Lecturas saloneras (XXXIV). Kamandi

A finales de los 60 y principio de la década de los 70, el mundo vivía el momento más crítico de la guerra fría. El peligro de guerra nuclear, con el serio precedente de la crisis de los misiles cubanos y con la guerra de Vietnam de fondo, la humanidad se tragantaba cada vez que alguno de los dirigentes de las dos grandes superpotencias de entonces estornudaba, pendientes de ese famoso botón rojo que podía enviar nuestra civilización a criar malvas. Una situación que fue caldo de cultivo ideal para que se desarrollase un género que llegó a tomar naturalaza propia: el catastrofismo apocalíptico. Durante esos años, el cine creó decenas de escenarios donde el mundo acababa destruido por la locura nuclear, o terribles catástrofes asolaban el planeta, desde gigantescos terremotos a incendios en rascacielos de reminiscencias babelianas, pasando por trasatlánticos puestos patas arriba o aviones estrellados.
Muy lógicamente, semejante estado de alteración nerviosa llegó a los tebeos, siendo uno de sus mejores exponentes (que no el más reconocido) la particular visión que creó Jack Kirby: Kamandi, el último chico sobre la Tierra.
Tras el fracaso del Cuarto Mundo, Kirby volcó todo su talento creativo en la creación de un mundo post-nuclear, un joven humano tenia que lidiar contra sociedades de animales evolucionados antropomórficamente. Si en referente explícito y reconocido de El Planeta de los Simios son los primates los evolucionados, en el zúrrela mundo kirbyano cualquier especie animal ha seguido el mismo camino, perros, tigres, leones, canguros… Cientos de especies que recuperan en sus enfrentamientos tribales la misma irracionalidad de la que hacía gala (y sigue haciendo) el hombre al tratar con sus semejantes. El mensaje cósmico de los Nuevos Dioses se tuvo que calzar a duras penas en este más terrenal Kamandi, pero eso no impedía al “Rey” que la épica más descontrolada campara por las páginas de esta serie, con un marcado mensaje ecologista y antibelicista enterrado, eso sí, tras sus queridos diálogos grandilocuentes y los escorzos más imposibles.
Treinta años después, no se puede evitar ver cierta sana ingenuidad en las páginas de Kamandi, que no quita vigencia a su mensaje, pero sí quizás a las formas. Si recordamos que estamos en los catastrófilos 70, y nos ponemos en situación, su lectura en un entretenimiento divertidísimo, con un Kirby que, como siempre, demuestra ser único para la narración de la épica. Kamandi es un impresionante ejercicio de la salvaje fuerza de Kirby, intensa, impetuosa, con escenas y dibujos de un dinamismo tal, que parecen intentar escapar de las páginas.
Planeta edita en su colección de Clásicos DC, en BN y en tamaño reducido (¡ay! Recordando la edición mejicana de Novaro que llegaba a España). El blanco y negro siempre ha beneficiado a Kirby, pero la reducción de tamaño hace verdadero daño a la vista. (3)
Enlaces:
Una página sobre Kamandi
Kirby en guiadelcomic.com
Pagina en castellano sobre el Cuarto Mundo

Lecturas saloneras (XXXIII): Stuck Rubber Baby

Debo reconocer que, en su día, me sorprendió mucho la lectura de Stuck Rubber Baby, de Howard Cruse. En primer lugar, por el hecho de que fuera Paradox Press la que se encargara de la edición, una filial de una grande como DC (heredera descafeinada de la sugerente Piranha Press) que se atrevía con una obra que resumía con brillantez la historia del colectivo homosexual americano a través de la vida de Toland Polk, un joven sureño que debe afrontar su salida del armario en plena era Kennedy.
Pero sobre todo, me sorprendió por la impresionante calidad de la obra. Cruse, un desconocido para mí en ese momento (mi primera lectura de la obra se remonta al año 98 o así) era un reverenciado autor dentro de la comunidad gay por Wendel, pero su obra apenas se había visto fuera de esos circuitos y, mucho menos, había llegado a España, por lo que encontrar a un autor que demostraba ese despliegue de capacidad narrativa era cuanto menos, inesperable.
Casi diez años después, aprovecho la edición de Dolmen para releerla pausadamente en castellano, con una extraordinaria traducción de Diego García (a este hombre deberían clonarlo y ponerle a traducir todo tebeo extranjero publicado en España). Y no puedo menos que repetir todas aquellas sensaciones y descubrirme ante una de las grandes obras que ha dado este medio.
Curse consigue un delicado y difícil ejercicio de equilibrismo, a modo de los malabaristas que mantienen varios platos girando en lo alto de una vara sin que caigan ni paren en ningún momento. Usando el personaje de Toland Polk como eje de la narración, nos introduce en la sociedad sureña americana de los años 60, que se debatía entre la intolerancia de unas tradiciones ultraconservadoras, con una fuerte componente racista, y los vientos de renovación social y liberalidad que llegaban del norte y eran abanderados por la juventud. Un protagonista sobre el que se desarrolla un extenso reparto coral que va plasmando en paralelo los problemas de la comunidad homosexual y las reivindicaciones igualitarias de la comunidad negra, que Cruse compara acertadamente, pero sin dejar de evidenciar sus diferencias y, sobre todo, las contradicciones de aquellos que eran capaces de defender unas y no otras y viceversa. La búsqueda de la propia identidad de Toland se va transformando paulatinamente en el testimonio del cambio de la identidad de una sociedad que ve como sus cimientos morales y éticos deben evolucionar obligatoriamente.
Pero sobre todo, hay que destacar la capacidad de Cruse para humanizar a sus personajes. Sus errores, incoherencias y dudas son las de cualquier ser humano de carne y hueso, consiguiendo una cercanía completa hacia el lector, al que logra hacer llegar las sensaciones y sentimientos de todos aquellos que pasan por sus viñetas. Alegría, dolor, amor, miedo, ira… sentimientos universales que en Stuck Rubber Baby se reúnen y transmiten la lector con fuerza, pero dejando el espacio necesario para provocar una reflexión que nunca caerá en el fácil panfletarismo.
Stuck Rubber Baby es, sin duda, uno de esos tebeos de lectura obligada, que pone a la historieta al nivel de cualquier otra forma de expresión cultural y que se disfruta especialmente en la cuidada y excelente edición de Dolmen (4+).
Enlaces: Página de Howard Cruse

Lecturas: Koma, de Wazem y Peeters

Dibbuks acaba de publicar (primorosamente, además) el primer volumen de Koma, de Pierre Wazem y Frederick Peeters, una serie que demuestra que se pueden hacer tebeos dirigidos a un público infantil que tienen además una lectura adulta. Los autores parten de un esquema clásico de cuento, con una ciudad opresiva y sucia, en la que la tristeza es la única protagonista de la vida de la niña Addidas y su padre, deshollinador de chimeneas bastante más depresivo que el Bert de Mary Poppins y que apenas puede mantener a su hija con su trabajo. Un punto de partida dickensiano que es transformado por Wazem y Peeters en una especie de reverso de la aventura de Alicia en el País de las Maravillas cuando, al igual que aquella, Addidas cae en un pozo que la lleva a un extraño mundo subterráneo, con unos extraños monstruos de evocación mitológica que mueven extrañas máquinas. Una interesante historia a la que se debe añadir el atractivo trabajo de Peeters, un autor de dibujo impetuoso, que nace de las entrañas. Su narrativa es vibrante e intensa, y su dibujo sabe como pocos focalizar sobre la pequeña niña el hilo conductor de la imagen, contrastando la ingenua ilusión de la niña con la decadente atmósfera que la rodea. Una difícil tarea que es facilitada por la excelente labor de Albertine Ralenti, una colorista que sabe perfectamente acoplarse al trabajo de autores de estilos tan particulares como el del propio Peeters o Bourhis.
Una deliciosa historia que mezcla la fantasía infantil con una lectura adulta, permitiendo que cualquiera pueda disfrutar de esta historia, y que va creciendo tomo a tomo. Leídos los cuatro tomos publicados hasta el momento en Francia (el último aparecido este mismo mes), os puedo asegurar que la calidad e interés de la serie aumenta en progresión geométrica a cada entrega, convirtiéndose quizás en la única pega que se le puede poner a la serie (y que es común al formato álbum hoy en día en Francia), la dificultad de seguir la serie con una periodicidad anual, un problema que, afortunadamente, no tiene dibbuks, al poder disminuir la distancia entre entrega y entrega.
Una de esas pequeñas joyas de la BD que no se deben dejar pasar. (3)

Lecturas: Inside Moebius

En el ensayo gráfico Désoeuvré, Lewis Trondheim desarrollaba una curiosa teoría que se basaba en la hipótesis de que los autores de tebeos envejecen mal, ya sea deprimidos, suicidados, repitiéndose, etc. Una teoría que demostraba con muchos nombres e historias pero él mismo encontraba un contraejemplo claro: el señor Moebius. Capaz de reinventarse hasta el infinito con casi 70 años, en esa misma obra, Giraud le comentaba a Trondheim que iba a dejar de dibujar su serie más famosa tras el ciclo de Mr. Blueberry, a sabiendas de que su dibujo ya no es el que era y que, desde ese momento, se dedicaría a su serie Inside Moebius.
Así que, aprovechando mi paso por las librerías galas y que acababa de aparecer el segundo volumen de la serie (el primero se publicó en 2004), nada mejor que hacerme con los dos tomos de Inside Moebius para saber cuál era la nueva dirección de la obra de este autor.
Y, desde luego, es innegable la capacidad de este hombre para sorprender al lector y buscar nuevas ideas. Si en su día sus cambios de Giraud a Gir y posteriormente a Moebius han sido giros de timón que han sido fundamentales en la historia del tebeo, ahora un autor que ya está de vuelta de todo se sube al carro del diario personal, tan de moda ahora en el mercado francés, pero dándole su estilo personal. Partiendo de a improvisación absoluta que ya empleara en el Garage Hermético, Moebius reflexiona en el primer volumen sobre la dificultad del creador ante la hoja en blanco, sobre la complicada labor de desarrollo del guión de Blueberry mientras se enfrenta a sus propios personajes, desde el mismo teniente al Mayor Grubert o Arzack. El resultado es una especie de viaje onírico-alucinógeno similar al planteado en su saga de Edena, pero con un indudable poso de amargura y descreimiento que hace la obra mucho más interesante. Despojado de las imposiciones comerciales (incluyendo las que el propio autor se obliga) de series en marcha, Inside Moebius contagia al lector una frescura especial, fruto de la libertad absoluta que el autor siente.
Una idea que se propaga al segundo volumen, recientemente aparecido en Francia, en el que Moebius ya desarrolla incluso con más libertad su obra como un diario personal de ideas y opiniones, dedicándose en este caso a divagar sobre el 11 de Septiembre desde una perspectiva nunca vista hasta ahora. Moebius introduce al mismísimo Bin Laden en una región con Gerónimo, Blueberry, el Mayor Grubert y el propio autor, desarrollando una conversación libre en la que Moebius se atreve a decir y hacer lo que muchos otros han callado en mor de la corrección política.
Una obra curiosa, obligatoria para cualquier fan de Moebius, que demuestra además la increíble capacidad de este hombre para la narrativa gráfica, y su indudable capacidad de redescubrirse. Edita Stardom en Francia y en España… pues de momento nadie. (3-)
Enlaces: la web de Inside Moebius.

Lecturas. Can’t get no

Si digo que suelo tener cierta querencia por los autores más “raritos”, supongo que, a estas alturas, nadie se sorprenderá. Pero curado que está uno de espantos tras tantas lecturas, con el “sense of wonder” aletargado desde hace mucho, la verdad es que lo “raro” comenzaba a tener una preocupante apariencia de normalidad, aunque afortunadamente, siempre ahí alguien capaz de provocar un terremoto en tus neuronas, estrujarlas, retorcerlas, provocar un electroshock y luego dejarlas ahí, medio deshechas, para que luego pasemos horas volviendo a poner cada cosa en su sitio.
Como Rick Veitch, que con Canget no (Vertigo USA) ha conseguido dejarme clavado en el sofá. No me preguntéis exactamente qué he leído, porque no sabría definirlo con palabras. Cant get no es un tebeo de sensaciones, imágenes y flashes que van proyectándose en nuestras retinas y provocando impresiones hipnóticas, es un viaje lisérgico, un tratado filosófico, una reflexión sobre la moral y la humanidad… Es todo eso y, posiblemente más.
Partiendo de la masacre del 11-S, Veitch se centra en la vida de un fabricante de rotuladores permanentes para llevarlo a un viaje iniciático por la américa pre y post 11-S, que comienza siguiendo a Bradbury, despertándose un día completamente tatuado, desconcertado como lo estaban los americanos el 11-S. Y, a partir de ahí, un sueño, un viaje, una locura… América se va abriendo en canal ante nuestros ojos, reflejando las incoherencias, contrastes y grandezas en un recorrido mesmerizante.
Mucha de la culpa de estas sensaciones que provoca la lectura es la arriesgadísima opción narrativa que elige Veitch, contando a modo de historia muda la epopeya del pobre hombre tatuado mientras una voz en off va hablándonos, desarrollando un discurso filosófico sobre la existencia y su sentido. Paradójicamente, y pese a que letra y dibujo llevan caminos diferentes, éstos se van cruzando y descruzando, con momentos donde la reflexión coincide con lo dibujado, y otros donde lo escrito se opone, generando una extraña confusión en el lector, que es obligado a entrar en la narración, debe necesariamente decidir sobre lo que está leyendo, detenerse a pensar y emitir un juicio que le permita seguir en la lectura. Un juego complicadísimo, pero que resulta absolutamente fascinante.
Un tebeo que no deja indiferente, que es capaz de poner en duda la escala de valores de uno mismo, nuestra propia concepción de “bien” y “mal”, de coherencia interna. Un demoledor documento que es, sin duda alguna, lo más sorprendente que he leído este año. Y puede que en mucho tiempo.
Editado en Vertigo en los USA; esperemos que Planeta lo publique en España (4).

Enlaces:
– Un par de reseñas: 1 2
Algunas páginas en IGN

Lecturas saloneras (XXXII) y otras. Biografías.

