McCay, Fred… Mathieu

Ayer, al publicar la noticia sobre Blutch que había leído en La BD, me pasó algo curioso. Al ver el nombre de Marc-Antoine Mathieu y su Julius Corentin, sentí la necesidad imperiosa de volver a leer la serie. Por un momento, fui un peón más de uno de los extraños e hipnóticos puzzles de este autor, injustamente desconocido en España y demasiado poco reconocido en su país.
Con Julius Corentin Acquefacques, Mathieu crea un personaje que bebe directamente de Little Nemo y de Philemon. Si McCay y Fred crearon para sus personajes mundos de ensueño que comienzan en lo onírico y terminan en el surrealismo, Mathieu toma regla, cartabón, escuadra y compás para trazar un plano preciso y milimétrico de esos mundos. Siguiendo las enseñanzas de Benoit y Peeters, define un mundo con reglas propias, en el que Corentin, un funcionario del Ministerio del humor, deberá enfrentarse a extrañas pruebas, como la marcada en el primer álbum, El Origen. Un estreno fascinante, en el que el protagonista recibe hojas de un álbum de historieta que representan su propia vida, que es a la vez el álbum que estamos leyendo. Un increíble viaje al espacio en blanco entre las viñetas que conecta realidad, sueño y papel en un camino único sin salida, que terminará con esa temida última página 43, donde toda la historia tendrá un ¿sentido? Un álbum sorprendente, desafiante de toda regla establecida, en el que Mathieu sólo da una mínima expresión de hasta dónde es capaz de llegar. En los álbumes siguientes, Julius se enfrenta contra su propio mundo bidimensional, con un viaje surrealista por la nada en Le Qu, el sorprendente viaje temporal de Le Processus o el fascinante ejercicio de simetría total de Le debut de la fin/Le fin de la debut. En el mundo de Corentin, las reglas físicas desaparecen, sólo existen la lógica del sueño y de lo imposible, pero pasada por el filtro de la geometría y las matemáticas, generando una lógica interna única e indefinible. Cada álbum es una nueva sorpresa, como demostró con la última entrega, La 2.333 dimension, en el que el mundo de la historieta pierde sus dimensiones, con perversiones de la perspectiva que Corentin debe investigar.
Creo sinceramente que Julius Corentin es la gran continuadora de Philemon, que bebe directamente de su surrealismo, pero quizás sin atreverse a la locura de libertad del mundo de las letras de Océano Atlántico, más comedido, con la necesidad de regirse por un orden interno similar al existente en la saga de las ciudades oscuras.
Pero si buena es esta serie, todavía más fascinante es Le Dessin, posiblemente su mejor obra. Publicada en 2001, cuenta la historia de Emile, un pintor que, tras la muerte de su amigo Eduard, se queda con un recuerdo suyo: un misterioso dibujo titulado Reflection. Al examinar el dibujo, Emile descubre que el grado de detalle es inmenso, sobrenatural, que le permite introducirse en el dibujo y seguir explorando cada reflejo, encontrando un nuevo mundo en cada uno de ellos. Un tebeo del que sólo puedo decir que es hipnótico, que te deja fascinado por cada nuevo descubrimiento, cada nueva pista que lleva a Emile a la verdad que esconden esos reflejos.
Un autor que sorprenderá a muchos y que, espero, cree un grupo fiel de Mathieu-adictos. Eso sí, no envidio para nada la difícil labor de sins entido al publicar esta obra, ya que Mathieu esconde sorpresas en sus álbumes, como viñetas recortadas, espirales troqueladas que conectan una página con otra o cambios de blanco y negro a color y viceversa.

Los cuentos de la Estrella Legumbre

Si existiera la justicia divina San Vicente Ferrer no sería el fraile dominico valenciano del s. XIV, sino otro valenciano del mismo nombre, éste del s.XX, que tiene en su haber un buen montón de milagros en forma de libro. Porque cada libro de la editorial Media Vaca es un milagro en toda regla, oigan. Es un milagro que se editen libros tan bonitos y tan buenos, que se cuiden con tanto cariño y que encima, se siga en esa labor mes a mes, libro a libro. Sólo hay que ver con que amor ha editado la recopilación de Los cuentos de la Estrella Legumbre, de Javier Olivares. Una serie nómada, que desde hace más de 15 años ha hecho parada y fonda en muchas revistas que han acogido su metamorfoseante carácter. Desde Krazy Cómics al TOS pasando por Idiota y Diminuto, Recto o Ganadería Trashumante, Olivares ha ido tejiendo con las raíces de esta extrña legumbre un tapiz increíble, de historias que pueden pasar de la poesía al onirismo a través del realismo y el costumbrismo sin solución de continuidad. Retazos de ánimo, felicidad, dudas, depresión, alegría o tristeza, que marcan la evolución personal de un autor tan especial como Javier Olivares. Cada cuento actúa como una catapulta que nos lanza al siguiente sin red, sin saber qué habrá más allá de la siguiente página, con la sorpresa como única guía ante esta obra tan peculiar. 77 planchas de originalidad e imaginación desbordada, donde dibujo e historia quedan soldados, fusionados en una única forma que quizás es historieta, ilustración o texto ilustrado, qué más da. Son pedazos de alma de Olivares que quedan expuestos al público, atados en papel y clavados con tinta. (4)

La primera estrella

Dolmen lanza la colección Dominó con especial tino, ya que la elegida para el estreno ha sido la preciosa La primera estrella, de Ulf K. Un álbum que sorprenderá a los que recuerden este autor por El año que fuimos campeones del mundo, en un registro completamente diferente y más próximo al resto de su obra. Las historias cortas que componen este álbum se pueden calificar de pequeños poemas de amor, elegantes, delicados… hermosos siempre. Tiene este autor la extraña habilidad de mecernos en sus viñetas y llevarnos a ese mundo infantil donde todo es posible, donde un hombre se puede enamorar de la Luna o perseguir estrellas, donde el día y la noche están inmersos en una batalla eterna sin solución.
Como resulta que servidor ha hecho el prólogo de este álbum, me voy a permitir plagiarme a mí mismo:

En esta obra que tienes en las manos, la Luna y las Estrellas se tornarán carnales, con una dulzura tal que es imposible escapar de su encanto; el día y la noche jugarán un duelo eterno en el que vencedor y vencido alternan su papel día tras día o la luna se nos mostrará tan bella que enamorará sin remedio a un pequeño payaso. Pequeñas historias, apenas esbozadas, contadas con una delicadeza extrema, construidas a modo de poema en el que las imágenes acunan al lector para que recuerde el mundo de sus sueños, de sus ilusiones, para que vuelva a creer en las maravillas y en la magia.
Para leer a Ulf K. hay que dejarse llevar, permitir que nos seduzca con su dibujo limpio y sencillo para que podamos entrar en sus fábulas, abrir la puerta que da a ese cielo estrellado donde cada puntito de luz tiene vida propia, mirarlo fijamente y oír cómo nos llega su voz, que nos contará historias de aquellos que miran a las estrellas cada noche esperando un nuevo relato.
Pero hay que ir con cuidado: una vez dentro, es fácil que nunca se quiera salir.

Un álbum exquisito (3+)

Lecturas falleras

Dado que de puertas para fuera de mi casa se desarrolla lo más parecido a un ataque nuclear a gran escala (o, por lo menos, por los ruidos y sonidos eso parece), me quedo encerrado en casa a leer… Toca ahora el Brune de Guibert y el Lluvia Roja de Moench y Jones.
La verdad es que sorprende sobremanera encontrarse ahora con esta primera obra de Emmanuel Guibert, realizada con un estilo hiperrealista muy próximo a algunos autores humanoides de los 80. Acostumbrados a la sencillez y síntesis de obras como La Guerra de Alan o El fotógrafo, al ver las primeras páginas de Brune casi parece imposible que estemos ante el mismo dibujante, pero es una buena manera de comprobar cómo se forma un dibujante y cómo va encontrando su estilo. Pero pese a las diferencias, la calidad de este autor está ahí: con apenas veinte años firma ya una obra de aspectos interesantes, con una calidad de dibujo indiscutible (quizás el único pero que se le puede poner son algunos problemas en las proporciones de la figura humana, que debería ser perfecta en un estilo hiperrealista), pero todavía buscando resolver problemas narrativos derivados de un estilo que le atenaza excesivamente. Afortunadamente, la historia es interesante, abordando una época apasionante, de la que ya he hablado por aquí con motivo del Berlín de Lutes. La república de Weimar fue un momento de convulsión política y social que terminó con la llegada de Hitler al poder, un momento ideal para que Guibert parta de él y construya una historia de confabulación alrededor de la figura del líder del III Reich. Por desgracia, Brune apenas se queda en un planteamiento inicial, que quedó inconcluso y deja al lector con las mieles en la boca.. Queda, eso sí, el proyecto de Guibert de continuar la historia en breve (y, si hay suerte, con sorpresa…). (1+)

Por su parte, Planeta reedita uno de los primeros productos de la colección Elseworlds de DC, una interesante alternativa para que los autores contaran historias de los personajes del Universo DC sin estar constreñidos por la continuidad dichosa. Una idea sugerente que vista con el tiempo no ha dado quizás todo lo que cabría esperar de ella, pero que ha proporcionado a los aficionados un buen puñado de obras interesantes. Batman-Drácula: Lluvia Roja nacía en esa colección con la evidente lógica de enfrentar al hombre murciélago del universo DC con el murciélago más famoso de la historia, Drácula. Una atractiva idea que se puso en manos de Doug Moench, un correcto guionista, de sólido oficio y que conocía bien el personaje (aunque, personalmente, su trabajo más interesante me parece Shang-Chi: Master of Kung Fu) y de Kelley Jones, de quien acababa de aparecer su versión de Deadman, muy vanagloriada por la crítica y que a mí siempre me pareció una mezcla confusa de Michael Golden y Bernie Writghson. No se puede decir que el resultado sea para tirar cohetes, aunque tampoco que sea especialmente ilegible. Lluvia Roja transita en ese espacio de nadie entre lo insulso y lo entretenido sin más, con alguna idea final curiosa y un trabajo gráfico que quiere recordar a Wrightson, pero que se queda muy lejos de la maestría y calidad de las recordadas historias de terror que hizo este autor para Warren. Desde luego, con la cantidad de Elseworlds inéditos en España, no me parece esta la mejor elección (incluso se puede optar por otra versión vampiresca de Batman, pero mucho más interesante, el Batman Nosferatu de Ted McKeever), más teniendo en cuenta que Zinco ya lo editó en una lujosa edición. (1+)

Velos y obsesiones

De las novedades de Norma que han llegado a las librerías, hay dos verdaderas curiosidades: El caso del velo, de Petillon y Mister X, de Dean Motter y los Hernández.
Vamos con la primera, que pertenece a las aventuras del detective Jack Palmer, una genial creación de Petillon muy poco conocida en España (apenas un par de álbumes editados por Dragon Comics hace muchos años y alguno más serializado en revistas) y casi mítica en Francia. Un particular personaje, bastante inútil, que ve como los casos que se le encomiendan se resuelven por inercia propia o caen en una espiral de surrealismo absoluto. Desde hace varios años, Petillon ha involucrado a su personaje en temas de actualidad, con corrosivas visiones que se basan en la perversión del tópico para que éste se convierta en una demoledora crítica. Una fórmula que le funcionó perfectamente en “La investigación corsa”, consiguiendo una durísima visión del problema del terrorismo corso, ácida con terroristas, gobierno y todos los involucrados, y con la que se atreve con el espinoso problema del integrismo islámico en Europa con “El caso del velo”. La búsqueda de una joven francesa que ha decidido convertirse al Islam lleva a Jack Palmer a introducirse en el mundo del islamismo francés, tanto de los que se han integrado en la sociedad y costumbres francesas como en el fundamentalismo más aislacionista. Petillon parte de los tópicos más conocidos para relanzarlos con fuerza de martillo pilón contra sus protagonistas, pervirtiéndolos, haciendo que jóvenes francesas aparezcan como integristas, que integristas discutan con moderados, que moderados defiendan el modelo francés burgués, en una mezcla tal en la que todo pierde su origen y uno nunca sabe muy bien quién es el que tiene un mínimo punto de sentido común, llevados de los dos émulos de Romeo y Julieta en versión musulmana. El caso del velo tira con bala a todos los protagonistas del conflicto, desde los inútiles y políticamente correctos intentos de mediación del gobierno a los propios musulmanes, llegando por fin a la absurda situación de esa discusión final con la que se cierra el álbum. Divertido, mordaz y, sobre todo, una inteligente crítica a la situación social que vive Francia, no sólo con el problema del velo, sino en general con el enfrentamiento cultural que vive Europa y que resulta especialmente valiente en estos días. Lástima que Norma haya decidido publicarlo en el mini-formato al que parece que todas las editoriales nos quieren acostumbrar, reduciendo el tamaño prácticamente a la mitad (es el mismo que la edición reducida de Tintín que distribuye Panini). Es verdad que la edición es idéntica en calidad de reproducción, con buena encuadernación, etc, pero la reducción de tamaño le hace un flaquísimo favor a la labor de Petillon (¡el grueso trazo de este autor parece una línea fina…!) , que no compensa la reducción de precio. (3+)

Mister X, por su parte, es todo un ejemplo de la obsesión de Dean Motter. Encumbrado durante los 80 a la categoría de tebeo de culto, veinte años después se comprueba como forma parte de un ejercicio de diseño a gran escala con el que Motter está obsesionado. Mister X nace a partir de unas ilustraciones de Motter, en la que se definía un misterioso personaje, calvo y con gafas redondas oscuras, siempre con fondos de estética “retrofuturista”,fuertemente influenciados por el expresionismo alemán y el Metrópolis de Fritz Lang. Imágenes que obsesionaban a Motter y que fueron la excusa para orquestar a su alrededor una historia, que fue dibujada inicialmente por unos recién llegados al panorama indie de entonces: los hermanos Hernández. Jaime y Beto llevaron al papel la fascinación de Motter por la arquitectura, dibujando las aventuras de un extraño sujeto que vive sin dormir, únicamente preocupado por el diseño de su ciudad. Cada historia se suponía inspirada en una ilustración, contando el enfrentamiento de este sujeto contra el magnate de la ciudad.
En su momento, las historias de Motter fascinaron por su concepción basada en el diseño (recordemos, eran los 80, los años del ¿diseñas o trabajas?) y, sobre todo, por el excelente trabajo de los Hernández, que en muchos casos llevaron la historia a su terreno, el del debutante Love & Rockets, para desespero de Motter.
Más de veinte años después, la lectura de Mister X tiene un interés básicamente arqueológico, por el fenómeno que supuso, con una importante influencia posterior, como punto inicial de encuentro con toda una generación de autores que luego protagonizarían la escena “indie” americana (los Hernández, Seth, McKean…) y, sobre todo, como parte fundamental para entender la carrera de un hombre obsesionado con una estética, que ha repetido sistemáticamente en todas sus obras posteriores (Terminal City, Electrópolis…). Sin embargo, hoy resulta más evidente que nunca lo endeble de las historias, casi sin sentido o absurdamente estiradas en pos de un efecto estético. Vale la pena, eso sí, por ver el sólido trabajo gráfico de los Hernández o sorprenderse con un principiante Seth clon de Jaime Hernández. (1+)

Buen dibujo, mal dibujo… ¿buen tebeo, mal tebeo?

