentenciado desde mucho antes por sus feroces caricaturas de Franco y del franquismo.

Tal día como hoy, hace 75 años, el 28 de junio de 1940, Carlos Gómez Carreras Bluff fue fusilado en el Cementerio de Paterna, a veinte minutos de Valencia. Y hoy, a las 12 H. de la mañana, se realiza en dicho lugar un acto en recuerdo y homenaje a Bluff.  No puedo acudir al mismo, por ello: Vaya desde aquí mi dolorido sentir hacia uno de los mejores autores del humor gráfico español.

Y desde aquí, parafraseando a los franceses, afirmo: “Yo soy Bluff…”

Y al tercer año…

… resucitó.

No me hace gracia recurrir a Vizcaíno Casas para poner título a una entrada, pero viene al pelo, qué le voy a hacer: sirva la anterior entrada para decir Diego donde dije Digo y dar por enterrado cualquier intento de separarme de esta cárcel. Vuelvo a la carga. Pero menos. Como bien decía el anuncio, pesan los años, y uno ya no tiene tantos ánimos, pero sí que tengo morriña de hablar de los tebeos que leo. Poco a poco he ido recuperando ritmo de lectura y, aunque nunca será el de antaño, me vuelve a apetecer escribir sobre esos tebeos que leo. Eso sí, con tranquilidad: una o dos entradas a la semana, seguramente a modo de reseña general de las lecturas de la semana o de lo que se me pase por la cabeza, intentando recuperar el espíritu inicial que tenía la web hace ya casi 13 años. Es decir, que nada de noticias, listas de novedades, etc. Para eso sigan ustedes mi twitter, donde vuelco las noticias que voy leyendo o webs maravillosas como Entrecomics.

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Ale, nos vemos por aquí.

Las mejores lecturas del 2014

La verdad es que, al repasar las lecturas de este año, reconozco que ha sido un año mucho mejor de lo que a priori me parecía. Ha sido un año de grandes tebeos, en el que a mi entender hay que destacar varias cosas importantes. La primera, a saber, las excelentes reediciones de material clásico que se han hecho este año, de las que me gustaría destacar tres en especial: la de Las cosas de la vida, de Lauzier (Fulgencio Pimentel), según mi opinión EL tebeo del año; El bus, de Paul Kirchner (Ninth Ediciones), una delicia tan delirante como surrealista que entra directo en mi memoria sentimental como parte indisoluble del Zona 84 y Cadáver en Imjin, de Harvey Kurtzman (Norma), brutal, contundente, incontestable alegato antimilitarista que se debe considerar como uno de los grandes tebeos de la historia. No hay que olvidar otras grandes reediciones, como la del Dieter Lumpen, de Pellejero (Astiberri), BACO, de Eddie Campbell (Astiberri), el Miracleman de Alan Moore, Gary Leach y Alan Davis (ECC Ediciones), el magistral Popeye, de Segar (Kraken),  Johan y Pirluit de Peyo (Dolmen), Superman: ¿qué fue del hombre del mañana?, de Alan Moore (ECC Ediciones), las ediciones de Toppi y Micheluzzi de Ninth Ediciones, las ediciones de clásicos europeos de Ponent Mon (que este año ha recuperado clásicos como Buddy Longway o Tanguy y Laverdure) o la absolutamente espectacular y completa recuperación del Little Nemo in Slumberland, de Winsor McCay que se ha marcado TASCHEN.

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Me ha parecido muy importante también la apuesta decidida por la recuperación de los clásicos que están haciendo editoriales como El Nadir (responsable de maravillas como Pioneros del Cómic, Oskar Andersson y otras perlas que anuncian) o Reino de Cordelia (Baron Bean, Little Sammy Sneeze…). Es necesario y obligado recuperar a estos autores clásicos y que estén disponibles para los lectores españoles, aunque hay que reconocer que es casi una labor suicida por parte de los editores, lo que me produce todavía más admiración. Saludo y alabanzas con genuflexión para ellos.
La tercera, que haya podido aparecer un proyecto tan interesante, vital e ilusionante como Viñetas de vida (Intermon Oxfam y Astiberri), más allá de la calidad del tebeo –indudable- o de la importancia del mensaje que lanza la ONG con estas historias, creo que un proyecto de este estilo es un espaldarazo definitivo a la validez del lenguaje de la historieta, a su definitiva integración como medio. Eso que durante tanto tiempo llamaba “normalización” y que, creo, se ha conseguido plenamente.
Y la cuarta, las excelentes páginas de webcómics que están apareciendo. Hoy por hoy, soy adicto a varias páginas donde, creo, se están cociendo los autores y autoras que tendrán nombre en el futuro del medio. TikTok Comics , Parias Comix , y Grandpapier son visitas diarias obligadas. Ojo, que algunas de las historietas más brillantes se están publicando allí.

Pero vamos a mi listado particular de “Lo mejor del 2014”. Un listado, por supuesto, personal, subjetivo, intransferible y, claro limitado. Es, simplemente, el listado de “lo mejor que he leído” de las novedades aparecidas durante el 2014.
Pongo la lista y luego comento:

1 Arsène Schrauwen I y II, de Olivier Schrauwen (Fulgencio Pimentel)
2 Cowboy Henk, de Kamagurka y her Seel (Autsaider)
3 Vivíamos entre las flores, de Seiichi Hayashi (en Terry, Fulgencio Pimentel)
4 Historias de Barrio 2. Caminos, de Gabi Beltrán y Bartolomé Seguí (Astiberri)
5 Las meninas, de Santiago García y Javier Olivares (Astiberri)
6 100 pictogramas para un siglo (XX), de Pere Joan (Edicions de Ponent)
7 Yo, asesino, de Antonio Altarriba y Keko (Norma Editorial)
8 Fabricar Historias, de Chris Ware (Random House)
9 El culto Charles, de José Ja Ja Ja (Fulgencio Pimentel)
10 Vampir 2, de Joann Sfar (Fulgencio Pimentel)
11 Inercia, de Antonio Hitos (Salamandra Graphic)
12 La entrevista, de Manuel Fior (Salamandra Graphic)
13 La enciclopedia de la tierra temprana, de Isabel Greenberg (Impedimenta)
14 Tiempo de canicas, de Beto Hernández (La Cúpula)
15 Aâma 4, de Frederick Peeters (Astiberri)
16 Habitaciones Íntimas, de Cristina Spano (Bang)
17 Kiosco, de Juan Berrio (dibbuks)
18 La gran guerra, de Joe Sacco (Random House)
19 Serie B, de Andrés G. Leiva (dibbuks)
20 Murderabilia, de Álvaro Ortiz (Astiberri)
21 En silencio, de Audrey Spiry (Diábolo)
22 Dossier negro, de Alan Moore y Kevin O’Neill (Planeta)
23 La técnica del perineo, de Ruppert y Mulot (Diábolo)
24 Extraños, de Javier Sáez (Sexto Piso)
25 Ikea Dreammakers, de Cristian Robles (deHavilland)