Qué difícil es el género biográfico. Es un género que debe luchar con unos referentes documentales que no se pueden obviar, lastrando en cierta medida las posibilidades creativas del autor, con la propia personalidad del individuo protagonista y con la indudable tentación de entrar a opinar sobre la vida y hechos de éste, pudiendo caer con tremenda facilidad en la hagiografía, bonita quizás, pero inútil para cualquier lector que realmente tenga interés en el personaje.
Curiosamente, nos han llegado estos días dos biografías que resuelven este problema desde perspectivas radicalmente distintas.
En primer lugar, King, de Ho Che Anderson, que se centra en la vida de Martin Luther King, el más famoso activista a favor de la no discriminación racial. Un personaje admirado y rodeado por una leyenda casi de santidad que hace la tarea del autor todavía más complicada si cabe, ya que el riesgo hagiográfico crece exponencialmente. Pero afortunadamente, Anderson opta por un complejo acercamiento a la vida de Luther King que camina por el filo de la navaja sin caer nunca en la admiración rendida, sino en una interesante disección del personaje que intenta realmente entender cómo llegó a ser un mito. Una narración múltiple, que va alternando la ficcionalización de la vida de King junto con las declaraciones de personas que vivieron los hechos, creando una visión múltiple de la realidad que permite acceder a todas las versiones, desde las de admiración irredenta a las más críticas. Una opción difícil, pero que permite al autor abordar al vida de King desde una perspectiva analítica y crítica, pero sin definirse directamente sobre el personaje, sino dejando que sea el lector, a través de los testimonios y contrastes que sea el que juzgue finalmente.
Un ejercicio de temeridad que es completado con una arriesgada puesta en escena, en la que Anderson va jugando con diferentes estilos gráficos, narrativos y compositivos. Cada episodio es narrado siguiendo un estilo que nos permite diferenciar desde la parte documental a la ficción, dirigiendo al lector a través de un espinoso camino, en el que debe confiar plenamente en el autor para que la lectura sea fructífera.
Afortunadamente, la apuesta se ve recompensada por un gran resultado, que convierte a esta obra en un valioso documento sobre la vida de Martin Luther King, pero también en un apasionante retrato de la vida de la comunidad negra americana en los 60.
Exquisita la edición de Ponent, a la que sólo se le puede poner el pero de una traducción en exceso literal, que acude, por lo menos en su primer tercio, en demasía a construcciones gramaticales más propias del inglés, lo que ralentiza la lectura y la hace extraña en ocasiones. Un pero menor, en cualquier caso (3).
Páginas de King: 1 2

Pero otra opción para contar la vida de alguien es, sencillamente, inventarse por completo la vida del sujeto en cuestión. Es la vía tomada por el siempre fascinante Joan Sfar en Pascin, que narra, supuestamente, la vida del pintor Julius Mordeca Pinkas, alías “Pascin”.
Con apenas algunos referentes cronológicos, la coincidencia con Chagall o la bohemia parisina de principios de siglo XX, Sfar va construyendo a través de pequeños retazos la compleja personalidad de un creador, creando una ficción en la que el propio autor se viste de Pascin para interpretar su vida, pero consiguiendo paradójicamente que a través del pinto atendamos a las constantes temáticas del propio Sfar. En un juego de engaños carnavalesco, el disfraz de pintor bohemio permite al autor divagar de forma libre sobre la creación artística y el concepto de arte, sobre el sexo como motor absoluto del hombre, sobre la religión y sobre las relaciones humanas. Pero esa libertad absoluta que da la máscara termina por engañar al propio autor, que al final se une a Pascin como un todo indisoluble. Es difícil no ver a Sfar en ese dibujante compulsivo, que usa cualquier momento para coger los lápices y que llega a afirmar que hace el amor a las mujeres cuando las pinta desnudas, transmitiendo como pocos esa necesidad interior de expresarse a través de los dibujos.
Pero pese a todo, Sfar consigue lo increíble: que aún sabiendo que es él el que nos habla, lleguemos a creer en esa ficción llamada Pascin como en alguien real. Es tal la sinceridad que destila tras el disfraz, que al final asumimos el engaño casi con simpatía, como en una travesura infantil que es, en el fondo, una puerta a un juego de posibilidades infinitas.
Publicado durante años en la revista Lapin de LAssociation desde 1997 a 2002 y posteriormente recopilado en 6 volúmenes, Ponent Mon publica ahora la serie en un único volumen recopilatorio modélicamente editado y que nos permite atender a la evolución personal y creativa de un autor a lo largo de sus 192 págs.
Una obra extraordinaria, que antecede a La Java Blue (reseñada por aquí), que también publicará Ponent Mon y que es una brillante conclusión, de momento, de esta fundamental serie. Recomendabilísima (4-).
Avance de Pascin: 1 2 3 4

Lecturas saloneras (XXXI). Valerian 2

Decía yo hace poco que se había olvidado en estos tiempos que corren que es posible el maridaje entre calidad y entretenimiento. Hoy parece que el entretenimiento se produce en un laboratorio de química, mezclando con balanzas de precisión y pipetas milimetradas los componentes adecuados, en el orden necesario y en cantidades exactas. Unos pocos gramos de sexo, un mililitro de provocación, 2 gotitas de incorrección política, c.s.p. de violencia gratuita… todo mezcladito (que no agitado) durante el tiempo suficiente produce la obra que entretendrá al público sin que éste rechiste o ponga alguna objeción. Pero lo malo de la química es que, al final, todo sabe a lo mismo, y uno comienza a añorar esas comidas un poco más saladas, o más sosas, o que se han pasado con el vinagre o que ha incorporado una nueva especia para probar.
Pero afortunadamente, siempre hay autores emperrados en demostrar que entretenimiento y calidad no son antónimos, sino dos conceptos que no sólo pueden ir de la mano, sino que deberían ir siempre unidos.
Todo esto viene a razón de los tres álbumes incluidos en el segundo recopilatorio de Valerian que editó Norma para el Salón. Tres historias que son, ante todo, tres relatos para entretener y divertir al lector, pero que tienen además la capacidad de dejar ese poso de reflexión que de forma casi inconsciente sigue ahí, dando vueltas y vueltas, pero forjando ideas y favoreciendo esa costumbre cada vez más en desuso de pensar. Y, sobre todo, sin repetirse ni tratar siempre el mismo tema, sino con tres ideas completamente distintas.
Así, Bienvenidos a Alflolol es una divertida parodia que toma de partida la reivindicación por los indígenas de las tierras colonizadas para plantear una paradójica situación donde el enfrentamiento más doloroso para el colonizador viene de la fiesta y la celebración pacífica. Christin y Mezieres consiguen un relato divertido en el que las incongruencias de la locura colonizadora que destruye la naturaleza y echa a los indígenas de sus tierras son puestas en evidencia a través de un socarrón humor en el que s mueven como pez en el agua.
Por su parte, Los pájaros del amo es una brillantísima disertación sobre la docilidad del ser humano y su capacidad inusitada para aceptar la servidumbre, una parábola de cómo los sistemas totalitarios consiguen controlar a los pueblos, pero también un aviso hacia el borreguismo de éstos y la facilidad con la que los oprimidos se pueden llegar a convertir en sus mejores opresores.
Y por último, Los Héroes del Equinoccio es otra divertida y socarrona historia en la que el concepto de héroe es puesto en cuestión, con una genial perversión del camino mitológico del héroe, de esas pruebas puestas para conseguir llegar a la perfección sobrehumana, que se convierten, gracias a la pluma de Christin, en una ácida crítica a esos héroes tan alejados de la humanidad. Y ojito, que en alguna ocasión he leído que esta historia era una crítica de los superhéroes americanos y no puedo estar más en desacuerdo: es un ataque feroz contra el concepto en sí mismo de héroe clásico, todos sin excepción. Desde el de las leyendas y mitologías clásicas griega y romana hasta las más modernas que encarnan en el siglo XX los superhéroes, pero sin centrarse especialmente en ninguna de ellas.
Todo aliñado con la genialidad de Mezieres a los lápices, que logra en algunos momentos una narrativa magistral, como en la cuatro narraciones paralelas de Los Héroes del Equinoccio o los vibrantes contrastes entre lo vivido por Laureline y Valerian en Alflolol. Un tebeo delicioso, entretenido, divertido y, además, excelente (4+).

Lecturas saloneras (XXX). El final de la guerra. Reseñas biográficas de Bosnia, 1995-96

No es el primero que lo hizo, pero hay que reconocerle a Joe Sacco el honor de haber sido el que mejor ha definido lo que podríamos denominar la historieta periodística. Un género que aplica los recursos de la historieta al periodismo de investigación, logrando un resultado brillante, que le permite ir un paso más allá de las crónicas al uso que estamos acostumbrados a leer en periódicos o ver en la televisión. Mientras que las primeras suelen optar por una descarnada objetividad, levemente matizada por opinión, la segunda juega con la demoledora fuerza de la realidad, imposible de rebatir, pero Sacco consigue que los recursos de la historieta, la narrativa gráfica, nos acerque un resultado triple, si se me permite: une la crónica periodística escrita con la fuerza de la imagen, pero sabe aportar a través de la secuencia un elemento reflexivo que no existe en los otros medios. Es una combinación compleja y difícil, que navega en el un delgado y cortante filo de navaja que usa la imagen tanto para mostrar la realidad como para interpretarla.
Y un excelente ejemplo de esta capacidad son las dos historias incluidas en El final de la guerra. Reseñas biográficas de Bosnia, 1995-96 , recientemente editado por Planeta DeAgostini. En el primero, Sacco retrata los horrores de la guerra de forma indirecta, acercándose a la vida tras la guerra de Soba, una artista que fue movilizado y alcanzó después cierta fama en los medios como el “artista guerrero”. Sacco disecciona con movimientos perfectos esa extraña paradoja que supone que la paz arrebate a una persona la única forma de vida que conoce, la de la guerra. Su escalpelo va recortando con precisión el vacío que queda en Soba, cómo su vida y la de los que le rodean ha quedado sin contenido, vacía ante una cotidianeidad que parecía nunca volvería. Sacco actúa de testigo de piedra, apenas presente en algunas viñetas, contando la historia desde un alejamiento sentimental que provoca una frialdad a la lectura espeluznante, retratando perfectamente a ese fantasma invisible de la guerra que queda marcado a fuego en el pueblo que la ha sufrido.
En la segunda historia, más mundana si se me permite la expresión, Sacco deja a las víctimas para centrarse en los periodistas, contando las bambalinas y entresijos de cómo se consiguió una entrevista en exclusiva con Radovan Karadzic, el terrible carnicero que promovió algunas de las más cruentas masacres de Sarajevo. Sin llegar a la potencia emocional de la anterior historia, Sacco consigue retratar la labor del reportero despojándola de ese hálito de héroe del s XXI que parece acompañar al periodista de guerra, humanizándolo y mostrando ese aspecto del que pocos hablan: ellos no son las víctimas, son simples notarios de una desgracia que ni siquiera les atañe, que desaparecerá en cuanto vuelvan a sus acogedores hogares.
Una obra excelente, de una calidad extraordinaria, que demuestra la gran capacidad de la historieta como medio de comunicación (3+).

Lecturas saloneras (XIX). O de lo que tira más que dos carretas

Está claro, a Frank Cho lo que más le gusta en esta vida es dibujar mujeres y dinosaurios. Una querencia que habría que estudiar, porque resulta curioso que los más fieles seguidores e ilustres alumnos del estilo de Frank Frazzetta tengan esta coincidencia de gustos, pero que dejo para otro momento e incluso para gentes más duchas que yo en estas cosas.
El caso es que, volviendo a los gustos del amigo Cho, el pobre debía estar un poco traumatizado, porque supongo que cualquier intento de combinar ambos placeres en una única historieta chocaría siempre con la omnipresencia del Xenozoic Tales de Schultz, el otro alumno, en una comparación a la que cualquier persona con dos dedos de frente preferiría no entrar.
Así que, supongo, cuando los chicos de Marvel le propusieron al creador de Liberty Meadows hacer una nueva versión de un clásico como Shanna la diablesa, se le harían los ojos chiribitas (o el culo pepsi-cola, según lo escatológico que uno prefiera ser).
Y a partir de ahí, el resto importa menos.
Porque el guión en este caso es, como se esperaba, inexistente, una simple anécdota argumental extendida hasta el infinito tomándola prestada del Aliens de Cameron, cambiando, eso sí, a la Weaver por la contundencia curval de Shanna y a los repugnantes aliens por los no menos repulsivos velocirraptores en versión Spielberg.
Leyendo el lujoso volumen que publica Panini, está claro que Cho se lo ha pasado pipa, desarrollando la inexistente trama con la habilidad necesaria para poder realizar un extensísimo catálogo de posturas y poses de la bien dotada señorita, otro de dinosaurios varios y un castillo de fuegos artificiales cuando ambos se encuentran.
Añádanse, con mesura, algunas gotitas del tradicional humor preadolescente de teta-culo de este autor y tendremos un tebeo que, pese a su extensión, se lee en un suspiro, contagiando el disfrute del dibujante al lector y dejando unos minutillos de divertida lectura. Queda en el criterio del lector si esos minutillos son suficientes para justificar la compra de la lujosa edición de Panini, pero hay que reconocer que siempre queda la opción de tomarlo como un excelente libro de ilustraciones, con algunas planchas soberbias. (1)
Eso sí, no salen tetas. Pero ni falta que hace, oigan. Aunque si la cosa es muy necesaria, aquí tienen tetas y culos.

Lecturas saloneras (XXVIII). Superhéroes de ayer y hoy

Curiosa coincidencia de tres volúmenes que suponen momentos especiales en la historia del género de superhéroes.
Comencemos, por aquello del respeto, por la más antigua y, sin duda también, la mejor de las tres que nos llegan, la reedición del Nick Fury, Agent of SHIELD de Steranko. Un tebeo ante hay que hacer reverencia con genuflexión incluida, con el respeto que merece una obra que supone una nueva forma de entender la narrativa gráfica y que supone, además, un placer especial para cualquier buen aficionado a la historieta: asistir en primera fila al nacimiento de un genio.
Es evidente que Stan Lee tuvo una inspiración especial al permitir al joven Steranko que se hiciese cargo de la serie. Un novato sin experiencia que comenzó en la serie como tantos otros, copiando y mimetizando los estilos de Kirby o Buscema, pero que inició una evolución prodigiosa en la que prácticamente cada página supone un avance respecto a la anterior, que toma una velocidad fulminante en el momento en que se hace cargo también de los guiones de la serie. Steranko parte de esa base de respeto hacia los maestros, necesaria y obligatoria para cualquier principiante, para rápidamente convertirse en una especie de trituradora de todo tipo de estilos y tendencias. Asume como una esponja las influencias de las películas de espías que triunfaban en los 60, la nueva literatura negra o las nuevas tendencias del pop-art y cómo éstas se habían incorporado a la historieta de la mano de Pellaert o Devil para ir desarrollando un estilo propio y definido, jugando y experimentando a cada página. El voluminoso tomo que edita ahora Panini es un disfrute para cualquier aficionado a los tebeos, que va descubriendo cómo un autor se forma, cómo se equivoca y corrige, cómo busca nuevos caminos, los explora, los agota y encuentra nuevas soluciones para salir de los cul-de-sac en los que se va perdiendo. Un recorrido que empieza con un autor por formar y que termina con un sólido renovador del lenguaje de la historieta y que, además, es un entretenidísimo tebeo. Me abstengo de poner puntuación en este caso, porque la media no hace justicia a la lectura, que comenzaría con un (1-) e iría escalando posiciones hasta casi un (4). Y ojito, que esto es sólo el comienzo, porque Steranko alcanzó las más altas cotas de magisterio en el género con Nick Fury: Escorpio y con Capitán América, dos obras maestras de la historieta que supongo editará Panini en este nuevo formato (por cierto, mucho mejor la actual edición que la antigua de Planeta, optando por un papel que absorbe mejor los excesos cromáticos de la recargada coloración del Estudio Fénix).