Mis dos últimas lecturas (bueno, no son últimas, pero acaban de salir aquí y viene al caso) son un reflejo clásico del eterno debate entre buen dibujo y mal dibujo en la historieta y su relación con la calidad de la misma.
Comencemos por el primero: JLA: Otro clavo, de Alan Davis, continuación del planteamiento original del afamado JLA: El Clavo, que firmaba el mismo autor y que supone un inmenso What if? (Elsewords, en el vocabulario de DC) en el que el autor puede hacer y deshacer en la continuidad DC sin demasiadas interferencias por parte de la editorial, afortunadamente para todos. Un Alan Davis pletórico, soberbio, se dedica durante las 160 páginas de este tebeo a dar verdaderas lecciones de dibujo y de narrativa. Composiciones espectaculares, vibrantes combates, excelentes momentos dramáticos… casi se podría decir que Davis desarrolla en este tebeo un catálogo de todos los recursos que un dibujante de superhéroes puede y debe conocer. Sin embargo, la historia que nos cuenta Davis es terriblemente pobre, a años luz de sus excelentes y divertidos guiones para Excalibur o Clandestine e incluso por debajo de la muy flojita y sobrevalorada historia de El Clavo. En el fondo, más parece que Davis necesitaba una excusa para poder dibujar a todo el panteón de superhéroes y villanos de la DC (eso sí, dando versiones que se quedarán en la historia de la editorial) y olvidando la historia en sí. El uso de la fórmula de “distintos equipos de héroes buscan distintas cosas”, muy típico de los tebeos de la Liga de la Justicia de la Silver Age, es demasiado deslabazado, casi sin relación argumental en algunos momentos o echando mano de “McGuffins” demasiado retorcidos que impactan sobre la historia general, que se pierde con demasiada facilidad. Una verdadera lástima, porque Davis da todo un recital de dibujo; es más, me atrevería a decir que en este JLA: Otro clavo se encuentran las mejores planchas que ha dibujado este hombre en su vida, pero con un pobre resultado final de una historia que se escurre a cada página. (1+)
Sin embargo, en el otro extremo de la balanza se encuentra el Tricked de Alex Robinson, la nueva obra del creador de Malas Ventas. No se puede decir que Robinson sea un buen dibujante, de hecho es bastante limitado y se encuentra muy lejos de otros autores de la escena alternativa americana a los que sigue, pero tiene una especie de don natural para la narrativa y para contar historia que enganchen. Con lo aprendido en Malas Ventas, todo un catálogo de recursos y experiencias narrativas, Robinson afronta esta nueva historia que, siguiendo el esquema de Vidas Cruzadas de Altman, acompaña a seis personas tan dispares como una estrella de la música, un falsificador de firmas de estrellas del deporte o una joven en busca de su padre. Las historias van confluyendo poco a poco, entrecruzándose y mezclándose hasta llegar a un clímax final en el que todos coinciden en un mismo lugar y tiempo, con dramáticas consecuencias. Robinson sabe llevar el ritmo con endiablada habilidad, con un dominio de la narrativa sorprendente que casi pasa desapercibido, pero en el que vale la pena detenerse. Cada personaje es narrado con un estilo distinto, algunos casi mudos, impersonales, otros con gran profusión de texto, consiguiendo que los propios recursos narrativos sean los que den personalidad y carácter al personaje. A medida que éstos interactúan, los recursos narrativos se van mezclando, con soluciones brillantes y sorprendentes, muchas veces discretas, pero con resultados excelentes. Si en Malas Ventas los experimentos narrativos en algunos momentos eran gratuitos, aquí son estrictamente necesarios y consiguen que, pese a su radicalidad, queden en segundo plano consiguiendo el efecto de transmitir al lector el sentimiento adecuado. Robinson sólo se permite que la experimentación radical salga a la luz en las últimas páginas, con un recurso casi hipnótico que refleja como la vida de uno de los personajes pasa por sus ojos en unos pocos instantes. Un tebeo brillante, que engancha con una gran historia y un soberbio dominio de los recursos narrativos de la historieta y de la que sólo se puede criticar que el dibujo de Robinson es quizás muy pobre comparado con el de otros grandes dibujantes de la escena alternativa USA, sin que eso quite que estamos ante una excelente obra (que veremos en castellano, no dudéis).(4-)
Dos ejemplos de cómo en la historieta hasta un buen dibujo puede naufragar cuando la historia que lleva detrás no está perfectamente hilada. Pese a que Davis es un soberbio narrador y un grandísimo dibujante, muy superior a Robinson, el buen hacer narrativo de éste le permite esconder sus carencias de dibujo para poder dar lugar a un excelente tebeo. Un buen dibujante, un mal dibujante, dos excelentes narradores, una historia mala y otra buena… y un tebeo flojito y otro bueno.

La larga sombra de Moore

Tras la excelente etapa de Morrison en Animal Man, seguir su tarea era un desafío excesivo para cualquier guionista (no en el caso del dibujante, que tras la etapa Truog, cualquiera saldría beneficiado). Era una etapa redonda, una historia perfectamente hilvanada que no necesitaba continuación. Una losa demasiado grande que Jaime Delano afrontó siguiendo la fórmula que había seguido Alan Moore a su llegada a Swamp Thing: si no sabes qué hacer con lo anterior, mátalo y comienza de nuevo. Y, ni corto ni perezoso, Delano mata de forma explícita a Animal Man, desarrollando en la saga Carne y Sangre la reconstrucción física y psicológica del personaje. Durante los episodios de esta saga, Delano demuestra un excelente pulso narrativo, perfectamente plasmado gráficamente por un excelente Steve Pugh (¡ay!, lo que este hombre ha perdido con el tiempo…), que hace olvidar desde la primera viñeta Chas Truog. Sin embargo, sigue existiendo un pero: la sombra de Moore. La genial Lección de Anatomía de Moore demostró que en apenas 24 páginas era posible darle por completo la vuelta a un personaje, definirlo y lanzarlo de nuevo. Un referente que es demasiado omnipresente a lo largo de esta saga, que hará ingresar a Buddy en la ya extensa nómina de “primordiales” del universo DC y que nos obliga a la ya conocida sensación de “deja vu”. Pese a todo, es un sólido tebeo, perfectamente narrado y con ideas que van bastante más allá de la simple refundación del personaje, como las relativas a la familia de Buddy, casi completamente reescrita por Delano (2+).

El mismo y devastador “efecto Moore” me asalta al releer JSA: La edad de oro (que, debo reconocer, he releído en los prestigios de Zinco, así que no puedo hablar de la edición de Planeta). James Robinson, como es habitual en él, firma un guión sólido, bien narrado y en el que orquesta perfectamente la acción de los clásicos personajes de la antigua JSA de la “Golden Age”, con un espléndido Paul Smith a los lápices. Una historia de héroes clásicos que deben insertarse en el mundo real y que choca, como siempre, con la dificultad de transitar por terreno estéril. Y es que, de nuevo, Moore hizo de moderno Atila para el mundo del tebeo, devastando con Watchmen todo intento de sembrar en el campo que dejó yermo. Es inevitable leer este JSA: La Edad de Oro sin tener un mínimo recuerdo de la excelente obra del inglés, sin comparar personajes e incluso trama. No se puede negar que el intento de un superhéroe de hacerse con el control mundial vía terrible villano oculto es entretenido y correcto, quizás en exceso teatral en los diálogos y en las impostadas actitudes de los personajes, pero todas su corrección se desploma en la casi obligada comparación.
Es curioso como Darwin Cooke en The New Frontier resulta más aparente y menos trillado, pese a ser un guión muchísimo más endeble que el firmado por Robinson, precisamente por evitar el camino del barbudo y seguir más el del homenaje irredento. En cualquier caso, un sólido tebeo de género, a años luz de muchos de los tebeos que se están editando hoy en día y que se venden como obras maestras del género. (2+)

Tres lecturas

No descubro nada si afirmo que Joe Sacco es uno de los autores más sugerentes de la historieta americana. En sus obras ha sabido mezclar el periodismo con el tebeo para generar un nuevo campo de aplicación de la historieta, convirtiendo a Safe Area Gorazde o Palestina en documentos fundamentales para entender la compleja situación sociopolítica de estos países. El recientemente publicado Apuntes de un Derrotista (Planeta DeAgostini) nos muestra la evolución personal como autor de Sacco que le ha llevado hasta esa elección. En las múltiples historias cortas que componen el libro asistimos a las pruebas del autor en diferentes temáticas, desde el humor social al relato autobiográfico, siempre con una importante componente de compromiso ideológico, así como a la evolución estilística y narrativa, que le lleva desde el ensayo ilustrado a casi el humor gráfico. Una constante investigación que nos permite entender perfectamente cómo Sacco ha llegado a sus obras más “periodísticas”. Pero que nadie piense que el interés de este libro es meramente arqueológico o de análisis de la obra de un autor. Las propuestas de Sacco son realmente sugerentes, ideas que obligan a la reflexión y promueven el debate partiendo siempre desde la inteligencia. (3-)

Y atentos a la decimoquinta entrega de 20th Century Boys. Urasawa vuelve a hacer de las suyas y en desarrolla en este episodio una persecución histérica, que nos obliga a avanzar página a página devorando el relato hasta un sorprendente y, como es de prever, sorprendente clímax. Pero ojito, que después de la gran sorpresa, Urasawa nos tiene guardada una segunda todavía mayor. Tras quince volúmenes, la historia no ha hecho más que comenzar…

Si los anteriores tebeos son indispensables, la compra de la novena entrega de Terry y los piratas es obligatoria para cualquier buen aficionado a la historieta. En este volumen, un Caniff pletórico consigue algunas de las mejores tiras diarias de la historia, como las correspondientes a la saga de la muerte de Raven, que concluyen con esa famosa viñeta única de un dramatismo brutal, incontenible. Si magistral es la tira anterior, muda, de sentimientos contenidos que llegan al lector como puñetazos narrados a la perfección, esa tira de viñeta única se nos presenta como demoledora conclusión. Pero pongámonos en contexto: los americanos llevaban meses leyendo las aventuras de Terry, al llegar al 17 de Octubre, asistían impotentes a la muerte de uno de los personajes más carismáticos de la serie, justo en medio de una convulsa situación mundial. No sabían cómo actuar, qué hacer…¿qué había pasado? 24 horas de angustia que se resuelven con esa viñeta única, omnipresente, que borra cualquier última esperanza posible. Caniff se adelanta a su propio país e involucra a sus personajes en lo que ya es una guerra mundial. Magistral (5).

Parque Chas

Parque Chas es uno de esos tebeos que tienen la capacidad de hipnotizar al lector. Recuerdo que la primera vez que lo leí, en las páginas de TOTEM El Comix, me sentí fascinado por esa extraña mezcla de leyenda urbana y terror que maquillaba una dura crítica de la situación argentina de los años 80. Si buenos eran los guiones de Barreiro, me atrevería a decir que mejores eran los dibujos de un desconocido Risso, que mezclaba texturas y estilos para conseguir un efecto mágico en sus historias.
Pero esa fascinación fue aumentando con el tiempo, por un lado por la mitificación propia de una obra casi desconocida, que parecía ser conocida sólo por cuatro gatos que casi la venerábamos; por otro, porque un día descubrí que Parque Chas no era una ficción, que existía realmente.
Barreiro había tomado las historias que se contaban de un extraño barrio circular de Buenos Aires, en el que se hablaba de tranvías perdidos, de calles inexistentes o de manzanas que nunca se cerraban para internarse en ese extraño mundo, dando carta de realidad a las leyendas de Parque Chas. Paradójicamente, la plasmación en ficción de esas historias que se contaban por los bares del barrio las convirtió en una realidad mágica, con personalidad propia. Pero Barreiro, uno de los mejores guionistas de historieta de todos los tiempos, supo esconder tras las historias de terror arcano los miedos mundanos de un barrio y de una ciudad. Del peronismo a los problemas de tráfico, pasando por el elitismo de los colegios privados, convirtió al Parque Chas en una suerte de reflejo esotérico de la realidad argentina, en una visión donde el terror, paradójicamente, edulcoraba una situación todavía más dura. Mundos subterráneos que escondían líneas de metro que nos se sabía dónde llegaban, coches asesinos, niños que bien parecían venir del mismo planeta que los invasores de El Eternauta, habitaciones que eran puertas a mundos paralelos en el tiempo o el espacio… El Parque Chas acogía a toda una particular población, fruto de la unión de la realidad y decenas de referencias que plagan cada página de este tebeo, desde las obvias a las sutiles.
Leída ahora la edición argentina de PuroCómic que se ha distribuido en España, he vuelto a encontrarme con esas historias casi perfectas, en las que guionista y dibujante se hayan en estado de gracia y consiguen un tebeo de mil posibles lecturas. Lástima que la edición sea una calidad tan baja, con una reproducción próxima a la fotocopia que quema sistemáticamente los grises y en la que el moiré campa a sus anchas, ensombreciendo la excepcional labor de Risso, pero a falta de que una editorial española se atreva a editar este material, sólo queda este álbum para leer esta obra (bueno, y ya puestos a pedir, que se distribuya la segunda parte en España). (4)

¿Un Makoki a la americana?

Mi primer encuentro con Ted McKeever se puede calificar de shock. Su Metropol era un delirio gráfico, una escenificación de la lucha entre el bien y el mal escenificada en un entorno post-industrial con un estilo gráfico rabiosamente expresionista. Una mezcla violenta pero cautivadora que me obligó a buscar rápidamente sus anteriores series Plastic Forks y Eddy Current, y ser un fijo de sus posteriores trabajos (entre los que hay obras tan interesantes como The Extremist, su visión de Batman: Nosferatu o la reciente Faith). La primera de esas series, de Epic, pude conseguirla sin demasiados problemas, pero de Eddy Current, publicada por Mad Dog, apenas pude hacerme con unos cuantos números, lo suficiente como para querer leerla entera.
Cuando ya casi había abandonado toda esperanza, Norma publica en su colección “El día después” un primer recopilatorio de esta serie, que viene a confirmar lo que aquellos pocos números me habían sugerido. Eddy Current es una serie prototipo de finales de los 80, en la que se aglutinan influencias que van desde el underground a la ciencia-ficción más hard pasando por la reconstrucción superheroica en un cóctel tan extraño como sugerente. McKeever cuenta la historia de un émulo de Makoki, que escapa de un frenopático convencido de poseer un traje que le dota de increíbles poderes, lo que le permite convertirse en una especie de superhéroe. Los delirios de Eddy se mezclan con la realidad en una especie de pesadilla oligofrénica en la que McKeever evoluciona a ojos vista, buscando un estilo expresionista enérgico que termina llegando finalmente de la mano de José Muñoz, al que clona casi perfectamente (bueno, a él o a Keith Giffen, quién sabe).
Eddy Current tiene todos los defectos de una obra primeriza y es además una obra que debe leerse en el contexto de finales de los años 80 pero, aún así, no se puede negar el atractivo de ese mundo esquizoide y psicótico que presenta McKeever. A ver si, con suerte, Norma puede seguir publicando más obras de este excelente autor. (2)

Lecturas con sonrisa

Dos lecturas de esas que dejan una sonrisa perenne tras su lectura.
Primero, Arranques amorosos, comienzo de una serie de Nicolas de Crecy editado (primorosamente) por Ponent Mon. Un tebeo que puede sorprender a primera vista a los seguidores del autor de Leon Le Came, pero que entronca perfectamente con el universo surrealista de este autor. De Crecy nos cuenta la historia de Salvatore, un perro que decide dedicarse a la mecánica por causa de un trance amoroso juvenil, consiguiendo el taller más prestigioso del país. Un taller al que se dirige la dulce Amandine, una cerdita preñada de 12 pequeñines y miope hasta el límite de la ceguera. Una excusa argumental para desarrollar una historia alegre dirigida a niños de hasta 99 años, que es capaz de mezclar el gag visual más slapstick (con ese prodigioso vuelo del coche de Amandine) hasta el diálogo casi directo entre protagonista y lector. Pese a que, a primera vista, de Crecy pierda la acidez proverbial de obras como Prosopopus o Leon Le Came, el despliegue de imaginación y puro surrealismo entronca perfectamente con éstas obras y el universo de Le Bibendum Celeste o la reciente Periode Glaciare. Su dibujo rápido, casi apresurado, es perfecto para la estructura de cuento clásico por la que opta De Crecy, con un narrador que establece complicidad entre lector y protagonista, recordando no sin intención a algunos episodios de dibujos animados de la Disney.
El resultado final es un tebeo delicioso, que divertirá a cualquier niño, pero que en un adulto tendrá el efecto casi instantáneo de recordarnos que fuimos niños y que incluso parte de ese chaval sigue dentro de nosotros, aunque con la inteligencia suficiente como para lanzar guiños continuados a ese lector adulto para que pueda obtener de la lectura, además, múltiples reflexiones. Podéis ver algunas páginas en su web.(3+)
Y la segunda lectura es la largamente retrasada edición del Dan Laxante de Fermín Solís, editado por la malagueña Asociación Cultural Tebeo Vivo 2005. Historietas de una o dos páginas a lo sumo que siguen la estela del humor clásico de la Editorial Bruguera y de personajes tan clásicos como “El inspector OJal” de Vázquez (aunque, no sé por qué, me ha venido a la cabeza mientras lo leía Dirk Gently, el detective holístico de Douglas Adams). Las investigaciones de Dan Laxante se basan en el absurdo y personajes de lo más variopinto, sin más ambición que provocar el buen humor del lector, lo que consigue sobradamente y con éxito en prácticamente todas las planchas. Un excelente tebeo para reírse un rato y que tiene como único inconveniente su brevedad. Podéis ver alguna muestra en la web de Fermín (2+)

