Lecturas turrónicas (I)

Shutterburg follies, de Jason Little (Planeta DeAGostini), es uno de esos tebeos que viene precedido con una aureola de prestigio desde los USA, con un extraño consenso entre la crítica más dedicada al mainstream y la que defiende más lo indie. Datos que, una vez leído el tebeo en cuestión, se entienden, aunque no los comparta en su totalidad. Jason Little nos cuenta una historia de misterio adolescente, en el que una joven aficionada a la fotografía se ve involucrada por azar en una serie de asesinatos perpetrados por una red mafiosa. La impulsiva joven se decide a investigar y, lógicamente, corre todas las aventuras propias de una investigación criminal. No se puede negar que la trama es entretenida y que Little sabe usar las fórmulas clásicas para hacerla avanzar, con una clara referencia a su inspiración cinematográfica, “La ventana indiscreta” de Hitchcook. Su estilo de dibujo fresco, una correcta composición de página y una narrativa clásica y eficaz terminan de redondear uno de esos tebeos que se leen con mucho agrado pese a que unos días después se hayan olvidado. Sin embargo, me temo que es evidente que muchos lectores se han podido dejar llevar por la picardía del autor, que ha dotado al tebeo de un envoltorio similar al de obras muy superiores, como las de Clowes o Ware, con una clara preocupación por el diseño de la obra, desde la portada a las páginas interiores.
Shutterburg follies es un libro de bonito embalaje que esconde un tebeo clásico del género de “investigadores aficionados”, sólido, bien hecho y entretenido, pero muy, muy lejos de la calidad y enjundia de obras de similar formato y temática, como el Ice Haven de Clowes. No es poco hoy en día hacer un tebeo de esas características, pero tampoco hay que dejarse llevar por el entusiasmo (2).

Monstruitos…

Planeta acaba de editar la curiosa versión que Neal Adams hizo hace ya veinte años de los tres grandes iconos del género de terror. Bajo el título de Monstruos, Adams pone al día los mitos de Drácula, Frankeinstein y el Hombre Lobo, enfrentándolos entre sí. Debo reconocer que en su día, cuando aparecieron serializadas en la revista Creepy a mediados de los 80, me encantaron. El excepcional dibujo de Adams, con una concepción espectacular y potente, me fascinó e impactó. Sin embargo, la relectura veinte años después ha perdido toda esa sorpresa inicial, revelando la endeblez de un guión pobre y previsible, realizado con la única intención del lucimiento gráfico del dibujante. Una exhibición de calidad que se acentúa, si cabe, en esta edición “remasterizada”, para la Adams ha redibujado viñetas, ha recuperado páginas que se quedaron fuera de la edición original y, sobre todo, ha cambiado el color, aprovechando las actuales técnicas infográficas (que no aportan mucho a los soberbios lápices de Adams, antes al contrario) y, sobre todo, eligiendo una paleta de colores muchísimo más adecuada para la historia (la edición de Creepy era una especie de locura cromática más propia de un daltónico), añadiendo además unas páginas de trabajos del dibujante para el diseño de personajes en cine.
Monstruos se queda por tanto en una flojísima historia con un envoltorio privilegiado, el impresionante trabajo de uno de los mejores dibujantes americanos de todos los tiempos (2-). (Por cierto, que ya puestos a recuperar clásicos…¿qué tal el Ben Casey de Adams?)

Solteros y treintañeros

Curiosa la historia de La teoría de los solteros. Tras el do de pecho que supuso Vivamos felices sin parecerlo, el extraordinario cuarto álbum de la serie de Mr. Jean, Dupuy y Berberian se encontraron con la necesidad de contar historias sin estar constreñidos por la limitación de páginas. La estructura clásica del álbum francés, de 48 páginas, suponía un planteamiento milimétrico de la narración, que obligatoriamente se superpone a las necesidades de la historia. Un corsé que los autores precisaban superar, dejar a sus personajes evolucionar sin esas fronteras, que fueran ellos los que marcasen los duración de la historia y no los imperativos de mercado. La teoría de los solteros se planteó como un experimento dentro de la serie, volviendo a la estructura de historias cortas de los primeros álbumes, pero sin ninguna acotación a su longitud. De hecho, se dice, se rumorea, que los autores tenían previsto que este álbum apareciese en formato libro publicado por LAssociation. Una intención que parece espantó a Humanoides, la editorial que estaba publicando la serie con un importante éxito de ventas, lo que motivó la creación de la colección Tohu Bohu, que mimetizaba las características de los libros de LAssociation y permitiría que su preciado personaje no transitase a otras editoriales (vano, intento, en unos años la serie recalaría en Dupuis).
Un previo que permite entender todavía mejor, si cabe, el excelente resultado que obtuvieron con este álbum. Los autores se sintieron liberados del “peso” del álbum y recuperaron la frescura de los primeros tres álbumes de la serie, pero con la carga de reflexión del cuarto aparecido hasta ese momento. De hecho, la acción que transcurre en este álbum se situaría a medio camino entre el tercero y el cuarto (los autores lo califican como el álbum 3.5 de la serie), centrándose básicamente en el personaje de Félix y su “crisis existencial” de los treinta. El contraste entre la soltería recalcitrante de Félix y la relación de pareja de Cathy y Jean permite a los autores reflexionar sobre el amor y el mundo de la pareja, siempre desde ese sanísimo humor que impregna toda la serie, inteligente, lúcido y mordaz. Las nueve historias que componen el álbum son un perfecto retrato de la generación de treinta y tantos, de sus problemas, neuras, filias y fobias, contadas desde la cotidianeidad, dejando abierta la reflexión del lector en esas conversaciones entre amigos en una terraza, que pueden llegar a la fascinante teoría de los calcetines apestosos de Félix. Todo sin olvidar en ningún momento cómo tomarse con humor los problemas de pareja (no os podéis imaginar qué cosas se pueden hacer con una tostadora) o las crisis creativas (o de cómo un chihuahua puede actuar de musa aplastada).
Un excelente tebeo, que supone la cumbre la serie junto con Vivamos felices sin parecerlo, en el que Dupuy y Berberian se muestran especialmente inspirados con un dibujo que transpira fuerza, vitalidad y frescura y que, además, es terriblemente divertido.
Por cierto, excelente edición de Bang, que corrigió el título previsto de “Paridas de solteros” por este mucho más acertado de “La teoría de los solteros” (lo que no entiendo es el cambio de colores de la portada, que se han intercambiado respecto a la edición francesa, que queda más bonita, todo sea dicho, aunque no tenga ninguna importancia). (4)
Enlace: proceso de elaboración de una de las páginas

Misterios e ingenuidades

La situación comienza a ser intrigante para alguien con espíritu científico como yo. Os pongo en antecedentes: agobiado por la altura que tomaba la pila de tebeos sin leer, desde hace unas semanas dedico prácticamente todo mi tiempo libre a la lectura de tebeos. Con voluntad férrea oigan, que no me muevo yo del sillón por nada del mundo y engancho un tebeo con otro cual fumador empedernido hace con los cigarrillos. Pero misteriosamente, la pila… ¡sigue en la misma altura! Algo extraño, que supera toda ley física conocida (por lo menos las que yo conozco, que son bastantes, por desgracia y por imperativo profesional) y que está comenzando a hacerme sospechar que esa pila se ha situado en algún vórtice espacio-temporal que provoca que la altura de la pila permanezca inalterable por mucho tebeo que yo lea. Las primeras ecuaciones esbozadas parecen indicar que esa altura podría ser una constante universal mucho más importante que la mismísima velocidad de la luz o la constante de Planck.
Pero mientras me dedico a mis investigaciones, os comento algunos tebeos:

Ingenuidades varias
Dos lecturas que tiene en común una visión ingenua de problemas sociales. En primer lugar, The Originals, una novela gráfica de Dave Gibbons que llegaba enmarcada en un halo de prestigiosas críticas y que, tras su lectura, me ha confirmado la debilidad de Gibbons como guionista. Un excelente dibujante, es indudable, pero que pincha sistemáticamente en unos guiones sin mordiente y que se diluyen a las pocas páginas. En este caso, Gibbons intenta entrar en el problema de la captación de jóvenes por las bandas callejeras rememorando las luchas entre mods y rockers a un futuro indeterminado. Una idea a priori sugerente, pero que resulta fallida por la poca entidad de la historia que se nos cuenta, una especie de cuento en el que la reflexión sobre el fenómeno de las bandas y la juventud que se aferra a ellas queda resumida en una ingenua moraleja. Lejos quedan las interesantes reflexiones de Coppola en La Ley de la calle o Rebeldes, o la abundante literatura que el tema ha provocado.
Gibbons estira en exceso la anécdota y, al final, la lectura de Originals se queda en comprobar la virtuosidad del dibujante, que ha simplificado su dibujo hasta conseguir una perfección casi envidiable y, paradójicamente, acercándose cada vez más a Russ Heath. (2-)

Por su parte, también me ha decepcionado el WE3 de Morrison y Quitely, una parábola sobre la experimentación con animales que se queda también en una visión ingenua y superficial del tema. El guionista deja de lado completamente sus locuras y firma un guión bastante convencional, sin aspavientos ni excentricidades, lo que se agradece muchas veces, pero en el que pierde su mayor valor: la insultante imaginación de sus propuestas. Esta historia de animales utilizados con fines militares ha sido abordada mucho antes en el cine (Proyecto X, de Jonathan Kaplan), con planteamientos de base muy similares y con la única diferencia de un tratamiento en el que la violencia es mucho más evidente, aunque el final siga siendo igual de ingenuo. Lo que resulta paradójico es que mientras el guionista se contiene, Quitely se desmelena y se descuelga con todo tipo de experimentos narrativos, que van de lo fallido a lo interesante. No es Quitely santo de mi devoción, un dibujante de calidad pero con resultados excesivamente fríos para mi gusto, pero me ha sorprendido lo atrevido de algunas de sus propuestas alguna realmente originales, como la utilización tridimensional de la viñeta, aportando una profundidad al salto entre viñetas realmente interesante. Otras, como la partición en infinitas microviñetas resultan menos afortunadas, pero siempre se agradece que un dibujante intente buscar nuevos caminos narrativos. El único problema es que la acumulación de los mismos, muy distintos en algunos casos, resta coherencia al conjunto de la obra. (2-)
Dos lecturas flojitas, pero que son salvadas por su excelente resolución gráfica.

De alucinógenos y alucinados

Después de mucho esperar, por fin se publica en forma de recopilatorios uno de los tebeos clásicos del género superheroico de los 80: la JLA/JLE de Giffen, de Matteis y Maguire.
Una década extraña para el género de superhéroes, porque parece como si los tímidos intentos de hacer madurar los temas que se tocaban en los comic-books durante los setenta hubiesen llevado a una única pregunta: ¿cómo sería un superhéroe en el mundo real? Es decir, ¿qué pensaría cualquier ciudadano de a pie de un señor que se enfunda en unos leotardos y se pone a repartir mamporros a diestro y siniestro para defender el bien? Enunciado así, la respuesta es obvia: está loco. Sólo que esa respuesta puede tener dos interpretaciones: es un psicótico peligroso y mejor encerrarlo en un manicomio o está chalado, un alucinado al que lo mejor es darle la razón y reírse con sus tonterías. Respuestas ambas que dieron lugar a dos de los mejores tebeos de superhéroes de todos los tiempos. La primera, al espléndido Watchmen de Gibbons y Moore, del que no hace falta ni hablar y la segunda a la divertidísima Liga de la Justicia Internacional de Giffen, deMatteis y Maguire, reeditada ahora por Planeta DeAgostini.
Y es que este trío de autores tuvo muy claro desde el principio que lo mejor que se podía hacer con los señores enpijamados era reírse con ellos, siguiendo a rajatabla las normas del género, pero potenciando el ridículo de las situaciones. Así, la LJI se dedicaría a salvar el mundo/universo conocido de terribles villanos, como debe ser, pero dejando entrever en todo momento la parte menos épica y más cazurra de la historia. Nada mejor que fijarse en los maestros para aprender y en esto del humor, la palma se la llevan sin duda Tex Avery y Chuck Jones, los grandes genios de la Warner. Giffen y de Matteis tuvieron claro desde el principio que el gag clásico no era suficiente, que debía mantenerse gracias a unos diálogos elaborados e inteligentes, que llevasen al lector y lo dirigiesen al momento álgido, manteniendo el ritmo de los gags, la clave del humor. Pero tenían claro también que un tebeo de superhéroes de bustos parlantes no se sostiene… a no ser que esos bustos parlantes sean algo más. Y Maguire aportó ese algo más. Un dibujante que no brillaba especialmente pero que tenía una habilidad destacada para la gestualidad facial. El ingrediente que faltaba para que el cóctel fuese perfecto. Uniendo unos diálogos chispeante y el sorprendente catálogo gestual que era capaz de desplegar Maguire, la LJI se convirtió pronto en uno de los tebeos más divertidos de la década. Poco importaba que el personaje tratado fuese un desconocido o el hierático Batman, todos tenían un lado “oscuro” que explotar. La infantilidad del capitán Marvel, el machismo de Guy Gardner, la incompetencia de Blue Bettle, la ingenuidad de Booster Gold… todos y cada uno de los superhéroes clásicos tenían un talón de Aquiles al que atacar y que permitiría un contraste que mueve invariablemente a la carcajada. Hasta el serio e imponente Detective Marciano tiene su momento de incontinencia por las galletitas Oreo. Pero era también el punto de anclaje para desarrollar una personalidad clara de los personajes, más allá del maniqueismo clásico al que estábamos acostumbrados.
Pero es que, para colmo, Maguire fue puliendo su estilo y mejorando a cada número, mientras que el tándem Giffen-DeMatteis lograba un maridaje casi perfecto a los guiones, consiguiendo con el tiempo que la serie se convirtiese en mítica. Una demostración clara de que la continuidad, el respeto a la tradición del personaje y demás factotums de los aficionados de pro son zarandajas cuando se hace un tebeo bien y con el que disfrutar.
La LJI es uno de esos tebeos para divertirse sin ningún tipo de prejuicio. Da igual que se hayan leído tebeos de superhéroes antes o no. Las risas están aseguradas. (4)

Y ojito también al tercer volumen del Cuarto Mundo de Jack Kirby, que comienza con el delirante Forever People, una especie de transposición de los principios de la cultura hippy a la filosofía megaloépica del alucinógeno universo Kirbyano. Una marcianada, estoy de acuerdo, pero en manos de Kirby vuelve a ser una apuesta apasionante si consigues entrar en sus reglas. Y si no lo consigues, aún así vale la pena comprar este volumen por la primera de las historias, perfecto ejemplo de uno de los momentos más kafkianos de los ejecutivos de DC, que decidieron que “el Rey” no dibujaba a Superman acorde con los cánones estéticos impuestos por la compañía y sustituyeron sus dibujos por otros que siguiesen el estilo de Curt Swan. Autores clásicos como Al Plastino o Murphy Anderson corrigieron todas las apariciones del kryptoniano para que tuviese una apariencia más “coherente”, logrando uno de los pastiches más alucinantes de la historia de DC.