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Inicio la lista con el que, a mi entender, es el mejor tebeo del año: Arsène Schrauwen. Los dos volúmenes editados (exquisitamente) por Fulgencio Pimentel muestran una obra rompedora, diferente, que exprime el lenguaje simbólico del cómic para componer un discurso donde el pasado toma forma de presente y los recuerdos se convierten en materia dúctil y maleable en las manos de Schrauwen. El uso del color, de la composición… se puede estar hablando de esta obra horas y seguir descubriendo nuevos detalles y matices. Después, todo un clásico del underground europeo, Cowboy Henk, puro surrealismo vestido de inocente tintinismo que esconde en sus páginas verdaderas joyas del absurdo cotidiano, que explotan cruelmente a la luz de la literalidad. La antología Terry (Fulgencio Pimentel) debería ser, en sí misma, un acontecimiento, pero me vais a permitir que me quede con Vivíamos entre las flores, un relato de melancolía pura, minimalista en su concepción narrativa pero demoledor en el sentimiento que provoca. Pura poesía visual de una belleza devastadora. Los puestos 3 y 4 me suponen un trauma. Esto es lo de papá y mamá. ¿Qué me parece mejor, la brutal sinceridad de Historias de Barrio 2 o la inteligente disección del arte de Las meninas? Qué queréis que os diga: Seguí y Beltrán por un lado y Olivares y García por el otro han conseguido dos obras profundamente distintas, pero coincidentes en su magistralidad. Hoy me decanto por ese camino de mujeres que plantea Beltrán con honestidad visceral, pero mañana puedo decantarme por la lúcida aproximación a la mirada del artista que crean Olivares y García. Son dos tebeazos, como también los es el sorprendente 100 pictogramas para un siglo (XX), que vuelve a demostrar la infinita inteligencia de Pere Joan y su endiablada habilidad para examinar las posibilidades del medio e ir un paso más allá. Y otro tebeo español brillante: Yo, asesino, donde Antonio Altarriba firma un guion casi perfecto, todo un ejemplo de reflexión que Keko borda hasta conseguir una obra realmente escalofriante. Y que se permite dar unas sonoras bofetadas al actual sistema universitario que, reconozco, me han encantado y comparto.

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Lo de Chris Ware con Fabricar Historias es increíble. En lo formal, su repaso a la historia del medio me parece que crea una propuesta tan atrevida como formalmente inalcanzable, que dará miles de páginas de estudio. Sin embargo, reconozco que la historia que plantea no me ha llegado tanto como otras obras suyas, lo que no quita que sea un extraordinario tebeo/caja/loquesea. Otro patrio para la lista: El culto Charles, de José Ja Ja Ja, un tebeo que desató polémica en su día pero que a mí me ha fascinado por lo desvergonzado y fresco de su propuesta, que es capaz de tomar préstamos de aquí ya allá para hilar un discurso nuevo y sugerente. Ojo, que José puede ser el nuevo Ware. De Joann Sfar poco se puede añadir. A mí me tiene ganado y Vampir 2 me parece una delicia que sabe moverse en un romanticismo de encantadora ingenuidad pero profundamente irónico. Inercia, de Antonio Hitos es el gran debut del año. Un joven autor que ya tenía trayectoria en la última etapa de El Víbora pero que se descubre con una de las reflexiones más acertadas sobre la situación de la juventud actual, contada con riesgo y atrevimiento formal. De Manuel Fior sigo enamorado: es capaz incluso de sorprenderme con una historia de ciencia ficción que rompe todos los esquemas como La entrevista. Una de las sorpresas del año ha sido, sin duda La enciclopedia de la tierra temprana, de Isabel Greenberg. Todo un homenaje a la fabulación, a la capacidad del ser humano de crear y, sobre todo, contar historias. La autora es capaz de reunir religión, mito y leyenda con el cuento y la fábula, creando una historia tan hermosa como subyugante. De Beto poco se puede decir ya, pero Tiempo de canicas es una genialidad que consigue un retrato de la infancia y juventud insuperable. Casi nada. Peeters ha firmado en Aâma la que a mi entender es la mejor historia de ciencia ficción de los últimos años. Y lo hace con inteligencia, revisando y homenajeando el género desde Gillon hasta Moebius, con una historia que tiene matices a de Jodorowsky pero que consigue triunfar donde precisamente fallaba el mexicano, en un final redondo y perfecto. Habitaciones Íntimas, de Cristina Spano ha sido una de las sorpresas del año, una obra delicada e íntima, como su nombre indica, que une la memoria con los lugares, con los espacios. Kiosco, es Juan Berrio. Y con eso debería estar dicho todo, porque Berrio es uno de los autores más personales que tenemos y garantía de una obra encantadora, como es esta. La gran guerra es uno de esas obras que pone el lenguaje de la historieta al límite. Joe Sacco ha realizado una versión moderna del tapiz de Bayeaux con sutiles diferencias formales que lo trasladan completamente al noveno arte, tejiendo un mensaje antimilitarista categórico. Andrés G. Leiva se prodiga, por desgracia, poco. Eso sí, cuando reaparece hace gozadas como Serie B, un inteligente homenaje a la cultura popular, al cine de barrio y a esas historias tan extrañas como fascinantes que poblaron las películas y novelas de los años cincuenta. Álvaro Órtiz sigue camino firme y Murderabilia es la confirmación de un autor que nunca decepciona, con una historia de horrores cotidianos, de la fascinante atracción de lo morboso. El tratamiento del color de Audrey Spiry en En silencio debería bastar para colocarla en cualquier lista, pero es que además la historia que narra me ha parecido excelente, una reflexión sobre las relaciones humanas atractiva con una naturaleza salvaje de telón de fondo. Del Dossier negro, de Alan Moore y Kevin O’Neill poco se puede decir: el pastiche elevado a la categoría de arte, la relectura de la cultura popular como objeto de deseo. Divertidísimo. La técnica del perineo, puede no ser lo mejor de Ruppert y Mulot (galardón que se debe llevar, a mi entender, la sensacional Irene et les clochards), pero pese a no transitar por los caminos de la experimentación formal extrema, su reflexión sobre el sexo en los tiempos de internet me parece interesantísima. Y para acabar dos sorpresas de autores españoles: Extraños, de Javier Sáez es una fascinante excursión al lado oscuro de la imaginación humana mientras que Ikea Dreammakers, de Cristian Robles es un implacable análisis del capitalismo de diseño sueco con ecos gráficos de Hora de aventuras.