Bares y obras maestras

Me atrevería a decir que el segundo volumen de “En el bar” (Planeta deAgostini) se puede encontrar una de las mejores historietas de la historia del tebeo. Y es decir mucho, porque las historias que reúne este volumen son ya de una madurez pletórica, en la que Muñoz y Sampayo aúnan como pocos la reflexión y la experimentación sobre el medio, pero no puedo evitar maravillarme cada vez que leo “El Bar”. Una historia protagonizada por Sophie, amante/amiga/compañera de Alack Sinner, que llega al bar con una terrible noticia: tiene osteomielitis, una enfermedad terminal que le da pocas semanas de vida. Sophie se encuentra desesperada y perdida, pero su enfermedad no deja de ser un grano de arena en la playa de los problemas del mundo. Muñoz y Sampayo eligen afrontar un verdadero “tour de force” para narrar la historia, situándola en un segundo plano y “moviendo la cámara” de forma errática a lo largo del bar, captando fragmentos de historias, de dramas o alegrías. Logran emular el sentimiento que se tiene al catar parte de unas palabras en medio del tumulto y barullo de conversaciones de un bar. Palabras que nos intrigan, que motivan nuestro voyeurismo…Intentamos escuchar, pero las docenas de historias se entremezclan, se solapan, dejándonos tan sólo una impresión imperfecta. Pero en un ejercicio de magistralidad, Muñoz y Sampayo son capaces de compaginar esa sensación con una historia en la que cada trazo del dibujante es un sentimiento, visceral, rabioso. Poco a poco las piezas encajan y producen una imagen gigantesca en la que se ha conseguido reflexionar sobre nuestra existencia y sobre lo relativa que es frente al tiempo y el mundo. Granitos de arena, pero con sentimientos que luchan por ser escuchados entre la multitud.
Una historieta que, por sí misma, es una obra maestra, pero que acompañada de joyas como la tiernamente cruel historia de amor “Dibujitos”, la sorprendente reconstrucción de la personalidad de “Rasgos de Stevenson” o la rabiosa crítica de “Tenochtitlan”.
Un álbum extraordinario, único, que demuestra hasta dónde puede llegar la historieta. Magistral [(4+) para el álbum, (5) para la historieta “El Bar”]

De Modesty Blaise al Metal Hurlant

Modesty Blaise es uno de esos casos de creación que ha trascendido desde la historieta a la categoría de icono cultural. Un mecanismo de extrañas y desconocidas leyes, difícil de prever y mucho más de generar, que consigue que un personaje se proyecte a la categoría de icono sin que nadie recuerde sus orígenes. Porque, seamos claros, la tira diaria de ODonell y Holdaway es divertida y entretenida, pero poco más. Sus aventuras son remedos de las de James Bond en versión femenina y la concepción de la narración gráfica de Holdaway se restringe a un eficaz estilo (inspirado en Stan Drake) y un seguido de primeros planos a modo de pose. Sin embargo, Modesty Blaise nació en un momento clave y ODonell supo diseñar un personaje de una personalidad potente y sugerente, muy por encima de sus historias. En los principios de los años 60, Modesty retomaba la tradición de personajes femeninos de la historieta inglesa, con la Jane de Norman Pett a la cabeza, pero la alejaba de la imagen de mujer-objeto para convertirla en un actor principal, con un carácter fuerte, dominante. Una mujer independiente, inteligente, que rompía los esquemas de la época para ponerse en la vanguardia de las reivindicaciones de las mujeres a finales de los 60 y que representaba una nueva forma de entender las relaciones entre hombre y mujer, alejadas del estándar marido-“esposa-ama-de-casa-sumisa”. Un magnetismo con el que ODonell supo jugar en sus guiones, en general tópicas historias que no aportaban nada nuevo al género que prácticamente creo Ian Fleming una década antes, pero que supieron encandilar a toda una generación.
De hecho, es evidente la relación que existe entre Modesty Blaise y la revolución de la historieta en Francia en los 60, dominada por personajes femeninos de fuerte personalidad claramente inspirados en ella: Barbarella, Jodelle o Pravda no pueden negar ser hijas directas de la creación de ODonell y Holdaway, lo que convertiría a esta tira diaria británica en el antecedente indirecto del movimiento de renovación de la BD que supuso Metal Hurlant. Y no sólo eso, ya que fue una inspiración directa para el movimiento “camp”, desde la literatura al cine, siendo la adaptación cinematográfica firmada por Losey una de las joyas del cine de este movimiento.
Vista hoy la serie, sin conocer el contexto en el que se creó y lo que supuso, quedan tan sólo las entretenidas aventuras creadas por ODonell, que quizás suenen a ya visto para un joven lector actual avezado en miles de aventuras Bondianas y sus clones y es hasta posible que la narrativa de Holdaway resulte chocante e impostada, pero hay que recordar que, más que leer un tebeo, se está asistiendo a la creación de un mito.
La edición que presenta Planeta es correcta, aunque hubiera sido de agradecer textos que pusiesen en situación al lector, sobre todo respecto a la trasgresión moral que suponía el personaje. Es una lástima, eso sí, que al seguir la edición de Titan se haya optado por la versión censurada (por los mismos autores) que se publicaba en las islas británicas, siempre atentas a preservar la salud moral de sus habitantes.
Unos enlaces:
Excelentes artículos de Ricardo Vigueras: 1 2 3
The complete Modesty Blaise Dossier
La censura en Modesty Blaise

El derecho a disentir

Hace ahora un año, J.C. Menu rompía la baraja de la corrección política en el tebeo francés con un cáustico librito llamado Plates-Bandes, en el que arremetía contra la situación de la industria francesa del tebeo y denunciaba su falta de interés en el medio, defendiendo la necesidad de un espacio para la vanguardia y la disidencia artística, que estaba siendo vulgarizado por las grandes editoriales, que copiaban los formatos de LAssociation para sus propios intereses. Un escrito visceral, que podía ser fácilmente criticado (como así ha sido) si sólo nos fijamos en la numantina defensa de LAssociation como primer y único referente de la vanguardia francesa. Es verdad que la postura de Menu en ese punto podría ser en exceso indulgente hacia la editorial que creó junto a Trondheim, pero no debe ocultar las muchas y profundas verdades que el texto citaba.
Cierto es también que es un texto que sólo tiene sentido en el mercado francés, con una industria establecida donde la experimentación y la vanguardia son cotos muy reducidos frente a la todopoderosa estructura comercial de las grandes editoriales. Una situación, todo sea dicho lógica y normal, ya que como alguna vez comenté, la dicotomía de la historieta como arte e industria genera esta extraña conducta psicópata del tebeo en el que ambos conceptos se odian profundamente pero no pueden vivir el uno sin el otro. La historieta, como arte, necesita lugares de reflexión y de experimentación, que permitan encontrar nuevos caminos y soluciones, nuevas propuestas, pero los artistas necesitan de infraestructuras industriales que les permitan vivir de su obra. Eso lo da la industria, que con una maquinaria engrasada basada en el entretenimiento sabe hacer llegar al público productos rentables que permiten a los autores ganarse el pan. Pero si bien la industria es alérgica al cambio y la trasgresión, no menos cierto es que necesita de esos nuevos caminos para no verse adocenada y morir por aburrimiento. Cara y cruz de un medio del que tenemos miles de ejemplos, desde el comic-book americano (que ha incorporado las tendencias de los autores más experimentales para evolucionar) a la BD francesa, como es el caso, que ha incorporado felizmente a su estela la obra de autores que venían de la vanguardia, integrándolos en sus estándares. Un buen ejemplo puede ser la colección Poisson-Pilote, que parte ha integrado a autores tan alternativos como Trondheim, David B., Sfar o Blain en historias de género al uso de las publicadas tradicionalmente por Dargaud, insuflando, eso sí, nuevos bríos y formas que han sido muy del agrado del público.
Pero como denuncia Menu, en nuestro país vecino se está dando un movimiento de deriva de las grandes editoriales hacia los formatos introducidos por las editoriales alternativas como LAssociation o Ego comme X, abandonando el tradicional álbum de 48 páginas en color. Si Poisson-Pilote es un híbrido de esta tendencia, las colecciones Tohu Bohu (Humanoides), Ecritures (Casterman), Encrage (Delcourt), Latitudes (Soleil) o las nuevas colecciones de Actes Sud buscan explícitamente el formato y autores de los libros editados por las editoriales más alternativas, invadiendo su espacio con propuestas muy similares, aunque menos siempre mucho menos arriesgadas. Una situación que, posiblemente, sea producida por una doble causa: el auge del manga, que está desplazando a las series tradicionales y el “efecto Persépolis”, que ha demostrado que lo alternativo puede ser muy comercial.
Aunque es cierto que la toma de posición se puede ver como una “pose de artista” y que, en efecto, hay determinados temas sobre los que pasa de puntillas (por ejemplo, las colecciones dirigidas por Trondheim y Sfar en Delcourt y Gallimard, respectivamente), no deja de ser cierto también que el discurso crítico de Menu tiene, en el fondo, una sanísima consecuencia: la llamada a la reflexión sobre la historieta y su situación.
Evidentemente, en España este discurso no tiene sentido. En un país donde la industria es apenas un recién nacido, se ha llegado a dar la circunstancia paradójica de que venda más un tebeo de naturaleza más alternativa que uno de género, por lógica más comercial. Defender la vanguardia de la fagocitación de la comercialidad es, en nuestro país una utopía que, además, sólo haría daño al tebeo. Hoy por hoy, hay que defender en este país cualquier forma de acercamiento al tebeo, ya sea desde la vanguardia o desde la intencionalidad más comercial, porque en ambos casos estamos ante expresiones minoritarias que deben aliarse para poder sobrevivir. Ya me gustaría a mí que en un futuro se tuviesen que esgrimir argumentos en nuestro país similares a los de Menu, pero de momento, bastante tenemos con defender el tebeo en genérico.
En cualquier caso, el discurso de Menu ha tenido como consecuencia la aparición de una revista-libro dedicada a la crítica de tebeos que se esperaba con impaciencia, habida cuenta del anuncio que la presentaba como una especie vitriolo puro para la industria.
Leído el primer y grueso libro de LEprouvette, las sensaciones son contradictorias. Por un lado, la revista (grueso libro, más bien, podéis verlo en el vídeo de este enlace) es fresca y aporta ideas novedosas y atrevidas, pero la conclusión final es de cierta decepción. Se sabía que cada número tendrá un hilo conductor, pero elegir como el primero los “buscadores de dedicatorias”, lleva automáticamente a una línea más satírica. Las historietas y textos incluidos sobre este tema son divertidos, pero están lejos de la crítica más sangrante que anunciaba la editorial. Secciones como la de “La viñeta más plagiada de la historia” (no os dejo en la duda, es de Paul Cuvelier en Epoxy) no dejan de ser una curiosidad divertida y, realmente, sólo destacan con fuerza las entrevistas a Latino Imperato, responsable de la editorial Rackham y los excelentes artículos de Pacme Thiellement y del propio J.C. Menu, uno extraordinario sobre la vanguardia en la BD francesa y otro que reflexiona sobre el impacto de Plates-bandes y en el que se despacha a gusto contra el propietario de Soleil, Mourad Boudjellal y contra aquellos que han criticado a LAssociation, en una postura, en mi opinión, excesivamente radical e insultante que afecta negativamente a la imagen que se da de la editorial. El anunciado espíritu polémico asoma levemente en este primer número, pero todavía sin cuajar perfectamente. Todavía es pronto para juzgar si los resultados son los buscados o incluso la importancia que tendrá en el panorama editorial francés, pero es seguro que será una publicación a seguir.

Lecturas afrancesadas

Soy un afrancesado. Y si no lo era, me acaban de convertir Joann Sfar y Nicolas de Crécy con las últimas lecturas que me llegan de la Francia (a las que tengo que sumar la sugerente y provocadora LEprouvette, de la que hablaré en breve, y el quinto volumen de Isaac el Pirata). Tanto La Java Bleue de Sfar como Periode Glaciare de De Crécy me han subyugado y emocionado.
Comencemos por Sfar, un autor que demuestra día a día que lleva la historieta en la sangre, que piensa en historieta y que la siente como ningún otro autor actual. Sus obras son siempre, cuanto menos, interesantes, pero hay momentos en los que su genio brota de sus tebeos como una inundación imparable que nos arrastra. Y el mejor ejemplo es La Java Bleue, séptimo volumen de una serie poco conocida de este autor, Pascin, en la que la excusa argumental de una biografía imaginada del pintor Julios Pinkas (conocido como “Pascin”) sirve al autor para hacer una brillante reflexión sobre la creación y el concepto del arte.
Una serie interesante, pero que da un salto de gigante en este séptimo volumen, tanto gráfica como temáticamente. Sfar se centra en la vida sexual de Pascin, siendo capaz de convertir un relato de sexualidad en ebullición, violenta y apasionada, pornográfica según muchos, en una brillante y compleja reflexión sobre el amor y su relación con el arte. Con unas acuarelas y gouaches impetuosos, de cromaticidades contrastadas casi de forma vehemente, Sfar consigue narrar la pasión verdadera, de cómo el sexo se entremezcla con el arte y el amor. Sentimos el sudor, la carnalidad manifiesta, pero también las dudas y los temores, cómo la lujuria deja paso a un enamoramiento absorbente que se convierte en el único motor de la vida, enturbiando la creación pero, a la vez, motivándola en un extraño retruécano.
Sfar parece usar la historieta casi sin pensar, a primera intención, con una naturalidad que está sólo al alcance de unos pocos genios. Una sencillez que atrapa al lector, lo contagia de su entusiasmo y lo jala con fuerza hacia sus páginas. Una genialidad más de este autor que nos está malacostumbrando a un nivel de calidad inhumano. (4)
Pero si la obra de Sfar es visceral y apasionada, la de de Crecy se encuentra en las antípodas, en el terreno de la reflexión brillante, pero también compartiendo una profunda meditación sobre el arte. Periode Glaciare nos lleva a un incierto futuro donde Europa ha desaparecido por completo bajo el hielo de la glaciación, es el continente perdido que unos arqueólogos buscan sin más pistas que unos antiguos mapas. El grupo, acompañado de unos perros inteligentes cruzados con cerdos, descubre por azar el Museo del Louvre. A partir de aquí, la historia se deriva en dos reflexiones tan lúcidas como contundentes. Por un lado, la interpretación de los arqueólogos de los cuadros, que lleva a pensar en una cultura analfabeta basada en la imagen, reconstruyendo la historia de la humanidad en función de los cuadros, pero a imagen y semejanza de esa sociedad futura. Una demoledora crítica al interpretacionismo artístico e histórico, ácida e inteligente, llena de paradojas que no dejan indiferente al lector, que rápidamente cuestiona si no cometeremos los mismos errores. Pero junto a ésta línea argumental, se desarrolla otra completamente simbólica, protagonizada por el perro-cerdo Hulk (todos los perros-cerdos de la misión, brillantes intelectualmente, llevan el nombre de superhéroes de la Marvel, según la interpretación arqueológica futura, dioses de la religión del s.XX) en el que la historia del arte, de la cultura y de la humanidad se equiparan como única base del futuro de la misma. Un ejercicio inteligente en el que la interpretación del arte y cultura “oficial” son cuestionados pero, simultáneamente, se elevan como único motor de la vida humana. (4)
Como anécdota, este álbum este coeditado por Futurópolis y las ediciones del Museo del Louvre. A ver si por estos lugares olvidados por debajo de los Pirineos, los Museos comienzan a coeditar tebeos…