Eisner vs. Miller (again)

La publicación del libro EISNER/MILLER de Dark Horse me daba pánico. Y no era para menos tras la horrenda traducción del Comic Shop Talk que publicó Norma hace unos meses, masacrando un excelente libro. Afortunadamente, Norma ha sabido reaccionar y ha encargado la traducción a Raúl Sastre, uno de esos traductores que cuida su trabajo. Por lo menos, ha demostrado salir airoso de complejas traducciones y saber de tebeos, que es lo menos que se puede pedir en estos casos. Así que, aun no habiendo leído la edición en castellano todavía, me atrevo a augurar que no se volverán a dar los errores de antaño (a ver si Norma se atreve a una segunda edición del Shop Talk…, pero traducida por Sastre).
Y respecto al libro, os corto y pego lo qu eya dije en su día de la edición americana:

Maravillado estoy con la lectura del libro EISNER/MILLER, publicado por Dark Horse y que contiene una larguísima conversación entre dos monstruos de la historieta: Will Eisner y Frank Miller. Dos autores que debaten sus ideas con absoluta libertad y que hacen un lúcido repaso a todo aquello que tiene que ver con la historieta, desde los aspectos creativos a los industriales. Un choque de titanes de dos autores que mantienes posiciones enfrentadas en muchos casos, pero que nunca ocultan el respeto casi reverencial que se profesan mutuamente y que favorece que todos y cada uno de los temas que se tratan obtengan resultados interesantes. Pero tampoco hay que olvidar que, además, ambos tienen en común una incontenible pasión por los tebeos. Una pasión que se destila en todas y cada una de las páginas, en las que comprobamos que tanto en la faceta de creadores como en la de lectores, los dos autores son expertos consumados. Es difícil resaltar algo de este libro en particular, ya que todo él es un manual perfecto para entender la historieta y su mundo.

Adiós Moebius, bienvenido Mr. Giraud

Es curioso, pero la lectura de Dust, la esperada conclusión de la saga de Mister Blueberry me ha producido más reflexiones sobre el propio Jean Giraud que sobre la serie. Que no se me malinterprete, es un excelente colofón a una saga más que interesante, con algunos momentos verdaderamente geniales (como el duelo en el OK Corral), pero también con algunos problemas de ritmo a la hora de compaginar simultáneamente la revisión del mito de Wyatt Earp con el recuerdo de la historia del encuentro del joven Blueberry con Gerónimo. Un ciclo afrontado en solitario por el dibujante y en el que muy pocos tenían esperanzas. Reconozco que yo mismo dudaba de la capacidad de Giraud a la hora de aislarse de las locuras de Moebius para afrontar este ciclo. Pero debo admitir que me ha sorprendido con un sólido guión, en la mejor tradición del western y muy alejado de las excentricidades edenistas a las que nos tenía acostumbrados.
Pero como decía al principio, creo que este Dust esconde claves sobre la dualidad Moebius/Giraud. Con casi 70 años, Giraud sigue teniendo un pulso increíble, con viñetas y páginas de una calidad soberbia, pero parece como si la vejez le hubiese llevado a reflexionar sobre su larga carrera y a elegir Blueberry como su gran obra, su verdadero alter ego. O por lo menos es lo que se puede deducir de una viñeta en la que el autor habla claramente a través de uno de sus personajes. En la página 31, el periodista Campbell, dedicado a escribir las aventuras de Blueberry dice “El incidente de ayer tendrá al menos un mérito: ¡El de hacer que me haya dado cuenta de lo mucho que dependo de nuestra historia!¡He tomado una decisión Blueberry!…¡Llegaremos hasta el final!”. Y justo al final del bocadillo, la firma de Giraud, como refrendando una por una las palabras. Parece como si Giraud hubiese sentenciado el final de la dualidad, relegando a Moebius para dedicarse en exclusiva a este nuevo Blueberry, que deja todas sus alforjas para comenzar nuevas aventuras al grito de “Estoy arruinado, ¡pero vivo!” . Un final abierto que explica claramente esa portada de un Blueberry desafiando al lector. Toda una declaración de intenciones que demuestra que Giraud ha superado la falta de Charlier para volver con fuerza a lo que sin duda es una de las mejores series de la historia. (4-)
Bienvenido Mr. Giraud.

Polvorones y zombies

Joer lo que pesan los atracones prenavideños, esa especie de entrenamiento previo que permite la máxima distensión de los músculos estomacales, a los que someteremos a tensiones extremas durante estas dos semanas. El problema es que una tarea tan intensa y desmedida provoca un caudal brutal de sangre a la zona digestiva, que suele salir de ese órgano tan poco usado estos días llamado cerebro. El resultado es una sensación de obnubilación constante, similar a la relatada por Huxley en su día sin más que cambiar lo de “soma, soma” por “polvorón, polvorón”, que no descarto yo que el amigo Aldous tuviese alguna referencia de las delicias estepeñas.
Claro, os podéis imaginar que en esa situación, lo de actualizar La Cárcel de vuelve algo difuso y lejano, utópico casi. Pero servidor ha podido vencer a todas las tentaciones y heme aquí, dispuesto a la hablaros de algunas lecturas.

Y ahora, los zombies…
Me gustan los zombies, no lo puedo negar. Es un género que siempre me ha atraído, desde sus mejores versiones cinematográficas, con Romero y Torneur a la cabeza, a las más abyectas series Z que uno pueda imaginar. Sin embargo, en cómics el género no ha sido muy pródigo, y cuando lo ha sido, casi mejor olvidarlo. Por eso la llegada de Robert Kirkman ha insuflado un aire fresco y de lo más agradable. Primero, con la serie de Los Muertos Vivientes, de la que Planeta DeAgostini acaba de publicar su segundo volumen. Género bien, hecho, deudor directo de la concepción del género que Romero marcó en La Noche de Los Muertos Vivientes y, sobre todo, en Zombi, que se centra en las relaciones personales en momentos de desesperación y opresión. Los zombies son tan sólo una buena excusa para estudiar el comportamiento humano cuando se rompen todas las normas. Este segundo volumen es un excelente ejemplo, con esa granja aislada que todavía cree en el poder de los buenos sentimientos en un mundo que ha perdido el norte. Lástima, eso sí, del cambio de dibujante, porque Charlie Adlard está a años luz de Tony Moore, y eso que éste no era lo que podemos llamar un virtuoso (2+).
Ahora que si Los Muertos vivientes es una buena serie, con la que me he podido reír hasta decir basta es con el primer número de Marvel Zombies, la extravagante versión que Kirkman se ha sacado de la manga de los grandes héroes Marvel. Sin necesidad de explicar porqué, los grandes héroes como Spiderman, Thor, el Capitán América y muchos más aparecen como zombies, aislados con Magneto, el único que todavía no ha sucumbido a la plaga zombie. El resultado es una tebeo abiertamente gore y paródico, en el que Kirkman se ríe a gusto de los personajes con una frescura y atrevimiento de lo más recomendable. Escenas como el desmembramiento y deglución del amo del magnetismo son geniales, pero los diálogos posteriores de estos zombies no tienen desperdicio (vale sí, si somos puristas los zombies no deberían ser inteligentes, pero esta pequeña digresión es fundamental para alcanzar los objetivos que Kirkman parece buscar). Un Daredevil que pierde literalmente su corazón y no lo que le hizo Kingpin o un Banner que sufre como nunca los excesos de Hulk son momentos que no se olvidan fácilmente. A lo que hay que añadir un Sean Philips que se lo pasa pipa dibujando descuartizamientos varios. Un tebeo para aquellos lectores de Marvel que no tienen inconveniente en divertirse a gusto a costa de sus personajes favoritos. (2+)

Sueños rotos

El Solar de los Sueños, de Hideji Oda es una de esas obras que camina por el delicado filo que une el mundo de lo onírico y la realidad. Renei, la joven protagonista, es una estudiante de Bellas Artes que vive inmersa en un mundo propio donde sueños, pesadillas y realidad se confunden a cada paso. Sus inseguridades como artistas y sentimentales se ven perturbadas por los recuerdos de allegados que fallecieron y que vuelven repetidamente en sus sueños. Los fantasmas de su hermano y su amiga de la infancia, Kaya, parecen guiar a Renei a un sendero de locura, del que sólo puede salir a través del arte, su forma de comunicarse con el exterior. Oda juega con una narración en la que nunca sabemos exactamente dónde se encuentra: sus sueños parecen reales, la realidad tiene momentos imaginarios…la vida de Renei es un desfile de recuerdos que toman tridimensionalidad para interferir en su razón, llevándola a la orilla del delirio. Un planteamiento sugerente y, a priori, muy complejo, que por desgracia naufraga en su propia ambición. La mezcla de mundo real e irreal llega a confundir y a sacar al lector en algunos momentos de la lectura, con saltos temporales y espaciales tan bruscos que desorientan y favorecen la pérdida del hilo narrativo, a lo que se añade un dibujo que favorece la ambigüedad entre algunos personajes. No dudo que el objetivo del autor sea precisamente producir en el lector esa sensación de pérdida de rumbo, pero en una apuesta tan arriesgada como El Solar de los Sueños, perder el timón de la narración, aunque sólo sea en una viñeta, puede causar un quebranto irreparable del conjunto. Tras la lectura de este álbum, me queda una sensación agridulce, de buenas intenciones que no han llegado al puerto que se esperaba. Hay buenos y sólidos momentos en la lectura de este álbum, sobre todo aquellos que buscan crear una atmósfera de fuerte lirismo roto por la entrada violenta de la realidad, pero que en su conjunto no logran cimentar el relato. En cualquier caso, se agradece siempre esa ambición por intentar cosas nuevas, aunque no cuajen. Un autor a seguir en el futuro. (1+).

Califa en lugar del califa

Paradójico. Mientras que Uderzo está en España promocionando un álbum que hace flaco favor a la memoria de Goscinny, llega a los quioscos el primer número del coleccionable de Iznogoud, una de las grandes obras del gran guionista francés. Una serie que siempre se ha visto en este país como la “hermana pequeña” frente a iconos como Asterix o Lucky Luke pero que despliega algunos de los mejores momentos de la afilada pluma del guionista. La sed continua de más poder del cascarrabias visir Iznogoud, deseoso siempre de tomar el lugar del califa es una delirante y ácida crítica del poder y de la famosa “erótica del poder”. Mientras que la mayoría de los personajes de Goscinny, de Asterix a Oumpa-pah, son héroes en el sentido más clásico, Iznogud representa el lado oscuro. Envidia, ambición, codicia, egoísmo, avaricia… las “virtudes” del visir son un perfecto retrato de lo peorcito del ser humano, pero que en manos de Goscinny son bumerangs que se devuelven como despiadadas críticas contra esos mismos conceptos, amplificadas por el socarrón humor del francés.
La primera entrega de la serie comienza con historias cortas que apenas dan una buena medida de hasta dónde llegó esta serie, siempre dibujada por el genial Tabary, un excelente dibujante seguidor de la escuela de Franquin que supo dotar de una genial expresividad a los gags de Goscinny.
La edición de Planeta DeAgostini sigue la anterior de Grijalbo, incluyendo los colores desvaídos y desaturados de aquella edición…Eso sí, por 2.95EUROS es una excelente oportunidad de comenzar a conocer esta gran serie.

Ciudad de cristal

No se puede decir más de lo que está dicho sobre la sensacional Ciudad de Cristal de Paul Auster. Una novela que, por lo menos a mí, me dio a conocer a este escritor y supuso el comienzo de una larga relación, en la que cuento como lecturas todos y cada uno de sus libros. Con sus más y sus menos, como debe ser en una relación ya casi conyugal, que se mantiene dentro de esa fidelidad cotidiana, donde el lector sabe lo que va a obtener del autor y el autor sabe dar lo que el lector busca.
Pero de lo que se puede decir, y mucho, es de la excepcional adaptación de Karasik y Mazzucchelli. Trasladar al lenguaje gráfico la novela de Auster era una tarea realmente compleja. Auster es un escritor difícil, que busca la complicidad del lector, que estimula su reflexión y su inteligencia, que le obliga a crear mundos propios. Su paso a la historieta podía quedar tan sólo en la superficie de una historia supuestamente de género negro, perdiendo toda la carga reflexiva que hay detrás de esa búsqueda infinita, del juego de palabras de Quinn/Auster. Spiegelman supo elegir a un autor con un estilo adecuado al tono de la historia, pero acertó de lleno cuando sugirió el trabajo conjunto de Karasik y Mazzucchelli. Karasik estudió una propuesta fascinante de narrativa gráfica para la obra de Auster, una estructura que toma la página como unidad narrativa, como elemento básico que es a su vez subdivido en una arquitectura férrea de nueve viñetas por página. Sobre ella, se construye una narrativa en la que el texto e imágenes corren de forma paralela, tomando el primero el timón de la realidad para dejar al apartado gráfico la interpretación. Dos caras de una misma moneda pero que permiten captar a la perfección el espíritu de la obra de Auster: por un lado, el juego de espejos de la falsa historia de detectives, por otro, la sugerente motivación de la búsqueda intelectual. A partir de ahí, el despliegue de recursos narrativos no se puede calificar de otra forma que no sea de brillante. Desde los más nimios, como ese bocadillo que se sumerge en la garganta de Peter Stillman, produciendo un efecto chocante y desasosegador en el lector, a los más complejos, como la paulatina ruptura de la estructura compositiva de la página que acompaña a la caída en la locura de Quinn. Os recomiendo que os sumerjáis en la propuesta de Mazzucchelli y Karasik, que comprobéis hasta qué punto está cuidada la composición, la elección de planos, el ritmo y la cadencia. No hay nada dejado al azar.
Ciudad de cristal es todo un ejemplo de cómo la narrativa gráfica es algo más que una simple secuencia de imágenes. Es la constatación de la potencia del lenguaje de la historieta para conseguir transmitir más allá de una historia, para hacernos llegar sensaciones, para estimular nuestra reflexión y nuestra imaginación. (4+)
Una verdadera lástima que Anagrama no haya cuidado la edición, limitándose a usar el mismo formato y características que los libros de la colección Panorama de Narrativas. El resultado es un papel que transparenta las historias, en el que el negro apenas tiene fuerza y se torna gris… a lo que hay que añadir una elección para el dibujo de portada cuanto menos, poco acertada. Afortunadamente se respeta bastante el tamaño de la edición original, una preciosa edición de Neon Lit en la que se buscaba el aspecto de una novela popular de misterio. Esperemos que, si es cierto que Anagrama sigue apostando por el tebeo, sus siguientes ediciones mejoren la calidad.