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Estos serían los 25 que más me han gustado. Hoy, mañana no sé. En cualquier caso, un año con una cosecha patria extraordinaria (¡11 de 25 en la lista!) y con una lista de buenos tebeos que no se acaba ahí. Han salido otros excelentes tebeos como El caso Maiakovski, de Laura (Luces de Galibo), Versus, de Luis Bustos (Entrecomics), Nosotros llegamos primero, de Furillo (Autsaider); Yo, René Tardi, de Tardi (Norma), Planeta Tierra, de Aisha Franz, Orlando y el juego, de Luis Durán, Aquél verano, de Jillian Tamaki y Mariko Tamaki (La Cúpula), Black ParadoxGyo, de Junji Ito (ECC), Trabajo de clase/Nuevos Románticos de Ana Galvañ y Marc Torices (apa apa), Putokrio, de Jorge Riera y VVAA (Edicions de Ponent), Vida y opiniones de Tristam Shandy, caballero de Martin Rowson y Laurence Sterne (Impedimenta), Alabaster, de Tezuka (Astiberri), Lo primero que me viene a la mente, de Juaco Vizuete (Astiberri), Mi amigo Dahmer, de Derf Bacder (Astiberri), Las guerras silenciosas, de Jaime Martín (Norma), Degenerado, de Cruchaudet (dibbuks), La gigantesca barba que era el mal, de Stephen Collins (La Cúpula), I’m a hero de Hanazawa (Norma) o Los últimos días de un inmortal, de Vehlmann y De Bonneval (Ninth).
Sin olvidar que 2014 ha sido el año en que, creo, me he reconciliado con los superhéroes: hacía años que no me lo pasaba tan bien leyendo tebeos de este género. Y la culpa hay que echársela al Hawkeye de David Aja y Matt Fraction, el Hulka de y Pulido y Soule, el FF de Allred y Fraction o el Silver Surfer de Allred y Slott.
No me gustaría acabar sin hacer una recomendación de algunos tebeos infantiles deliciosos. Dedico mucho a buscar tebeos para mi hijo que no sean simples franquicias de series de televisión y, cada vez más, creo que la labor de las editoriales que apuestan por hacer tebeos para este segmento de edad es encomiable. De los que he leído este año con mi crio, me (nos) ha(n) encantado el Hilda y el trol de Luke Pearson (Bárbara Fiore), ¡Super Jaime! de Verónica Álvarez y Daniel Martínez de Leiva (La tribu), todos los títulos de Mamut de Bang! y dos reediciones maravillosas: Boro, Moro y Puromoro, de Toni Cabo (Ponent) y el clásico Mumin de Tove Jansson (Coco Books).
Y ya está.

Paco Roca

(Entrevista realizada en enero de 2011 y publicada en la Revista Laraña de Sevilla en 2011, aprovecho el estreno de la película de Arrugas para recuperarla. Como veréis es una entrevista muy informal, pensada para un público muy generalista.)

ENTREVISTA A PACO ROCA

La entrevista no puede tener mejor fondo: en la pantalla del ordenador, la portada de Laraña que está haciendo Paco, rememorando la mítica del primer Tío Vivo en una versión realista, al estilo de lo que Alex Ross hizo con Kirby.

Comencemos por el principio: ¿dónde nacen las ideas?
Pues la verdad es que es complicado. Por lo menos llegado el momento en el que estoy ahora, que creo que no es que cada vez tenga menos libertad, pero que te planteas las cosas de una forma diferente. Las ideas nunca sabes bien de donde salen, pero al final todas las ideas son como un reciclado de todo lo que nos rodea y vivimos, desde una película, un libro que has leído, un artículo… cualquier cosa. La reciclas y, llegado el momento, más o menos como el de ahora, haces una selección. Yo creo que ya no llegas a hacer todas las cosas que quisieras si no las cosas que crees que tienes que hacer, por diferentes motivos, por ventas, y más o menos por lo que ya es tu línea. En un principio me gustaba mucho la aventura, me gustaba el género, el fantástico y demás, pero poco a poco te vas desmarcando. Es algo que me sigue gustando mucho y me gustaría hacer una historia así, pero creo que ahora no encaja, empiezas a tener un tipo de público como muy general. Al principio cuando hice El juego lúgubre o Hijos de la Alhambra todavía no tenía ningún público y yo hacía lo que quería, ahora me apetece hacer otro tipo de cosas  incluso, pero piensas que a estas alturas hacer este tipo de cosas no te llevan a ningún lado. Yo creo que el tener más lectores cada vez te va delimitando más el abanico de ideas.

Es paradójico: cuando llegas al estatus del “creador” pierdes libertad, cuando debería ser al contrario, ¿no?
Sí, ganas libertad en el sentido de que se abren muchas más puertas y, en teoría, nadie te replantea las historias que haces, pero tú mismo te las planteas porque te da más miedo hacer ciertas cosas o cambiar de registro. Yo lo intento, pero siempre dentro de una misma línea para un mismo tipo de público determinado. Es verdad que contra más lectores tienes, pierdes un poco de libertad creativa. Cuanto más tienes, más miedo da perderlo.


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Del libro al e-book

La charla que impartí en la pasada Jornada de Ilustración Gráfica organizada por APIV en marzo de 2011: Del libro al e-book: crónica de una transición digital y propuestas ante una revolución en la distribución de contenidos digitales
Por si a alguien le interesa…

charlaapiv

Taller de cómic en Castellón

El lunes 17 de octubre a las 18:00h arranca una nueva edición del Taller de Cómics organizadas por por la Universitat Jaume I desde su Aula de Cinema i Creació Juvenil y el colectivo comiCS (Cómic Castelló). El taller conta de 40 horas y se desarrollará hasta el 22 de diciembre en la Universitat Jaume I. El curso estará impartido por el dibujante profesional Sergio Abad de Edición Limitada Estudio que actualmente esta trabajando para editoriales tanto en Europa como en el mercado estadounidense.
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Encantador

Ayyyy, en estos tiempos de efectos especiales digitales hiperrealistas, en el que cualquier detalle imaginado es factible de ser puesto en pantalla, en 3D y con sensorround, esta imagen del Batman de los 60 me parece encantadora y entrañable…

(Vía quadrinhos)