Una de piratas

Norma acaba de editar la cuarta entrega de la saga de Isaac El Pirata: La Capital, una buena excusa para releer todo lo publicado hasta ahora y volver a certificar que es, sin duda, una de las grandes series europeas de los últimos años. Blain ha construido una inteligente historia en la que van de la mano las aventuras y la progresión personal del joven pintor Isaac, pasando del género de piratas al histórico casi sin solución de continuidad y demostrando un conocimiento profundo de los recursos de ambos géneros. Si hasta la mitad del anterior volumen asistimos a un relato de piratas casi perfecto, en el que las claves del género (las expediciones, los motines…) son puntos miliares de la evolución del personaje, la vuelta a tierra firme de Isaac nos trae una nueva vuelta de tuerca, en la que el iluso joven se convierte en un descreído que ha vivido demasiado, que ha perdido las ambiciones y las ilusiones de artista y se enfrenta a la vida siguiendo la máxima del “Carpe Diem”. En esta cuarta entrega, la vuelta a su ciudad natal le enfrenta con su padre, un viejo y tradicionalista judío y a la búsqueda de su amada Alice. Siempre acompañado de Jacques, Isaac se adentra en la otra vida de la ciudad de París, la de los ladrones y mafias, alejándose todavía más de su vida anterior…incluyendo a Alice.
Como en los anteriores álbumes, Blain demuestra una capacidad espectacular para la narrativa. Su concepción del ritmo es casi perfecta, con soluciones narrativas tan interesantes como la utilizada para relatarnos el secuestro sufrido por Isaac y Jacques: sobre un fondo vacío, vemos sólo la mitad inferior de unas figuras, siempre en negro y dando la vuelta a los secuestrados, maniatados y con una capucha. Una excelente solución para transmitir la opresión del momento, la indefinición, el no saber qué está pasando. Pero sobre todo me sigue maravillando la sencillez con la que crea atmósferas que trasladan al lector las emociones que envuelven el momento, tomando forma a lo largo de la página y alzándose como una unidad compositiva de página en sí misma.
Una serie extraordinaria, con una edición perfecta por parte de Norma (4)

Lecturas Normadas

Novedades a mogollón, y muchas lecturas, vamos con algunas de Norma:
Comienzo con Big Foot, en el que Richard Corben asume el reto de conseguir que el ramplón guión de Steve Niles y Rob Zombie se convierta en un tebeo entretenido. Y se lo ponen complicado, a fe mía, porque la inclusión del Sr. Zombie en el guión sólo hace que agravar las carencias de Niles, consiguiendo que una historia manida y previsible de “Monstruo mata papa y mama, niño se venga cuando es mayor” se convierta en un “Monstruo-mata-visceras-sangre-chump-chump-boff-boff“. Un prodigio del terror, vamos. Pero la suerte que tienen estos dos manchapapeles es que Corben es mucho Corben y consigue que las escenas de violencia tengan una fuerza brutal, que haya tensión y que, realmente se consiga una lectura entretenida sin más que deleitarse con el despliegue narrativo de Corben. Sólo hay que ver la primera y salvaje aparición del Big Foot, en una potente splash-page que sorprende al lector, y que se sigue con una composición rápida, de primeros planos de gran dramatismo. En resumen: si quieres leer un buen tebeo, pues como que no, ahora bien, si quieres aprender cómo se narra a partir de la nada, una obra maestra, oigan. (1-)
Afortunadamente, la siguiente lectura consigue reconciliarme con el género de terror, porque El Bruto: Sólo Miseria, de Eric Powell es un divertidísimo pastiche de géneros con el que se pasa un excelente rato. Powell mezcla aparentemente el género de mafias y hampones años 30 con el de zombies, pero en realidad estamos ante un conglomerado de homenajes e influencias casi continuado. Desde el estilo de los pulps a las películas de serie Z, pasando por el tebeo de superhéroes, los clásicos del terror de la EC o incluso los clásicos americanos de prensa, Powell repasa en El Bruto un montón de influencias con aire desenfadado y una evidente habilidad para la parodia, que hace de la serie un sano divertimento. El Bruto se convierte así en una especie de inteligente reverso de la recuperación del género de terror de los 90 que lideraron Moore, Gaiman y Delano, alejándose de las influencias más literarias para acercarse más a las de la cultura popular. Paradójicamente, el mayor problema que le encuentro a este volumen es precisamente su carácter recopilatorio, ya que se pierde en el conjunto la clara intencionalidad de Powell de concebir su obra como un homenaje global a los tebeos de antes, con historias cortas, anuncios falsos, disparatados correos del lector… algo que se pierde en la edición en volumen (y ojito, que lo dice un alérgico a la grapa, pero al César lo que es del César). Pese a todo, se puede pasar un excelente rato (3-).
La Isla, de Mike Mignola es una nueva entrega de Hellboy, en la que se define el origen de su mano derecha. Una entrega que encantará a los seguidores de la serie y parecerá un horror a sus detractores, habida cuenta de que la serie Mignola despierta sentimientos contrarios y pocas medias tintas. Personalmente, debo reconocer que soy un seguidor irredento de esta serie, me encanta cómo Mignola está creando una mitología propia a partir de múltiples referentes, desde los mitos de Lovecraft a la religión cristiana pasando por todo tipo de politeísmos, desde los celtas a los orientales. Un cóctel que Mignola está barajando con habilidad, contraponiendo siempre la descreída (y paradójica) personalidad de Hellboy a una inteligente exploración de las creencias humanas, eso sí, magníficamente dibujada. Entiendo perfectamente a aquellos que no encuentran ningún interés en la serie más allá de lo gráfico, pero servidor disfruta como un enano con cada nueva entrega. (3)
Y para acabar, una maravilla: el Sam Pezzo de Vittorio Giardino. Primera obra de este autor, que llegó tardíamente a la historieta (comenzó a publicar con 32 años) y que comenzó a destacar en el panorama comiquero con esta serie que se comenzó a publicar en 1979 en la revista Il Mago. Giardino se subió en su momento a la revitalización del género negro que venía desde Francia y recorría Europa para crear un personaje en la estela del Sam Spade de Dashiell Hammett, con un planteamiento argumental muy similar: las aventuras de un irónico detective privado que se mete en líos que, generalmente, no puede abarcar. El volumen que publica ahora Norma recoge las primeras historias del personaje (publicadas parcialmente a principios de los 80 en un álbum de la colección Vilán de San Román), anteriores al álbum publicado por esta misma editorial en su colección El Muro (Sam Pezzo: Shit City fue la vuelta de Giardino al personaje tras la publicación de Rapsodia Hungara, ya en Orient Express), en las que asistimos en directo al aprendizaje de Giardino. Vemos cómo cada historia supone un paso adelante en el dominio de la narrativa, en la composición y, espectacularmente, en el estilo gráfico, digiriendo influencias de autores como Tardi o Moebius para conseguir un trazo propio e inconfundible. Sin olvidar, por supuesto, unos guiones perfectamente construidos siguiendo las claves más clásicas del género negro, con la única concesión de trasladar la acción de los EEUU a su Bolonia natal. Un gran tebeo, pero que se hubiera disfrutado más en formato álbum y no en cómic-book (3+).

Lecturas superheroicas varias

Al final pasa lo que pasa, que no hay casi novedades y me toca echarme a los superhéroes para mantener mi cuota diaria de soma (o de Soylent Green, que no tengo yo muy claro si este vicio es más de lo primero o de lo otro). Así que me cambio las gafas de pasta por otras al aire y me hago con unos cuantos recopilatorios y conjuntitos de tebeos para leer.
Comienzo con el horror, merecido, todo sea dicho, porque parece mentira que el Sr. Milligan me siga dando gato por liebre. Que bien sabido es que este señor tiene una doble personalidad, capaz de lo mejor cuando quiere (X-Force, Statix, Shade, Enigma…) pero también de conseguir el horror de los horrores cuando se dedica al trabajo alimenticio. Y servidor parece que no aprende y se traga una cosa llamada Toxin: Más vale conocido, guionizado por Mr. Hyde Milligan y perpretado por darick Robertson. Un truño de dimensiones épica, oigan. En resumen, un (0) de buenas dimensiones y de una simetría casi perfecta, me atrevería a decir que el más redondo que he puesto).
Afortunadamente, el siguiente recopilatorio que leo es el segundo volumen que edita Panini de Supreme Power, de J.M. Straczynski y Gary Frank. Una serie que ya había leído en inglés y de la que hablé por aquí en su día, pero aprovechando el big crunch de la base de datos y que la vuelvo a leer en el idioma de Cervantes, pues recupero y actualizo lo que me pareció.
En principio, esta nueva aproximación al Escuadrón Supremo de Marvel (un grupo a imagen y semejanza de la Liga de la Justicia de DC) cuenta con los mínimos indiscutibles de cualquier buen tebeo de entretenimiento: un guión perfectamente orquestado y bien escrito y un dibujo correcto (no es Gary Frank un dibujante de mi gusto, demasiado hierático, pero hay que reconocerle la calidad y solidez), pero choca con lo que podríamos denominar “el efecto Watchmen“. Y es que Straczynski intenta explorar las consecuencias de la existencia de superhéroes en el mundo real, siguiendo fielmente las claves expuestas por Philip Wylie en su novela Gladiator. Un intento loable, realizado con honestidad, pero que queda pobre en todas sus propuestas al seguir el camino marcado por Moore. Los planteamientos de Straczynski son demasiado parecidos a los propuestos por el de Northampton, pero las reflexiones se quedan tan sólo en la superficie, demostrando que Watchmen no sólo es una obra maestra, sino el cierre definitivo de un camino, un nivel tan alto que hace imposible seguir la senda sin caer en la comparación y, por tanto, en la derrota.
Supreme Power queda entonces como una obra correcta, de lectura más que entretenida, pero que tras su lectura nos deja un agridulce déjà vu, un quiero y no puedo en el que la sombra del barbudo revolotea con demasiada insistencia y que termina condenando a esta obra al olvido. (2)
Y por último, leído el primer y segundo volumen (en inglés) de Runaways, de Brian K Vaughan y Adrian Arphona, una serie que nació de la frustrada experiencia de Marvel Tsunami, con la que intentaba atraer a los lectores de manga hacía el género superheroico. No es Vaughan un guionista que me entusiasme especialmente, de hecho me parece en exceso sobrevalorado, pero debo reconocer que en Runaways consigue un honesto tebeo adolescente que recupera en cierta (poca) medida el espíritu inicial que tenía el Spiderman de Lee y Ditko, pero sin conseguir esa capacidad de ser leído desde diferentes perspectivas. Por desgracia no hay más que un nivel de lectura y Vaughan dirige el guión exclusivamente al consumo adolescente, con chistes y guiños claros para lectores y lectoras juveniles de los que poco o nada puede sacar un lector adulto, pero en los que parece estar centrado el éxito de la serie en los USA, habida cuenta del giro de la serie en el segundo volumen. Mientras que en el primero hay una mayor presencia de los contenidos propios del género de superhéroes, rebajados para la calificación de “Todos los públicos”, en el segundo toman protagonismo las relaciones entre los chavales miembros del grupo, desde los problemas de identidad a las relaciones amorosas, siempre vistas con una perspectiva muy simplista y con una exquisita corrección política estilo USA. Destaca, eso sí, el curioso dibujo de Arphona, que parte del trazo del amerimanga para dar efectos de volumen e iluminación con el color que consiguen un resultado bastante sorprendente y agradable a la vista, aunque con una clara evolución en los últimos números a un estilo más naturalista. Un tebeo para pasar un rato sin más ambiciones (ni posibilidades) (1).

Príncipes azules

Agradable sorpresa la lectura de Quiero un príncipe azul, un divertido recopilatorio de gags de Hélène Bruller, más famosa quizás por sus colaboraciones con Zep (se ha encargado de adaptar los álbumes de Titeuf en la Biblioteque Rose y ha colaborado con él en Titeuf et le guide du zizi sexuel) pero que ha desarrollado también carrera con tebeos de humor como este álbum.
Una obra que tiene importantes conexiones con la Maitena, compartiendo esa estructura a medio camino entre el humorismo gráfico y la historieta y una poderosa mala leche (quizás más acentuada que la de la argentina) en el análisis de la “condición femenina”. Siguiendo esa línea, Bruller explora la vida cotidiana de la mujer, desde la imposible relación con los hombres hasta la crueldad de los trajes de baño, con una visión vitriólica no exenta de cierta ternura muy divertida.
Quizás el mayor problema que pueda tener la lectura de este libro es la alargada sombra de Maitena, que provoca una continua sensación de deja vú al leer este “Quiero un príncipe azul“, restando en muchos momentos el necesario factor sorpresa del humorismo gráfico. (2)

El gran racionalista

Fin de semana de muchas lecturas, casi todas (excelentes) continuaciones (20th Century Boys -¡nuevo cambio de rumbo magistral!, Hellblazer, Shade, El Cuarto Mundo, Marvel Zombies, El árbol que da sombra, Astroboy…) de las que hablaré puntualmente en breve. Pero entre todas, destaca una que viene allende los mares: el recopilatorio A Disease of Language (Knockabout), que reúne en un sólo y excelentemente editado volumen las obras “mágicas” de Moore: The Birt Caul y Snake & Ladders. Dos obras sugerentes e hipnóticas, pero lo que más me ha fascinado de esta edición es la larga entrevista de Eddie Campbell a Alan Moore.
Campbell explora la faceta mágica de Moore, desde sus performances a su filosofía personal, consiguiendo la que a mi entender es la mejor aproximación a la personalidad de este autor.
Tenía mis sospechas e hipótesis pero, tras leer esta entrevista, tengo claro que Moore ha abierto una nueva línea al racionalismo. En una magistral síntesis de racionalismo y empirismo, toma conceptos del panteísmo de Spinoza y la concepción de las impresiones sensibles e ideas de Hume para pasarlos por el tamiz de la ciencia moderna, uniendo en un mismo matraz la cuántica con la memética de Dawkins para generar una concepción filosófica apasionante y compleja, en la que el conocimiento se alza como eje central de la existencia. Pero en una pirueta absolutamente genial, Moore presenta estas teorías con el envoltorio de la magia, la máxima ilusión. Lo falso envuelve la teoría, demostrando que nada es como parece ser, sino sólo como el prestidigitador quiere que lo veamos.
El de Northampton ha creado una brillante vía para estudiar el ser humano y el producto de su inteligencia, logrando que la filosofía se convierta en un paradójico juego de manos. Algunos creerán los trucos, otros puede que sean escépticos, pero lo importante es salir del teatro y ver cómo el mago manipula a los espectadores, es ahí donde se encuentra el verdadero mensaje de Moore en el que la razón y la inteligencia se alzan como los valores fundamentales, capaces de crear a su vez cualquier realidad.
Una entrevista excelente que permite, a su vez, leer El Amnios Natal (La Factoría) y Serpientes y Escaleras (Recerca) desde otra perspectiva radicalmente distinta y, me atrevería a decir, todo lo construído desde From Hell comienza a tener un sentido distinto.