Ráfaga de reseñas

Como vienen muchas lecturas, hay que resumir, así que os hago reseña rápida de algunos tebeos que forman parte de series ya ampliamente comentadas por aquí:
Shade 3, de Milligan y Bachallo (Planeta deAgostini). Comienza por fin lo mejor de la serie, que siguiendo su extraña evolución cronológica, deja atrás los delirios lisérgicos de los 70 para entrar en la América de los 80, la época del nuevo conservadurismo de Reagan. Pero, a la vez que desata sus lacerante crítica contra esa américa profunda conservadora y puritana, se inicia también una exploración de los tres personajes principales, comenzando con Shade, que debe enfrentarse a su alter ego humano. Milligan se asienta en el guión y demuestra que es capaz desarrollar personajes vitales, complejos, contradictorios, difíciles… humanos. La saga American Scream comienza a dar lo mejor de sí (3+).
20th Century boys #12, de Naoki Urasawa (Planeta deAgostini).Impresionante. Alucinante. Increíble. Qué habilidad para desarrollar paralelamente las tramas en tiempo y espacio, confluyendo lentamente y obligándonos a seguir su ritmo hasta esa última viñeta que, en el fondo, deja completamente abierta la historia. Urasawa vuelve a ejercer de prestidigitador de la narración con una maestría incontenible. Una extraordinaria serie (4).
Kane 5, de Paul Grist (Dolmen). Lloros desconsolados ante lo que es la última entrega, hasta el momento de esta serie. Grist vuelve a demostrar su portentoso dominio de la narración en esta impecable serie de género negro. Tramas múltiples, personajes carismáticos, todo hilvanado con precisión de relojero. No es Grist un experimentador, sino un sabio oficiante que toma los recursos del medio y los exprime hasta sacarles la última gota de su jugo. Ya lo he comentado muchas veces: una de las mejores series negras de los últimos años. No os la perdáis (4-).
Las cosas de Alex y Ana 2, de Ales (autoeditado), es el segundo recopilatorio de las tiras que publica Ales en su página web sobre su vida en pareja. Es casi irresistible la comparación con la creación de Fontdevila, pero sería una gran injusticia. Primero porque Fontdevila ha recorrido ya un largo camino que lo coloca como uno de los grandes autores españoles actuales, mientras que Ales tiene todo ese camino todavía por andar. Y segundo, porque las tiras de Ales tienen el desparpajo y la frescura de quien hace algo para pasar un rato, jugando con el formato y aprendiendo, más como una especie de diario personal que como una serie “profesional”. Y como en toda vida, hay de todo, como en botica, pero un buen ratillo se pasa leyéndolas. (1)

¿De donde se nace o de donde se pace?

¿De dónde es uno?… La pregunta no es baladí, y en ella se encuentra, posiblemente, esa manía que tiene el ser humano de anteponer su terruño al del vecino, por feo, pequeño y rastrero que sea. Da igual, lo de uno es mejor y punto. Pero tranquilos, que no es mi intención levantar un debate de esos encendidos que a veces se dan en los comentarios, más en estos tiempos que corren de sensibilidades a flor de piel. Viene el razonamiento por el excelente álbum editado por Ponent-Mon, Japón, una visión del país del sol naciente por parte de diecisiete autores, algunos nativos, otros extranjeros. Una original idea que permite enfrentar la visión propia de la tierra con la del ojo ajeno. Una primera que suele idealizar los aspectos más vacuos y sencillos, la segunda la que suele ensalzar precisamente los aspectos más anecdóticos. Curiosa coincidencia o disidencia, según se vea, pero que contrapone radicalmente las conclusiones. Mientras que para el primero siempre será su casa, su hogar, para el segundo supone el descubrimiento de culturas extrañas y lejanas, de algo que se ve como una especie de acontecimiento extravagante. Así por ejemplo, las historietas de Sfar, Crecy, Neaud o Aurita son un goce visual, un deleite de nuevas experiencias que transmiten al lector con una alegría y frescura impresionante (sobre todo Aurélia Aurita, ¿para cuándo una versión en castellano de la maravillosa Ángora?). Sin embargo, autores como Taniguchi, Igarashi y sobre todo, Matsumoto optan por un camino intimista, más ligada a sus recuerdos y a sus creencias. Ya sea por el recuerdo nostálgico de un momento de la niñez en el primero o por una leyenda de tradición oral en el último, su visión parte del recuerdo, de esa idealización que comentaba antes que se centra en los pequeños detalles: un pasaje casi olvidado, un cuento oído de niño…
La lectura de Japón permite un ejercicio curioso, el de ponerse en la piel del visitante y del vecino, sacando lo mejor de ambos, pero con una perspectiva alejada, la del lector, que se convierte así en una especie de testigo callado de dos conceptos tan lejanos. Y debo añadir que es un resultado apasionante y sorprendente, fructífero y rico como pocos. Recomendabilísimo (3+).

HUMO (negro)

De Juanjo el rápido siempre se pueden esperar cosas buenas. Tras sus últimas experiencias, Idiota y diminuto y TOS, es evidente que este hombre tiene gusto y sabe lo que quiere, por lo que HUMO no sorprende a los que seguimos su trayectoria. Diseño exquisito para una serie de firmas solventes que exploran la vanguardia gráfica. Este primer número tiene pequeñas maravillas como las de Toño Benavides, Lola Lorente, Jali o Juan Berrio, espléndidos como siempre. Gamberradas como las de Lorenzo Gómez, explotando una vis cómica que ya se dejaba ver en sus historietas; o un Santiago Valenzuela que explora historias levíticas para conseguir una de las historias más profundas y personales que recuerdo en años.
No se puede objetar nada a la selección de autores y, mucho menos, a sus historias.
Sin embargo, creo que el mayor problema que tiene HUMO es precisamente la falta de sorpresa, todo lo que encontramos en ella es la prolongación de las anteriores experiencias, encallada quizás en las tranquilas aguas de quien sabe que tiene un equipo de mucha calidad. Pero de una revista como HUMO se debe esperar muchísimo más, se debe evitar ese paradójico conservadurismo que contrasta con la radical búsqueda gráfica de sus autores. Creo que es casi exigible que una revista de estas características explore nuevos caminos, que abra sus páginas a nuevos autores y autoras. Aunque soy admirador irredento de la mayoría de los autores que publican en este número de estreno, creo que la lectura de HUMO deja el regusto amargo de lo “ya visto” (ojo, repito, no por las historias, en general excelentes, sino por la línea de la revista).
A mi entender a HUMO le falta el espíritu combativo de un Nosotros Somos Los Muertos, esa obligación de superación constante, de saltar sin red.
Es evidente que HUMO es una apuesta personal, en la que nadie se va a hacer millonario, ni director, ni editor ni autores, pero precisamente por eso, por esa falta de presión, hay que probar el tripe mortal sin red.
Queda mucho por delante y, con Juanjo detrás, todavía hay sitio para ese triple. E incluso cuádruples.
Eso sí, independientemente de esta sensación, que es una opinión personal, lo que es objetivo y para dar collejas hasta decir basta es la pésima calidad de reproducción. Sorprende muchísimo que el cuidado diseño haya sido masacrado en imprenta, con todos los grises quemados de forma salvaje. Es para llorar ver como lo que parece una preciosa historieta de Raquel Alzate se convierte en un seguido de viñetas negras en las que no se ve nada (¡pero si parece el Jinx!), o cómo los trazos de Toño Benavides se han convertido en brochazos… mas que delicado HUMO, parece como si un alud de carbón hubiese caído sobre la revista. Una verdadera pena porque creo que es la primera vez que veo algo así en esta editorial.

Máscaras

Es imposible no ver reflejado a David Rubín en El circo del desaliento (Astiberri). Sus viñetas están llenas de rabia, de fuerza incontenible que nos agrede desde sus dibujos. Leer sus historietas es luchar contra él, contra esa fuerza que nos con su dibujo vital, enérgico, que nos hace luchar ante el terremoto de sus páginas. Un vendaval, como bien califica Carlos Portela, que me atrevería a subir a la categoría de huracán desatado.
Toda una violencia arrebatadora que contrasta brutalmente con sus historias, personales, íntimas, que salen de dentro de su corazón con la contradicción de la ternura en un envoltorio salvaje. Historias cortas en las que Rubin bascula siempre sobre un denominador común: las máscaras. La necesidad de ocultar su verdadero yo, de esconderse tras el disfraz, toma forma en cada una de sus historias, expresándose a través de ese enfrentamiento radical entre forma y fondo, entre exterior e interior. El dibujo es nervioso y vivaz, pero sus diálogos son tenues y sentidos, perfecto paradigma de ese combate interior que parece invadir todas y cada una de las páginas de esta obra, en reflejo casi perfecto de un autor que no puede evitar volcar en su obra sus miedos e incertidumbres.
Leer El circo del desaliento es pasear por una mente torturada ante su propio reflejo, consciente de que está atrapado en un cuerpo del que no puede salir, como el protagonista de la brillante “Que se lo coma el salitre“, una persona que sólo tiene la salida de esconderse tras la máscara como en la triste “Donde nadie puede llegar” que abre el álbum, sabedor de que la vida sólo le da esa oportunidad. Todos los protagonistas de estas historias se nos antojan uno sólo, un David Rubín que debe colocarse la máscara de otro David Rubín, el dibujante, el que a modo de superhéroe le salva del naufragio, de la caída infinita, en un exorcismo de sus demonios interiores, de esos dragones amenazantes que vuelan a su alrededor.
Quizás lo único que se puede objetar a este álbum es que esa compulsión creadora se vuelve muchas veces en contra del propio autor. Su innata capacidad narrativa se ve frenada por un dibujo que muchas veces parece inconexo, poco terminado. Absorbe como una esponja influencias que van del manga a los autores de LAssociation, pasando por Javier Olivares y Miquelanxo Prado, pero parece como si los lápices y la tinta frenasen al autor, como si su pensamiento estuviese demasiado por delante de lo que dibuja y tuviera un afán desmedido por acabar rápido la viñeta para poder enfrentarse a la siguiente. Ese impetuoso impulso pasa factura en algunos momentos a David, impidiendo redondear un álbum que, pese a todo, es tremendamente recomendable. (3-)

Corta y pega (again)…

Como servidor es muy hacendoso y reseña casi todo lo que se lee, resulta ahora que, entre la marabunta de novedades, hay muchas que en su día comenté tras su lectura en su idioma bárbaro de procedencia. Como además la base de datos evoluciona lentamente hasta conseguir que funcione al 100%, nada mejor que aprovechar esa maravilla del copypasteo para reciclar reseñas.
(Y sí, es lunes y no tengo ganas de mover un dedo tras la maravillosa semana de acueductos que hemos pasado, ¿qué pasa?)
Planeta acaba de publicar el primer volumen (de dos) del New Frontier de Darwyn Cooke, una obra que reseñé en su totalidad en su día y que tras su relectura me sigue pareciendo completamente válida, sobre todo en lo que se refiere a este primer volumen, de lejos el mejor de los dos que componen la obra y que recopila los primeros tres números de la miniserie de seis comic-books.

The New Frontier, de Darwyn Cooke. Por fin termino de leer el gran proyecto de Cooke para DC, una revisión del universo DC pre-crisis (bueno, más exactamente de la famosa Silver Age) en el que hace repaso a todos los grandes grupos y personajes de este universo. Se puede hacer un paralelismo bastante claro entre esta obra y el Marvels de Busiek y Ross, ya que ambas comparten esa visión rendida del fan que se queda subyugado por sus lecturas juveniles. Sin embargo, existen diferencias que, a mi entender, hacen mucho más interesante este New Frontier de Cooke.
Es cierto que, en los dos casos, la lectura del tebeo será mucho más gratificante si se tiene un conocimiento previo de los universos respectivos, que permitirá al lector revivir momentos clásicos. Sin embargo, mientras que Marvels parece más una concatenación de homenajes, en The New Frontier hay un intento mucho más elaborado de intentar contar una historia que vaya más allá del homenaje. Existe un mayor acercamiento a los personajes, un mayor desarrollo y un intento claro de dotarles de nuevos matices que no tenían sus originales. Una labor que se observa sobre todo en los tres primeros números de la colección, excelentes, donde Cooke desarrolla además un ejercicio narrativo impresionante, sorprendiendo con la composición y el ritmo, algo que en Marvels se veía completamente supeditado a las visiones épicas de Alex Ross.
Pero es precisamente ese intento revisionista del Universo DC el mayor problema al que se enfrenta The New Frontier. Al querer abarcar todos los grandes personajes del UDC, hay un momento en el que la opción narrativa que usa Cooke se convierte en una seguido compulsivo de saltos entre escenarios y acciones que llegan a hacer que la lectura sea confusa y poco fluída en los últimos dos números, de forma que toda la estructura cae por su propio peso, con un final bastante deslucido. Una verdadera lástima, porque los tres primeros números de la serie son una excelente lectura. Queda, eso sí, el sólido desarrollo de personajes y el riesgo en la narrativa, que se agradece mucho en estos tiempos de efectos especiales incluso en los tebeos.
Un (3) para el primer volumen, un (2+) para el conjunto de la obra, es decir, una compra más que recomendable.