Y de la mayoría de edad del género a la refundación del mismo para el siglo XXI con dos gruesos volúmenes que comparten al que sin duda es el dibujante que mejor ha asimilado las enseñanzas clásicas más académicas para adaptarlas y modernizarlas a los nuevos tiempos. The authority, con guiones de Warren Ellis y Ultimates, escrita por Mark Millar, son dos perfectos ejemplos de cómo reescribir el género para las nuevas generaciones de lectores desde dos perspectivas completamente distintas, pero con el punto común de gozar de los espléndidos lápices de Bryan Hitch.
Warren Ellis opta en The Authority por una actualización de las historias clásicas de los tebeos y pulps de los años 30 desde una óptica muy propia de finales de los 90, con una perspectiva filosófica que ha dejado de creer en la moral y en los héroes, pero también con un espíritu de provocación gamberra bastante infantil, apropiado quizás para la ola de puritanismo que invade los USA desde la época Reagan. Para dejar esa premisa clara, The Authority comienza con toda una declaración de intenciones, rememorando el espíritu de los relatos de Sax Rohmer y el Flash Gordon de Alex Raymond y Don Moore. Malignos malosos orientales de largas uñas que desean conquistar el mundo (a ser posible, con el mayor número de asesinatos de niños, mujeres y ancianas), remedos de Ming o Fu-Man-Chú que, a diferencia de lo que pasaba en los años 30, serán mutilados, descuartizados y eliminados sin la compasión del héroe. Una divertida alteración de papeles donde no sabemos quién es más violento, si el héroe o el villano. Por desgracia, Ellis pronto deja esa inspiración inicial para entrar en una espiral de provocación en aumento, que terminará enfrentando al grupo nada más y nada menos que con Dios, toda una temeridad en la época de Bush Jr, pero un callejón sin salida argumental del que es muy difícil salir y en el que Ellis se pierde. Pese a todo, una divertida lectura que siempre tiene el aliciente de un Hitch inmenso, que supera en muchas ocasiones a su maestro Alan Davis, paradójicamente, sin abandonar su camino. Excelente la edición de Norma. (2+)

Mark Millar juega con cartas similares en cuanto a provocación y un estilo más adulto de la historia, pero opta por un camino completamente opuesto al de Ellis. Si éste parte de la tradición clásica del héroe para atacarlo directamente, Millar elige partir de cero desde la nueva visión del héroe que viene de Hollywood. Si, como decía, en The Authority los referentes son el pulp y las tiras de los años 30, en Ultimates lo son Matrix y las películas de superhéroes y acción plagadas de efectos especiales de los 90. Al igual que estas películas, Ultimates tiene una producción impecable, con un guión milimétricamente pensado para su adaptación cinematográfica (casting incluido), con su cuota de incorrección política (fundamentalmente sexual), pequeñas puyas antirrepublicanas (con moderación, que son ellos los que financian), incorporación de elementos de actualidad, acción espectacular y puesta en escena perfecta a la que sólo le falta la banda sonora con vibrantes fanfarrias. El resultado es, lógicamente, un producto de entretenimiento perfecto, una montaña rusa que lleva al lector de un lado a otro, pero eso sí, perfectamente resguardado de cualquier peligro con todas las protecciones habidas y por haber. Un tebeo que es considerado como una obra maestra del género en la ya acostumbrada aplicación del principio del rey tuerto en el país de ciegos, pero que debería ser contemplado como el mínimo inexcusable que debería cumplir cualquier producción industrial americana de género: un guión bien construido (aunque cuente básicamente lo mismo de siempre, eso es lo de menos en estos casos) y un buen apartado gráfico, soberbio en este caso (bueno, aquí se puede ser tolerante, Hitch está en un estado de gracia sólo reservado a unos cuantos, ojito con los cambios de estilo narrativo entre una y otra obra, sutiles pero muy interesantes), que den un excelente rato de lectura sin más ambiciones que eso, pasar el rato, aunque para ello haya que pagar ekl duro precio de no tener personalidad propia. Verdad es que aquí se puede hacer el discurso que ya he hecho en otras ocasiones, que el entretenimiento puro no implica que se haga un producto vacuo y, si no, que se lo digan a Eisner, Caniff, Al Capp, Barry y tantos otros, que en los cuarenta y cincuenta supieron combinar a la perfección entretenimiento con guiones que iban más allá de la plantilla estándar, con personalidad y alma. Pero tal y como está la cosa, congratulémonos de que haya gente que haga buenos tebeos de entretenimiento sin más. (2)

Lecturas. Tierra de Historias, de Flavio Colín y Wellington Srbek

Cuando uno lleva muchas lecturas en esto de los tebeos (y supongo que, en general, en todo), tiende a perder la capacidad de sorpresa, en parte por pura y simple probabilidad, pero también para qué engañarnos, por un exceso de soberbia nos hace creer que ya lo hemos leído y sabemos de todo. Pero afortunadamente, no haya nada mejor para esa soberbia que la lección de humildad que da descubrir que no sólo uno no lo sabe todo, sino que está prácticamente todavía en la casilla de salida en esto de saber de tebeos.
Y esa lección me la acaba de dar el amigo Paco Camarasa (viene bien esto de que los amigos te den lecciones, les aprecias más) con la edición de Tierra de Historias, de Flavio Colin y Wellington Srbek. Confieso mi absoluto desconocimiento de la obra de Colin, pero tras la lectura de esta obra sólo puedo que hincar rodilla en tierra y reverenciar la obra de un genio de los tebeos.
Tras una compulsiva búsqueda por Internet, descubro que Colin es toda una figura reverenciada en Brasil, maestro de maestros, que desarrolló obras bien conocidas en ese país durante sus casi cincuenta años de trabajo en el mundo del tebeo. Fallecido en 2002, Colin está indisolublemente unido al tebeo popular brasileño, especialmente al del género de terror (un día de estos tendré que hablar del género de terror brasileño, tanto en cine como en historieta), pero también a historias eróticas e históricas como esta que nos ocupa.
Tierra de historias es un extraordinario fresco histórico sobre la situación de la región de Minas en los años 20, con grupos de bandoleros que se enfrentan por el control de la zona. Una historia de por sí interesante, pero que Colín y Srbek convierten en un relato apasionante y arrebatado, en el que diferentes historias se van centrando en los distintos protagonistas del relato y componiendo un complejo poliedro en el que las pasiones se desatan con una fuerza y dramatismo brutal.
Partiendo del folletín clásico, con componentes más propios del culebrón brasileño televisivo y cinematográfico, pero también con un espíritu crítico de soterrada ironía, Colin y Srbek van construyendo unos personajes de una fuerza contundente, que atrapan al lector desde esa primera historia del maligno Muertalma, narrada con una magistralidad soberbia desde diferentes puntos de vista que ya nos dan una clara pista de la enmarañada y confusa realidad de Brasil. Con un estilo gráfico fuertemente expresionista, pero con una clara influencia de Caniff en la composición, puesta en escena y uso dramático del entintado, Tierra de Historias va tejiendo historias en la que los personajes se van uniendo y entremezclando, conformando poco a poco un fluir único del que no podemos escapar hasta saber qué es de esos personajes como el Coronel Lúgubre o el ambiguo Manuel Grande, exageradas caricaturas de la realidad que, paradójicamente, se nos revelan de una humanidad desbordante.
Un tebeo sorprendente, completamente distinto a lo que estamos acostumbrados a leer y que no debería caer en el olvido veraniego (4).
Algunos enlaces:
Página dedicada a Flavio Colin (en portugués)
Larga entrevista a Colin (en portugués)
Dos páginas de la edición de Edicions de Ponent: 1 2

Lecturas. Maese Espada, de Adolfo Usero

Siempre intento leer un tebeo olvidándome de los autores. Es un sano ejercicio que evita prejuicios a favor o en contra a la hora de disfrutar de la lectura. Pero con Adolfo Usero, me vais a permitir que mande al carajo los prejuicios, los sanos ejercicios y lo que se tercie. Al leer la edición de Maese Espada que acaba de editar Glenat me ha sido completamente imposible no ver a ese chicarrón siempre sonriente y amable detrás de cada uno de los trazos, oír su voz narrándome las aventuras de Martín de Monforte y sentir cómo al acabar me decía: “Ya ves, no es nada ¿Te ha gustado? Jo, pero si no es para tanto…! ¡Tú, que me quieres bien!” mientras me daba un par de palmadas en la espalda.
Porque, ante todo, Adolfo Usero es un hombre bueno. EL hombre bueno, me atrevo a decir. Desde que lo conocí, siempre lo asocio a una cara sonriente, a un amigo de sus amigos, que por muy mal que lo esté pasando, siempre tendrá palabras amables y se quitará la comida de la boca para dártela si se lo pides. Hablar con Adolfo es la mejor medicina contra la depresión que ser humano pueda imaginar.
Y es verdad que muchos no recordarán nada de su obra, e incluso a los que saben mucho les costará nombrar más de dos o tres obras de este autor, pero pese a todo, si tuviésemos que darle un nombre a la historia del tebeo del tebeo español, posiblemente sería Adolfo Usero.
Usero es el ejemplo de cientos de dibujantes callados de una calidad excepcional que hacían su trabajo por cuatro malas perras, pero disfrutando cada línea que dibujaban, creyendo en que sus dibujos eran lo único que podían hacer por los demás y llenando páginas y páginas de historietas de forma anónima, sin que nadie supiese quién se escondía tras los lápices. Fue un dibujante de agencia, cuya única ambición era poder dedicarse a lo que más le gustaba, dibujar. Me atrevería decir, además, que la historia del tebeo español es la que es gracias a él, porque según cuentan todos, era el alma de Selecciones Ilustradas, el que levantaba la moral de los dibujantes cuando muchos pensaban en dejárselo, el que ayudaba a terminar una página cuando ya tenían las pestañas quemadas de tanto dibujar. Quién sabe, a lo mejor sin Usero, Carlos Giménez se hubiese dedicado a otra cosa…
Y por si todo lo anterior fuera poco, es uno de los grandes dibujantes de todos los tiempos. Su buen amigo Carlos dice que dibuja como Dios. Y doy fe de ello oigan, que es verdad. Recuerdo una cena en Valencia con Giménez, Usero, Brocal, Bea, Ventura y un buen montón de amigos en la que Carlos defendía que Usero era el mejor dibujante de la historia, lo que era respondido por éste con un “¡Quitadle la cerveza, que ya desvaría!“. Pero Carlos, cabezón como pocos, seguía diciendo “Adolfo es el único dibujante del mundo que es capaz de dibujar de cabeza un caballo al galope en escorzo desde atrás“, mientras Usero negaba con la cabeza y nos decía “Cada vez está más chochales“.Diez minutos después de conversación, Usero, distraído, estaba dibujando en el mantel de papel un caballo al galope en escorzo desde atrás, con una soltura y una sencillez que destrozaba a cualquiera que lo estuviese viendo, mientras todos callamos y nos quedamos viendo, asombrados, el magisterio de Adolfo con un lápiz.

Maese Espada, el álbum que edita ahora Glenat es un buen ejemplo de la calidad de Usero como dibujante. La historia de Martín de Monforte en lucha contra las injusticias de la inquisición durante el siglo XV es una buena excusa para leer un tebeo de aventuras sin ambiciones que es, en el fondo, una versión moderna de El Capitán Trueno, como bien me indicaba Jesús Yugo ayer. Maese Espada, Caín y Yasmina son un trasunto actualizado y comprometido de Trueno, Goliat y Sigrid, con combates de espada, persecuciones y luchas que tienen mucho que ver con el clásico de Mora y Ambrós.
Como dice Giménez en el epílogo del álbum, Maese Espada no es un álbum de profundidades, sino una obra para disfrutar, para detenerse en cada viñeta y maravillarse con el dibujo de Usero.
Maese Espada no es una obra maestra, ni siquiera tiene vocación de tal, sólo de recuperar el folletín aventurero sin más ambiciones, intentando contagiar el placer de hacer tebeos.
Es posible que la obra de Usero no pase a la historia del tebeo español, pero la historia del tebeo español no habría sido la misma sin él.
Prólogo de Antonio Martín
Epílogo de Carlos Giménez

Lecturas saloneras (XXVII). Roco Vargas 8: La Balada de Dry Martini

Sinceramente, no me esperaba absolutamente nada de la octava entrega de Roco Vargas: La Balada de Dry Martini. Es más, hago confesión pública de que su lectura se me hacía muy cuesta arriba tras las decepciones continuadas de El juego de los dioses y Paseando con monstruos, dos anécdotas en la obra de Torres en la que la desgana y la desmotivación campaban por todas y cada una de las páginas. Las tramas, alargadas, apenas dejaban vislumbrar la calidad de las primeras historias de Roco pero, además, eran simplonas y sin vida, contrastando con la lección de magisterio narrativo que en su día nos ofreció con La Estrella Lejana.
Pero pese a todo, mi querencia por el autor me llevó a leer el nuevo álbum, aun cuando preveía un naufragio total si se seguía la línea descendente de los anteriores.
¡Y qué sorpresa oigan! ¡Ha vuelto Daniel Torres!
Afortunadamente, y contra todo pronóstico, La Balada de Dry Martini recupera algunos de los mejores momentos de la saga de Roco vargas, con una sólida historia centrada en el misterioso personaje que aparecía en los anteriores álbumes. Con habilidad, Torres cierra la trama y da una coherencia a las dos anteriores entregas que, por sí solas, no tenían, pero sobre todo da una lección soberbia de narrativa, con un arranque espléndido del álbum, en el que se cuenta la historia de Dry Martini. El propio personaje actúa de narrador, contando su historia a un segundo, que suponemos es Roco Vargas. Narrada con una puesta en escena elegante y con una eficacia que no recordaba en sus obras desde El Octavo Día, Torres construye una excepcional revisión del mito del moderno Prometeo, entroncando de nuevo con los clásicos de la literatura ciencia-ficción, pero desarrollando una profunda reflexión sobre un ser humano elevado a la categoría de Dios, pero sin olvidar dar un buen par de tundas a la competitividad salvaje sin sentido. Torres ha sabido sintetizar la tradición literaria del robot en busca de sentimientos humanos para ir un paso más allá y hacer una brillante disertación sobre el derecho a la existencia desde la razón y la inteligencia.
Sin llegar a los mejores momentos de la serie, La Balada de Dry Martini consigue que olvidemos de un plumazo las dos anteriores entregas, con un álbum que no tira por tierra la calidad de una de las mejores series que se han publicado en España, Las aventuras siderales de Roco Vargas. A destacar el excelente trabajo de Paco Cavero a las tintas y color y poner como única pega que, aunque no sea estrictamente necesario, el álbum precisa de la lectura de las dos anteriores entregas para situar personajes y situaciones. (3)