Informe sobre ciegos

Ser dibujante de tebeos de terror debe ser deprimente. No por nada, no es cuestión de consideración peyorativa sobre el género (que la hay, seguro) o de la sempiterna cuestión de las miserias del que afila lápices para dibujar (que las hay, y a toneladas). Es algo tan simple como impotencia. Me imagino al señor o señora dibujante o dibujanta delante de la página, intentando trasladar esa experiencia cinéfila de escalofrío gélido que va agarrándose a la columna y que explota finalmente en un aterrador susto que nos hace saltar del asiento, ese clima de terror tensionado, de nerviosismo ansioso ante la siguiente imagen… Y claro, también me imagino al pobre dibujante o dibujanta poniendo velitas por tener a mano una sala oscura, una banda sonora de chillones y estridentes violines y el control férreo de los tiempos para que el lector, obediente, pase de viñeta única y exclusivamente cuando se le indique. Pero, ¡ay!, dura es la vida del dibujante o dibujanta o dibujanto, porque el lector resulta ser caprichoso y lee el terrorífico tebeo con halógenos de 2000W y gafas de sol, con música de Parchís y antes de pasar la página, esa que escondía un impactante y terrorífica doble-página destinada a hacerle saltar por los aires, se va a echarse una meadilla ante la presión de la fresquita cerveza que se estaba tomando. Y si esto me lo imagino yo, piensen ustedes en la cara del dibujante/a/o/u/i ante la página en blanco, pensando en lo mismo: terminará dibujando ositos amorosos, que por lo que le pagan es lo mismo. 
Pero no. Resulta que es posible trasladar el terror al papel. A viñetas exactamente. O por lo menos, hay un precedente claro. O una excepción: Alberto Breccia. 
Mira que uno ya está baqueteado en esto de las lecturas terroríficas, pero sigo teniendo grabado a fuego el día que leí dos historias de Breccia, dos adaptaciones: La gallina degollada de Quiroga y El corazón delator de Poe. Aparecían en el Biblioteca TOTEM de El Eternauta, una espléndida versión inacabada de la genial creación de Oesterheld, como algo casi sin importancia, como un relleno más. Pero oigan, qué relleno. Era dos historietas que jugaban con ese expresionismo brutal del claroscuro rotundo para crear una tensión y un ritmo únicos, para romper todas las reglas del juego: el dibujo, antes pasivo ante el lector, toma las riendas y le marca los tiempos. Era algo increíble: en una secuencia sin precedentes (Krigstein, quizás, se acercaba), cuatro viñetas se repetían incesantemente. Un solo cambio: una onomatopeya cada vez mayor. Un único resultado: nuestros propios latidos se acompasaban frenéticamente al ritmo de lo ficcionado, se transformaban en ansiedad y sentíamos ese escalofrío primordial y atávico incomprensible que es el miedo. Y lo mismo para La gallina degollada, en la que de nuevo la imagen repetida y esa palabra ROJO, marcada a fuego tipográfico saliendo de bocas mudas y de unos ojos perdidos consigue espantar hasta lo impensable. Breccia había captado la esencia del terror, no necesitaba de ritmos, músicas ni efectos. Sólo necesitaba crear miedo y espanto. Era lógico que fuese, también, el único dibujante capaz de traducir a dibujos la prosa de Lovecraft. Esos monstruos ignominiosos que se desplazaban por geometrías imposibles con formas y colores inhumanos encontraron en las aguadas y los efectos de Breccia el cómplice ideal, llevando el expresionismo al límite del impacto visual ante el lector, usando luces y sombres para insinuar y sugerir, para ir deslizando lentamente un estado de ánimo, un cúmulo de sensaciones, una alucinación gráfica que se tornase tangible, que erizase todos y cada uno de los pelos del cogote. 
Pero donde quizás ese terror se hace más palpable es cuando Breccia se atrevió con Sabato y su Informe sobre ciegos, un relato magistral sobre el camino que lleva a la locura que deja siempre pequeños flecos a la reflexión, a la duda sobre esa sociedad atenazante y mutiladora del individuo que nos rodea. Manteniendo ese espíritu – y perdóneseme la herejía-, Breccia multiplicó la eficacia de la pluma de Sabato hasta el infinito, extrayendo del relato original la esencia del terror, de ese miedo a lo desconocido que lleva del delirio y la paranoia a la pura locura. De golpe, los miedos atávicos y primordiales de Lovecraft toman sentido y forma, como parte oculta de la mente humana que puede aparecer proyectada en cualquier esquina. Nuestra psique se intenta proteger de lo desconocido, de aquello que nos perturba transformándolo en señal de peligro, de algo a evitar ante todo y sobre todo. Sin embargo, como bien demuestra el personaje de Fernando Vidal, aquello que nos atemoriza nos fascina, nos impulsa a seguirlo pese a la amenaza de destrucción. Y Breccia borda esa avalancha de sensaciones contradictorias, de elementos que nos inquietan y nos atraen a la vez, siempre con ese juego magistral de sus aguadas, con la insinuación de sus contrastes, con formas imposibles que la razón no reconoce pero el subconsciente acepta como parte de sus recuerdos más olvidados, dinamitando las conexiones entre imaginación y realidad para conseguir dibujar la esencia del terror.
Aprovechen ustedes la edición de Astiberri y no se pierdan esta obra maestra del viejo Breccia.

Japón

Las imágenes del desastre de Japón son terribles, pero no puedo evitar la macabra sensación de haberlas visto cientos de veces… Hace poco leía en twitter a los de 13 millones de naves con idénticas sensaciones: Akira, Breakdown, Jacarandá, Dragon Head, Aula a la deriva… Hemos visto en los cómics mil veces el efecto de la devastación en el país del sol naciente.
Una inquietante sensación de déjà vu… y extraña obsesión de un país que sueña continuamente con la pesadilla de su destrucción.

Los premios de Angoulême

– Premio de la BD alternative: “L’arbitraire”
– Premio del Patrimonio: Attilio Micheluzzi (a ver si alguien se anima a publicar en España obras suyas, como esa joya que es Bab-El-Mandeb)
– Premio Revelación: La Parenthèse, de Elodie Durand y Trop n’est pas assez, de Ulli Lust (que ya se había adjudicado el premio Artémisia 2011 de la bd femenina)
– Premio de la audacia: Les noceurs, de Brecht Evens
– Premio Mirada al mundo: Notas al pie de Gaza, de Joe Sacco. Lógico, esperado y merecido.
– Premio Intergénération: Pluto de Naoki Urasawa
– Premio a la mejor serie: Il était une fois en France T. 4, de Fabien Nury y Sylvain Vallée
– Premio especial del jurado: Asterios Polyp, de David Mazzucchelli
– Premio del público: Le bleu est une couleur chaude, de Julie Maroh
– Fauve d’or al mejor álbum: Cinq mille kilomètres par seconde, de Manuele Fior ¡Sorpresa!
Y ya es oficial: Art Spigelman, Gran Premio de Angoulême.