Tebeos para niños

Hay que recuperar el tebeo infantil. Sé que me repito más que un capítulo de Los Simpsons en Antena 3, pero es lo único que servidor puede hacer, repetirlo hasta la saciedad hasta que alguien se entere.
El problema es que recuperar el tebeo infantil no es poner un cartelito en la portada que ponga “para niños” o hacer tebeos para seres unineuronales. Hacer tebeos para niños es quitarse esa enfermedad llamada adultez de encima y proponerle al niño hablar de tú a tú, sin cuestionar su inteligencia y sabiendo sus gustos y aficiones. Las del niño de hoy, no las del niño que nosotros recordamos que éramos, que esa es otra afición del adulto, pensar que sus edulcorados recuerdos de la infancia son trasladables a la infancia de principios del siglo XXI.
Quizás por todo eso (o porque cada vez es más difícil seducir al ser humano para que lea, quién sabe), editar tebeos dirigidos al público infantil hoy es una tarea arriesgada y casi heroica, por lo que el estreno de la colección de tebeos de Faktoría K de Libros con dos tebeos para niños es una gran noticias. Más si los tebeos son de la calidad de Fiz y Astro, los elegidos para el debú.
De Fiz nos Biosbardos, de Kiko Da Silva poco más puedo decir de lo que en su día comenté para la edición en gallego de BDBanda, un divertidísimo álbum que sabe conectar perfectamente con los niños hablándoles en su lenguaje y buscando sus inquietudes. Casi mejor, corto y pego lo que ya dije (con algunas modificaciones) y vosotros juzgáis (ya, lo sé, soy un vago, pero Kiko es amiguete y seguro que me lo perdona…:)):
Fiz nos Biosbardos, de Kiko Da Silva es un inteligente álbum dirigido hacia el público infantil que se regodea en la especial querencia hacia lo escatológico que tienen los niños, dando vida en un divertidísimo álbum a cacas, mocos y demás elementos de dudoso gusto para el adulto. Kiko demuestra no haber olvidado su niñez y al grito de ¡Caca, Culo, Pedo, Fiz! despliega buenas dosis de humor basado en las perrerías que es capaz de imaginar Fiz, el niño protagonista. Cacas que se suicidan echándose al paso de viandantes, mocos que toman forma fantasmal, gastronomía del moco… las anécdotas no son especialmente higiénicas, pero no se les puede negar que mueven a la sonrisa gamberra, que despiertan ese niño que parece muchas veces muerto y enterrado por nuestra conciencia adulta, lo que se agradece.
Muy divertido, aunque no sé yo si los padres estarán muy de acuerdo con que Fiz sea un ejemplo para sus niños… . A destacar la cuidada edición, con entrevista al autor y extras. (2+)
Astro, de Javier Olivares, recopila por primera vez en castellano la serie aparecida en la revista infantil Tretzevents (ay! esa es otra, la contínua y larga tradición de publicaciones infantiles en catalán, como Cavall Fort o Tretzevents… envidia cochina oigan) que cuenta las aventuras y desventuras del joven explorados espacial Astro. Una divertida serie que mezcla referentes que van desde la obvia de Los Supersónicos de Hanna-Barbera a toda la serie B de películas de ciencia-ficción pasando, como es obvio y lógico, por la mejor tradición de los tebeos de ciencia-ficción de toda la vida. Olivares toma los elementos clásicos que podemos encontrar en los tebeos de la EC o de Warren y, alambique de sus pinceles en mano, los sintentiza hasta dejarlos en su espíritu más puro, los desnuda de sus adulteces para reducirlos a una esencia de ingenuidad y curiosidad que cualquier niño puede entender y gozar. El retorcido trazo del creador de La estrella legumbre se suaviza y simplifica, pero no pierde en ningún momento su tradicional elegancia y creatividad, consiguiendo la difícil tarea de divertir al niño y permitir el deleite visual del adulto. (2+)

¿La mejor serie española de la década?

Si en la cuarta entrega decía que me descubría ante él, ahora no puedo más que arrodillarme y adorar a mis nuevos ídolos: Santiago Valenzuela y su titánica saga del Capitán Torrezno. Su última entrega, Capital de Provincias del Dolor es un sólido y excepcional cierre a este primer arco argumental sobre el asedio de Deneim, la ciudad que acoge al aguerrido Torrezno. Como en la anterior entrega, Valenzuela capta al lector con la vorágine de la batalla, pero distribuyendo con sabiduría la acción de la trama principal con un argumento que va ascendiendo poco a poco y que nos va dejando pistas sobre cómo continuará la serie. El extraño mundo en miniatura del sótano comienza a darnos trazas sobre su pasado y razón de su existencia, pero también nos proporciona un sorprendente giro argumental soterrado que comienza a entreverse sobre la figura de Shogun, el férreo enemigo de Torrezno en la cruenta batalla que se nos narra.
Valenzuela ha edificado un mundo de una coherencia excepcional, pleno de referencias que van desde la filosofía a la cultura popular, convirtiendo a esta hercúlea obra en una especie de reflejo reducido de la historia de la humanidad. Nada en Torrezno está sujeto a la improvisación, cada detalle tiene su razón de ser, cada escena forma parte de un encaje milimétrico de precisión que será necesario en posteriores momentos, cada frase es una reflexión que más tarde cobrará sentido. Un planteamiento inteligente que se conjuga con una imaginación desbordante en un cóctel que no tiene análogo en el cómic español (y europeo) de la última década, que está llamado a convertirse en una de las obras más importantes del tebeo español de todos los tiempos.
Es imposible abarcar en una simple reseña la apasionante complejidad y perspectiva de esta serie, que ha ido ganando en cada entrega en calidad y sorpresa. Sólo os puedo decir una cosa: ¡leedla ya! (4)
Reseñas anteriores:
Extramuros (entrada del Viernes 19 de Noviembre)
Limbo sin fin (entrada del Sábado 29 de Noviembre)
Escala Real (entrada de 12 de Febrero)

Entretenimiento a raudales

Lo llevo diciendo desde hace mucho tiempo: es admirable la coherencia con que Joseba Basalo está dirigiendo Aleta. Sin mucho ruido y sin aspavientos, Joseba está acumulando un catálogo en su editorial donde el objetivo está clarísimo: entretenimiento digno, que no engaña al lector con disfraces de ningún tipo. Ya sea con los títulos de Bonelli o de Image, Aleta acerca al lector obras que tienen como finalidad pasar un buen rato con los tebeos. No hay ni obras maestras ni lecturas que perduren en el tiempo, pero sus tebeos son la elección adecuada cuando uno quiere sencillamente divertirse sin mayores pretensiones. Buenos ejemplos son algunas de las obras publicadas para la Expocómic, comenzando por la descacharrante nueva entrega de Savage Dragon, donde Eric Larsen da rienda suelta a su vis cómica y consigue una particular visión de lo que es la vida familiar de un superhéroe al mejor estilo “King” Kirby. Larsen es tremendamente hábil a la hora de conjugar su personaje la mejor tradición clásica con un sano sentido de la autoparodia, un sanísimo humor que se agradece y hace la lectura de este Savage Dragon un agradable momento (1+). Lo mismo se puede decir de la nueva serie que edita Aleta, Dampyr, un tebeo de vampiros al más puro estilo Bonelli. Quizás su principio es demasiado titubeante, pero que ya desde este primer número cuenta con las claves de todos los personajes Bonelli: oficio y ganas de entretener (1-). Dos series que son un buen ejemplo del trabajo callado de esta editorial, que saca con puntualidad y profesionalidad sus tebeos (ojito eso sí, a algunos fallos sin importancia en la edición de Dampyr), consiguiendo que alguna grande enrojezca en comparación.

Loustal

Sigo con las lecturas, y la siguiente era también más que evidente: Hermoso mar de china, de Loustal, un autor que tengo en mi lista de autores fetiche, quizás sin obras espectaculares, es cierto, pero con una capacidad mágica para dejar siempre un sabor de boca especial tras la lectura de sus tebeos. Loustal es hombre de pocas palabras, de pequeñas anécdotas, acciones ligeras, casi insinuadas, que dejan siempre recovecos por los que el lector se introduce y deja su impronta. Buen ejemplo son las dos historias de Hermoso Mar de China, omnipresente mar que las envuelve y protagoniza en un segundo plano constante, pero delicado, apenas intuido. En ambas historias Loustal se nos presentan protagonistas que esconden vidas que nunca sabremos, que apenas entrevemos: el asesino que antes había sido acróbata, una mujer de la que sólo sabemos que debe ser muerta por el anterior, quién sabe el porqué; un marinero de pesadilla recurrente con pangolinos, un famoso psicólogo que esconde secretos desconocidos…personajes todos fascinantes, que estimulan la imaginación del lector ante las posibilidades futuras y lo dejan ávido de nuevas historias, de nuevos argumentos que deberá explorar él mismo. Todo con el siempre primoroso dibujo de Loustal, de estilo simple, de líneas gruesas que delimitan con elegancia las formas que son matizadas con pinceladas de color de extrema calidez. Hermoso Mar de China es un precioso álbum que nos deja entrar parcialmente en historias que se antojan apasionantes, apenas mostrando unos pequeños ribetes, la periferia de una historia que se esconde tras las páginas y que sólo nosotros podemos completar. Toda una invitación a imaginar. (3+)
Por cierto, no os perdáis el “making off” de este álbum…

Onliyú

La primera de las lecturas de la inmensa pila de novedades estaba decidida desde hace mucho, desde el primer día que se anunció: Onliyú, memorias del underground barcelonés, primer capítulo de la vida y obras de Onliyú, protagonista en primera persona de esa época y responsable de la mejor etapa de la revista El Víbora, donde daba cumplida cuenta de su genialidad en la obligatoria sección Komekomix con la que se iniciaba la revista. Treinta años después, la visión de Onliyú sobre aquellos años es capaz de conjugar la ternura de la nostalgia con la corrosiva reflexión del que mira atrás con cierto desengaño del pasado. Evitando el historicismo o la rigurosidad en las citas, Onliyú nos habla de sus recuerdos de juventud, desprovistos ahora de los adornos de la mocedad, pero deformados también por la maceración del tiempo, logrando reflexiones de madurez que no dejan de ser juicios lúcidos sobre una época en la que la locura desatada dejó pasó a algunas de las personalidades creativas más interesantes del cómic español. Las páginas de estas memorias nos hablan de Mariscal, de Nazario, Montesol, de los tebeos del Rrollo, del Nasti de Plasti, de Pepicheck, de la movida hippy ibicenca, de la dictadura del tío Paco, de las películas de Perpiñán… tebeos, creación, sociedad e historia mezclados de forma indisoluble, como debe ser, porque es imposible entender los tebeos sin saber su coyuntura, pero también porque no conoceremos realmente una sociedad sin saber de sus tebeos. Una lectura obligatoria que nos da la visión desde bambalinas de ese otro interesante título de Pablo Dopico, “El cómic underground español”, publicado por Cátedra.
Podéis leer el prólogo y el primer capítulo aquí.

La vida (o casi)

Mucho hacía que había leído los primeros dos volúmenes del Journal de Fabrice Neaud. En su tiempo, a mediados de los 90, una rompedora obra publicada por la recién (entonces) nacida Ego comme X que iniciaba el camino de la exposición sincera y abierta de un diario en forma de historieta, algo que años después se convertiría casi en una exigencia y que ha alcanzado su máxima expresión con los álbumes de notas diarias de Joan Sfarr publicados por LAssociation.
La publicación por parte de La Cúpula de esta obra (traducida como Diario (I)) ha sido una excelente oportunidad de reencontrarse con esta obra y volver a comprobar su vigencia casi 10 años después de su concepción.
Y la tiene. Partiendo de la simple idea de transformar su diario escrito en historieta, Neaud elige momentos determinados de su vida en el periodo 1992-3, centrados en su relación con Stephane, pero que permiten a su vez no sólo encontrarnos con todo su entorno personal y social, sino con una referencia clara a su pasado. Con habilidad, las primeras páginas de este Diario (I) nos dan pistas del pasado de Fabrice, nos ponen en antecedentes de quién es, a qué se dedica, los problemas originados por su condición de homosexual… lo justo para entrar directamente en su vida actual, que gira en ese periodo entre sus problemas personales con Stephane y su trabajo pintando una serie de frescos en una iglesia de Angouleme. Durante las primeras páginas, son evidentes los titubeos de Neaud, que no termina de conectar con el lenguaje y parece contenerse a la hora de expresar sus sentimientos abiertamente, quizás demasiado dominado por una especie de “miedo escénico” a sacar a la luz su privacidad. Pero, poco a poco, va adquiriendo tablas, se va relajando y el relato se va haciendo más espontáneo, la sinceridad comienza a aflorar y, de forma simultánea, comienza a sentirse cómodo con el lenguaje del tebeo, experimentando con la narración y la página. A partir de la mitad del libro, más o menos, Neaud es consciente de las posibilidades que le da la página en blanco, de la capacidad de los recursos narrativos de la historieta para transcender lo visual y narrar sentimientos. Pasa de un discurso lineal, de viñeta tras viñeta, a jugar con la composición, a usar lo visual como elemento narrativo. La viñeta deja de ser una impresión lo que ven los ojos de Fabrice para pasar a ser un reflejo de sus sentimientos, de lo que esas imágenes provocan en él. Es justo en ese momento en el que la calidad del álbum despega espectacularmente, cuando el dibujante es consciente de la potencia del lenguaje de la historieta para contar sus sentimientos. Diario (I) pasa a ser la historia de un amor frustrado, de la impotencia ante un amor que se desvanece con la distancia y el olvido, luchando además contra una sociedad que lo ve como diferente. Pero también es un ejercicio reflexivo del autor, un exorcismo de su pasado que se muestra al lector con desgarradora sinceridad, testigo de sus miedos y sus pensamientos.
Una sólida obra que va mejorando volumen a volumen (si éste es interesante, el siguiente es espléndido, no os lo perdáis) (3-)