Vida en el infierno

Matt Groening pasará a la historia como el creador de Los Simpsons o Futurama, pero sería una verdadera lástima que los aficionados a la historieta olvidasen que este hombre se forjó como autor en el cómic underground más furibundo de finales de los 70. Compañero de estudios de autores tan radicales como Linda Barry, Charles Burns o Gary Panter, Groening comenzó a dibujar en los periódicos universitarios su brutal tira “Life in Hell” (según Groening, la sensación que le producía vivir bajo el mandato de Ronald Reagan), una especie de tratado filosófico sobre la vida protagonizado por el conejo Binky (en homenaje al Binky Brown de Justin Green), su novia Sheeba y su hijo Bongo, con la aparición estelar de Akbar y Jeff, una extraña pareja que nunca se ha sabido si eran amantes o hermanos y que remiten directamente por su vestuario al Carlitos de Schultz. La tira fue un éxito rotundo, que pronto pasó a Los Angeles Reader y de ahí a decenas de diarios, siempre jugando con la estructura de la página, entre el humor gráfico y la historieta, pero con una mala leche concentrada, vitriólica. Las “lecciones” de Groening sobre la vida no dejan títere con cabeza, metiendo el dedo en la llaga de la ridiculez de las relaciones humanas. El amor, la vida, el trabajo, la escuela, la infancia… todo tiene un reverso que puede llevar a la bufonada a poco que se reflexione sobre él, y Groening lo hace con habilidad casi malsana, descubriendo los trapos sucios de lo peor del ser humano gracias a sus conejillos antropomorfos, demostrando que esta vida es un verdadero infierno.
Con Life in Hell, Groening marcó nuevas tendencias en el humor gráfico, que llegan hasta nuestros días (por poner un ejemplo, es evidente la influencia, aunque lejana, de Life in Hell en Maitena), convirtiendo su serie en un crisol de ideas para sus series de animación, siempre más limitadas en su mordacidad por las limitaciones de corrección política de la televisión. De hecho, Groening sigue dibujando y guionizando la tira semanalmente para un centenar de periódicos americanos, demostrando que ésta sigue siendo su serie preferida.
La serie ha sido recopilada de forma temática en varios libros, “Work is Hell”, “School is Hell”, “Childhood is Hell” o “Love is Hell”, que publica ahora en castellano Astiberri bajo el título El amor es el infierno y que es, posiblemente, uno de los mejores volúmenes de la serie. Un excelente libro, con una gran edición de Astiberri a la que sólo le falta llevar el aviso “Las Autoridades sanitarias advierten que leer este libro puede provocar que seamos conscientes de nuestra ridícula existencia”. (4)
Enlaces:
Avance de Astiberri
Entrevista a Groening
The ultimate Life in Hell site
Lista de referencias de Life in Hell en Los Simpsons

La madurez de una niña

Hay determinadas lecturas que consiguen que me sienta orgulloso de mi afición a los tebeos. Y Vida de una niña, de Phoebe Gloeckner (La Cúpula), es una de ellas.
Gloeckner es autora de pocas obras. Aunque lleva dibujando desde hace más de 30 años, sus dispersas obras no se han recopilado hasta hace pocos años en dos volúmenes (este A Childs life y The Diary of a teen-girl), pero os puedo asegurar que es una de esas autoras que lleva la historieta en la sangre, pertenece a esa exigua especia de personas que es capaz de contar en viñetas una historia con una naturalidad apabullante, con un estilo fuerte, violento, que impacta en el lector desde la primera viñeta. Pero yendo más allá, Gloeckner además necesita contar esas historias, precisa plasmar en viñetas sus sentimientos y vivencias como quien requiere una terapia para sobrevivir.
Vida de una niña puede recordar en la temática tratada a La niña de papá, de Debbie Dreschler, coincidiendo en una infancia marcada por los abusos sexuales paternos. Pero mientras Dreschler aborda el problema desde una perspectiva reflexiva que busca encontrar cómo afectaron a su vida adulta, la obra de Gloeckner es un grito continuado desde el estómago, visceral, brutal. Sus historias son ultraexpresivas, no buscan juzgar ni denunciar, son una rabiosa mezcla de sentimientos y sensaciones, un cóctel corrosivo que nos obliga a introducirnos en la propia mente de la pequeña Minnie/Phoebe. Las historietas que conforman este libro fueron realizadas a lo largo de veinte años, a modo de diario que se convierte en un repaso del acceso a la sexualidad de una joven. Es sorprendente como historias tan emotivas conjugan un discurso tan coherente e inteligente sobre la infancia y juventud, pero desde una perspectiva inexcusablemente femenina, que es capaz de provocar en el lector una sólida reflexión sobre el papel en que la sociedad tradicional quiere recluir a la mujer. Y es que Gloeckner ha demostrado por activa y por pasiva que su agitada vida (desde los USA a Checoslovaquia, pasando por diferentes países europeos, ilustradora profesional de revistas médicas) ha redundado en una madurez de una lucidez apabullante, como demuestran las entrevistas que se le han hecho (recomiendo especialmente la brillante entrevista publicada en The Comics Journal, donde hace un largo balance de su vida que permite abordar su obra desde una perspectiva todavía más enriquecedora si cabe).
Una obra compleja en sus múltiples niveles de interpretación, pero fascinante, que nos lleva de forma unívoca a la reflexión.
Mención aparte merece el trabajo gráfico de Gloeckner, expresivo como pocos, pero en el que podemos ver su evolución a lo largo de dos décadas. Su dibujo va avanzando desde una ingenuidad clara a un expresionismo exagerado y barroco, deudor del mejor “Ghastly” Ingels.
Lástima que la edición de La Cúpula no haya respetado las páginas en color incluidas en la reedición americana, aunque por lo menos incluye las perturbadoras ilustraciones de The Atrocity Exhibition. En cualquier caso espero que este volumen sea la antesala del también espléndido “The diary of a teengirl”, la otra gran obra de esta espléndida autora.
Un tebeo de obligatoria lectura (4).
Enlaces:
Artículo en Salon.com
Entrevista con Sean Collins
Extracto de la entrevista en TCJ
Artículo en Broken Pencil

Lecturas debajo de una mantita

Con la llegado del puñetero frío siberiano (bueno, sí, a cualquier cosa se le llama frío a orillas del Mediterráneo, que imagino yo que por Terueles, Albacetes y demás nos debían envidiar cual paraíso tropical, pero leñe, que uno está poco acostumbrado, y eso que la capa de grasa cumple su función a la perfección), el fin de semana ha sido de lo más tranquilito, refugiado al calor del calefactor y de una gruesa mantita, viendo la tele y leyendo tebeos. Lástima de chimenea para completar la estampa hogareña, pero digo yo que los vecinos no estarían muy de acuerdo, desventajas de la moderna vida comunitaria.
Y las lecturas, gozosas, comenzando por el esperadísimo primer volumen de Steel Claw (más conocido por estos lares como Zarpa de Acero) que acaba de editar Titan Books, siguiendo con la recuperación de clásicos de IPC/Fleetway. Un personaje que sigue la línea de ambigüedad iniciada con Spider, presentando a un oscuro y ambicioso ayudante de laboratorio que, por accidente, descubre que cuando la corriente eléctrica pasa por su cuerpo se torna invisible, a excepción de su mano metálica. Un poder que quiere usar para controlar el mundo. Ken Bulmer, el guionista, supo hacer que la serie avanzara en un delgado filo de vaguedad sobre la personalidad de su protagonista, del que nunca sabremos claramente sus intenciones reales. Una sutil caracterización psicológica que le permite llevar a Louis Crandall a increíbles aventuras, desde el thriller a la ciencia-ficción más deudora de la serie B. Y siempre, por supuesto, con la impresionante labor de Jesús Blasco al dibujo, logrando lo que es sin duda su mejor trabajo, con un estilo más definido, en el que ya ha abandonado la estela raymondiana de Cuto para conseguir voz propia. Blasco sorprende a cada página, con composiciones arriesgadas y un perfeccionismo en el entintado absolutamente increíble, que impacto e influenció a toda una generación de dibujantes británicos (de hecho, en casi todas las entrevistas a autores de las islas británicas, suele aparecer el nombre de Blasco). Es verdad que luego la serie se pierde en un absurdo cambio de timón, convirtiendo a Crandall en un superhéroe enpijamado al estilo USA que le arrebata todo su carácter, pero durante un buen puñado de entregas es una lectura entretenidísima.
Esperemos que se publique en España, aunque sabiendo que Planeta va a publicar el Modesty Blaise que también publica Titan… ¿significa que tenemos alguna esperanza? Espero que sí. :)
Y también leído el primer número de Dead Girl, la nueva miniserie de Milligan y Allred que continua el “universo X-Statix”. De momento, apenas presentación de personajes y un claro deje paródico que anuncia por dónde irán los tiros. Eso sí, también supone la constatación de la esquizofrénica (o no) doble personalidad de Milligan, capaz de hacer un comic-book de lo más entretenido con este primer número de Dead Girl a la vez que firma un producto tan olvidable como los X-Men. Cosas de tener nombre y cobrar igualmente, digo yo.

Tardi, siempre Tardi

Norma acaba de publicar en su colección Comic Noir La Balada de la Costa Oeste, el reencuentro de Tardi con la obra de Jean Patrick Manchette tras la extraordinaria Griffu. Enfrascado durante años en El Grito del Pueblo, Tardi cambia radicalmente de registro para introducirse en los complejos y lúcidos planteamientos de Manchette, uno de los mejores escritores (a mi entender, el mejor) de género negro que ha dado Francia, adaptando la extraordinaria “Le Petit Bleu de la Cte Ouest” (conocida en España como “Volver al redil“), un duro relato que reflexiona sobre la rutina diaria, las ilusiones y las ambiciones a partir del cambio radical en la vida de un joven ejecutivo, que es perseguido por un par de matones tras presenciar casualmente un asesinato. La brillante narrativa de Manchette consigue esconder tras un vibrante thriller una inteligente y demoledora visión de la sociedad moderna y sus “exigencias”.
Evidentemente, que fuese Tardi el encargado de llevar esta obra a la historieta era de por sí una seguridad absoluta, pero es que ha superado todas mis expectativas con un arriesgadísimo planteamiento. Tardi ha optado por una versión muy literaria, con gran profusión de textos que han sido trasladados casi exactamente al tebeo, en un juego en el que la parte gráfica corre el peligro de quedar apartada en un segundo plano, al ser el texto el que lleva el peso de la narración. Pero Tardi, zorro viejo y maestro de la puesta en escena, ha sabido lidiar con habilidad con este problema, consiguiendo un balance casi perfecto entre texto y dibujo, pero dejando en el texto, en la figura del narrador, el ritmo de la lectura. Un “narrador” omnipresente, sí, pero que no se superpone al dibujo, sino que lo complementa perfectamente.
Sin duda, y junto a Griffu, La Balada de la Costa Oeste es la mejor obra de género negro de ese especialista en el polar que es Jacques Tardi, justamente nominada a mejor obra del año en Angouleme. El único pero que se le puede poner es que se haya editado en formato comic-book en España, cuando su formato original es de 21 x 32 cm, casi el doble del elegido por Norma, aunque es cierto que, a cambio, se tiene una excelente obra a un precio muy reducido. ¿Se podía haber hecho una doble edición? (4)

Lecturas de lunes

Lunes again, invernal para más señas, es decir, de esos en los que uno se despierta y saca tímidamente el dedo gordo del pie para comprobar que, en efecto, la temperatura fuera de las toneladas de mantas es gélida, congelante. Hay que ver cómo se agiliza la mente en esos momentos, buscando diez mil razones que justifican sobradamente la abstinencia laboral.
Pero nada, ni por esas. Al final esa asquerosa conciencia nos levanta y nos arrastra a regañadientes a dignificarnos un rato. Eso dicen.
Aunque los hay que lo tienen peor, porque hoy comienzan en muchas universidades los periodos de exámenes. No sólo te tienes que levantar, sino que además es para sufrir un rato delante de una hoja en blanco. Y aunque servidor se encuentra del otro lado de la hoja en blanco, entiéndase, que estos días soy de los “malos”, me solidarizo y espero que tengan ustedes la mejor de las suertes en caso de pasar por semejante trance.
Yo mientras, sigo hablando de lecturas como si tal cosa:
“Los investigadores de lo desconocido” (pronúnciese con acento de doblaje neutro de serie de televisión de los 60), de Jeph Loeb y Tim Sale (Planeta de Agostini) es un intento de relanzamiento de los míticos Challengers of Unknown (una clásica serie de la DC considerada de forma unánime como el antecedente directo de los 4 Fantásticos) que supone la primera colaboración de estos autores. Seamos claros: no es que los posteriores trabajos de Sale y Loeb me emocionen, de hecho siempre me han parecido en exceso sobrevalorados, pero muchas eran las recomendaciones, que llegaban a recalcarme que era la mejor colaboración de la pareja, por lo que me decidí a su lectura. Y el resultado no se aparta mucho de lo que esperaba, ya que Loeb construye un flojísimo guión, bastante absurdo, en el que se olvida por completo de los personajes para recrear un nuevo supergrupo más próximo a los estándares del género. El problema no es que se olvide de los personajes antiguos, sin ir más lejos, Chaykin lo ha hecho recientemente y ha bordado una serie espléndida, sino el extravagante pastiche que Loeb construye, mezclando una tonelada de referencias que consiguen que el guión parezca más un trivial para aficionados que una historia razonable. El supuesto desarrollo psicológico de los personajes se queda en un seguido de tópicos que nunca saben a qué carta jugar, si seguir la deconstrucción de Moore o el homenaje irredento. Por su parte, Sale hace una labor correctita, sin aspavientos ni florituras, pero tampoco especialmente reseñable. Una lástima, porque los Challengers con grandes posibilidades, que representan el eslabón perdido entre los héroes de los pulps y los superhéroes. Olvidable. (1-)
-Una lectura de la que iba muy atrasado era la de La Mazmorra, de la que Norma acaba de editar una nueva entrega de Festival, lo que me ha permitido leer de forma seguida los dos últimos álbumes de esta subserie que se dedica a los eventos ocurridos entre el primer y el segundo álbum de la serie principal. No es la mejor de las ramas de esta saga-río pero goza de todas sus ventajas: un humor fresco, un sano espíritu de reivindicación del género de espada y brujería y una imaginación desbordante. Tanto El día de los sapos como Flores y chavales son lecturas entretenidísimas, con momentos realmente brillantes, enfocadas claramente a un público juvenil pero con guiños al lector adulto, en las que el buen rato está garantizado gracias a las buenas artes de los siempre interesantes Sfar y Trondheim y a un camaleónico Larcenet que clona a la perfección el estilo de Trondheim. Una serie siempre recomendable (3-)
– Posiblemente, una de las series más atractivas hasta el momento de la colección Viñetas Negras de Glenat ha sido Europa, de Tomasz Lavric. En los dos volúmenes de la serie, Lavric afronta una interesante visión de la problemática de la inmigración desde la antigua Yugoslavia vista desde las mafias que tomaron el control tras la guerra de los Balcanes. Vestida de narración de género negro, Europa es una sórdida reflexión sobre las ilusiones frustradas de aquellos que llegan al “primer mundo” buscando una nueva vida, lejos de sus países de origen. Un relato duro, quizás menos en apariencia que la excelente “Fábulas de Bosnia” por estar amparado en la ficción, pero sólo superficialmente, ya que el mensaje que esconde Europa es amargo como pocos. TBC, Tomasz Lavric, eficiente y sólido como siempre, con un estilo clásico en la narración y en el dibujo que aporta coherencia al relato. Muy recomendable (3).

Gatitos y gatazos

No se puede negar el impacto y arrastre que ha tenido la serie Blacksad de Juanjo Guarnido y Juan Díaz-Canales. La tirada de 180.000 ejemplares de su tercer álbum demuestra claramente la confianza de Dargaud en la respuesta del público al nuevo trabajo de esta pareja. Todo un fenómeno en el mercado francés que ha reptido éxito en todos los países donde se ha editado.
Norma acaba de publicar en nuestro país Alma Roja, esta tercera entrega de la serie, en la que se encuentran diferencias sutiles, pero marcadas con respecto a los dos primeros álbumes: por un lado, Guarnido suelta más su dibujo, se hace menos trabajado y más fresco, con trazos más rápidos y bruscos, menos académico si se quiere. Un pequeño cambio que supongo que tendrá tantos detractores como admiradores, pero cuyos resultados, aunque poco aportan a la reconocida calidad de este dibujante, le dan un aire novedoso y fresco a la serie.
Pero por otro lado, es indudable que la diferencia más importante se da en el guión, con un golpe de timón de Díaz-Canales en el tono de la serie, quizás hostigado por las críticas continuas a su labor, calificada repetidamente de tópica. En este caso, el guionista aparta al personaje de la trama negra clásica para meterlo de lleno en una historia de espías con tintes negros, en la que, me temo, se entremezclan demasiadas líneas argumentales. Desde la guerra fría al inicio de la carrera nuclear, de los “préstamos” de científicos del tercer reich a los USA a la persecución de comunistas y la implicación de los intelectuales… Todos los temas son apasionantes por aislado, pero el rompecabezas se hace excesivo para las limitadas 56 páginas de este álbum, quedando muchas veces como pegotes forzados que no llegan a tener desarrollo. Una verdadera lástima, porque el intento de sacar al gatuno detective de la línea iniciada con los dos primeros álbumes es muy loable, pero donde antes se podía pecar por defecto, ahora se peca por exceso. Personalmente, soy de los que creen que los “tópicos” de los dos primeros álbumes (sobre todo en el primero) eran absolutamente necesarios, ya que el novedoso juego de la serie recaía en el contraste entre la figuración animal y las claves del género negro. Es decir, era obligatorio para esa primera aventura que la historia siguiese los tópicos más clásicos y repetidos del género, precisamente para que el lector tuviese hitos reconocibles con los que comparar la original propuesta de Díaz-Canales y Guarnido. Pero es cierto que, pasada la sorpresa, la novedad de la propuesta queda agotada y la simple representación animal de los personajes no es suficiente para aguantar una historia. Es necesario dotar de algo más, de un trasfondo, y ahí creo que la elección de Díaz-Canales y Guarnido es acertada (al imbricar mucho más al personaje con la historia real), pero necesita todavía de ajuste, evitando acumular demasiadas ideas que, fácilmente, hubieran dado para una saga de tres o cuatro álbumes.
En cualquier caso, la lectura es agradable y permite pasar un buen rato (2).