Sorteo Apa Apa Cómics

Pues finalizado el plazo del sorteo, recontados los mail y borrados los repetidos, el sorteo se hace por generación aleatoria mediante MATLAB de 3 números entre el 1 y el 584. And de güiners ar:
Rocío Stevenson Muñoz (Alcalá de Henares)
Emilio José Padrón González (A Coruña)
Victor Miguel Ocón Ramos (San Vicent del Raspeig)
En breve la editorial os hará envío de vuestro premio. ¡Enhorabuena!

Tezuka

Ayer Osamu Tezuka hubiera cumplido 82 años. Una buena ocasión para hablar de su figura, más cuando Planeta DeAgostini ha editado a todo lujo una de sus (muchas) obras maestras, Adolf. Recupero un antiguo artículo que escribí para la revista Trama en 2004:

Setecientas obras, más de ciento cincuenta mil páginas. Son los números que definen de forma fría y aséptica la producción de un sólo autor. Unas cifras mareantes, casi imposibles de imaginar si las comparamos con las realizadas por cualquier autor español o, incluso, por la suma de todos ellos. Más sorprendente se podría considerar todavía que el porcentaje de esas obras que puede merecer el adjetivo de “maestra” es altísimo, sin que prácticamente ninguna de ellas no tenga algún aspecto destacable. Datos espectaculares de un clásico mundial de influencia decisiva que hacen casi increíble que hasta hace apenas unos años, Osamu Tezuka, el padre del manga, era un total desconocido en nuestro país. Afortunadamente, en los últimos años estamos asistiendo a una explosión de publicaciones de su obra que puede permitir al lector español conocer y admirar a este autor imprescindible.
Tezuka, el revolucionario
Tras la II Guerra Mundial, el manga japonés seguía los rígidos esquemas de los clásicos emonogatari (relatos ilustrados) que derivaron en los periódicos en el koma-manga, historietas de cuatro viñetas que copiaban el formato en las comic-strips americanas que habían inundado los periódicos japoneses desde principios de siglo. Su concepción era más próxima a la ilustración o al humorismo gráfico que a la narración visual, muy influenciada, lógicamente, por la tradición gráfica japonesa. Los autores de éxito del momento seguían esta tradición de forma casi religiosa y pocas licencias eran permitidas a los jóvenes que intentaban abrirse camino en ese mundo. Cuando el joven estudiante de medicina Shigeru Tezuka comenzó a colaborar bajo el pseudónimo de Osamu en el en el magazine Mainichi Shogakusei Shinbun con la obra Ha-chan’s Diary (1946) seguía de forma pulcra los cánones del koma-manga. Un debú clásico que apenas hacía presagiar el éxito arrebatador que le esperaba apenas un año después con una obra que se atrevía a romper todos los esquemas preconcebidos y traicionales de la narración gráfica japonesa. Shintakarajima (“La nueva isla del tesoro”), revolucionaba en 1947 el mundo del manga incorporando una narrativa absolutamente nueva y distinta. Maravillado por el mundo occidental, Tezuka se había empapado de los dibujos animados de Walt Disney y los Fleischer (Popeye, Betty Boop…), de los cómics americanos de prensa, del cine de Hollywood, de la literatura europea, una amalgama de influencias que cristalizó en La nueva isla del tesoro. La obra supuso un shock instantáneo no sólo para el público japonés, sino para los autores japoneses. Un jovencillo de apenas dieciocho años había abierto un camino nuevo, que anunciaba formas distintas de entender el manga. Un punto de partida que la inagotable capacidad investigadora de Tezuka convirtió casi en una costumbre, en una manera de abordar la creación que le acompañó el resto de su vida.

Tezuka, el renovador.
Si su primera obra rompía moldes, las siguientes volvieron a ser piedras miliares no sólo del manga, sino de la historia del cómic mundial, renovando géneros, formatos y formas de entender la historieta. Tras el éxito de su primera obra, Tezuka se introdujo en la la ciencia ficción con la trilogía de los Mundos Antiguos (Lost World (1948), Metrópolis (1949) y Next World (1951)) abordando un género poco trillado por el manga. Tezuka firma una apasionante saga en la que las influencias de obras occidentales como el Metrópolis de Fritz Lang, el Flash Gordon de Raymond o los clásicos de Verne se mezclan de irrepetible. Como buen espíritu inquieto, dio un giro de 180º y de la ciencia ficción y los clásicos de la literatura pasó a adentrarse en la jungla salvaje con Jungle Emperor Leo (1950-54), la historia de un león nacido entre humanos y que reclama su puesto como rey de la selva. Una obra que supuso el reconocimiento absoluto para su autor y que años después sería la inspiración evidente de la famosísima película «El Rey León» de Disney.
Pero no contento con renovar géneros clásicos con títulos que, por sí solos, le darían lugar en la historia del tebeo, Tezuka llegó a crear géneros propios dentro del manga sin los que es imposible entender hoy en día la historieta japonesa. En 1951 inicia Captain Atom, una versión moderna del Pinocho de Collodi en la que un científico se fabrica un hijo cibernético de cien mil caballos de potencia y poderes increíbles. La serie es un éxito arrollador y pronto pasa a denominarse Tetsuwan Atom (aunque es más conocida en Occidente como Astroboy), desatando la pasión por los mangas de ingenios mecánicos (el mecha-manga). Apenas unos años después, realizaba Ambassador Magma (1965), las aventuras de un gigantesco robot controlado por un niño en el que se avanzaba a toda la moda de robots gigantes como Mazinger Z.
Dos años después de la creación de Astroboy, un nuevo cambio radical de rumbo le lleva a crear una comedia romántica Ribon no Kishi (1953) (“La princesa Caballero”), una historia de princesas escondidas y amores imposibles que desata pasiones entre las niñas niponas, siendo justamente considerada como el primer shojo-manga o manga de género femenino, germen de un fenómeno propio el mercado japonés: el altísimo porcentaje de mujeres consumidoras de historieta.
La lista de ejemplos donde Tezuka se adelantó a su tiempo no queda ahí. Se adentró en el género histórico con adaptaciones de relatos tradicionales japoneses como la leyenda del Rey Mono (Son Goku the Monkey, 1952), un cuento que en los noventa saltaría a la fama gracias a la versión de Akira Toriyama (Dragon Ball), deudora en muchísimos aspectos de la interpretación de Tezuka; adaptó la vida de Buda (Buda, 1972) en una larguísima obra de casi tres mil páginas en la que hace un recorrido de la mítica vida del fundador de la religión budista. Incluso en sus últimos años se introdujo en la tempestuosa transición entre el periodo Edo y el Meiji con Tezuka’s Ancestor Dr. Ryoan (1981).
La fantasía más pura tuvo también su oportunidad en la obra de Tezuka, protagonizando la que es llamada la obra de su vida, Hi no Tori (Fénix) (1967-1989), una monumental obra que parte del mito del ave Fénix para contar historias tradicionales japonesas y, paralelamente, realiza un estudio de la naturaleza humana tan excitante como soberbio.
Nada se escapaba a la capacidad innovadora de este autor. Incluso aprovechando sus conocimientos de medicina, inventó un género de historias médicas a medio camino entre el thriller y la denuncia social de la que serían máximos exponentes Oda a Kirihito (1970), la odisea de un médico enfermo de una terrible enfermedad deformante y Black Jack (1973-1984), las aventuras de un excelente cirujano que ofrece sus servicios al mejor postor. Una denuncia social que se descarnaría y alcanzaría sus máximos extremos en dos obras magistrales: Ayako y Adolf.