Terrores clásicos

Curiosa coincidencia de dos mangas de terror, editados por la misma editorial y que tienen como base la literatura clásica (con matices) en los dos casos. Primero, el espléndido El niño gusano, de Hideshi Hino, segundo volumen de este autor editado por La Cúpula y que reinterpreta de una forma muy especial La metamorfosis. Si en la inmortal obra de Kafka un hombre normal muta en cucaracha, Hino transforma a un niño aislado y asocial en un gusano, explorando también de esta forma el rechazo social y la marginación de lo diferente. El terror se convierte aquí en un contenedor de una dura crítica a la repulsa de aquellos que consideramos distinto, de esa tendencia a considerar amenazador lo que no conocemos. Es posible que Hino exagere inicialmente las propuestas (un niño feo que cuida animalitos pese a ser odiado por todos sin más explicación), pero poco a poco su discurso se va radicalizando, generando una violencia incontenible de donde antes sólo había inocencia, en una sorprendente metáfora de cómo el individuo termina finalmente deshumanizado ante el odio y el rechazo, con la única salida del odio. Un brillante discurso que está ahí, escondido en lo que a simple vista es un relato de terror con tendencias gore… Excelente (3)
Y la segunda de las obras publicadas por La Cúpula es Falsas Apariencias, de Senno Knife, un volumen de historias cortas que tiene muchísimos puntos de contacto con el recientemente comentado Shitaro, ya que volvemos a historias de terror adolescente, bien llevadas, basadas generalmente en leyendas urbanas japonesas, pero que en este caso. Sería un correcto tebeo de terror, pero la diferencia estriba en la sorprendente revisión del cuento de la Cenicienta que Knife nos propone en la última historia, mezclándola la iconografía de Alicia en el País de las Maravillas y el terror más gore. El resultado es una sólida historia de terror que se aleja bastante de la media de las anteriores, con una visión siniestra de los cuentos clásicos (que me recuerda muchísimo, en intenciones y forma, a la espléndida En compañía de lobos de Neil Jordan). (2)
Dos excelentes tebeos para los aficionados al género.

Lecturas yanquilandesas

Bueno, se pasa la euforia celebrativa y toca seguir con lo de la páginas, que se supone que es hablar de tebeos. Y me viene al pelo que ayer recibí mi suministro de tebeos yanquilandeses con dos esperadísimas novedades: The Fountain y I Can’t Believe It’s Not the Justice League!, que devoré con verdadera ansia.

Comienzo por la compleja The Fountain, de Darren Aronofsky y Kent Williams, una novela gráfica que interpreta (no es una adaptación) el guión original del proyecto cinematográfico que el director de Pi lleva produciendo desde hace siete años y que pronto verá la luz. Una obra que esperaba desde su anuncio, arrastrado por el buen sabor de boca de la citada Pi y Réquiem por un sueño, dos excelentes películas que demostraban el extraño universo interior de Aronofsky, y por la presencia de Kent Williams, un extraordinario autor.
Es muy difícil explicar qué es The Fountain. Mi primera impresión ha sido la misma que tuve al ver 2001, una odisea del espacio por primera vez: fascinación y extrañeza. Y no son sólo esos los puntos de contacto con la mítica película de Kubrick, porque The Fountain es un viaje temporal a través de pasado, presente y futuro en busca del sentido de la vida, una reflexión sobre la inevitabilidad de la muerte, pero también de lo que sería la maldición de la inmortalidad sin un motivo. Aronofsky toma como base la búsqueda de la fuente de la eterna juventud de Ponce de León para crear una historia que se prolonga durante un milenio que se pliega para mostrarnos tres momentos simultáneos al lector: el pasado, la conquista española del imperio maya; el presente, la investigación científica contra el cáncer; el futuro, el final de una estrella. Tres momentos protagonizados por un hombre, Tom/Tomás, en los que la vida se crea, se destruye y se transforma a través de un único sentimiento, su amor por Izzy/Isabel. Intrincada estructura que pasa sin solución de continuidad de la reflexión a la poesía y de ahí a la acción, dejando al lector abrumado por el torrente de ideas y sentimientos que se vuelca sobre él gracias al impresionante trabajo de Williams, que juega con texturas y estilos para que obtengamos toda una experiencia sensitiva. Es su trabajo el que consigue que se palpe la delicadeza sensual del futuro, contrastada con la brutal rabia del presente.
Sin embargo, y pese a lo sugerente y abierto de la obra, se me antoja que Aronofsky ha elegido un camino demasiado relamido y afectado, constituyéndose éste en el mayor problema que puede tener la lectura de la obra y que, con seguridad, dará lugar a posiciones muy distintas sobre ella, seguramente apasionadas. En cualquier caso, interesante y que nos deja con muchas ganas de ver la otra versión, la cinematográfica. (3)
Enlaces: una interesante entrevista con Aronofsky | Trailer de The Fountain

Y la segunda de las obras esperadas es la nueva entrega de la Liga de la Justicia de Giffen, De Matteis y Maguire, I cant believe its the Justice League, una nueva entrega de esta divertida visión del mundo superhéroico que recupera como protagonista a Guy Gardner para llevar al grupo a una delirante visita al infierno de la mano en compañía de Etrigan. Y de nuevo se da esa química perfecta entre los delirantes y divertidos diálogos de Giffen y DeMatteis y la sobrenatural capacidad de Maguire para la expresión de sus personajes, haciendo que algo tan antinatural como páginas y páginas de bustos parlantes en un tebeo de superhéroes se conviertan en una delicia de lectura. Hay quizás un tono un poco más amargo en algunos momentos de la historia, quizás reivindicación de una forma de entender el género que se enfrenta radicalmente a las corrientes actuales, pero muy escondida tras escenas y momentos absolutamente frenéticos: sólo por la genial hamburguesería infernal o por ver a la familia Marvel alternativa, ya vale la pena la lectura. Divertidísimo.(3)

Leyendo por recomendación

En cuestiones de manga, tengo que reconocer que me dejo influenciar mucho por aquellos que saben mucho más que yo de este tema (que debe ser el resto del mundo, aproximadamente), por aquello de que es de ahí de donde estoy obteniendo las mayores sorpresas en los últimos años. Y desde hace unos días he recibido muchas recomendaciones sobre ¡Yotsuba!, de Kiyohiko Azuma. Una obra recientemente editada por Norma Editorial y que, además, ha sido seleccionada como uno de los tebeos del año por Publisher’s weekly.
Así que, ante semejante unanimidad, no me he podido resistir y he leído el primer volumen de esta curiosísima serie que narra las anécdotas diarias de un padre y su hija adoptada que se trasladan a una nueva ciudad. No hay más, así de sencillo es su planteamiento argumental… a simple vista. Porque, con todas las diferencias que se quieran marcar, la lectura de ¡Yotsuba! transmite la misma sensación que tuve al leer El caminante de Taniguchi: la necesidad de recuperar la fascinación por las pequeñas cosas, el sentido de la maravilla ante lo cotidiano. La pequeña niña mira a su alrededor con ojos inocentes, pareciendo desconocer absolutamente todo sobre la vida diaria: no sabe lo que es un timbre, un aparato de aire acondicionado o un centro comercial, pero también desconoce los comportamientos sociales y sus reglas. Una tábula rasa social sobre la que ir escribiendo, descubriendo día a día cosas nuevas con una mirada curiosa. Kiyohiko Azuma sabe perfectamente cómo definir a los personajes y conseguir epatar al lector con la desbordante vitalidad e inocencia de la niña, logrando que la sonrisa se instale cómodamente en nosotros durante toda la lectura. El único pero que le puedo poner es la existencia de algunos saltos narrativos confusos, pero que no entorpecen la lectura.
Evidentemente, este primer volumen deja abiertas tantas vías que todavía es pronto para evaluar la serie, que podría seguir por el camino del costumbrismo o incluso derivar hasta la ciencia-ficción o el terror, visto lo extraño de la niña. Incluso se podría hablar de cierta crítica social subyacente a la ingenuidad de una sociedad que cambia su mentalidad ante los mensajes mediáticos con la facilidad de una ola que va y viene, pero es, como digo, demasiado pronto para llegar a esas conclusiones.
¡Yotsuba! es una de esas lecturas que no estará en las listas de obras maestras, pero nos relajan y despejan, apartándonos del estrés diario durante un momento, mientras seguimos las travesuras de esta niña. Lo que no es poco.
Eso sí, absténgase de su lectura todos aquellos que busquen en los tebeos personajes duros y correosos que escupen con precisión a un orinal a diez metros, porque en esta obra sólo hay buenos sentimientos e ingenuidad. Aunque quizás sería la mejor lectura, que tampoco es malo tener una buena dosis de ambas cosas, tal cual está el mundo hoy en día. (2+)

Pupurrí de lecturas

Se van acumulando algunas lecturas, así que lo mejor será ir comentándolas, que en nada viene el tsunami navideño de novedades y algo me dice que vamos a terminar ahogados en tebeos. Que no descarto yo que tras estas navidades me entre una tebeofobia por reacción a los empachos tebeísticos…

Y comienzo por una serie que me fascina: acabo de leer Le paradis terrestre (Dargaud), la cuarta entrega de El gato del Rabino, y no puedo más que descubrirme. La cuarta entrega de esta serie rompe radicalmente con las tres anteriores, vuelve a su Argelia natal y se centra en El malka de los leones, creando un cuento de cuentos, una pirueta narrativa en la que ficción y realidad se mezclan sin que en ningún momento sepamos muy bien dónde nos encontramos. ¿Quién nos cuenta la historia?¿Sfar o el malka? Lo único cierto es que la capacidad de fabulación se transmuta en protagonista de la historia, hasta que Sfar nos despierta del ensueño bruscamente, con un baño de realidad que nos enfrenta a la cruel realidad y que aprovecha para hacer una durísima invectiva contra los que defienden la violencia del enfrentamiento antes que el diálogo. Sfar demuestra sobradamente que es uno de los grandes autores de historieta de este milenio. Esperemos que Norma edite este magnífico álbum lo antes posible en España. (4)
ACTUALIZACIÓN: Norma lo editará para el día del libro de 2006.
Pero la fascinación perdura con la siguiente de mis lecturas, también parte de una serie. La oficina de desechos postales (Devir) es la quinta entrega de la magistral “La peor banda del mundo“, del portugués José Carlos Fernandes. La misma estructura de historietas de dos páginas pero en la que encontramos como, poco a poco, Fernandes ha ido cambiando el tono de las historias, desde ese espíritu borgesiano de la primera entrega a esta última donde cada pequeña anécdota se nos va revelando como parte de un inmenso mecanismo de intenciones ignotas. Dice el autor en una de sus historias, el ser humano busca patrones en el caos, una necesidad casi fisiológica de encontrar orden y que justifica la existencia de la novela como contrapunto de orden al caos de la realidad. Una máxima sugerente como pocas que se me antoja la base de esta “oficina de desechos postales”: pequeñas historias abiertas que demuestran el caos de la vida, la terrible trascendencia de los pequeños detalles de nuestra existencia, capaces de cambiar vidas por completo. Fernandes, transformado en cartero de esas pequeñas ilusiones que cambian de mano, juega a prestidigitador de futuros con el espíritu de un niño travieso, intercambiando destinos, creando futuribles que quizás pasen a ser presentes y pasados. Una obra inmensa, que consigue que el lector se adentre en esas puertas abiertas que deja Fernandes al final de cada historia, un regalo para nuestra imaginación. (4)
Sigo con las series, Canta Conmigo (Planeta DeAgostini), segunda entrega de El club estéreo de Rudy Spiessert y Hervé Bourhis y que sigue fielmente el camino iniciado en “Britney Forever“. Si en ese álbum satirizaba el mundo de la crítica musical, aquí construye una feroz sátira contra la industria musical moderna, contando la historia de Didier, un pobre desgraciado cuya única ilusión en la vida es ser cantante. Pero sin talento musical ni un físico atractivo, su carrera musical parece abocada al fracaso absoluto… hasta que un golpe de suerte le hace millonario. Spiessert y Bourhis atacan sin piedad a una industria que crea ídolos de la nada, machacando ilusiones para llenar bolsillos y que hace tiempo que abandonó el interés por la música. Una amarga crítica que no deja títere con cabeza, pero que reconoce desde el principio su futilidad. (2+)
Y para acabar, sigo emperrado en encontrar algo donde no lo hay, porque en una muestra de masoquismo reiterativo, me leo Regreso a Barrow, de Templesmith y Niles (Devir), nueva entrega de la exitosa 30 días de noche. Y pese a que podría pasarme un buen rato regodeándome en lo malo que es Templesmith y el concepto chicle Boomer de la historia que tiene Niles, prefiero resumir la crítica a una forma escueta, perfecta y muy directa: un (0).