Lecturas saloneras (XXVI). Héroe al cuadrado

Muchas ganas le tenía yo a la lectura de la nueva creación de esta pareja de guionistas que se ha convertido en la referencia de una forma de entender el género superhéroico basada en el humor y el desenfado. Tenía ciertos prejuicios, debido fundamentalmente a cierta repetición de esquemas que comenzaba ya a ser preocupante en las obras de estas pareja. Si bien las nuevas entregas de la JLA eran divertidas, se detectaba cierto anquilosamiento en una fórmula de éxito a la que los autores parecían aferrarse en demasía, que se demostraba con la exportación del modelo JLA a Los Defensores, una amena lectura, con algunos momentos realmente hilarantes, pero que sólo hacía que prolongar los hallazgos de una serie a otra.
Y aunque las primeras páginas me hacían temer lo peor, con una transposición casi clónica de la pareja Lord Khan/L-Ron de la JLA a Calígine/Sloat de este Héroe al cuadrado, lo cierto es que rápidamente la serie busca nuevos caminos dentro de esa lectura paródica y humorística del superhéroe, jugando con el encuentro del aturullado Milo con su alter ego de una dimensión paralela, el Capitán Valor, lo que permite a Giffen y DeMatteis contrastar el mundo real con el de los superhéroes, enfrentándolos y desplegando un inagotable continuo de referencias a todo tipo de series, tanto de DC como Marvel.
A diferencia de su famosa creación, la introducción del mundo real permite a estos dos guionistas desarrollar un humor más urbano, más alejado del practicado en JLA y claramente entroncado con el cinematográfico de Kevin Smith en películas como Mallrats o Clerks, lo que se traduce en un tebeo que, sin renunciar a las galácticas peleas que son sello de la casa, puede bucear con tranquilidad en otras temáticas más ajenas al género, sobre todo en esa satírica reflexión sobre las diferencias entre el mundo real y el de ficción.
El mayor pero que se le puede poner es, quizás, que ese intento de salir de la fórmula de éxito les lleva a veces a caer en ciertos estereotipos en exceso manidos, aunque en su defensa se puede decir que, pese a todo, no dejan de ser divertidos.
Mención especial para Joe Abraham, un dibujante que sin llegar a las excelencias de Kevin Maguire, consigue realizar un espléndido trabajo y que los gags resulten realmente divertidos. (2+)

Lecturas saloneras (XXV). Ray

Ray, de Akihito Yoshitomi sigue al pie de la letra los pasos de Black Jack, la gran serie de Tezuka, una serie a la que homenajea explícitamente en el argumento y que se usa como explicación de esta extraña mujer que se dedica a realizar arriesgadas operaciones de cirugía en las circunstancias más extralimitadas, dotada de una visión de rayos X gracias a un trasplante de ojos que se le hizo. Uniendo la tradición de series médicas tan del gusto del lector japonés (con buenos ejemplos como la ya comentada Black Jack o la interesante Say hello to Black Jack) con tramas futuristas y policiales, Yoshitomi logra un pastiche tan curioso como atractivo, que es llevado con oficio y buen pulso. No llega, desde luego, a la calidad de las series antes citadas, pero cumple a la perfección su cometido de entretener y crear un clima de tensión en esas operaciones en las que cada segundo cuenta, mezclando con habilidad estas historias con una atractiva trama paralela de “cría de humanos” para trasplantes. Para pasar un buen rato (2-).

Lecturas saloneras (XXIV). El Escorpión 6

La sexta entrega de El Escorpión, de Desberg y Marini, sigue con tranquilidad y sin histrionismos la senda marcada desde el primer número: una intriga histórica en la que se entremezclan disputas religiosas y teológicas, llevada con oficio por Desberg con el único objetivo de entretener y conseguir que el lector pase un buen rato. El principal pero que se le puede objetar a la serie es que se le notan en demasía las hechuras, los trucos casi de manual que el guionista utiliza para alargar la trama e ir introduciendo giros de guión para poder proseguir con su historia durante el mayor tiempo posible, lo que se traduce en una cierta irregularidad dentro de la rutina. Así, si el anterior volumen parecía que el argumento de la búsqueda de la cruz de San Pedro perdía fuerza a cada página, en éste Desberg da un giro de timón radical que consigue insuflar un poco de oxígeno a la serie, por lo menos para que dure una entrega más. Pero Desberg no es Van Hamme, y olvida que el eje vehiculador de cualquier serie son sus personajes, que en El Escorpión quedan siempre en exceso planos y previsibles, lo que deja la historia demasiado a merced de los golpes de efecto imprevistos.
Pese a todo, un tebeo entretenido, que se lee a gusto y en el que Marini cumple de forma rutinaria, demostrando que las expectativas que creó en sus primeras obras se han diluido con el tiempo. (1+)

Lecturas saloneras (XXIII). Yo soy Legión 2. Vlad.

El primer volumen de esta serie de intriga de política-ficción con elementos paranormales, realizada por Fabien Nury y John Cassaday planteaba un punto de partida interesante, adentrándose en el desarrollo de un arma de destrucción masiva basada en los poderes paranormales de una niña. Una historia muy influenciada por la moda televisiva de series con elemento fantástico y en la que destacaba especialmente la cuidada labor de Cassaday, que daba el do de pecho para su estreno en Europa. Esperaba con ganas este segundo volumen, pero debo reconocer que su lectura ha sido una completa decepción. Fabien Nury pierde completamente el rumbo de la narración y la necesidad de mantener la tensión se traduce en un confuso galimatías en el que prácticamente no se entiende nada. Lo que en el primer volumen Yo soy Legión era una cadencia a veces lenta, se ha transformado en un ritmo sincopado que consigue expulsar el lector de la trama. Si en el anterior volumen parecía que la historia se encaminaba correctamente, aquí aparecen de repente demasiadas ideas contrapuestas, desde “inspiraciones vampíricas” a tramas políticas que en ningún momento llegan a cuajar.
Una verdadera lástima, porque esa sensación de tránsito sin rumbo se contagia a Cassaday que está un peldaño por debajo de su anterior trabajo, lo que no le resta valor, pero que se traduce en conjunto en una importante decepción.
Una lástima, porque esta serie prometía mucho. (1-)

Lecturas saloneras (XXII). Locas

Qué sorpresa debió suponer en su día la aparición de un tebeo como el Love & Rockets de los Hernandez. Un tebeo fresco, rompedor, que digería sin vergüenza influencias que iban desde el folletín al más rabioso underground, pasando por los tebeos de superhéroes en uno de los cócteles más explosivos que se recuerda en la historia del tebeo.
Aunque 25 años después hayamos perdido esa capacidad de sorpresa, la publicación recopilatoria que está haciendo La Cúpula de la obra de estos autores es una ocasión perfecta para encontrarse/reencontrarse con una de las obras maestras del tebeo americano. Y si hace poco hablaba yo de una de las mitades de Love & Rockets, la que tiene como protagonistas a los habitantes de Palomar, toca ahora la segunda parte, Locas. Una historia radicalmente distinta a la anterior, que se inicia como una alocada mixtura entre argumento de ciencia-ficción y comedia pop-juvenil centrada en la vida de Maggie y Hopey dos amigas que comparten además una intermitente relación sexual. Pese a no tener rumbo definido, los primeros pasos de Locas ya definen una obra fascinante, donde el mestizaje hispanoamericano explota con toda su fuerza y se plasma en historias que beben simultáneamente de la cultura americana de los 50, del rock, del cine de palomitas, pero también de la tradición hispana del culebrón, de los problemas de integración de inmigrantes. Una mezcla que es agitada por Jaime con una vitalidad contagiosa, que atrapa al lector en esa celebración de la vida en la que amor y sexo comparten espacio con cohetes, máquinas, dinosaurios, lucha libre mejicana, el punk y un desfile de personajes absolutamente delirante, pero que retratan a la perfección esa generación americana de los 80, hijos de inmigrantes, que se sentían americanos con la misma fuerza que la sociedad les rechazaba y con la misma intensidad con la que vivían sus raíces.
Y es precisamente ahí donde Jaime se emparenta con su hermano, en el tratamiento de los personajes. Pese a la diferencia radical de estilos y temáticas, los personajes, sobre todo los femeninos, se van alzando con el protagonismo de la obra al igual que en Palomar. Poco a poco, la psicodélica temática fantacientífica-pop de fondo va dejando paso a las dueñas absolutas de Locas: Maggie y Hopey, dos muchachas que pronto se convierten en el centro de un mundo que va alejándose de la fantasía para entrar en la realidad en una lenta y casi imperceptible deriva. Para cuando queremos darnos cuenta, la vida de Maggie, Hopey y todo su grupo de amigos es el centro de la narración, y Locas se ha transformado en un fresco de la vida social de una generación joven que no encuentra su sitio. Como en un gigantesco puzzle sin fin, Jaime va creando personajes complejos, reales, de carne y hueso, que tienen sangre en las venas y que conforman una película sin fin que tiene como protagonista a la vida y, sobre todo, a los sentimientos, contradictorios, apasionados, más humanos que nunca.
Pero además, Locas tiene el añadido de poder disfrutar del impresionante talento gráfico de Jaime Hernández. Al igual que su obra, su elegante estilo en blanco y negro es el resultado de un cóctel de influencias que comienzan aparentemente en Roy Crane, pasan por Bob Montana y Dan de Carlo y terminan en Alex Toth. Pero, en el fondo, Jaime es una esponja absorbente en la que podemos ver trazas de los autores más dispares que se unen para conseguir uno de los estilos más exquisitos que ha dado el cómic USA. Aunque quizás su narrativa sea menos espontánea que la de Beto, más calculada, Locas es un libro de texto de narrativa en el que los recursos se van creando y asimilando a medida que se necesitan, con momentos brillantes donde los diálogos y los silencios han sido dosificados con una maestría apabullante. Algo que en este primer volumen es más evidente que nunca, en un progresión narrativa brillante que comienza en una cierta bisoñez, evoluciona rápidamente al barroquismo de Mechanics y termina con una intelegente síntesis y sencillez.
Palomar y Locas, Love & Rockets en suma, son obras maestras del tebeo de todos los tiempos y, posiblemente, el punto de partida ineludible de una nueva forma de entender el tebeo en los EE.UU.
Un (4+) para este volumen que se convertirá en un (5) en el segundo, aviso.

Enlaces:
Guía de personajes de Locas.
Artículo de valentín Vañó

Lecturas saloneras (XXI). El Ángel Caído

Peter David podría ser fácilmente definido como uno de los guionistas que ha aportado ideas más frescas y originales al mainstream en la década de los 90. Aunque también podría achacársele ser uno de los que peor ha desarrollado esas ideas, paradójicamente porque parece confiar poco en sus propias ideas. Sirva de ejemplo su paso por series Marvel como Hulk o X-Factor, con puntos de partida que contrastaban con fuerza con la preocupante falta de ideas que sus colegas de la época sufrían. La imaginativa conversión de Hulk en un matón de Las Vegas es un paradigma de lo dicho: un punto de partida que podía haber abierto toda una nueva vida al personaje, pero que demuestra también mi segunda aseveración, motivada en este caso por la mala costumbre de este guionista de intentar estar “a la moda”, transformando lo que podría haber sido una gran saga en una especie de historia de terror con demonios, mundos de pesadilla y demás personajes mágico-demoníacos del universo Marvel para incorporar la moda que arrasaba en DC. Una empanada de gran calibre en la que ambos temas naufragaban. Pese a todo, siempre ha salvado sus series por sus excelente sentido del humor, una característica que cuando se alza en protagonista consigue los mejores momentos de este guionista (curiosamente, en series de clara vocación infantil).
Una razón que siempre me ha llevado a seguir la obra de este guionista desde los tiempos de Hulk o X-Factor, pasando por Dreadstar, Spy Boy, Soulsearchers and Company, Sachs and Violens y llegando a El Ángel Caído publicado por DC y ahora recopilado por Norma.
Una serie en la que David vuelve a caer en esa manía de intentar incorporar lo que “está de moda”, en este caso tomando de partida elementos de series tan variadas como Preacher o la “ultradureza” de las series de Millar o Ellis para construir una parábola místico-religiosa de una justiciera nocturna que se sugiere pueda ser un ángel caído. Añádasele una ciudad de pecado al mejor estilo de Nueva Orleáns y unas tramas que giran alrededor de la corrupción, sexo y drogas para que parezca que estamos ante una serie “adulta”. Sin embargo, David olvida su salvador sentido del humor para centrarse en unos diálogos teatrales y vacuos, así como en unas tramas donde parece ofuscado en acumular excesos que demuestren que estamos ante una serie adulta.
Al final, de nuevo, una empanada sin pies ni cabeza que no cumple ni siquiera el mínimo requisito de entretener, pero del que se debe salvar la sólida labor de David López, que es el único que mantiene el tipo en el naufragio con una labor gráfica que es lo único que justifica su compra. (1-)

Lecturas saloneras (XX). Ex-Machina

Aprovecho la edición del tomo de Ex-Machina, de Brian K. Vaughan y Tony Harris para reciclar una reseña que hice tras la lectura de la edición USA de esta serie.

Ex-Machina ha logrado reconciliarme con Brian Vaughan, un guionista demasiado sobrevalorado a mi entender en obras que no pasan del simple aprobadillo como Runaways o Y, el último hombre. Sin embargo, debo reconocer que con esta serie ha conseguido convencerme, con un planteamiento original y, sobre todo, bien llevado. Vaughan plantea un mundo con un único superhéroe (no especialmente espectacular o superdotado, su poder es comunicarse con las máquinas), que llega a la alcaldía de Nueva York tras los sucesos del 11-S. Y su problema es, a partir de ese momento, enfrentarse a los problemas diarios, desde la provocación de un artista que consigue sublevar a la minoría negra y blanca o el matrimonio homosexual, en lucha constante con los periódicos y los lobbies. El planteamiento de Vaughan de la serie es inteligente, jugando a un alejamiento ligeramente humorístico, que le permite no renunciar a la crítica abierta de la política americana e incluso dejar correr soterradamente una línea argumental más superhéroica en forma de clásica teoría de la conspiración, lo que le permite jugar a dos bandas, atrayendo tanto a los aficionados al género a los superhéroes como a los más reacios a él. Una serie que se lee con agrado, destacando especialmente la impresionante labor de Tony Harris, espléndido en el apartado gráfico, que ha mejorado de forma espectacular la gestualidad facial de sus personajes para la serie (siguiendo la larga estela de Maguire, todo sea dicho) (3-).