Dibujos y fotografías

¡Qué placer leer la segunda entrega de El Fotógrafo! La serie de Guibert y Lefrève publicada por Glenat me parece excepcional por muchas razones. La primera, porque hablar de solidaridad en esta época parece casi una osadía. En esta sociedad en la que la intolerancia, el egoísmo y la indiferencia campan a sus anchas, dedicar una obra a la labor de la gente que dedica su vida a ayudar a los demás corre el peligro de caer en el olvido o, peor, en la crítica gratuita. Quizás es que estamos demasiado acostumbrados a ver la cara de niños hambrientos en televisión, que nuestras conciencias estén encallecidas (o, peor, calmadas con un pequeño óbolo caritativo que nos hace pensar que “ya somos solidarios”) o, sencillamente, que ya nos parece normal ver en la televisión gente sufriendo mientras descansamos tranquilamente en nuestro sofá.
Por eso este relato de la labor que hace un grupo de voluntarios de Médicos Sin Fronteras en Afganistán es, sin duda, una buena manera de conocer la situación de esos pueblos donde la injusticia es la única ley y el hambre una forma de vida. Guibert y Lefrève desarrollan un apasionante documental sobre la vida de este grupo, que no deja de lado ni las anécdotas más superficiales (aquellas derivadas del choque cultural o incluso las más escatológicas) ni los serios problemas a los que se tienen que enfrentar día a día, poniendo muchas veces su vida en peligro.
Pero existen más razones para considerar excepcional esta serie, sólo mirando desde la perspectiva historietística. Guibert ha conseguido fundir con éxito dos medios tan similares como diferentes, la historieta y la fotografía, consiguiendo que ambos colaboren en una sorprendente sinergia. Los reportajes fotográficos de Didier Lefrève presentan al lector una base documental, que conecta con la realidad de la zona, la típica fotografía “Nacional Geographic” a la que estamos tan acostumbrados. Sin embargo, en su conjunción con la historieta, Guibert consigue dotar a estas fotografías de un alma, de una vida que no tenían. El dibujo, limpio de cualquier aditivo, sin fondos, centrado sólo en la figura humana, nos transmite el trasfondo de sensaciones y de sentimientos vividos tras esa fotografía. El lector ya ha visto el escenario, ya lo conoce de la fotografía, y puede centrarse plenamente en lo que está ocurriendo tras esa foto. De una manera paradójica, la fotografía se nos antoja rodeada de un marco de irrealidad y el dibujo, por el contrario, adquiere una realidad y un dinamismo vital. Es una trasgresión de las reglas establecidas, que establece a la fotografía como la plasmación de la realidad y al dibujo relega su interpretación. En este caso, Guibert consigue que el dibujo marque la línea de la realidad y que la fotografía aporte una información que nos parece alejada y distante, estática, pero en un simbiosis necesaria en la que no se podría entender el álbum sin las fotos.
Los dos álbumes publicados hasta el momento (queda un tercero que aparece en Francia la semana que viene, aprovechando el salón de Angouleme), conforman ya una de las obras más sugerentes de la última década del tebeo francés. (4)

Lecturas de ultramar (o no tanto)

Mi pedido del previews este mes me ha traído, entre otras joyitas, el primer álbum que ha editado la inglesa Titan de King of Crooks, más conocido como The Spider, uno de los clásicos de la IPC que por estos lares fue editado en su día por Vértice y que los más jóvenes relacionarán con el reciente volumen de Jack Staff editado por Recerca. Una lujosa edición para una reproducción bastante pésima, supongo que por la falta de materiales originales que ha obligado a escasear directamente desde las revistas de Lion donde originalmente se publicó a finales de los 60.
Con todos los peros que se le pueda poner a la serie (sobre todo en el apartado gráfico), lo cierto es que The Spider es un excelente ejemplo de estos delirantes héroes de la IPC/Fleetway, a medio camino entre la ingenuidad y la mala leche más recalcitrante. The Spider, es un misterioso malhechor, de extraña fisonomía (que recuerda, paradójicamente a lo que poco después se conocería como un vulcaniano), poderes arácnidos increíbles y un intelecto sin par que se focaliza únicamente en el terrible objetivo de ser el mayor criminal de la historia. Cuando todos los héroes que venían de los USA se dedicaban a defender el bien ante todo, The Spider se jacta de cometer el mal continuamente y de dejar siempre en jaque a los pobres policías, siempre derrotados y humillados. Pero si divertidas eran las tramas, llegan al auténtico delirio cuando The
Spider comienza a enfrentrarse contra otros terribles villanos en la pugna por el trono del canalla más perverso. Un cambio motivado por Jerry Siegel, el credor de Superman, que tomó los guiones al poco de comenzar la serie y que imprimió un carácter absolutamente delirante a la serie, entre el pop-art de la DC de los años 60 y la tradición británica de la ciencia-ficción.
Una divertidísima serie, todo un clásico del tebeo, que antecede a la extraordinaria Zarpa de Acero, con un Jesús Blasco inconmensurable.

Y aunque el origen de estos tebeos de ultramar tenga poco, el que sí lo tiene es el magistral ACME Novelty Library 16, nueva entrega de la ya legendaria serie de Chris Ware que es prácticamente un nuevo libro de la colección. Apenas unos meses después del último recopilatorio, este número está dedicado íntegramente a introducirnos en la infancia de uno de los personajes de la serie, Rusty Brown, presentado como un niño apocado, inmerso en su mundo imaginario en el que sólo tiene como compañeros a sus muñecos de superhéroes. Ware nos cuenta su primer encuentro con Chalky White en un brillante ejercicio de estilo en el que, como es habitual en él, el aspecto formal está estudiado hasta el último detalle para conseguir estrictamente el efecto buscado. Partiendo de una estructura clásica de tira diaria de prensa, con subserie paralela, Ware desarrolla apenas unas horas en la vida diaria de Rusty y Chalky, el primero en la serie principal, la segunda en la pequeña subtira que la acompaña. Un día gris, de nieve, como cualquier otro, en el que las historias se cruzan por puro azar, como copos de nieve que se van amontonando uno encima de otro. Una anécdota sin importancia que permite a Ware explorar cuál es el pasado de sus personajes, cómo llega a esa compleja personalidad estudiando cómo era su familia. Apenas unos esbozos son suficientes para definir plenamente a su padre, un hombre depresivo que afronta una rutina diaria que detesta pero de la que no puede salir, que se proyecta sobre su hijo como fracaso último de su vida. Introduciéndose literalmente en la tira, Ware actúa de motor de la historia, convirtiéndose en improvisado confesor del padre de Rusty, protagonizando por tanto un paradójico doble papel, creador y actor, que parece dotar de vida propia a los personajes, como si fuesen éstos los que realmente creasen la historia y que el autor tan sólo la estuviese narrando como se la han contado.
Ware vuelve a llevar a la narrativa al extremo más radical de investigación, pero siempre desde un respeto reverencial a la tradición de la tira de prensa (de nuevo, Frank King en el referente absoluto, aunque no único, ahí está Herriman, entre otros), consiguiendo exprimir el lenguaje de la historieta como pocos. Pese al aspecto de sencillez de la composición formal (los excesos se han dejado para las cuatro páginas que cierran el libro de Building Stories), Ware experimenta con la narrativa desde una búsqueda infatigable de nuevas formas. El uso de sí mismo como personaje, tal y como comentaba, las relaciones entre tira y subtira y, sobre todo, la especial puesta en escena que condiciona un ritmo sutil y opresivo sobre toda la historia son sólo ejemplos de la nueva lección de historieta que da este autor.

Frías lecturas

Sé que es una justificación barata, pero no tengo muchas ganas de escribir sobre tebeos. Entendedme: en casita, al ladito de los radiadores, bien tapadito con una mantita y viendo como la gente pasa un frío terrible en la calle, de esos de moquillo y nariz rojota… pues como que no, que sí, que me leo todos los tebeos del mundo con placer y fruición, pero la sola idea de que mis manos toquen el gélido teclado me produce un repelús que me pone hasta los pelos como escarpias congeladas.
Pero para que veáis que me tomo esto de La Cárcel con un rigor profesional a prueba de balas, heme aquí ante el teclado, luchando contra el frío y el deseo irrefrenable de volver a acurrucarme debajo de las mantas.
Sigo repasando tebeos leídos estos días de helores:

Donde no llega la mirada, de Aboli y Pont (Planeta DeAgostini) es un álbum que llega rodeado de un elevado prestigio desde Francia, donde ha cosechado un buen puñado de premios, entre ellos el RTL al mejor álbum del año 2004 y un reguero de excelentes críticas. Una obra publicada originalmente en dos álbumes que Planeta presenta en su edición integral, de la que puedo hablar poco al haber leído la obra en francés. Y repasando aquellos dos álbumes, vuelvo a encontrarme con las mismas sensaciones: un álbum con buenas intenciones que falla a la hora de encajar las múltiples historias paralelas que cuenta.
El primer álbum de Donde no llega la mirada cuenta la historia del pequeño William y su familia, que llegan a un pequeño pueblo pesquero con la intención de dejar las prisas de la ciudad para dedicarse a la pesca. Aboli y Pont mezclan a partir de este momento el relato del enfrentamiento del pequeño pueblo contra aquellos a los que ve como extranjeros y la historia de la unión entre varios niños que comparten la extraña coincidencia de haber nacido el mismo día.
Ya en este álbum, chirrían la unión de estas dos historias. Mientras que el desarrollo del enfrentamiento entre el padre del pequeño y el pueblo es sólido e interesante, la historia de los pequeños transcurre por derroteros fantásticos que poco o nada tienen que ver con lo anterior. Sin embargo, tras un dramático desenlace, el segundo álbum supone un cambio radical, que explora la relación entre los niños veinte años después con una historia de corte fantástico que recuerda poderosamente a los relatos de Stephen King..
No existe ninguna relación entre la historia de la ambición pesquera del padre de William y la relación entre los niños, parecen historias disjuntas que resultan todavía más, si cabe, entre primer y segundo álbum. Es verdad que, por separado, las tres historias son interesantes, pero su unión no cuaja adecuadamente.
Pese a todo, la historia se lee con facilidad gracias al buen trabajo de Abolin a la hora de desarrollar las situaciones y de Pont, muy inspirado en el apartado gráfico y en el que destaca especialmente el color de Jean-Jacques Chagnaud. (2)

Corps de Rêve, de Capucine (FX Gràfic) es una historia tan sencilla como apasionante: el relato del embarazo de la protagonista. Plagado de pequeñas anécdotas, sencillas y tiernas, la lectura de Corps de Rêve es un ejercicio de sonrisa continuada. Capucine sigue el estilo gráfico de Marjane Satrapi, pero aunque se encuentra a mucha distancia de la iraní, consigue ser funcional y transmitir esas sensaciones tan especiales que se dan durante el embarazo. No hay aquí profundas reflexiones, ni bellas metáforas, sólo la pura realidad de los miedos, los placeres, los buenos y los malos momentos de esos nueve meses que cambian la vida para siempre. Una sinceridad que se traduce en una agradable frescura, que desarma a las pocas páginas y nos hace olvidarnos rápidamente de cualquier prejuicio para enfrascarnos en una aventura tan real y simple como la de la vida. Quizás el mayor problema que le puedo encontrar a este álbum es que tiene que competir con la extraordinariaOnomatopées de Federico Peeters, que trata exactamente el mismo tema (es, de hecho, una especie de continuación de Píldoras azules), pero con una maestría sin par. (2)

La orden de Cicerón (Glenat), es el reencuentro con el genial Paul Gillon, recordado por muchos por ese sensacional tebeo de ciencia-ficción que es Los náufragos del Tiempo. Un excelente dibujante que ilustra un entretenido guión de Richard Malka sobre enfrentamientos entre ilustres familias de abogados. En este primer álbum se nos narra el inicio del enfrentamiento entre las dos familias, enmarcado en la persecución judía que se dio en París durante la ocupación nazi. Juicios, venganzas eternas, un apasionante escenario histórico… ingredientes que son sabiamente cocinados por Malka y Gillon para conseguir que La orden de Cicerón sea un álbum que se lee de un tirón, entretenidísimo y que nos deja a la espera de la siguiente entrega. Un acierto más de esta entretenidísima colección negra de Glenat (2+).

Lecturas no tan atrasadas (II)

Soy un fan irredento de Max, no hace falta que lo diga. Su elegancia innata a la hora de ilustrar se combina con una especial lucidez a la hora de contar historias, de transitar caminos siempre difíciles, en un reto continuado contra sí mismo. Por eso, cualquier libro con ilustraciones suyas me parece, en principio, una excelente noticia. La publicación de Sketchbook/Conversación por parte de la editorial sin sentido es, por tanto, gratificante y atrayente.
Pero si al gozo de admirar sus ilustraciones se suma la inteligente y lúcida entrevista/conversación con Pere Joan que completa este libro, el resultado es, sencillamente, un libro obligatorio.
En la larga conversación con el mallorquín, Max desgrana sus inquietudes a la hora de afrontar una nueva historia, las razones que le llevan a ver en la historieta su pasión y su forma de vida, pero también esa necesidad incontestable que le lleva a buscar nuevos retos en cada trabajo que afronta. Opiniones siempre lúcidas de alguien que ha demostrado que el tebeo permite mucho más de lo que muchos imaginaban, que investiga y busca nuevas formas de expresión dentro de la historieta y que absorbe como una esponja influencias de todo tipo, reformulándolas en su propio lenguaje. Max habla sin tapujos de cómo se entusiasma ante las propuestas de Ware, de Ever Meulen y de cómo intenta adaptar esas ideas a sus propios objetivos.
Una entrevista vital, entre dos amigos y colegas, que tienen similares puntos de vista sobre la historieta, lo que permite una complicidad especial, que se desprende en toda la entrevista. Pero también una inteligente aproximación hacia una forma de entender el tebeo en el límite, abierta siempre a nuevas perspectivas y evitando siempre el estancamiento.
Un libro extraordinario.

Lecturas no tan atrasadas (I)

No creo equivocarme si digo que el número que acaba de aparecer de NSLM, el duodécimo, es el mejor que ha aparecido hasta la fecha de la “segunda época” de esta revista. No ya sólo por la excelente nómina de autores, que bascula perfectamente la vanguardia en ilustración con la experimentación en cómic, sino por la coincidencia en calidad de todas las contribuciones. Comenzando por la preciosa portada de Sonia Pulido y la excelente historieta de Keko, una de las mejores que le he leído en mucho tiempo (lo que es decir mucho), pasando por la salvajemente divertida contribución de Carlos Hart o las brillantes colaboraciones de Lola Lorente, Tamayo, Sonia Pulido, Miguel B. Núñez, Jens Harder, Markus Huber, Frederic Debomy o Paco Alcázar. Sin embargo, me gustaría resaltar también especialmente las historietas de Lorenzo Gómez y del tándem Pepo Pérez/Santiago García. La primera, un interesante homenaje a Little Nemo en la que Lorenzo juega con la planificación y narrativa como no había hecho hasta ahora, abriéndose nuevos caminos. La segunda, un curiosísimo trayecto paralelo entre la vida de un eterno aspirante a autor y los tebeos de los últimos treinta años, con un laborioso trabajo de Pepo Pérez a la hora de afrontar cambios radicales de estilo gráfico. Una dura historia que introspecciona las ilusiones perdidas de una generación.
Desde luego, una de las mejores revistas que he podido leer en mucho tiempo.