Principio y final…a la inglesa

Coinciden en la librería dos novedades con muchas coincidencias: un principio y un final, responsabilidad de guionistas ingleses y ambas para la estadounidense Marvel. Los más avispados ya se habrán dado cuenta de que hablo del Capitán Britania de Alan Moore y Alan Davis y del X-Statix vs. Los Vengadores de Milligan y Allred, dos tebeos distintos pero que comparten una excelente calidad.
Comienzo por el Capitán Britania, un trabajo de transición para Moore, que marca el paso de su etapa en el cómic británico hacia el mainstream americano recogiendo un personaje que vagaba sin rumbo por la filial británica de Marvel para, literalmente, hacerlo renacer de sus cenizas en una nueva dirección. Tras el absurdo argumento ideado por Dave Thorpe, que llevaba al personaje a un callejón sin salida (que se evita en esta edición de Panini, entrando directamente en la etapa Moore y dejando al lector confuso y desorientado ante lo que lee), la única opción que le quedaba a Alan Moore era hacer borrón y cuenta nueva. Una opción radical, pero que el barbudo sabe introducir y resolver con elegancia y rapidez, lo justo para, en apenas unos comics-books, hacer renacer el personaje e introducir nuevos secundarios, tramas e ideas suficientes como para que el personaje haya vivido de ellas durante casi dos décadas. No se puede decir que estemos ante una de las habituales obras maestras de Moore, pero es una lectura que ya deja entrever mucho de lo que luego veremos en sus obras posteriores. Todavía es patente la influencia apabullante y casi omnipresente de Luther Arkwright, y se podría decir que Capitán Britania es un típico tebeo de ciencia-ficción a la inglesa en la mejor tradición de 2000 AD, pero hay multitud de detalles que dejan entrever la capacidad del guionista para crear tramas desde la nada con apenas unos mínimos ingredientes, así como muchas de las ideas sobre el género que desarrollaría en otras series. Un tebeo divertido que se lee con facilidad y con un Davis que evoluciona espectacularmente viñeta a viñeta. (2+)
Y el final viene de la mano de Milligan, que cierra con X-Statix vs. Los Vengadores lo que sin duda es la mejor serie de superhéroes que hemos visto en la última década. Un cierre brillante, cómo sólo podía idear la retorcida mente de Milligan. Porque lo que, a primera vista, es un enfrentamiento a la antigua entre superhéroes, esconde una de las más irónicas reflexiones sobre el género que se pueden encontrar: un enfrentamiento entre los cánones clásicos de los superhéroes, simbolizados en esos Vengadores al mejor estilo Stan Lee, contra la renovación formal y temática del género propuesta por Milligan. Siguiendo la tradición de los grandes duelos entre superhéroes, cada episodio es un enfrentamiento entre personajes que sólo hacen que resaltar el absurdo del mantenimiento a ultranza de unos modelos de los años 60 en el siglo XXI. Divertidas a rabiar, las luchas llegan a su apogeo con el combate a muerte entre un Iron Man y un Mr. Sensible desnudos, liberados de todo uniforme y representados como son, en una situación tan ridícula y patética que el lector recibe un choque de realidad que le hace consciente de estar ante una ficción. Un punto y aparte en el que el relato cambia radicalmente y entra en un final lógico de los cánones de los superhéroes, épico y triunfal, pero que esconde la única verdad de la industria del entretenimiento al dar la vuelta a la página: “the show must go on”.
Un broche final perfecto para una serie que deberían estudiar con lupa aquellos que están haciendo series de superhéroes en la actualidad, en la que Milligan ha demostrado que hoy en día todavía se pueden hacer tebeos de superhéroes con personajes reales, plenos de matices, con ideas nuevas y frescas y que reflejen la realidad que los circunda, devolviendo el género a lo que es, no el objetivo en sí mismo, sino un vehículo de transmisión de ideas. (4)

Lone y Line

Curioso. En el mismo mes, dos tebeos publicados por la misma editorial que se diferencian tan sólo en una letra… Dejo para los aficionados al esoterismo qué tipo de extraño mensaje cabalístico-apocalíptico se esconde tras esta coincidencia, que seguro que con tesón y esfuerzo aparece entre líneas algún mensaje de importancia crucial para el futuro de los tebeófilos. Servidor mientras pasa a comentarlos:
Lone, de Stuart Moore y Jerome Opeña es un western post-apocalíptico que transcurre en un futuro impreciso donde, tras una guerra nuclear el mundo ha vuelto a los tiempos del Far West. Pese a que algunas críticas americanas alaban la originalidad del argumento, personalmente no he podido menos que recordar el “Hombre” de Antonio Segura y José Ortiz, una fábula del mismo tono que se publicaba en CIMOC y que, todo sea dicho, me parece mucho más interesante que el tebeo que nos ocupa. Quizás lo único que aporta alguna personalidad al tebeo es la elección de tratarlo como una especie de spaghetti western al mejor estilo del dúo Leone/Eastwood. De hecho, el personaje principal está claramente inspirado en el personaje compuesto por Eastwood para películas como “El bueno, el feo y el malo” o “Por un puñado de dólares” y, en general, Stuart Moore dota al tebeo de un tono al que sólo le falta la música de Ennio Morricone. Sin embargo, y pese a que las intenciones son buenas, este amasijo de zombies, aliens y western me temo que tiene poca argamasa y no llega a funcionar más que como entretenimiento muy liviano, muy lejos de las expectativas que podía levantar un guionista interesante como Stuart Moore. Interesante, eso sí, la labor de Opeña, que recuerda en muchos momentos al Hewlett de Tank Girl, un tebeo con muchos puntos de contacto con éste. (1)
Y cambiando sólo una letra nos vamos al otro extremo en Line, de Yua Kotegawa es una historia que comienza como una típica historia de adolescentes de instituto para derivar en una dinámico thriller en el que la joven protagonista debe impedir una serie de suicidios que le van siendo anunciados telefónicamente. Una idea sugerente pero que naufraga convirtiéndose en una acelerada narración donde lo único que tiene importancia son las carreras que se tiene que pegar la pobre protagonista de un lado a otro. Hay un tímido intento de criticar la alienación de la juventud japonesa y su fácil adicción a todo tipo de sectas, pero queda demasiado oculto tras las páginas y páginas de chicas sudorosas en sujetador o en uniforme escolar corriendo de un lado a otro. No se puede negar, eso sí, la habilidad de Kotegawa para las escenas de acción continuada, pero su exceso cansa y se echa en falta un poco más de desarrollo de una a priori sugerente trama y de los personajes, demasiado planos. (1-)

De plantas varias (II): Árboles.

Lo digo, lo repito y a este paso me lo tatuaré: Tezuka es mi gran descubrimiento de la última década. Y que conste que lo digo con vergüenza y sonrojo, porque esa frase es, en el fondo, una aceptación de incultura tebeística de grado sumo.
Pero poco a poco intento reparar la terrible laguna que existía en mis lecturas devorando cualquier cosa que se edite en España de este magistral autor. Y toca el turno al primer volumen de El árbol que da sombra (Planeta DeAgostini), una incursión en el género histórico que se centra en el apasionante periodo del fin del shogunato a mediados del s. XIX. Tezuka toma como protagonista a su propio abuelo, médico que intentaba introducir las nuevas técnicas occidentales (‘holandesas’). Una elección apropiadísima porque es un paradigma perfecto del enfrentamiento entre tradicionalismo y modernidad que vivía la sociedad japonesa durante este convulso periodo. Con este punto de partida, Tezuka construye un documentadísimo fresco de la vida japonesa, demostrando su endiablada habilidad para reflejarnos la situación política y social de la época a la vez que nos narra la historia de su abuelo, desplegando su pericia narrativa en todos los frentes: desde las arriesgadas composiciones de página a la milimétrica superposición de varias tramas que confluyen a la perfección.
Una lectura apasionante, entretenidísima y didáctica…¿qué más se puede pedir? (4)

De plantas varias (I): Orquídeas

Recuerdo yo que, a finales de los 80, me estaba reconciliando con el género superhéroico gracias a tipos de la calaña de Frank Miller y Alan Moore. Y viendo lo que se publicaba por aquí y lo que se decía en las pocas revistas que llegaban de allá, de los status, me dio por lo de probar a comprar cosas que no se estaban editando por aquí directamente en su idioma bárbaro. No era nuevo en estas lides, todo sea dicho, porque servidor ya estaba acostumbrado a arramblar con todo lo que podía (económicamente hablando) en la lengua de las galias cada vez que pisaba Continuará, pero el inglés era un idioma demasiado bárbaro para mí, identificado con estudio y trabajo y no con la elegancia francesa. El caso es que me decidí a probar y nada mejor que andar sobre seguro, así que lo hice con Black Orchid (Orquídea Negra), una obra de Neil Gaiman y Dave McKean, señores que me habían impresionado poco antes con Violent Cases (en su edición de Escape) y que además, eran ingleses debutando en la DC. Por aquello de ir poco a poco.
Digo todo esto porque os hagáis una idea de los recuerdos y cariño que tengo a esta serie, casi un hito en mis compras en idiomas foráneos, y lo a gusto que me he quedado cuando he vuelto a releerla en la edición que acaba de publicar Planeta DeAgostini.
Sin embargo, y pese al cariño que le tengo, no puedo evitar recuperar casi uno a uno todas las sensaciones que me dio su lectura hace ya más de 15 años. No se puede negar la habilidad de Gaiman al guión y la exquisitez de McKean a los dibujos, eso es evidente, pero esta renovación del clásico personaje de la DC está demasiado lastrada por la influencia del Swamp Thing de Moore. Gaiman intenta mimetizar los pasos seguidos por el de Northampton en su reescritura de la creación de Wein y Wrightson, dotando a Orquídea Negra de un carácter mitológico, también dentro de ese universo primordial botánico. Pero “Lección de Anatomía” es un ejercicio de magistralidad y en la inevitable comparación Gaiman pierde en casi todos los frentes: la historia se alarga en demasía, los personajes necesitan demasiado tiempo para arrancar y definirse… Sin el referente previo, seguramente el sabor de la lectura de Orquídea Negra sería mucho mejor, pero su existencia nos lleva ineludiblemente a un “deja vu” demasiado importante como para no considerarlo en el resultado final.
Pierde en el enfrentamiento con un soberbio tebeo, pero eso no quita que se pueda seguir disfrutando de su lectura. Gaiman escribe bien y McKean lo comprende como pocos, en una química que pocas veces se da a estos niveles entre guionista y dibujante, atendiendo a excelentes momentos que son la transición entre Violent Cases y sus posteriores colaboraciones y que anteceden a ideas y conceptos que luego veríamos en Sandman. (2)

Lecturas: You are Here

Tras la maravilla de Why I hate Saturn, uno de los mejores tebeos publicados en los 90, Kyle Baker tenía el listón puesto muy alto. Su análisis acertado de una generación era el punto más brillante de una carrera que se auguraba como espectacular y que sorprendentemente, se truncó cuando Baker decidió dejar el cómic y dedicarse a la televisión. Nos dejó huérfanos durante casi una década hasta que DC anunció que la línea Vertigo acogería una nueva obra suya: You are here.
¡Y menuda sorpresa! Baker se redefinió a sí mismo y nos dejó a todos encandilados con una obra en la que se resumían todo lo que había aprendido en sus años en la televisión y la animación, un tour de force narrativo donde los recursos del mejor cine de persecuciones y enredos eran trasladados al cómic en un alocado guión que no deja lugar al respiro. La historia de un ladrón redimido por el amor que es perseguido por un asesino psicópata que quiere saldar viejas cuentas es tan sólo un pretexto para jugar con el lenguaje de la historieta, partiendo de los recursos narrativos del storyboard y transformándolos a su criterio, consiguiendo secuencias de un dinamismo impactante, de una velocidad contagiosa. Baker resume en You are here influencias que van del slapstick a Chuck Jones y Tex Avery, pasando por el cine negro de los años 40, pero reconstruyéndolos en un seguido de nuevas técnicas que nunca antes se habían unido en el cómic.
Si la lectura de You are here es un entretenidísimo y divertido ejercicio, todavía más fructífero resulta pararse a descubrir las bambalinas de la obra: su uso del cromatismo como vehículo narrativo; el texto separado que llega a alcanzar su propio protagonismo (esa secuencia genial en la que todos hablan a la vez y en la que el contraste de la acción dibujada y el texto toma forma propia); las secuencias de acción, vertiginosas gracias al cuidado de la composición; la genial gestualidad de los personajes (incluyendo la genial interpretación de Robert Mitchum, deudora del aterrador reverendor Harry Powell)…
Es verdad que hay algunos detalles chirriantes, derivados siempre del ominoso momento en el que Baker descubrió los ordenadores y el Photoshop (uno de esos episodios a borrar de la historia), pero son todavía pequeños detalles sin importancia frente al cúmulo de aciertos que encierra la obra (no como lo que pasará más adelante con King David, donde destroza todo su dibujo).
No os la perdáis. (4)

Lecturas: Zero Girl

Dice Alan Moore en el prólogo de Zero Girl que Sam Kieth está en una delgada franja indefinible entre la comercialidad y la experimentación. Que podría ser el autor más comercial de aquellos que experimentan con el lenguaje o el menos comercial de los autores que siguen rumbos más clásicos. Es, posiblemente, una perfecta definición para un autor que resulta inclasificable como pocos, que juega siempre al límite siempre de lo “permitido” en un cómic comercial, pero consiguiendo un estilo personal como pocos. Un autor siempre a seguir, capaz de sacar oro de los argumentos más a priori estériles (recuerdo, hace poco, el interesante Lobezno-Hulk) y que alcanza sus mejores trabajos cuando deja volar su inabarcable imaginación.
Si The Maxx era un juego sugerente y desconocido dentro del mainstream, Zero Girl da un paso más allá e introduce una suerte de autobiografía simbólica dentro del cómic-book. Kieth reflexiona y nos habla sobre él mismo, sobre su amor hacia una mujer diecisiete años mayor que él, y lo hace como sólo él sabe, construyendo una fábula moral tan simple como eficaz: los círculos contra los cuadrados, el bien contra el mal, la sociedad que no entiende de trasgresiones frente a los que defienden su ideal. Sencilla, casi cándida, pero lo suficientemente clara como para jugar desde la simbología más estrafalaria con un argumento tan delicado como la relación entre una joven y un adulto, bordeando siempre los aspectos más peliagudos (es evidente que es un tema sometido a debate y que siempre generará polémica, sobre todo en aquellos temas que tratan la sexualidad y que Kieth elude hábilmente), todo sin olvidar tratar la exclusión social en la época juvenil. Pero lejos de caer en una visión romanticona digna de telefilme sabatino, Kieth es capaz de cerrar la historia con una reflexión realista, que aporta una visión completamente distinta a la fábula vivida. Es el contrapeso perfecto a la ilusión juvenil, el matiz que da la madurez y que supone la diferencia entre la ficción y la vida real.
Todo, aderezado como es habitual por el alocado estilo de este autor, capaz de pasar de la figuración más naturalista a la abstracción y la caricatura incluso dentro del mismo dibujo, en una locura gráfica absorbente pero de una coherencia insospechada.
Una curiosísima obra (3).

Domingo de lluvia, viento y frío…¡qué placer!