Tezuka, el humanista
El movimiento gekiga, nacido a finales de los 50, planteaba que los mangas tocasen temas de la calle, realistas, que hablasen de los problemas de la gente. Muchos de los autores que siguieron este estilo veían precisamente en Tezuka un ejemplo a no seguir, quizás fijándose más en su estilo gráfico de grandes ojos y espíritu infantil que en el claro y abierto compromiso del autor con sus ideales. Hombre de profundo humanismo y abierto de miras hacia el progreso, usó todas y cada una de sus obras como tribuna desde la que hablar acerca de sus inquietudes, siempre desde una perspectiva radicalmente opuesta al conservadurismo social imperante en Japón. Incluso obras aparentemente infantiles esconden una segunda lectura en la línea de sus ideas. Así, Astroboy no deja de ser una parábola sobre la importancia de la ciencia y la tecnología en un Japón que apenas salía de las terribles consecuencias del uso violento de la energía atómica. Un mensaje de apertura que sigue siendo válido en casi toda su obra, tanto en las historias de género fantástico o de ciencia ficción como en cualquier otra. Tezuka cree firmemente en la necesidad de abrirse a un futuro que no puede tener anclas en una tradición ancestral, pero donde sus ideas logran un protagonismo absoluto en sus obras más adultas. Ayazo (1972), por ejemplo, puede resumir perfectamente toda su ideología. En las casi seiscientas páginas de esta obra, Tezuka es capaz de hacer un radiografía exacta y rigurosa de la situación creada en el Japón que salió derrotado de la II Guerra Mundial, transmitiendo de forma cristalina los sentimientos de un pueblo que se debatía entre las miserias y las mafias que buscaban dominar el país. Paralelamente, Tezuka ataca los atavismos feudales de una sociedad que sigue anteponiendo las tradiciones a las libertades individuales, contando la historia de la joven Ayako encerrada por sus padres para evitar el deshonor. Una durísima obra en la que no hay ganadores sino únicamente perdedores, un lugar donde la visión del autor es desagarradoramente pesimista, sin atisbo alguno de piedad hacia ninguno de los protagonistas. Con una endiablada capacidad consigue que cada personaje es un paradigma de cada uno de los males que, según él, atenazan a una sociedad anclada en el pasado, creando víctimas del odio, la envidia, la ambición o la ignorancia.
Un compromiso con el humanismo que reflejó claramente en Fénix, la obra que desarrolló durante casi treinta años haciendo un repaso a las pasiones humanas, a todos los defectos y virtudes del ser humano, reflejados en el mito de la resurrección, del fuego reparador que es capaz de consumir y volver a lanzar desde sus cenizas a un ave de belleza incomparable. Una creación inmensa, que recuperaba en diferentes momentos de su vida y que iba recogiendo una evolución personal en la que no había pasos atrás y que se resumió en una obra final magistral, exponente perfecto del camino recorrido anteriormente.
Adolf (1983) es la historia de tres hombres que comparten nombre pero siguen destinos bien diferenciados. Con la excusa argumental del supuesto origen judío de Adolf Hitler, Tezuka trama una complejísima historia donde dos niños, Adolf Kamil y Adolf Kauman, siguen caminos bien diferentes, ejemplificando la deriva del pueblo alemán atraído por el nazismo y la implacable persecución judía. Pero de nuevo, tras una milimétrica estructura narrativa, encontramos una historia de honda humanidad, que habla de amistad y de la verdadera naturaleza de las emociones humanas.

Tezuka, narrador visual
Tanto la vanguardia como el compromiso de este autor se sustentan en una capacidad artística casi inhumana. Si su estilo gráfico, deudor de la animación americana de los años 30, permaneció casi inmutable durante sus cuarenta años de profesión, su narrativa es toda una enciclopedia de recursos del arte secuencial. Cada una de sus obras descubre una cuidada planificación, una elección de perfectos encuadres que, en muchos casos, se avanza décadas a lo que luego se vería en el mundo del cómic. Conocedor como pocos de las tiras de prensa clásicas americanas de los años 20 y 30, Tezuka incorpora a sus obras un dinamismo y un sentido de la narrativa único. Incluso en obras menores como Crimen y Castigo (1953), la adaptación del clásico de Dostoievski, encontramos ejemplos de la capacidad narrativa de este autor: escenas que transcurren en tres pisos diferentes compuestas en paralelo sin que el lector sea consciente de la complejidad de la planificación de la escena, tan sólo del flujo narrativo natural.
En todas sus obras Tezuka consigue imprimir velocidad y dinamismo a la acción y pasar sin solución de continuidad a escenas dialogadas con una naturalidad aplastante, influida en muchos casos por los grandes clásicos cinematográficos tan del gusto del autor. Una característica que pasa a menudo desapercibida para el lector demostrando precisamente la grandeza de la narrativa de Tezuka: conseguir llevar al espectador allá donde él quiere, ralentizando o acelerando su ritmo de lectura según las necesidades de la narración.
Y todo, basando en el dibujo toda la fuerza narrativa, despojando las viñetas de textos redundantes y expresando gráficamente todo aquello que otros autores anteriores perdían en textos infinitos, enfatizando al máximo el concepto de arte secuencial.