Lecturas atrasadas (I)

Como quien oye llover es la quinta entrega de la ya famosa serie de Mr.Jean, en la que Dupuy y Berberian siguen adentrándose en la evolución de este particular treintañero. Poco a poco, la serie ha ido perdiendo ese cariz netamente humorístico para convertirse en un drama costumbrista con toques de comedia, llegando a ese punto álgido de “Vivamos felices sin parecerlo“, uno de los mejores álbumes de estos dos excelentes autores. Una lenta progresión que en este quinto volumen se antoja entrar en un ligero retroceso.
Pero que nadie se equivoque: Como quien oye llover es un sólido álbum en el que de nuevo Dupuy y Berberian vuelven a hacer una interesante reflexión sobre la madurez, contraponiendo la exitosa vida sentimental y laboral de Mr. Jean con el caos vital de Felix, en paro y con problemas para mantener la custodia de su ahijado. Sin embargo, la historia desprende un cierto tono cansino, como si todo se hubiese contado ya en el anterior álbum. Mr. Jean se convierte en un mero espectador y es Félix el que se alza con el protagonismo absoluto del álbum, en un interesante planteamiento con un desenlace demasiado arquetípico y previsible.
Repito que, en los niveles de calidad en los que se mueve la serie, no se puede decir que éste sea un mal tebeo, al contrario, es un excelente tebeo, pero le queda a uno el regusto amargo de bajar el nivel de la serie tras las grandes entregas que hemos leído este año. Por desgracia, Dupuy y Berberian tienen ahora como mayor enemigo el gran nivel con que han trabajado en los últimos años. Gráficamente, siguen con una calidad extraordinaria, su elegante estilo ha alcanzado una perfección casi completa, uniendo a una siempre chispeante concepción narrativa un trazo desenvuelto y vital. Sin embargo, parece como si se hubiese quedado seca la fuente de sus historias para Mr. Jean, quizás porque alcanzada la felicidad, ya no existen temas que contar. De hecho, las últimas entregas de su otra gran creación, Henriette, son muchísimo más interesantes que las de la serie que les dio la fama.
Pese a todo, un álbum a leer, con la siempre perfecta edición de Norma, de la que sólo se hecha en falta que no hayan incluido el CD que acompañaba la edición francesa, con una larga entrevista y muchísimo material multimedia de estos autores, de lo más sorprendente.(3)

Vocales

Toca reseñar dos lecturas vocálicas: Mister O y Mister I, dos álbumes muy similares de Lewis Trondheim, aunque con distinta génesis.
Comencemos por Mister O, el primero cronológicamente, que nace como un experimento narrativo englobado claramente dentro de los retos que los autores del colectivo OuBaPo se lanzaban de continuo, siempre en el límite más radical. En este caso, Trondheim se plantea cómo explotar al máximo una idea muy sencilla: un personaje intenta cruzar un precipicio. Una idea simple que es abordada desde el minimalismo más extremo: un dibujo despojado de todo artificio, sólo unos palitos y unos circulitos, estrictamente; un escenario fijo, inalterable y una rígida composición de 60 microviñetas por página.
Y, de nuevo, Trondheim demuestra que lo importante en cualquier medio es tener algo que contar. Con una imaginación desbordante, cada página es una nueva aventura para el redondo Mister O, una nueva forma de pasar ese precipicio, que comienza con la lógica y acaba en el delirio. El resultado es un divertidísimo tebeo, de gags realmente brillantes que recuerdan con fuerza las locuras de Chuck Jones y Tex Avery y que jamás caen la repetición. (3)
Mister I, por su parte, es la vuelta a la misma idea tres años después, esta vez como inicio y reclamo de la nueva colección Shampooing de Delcourt, que dirige el propio autor. El reto creativo ha dejado paso al reto mercadotécnico, pero de nuevo Trondheim vuelve a probar su incontenible fantasía, contando esta vez la historia del larguirucho Mister I, siempre buscando un bocado que echarse a la boca. Con idénticos mimbres de la anterior experiencia, nos encontramos de nuevo con un álbum divertidísimo, con el que pasar un excelente rato y que complementa perfectamente al anterior, formando un dueto perfecto. (3)
La edición de Glenat excelente, como ya es costumbre.

Un clásico indiscutible

Hablando de clásicos, y a colación de la anterior entrada, destacar entre la marabunta de títulos de las librerías uno que ha pasado casi desapercibido: el volumen de la colección Super Humor dedicado a Los Grandes Maestros del TBO, editado por Ediciones B.
Es verdad que no hay ningún criterio en la selección de las planchas publicadas, que es una nimia expresión de la calidad de estos autores y que merecen una edición mucho más pormenorizada y completa, pero poder leer aunque sea sólo unas páginas de autores como Opisso, Coll, Benejam, Urda, Blanco, Castanys o Sabatés, por citar algunos de los autores que participan en este volumen, es un placer incomensurable. Ya no es sólo disfrutar de la indiscutible calidad de estos autores, es acceder desde un asiento privilegiado a la historia de este país. Las historias de Benejam o de Opisso son frescos costumbristas de inestimable valor para entender la historia de España, ventanas abiertas a la vida de una sociedad que no aparece en los libros de Historia, que sólo se puede encontrar en los tebeos, en los queridos y maravillosos tebeos que guardan ese tesoro entre sus páginas. Más allá de la historia que se estudia, los tebeos nos llevan a la vida de la calle, a las conversaciones entre los vecinos, a lo que ocurría en esas familias que pueden ser perfectamente las de nuestros abuelos o bisabuelos.
Una maravilla. Lástima que todas estas obras maestras estén siendo perdidas y maltratadas de esta forma, porque requieren una edición digna y en condiciones, acorde con su importancia. En cualquier caso, no os la perdáis.

Ráfaga de lecturas

Demostrado: los duendes no existen. Por mucho que la iconografía popular se empeñe en decir lo contrario, el mundo de fantasía es puro imaginario, un delirio colectivo que se mantiene de generación en generación, pero más falso que un billete de 23 euros. Hace una semana, mi mesa rebosaba de papeles, de variopinto trabajo acumulado para todos los gustos. Tras una semana de reposo en la que he puesto toda mi fe en la existencia de los trabajadores duendecillos (que, a fin de cuentas, la traslación a nuestros tiempos de los zapatos son las montañas de papeles), al llegar a mi mesa las pilas de papeles siguen exactamente donde estaban. Quizás con un poco más de polvo. E incluso, apurando la rigurosidad, la pila de la derecha ha aumentado su tamaño, lo que podría explicarse tanto porque los duendes existen, pero son de un cabrón retorcido que espanta, como porque se está generando algún tipo de forma de vida en la base de la columna papelera, lo que no descarto, si bien es cierto que los temblores y movimientos que se producen entre los papeles me hacen pensar más en la segunda opción.
Y si a eso se le añade que no me ha tocado la lotería, que los turrones y demás viandas se han acumulado formando un nuevo anillo perimetral en mi fisonomía ventral y que han llegado las rebajas, debo concluir que, felizmente, se ha acabado la navidad.
Así que, aprovechando que estamos en periodo de saldos y rebajas varias (Corte Inglés dixit), os hago una ráfaga de reseñas atrasadas:
Caín, de Risso y Barreiro (Norma) era una de esas obras que tenía muchas ganas de leer. No porque sea el estreno de una nueva colección de tebeos de ciencia-ficción, sino porque los autores tienen en su haber la extraordinaria Parque Chas, publicada años ha en el Tótem El Cómix, una serie de la que guardo gratísimo recuerdo y que alguien podría publicar en álbum por estos lares. Desafortunadamente, Caín está a muchísima distancia de la citada serie, pese a ser una correcta historia en la línea de Barreiro: una historia postapocalíptica de venganzas maquiavélicas, que lanza tímidos dardos contra la sociedad de consumo. Pero Barreiro es mucho Barreiro y el ascenso del joven y marginado Caín desde la miseria de la calle hasta la venganza contra los opulentos progenitores que lo rechazaron es contado con sólido oficio, consiguiendo un tebeo que, sin ser ninguna maravilla, es entretenido. (2)
Sed de Noticias, de Andy Watson (Norma). No entiendo yo muy bien el encumbramiento de Watson. Sus tebeos son, en general, fallidos y poco interesantes, con guiones que intentan jugar a lo referencial y caen habitualmente en lo simplón y previsible, a lo que hay que añadir un pobre estilo de dibujo que está a años luz de la elegancia de autores como Rabagliatti o Dupuy y Berberian, con quienes se le compara. Sed de Noticias es una sencilla historia de amor inmersa en el mundo de la prensa que destaca, sobre todo, por ese retrato de la prensa de provincias que es capaz de hacer una noticia del rescate de un gatito de un árbol. Por desgracia, el intento de contraste entre el histérico mundo de la televisión americana y la tranquilidad de la prensa británica se queda en un seguido de tópicos bastante predecible. Con todo, hay que reconocer en este Sed de Noticias el mejor tebeo de Watson que he podido leer, lo que tampoco es mucho (1+).
Strangehaven, de Gary Spencer Millidge (Planeta) es un tebeo que me tiene completamente descolocado. La extraña historia de un joven maestro que llega a un perdido pueblo del que no puede salir está a medio camino entre el costumbrismo y lo fantástico, con toques de relato de terror que pueden recordar desde a la agobiante atmósfera de la lynchiana Twin Peaks a las desasosegante descripciones con que Lovecraft describía las poblaciones en las que transcurrían sus cuentos. El autor sabe explotar esa combinación de tranquilidad rural con lo extraño e inexplicable, en un cóctel que funciona y deja al lector en todo momento intrigado, deseoso de saber qué está pasando en ese, en apariencia, tranquilo pueblecito. Pese a que el dibujo de base fotográfica de Millidge, es a veces demasiado hierático, el relato no se ve en exceso lastrado y su consigue un buen ritmo narrativo. Un tebeo al que, cuanto menos, hay que darle una oportunidad. (2)
La Chica perdida (Dibbuks) es la primera obra que llega a nuestro país de Nabiel Kanan, un autor inglés que esta demostrando una evolución bastante firme. Esta primera obra es un intento de acercamiento a la psicología de una joven quinceañera, al paso de la adolescencia a la madurez en la mujer, a esa etapa de descubrimientos, pruebas y errores. La atracción sexual, las drogas, la rebeldía ante los padres… todo aquello a lo que la joven Beth se debe enfrentar por primera vez ocurrirá en unas vacaciones en las que una desconocida y misteriosa chica simboliza y vehicula todas las ansias de saber de la joven adolescente. Sin embargo, y pese a que la obra se lee con agrado, Kanan retrata esa adolescencia con demasiados tópicos, creando un enfrentamiento “chica mala” contra “chica buena” que suena en exceso maniqueo, poco realista. Pese a todo, la labor del autor es lo suficientemente correcta como para que la obra se lea con interés, y que apunte momentos sugerentes, sobre todo en lo referente a ese sentimiento de pérdida ante el futuro al que hace referencia el título de la obra. (2)
Henri, hijo de sus padres, de Mathis (Dibbuks) es, sin duda, una de las sorpresas más agradables de estas navidades. Desconocía por completo la obra de Mathis, aunque está plagada de excelentes referencias, por lo que esperaba la lectura de este tebeo con muchísimas ganas. Y, desde luego, no ha habido decepción. Mathis nos cuenta episodios de la vida de uno niño, desde una perspectiva infantil que no deja de lado los referentes costumbristas y sociales. Sin embargo, la gran fuerza de Henri se encuentra en la sugerente recreación del imaginario infantil. Mathis se pone en la piel del niño y reproduce sus pensamientos, sus razonamientos, sus ilusiones y sus sueños. Las viñetas nos permiten a ver a través de los ojos de un niño y, también, recordar nuestra propia infancia. La muerte, la pobreza, los problemas familiares, la amistad… temas a los que nos acercamos con la visión de un niño, pero con una mezcla de humor, ternura, nostalgia y comprensión que resulta fascinante y sugerente, aliñada y alimentada por el expresivo dibujo de Mathis. Un tebeo delicioso. (3+)

Al rico y sabrosón culebrón.

Giardino suele deleitarnos, de vez en cuando, con frivolidades divertidas como Little Ego, pequeñas bromas que rebajan un poco la seriedad de series como Jonas Fink o Max Fridman, siempre circunspectas. Pero no dejaban de ser graciosos divertimentos sin mayor objetivo. Sin embargo, Eva Miranda (Norma) supera con creces ese punto para entrar con fuerza en la parodia más demoledora y salvaje de los culebrones y la televisión actual y su dependencia del mundo rosa. De la mano de Giovanni Barbieri, el gran dibujante firma una sorprendente bufonada, tan ácida como lúcida en sus planteamientos, rememorando una especie de telenovela por entregas sobre luchas de poder, amores imposibles y confabulaciones maquiavélicas protagonizadas por personajes histriónicos, arquetipos de aquellos que inundan las páginas de las revistas rosa. Empresarios millonarios casados con arpías de caras estiradas hasta el acartonamiento; herederos gigantones, tan guapos como estúpidos; amadas virginales e ingenuas y, sobre todo, la intrigante Eva Miranda, la gran conspiradora, inteligente y calculadora, dispuesta a dinamitar la ¿tranquila? vida de los adinerados Stone.
Una sátira inteligente y mordaz, que mete el dedo en la llaga, lo remueve y aprieta, para recordarnos que un exceso no es una realidad, que lo que vomita la televisión es una ficción creada para engatusar a un público necesitado de alienación barata del que aprovecharse, como bien recuerdan Giardino y Barbieri con esas delirante pausas publicitarias que se asemejan peligrosamente a las que abundan en los programas del corazón.
Una primera entrega divertidísima de lo que promete ser una serie tan frenética como sardónica (3).

Más y más lecturas

Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que vimos a Alack Sinner en una viñeta. Más de una década, casi dos, en las que muchas cosas han pasado, quizás demasiadas para contarlas en unas pocas viñetas. O quizás es que, sencillamente, ya no tiene sentido recordarlas. Las cuatro historias que engloban este reencuentro con Sinner son esbozos de un largo viaje, el último para sus autores. Un viaje que le llevará a través de América para encontrarse con el que fue su gran amor, Sophie. Más que nunca, Sinner es un simple testigo de anécdotas, de historias que se entrecruzan en un bus que hace un largo camino. Pero algo ha cambiado. Si en sus anteriores historias se daba siempre una denuncia contundente, ahora Sinner se mueve por una sociedad que no es la suya, que le mira desafiante y ante la que sabe que poco o nada puede hacer. Quizás la única salida que le queda es ese pequeño placer de la venganza contra Keith Giffen, el gran plagiador, una suerte de chiste personal que sabe perfectamente que no llegará a ninguna parte, una guerra perdida como el mismo autor reconoce en la historieta. Apenas un esbozo, un pequeño párrafo en una historia que transcurre lentamente hasta lo que debía ser, el final de un viaje. Y que mejor que terminar ese viaje rodeado de tus fantasmas pasados, representados en Sophie, el gran amor, el gran contrapunto del utópico Sinner. Sophie es, paradójicamente, la que siempre mantuvo al detective con los pies en tierra, la imagen que le recordaba la humanidad perdida como mudo testigo de su entorno. Es lo único que ha estado sierre allí a lo largo de la gran travesía a la que hemos asistido durante veinte años.
Un episodio que refleja no sólo los cambios del personaje, sino de sus autores. Las viñetas de Muñoz ya no están llenas de vida, ya no reflejan mil historias paralelas en el fondo. Ahora la mirada es triste, muy íntima. El lector ha pasado de ser un voyeur que miraba al mundo a través de la ventana de la viñeta para verlo a través de los ojos de Sinner. Y Muñoz, sabedor de ese cambio, lo afirma y lo rubrica con un estilo más expresivo que nunca, magistral en el uso de una línea quebrada que lo dice todo, que suda sentimiento y sensaciones por cada trazo.
Tras la lectura de “El final de un viaje“, se tiene la sensación de haber acabado un ciclo, que el personaje se ha terminado. Es cierto que la serie ha continuado, con dos historias más, Histories privees y la recientemente aparecida LAffaire USA, pero no se puede evitar la sensación de pensar que los autores han continuado la serie a sabiendas de que acabó con esa preciosa luna llena que cierra este álbum. Que la continuación ha sido más una exigencia exterior que una necesidad interior de los autores, que tenían claro que Sinner y Sophie siguen viendo todos los meses esa luna. (4)