Tarde de domingo con dos opciones de ocio: o un paseo por unas calles con tiempo de perros, frío, lluvia y viento incluídos o una casita acogedora, con su estufita, su mantita, su colacao calentito y un montón de tebeos… Supongo que os imagináis mi opción, ¿no?
Así que disfrutado el calorcito y el colacao de la forma más onanista posible y sin posibilidad (ni ganas) de compartirlo, lo hago con lo de los tebeos.
Cuatro lecturas bien diferentes:
La primera, A la deriva, de Michel-Yves Schmitt (Dibbuks), un álbum sobre el enfrentamiento generacional padres e hijos que narra, a forma de exorcismo personal, la relación entre un padre dedicado a su trabajo y Luc, su joven y rebelde hijo, un actor que sobrevive prestando su voz a las campañas de rebajas de grandes almacenes. No es un argumento original, pero este tipo de historias permiten un tratamiento intimista y pleno de referentes personales que siempre da nuevas visiones y lecturas a un problema tan eterno como la vida. Schmitt opta por una narración en primera persona y por un tratamiento victimista que le hace flaco favor a la obra, con demasiadas vueltas de tuerca en busca de golpes de efecto melodramáticos, que llegan a afectar a la credibilidad de la historia en muchos momentos. Hay pasajes que demuestran que Schmitt tiene buenos fundamentos, cuando se olvida de esos diálogos profundos y teatrales para abordar con más sencillez la historia (por ejemplo, el resumen de su vida en los USA), señalando un autor que puede dar bastante más de sí. Aunque, todo sea dicho, debería olvidarse del color informático y optar por el simple blanco y negro, con mucha más fuerza que esas composiciones “cacofónicas” de color saturado que a veces nos obsequia… (1-).
Como me he vuelto estúpido, de Nikola Witko y Martin Page (Bang) comienza con la misma peligrosa tendencia de la obra de Schmitt, con unos diálogos recargados que parecen buscar en exceso la pose intelectual vacua, sin contenidos. Una impresión que, afortunadamente, se va perdiendo a medida que avanza la obra hacia un humor socarrón, deudor tanto del non-sense como del cinismo del Gog de Papini (con quien veo muchas relaciones, sobre todo en esa Escuela de Suicidas). Witko tarda en coger ritmo a la novela de Page pero, cuando lo consigue, aborda un divertido intento de defenestración del ideal social de éxito laboral. Quizás el mayor pero que se le pueda poner a este álbum es precisamente esa tardanza en alcanzar el perfecto engrase entre lo que se cuenta y cómo se cuenta, quizás por la dificultad de trasladar la esencia de una novela como imagino debe ser “Comment je suis devenu stupide”. A cambio, Witko cuida la narrativa, con algunos tímidos ejercicios de experimentación que, si bien no son originales, son acertados y usados con inteligencia, apartándose de una simple adaptación y demostrando interés en llegar más allá en el uso del lenguaje secuencial. Un aviso para Bang, cuidado con las faltas de ortografía en la portada, que la edición es excelente y es una lástima ese tipo de errores. (2)
La Vida en Rojo: El albergue púrpura, de Domas (Dibbuks), es un curioso tebeo de terror adolescente, en la línea de las producciones hollywoodienses al uso de Wes Craven: un grupo de jóvenes con ganas de fiesta perdidos en un lugar remoto llegan a una posada perdida en medio del bosque, que esconde un terrible y sangriento secreto… No hay más que eso, pero se agradece la falta de ambiciones de Domas, que tiene muy claro lo que está haciendo y lo que se espera de su labor. Es curiosa, eso sí, la opción de presentar a los personajes como animales antropomorfos, una opción original que aporta un punto de diferencia a la obra, pero que en modo alguno tiene una función especial. El resultado final es una lectura que consigue el objetivo de hacer pasar un rato entretenido sin más. (1)
Y la última lectura es La gran aventura de los Gemelos Klonski, de Álex Fito, todo un ejemplo de lo que debe ser un tebeo infantil: entretenimiento y diversión acompañadas de un sólido guión que no considera en ningún momento al niño como un adulto retrasado, sino como un lector que es capaz de seguir perfectamente una historia y de aportar sus conclusiones. Esta revisión moderna de Hansel y Gretel es un excelente regalo para cualquier niño. Ojalá fuesen así todos los tebeos infantiles.

Niños

Llevaba tiempo sin echarle un vistazo al Mister K. Mala costumbre, apunto, porque la hermana pequeña de El Jueves es un matriz de pruebas que evoluciona y cambia con velocidad pasmosa. Un comportamiento que tiene mucho que ver con la intención de sus editores de conseguir recuperar a medio o largo plazo un mercado que fue perdido con la desaparición de Bruguera y que hoy caminaba sin rumbo. Sin mirar las ventas a corto plazo como único referente, la revista es un hervidero de pruebas y experimentos que demuestran: series, autores, formato, páginas, promociones, periodicidad… todo está abierto al cambio y a la prueba con tal de conseguir un producto que pueda interesar a los niños del siglo XXI, que ya han olvidado lo que es gozar con un tebeo. Una labor muy compleja pero que está consiguiendo que la revista ahora goce de un buen grupo de autores de extraordinaria calidad, de los que tienen que salir los nombres que oiremos en el futuro en el panorama español. Excelente la cantera gallega, con unos Kiko Da Silva y Víctor Rivas pletóricos a la cabeza, demostrando que saben hacer tebeo infantil inteligente y divertido (algo tendrá que ver el Golfiño en todo esto…), pero no se quedan muy atrás Carls (tengo que hablar de este hombre otro día, ¡qué descubrimiento!), Luis Bustos o Brocal.
Eso sí, destaca por encima de todos, sin que sea ningún demérito para el resto de colaboradores, el Carlitos Fax de Monteys, razón que justifica por sí sola la existencia de la revista. Se podría decir que con esta serie, el dibujante ha llegado a la piedra filosofal, la alquimia máxima resultado de conseguir que una serie una la tradición de la historieta de humor de Bruguera con la modernidad de los autores americanos como Matt Groening. Humor que puede ser disfrutado por igual por niños de 9 o de 90 años, demostrando que la inteligencia no tiene edad e incluso rejuvenece. Cada historieta de Carlitos Fax plasma un catálogo brutal de influencias que van del cine de serie B de ciencia-ficción a los dibujos de Futurama y la Warner, digeridas y transformadas según los cánones de la escuela de Bruguera de los grandes (de los Vázquez, Escobar, Conti, Cifré, del Ibáñez de los buenos tiempos…) para conseguir la carcajada de forma irresistible. Posiblemente, la mejor serie regular que se ha hecho en este país en muchos años (con permiso de Fontdevila y su parejita).
El cambio a mensual de Mister K es síntoma evidente de que todavía no ha cuajado entre el público infantil, quizás a mi entender-, porque todavía no se ha definido correctamente el rango de edades hacia el que se dirige la revista, una labor complicada porque a esas edades es fácil que el lector rechace un producto porque lo considera “para niños” o porque es “de mayores”. Pero también es indiscutible que sus responsables quieren agotar todos los cartuchos antes de tirar la toalla, lo que se agradece y permite albergar esperanzas para que en un futuro no muy lejano, la revista alcance ese objetivo de recuperar el mercado infantil.

Corta y pegar…

Lo malo de llevar ya un tiempo con esto del weblog (casi 3 años, quién me lo iba decir ese 27 de diciembre de 2002) es que uno ya se repite con demasiada habituidad. Lo bueno, que de vez en cuando se puede hacer un “corta y pega” de esos maravillosos que se ha inventado la computación ésta y aprovechar lo ya escrito. Llámese “deja vu” o “refrito”, anda mejor que Planeta haya decidido publicar V de Vendetta y que los Wachowski amenacen como para retomar lo que en su día dije de esta obra. Curiosa coincidencia, eso sí, porque hace exactamente dos años, en Noviembre del 2003 decía ésto de la obra de Moore y Lloyd:

“Vaya usted a saber por qué extraña regla de tres, ayer me dediqué a releerme V de Vendetta, de los señores Lloyd y Moore. Supongo que por aquello de que cuando me enteré que existe la seria posibilidad de que los Güachosky dirijan la adaptación, pues uno se puso a pensar en el buen recuerdo del tebeo que tenía y en las pocas veces que lo había releído en comparación con otras obras del barbudo. Buena elección, sin duda, porque, cada vez más, cambio mis órdenes de preferencia personal de las obras de Moore y esta sube más y más. Me sorprende sobremanera cómo cada vez va perdiendo enteros Watchmen (la que, posiblemente, más me impresionó inicialmente) y los van ganando las otras obras. Sobre todo V de Vendetta, que demuestra haber sobrevivido al paso del tiempo no sólo con más fuerza, sino con un preclaro espíritu profético. La descripción de esa Inglaterra fascista (idea claramente “prestada” de Las Aventuras de Luther Arkwrigth, ya comenté en su día que nunca se podrá valorar en su justa medida la influencia que tuvo esta obra en la gran hornada de guionistas británicos de los ochenta) es tan sólo un excusa para reflexionar sobre los contrarios: fascismo y anarquía, orden y desorden, libertad y censura. Y Moore nos plantea un denso análisis en el que nos atrapa sin salida, con una perfecta y elaborada trampa a la que nos va guiando. Inocentes de nosotros, llegamos a pensar en V como en un héroe al estilo clásico, cuando no deja de representar los valores opuestos: V no intenta liberar al pueblo por su bien, es tan sólo la consecuencia de la venganza de una mente psicótica que llega a usar las mismas herramientas que sus enemigos. Por tanto, si la figura del héroe no es el centro de la historia, si la consecución de la libertad no es la trama que Moore plantea, ¿cuál es el objetivo? El objetivo es esa trampa en forma de reflexión: ¿cuál es la verdadera libertad? ¿Aquella que viene reflejada en el diccionario de política con la palabra democracia?¿La anarquía?¿El orden?¿El caos? Para Moore es evidente que la única libertad es la derivada de la elección libre. V no libera al pueblo británico del yugo fascista, sólo le deja la posibilidad de elegir. Tan neutral es en su postura que ni siquiera sabemos si el Vierwirrung dará paso al Ordung. No es importante. No sabemos cómo continuará la tarea de V, que camino seguirá, tan sólo sabemos que es una idea que se prolonga con la máscara de Guy Fawkes. Hasta tal punto es la elección el centro de la obra que nosotros mismos deberemos elegir quién o qué es V.
No tiene V la perfección formal de Watchmen (ninguna obra tiene esa perfección formal), pero la historia que nos plantea tiene tal cantidad de matices y tal cantidad de posibles reflexiones y respuestas que cada vez me parece más rica y redonda. Más allá de ser un buen tebeo que genera multitud de homenajes (el último, el amigo Morrison en The Filth), V de Vendetta es un reto a nuestra ideología, a nuestra idea de la libertad.
Resumiendo, que es buena de cojones.”

A lo que debo añadir que la edición de Planeta, similar a las Absolute que está haciendo la DC americana, es de bastante calidad, pero tiene el inconveniente de que ese tamaño hace flaco favor al dibujo de Lloyd. El aumento de escala rompe la estética de unas composiciones pensadas a tamaño cómic-book. No es grave, desde luego, y menos teniendo en cuenta el baratísimo precio de la obra para las condiciones de edición, pero sigo pensando que la edición definitiva de esta obra debería ser en BN, para poder admirar en su totalidad esos contrastes y claroscuros que Lloyd propone. Un (4+).

Entender el tebeo

¿Qué es esto?
Es una pregunta simple y directa, pero estoy convencido que el 99.99% de los lectores de tebeos jamás se la han planteado ante un tebeo. No me refiero, evidentemente, a la reacción lógica que muchas veces nos da la lectura de un tebeo, sino a una cuestión de fondo: ¿nos hemos planteado alguna vez qué es la historieta? ¿Hemos reflexionado sobre lo que significa, cómo se construye, sus pasos creativos…?
No. Hemos vivido con los tebeos, disfrutado con ellos, llorado con sus historias, nos hemos trasladado a mundos exóticos, recorrido las aventuras más impactantes…y más, pero rara vez nos hemos parado a reflexionar sobre qué es un tebeo.
Y es lógico, no es función del lector hacer teoría del medio, pero ya no lo es tanto que en un medio con más de un siglo de historia no existan prácticamente obras teóricas sobre el medio. Que no se haya dado el interés, la motivación o la oportunidad de sentarse ante una hoja de papel en blanco y reflexionar sobre sus cimientos y bases… muchos argumentarán que es un arte joven, pero cine y fotografía lo son y ya tienen un bien bagaje de obras teóricas.
Es cierto que se puede replicar que existen muchas obras teóricas, pero hay un matiz: casi todas son ensayos históricos, reflexiones sobre la historia del medio y su evolución pero no sobre el medio. Durante casi cien años de historia, se dieron conatos aislados, como los de Umberto Eco y los teóricos europeos en los 60 o los libros de Will Eisner, primeras referencias ineludibles…. pero sólo hay una obra que, a mi entender, afronta realmente el reto de sentarse delante de un tebeo e intelectualizarlo (triste es que esta palabra conlleve contenidos peyorativos, pero ése es otro tema), intentando responder a esa pregunta con la que iniciaba esta entrada y todas sus consecuencias. “Understanding Cómics, the invisible art” (Entender el cómic, el arte invisible. Astiberri) de Scott McCloud es el primer intento serio y profundo de considerar a la historieta en toda su extensión, como arte y como medio, reflexionando sobre los diferentes aspectos involucrados en la historieta, desde su creación hasta su resultado, tanto como creador como lector. Un trabajo impresionante que tiene además el valor añadido de afrontarlo desde un ejercicio metalingüístico sin precedentes, usando el propio lenguaje de la historieta para hablar de la historieta. McCloud comienza dando su respuesta a la pregunta de qué es la historieta, un punto de partida lógico y coherente desde el que estudia los elementos compositivos, los recursos narrativos, la influencia del tipo de dibujo… un estudio pormenorizado que no deja resquicio alguno sin investigar y que supone una piedra Rosseta de incalculable valor para entender qué es la historieta.
Opiniones que son discutibles, como cualquiera, pero que tienen la valentía de tirar el guante a la arena, de ser las primeras en dar el paso adelante y decir claramente “vamos a discutir qué es la historieta”, un paso que jamás se había dado de una forma tan contundente y que aumenta si cabe la importancia de la obra de McCloud. Podemos estar de acuerdo o no en su definición de los tipos de transiciones entre viñetas, en su definición de lo icónico…pero es la primera vez que alguien teoriza sobre el tebeo, lo escribe y da unas pautas que puedan encauzar la discusión futura.
Pero independientemente de este valor, Entender el cómic supone para el aficionado al tebeo descubrir nuevas formas de acercarse a su afición, abriendo nuevos caminos a la percepción que tenía hasta ahora de los tebeos. Explica de forma clara, concisa e interesante un concepto tan etéreo como lo que es la narrativa gráfica, obligando al lector a replantearse sus lecturas pasadas y futuras, haciendo visible ese tan bien definido “arte invisible”.
Es el catón que todo aficionado debería leer y estudiar, conocer al pie de la letra.
Y debería ser, también, el acicate de nuevas propuestas de estudio y de discusión sobre el lenguaje del tebeo, que permitiera la aparición de nuevas teorías, contrarias, a favor o de cualquier tipo, pero que iniciaran la senda sin retorno de una dignificación teórica del tebeo.
Hay intentos, pocos pero muy valiosos, de discutir sobre la historieta más allá de la simple reunión friki que todos hacemos habitualmente. Yo os recomiendo que leáis “Entender el cómic” aprovechando al (excelente) nueva edición de Astiberri y luego os deis un paseillo por Con C de Arte, la necesaria web de Pepo Pérez, veréis como cambia vuestra percepción del tebeo.