Lecturas saloneras (XIX). Balas Perdidas

Impresionante. Repito y deletreo: i-m-p-r-e-s-i-o-n-a-n-t-e. Es lo primero que me viene a la cabeza tras leer el cuarto volumen del Balas Perdidas de David Lapham (sí, ya lo sé, no es una lectura salonera, pero lo había leído hasta releer el tercer volumen, éste sí salonero, así que la considero como tal de vocación). No es una sorpresa que Lapham es uno de los autores más dotados que podemos encontrar en la actualidad en el panorama USA, y que su serie es uno de los ejemplos más interesantes de renovación del género negro que se pueden leer, muy superior a algunos intentos literarios, pero es que este cuatro volumen, leído además en formato recopilatorio, es una lección de historieta y de buen guión que te deja clavado en el asiento. Lapham decide ahondar en la génesis real del personaje de la psicótica Amy Racecar, anclándola en la realidad a través de una compleja historia coral en la que una joven llamada Amy es el centro de una serie de argumentos que se encontrarán en ella. Jugando con saltos temporales y con diferentes puntos de vista, Lapham va construyendo una historia en la que los personajes van dejando pistas que nos permiten atisbar parte de la historia global. Episodios que aislados tienen un sentido y que juntos conforman un “tour de force” de guión, en el que milimétricamente van encajando las piezas dando una lectura completamente nueva a lo que habíamos dejado atrás. Juega con el lector, dándole toda la información necesaria, pero sólo desde una perspectiva de este poliedro de mil caras que nos irá hipnotizando a medida que nos vayamos adentrando en la historia. Cuando nos queremos dar cuenta, Lapham nos ha atrapado en un denso laberinto por el que sólo es posible avanzar por un camino que nos lleva a la resolución de la historia, a que el reloj ajuste su último engranaje para dar la hora final.
Una tarea de orfebrería de precisión que se basa en dos herramientas fundamentales: el desarrollo de personajes y el ritmo narrativo. Los personajes de Lapham son humanos, sufren, se equivocan, cometen estupideces a la par que tienen momentos de lucidez, como cualquiera de nosotros. Cada nueva pincelada que describe el personaje nos permite verlo desde un ángulo diferente, consiguiendo a lo largo de la obra que la caracterización psicológica sea tan completa que casi podríamos decir que conocemos al personaje de toda la vida, que entendemos cómo actúa y, sobre todo, por qué hace lo que hace.
Pero el género negro precisa, además, de un tempo muy especial, un ritmo marcado por metrónomo del que no se puede separar ni un segundo. Y de nuevo Lapham vuelve a dar el do de pecho, partiendo de una férrea estructura compositiva de página donde la acción y la puesta en escena se basa en unos diálogos sencillamente perfectos.
El género negro en los EEUU vuelve a vivir un momento dorado, y el culpable se llama David Lapham. (4)

Lecturas saloneras (XVIII). Juicios y finanzas varias

Glenat ha publicado en este Salón dos obras del guionista Richard Malka, especialista en lo que podríamos denominar temática thriller-económico-jurídica, muy deudora de las series de televisión americanas.
La segunda entrega de La Orden Cicerón, con dibujos del gran Paul Gillon mantiene un excelente tono para esta investigación jurídica de un enfrentamiento finisecular entre familias de abogados. El duelo entre la abogacía a la americana y la europea sigue siendo de lo más entretenido y las traiciones, espionajes, fraudes y mentiras siguen llenando las páginas de este distraído tebeo, que se lee siempre con agrado. Malka es un habilidoso guionista que hace uso de las trampas y trucos acostumbrados de los best-sellers, pero no se le puede negar su eficacia. Respecto a Gillon, es evidente que el gran maestro no está en plenitud de facultades, pero qué cierto es que quien tuvo, retuvo, demostrando una narrativa espléndida, clásica pero una eficacia incuestionable, sobre todo en un guión donde los diálogos son la base de la acción, lo que obliga a jugar con la puesta en escena para evitar aburrir al lector con un continuo de bustos parlantes. (1+)
Una opinión que casi se puede repetir casi palabra por palabra respecto a la nueva serie con Andrea Mutti a los dibujos, Sección financiera. Temática económico-financiera con trama de teoría de la conspiración de fondo, sociedades secretas que dominan el mundo financiero y político en la sombra y valientes detectives que anteponen el conocimiento de la verdad a su propia vida. No es desde luego un argumento excesivamente original y, de nuevo, las trampas pueblan cada página y cada viñeta, con la colección completa de trucos del “Manual del buen escritor de best-sellers”. No hay, desde luego, más interés de nuevo que lograr que el lector se evada durante un rato del quehacer diario. En su contra tiene, eso sí, que Mutti no es Gillon (ni de lejos, vamos) y que el guión sufre de un atracón de “conspiranoia” que a veces contrasta mal con la trama jurídica. Pero se deja leer, que es algo (1).

Lecturas Saloneras (XVII). Cañari

Un excelente dibujante, Carlos Meglia y un guionista de oficio, eficaz y que conoce bien el mercado francés, Crissé. Una mezcla que garantiza que Cañari (Rossell) un tebeo entretenido, sin más ambiciones que hacer pasar un buen rato al lector durante su lectura y provocarle la suficiente intriga como para esperar la siguiente entrega de la serie. Y sin muchas sorpresas la garantía se convierte en realidad, llevándonos a un pasado donde la mitología tomaba forma real y unos niños liderados por su hermana deben buscar a su hermano perdido en un mundo mágico controlado por ancestrales dioses. Mitología india centroamericana, tan del gusto del lector francés, aventuras, persecuciones, peleas… todo perfectamente medido para que cada página tenga los ingredientes adecuados para que en ningún momento el lector aparte sus ojos de la acción.
El tebeo de fantasía arrasa más allá de los pirineos, con una ingente producción mensual, y eso conlleva a que los autores conocen a la perfección sus mecanismos, recursos y trucos. No hay sorpresa, no hay una brillantez especial, pero no se puede negar su eficacia a la hora de conseguir sus objetivos.
Eso sí, a destacar la espectacularidad y calidad de la labor gráfica de Meglia, un estupendo dibujante que, en este caso, se ve ensombrecida por un tratamiento del color que hace que en muchas ocasiones el dibujo sea confuso por la inadecuada elección de paleta.
A destacar la cuidadísima edición de Rossell, de las mejores que se pueden ver hoy en día en el mercado español. (1+)

Lecturas saloneras (XVI). Retorno a la tierra


Gran acierto el de Bang al publicar la serie Retorno a la tierra, de Manu Larcenet. El autor de Los combates cotidianos parte de nuevo de su propia vida, pero esta vez con una visión humorística de su traslado a la campiña francesa. Con la ayuda de Jean-Yves Ferri en los guiones, Larcenet cuenta los contrastes que encuentra en la vida campestre un urbanita irredento como él. Una especie de “La ciudad no es para mí” a la inversa plagada de tópicos bien conocidos y reiterados hasta la saciedad, pero que hay que reconocer que los autores saben replantear para conseguir arrancar una sonrisa casi permanente en el lector. Con una estructura de plancha/gag, encontraremos desde gatos deprimidos por su paso al campo, hasta rudos caseros que destilan un propio aguardiente más propio de las brumas tóxicas de Sevesso, pasando por campañas de tala de árboles para conseguir leña para el invierno que se convierten en retos imposibles de superar… Es indudable que Larcenet sufrió su paso de la ciudad al campo, pero es envidiable el sanísimo buen humor con que es capaz de reírse de sus propias desgracias con la misma lucidez con es capaz de analizar su pasado en “Los combates cotidianos”.
Un divertido álbum, que no tiene más objetivo que hacer pasar un buen rato y que consigue sobradamente. Excelente la edición de Bang y todo un acierto la elección de un formato apaisado, mucho más adecuado que el utilizado en la edición original francesa (álbum normal) para estas planchas de media página. (2+)

Lecturas saloners (XV). El Archivo Corso

Con muchísimo retraso llega a España la genial El Archivo Corso de René Petillón, una aventura de Jack Palmer que justamente ganó en 2001 el premio al mejor álbum de Angouleme y que arrasó entre público y crítica, llegando a tener incluso una nefasta adaptación cinematográfica.
No es para menos, ya que esta entrega sigue la estela de radical iconoclastia de este autor, pero tocando nada más y nada menos que la problemática del terrorismo. Palmer llega a Córcega para realizar una investigación rutinaria enfrentándose a inútiles terroristas corsos, la incompetente policía y una población acostumbrada ya a los actos terroristas que ni se inmuta ante las explosiones, los atentados, los encapuchados y los asesinatos. Una durísima parodia que ataca sin contemplaciones y contundencia a unos y otros, dejando en evidencia gracias a su sardónico humor el absurdo del terrorismo y de la violencia, pero también la terrible asimilación del terror como costumbre y parte natural de la vida. Pero que las risas no nos oculten la lúcida disección que Petillón logra hacer del problema, metiendo el dedo en el ojo del problema, pero apretando y restregando hasta que dolorosamente hay que admitir su apabullante lógica y razón.
Una obra que podría extrapolarse a cualquier otro lugar de Europa donde el terrorismo ha asolado la vida cotidiana de una sociedad que tan sólo quiere vivir feliz y tranquilos el día a día. Un extraordinario tebeo de un gran autor que, de nuevo, tiene que sufrir una reducción de tamaño de reproducción que perjudica bastante la lectura (3+).

Lecturas saloneras (XIV). Dámsmitt

Menuda sorpresa me he llevado al leer Dámsmitt, la nueva obra de Kike Benlloch y Manel Cráneo. Tenía puestas esperanzas en ella, pero debo reconocer que en la monstruosa pila de tebeos que tengo por leer, el álbum que ha editado primorosamente dibbuks se quedaba un poco perdido, ahogado por la supuesta superioridad de autores mucho más renombrados.
Metida de pata hasta el colodrillo, proclamo.
Porque la obra de Benlloch y Cráneo se merece estar entre los primeros puestos de lecturas recomendadas de este salón, con una atractiva historia de un extraño y desconocido país donde el servicio de correos es centro no sólo geográfico del lugar, sino lugar común de diferentes historias que confluyen sobre él. Los autores juegan con pequeños detalles que van construyendo este extraño mundo, anacrónico e insólito, muy del gusto de las fantasías de Perucho, en el que los autores van dejando infinidad de flecos sueltos que deben ser completados por el lector, que pasa a ser un elemento activo de la historia. Un extraño sujeto de pasado desconocido, inventor aficionado de artilugios a medio camino entre la alquimia y la tecnología, una situación política dictatorial, un hombre que es rechazado por su pasado gitano… ficciones y enigmas que sólo tienen en común ese lugar donde las cartas se cruzan de forma anónima, escondiendo historias que nunca serán conocidas. No se puede decir que Dámsmitt sea una obra redonda, pero tiene esa chispa que despierta la curiosidad, que estimula la imaginación con intrincados misterios que nos llevan a pasar de página siempre con la sorpresa a la vista, con la duda de cuál será el camino que tomará la historia en la siguiente viñeta, sabedores de que en parte, será imaginado por nosotros. Una estructura difícil y complicada, muy arriesgada para unos autores que no se habían estrenado en la narración larga, pero que pese a los traspiés, pasan con nota más que solvente, con un excelente trabajo gráfico de Manel Cráneo, de estilo personal y sobria puesta en escena, pero perfecta para la historia de Benlloch.
Atentos a estos autores, darán que hablar. (3-)

Lecturas saloneras (XIII). El viajero de la Tundra

Existe una constante en la obra de Taniguchi que relaciona de forma coherente y consistente toda su obra: la búsqueda del equilibrio entre el hombre y su entorno. Ya sea mediante el enfrentamiento a su pasado, a su familia o la naturaleza, las diferentes obras de Taniguchi estudian de forma sosegada, sin estridencias, cómo el ser humano se imbrica en su alrededor, como va lanzando pequeñas raíces que le unen de forma indisoluble al lugar en el que habita. Pese a las diferencias temáticas de cada obra, esta línea de reflexión da una coherencia absoluta a su obra que hace todavía más atractiva la obra del japonés.
Esta constante temática adquiere quizás su forma más obvia, pero por ello menos interesante, en las obras en las que Taniguchi enfrenta directamente al hombre con la naturaleza. Si en K se enfrentaba a la montaña, como ejemplo máximo del reto humano, en El viajero de la Tundra encontraremos seis historias en las que la naturaleza muta y se transforma para retar al ser humano. El frío de la montaña, un oso gigantesco, una manada de lobos, una ballena, el mar…son sólo excusas para que el hombre mire en su interior y se sienta parte indisoluble de esa naturaleza a la que agrede sin cesar, en un acto de rebeldía contra el padre infantil y del que luego se arrepiente cuando es demasiado tarde. Como ya es habitual en este autor, la lectura de sus historias es siempre una puerta abierta a la reflexión, un ritmo lento que nos ayuda a ir parando en nuestros propios pensamientos, silencios que nos alientan a pensar, a compartir nuestras ideas con los ojos que nos miran desde las viñetas. Curiosamente, en la compilación que edita Ponent Mon hay un elemento discordante, una historia biográfica sobre el propio autor, que contrasta vivamente con las cinco restantes, contraponiendo el espacio cerrado, opresivo, en el que vivía de joven con la apertura infinita de la naturaleza que rebosa en las otras historias. Una oposición casi radical que rompe el ritmo de las historias y permite al lector ir un paso más allá, al reparar en la paradoja de una dibujo que intenta representar el infinito desde la limitación de una viñeta, cerrada y finita. Y, enseñándonos la trastienda del creador, comprender que la pequeña ventana que tenía Taniguchi en su habitación es una metáfora de esa viñeta como ventana abierta a la naturaleza, por las que imaginamos el viento que sopla en nuestras caras.
Una obra, como siempre en este autor, recomendabilísima (3).