Me volvió a pasar…

Me ha vuelto a pasar. La premura por mostrar la lista de “lo mejor del año” me puede y me dejo en el camino obras que merecen sobradamente estar en esa lista. Y sobradamente, como “La ilusión de Overlain” de Luís Durán, una de las mejores obras de este hombre, que sigue enfrascado en su búsqueda personal de los límites entre la realidad y la imaginación.
Una pesquisa que le lleva al origen de la humanidad, al continente africano, lugar de ensoñaciones de cientos de artistas, que bebieron de la mezcla perfecta de naturaleza y arcana sabiduría para buscar su inspiración. En La ilusión de Overlain, Durán se me antoja imbuido del espíritu de la baronesa Von Blixen, que explota en su interior mezclando sin orden, pero con poesía, su pasión por los cuentos y su fascinación por África, creando una mágica historia sobre el origen de la imaginación. Un relato que nos transporta a través de pequeños cuentos, que se cuentan de abuelos a nietos, despertando la ilusión o quizás, en el fondo, creando la realidad. Porque aquí, más que nunca, Durán lleva su hipótesis al extremo, encontrando un camino que se cierra sobre sí mismo: no somos más que el producto de nuestra propia imaginación. Para Durán, la existencia es un gran libro que es escrito a medida que se vive, cada página que se pasa es un retazo de ficción, protagonizada por alguien que la vive como realidad. Como en la Biblioteca de Babel, sólo es necesario que alguien coja uno de los libros de los infinitos anaqueles para crear una existencia, que es real desde el momento en el que el lector pasa la primera página.
Pero a diferencia de los libros de las largas galerías hexagonales, las páginas de los libros de Diluvia pueden ser leídas o escritas. El libre albedrío, inexistente en Babel, puede darse en el mundo de Luís Durán: el protagonista puede ser un simple actor de palabras ya escritas o creador que rellena páginas en blanco. Una diferencia de matiz que da sentido a la vida, ese vasto libro en blanco que, como en la ilusión que da nombre al tebeo, debemos ir rellenando con nuestras propias notas, o dejar que otros las escriban.
Estamos antes el que es, posiblemente, el mejor tebeo de Durán hasta el momento. Una obra que se puede disfrutar en tantos niveles como se quiera, como un gigantesco fractal, en el que cada pequeña parte tiene su vida propia. Se puede gozar con los cuentos que trufan sus páginas, con la poesía de las visiones de África, con la aventura de su descubrimiento. Todas ellas partes de un todo mágico y único: La ilusión de Overlain (4).

Lecturas turrónicas (VI)

Siempre digo que hay que esperar hasta el último minuto para hacer listas de lo mejor del año. Oculto tras una esquina, disimulado bajo un montón de tebeos se puede encontrar esa obra que te deje pasmado, maravillado. Y si hace anteayer os hablaba maravillas de El Libro de Muñoz y Sampayo, hoy me toca elogiar Exterior Noche, de Gipi. Un autor de poca obra pero que está acumulando ya todo tipo de críticas laudatorias con apenas tres obras en el mercado.
Y no es para menos, porque Exterior Noche es de esas obras que uno termina con tristeza, apenado por esa última página en blanco que marca el final del álbum. Exterior Noche recoge seis historias muy diferentes, que van de la contemplación a lo social pasando por la fantasía. Historias de recuerdos nostálgicos de la niñez, de denuncia del tráfico de inmigrantes clandestinos y su trato, de mágicas caras que aparecen en un lago o de la marginación de las calles de los barrios más pobres. Muy diferentes, pero que coinciden todas en una aproximación muy personal, en la que el lector se une al narrador de la mano cual fantasma que transita por esas historias, como un invitado no deseado, un voyeur que espía las historias con miedo a ser descubierto. Historias de fuerza y garra, vitales, que son amplificadas por el impresionante tratamiento gráfico de Gipi. Con su oscuro bitono azul, las páginas de Exterior noche tienen una belleza impactante, que gana al lector desde el primer vistazo. Una compleja técnica que mezcla óleo con papel vegetal para conseguir un efecto único, con un tratamiento de la iluminación soberbio. Las viñetas de Gipi transcienden de la página, tienen vida propia, podemos sentir el movimiento de las aguas, el ulular del viento o la lluvia en la cara. Es un dibujo visceral que automáticamente conecta con nuestro estómago, es imposible no dejarse llevar por él. El resultado final son historias que nos dejan extasiados, deslumbrados por su sensación visual y encogidos por la belleza de las historias que cuenta. Resulta sorprendente que Gipi apenas tenga obra publicada y sea capaz de lanzar semejante primera obra, que hace casi obligatorio reivindicar desde ya el “Apuntes para una historia de guerra” publicado por Actes Sud y Coconino. (4)
Enlaces: la web del álbum (en italiano) y el weblog del autor.

El mayor coleccionista de cómics del mundo

Cargadito me ha llegado el pedido del Previews de este mes. A saber, nada más y nada menos que el Wimbledon Green de Seth, el segundo recopilatorio de Plastic Man de Kyle Baker, el esperado número 16 de ACME Novelty Library de Ware (que ya es directamente un libro más de la serie recopilatoria) y el precioso y fastuoso Daydreams and Nightmares de McCay que ha reeditado Fantagraphics (y sí, la extra a tomar por culo, ¿qué pasa?)
De momento, sólo he podido babear (con las debidas protecciones, of course) con las ilustraciones de McCay, fabulosas e impresionantes, y leer ese curioso experimento con el que Seth se ha descolgado llamado Wimbledon Green: The greatets comic-book collector in the world. Un libro de experimentación, donde Seth usa con un férreo formato de 12 diminutas viñetas por página (que llegan en algunos casos a ser 20), apenas esbozadas, con un dibujo caricaturesco simple pero efectivo, jugando a superponer historias, fragmentos que componen una globalidad mayor y que sólo tienen sentido de su unión. Siguiendo la lección de Clowes (que ya lo ha ejercitado con éxito en Ice Haven), tal y como reconocer en la introducción, Seth crea un personaje carismático, un millonario coleccionista de comics-books claramente inspirado en la figura del disneyniano Tío Gilito y, a su manera, corre increíbles aventuras en pos de raros e inencontrables ejemplares únicos. En dura pugna contra otros coleccionistas de igual nivel, Green no duda en hacer uso de la más moderna tecnología, y siempre con la ayuda de su fiel chofer hindú consigue lograr sus objetivos. Un divertidísimo libro que esconde en sus diminutas viñetas gigantescas bombas de relojería contra la industria actual del comic-book y la locura coleccionista-compulsiva-acumuladora. Libreros, editores, coleccionistas, el mundo del tebeo está fielmente reflejado en esta mordaz parodia que no deja títere con cabeza. Pero es que si divertido es el libro, todavía más interesante es ver la habilidad con la que Seth consigue solventar una brillante composición narrativa sometida a una estructura tan limitante como la de 12 viñetas por página. Con ese juego de historias que se van sumando, el autor logra una perspectiva variada de la historia, introduciendo dudas sobre la personalidad real del famoso coleccionista y aportando a la historia desde misterio y complejidad.
Un libro extraordinario que, esperemos, se edite aquí con la calidad con la que Drawn & Quaterly ha firmado la edición americana, encuadernado en tela con impresiones doradas, esquinas redondeas… un edición de lujo. (4)
Un par de enlaces: una preview de cinco páginas del álbum y una entrevista con Seth.

Novedad de Círculo de Lectores

(**)– Vocabulario figurado, de El Roto. Prólogo de Luis Goytisolo. Selección de Felipe Hernández Cava. 20,5 x 20,5 cm. 240 Páginas. Cartoné. BN. PVP: 23.50EUROS

Una compra obligada, ayer mismo me llegó y ayer mismo lo devoré. Las viñetas de El Roto son puñetazos directos al estómago, revulsivos de conciencias dormidas y aletargadas. Las viñetas de este Vocabulario figurado son tan inapelables y contundentes que nos llevan obligatoriamente a apartar la mirada ante la vergüenza de darnos cuenta de hasta dónde hemos perdido la humanidad.
Leer las viñetas de El Roto es una obligación moral, un deber para con nuestra propia dignidad colectiva e individual, que nos impida olvidar que somos seres humanos y no elementos de mercadotecnia. (5)
Más información, aquí

Lecturas turrónicas (V)

Me confieso como uno de esos que pensaba que las últimas obras de Carlos Giménez no estaban a la altura de su obra anterior. Las últimas entregas de Paracuellos o Los Profesionales me habían parecido buenos tebeos, pero que no llegaban a la calidad de sus primeras entregas, lo que no es fácil a tenor de que eran obras maestras. Pero las lenguas son vivarachas y autónomas y seguro que más de uno ya estaba vaticinando el ocaso del maestro.
Y nada mejor, ante la verborrea, que callar bocas con contundencia, como acaba de hacer Carlos Giménez con la publicación de Barrio 2. Una segunda parte de una calidad extraordinaria. Prácticamente partiendo de donde acaba el primer álbum, Giménez vuelve a realizar un magistral recuerdo de los años de la posguerra donde ganarse un poco de pan que llevarse a la boca era una ardua tarea que requería muchas horas de trabajo diarias. Pero si Paracuellos o Los Profesionales son ejercicios de memoria colectiva, Barrio lo es de recuerdo privado y personal. Es una obra claramente autobiográfica, donde Pablito deja paso a un Carlines más visceral, que toma un partido más activo. Carlines/Carlos no se limita a contar un momento de la vida de España. Habla de un momento de su vida, y de cómo le afectó, de cómo un niño vivía la represión del franquismo, el hambre y el duro trabajo para poder comer todos los días. Pero a diferencia de la primera entrega, en Barrio 2 Giménez expande y se centra todavía más en la composición de un fresco costumbrista de esa España de postguerra. Las historias de Carlines se mezclan con retazos de la vida diaria a modo de postales, fotografías ajadas y viejas en blanco y negro que dan constancia de otras épocas, de una sociedad que lucho duro para que hoy estemos donde estamos.
Barrio 2 es historia viva, capaz de mezclar la nostalgia con la denuncia en un admirable testimonio. Uno de esos tebeos que tendrían que ser lectura obligada en las clases de historia de este sacrosanto país, y no objeto de intentos de “secuestro” en stands de bibliotecas públicas, como si se pudiera esconder el pasado. (4)

Lecturas turrónicas (IV)

Me encantan las historias que transcurren en pueblos, que recuperan esa parte de la historia que nunca se cuenta. La de los pequeños pueblos donde transcurre la vida alejada de las locuras de la ciudad y sus neuras. Es curioso, porque servidor es urbanita convencido y me gusta, necesito, la histeria capitalina de millones de almas asfixiadas con el monóxido de carbono. De hecho, ni siquiera tengo un pueblo al que referirme de forma nostálgica como muchos.
Quizás por eso me gusta leer sobre lo que desconozco, sobre esas historias íntimas, esos recuerdos de los que carezco y me intrigan. O quizás porque transmiten una forma de vida distinta a la que vivo, más lenta, más centrada en cosas que importan de verdad y no en lo que nosotros inventamos como necesidades. O, quién sabe, porque en el fondo fui uno de sos niños que se crió viendo las Crónicas de un pueblo.
En resumen, me gustan. Y en tebeo me gustan más, por aquello de unir lugares comunes. En su día disfruté de las historias de Tito, un autor español poco recordado, por desgracia, que desde las páginas de A Suivre recordaba la vida en un pueblo perdido de España con historias preciosas, humanas. Razones todas que justifican el agrado con el que he leído Pueblo, de Manuel Mota (Zanzíbar Ediciones). Un pequeño álbum que recopila pequeños retazos de la historia de un pueblo. La escuela, la rivalidad entre vecinos… la vida diaria de un pequeño pueblo que sirve como excusa para conocer una historia y una sociedad que quizás ahora vemos casi como una curiosidad, pero que forma parte de nuestro pasado. Un álbum de principiante, es cierto, en el que se nota mucho la evolución gráfica de Mota a lo largo de las diferentes historias de este álbum, cómo pulsa y prueba diferentes estilos, como aprende a usar los recursos de la narración. Pero también se ve el cariño con el que cuenta las historias, la proximidad con que las siente. Y se agradece esa sinceridad a la hora de plantear el trabajo, sin ambiciones, con el único objetivo de compartir historias. un autor que habrá que seguir. (2-)

Lecturas turrónicas (III)

Leer cualquier tebeo de Muñoz y Sampayo es un placer. Pero si se trata de una nueva obra en la que los autores exploran nuevos caminos, el gozo es ya inconmensurable. Por eso estaba deseoso de que cayera en mis manos El libro (Planeta DeAgostini), su primera colaboración fuera del universo de Sinner en muchos años. Y no sólo no me han defraudado, sino que puedo asegurar que he leído uno de los tebeos más interesantes de este año. Una historia compleja, caleidoscópica, en la que Muñoz y Sampayo nos cuentan la historia de un libro, “El jugador de ajedrez” de Stephan Zweig, que esconde un secreto buscado. Una excusa para contar múltiples historias, una gigantesca muñeca rusa que esconde dentro de cada página una nueva historia. Si en la novela de Zweig el Sr. B consigue evadirse de la tortura nazi gracias a un libro de ajedrez con el que crea una obsesión que le aísla del sufrimiento, aquí ese mismo libro es ansiado por los nazis con obsesión, con desespero. Pero también, al igual que B debe enfrentarse tiempo después al engreído y frívolo campeón mundial de ajedrez, Huergo, el protagonista de esta obra, debe enfrentarse a su vida, a la impotencia con la que la cultura le abandona en manos de quien tan sólo quiere metros de estantería para decorar una pared. Pero El libro es también una metáfora brutal y dramática de la convulsa situación política argentina en los 60, enmarañada tras la caída de Frondizi en un seguido de extrañas alianzas entre el poder político y el militar. Muñoz y Sampayo tejen a varios niveles narrativos este complejo tapiz, en el que ficción, historia, política y sentimiento se van encadenando en una partida de ajedrez ficticia donde las tablas son la única solución. Una visión descreída y triste, resignada, que tiene como única esperanza esa sugerencia del amor, una joven que enamora, pero que esconde a su vez terribles secretos.
Leer El libro es un fascinante ejercicio de inteligencia, que obliga al lector a un esfuerzo importante de abstracción y de fabulación, pero también de reflexión, en el que no hay concesiones a lo sencillo. El dibujo de Muñoz alcanza unas cotas de belleza insuperables, con esa fuerza visceral del entintado, que consigue que las sombras y los claroscuros lleven el testigo de la narración, dotando de una atmósfera irreal a la historia que añade un último actor en el rompecabezas.
Que nadie se espere una obra sencilla, un entretenimiento vacuo. El libro exige un denodado trabajo de lectura, incluso un bagaje previo de lecturas y conocimientos que van desde la literatura a la historia. Pero aceptar el reto de Muñoz y Sampayo supone también la posibilidad de obtener un placer con la lectura como pocas veces se ha visto. (4+)

Lecturas turrónicas (II)

Sigo prendado de la candidez de Yotsuba!, de Kiyohiko Azuma (Norma Editorial). Si la primera entrega me interesó, esta segunda me confirma que pocas veces se ha visto tan bien trasladada la ingenuidad de la infancia en un tebeo. Sólo por esa historieta de la joven Yotsuba jugando con una pistola de agua ya vale la pena comprar un tebeo. Es una anécdota tan simple como sencilla, pero que expresa con una fuerza arrebatadora esa inocente imaginación con que los niños copian lo que ven en la tele, lo que hacen los “mayores”. Conjuga perfectamente el recuerdo del juego infantil (¿quién no jugó de pequeño a indios y vaqueros?), contado con la veracidad de un documental, expresando ese desconocimiento hacia lo que se imita y la complicidad en el juego del niño por parte del adulto, pero deja ese poso de reflexión hacia qué es lo que imitan los niños, hacia la necesidad de saber compensar el vómito continuado de violencia televisiva con ese último comentario del padre de Yotsuba, que vuelve a dejar lo que parece un juego peligroso en lo que es, un juego de niños. Un solo ejemplo de un tebeo encantador y delicioso, en el que Azuma demuestra una capacidad innata para que sus personajes transmitan sentimientos a borbotones.
Enganchado estoy (3).