2004, el año de Tezuka
Paradójicamente, el conocimiento de Tezuka en nuestro país ha sido inversamente proporcional a su talla como autor. Desconocido durante décadas, sus obras comenzaron a ser introducidas con la edición Black Jack por parte de Glenat a finales de los noventa. A partir de ahí, una larga pausa que fue interrumpida por la edición de Adolf de Planeta DeAgostini en 2000, todo un pistoletazo de salida para la edición de un buen puñado de obras del maestro. La misma editorial publicó las enormes sagas de Buda (2002) y Fénix (iniciada en el mismo año pero paralizada en el momento de escribir este artículo a la espera de decidir el formato final de su edición), mientras que otras dos casas lanzaron sendas colecciones Tezuka. La barcelonesa Glénat comenzaba la edición cronológica de Astroboy en el salón del manga del 2003, a la que seguirían este mismo año, la trilogía de los mundos antiguos con Metrópolis y el gérmen del shojo La Princesa Caballero. Por su parte, la madrileña Otakuland se encargaba de poner durante en el mercado Crimen y Castigo, Oda a Kirihito y la fundamental Ayako, convirtiendo el 2004 en el “año Tezuka” en España.
Esperemos que esta explosión de interés por el creador del manga moderno no se detenga y, al menos, veamos las obras fundamentales de este autor traducidas al castellano. Pensar en ver toda la obra de Tezuka en nuestro país es una utopía, pero a veces, de ilusión también se puede vivir.

Toth

Poco a poco iré recuperando el ritmo, de momento, aprovecho la edición del muy recomendable especial House of Mistery dedicado a Alex Toth que edita Planeta DeAgostini para recuperar la biografía que escribí de este autor para la edición de El Zorro de Editorial Azake hace unos años…

ALEX TOTH
Maestro. Se pueden buscar en el diccionario términos sinónimos, se pueden crear bellas metáforas o simplemente se puede eludir la palabra con extraños eufemismos, pero si queremos encontrar una forma clara y directa de definir a Alex Toth, ésta es la única palabra que se debe usar. Porque para la gran mayoría de artistas que han triunfado en el comic-book o que buscan su oportunidad en el mundo del arte secuencial, la obra de Toth es un completísimo magisterio de cómo hacer tebeos, una forma única e imprescindible de aprender los mecanismos de la narrativa gráfica y de entender la economía formal como el medio de introducir al lector en la historia que se está contando.
El estudio de su biografía demuestra la comprometida actitud del autor con el medio en el que desarrolló su carrera artística: Toth estudió, investigó y amplió los horizontes de la narrativa gráfica como pocos autores han hecho. Desgraciadamente, su obra, reconocida y admirada por los dibujantes, es en muchos casos desconocida por el gran público.
El comienzo de la vida de este autor debemos colocarlo en Nueva Cork, en la medianoche del 25 de Junio de 1928. Sander Toth y su mujer Mary conseguían su propósito de formar una humilde familia con la llegada del pequeño Alex. Aunque parezca un tópico manido, lo cierto es que la familia Toth daba a su retoño un entorno artístico donde parece lógico que posteriormente desarrollara sus habilidades creativas de alguna forma.
En su niñez, Toth se vio rápidamente atraído por las páginas dominicales de los periódicos, repletas de aventuras enérgicas y emocionantes, que se completaban con los seriales radiofónicos tan al uso en esa época. Las versiones de «Terry y los Piratas» y «Superman», o el show de Red Skelton consiguieron despertar la imaginación de un jovenzuelo que decidió asistir a la High School of Industrial Arts para conseguir emular a sus ídolos. Pero pronto se dio cuenta que las clases de ilustración que recibía en la escuela no eran suficientes y comenzó a visitar a dibujantes profesionales, buscando aquello que no encontraba en las aulas. El joven aprendiz de dibujante consiguió llegar a autores como Frank Robbins, entintador en aquella época de «Scorchy Smith», la serie estrella de su muy admirado Noel Sickles, Pero fue Sheldon Mayer quien le puso en el camino de lo que sería su trabajo posterior cuando hablando sobre el arte del cómic le dijo: “Clara y simplemente, cuenta una historia”. Una sentencia que podría resumir la futura obra de Alex Toth casi en su totalidad.
Todavía en la escuela, comienza a trabajar por las tardes en Eastern, la editora de «Famous Funnies» y «Heroic Comics», revista ésta donde debutaría en 1945. Durante dos años seguiría trabajando en la editorial hasta que Mayer lo introduce en la poderosa DC, editorial de la que nunca se desligó plenamente, aunque sus trabajos fueran intermitentes.
Su primer periodo para DC comprende cinco años en los que trabajó en series como «Green Lantern», «All Star Comics», «All American» (con el personaje Johnny Tunder) o «Jimmy Wakely». Es también en esta etapa donde Toth dibuja series románticas como «Girls Love Stories» o «Girl’s Romances», una constante temática a partir de este momento en sus trabajos.
Su traslado a California le lleva a dejar DC y, tras un breve paso por la tira «Cassey Ruggles», firma con la pequeña editorial Standard, desarrollando una cantidad impresionante de historias románticas o bélicas. Series como «New Romances», «Popular Romance», «Best Romance» o «Battlefield» gozan de los exquisitos dibujos de Toth, que va afianzando su oficio y comprendiendo cada vez mejor la máxima de Mayer.
Sin embargo, la quiebra de Standard y su incorporación al ejército trunca durante dos años su fulgurante carrera. Destinado en Japón, todavía realizaría una pequeña tira semanal para el periódico de la base, «Jon Fury», premiada por el ejército americano.
En 1956 vuelve a los Estados unidos y se instala en Los Ángeles, firmando con Dell Comics. Su trabajo en esta editorial es básicamente la adaptación a la historieta de series famosas de televisión. «Roy Rogers», «Rin Tin Tin» y, sobre todo la adaptación de la serie de Disney «El Zorro», centran su obra durante los casi 6 años que trabaja para Dell Comics. Un periodo que influye decisivamente en la decisión que le llevaría a dejar los cómics para trabajar en animación.
Durante casi 8 años, Toth trabajó para la productora Hanna-Barbera en todos los campos de la creación de series de dibujos animados: desde el diseño de personajes hasta el story-board, su imaginación creó decenas de héroes que van desde los «Herculoids» al hoy casi considerado como un fetiche «Space Ghost» pasando por el aventurero «Johnny Quest». Todas las series de la todopoderosa Hanna-Barbera durante la década de los 60 nacieron y se produjeron con el “toque Toth”. Pero si la productora aprovechó la inmensa capacidad y conocimiento del neoyorquino, fue éste quien sacó más partido. Los dibujos animados fueron la plataforma perfecta para el estudio de la figura humana en acción, para la búsqueda de la simplificación máxima que le dijera Mayer. Con la animación, Toth encuentra una economía de dibujo que no podía hallar en el cómic, pero también percibe la necesidad de ir más allá. El credo del historietista no se acaba en la simplificación: debe ser la narrativa, el storytelling, el por qué de esa simplificación.