Lecturas saloneras (XII). Bardín, el superrealista

Max es un explorador infatigable de nuevos recursos y estilos, siempre mutando, probando y abriendo caminos novedosos desde sus primeras obras. Absorbe como una esponja las enseñanzas de McManus, Ever Meulen o cualquier autor que tenga algo que enseñarle para fagocitarlo e incorporarlo a su personalidad, en mezclas únicas y diferentes. Pero un día, Max encontró a Chris Ware, la media naranja artística que esperaba desde hace tiempo y el empujón para adentrarse en un terreno de investigación y experimentación pura. Estudió rigurosamente las propuestas que se plasmaban en ACME Novelty Library y, de nuevo, su maquinaria interna asimiló y amplificó lo adquirido para dar a luz una criatura tan sorprendente y diferente como Bardín el superrealista. Un personaje que nacía influenciado estilísticamente por Ware, pero temáticamente por la iconoclastia de los personajes del DDT de los años 50, en una arriesgada mezcla explosiva y me atrevería a decir, antinatural, pero que en manos de Max se convierte en una de las propuestas más interesantes del tebeo español de la última década. Bardín se nutre de la excusa argumental del espacio superreal que crearon en su día Dalí y Buñuel a partir del manifiesto de Breton para escaparse de la realidad y revolverse contra el sectarismo y el borreguismo social que nos invade. Su espíritu iconoclasta no conoce límites, generando dudas sobre la religión, el capitalismo, la mercadotecnica salvaje e incluso el propio mundo onírico en el que nos sumergimos cada noche.
Aunque todas las historias contenidas en este álbum son brillantes, personalmente me vuelvo a sentir maravillado con dos de ellas. En primer lugar, la bien conocida “Una polémica metafísica”, posiblemente una de las reflexiones más inteligentes que servidor recuerda sobre el concepto de religión y la necesidad del hombre de crear una vida más allá de la muerte. Max juega con el concepto de Dios brillantemente, representándolo como una suerte de ojo-que-todo-lo-ve pasado por el poder de la mercadotecnia y la publicidad, y desarrollando una parafernalia gráfica impactante, similar a la que muchas religiones despliegan, enfrentada al poder de la razón de Bardín. Un combate intelectual brillante que, en un excelente ejercicio de salud mental, es en el fondo una parodia de las discusiones teológicas que se ríe incluso de la razón más empírica, marcando una tónica que se prolonga en todo el álbum: el sanísimo humor que es capaz de lanzar la ironía más zahiriente a la vez que se ríe de sí mismo.
La segunda, una historia inédita hecha para este álbum: “El ruido y la furia”, el máximo ejemplo de lo que Bardín representa. Un sueño en el que un alter ego guerrero de Bardín se enfrenta a todos sus miedos, pasando de la valentía inicial a una furia homicida en la que nada es respetado, incluso su propia personalidad. Un ejemplo contundente y muy lúcido de hasta dónde lleva la ira y el odio desatado, y muy ilustrativa de la situación que vivimos en nuestro país.
Una obra extraordinaria, en una cuidada y excelente edición de La Cúpula. (4+)

Lecturas Saloneras (XI). Sfar al cuadrado

Sins entido se hace la competencia a sí misma y lanza de forma simultánea dos obras del prolífico Joann Sfar.
La segunda entrega de Gran Vampiro, Pensando en humanas, confirma lo ya dicho en su día sobre esta serie protagonizada por el vampiro Fernán y toda la corte de personajes de leyenda del imaginario de Sfar. El Golem, el árbol viviente, la mujer mandrágora… se pasean de nuevo en esta segunda entrega para volver a retomar el tema del amor imposible, en este caso, entre el vampiro sentimental y su ex-esposa, la mujer mandrágora. Sfar se lleva el costumbrismo tan de moda actualmente al género de terror, consiguiendo unos personajes entrañables de los que pronto olvidamos su maligna naturaleza para fijarnos sólo en aquello que nos une a ellos, las tristezas y desgracias del corazón. Historias de amores rotos, de engaños, infidelidades y aventuras que podrían haber sido protagonizadas por cualquier grupo de amigos de cualquier lugar del mundo. E incluso del inframundo, por qué no… Un tebeo delicioso (3)
Y un esquema similar sigue El Valle de las Maravillas, esta vez trasponiendo una historia autobiográfica sobre Sfar y su familia a la época prehistórica. Sfar, su mujer y sus hijos viven una existencia idílica en medio de dinosaurios, culturas precolombinas y todo un conjunto anacrónico que Sfar va improvisando como vehículo de sus reflexiones. La vida, la religión, la familia… los temas más eternos son tratados en este álbum mientras se busca caza para comer o se huye de un depredador, un ingenioso contraste entre la transcendencia y la naturaleza que resulta en una lectura, como siempre en este autor, entretenida y vital. No es su mejor obra, desde luego, pero es una lectura altamente recomendable para pasar un buen rato.
Como siempre, exquisita edición de sins entido, que cuida hasta los últimos detalles. (2)

Lecturas Saloneras (XI). El ladrón de pesadillas y otras historias

No es que el conocimiento de la cultura en nuestro país pase por uno de sus mejores momentos, pero seguro que si a cualquier político se le dijese que los jóvenes de hoy no saben quiénes son Velázquez o Cervantes, se llevaría las manos a la cabeza y convocaría automáticamente manifestaciones sabatinas por la recuperación de la memoria cultural hispana.
Lo que me parece lógico, todo sea dicho. Pero no deja de ser curioso que eso pase de forma continuada y reiterada en el mundo de la historieta. Nombres como los de K-Hito, Ángel Puigmiquel, Jesús Blasco, Emilio Freixas, Gabi o Arturo Moreno son absolutos desconocidos no ya para el gran público, sino incluso para los aficionados a la historieta, que como mucho habrán oído hablar de ellos lejanamente.
Una desgracia que se alza como uno de los grandes males que sufre el tebeo en este país, posiblemente la más importante por la pérdida que supone de un patrimonio cultural importantísimo y único.
Afortunadamente, Glenat nos ha sorprendido en este salón con la colección Patrimonio de la Historieta, un granito de arena si se quiere, pero de un valor simbólico incalculable, más cuando se inicia con una de las grandes obras maestras de todos los tiempos, El ladrón de Pesadillas, de Ángel Puigmiquel. Un álbum que incluye las que se consideran de forma unánime como las tres mejores obras de este gran autor: dos aventuras de Pepe Carter y Coco (S.O.S en el museo diabólico y El crimen del gramófono) y la inconclusa El ladrón de pesadillas. Tres historias de humor, de vocación infantil, pero que recogen lo aprendido de grandes autores como Gottfredson y, sobre todo, Segar, para conseguir una de las historietas más importantes de la historia del cómic español. Puigmiquel alcanza ya aquí un estilo propio inconfundible, elegante, depurado, con una puesta en escena y una composición de página arriesgada y novedosa. Sin la limitación del formato de tira diaria que tenían los autores americanos, Puigmiquel pudo explorar la composición completa de la página, buscando atrevidos juegos en los que la viñeta se perdía o se descontextualizaba, encontrando efectos narrativos que se avanzaron en décadas a su tiempo. Pero además, supo llegar a un estilo de aparente sencillez pero expresividad máxima, en una conjunción casi perfecta que aún hoy resulta moderna.
Las dos historietas de Pepe Carter y Coco incluidas en este álbum son un buen ejemplo de lo anteriormente comentado, pero El ladrón de pesadillas supone, además, una pirueta sin red magistral. Aunque por desgracia la historia quedó inacabada, Puigmiquel se adentró en el mundo onírico para ya definitivamente dar carpetazo a todo lo que se había hecho hasta el momento, rompiendo toda ligazón con las estructuras pervias, tanto argumentales como formales. Sus personajes pierden el maniqueísmo propio de las aventuras de la época para dejarse arrastrar por un delirio de imaginación, en el que las referencias al cine (con esa genial recreación de El ladrón de Bagdad) o la historieta fantástica son abrumadoras, pero sabiamente incluidas en la historia, consiguiendo un obra inigualable de la que es imposible saber hasta dónde podría haber llegado de ser continuada.
Leer las páginas de esta obra es una incursión en la historia del tebeo que nos permite ver hasta qué punto mucho de lo que hoy consideramos moderno se queda en simples intentos ante lo que ya se estaba haciendo hace 70 años.
Una obra maestra que tiene, afortunadamente, una edición a su altura. Glenat ha tirado la casa por la ventana en una edición perfecta, en la que se ha hecho un trabajo titánico de recuperación y restauración de materiales desde las revistas originales, con un cuidado tratamiento del color, incluyendo excelentes artículos de Antonio Martín y Salvador Vázquez de Parga y un sorprendente “montaje del autor” en el que Puigimiquel recupera y redibuja su obra de nuevo (¡con 84 años!) cambiando algunos aspectos de los que no quedó contento.
Sin duda, la gran novedad del Salón y, junto al Topolino de Figueras recientemente editado, las novedades del año. Una maravilla (5).

Lecturas saloneras (X). ¿Drácula, Dracul, Vlad? ¡Bah!

Pese a las polémicas que se mantuvieron en esta página y en Con C de Arte, la relectura de ¿Drácula, Dracul, Vlad? ¡Bah!, de Alberto Breccia me ha vuelto a parecer una esas experiencias deliciosas que sólo puede dar la historieta.
A través de cinco historietas mudas, Breccia se vale del clásico personaje de Stoker para narrar fábulas modernas sobre el ser humano y la sociedad de los 80, cargadas de ternura e ingenuidad, pero que no dejan de ser críticas con su entorno, como por ejemplo, la durísima situación que se vivía en Argentina en esos momentos, los más duros de la dictadura militar que vivía el país y que se satirizan de forma magistral en esa versión particular del clásico de Matheson, Soy Leyenda. Simultaneada en el tiempo con otra gran obra como Buscavidas, con la que comparte estilo gráfico de dibujo, en ¿Drácula, Dracul, Vlad? Bah!, Breccia experimenta además con dos aspectos que abrirán una importante línea en su trabajo: en primer lugar, el uso del color como vehículo expresivo, soberbio, aportando matices a los personajes que el blanco y negro no alcanzaba y, en segundo lugar, la transposición de los recursos narrativos del cine mudo de los años 20 a la historieta. Breccia quería dar a sus historias el aspecto de un cuento clásico moderno, para lo que buscó un recurso simple pero efectivo: la historieta muda, lo que le obliga a multiplicar la expresividad de sus personajes pero también a jugar con la estructura narrativa, optando por la utilizada en el “slapstick”, gags simples, sencillos e ingenuos, de clara vocación infantil, pero que contrastaban profundamente con un personaje tan oscuro como el conde Drácula.
El resultado es impresionante, cuadrando historias de arrebatadora ingenuidad que consiguen hacer olvidar la crueldad del personaje para rebautizarlo como un icono tierno y por el que nos compadecemos. El amor, la invasión de las costumbres americanas (representadas en Superman) o incluso un dolor de muelas son diferentes excusas para acercarnos a este nuevo personaje de triste figura, con el que simpatizamos a partir de la primera viñeta.
Es curioso como Breccia consigue una obra que sigue fielmente la tradición infantil del cuento clásico, pero a partir de un personaje adulto (a la que, directa o indirectamente, debe mucho Sfar), en contraste con lo que luego haría con las adaptaciones de cuentos clásicos infantiles, esta vez trasladadas al mundo adulto. Una alteración de los usos a la que era muy habitual el maestro argentino.
Y es curioso también como a través de la última historia de este álbum, el encuentro entre el mito del terror y el gran creador de terrores, encontramos una conexión con sus siguientes obras a color: las adaptaciones de relatos de E.A.Poe , también excelentes.
Una obra que, personalmente, encuentro deliciosa, pero con la expresividad y fuerza a la que nos tiene acostumbrados el argentino.
Punto y aparte es la edición de sins entido, espectacular. A la increíble calidad de la reproducción, hay que añadir que se incluyen todos los bocetos que hizo el autor para esta obra, consiguiendo una edición verdaderamente definitiva de esta gran obra de Breccia, posiblemente su mejor obra a color. (4+)

Lecturas saloneras (IX). Dos de Astiberri

Antes de la admirada Pyonyang, Delisle ya había volcado sus experiencias como supervisor de animación en lejanos países en Shenzen, donde relataba su estancia de tres meses en la ciudad china que representa por antonomasia la experiencia capitalista del gigante comunista. Es posible que trastocar el orden de lectura natural de estas dos obras afecte negativamente a Shenzen, ya que se observa todavía cómo el autor está probando recursos y maneras de abordar la narrativa de una obra tan particular como este documental-biográfico. Delisle va encontrando poco a poco el ritmo necesario, centrándose más en los contrastes anecdóticos entre la cultura europea y la oriental, logrando una narración entretenida y que provoca la curiosidad, pero que cristalizaría plenamente en su siguiente obra, no sólo por su mayor pulso, sino también por el evidente interés que tiene una sociedad tan hermética como la norcoreana. Pese a todo, la lectura de la excelente edición que nos trae Astiberru es de lo más recomendable, esperemos que sea la antesala de otras obras de este autor de registros muy alejados a éste, como Aline et les autres.(3-)

La editorial vasca publica también la segunda entrega de la excelente Lupus, de Frederick Peeters, un excelente relato de ciencia-ficción que demuestra que el género no es excusa en sí mismo para crear historias, sino un espléndido andamiaje para contar historias. Peeters aprovecha este segundo volumen para ahondar en la personalidad de Lupus y Saana, trasladándolos a un lejano planeta-asilo, donde los jubilados pasan sus últimos días en una especie de inmeso parque temático para la tercera edad. Y de nuevo, demuestra una capacidad única para narrar historias, para componer a través de silencios y miradas, logrando momentos que se basan únicamente en la expresividad de las miradas de sus personajes. Pero también es un autor que desarrolla personajes con una personalidad compleja y fascinante, diamantes que va tallando y expresan brillos en todas sus facetas, muy alejados del maniqueísmo que el género estaba produciendo en los últimos tiempos.
Un álbum excelente (3).