El efecto del trabajo en animación se puede ir contemplando en sus esporádicos trabajos para DC y Warren. Sus dibujo se reduce a los mínimos trazos que definen el movimiento del personaje. Su narrativa da un salto cualitativo y se convierte en el objetivo fundamental de su obra. Ya en los 70, Toth comienza a dar lecciones de maestría en revistas como «Hot Wheels» o «House of Secrets» en DC o en «Creepy» para Warren.
Tras un breve paso por estas editoriales, vuelve a Hanna-Barbera para encargarse plenamente de la gran apuesta de la productora,«Super-Friends». Su experiencia previa en DC es decisiva para el desarrollo completo de la serie durante casi cinco años. Los clásicos superhéroes son tratados por Toth de una forma distinta y única hasta el momento. Por primera vez, los personajes de la DC toman vida propia y exhiben un dinamismo desconocido.
Su vuelta al mundo del cómic se caracteriza por la dispersión. Toth comienza a trabajar de nuevo para Warren y otras editoriales pequeñas. Pero en este periodo, dibuja la que es considerada por muchos como su obra maestra y la mejor serie publicada jamás por Warren: «Bravo for Adventure». La serie se comienza a publicar en 1980 en una revista menor, «The Rook», tras cuatro años en los que Toth intentó infructuosamente conseguir un editor. La visión de la aventura basada en guapas chicas, coches veloces, aviones y un protagonista a lo Errol Flynn pasó sin pena ni gloria por un cómic americano donde se imponían otro tipo de formas de entender la aventura. La posterior edición por Dragon Lady Press y su paso por Europa le proporcionó un reconocimiento de sobra merecido.
Durante la década de los 80, las historietas de Toth se publican casi con cuentagotas en multitud de pequeñas editoriales, en muchos casos reeditando antiguas publicaciones suyas o con compilaciones de su obra. Sin embargo, como el propio autor declaró muchas veces, el cómic que se hace a partir de ese momento deja de interesarle. Sus férreos principios éticos y morales entran en contradicción con unos contenidos que no le satisfacen. Buen ejemplo de esta actitud es el rechazo a seguir la serie Torpedo 1936 para el editor español Toutain.

Los violentos guiones de Sánchez Abulí desagradan profundamente a Toth, que decide abandonar la serie con apenas dos episodios dibujados. Durante los 90, su obra original publicada se ve limitada a apenas unas ilustraciones para reediciones de sus obras, pero paradójicamente, se comienzan a reeditar sus obras de forma sistemática. A partir de las completas recopilaciones de Eclipse y sobre todo de las completas antologías editadas por Manuel Auad, la obra de Toth vive una revitalización importante que es paralela a la su importante colaboración escrita (especialmente destacable, ya que sus misivas rotuladas a mano han sido reproducidas siempre tal cual, aprovechando uno de los muchos aspectos en los que destacó este autor: la rotulación) en medios como «The Comics Journal» o «Comic Book Artist» .
Alex Toth falleció el 27 de mayo de 2006.
Más información, en la excelente Tothfans, donde podemos encontrar The Annotated Toth, comentarios sobre sus propias obras que son una guía extraordinaria de cómo hacer historieta.

Watchmen, éxito total

La prueba del éxito total de Watchmen, transcribo lo que me ha pasado hace escasos 10 minutos. Me llama un buen amigo (que, por razones obvias, no quiere que dé su nombre):
– Álvaro, ¿estás en casa?
– Sí, sí.
-Pues pon el Sálvame, rápido.
-¿Qué?
– El Sálvame, cojones, rápido, que lo pongas, en Tele5.
Y yo cambio, suponiendo que estaba saliendo algún dibujante hablando de sus amoríos o algo así…y no. Increíble pero cierto: en el escenario del programa, de fondo, tras el presentador… ¡una imagen de Watchmen!
Lo he visto con estos ojitos miópicos míos… La prueba:

Si esto no es éxito… :)

ACTUALIZACIÓN: en los comentarios Eme A que el otro cartel es de ¡Expomanga 2009! ¡El tebeo toma Sálvame!
Atención, interpretaciones: manga y una “novela gráfica” de superhéroes… Mmmmmm.

Sin maestros

Según la senadora Nancy King, el gran problema de la falta de maestros en las escuelas es que…¡terminarían leyendo tebeos! ¡Qué horror! Porque ya se sabe, de ahí a las drogas, la delincuencia y matar a los padres con una katana, sólo hay un paso…

Supongo que al ver esto, llamaría a la Guardia Nacional, a los marines y Chuck Norris, por lo menos…
País.
El de los USA, claro…
(Via The Beat)

¡Felicidades, Krazy & Ignatz!

Tal día como hoy, hace 100 años, en la parte inferior de The Family Upstairs, aparecían dos pequeños personajes invitados, un gato (o gata) y un ratón. Sin nombres, sin títulos, sólo con una acción: el ratón le tiraba una piedra al gato (o gata). Después supimos sus nombres Krazy e Ignatz. Y que no eran piedras, sino ladrillos.
Nunca supimos era si era gata o gato, pero lo que es seguro es que comenzaba el periplo de una de las obras más fascinantes de la historia del tebeo.

Pinchar para ver completa…

ACTUALIZACIÓN: El Mundo dedica una animación especial…

XXXIII premios Diario de Avisos

Los veteranos premios Diario de Avisos llegan a su XXXIII edición, con la siguiente lista de premiados:
Guión de historieta realista: Antonio Altarriba
Dibujo historieta realista: Marcial Toledano
Guión Historieta Humor: Lalo Kubala
Dibujo Historieta de Humor: Kim
revista del año: Amaniaco
Editor del año: Ediciones La Cúpula
Mejor labor prohistorieta: Tebeosfera
Mejor comentarista: Javier Mesón
Totalidad obra de humor: Tunet Vila
Totalidad obra realista: Julio Vivas
¡Enhorabuena a todos!

Sorteo de 5 catálogos de la exposición 100×100 cómic

Decía en la anterior entrada que el catálogo de la exposición 100×100 cómic es espectacular… y complicado de obtener. La limitadísima tirada hace que sea desde ya todo un objeto de coleccionista (por si no hubiera razones: excelentes textos, gran formato, reproducción exquisita…).
Una tarea difícil que gracias a La Alhóndiga Bilbao puede ser un poco más sencilla, ya que amablemente ha cedido cinco ejemplares para que sean sorteados en La Cárcel de Papel.
Para participar, nada más sencillo: rellenar este formulario, contestando a un simple pregunta: indica una de las parejas de autores intérprete/interpretado. Podéis participar hasta el 10 de junio a las 23:59h.

(Los datos personales se utilizarán única y exclusivamente para este sorteo. Una vez acabado el mismo, serán borrados y no se mantendrá copia de los mismos.)