Lecturas saloneras (VIII). Concrete

Un hombre sufre una terrible experiencia que le confina en un cuerpo de piedra, todopoderoso, casi indestructible, pero que le aisla sensorialmente del exterior. En manos de Stan Lee esta idea dio lugar a La Cosa, el famoso miembro de los 4 Fantásticos, de descomunal fuerza y siempre amargado por su rocoso aspecto. Un tebeo divertido, sin duda, pero con un desarrollo del personaje del que no se sacó todo el jugo posible. Algo que sí ha hecho Paul Chadwick en Concrete, partiendo de la misma idea pero centrándose en el personaje. Con gran inteligencia, a lo largo de los tres lustros de vida de este personaje Chadwick ha ido explorando cómo puede un hombre vivir aislado de su entorno, ha sabido profundizar en sus sentimientos y ha sabido construir una de las series más fascinantes del tebeo americano de los últimos tiempos. En las historias cortas de Concrete el autor sabe transmitirnos la importancia de esas pequeñas cosas que apenas valoramos en nuestra vida diaria: la sensación de aire en la cara, los olores, la caricia de una mano…, todo lo que le ha sido arrebatado a Ron Lithgow por los experimentos de una extraña raza extraterrestre que transplantó su cerebro a un cuerpo de hormigón.
Pero Chadwick no se quedó ahí. Supo hacer uso de su personaje para ir analizando poco a poco la sociedad que le rodea, reflexionando sobre la realidad que envolvería a un superhéroe en nuestra sociedad actual. Buen conocedor del mundo de los mass media, plantea con habilidad cómo un personaje de estas características sería manipulado por los políticos, pero también su explotación como una marca comercial más, aprovechado por todo tipo de medios y campañas publicitarias, antecediendo la línea que seguiría Milligan años más tarde en X-Statix.
Es común la clasificación de Concrete dentro del género de superhéroes, pero por su características, temática y planteamiento, la serie de Chadwick se encuentra en las antípodas del género. No es una reflexión sobre los superhéroes, es una incursión en la naturaleza del ser humano y de la sociedad vista desde una perspectiva racional en la que las sensaciones han sido cercenadas, reduciendo el ser humano a su cerebro. Una perfecta excusa para una paradójica reivindicación de la pasión en las relaciones humanas.
Pero es que, además de una excelente historia, Concrete es todo un ejemplo de lo que debe ser un buen tebeo. Chadwick demuestra un dominio espectacular del storytelling. Vuelca su experiencia en la confección de storyboards (su profesión habitual) adaptándola y transformándola a las necesidades específicas de la historieta, con una excelente planificación y sentido del ritmo narrativo, sin veleidades, pero sin renunciar a experimentos arriesgados de planificación en muchos momentos.
Norma publica ahora la reciente edición completa de Dark Horse, en la que se publican las aventuras del personaje ordenadas cronológicamente según ocurren en la vida de Concrete, eso sí con un pequeña reducción de tamaño respecto al original en comic-book que afecta relativamente poco a la lectura (y que contrasta espectacularmente con la anterior edición que hizo esta misma editorial del personaje en la colección BN, de gran formato, que contiene algunas de las historias que vemos en este primer volumen). Concrete I. Las profundidades es una excelente ocasión para hacerse con una de las mejores series americanas de la historia. (4)

Lecturas saloneras (VII). Nuestra Guerra Civil

Hace setenta años este país se lanzó a la locura de una guerra fraticida. Una herida que hoy todavía no ha cicatrizado y que sigue ahí latente para muchos, desde los que prefieren tirar tierra a los que buscan todavía venganza. Pero entre todos esos extremos es necesario, como siempre nos enseña la historia, que el perdón no implica que el olvido. Que es obligado el recuerdo continuo que nos impida volver a caer en ese delirio de muerte donde nunca hay vencedores, sólo víctimas. Y Ariadna hace una propuesta excelente para ello: abordar la Guerra Civil española desde el recuerdo que aquellos que la vivieron mantienen de ella. Un recuerdo vital que el paso del tiempo amplifica o apaga, pero nunca olvida. En Nuestra guerra civil, Varios dibujantes buscan en su entorno esas historias y consiguen un nivel medio sorprendente para este tipo de antologías, siempre con la espada de Damocles de la irregularidad sobre ellos. Pero los elegidos han sabido ahondar en la memoria desde perspectivas que se complementan, desde la de un David Rubín que se reencuentra con su abuelo a partir de este encargo o la más comprometida de Felipe Hernández Cava y laura, pasando por la que es, a mi entender, la gran sorpresa del álbum, la visión de Ricardo Olivera (Fritz) apabullante y realmente conseguida, que sabe poner en una balanza recuerdo, reflexión y reivindicación. Sin aspavientos, sin excesos, pero con una contundencia implacable.
Un excelente álbum, de lectura obligada para todos aquellos que no vivieron el horror de la guerra, pero deben aprender a no repetirlo. Un gran acierto de Ariadna, que hace además una cuidada edición.

Lecturas Saloneras (VI). Orión

FEZOOW! SWHITHHHH!BRTHAKK!FLTHWHRAM!SKHOOOOOM!THOOM! KKRAAAAAKKOOOOOOHMM! … O dicho en castellano más inteligelible: ¡chumba, chumba, pumba, pumba!, que me parece el mejor resumen (con todo el respeto del mundo) del Orión de Walter Simonson. Y es que cada vez que releo este tebeo me lo paso como un crío, oigan, volviendo a la infancia directo y sin pasar por la casilla de salida. Una excelente lectura de evasión, que recupera como pocos el espíritu épico del Cuarto Mundo de Kirby sin olvidar en ningún momento que es un tebeo para pasar el rato con peleas, frases maximalistas y un sentido cósmico de la aventura. Y lo hace gracias a la innegable capacidad narrativa de Simonson, que dota de ritmo incansable a la acción, sin dejar en ningún momento de reverenciar al maestro creador de la serie, pero aportando sus propias ideas narrativas, que quizás se plasman como pocas en esa espectacular batalla final donde las onomatopeyas imposibles son el vehículo de la acción, en una arriesgada pirueta en la que textos exagerados toman el control sobre las imágenes. Pero Simonson, que ya comenzó a experimentar con estos temas en su etapa en los 4F, es un maestro consumado y consigue a la perfección lo que busca: epatar al lector.
Un tebeo sin más ambiciones que evadir al lector durante un buen rato, lo que no es poco (2).

Lecturas saloneras (V). Revistas y fanzines

¡Qué suerte! 4, Fanzine enfermo 7, Arruequen 95%, NSLM 13 y Humo 3. Cinco revistas/fanzines/prozines que llegan simultáneamente al salón y que hay que destacar por diferentes razones.
Comienzo por la veterana, NSLM que llega en al fatídico decimotercer número en estado de gracia, consiguiendo lo imposible: mejorar a un número tan redondo como el anterior. Pero es que la nómina de autores es sencillamente de lujo y, además, están inspirados. Todos, lo que en una revista con más de 20 colaboradores es algo parecido a una de esas conjunciones astronómicas que se dan de eón en eón. Historietas que buscan nuevos caminos, que se arriesgan desfilando por el filo de la navaja de la experimentación más radical y que consiguen aportar un granito de arena en la definición del futuro de eso que llamamos tebeos. Aunque, sin ánimo de desmerecer, me gustaría resaltar las colaboraciones de Miguel Brieva, Miguel B. Núñez, Alberto Vázquez y Anke Feuchtenberger, especialmente interesantes.
Por su parte, la tercera entrega de HUMO, la revista dirigida por Juanjo El Rápido no aporta sorpresas, dado que los colaboradores son los mismos que en anteriores entregas, lo que no quita que sean de una calidad extraordinaria. Sigo terco yo (y posiblemente ofuscado) con que un fanzine/revista que repite colaboradores número tras número va en contra del propio espíritu de este tipo de publicación, aunque entiendo la idea de partida de su director. Lo que no quita que me quede maravillado ante contribuciones como la de Juan Berrio (un monumento para este hombre, ¡por dios!), Lola Lorente o Jali, que justifican por sí solos la compra de esta revista.
En el terreno de los fanzines, impresionante el séptimo número de Fanzine Enfermo (ganador moral, a mi entender, del premio del Salón). Un pequeño fanzine fotocopiado que englobs lo mejor y más granado del futuro del tebeo español, comenzando por un Alberto Vázquez espectacular, una Lola Lorente sugerente como ya es costumbre o la visceralidad de elfelix, sin olvidar el que para mí ha sido todo un descubrimiento: Brais Rodriguez, camaleónico hasta la exageración y que firma una de las mejores historias que he visto en esta revista “Cómo ser un topo”. Un fanzine necesario en el panorama español, que está consiguiendo que su cabecera se convierta en un mito del tebeo hispano.
No olvidemos tampoco en el mundo de los fanzines el dirigido por Olaf Ladousse, ¡Qué suerte!, que tiene un cuarto número espectacular, con contribuciones internacionales de la talla de J.C.Menu, Mathias Lehmann, Max Cachimba, Jake Austen, Ptit o Jess Jonson, sin olvidar a autores tan importantes como Tamayo, Paco Ortuño, Olaf, César Fernández Árias, entre otros. Un número dedicado a los ladrones que se convierte a través de las contribuciones de Luis Mayo en una obra de arte única e irrepetible. Uno de los fanzines de compra obligatoria en este momento.

Y para acabar, nunca mejor dicho, el (por desgracia) último número de Arruequen. 95% se llama esta vez, un número de lujo con colaboraciones de autores que deberían dar de hablar en el futuro y entre las que destaca especialmente Esther Gili, que está alcanzando una calidad que pide a gritos el salto a lo que se entiende por profesionalidad dentro de este mundillo del tebeo que nos toca vivir. Una verdadera lástima que iniciativas tan interesantes como ésta terminen, pero supongo que es la dura ley de vida del fanzine, parte sustancial de su propia existencia. No os lo perdáis.

Lecturas saloneras (IV). Caricatura

Un hombre recorre las ferias de arte haciendo caricaturas. Es un nómada del arte, que quizás escape de sí mismo, hasta un día que encuentra a una jovenzuela que admira su trabajo hasta obsesionarse con él.
Contado así, podríamos estar hablando del comienzo de una mórbida novela que siguiese los pasos de Nabokov, pero hay que matizar un poco más: es una historieta de Daniel Clowes.
Y eso lo cambia todo.
En manos de Clowes, el argumento más nimio comienza a crecer cual fiebre de Urbicanda, engrandeciéndose, complicándose y apareciendo ramificaciones frondosas que hacen de su seguimiento un intrincado ejercicio de reflexión. Caricatura, la historia corta que abre este libro recopilatorio, es quizás el mejor ejemplo de la capacidad poliédrica de este autor al abordar una historia, que le permite dotar de tantas lecturas a su obra como lectores haya. Porque en las pocas páginas de Caricatura asistimos a una brillante disquisición sobre el sentido del arte y de la creación, una sardónica aproximación a la bastarda comercialización del arte que tiene mucho que ver con las brillantes ideas de que ya ha expuesto en otras obras y que, supuestamente, serán la base de su próxima película. Pero también encontraremos una disección quirúrgica de la soledad, de la buscada voluntariamente y de la que genera ermitaños aislados en medio de oleadas de gente. Todo aderezado con un retrato de la juventud descreído y amargo, que contrasta y hace de vehículo dinamitador de las anteriores. El conjunto se alza como un retrato concentrado de la sociedad americana tan lúcido como desolador, en el que los protagonistas vagan sin más motivo que el de vivir un día más.
Una historieta que, de por sí, justifica completamente la compra de este excepcional tebeo, pero que se ve acompañada de otras pequeñas genialidades de este hombre. Divertidas, amargas, mordaces, cínicas…los adjetivos son muchos, pero la excelencia es la norma.
Y, además, dedica una historieta a 1966, un año al que le tengo especial cariño, por aquello de que fue en el que di a parar por este mundo…¿qué más se le puede pedir?
Por cierto, más que correcta edición de La Cúpula, que respeta las páginas a color (no como en ocasiones anteriores) y consigue una relación calidad-precio envidiable (4).

Lecturas Saloneras (III): Aritmética Ilustrada

Me gustan las matemáticas. “Nos ha jodío, si es físico”, pensaréis, y con razón, pero es algo más. Por extrañas razones que supongo tendrán que ver con la vocación y esas paparruchas que no dejan de tener cierto sentido, soy un apasionado de los libros de texto antiguos de matemáticas y física. Me chiflan aquellas enciclopedias de grado medio que usaban nuestros padres o los libros de aritmética y álgebra para niños, repletos de problemas de sacos de patatas que costaban a 2 reales la arroba y sobre los que había que determinar las más intrincadas ecuaciones. Cada vez que consigo uno de estos libros, no puedo evitar estudiármelo y hacer todos los problemas propuestos. “Estás enfermo”, me diréis, y yo sólo puedo que daros la razón.
Pero es que, sin aparente ligazón con lo anterior, también me encanta Juan Berrio. Es un ilustrador de trazo elegante y un grandísimo historietista, experto en caminar por los senderos del corazón casi de puntillas, sin que los protagonistas se den cuenta de que ha abierto un ventanuco por el que son observados.
Dos vicios aparentemente dispares, pero va y resulta que los de Astiberri, estos vascos expertos en tocarme la fibra sensible con sus ediciones, van y sacan un libro que ni siquiera en mis mejores sueños hubiese podido imaginar: Aritmética ilustrada. Un libro-fetiche en el que Juan Berrio se dedica a explorar los enunciados de los problemas de los viejos libros de aritmética para encontrar historias ocultas. Ilustraciones que me han hecho soñar a la par que mi mente planteaba las ecuaciones que resolvían las cuestiones que las acompañaban. Placer doble. O mejor, placer al cuadrado.
Vamos, que me lo he pasado pipa como pocas veces en mi vida uniendo dos placeres tan disjuntos como aritmética y Juan Berrio. Aunque quizás es que no fuesen disjuntos, sino conjuntos, aunque ese es otro tema, que diría el Venn ese…

Lecturas saloneras (II)

No sé si recomendar la lectura de Barrio 3, la verdad. Es cierto que la tercera entrega de la gran serie de Giménez está a la altura de la anterior, un buen álbum, con historias que transmiten perfectamente la dureza de la vida de posguerra. No hace falta alabar la grandeza de Giménez como autor, con una narrativa perfecta una vez ha dominado la reducción de viñetas por página, con un dibujo perfecto y con unas historias entrañables en su inicio. Pero la última de las historias me ha dejado tan impactado que no sé que pensar. Una historia amarga, dura, implacable, que contiene la página más cruda que servidor ha visto en un tebeo jamás. Una página que da lugar a la portada del álbum y que te atraviesa con la precisión de un bisturí, un escalpelo que te corta cuando menos te lo esperas y que deja todos los sentimientos en caída libre. Tengo claro que Giménez está pasando por un momento delicado y que ha volcado sobre esa historia todo su dolor, rabia y amargura, convirtiéndola en un grito que, paradójicamente, se acaba en nuestra garganta. En apenas tres viñetas logra transmitir un dolor que posiblemente sea inconmensurable, dejando al lector herido sin remedio. Debo reconocer que me saltaron las lágrimas al ver esa página y que tras la lectura de este álbum me quedé mucho rato triste, sin saber muy bien qué pensar, qué hacer.
Si queréis leer un excelente álbum de historieta, Barrio 3 lo es. Pero también es una historia que duele, que no se olvida, grabada para siempre con fuego.
Vosotros mismos. (4)

¡Comienzan las lecturas saloneras!

Comienzo una lista infinita de posts con lecturas saloneras, sin orden ni concierto, por supuesto, y lo hago con Apuntes para una historia de guerra, tercer álbum en nuestro país del italiano Gipi y tercera sorpresa. Si en sus anteriores álbumes me había sorprendido su solidez narrativa, su atractivo estilo gráfico y lo interesante de sus guiones, en este tercero ya declaro mi pasión por este autor, que aborda un concepto tan complejo como el de la pérdida de la inocencia que provoca las guerras. Gipi nos cuenta la historia de tres chavales, inmersos en una guerra indeterminada de las muchas que ha sufrido o sufrirá Europa, y cómo la guerra va arrebatando la inocencia y cincela a golpe de desgracia personajes sin sentimientos que hacen de la supervivencia su único fin. Con gran acierto, Gipi desgrana cómo el sentimiento de admiración al héroe del niño se tergiversa y pervierte en un entorno donde no hay héroes, sólo víctimas, que a duras penas ya reconocen el concepto del bien y del mal. Traslada al lector las dudas y los sentimientos casi de forma transparente, sin exageraciones melodramáticas, pero con una contundencia aplastante, que deja al lector desarmado ante la locura de la guerra. Una durísima historia que es, además, redondeada con un final que se me antoja el único posible para que el relato sea creíble, dándole una pátina de realidad todavía mayor.
A lo que hay que añadir la madurez narrativa de un autor que, con apenas tres obras en el mercado demuestra que contar con imágenes es algo innato en él, casi sin necesitar esfuerzo. Un álbum extraordinario, que con lógica viene arrasando en todas las entregas de premio, destacando ese premio a la mejor obra en Angouleme. (4)

Más lecturas pre-saloneras

Sigo con mi incesante actividad lectora presalonera, así que va una serie de minireseñas:

– Mucho se ha hecho esperar el tercer número de Buen Provecho, la revista dirigida por Ricardo Mena que ahora edita Dolmen, pero en este caso se aplica perfectamente aquello de que “nunca es tarde si la dicha es buena”. Excelente selección de autores, entre los que destaca el incomprensiblemente inédito en España Michael Rabagliatti, con un episodio corto de su serie autobiográfica “Paul”, una de las mejores que se están produciendo en el panorama indie canadiense. Y el resto, de lujo, con colaboraciones de autores también poco conocidos en España, como James Sturm, Blanquet o Ian & Tyson Smith, junto con una buena lista de autores españoles de los que me gustaría destacar a Fermín Solís, que vuelve a sorprendernos con un cambio de estilo y temática con Harry y Hausen, un “slice of life mitológico” (os lo juro) delirante. Recomendabilísima oigan.

– La cuarta entrega de Los Muertos Vivientes de Robert Kirkman y Charlie Adlard (Planeta DeAgostini) sigue su increíble marcha ascendente de calidad, con un tomo que me atrevería a calificar de modélico dentro del género de terror psicológico. Kirkman consigue desarrollar la personalidad de sus personajes en situación límite como pocas veces he visto en un tebeo, sin dejarse llevar en ningún momento por lo sencillo o predecible. Posiblemente, una de las mejores series de continuará que se están editando en España en este momento. (3+)

Girls: Concepción, de los hermanos Luna, viene avalada con un importante respaldo de la crítica americana que servidor no puede entender tras su lectura. Es cierto que parte de un planteamiento interesante, la aparición en un pueblo de una extraña chica, desnuda y que apenas dice algunas palabras y sobre la que se ciernen sucesos inexplicables. Hay ideas sueltas sugestivas, pero los hermanos Luna consiguen transformar la historia en una especie de chiste continuado para pajilleros frikis, con dudosa carga de moralina subyacente (“atento friki, si te encuentras una escultural chica desnuda en el campo, es posible que no se hayan oído tus plegarias a San Tolkien…”). Con un estilo de dibujo muy del gusto actual en los USA, de línea clara con volúmenes dados por un color suave y desenfocado, los hermanos Luna se preocupan demasiado de ir intercalando chistes basados en dobles sentidos supuestamente ingeniosos, dejando sólo para el final un intento de desarrollar mínimamente su trama de misterio. De momento, mala, dudo seriamente que esto remonte… (0)

– Dolmen se apunta el tanto de publicar el primer álbum de James Kochalka en España, Magic Boy. Una recopilación de historias cortas autobiográficas en las que el dibujante, representándose a sí mismo como un joven elfo, va plasmando pequeñas instantáneas de su vida. Momentos intrascendentes que son retratados con una ingenuidad y frescura aplastante, que desmonta al lector y lo derrota al primer envite, quedando obligatoriamente subyugado por esa sencilla candidez con la que Kochalka se enfrenta a los pequeños detalles de la vida. Ha conseguido recuperar el espíritu curioso de un niño y trasladarlo a la madurez, en una sugerente combinación en la que la sorpresa infantil se ve matizada siempre por la reflexión adulta, reflejada aquí en ese juego de contrastes entre el autor y su mujer. Un enfrentamiento continuo entre imaginación y mundo real delicioso. Esperemos que este sea el inicio de una continua publicación de las obras de este autor en España. (3)

Lecturas: Es un pájaro…

Un tebeo leído hace mucho tiempo en su V.O. yanquilandesa y que ahora publica Planeta en castellano, así que reciclo reseña:

El mainstream USA se mueve y la bajada de ventas está promoviendo cada vez más que veamos cosas nuevas y distintas. No se entiende de otra forma que una editorial como DC publique un tebeo tan arriesgado e inclasificable como “Es un pájaro“, de Steven Seagle y Teddy Kristiansen. La historia más atípica que se podrá leer sobre Superman mezcla a partes iguales una temática intimista, la dificultad del creador ante el papel en blanco, las incongruencias del género de superhéroes y la vida con la espada de Damocles de una enfermedad tan extraña como el síndrome de Huntington. Demasiados temas que, paradójicamente, ensamblan con bastante acierto, complementándose de forma natural. El protagonista, Steve (un guionista de cómics, representación del propio Seagle), habla directamente con el lector y se relaciona con él, le explica sus miedos, el temor que le provoca desarrollar la extraña enfermedad que se da en su familia, y lo contrasta con el concepto del héroe. Justo en estas reflexiones, se le ofrece a Steve la posibilidad de guionizar Superman, el icono, la serie máxima del género, lo que le lleva a estudiar las claves del personaje y contrastarlas con el momento que está pasando en su vida. El desarrollo paralelo de las diferentes ideas permite que estas se vayan enriqueciendo entre sí, generando contrastes entre el idealismo heroico, la profesión y la dureza de la enfermedad. Lo que a priori son elementos aislados, que no permiten la mixtura, se van revelando como una acertada combinación que Seagle sabe mover con habilidad para llevar al lector a la reflexión.
Un tebeo distinto del que hay que destacar especialmente la labor de Teddy Kristiansen, que vuelve a reencontrase con Superman (tras aquella obra primera “Superman y la bomba de la paz”) en un dificilísimo trabajo que resuelve con nota. Kristiansen trabaja con los estilos gráficos para indicar distintos momentos de la narración, diferenciando momentos temporales, pensamientos o acciones de una manera casi perfecta. Vale la pena leer el libro y luego volver sólo sobre la parte gráfica para comprobar la excelencia de la labor del dibujante, sobre el que descansa la credibilidad de la historia, que despliega una narrativa soberbia y una capacidad evocadora como pocas veces hemos visto en su obra.
Un excelente tebeo (3+).

Corta y pega (III)

La fuente, de Darren Aronofsky y Kent Williams, es una compleja novela gráfica que interpreta (no es una adaptación) el guión original del proyecto cinematográfico que el director de Pi lleva produciendo desde hace siete años y que pronto verá la luz. Una obra que esperaba desde su anuncio, arrastrado por el buen sabor de boca de la citada Pi y Réquiem por un sueño, dos excelentes películas que demostraban el extraño universo interior de Aronofsky, y por la presencia de Kent Williams, un extraordinario autor.
Es muy difícil explicar qué es La Fuente. Mi primera impresión ha sido la misma que tuve al ver 2001, una odisea del espacio por primera vez: fascinación y extrañeza. Y no son sólo esos los puntos de contacto con la mítica película de Kubrick, porque La Fuente es un viaje temporal a través de pasado, presente y futuro en busca del sentido de la vida, una reflexión sobre la inevitabilidad de la muerte, pero también de lo que sería la maldición de la inmortalidad sin un motivo. Aronofsky toma como base la búsqueda de la fuente de la eterna juventud de Ponce de León para crear una historia que se prolonga durante un milenio que se pliega para mostrarnos tres momentos simultáneos al lector: el pasado, la conquista española del imperio maya; el presente, la investigación científica contra el cáncer; el futuro, el final de una estrella. Tres momentos protagonizados por un hombre, Tom/Tomás, en los que la vida se crea, se destruye y se transforma a través de un único sentimiento, su amor por Izzy/Isabel. Intrincada estructura que pasa sin solución de continuidad de la reflexión a la poesía y de ahí a la acción, dejando al lector abrumado por el torrente de ideas y sentimientos que se vuelca sobre él gracias al impresionante trabajo de Williams, que juega con texturas y estilos para que obtengamos toda una experiencia sensitiva. Es su trabajo el que consigue que se palpe la delicadeza sensual del futuro, contrastada con la brutal rabia del presente.
Sin embargo, y pese a lo sugerente y abierto de la obra, se me antoja que Aronofsky ha elegido un camino demasiado relamido y afectado, constituyéndose éste en el mayor problema que puede tener la lectura de la obra y que, con seguridad, dará lugar a posiciones muy distintas sobre ella, seguramente apasionadas. En cualquier caso, interesante y que nos deja con muchas ganas de ver la otra versión, la cinematográfica. (3-)
Enlaces: una interesante entrevista con Aronofsky | Trailer de The Fountain

Publicado originalmente el 25 de Noviembre de 2005

Corta y pega (I)

Maravilloso esto del corta y pega, oigan. Y como parece que las editoriales están decididas a recuperar tebeos que ya había leído y de los que había dado cumplida cuenta en otros momentos, me dedico a hacer uso de semejante propiedad maravillosa de la informática ésta. Va la primera. Sandman, of course.

Me parece casi insensato hablar de Sandman, la extraordinaria serie guionizada por Neil Gaiman. Más de quince años después de su creación, todo lo que se pueda decir de la serie se ha dicho ya y, seguramente, con más tino y mucho más criterio que el mío. Pero ya sea por vanidad o por oscuras motivaciones que ni yo mismo puede llegar a comprender, heme aquí hablando de una serie que ya se puede considerar como un clásico. Al igual que Moore reconvirtió a La Cosa del Pantano, Gaiman tomó prestado el nombre de un personaje clásico de la época dorada de la DC para construir un mundo propio que escapa de los límites de cualquier etiqueta. Muy por encima del género superheroico o incluso del fantástico, Gaiman fue un paso más allá, actuando de gran hacedor de toda una mitología propia, de una nueva religión. Si Tolkien amasó referentes que iban desde la mitología germánica a la nórdica pasando por las leyendas faéricas de su tierra para crear un mundo coherente, Gaiman hace uso de las religiones paganas y de la literatura fantástica del siglo XIX y XX para crear una mitología fascinante e hipnótica. Los Eternos, una familia de hermanos que se alimenta de los sentimientos más primarios de los humanos y que tiene en Sueño y Muerte a sus dos grandes conocidos, son la gran creación y los protagonistas de una serie que marcaría un punto y aparte en la historia del tebeo. Acompañado casi siempre de dibujantes que no llegaron nunca a la altura del guionista, Gaiman recorrió todo el imaginario colectivo de la fantasía, cimentando el infinito pasado de unos personajes que pronto conocieron decenas de copias e intentos de acercarse a un original al que nunca llegaron ni siquiera a atisbar en la lejanía. En cada arco argumental de la serie se avanza un paso en la concepción de un mundo paralelo que se nutre de los recuerdos, de los miedos y los anhelos de los simples humanos, diseñado con la precisión de un compositor que sabe perfectamente que instrumentos tocar en cada momento para que el lector se sienta subyugado y reconocido. Juega con los mitos más clásicos, desde los cuentos infantiles a los miedos adultos, mezclándolos y confundiéndolos hasta tal forma que al pasar las páginas sentimos escalofríos de nostalgia, sensaciones contrapuestas que nos llevan a seguir adelante y a esperar cada nueva viñeta, plena de referentes casi imposibles de enumerar. Sólo Gaiman fue capaz de pervertir los papeles del Sueño y la Muerte. La clásica guadaña, tétrica y enlutada, se convierte en manos del inglés en una pizpireta jovencita, alegre y hermosa a la que apetece acompañar, mientras que su hermano Sueño es el serio, el oscuro. Papeles trastocados en los que los sueños se convierten en la pesadilla de la vida y la muerte en su liberación y en los que es inevitable pararse fascinados.
Personalmente, sólo puedo que recomendarla con todas mis fuerzas, que os dejéis envolver por la magia de los eternos y que la imaginación vuele libremente en ese mundo de sueños y pesadillas. (4, de promedio)

Este texto fue escrito a raíz de la recuperación de la serie en tomos. Planeta reedita la serie ahora en prestigios de 48 páginas, un formato que no acabo de comprender sabiendo que la serie aparecerá en breve en su edición “absolute” en los EEUU, por lo que parece más lógico haberla editado en volúmenes en tapa blanda, aprovechando los bajos precios que esta editorial suele ofrecer (paradójicamente, la serie será más cara en entregas de 48 páginas que en volúmenes, si hacemos cuenta de los precios que suelen tener los tomos de Vertigo que ha publicado Planeta).
Ellos sabrán. En cualquier caso, si no la habéis leido, aprovechad la oportunidad.

Lecturas presaloneras (III)

Sexto volumen de Shade, the changing man y, sin duda, se alcanza el momento álgido de la serie con la saga The Road (La Carretera). Milligan ya ha trabajado con sus personajes y decide, tras abordar la exploración de la sociedad americana que acometió en la saga “the American Scream”, conocer la personalidad de su trío protagonista, desarrollando una de las sagas más fascinantes que servidor recuerda en el sello Vertigo. Milligan escoge un genero muy particular de la literatura y el cine americano, el road-movie, y al igual que Kerouac, usa el camino como medio para enfrentar a los protagonistas a sus miedos. Una excusa que en una serie cuyo protagonista es un hombre cambiante se exagera y amplifica, llevándola a sus últimas consecuencias, explorando la doble personalidad de Shade/Hades como un retrato del Jekyll/Hyde que todo ser humano lleva dentro. Pero el guionista se atreve a dar un paso más que el propuesto por Stevenson y se adentra en todas las incoherencias propias del hombre: el dilema sexual masculino/femenino, el paso generacional niño/adulto, el desarrollo del concepto de justicia… A través de un viaje psicodélico por una carretera sin fin, que devuelve siempre al mismo lugar, a un simbólico vertedero donde se refugian los desechos de la personalidad, Milligan consigue construir un triángulo mágico de cuatro lados, en el que Shade/Hades, Kathy y Lenny conforman las diferentes partes de un ser único.
Una brillante reflexión sobre la vida en la que, incomprensiblemente, Planeta ha decidido no incluir el último y sorprendente episodio de conclusión de la saga para el siguiente volumen. Una decisión que evita a los lectores poder disfrutar en toda su extensión, en un único volumen, de una de las mejores sagas del tebeo mainstream de los 90, teniendo que esperar al próximo mes para su conclusión. A cambio, eso sí, comenzará en ese volumen la también muy estimable saga de “Shade The Changing Woman”.
Un tebeo extraordinario, con un Bachallo en plenitud de facultades, cuando todavía sabía dibujar… (4)