Unas muestras del libro: página 1, 2 y 3

Lecturas: Underground, Solo…

Más manga en la lista de lecturas: Underground, una historia en dos volúmenes que supone el reencuentro con Yoshihisa Tagami, el autor de la interesante Grey, publicada años ha por estos lares en aquél primer boom del manga que provocó el fenómeno Dragon Ball. Una obra muy distinta a aquella, esta vez con guión de Nobuhiro Motohashi y con una temática casi de actualidad que nos lleva a los entresijos del mundo editorial más underground de Japón, desde las revistas pornográficas (los urabon, ilegales en Japón) hasta la relación de las grandes editoras con los yakuza. Una obra a prioir interesante pero que funciona demasiado a rachas. Si bien la parte dedicada a los entresijos de edición, la relación entre las mafias o la curiosa moralidad de Japón sobre la pornografía es sugerente y funciona casi a modo de documental, Tagami y Motohashi nunca alcanzan un tono sostenido, con demasiadas historias cruzadas que no van a ninguna parte (como la de la joven prostituta María, que va diluyéndose sin apenas protagonismo ni importancia en el final de la historia, pese a ser la línea principal en otras). La irregularidad del guión se ve además lastrada por el dibujo de Tagami, demasiado pobre en sus recursos para la historia que se cuenta: todos los protagonistas, masculinos y femeninos, tienen la misma cara y prácticamente todo el tebeo se resuelve con dos poses (medio perfil a la izquierda, medio perfil a la derecha). Se puede leer, pero por lo interesante del tema tratado y los antecedentes, la cosa prometía mucho más (1+).

Y maravillado estoy con el Solo de Mike Allred, el mejor número publicado hasta ahora en esta colección de DC dedicada a autores en solitario. Allred demuestra su admiración y cariño hacia los héroes de la clásica editorial sin dejar de lado una mordaz crítica y sátira de los mismos. Desde la lapidaria historia de Batman, una verdadera revisión de la evolución de este personaje desde la psicodelia de los sesenta a la sordidez de los 90, hasta la delirante confrontación Doom Patrol Vs. Teen Titans, irreverente y divertidísima. Humor inteligente combinado con respeto por los personajes en un número extrordinariamente coherente para lo que es habitual en este serie. Si podéis pedirlo vía Previews (y leéis inglés, claro), no os lo perdáis. (3)

Miedo me dan

¡Qué desgraciaditos hemos sido durante años los aficionados al género de terror! Un género complicado y difícil, que alcanzaba su máximo resultado en el cine (por aquello de dictar el ritmo al espectador y no al revés) proporcionando durante décadas obras impresionantes, primero con los clásicos de la Universal, luego con los de la Hammer, para caer después en una espiral sin fondo, relegado a cine palomitero de adolescentes en efusión hormonal. Por aquello, ya se sabe, de las joencitas asustadizas que se abrazan a lo más cercano que tengan en la oscuridad de la sala. Llevábamos así demasiados años y a más de uno se nos antojaba que la cosa se iba a eternizar, que la última vez que pasamos miedo como dios manda era con el bicharraco que perseguía a la Weaver. Y lo mismo para los tebeos, que veían como el esplendor del género de los 50 y 70 seguía los pasos de lo ocurrido en la gran pantalla o, peor, que se quedaba como reducto defrikis que confundían el miedo con la casquería.
Pero mire usted por dónde, llegó la salvación de donde menos nos esperábamos: del lejano oriente. Comenzaron a aparecer en nuestras pantallas películas que demostraban que había nuevas formas de entender el terror, más centradas en los miedos internos, en mantener una tensión continuada, en aquello que se llamaba el “terror psicológico” y que, por lo menos yo, más entiendo como una especie de exacerbación del sentimiento de culpa que todo humano lleva dentro.
Y más todavía: descubrimos que casi todas esas películas eran adaptaciones de tebeos, que eran los que realmente habían abierto la brecha. Y parecía lógico, porque el sistema narrativo del manga encaja perfectamente con esa nueva forma de abordar el terror. Es muy difícil que un tebeo te dé un susto, el autor no puede imponer al 100% el ritmo de lectura y la sorpresa es casi imposible… pero no lo es desasosegar al lector, provocar un sentimiento de extrañeza continuado, de incomodidad. Invocar a miedos casi naturales no desde el susto o la casquería, sino desde la reflexión, dejándonos el germen de una idea que no desaparece, que se mantiene ahí tras la lectura.
Como aficionado al género en todas sus formas (hasta la caspa más casposa), los mangas de terror que se están publicando en nuestro país me parecen todo un acontecimiento para los que amamos y disfrutamos este género. Ya sea con Junji Ito, Maruo, Hino o el recién llegado (aquí) Senno Knife, que debuta con doble obra: Shitaro (Mangaline) y Falsas apariencias (La Cúpula).
De momento sólo he leído la primera, una recopilación de relatos de terror que tienen como hilo conductor a un extraño niño que provoca el horror entre aquellos que entran en contacto con él. Terror dirigido a un público adolescente (no en vano la mayoría de sus protagonistas lo son), pero que puede ser disfrutado sin vergüenzas ajenas por cualquier lector. Historias que están enraízas casi siempre en leyendas populares japonesas y que juegan con lo extraño y repulsivo a partes iguales. No es, desde luego, un Ito o un Hino, pero la lectura es interesante y agradará a todos aquellos que busquen un terror distinto. (2)
Parece que, por una vez, estamos de suerte y veremos mucho más terror de ojos rasgados

Rejuvenecimiento vertiginoso

La editorial Planeta ha conseguido que entrar estos días en una librería especializada en tebeos se convierta en una especie de túnel temporal que te lleva a principios de los 90. Ver en las estanterías series como Doom Patrol, Shade, Sandman Mystery Theatre o el Hellblazer de Delano nos hace rejuvenecer de un plumazo 15 años, volver a esa época ilusionante en la que parecía que un nuevo aire, importado de la más vetusta Britania, llegaba al mainstream americano. El impacto de autores como Alan Moore y Neil Gaiman, estaba demostrando que era posible contar nuevas historias con héroes clásicos, tomando el género de superhéroes y mestizándolo con otros géneros clásicos como el terror o el misterio y, sobre todo, con guiones plagados de una inteligencia que brillaba por su ausencia en otras experiencias exitosas del momento, como el fenómeno Image. Cuando la astuta Karen Berger se puso al frente de Vertigo, reuniendo series como Swamp Thing, Shade y Sandman en un nuevo sello, se iniciaba un camino de libertad creativa que durante unos pocos años dio frutos verdaderamente brillantes. Cierto es que con el tiempo el sello se vio reducido a un continuo de refritos de Moore y Gaiman, pero estas primeras series que está reeditando Planeta coinciden en una calidad extraordinaria.
Hago un rápido repaso:
Sin duda, las dos grandes series de este “relanzamiento” son el Shade de Milligan y el Hellblazer de Delano. La primera, de la que ya tenemos en las librerías el segundo volumen, nace de la psicodelia de los 70 para rápidamente alzarse como una disección de la América profunda. Una visión a medio camino entre la curiosidad y el desencanto de un inglés, que reconocer la cultura americana como una extensión de la suya pero que se sorprende por las diferencias profundas a las que ha llegado. Comienza en este segundo recopilatorio la fundamental “American Scream”, una saga de 12 números que cambia y redefine profundamente al personaje. Milligan se aleja de la alucinación para entrar en una reflexión acertada y brillante sobre la propia esencia del pueblo americano que se centrará posteriormente en una búsqueda del propio yo. (3)
Pero si Milligan maravillaba en Shade, Delano no se quedaba atrás en Hellblazer, siendo de lejos el único guionista que ha comprendido la esencia del John Constantine que Alan Moore creó para Swamp Thing. Ni Jenkis, ni Morrison, ni Ennis, han entendido como Delano el cinismo zahiriente y paradójico de un brujo que no cree en la magia ni en dioses, un escéptico en un mundo de creencias ancestrales que juega con ellas sin tomárselas en serio. Es precisamente ese contraste el que logra el profundo terror que emana de las historias de Delano, convirtiendo leyendas para asustar a los niños en reales y sólidas, en terribles miedos que toman forma y que dejan al lector siempre asustado ante la perspectiva de que lo que ha leído puede ser real. Un juego de manos con los miedos más profundos del ser humano que nunca tuvieron un dibujante a la altura de los excelentes guiones de Delano. (3)
Quedan en un nivel inferior, pero no por ello desmerecedor, las sólidas Doom Patrol y Sandman Mystery Theatre. Morrison, que ya había expuesto sus habilidades en Animal man, comienza su particular viaje al delirio, a la indigestión de ideas compulsiva en esta revitalización de la contrapartida DC de la Patrulla X. Un antecedente directo y claro de lo que luego se continuaría en Invisibles o El Asco y que combina ideas brillantes con momentos en los que los conceptos se amontonan en una congestión que lleva a la confusión. Pese a todo, es una lectura muy por encima de la media y en la que sólo por algunas de las imaginativas propuestas ya vale la pena su compra. (3-)
Y aunque siempre fue la gran olvidada de Vertigo, Sandman Mystery Theatre es una revisión del personaje original de la Golden Age que Gaiman había cambiado radicalmente. Wagner consigue la que es, sin duda, su mejor obra, con una sólida incursión en el género detectivesco (con la inestimable ayuda de Steven T. Seagle), de la que tenemos un excelente ejemplo en el volumen editado por Planeta, “La Vamp”. Tramas que sin llegar a ser originales, están perfectamente orquestadas, entroncado a la “otra personalidad” de Wesley Dodds con los pulp de “La Sombra” de Walter Gibson. Una serie tremendamente atractiva que gozó de dibujantes perfectos para lo pretendido, como Guy Davies o John Watkiss, que supieron dar la ambientación perfecta a los guiones, a medio camino entre el cine negro de los años 30 y la ilustración de las novelas de misterio populares. (3-)
Cuatro excelentes series que edita Planeta con su habitual diversidad de formatos, que poco favor le hacen a las series. Tanto Doom Patrol como Hellblazer ganan mucho en tomos recopilatorios como los elegidos para las otras dos series, igual que no hubiese estado de más un diseño común para las mismas, al menos en cuanto a características técnicas (glasofonados diferentes, etc) y, sobre todo, una elección de papel más acertada para el tipo de color de las series, que resulta en unos tonos chillones de lo más molesto.

Multiculturalidad (o de lecturas varias)

Sigo enfrascado en las lecturas de este Saló, mezclando manga, con americano y europeo sin solución de continuidad:
Comienzo con la segunda entrega de Homúnculus , de Hideo Yamamoto (Ponent Mon). La acción avanza y las visiones provocadas por la trepanación comienzan a generalizarse, el mundo que rodea al pobre Susumu Nakoshi se desmorona y aparece una nueva realidad, extraña e intangible, en la que lo real se convierte en símbolo. A través de su tercer ojo Susumu es capaz de ver representaciones del interior de las personas, incomprensibles en ocasiones, evidentes en otras. Yamamoto sabe mantener la tensión y el interés y la lectura de Homúnculus se nos muestra como un juego de espejos en el que nunca sabremos cuál será el siguiente paso. No tengo muy claro si el autor sabe dónde llegar, pero de momento está guiando la historia con pulso y dejando al lector con ganas de leer el siguiente tomo, lo que no es poco (2+).
Dr. Inugami (Glenat) es la nueva obra del siempre impactante Suhehiro Maruo, esta vez centrada en el mundo de las tradiciones mágicas japonesas, mezclando la brujería ancestral nipona con su mitología. Como es habitual en la obra d este autor, el calificativo de extraño sobrevuela todas las páginas, con imágenes de extrema fuerza impactante que no llegan a caer esta vez en la escatología brutal de algunas de sus últimas propuestas pero que siguen manteniendo esa capacidad de provocar en el lector el desasosiego y la repulsa. Si bien algunas de sus últimas obras de este autor me habían parecido vueltas de tuerca innecesarias a su turbadora visión de la realidad, Dr. Inugami tiene muchos puntos en común con la interesante Gichi Gichi Kid: un planteamiento centrado en un extraño personaje protagonista, la estructura en capítulos autoconclusivos…aportando además una perspectiva desconcertante e inquietante de la mitología y creencias japonesas en contraste con el descreimiento creciente de la sociedad actual. No llega a la calidad de obras tan angustiosas como Midori o La sonrisa del vampiro, pero es una lectura recomendable (2+).
Decepción, sin embargo, es lo único que puedo decir sobre Aea de Aldaal (Norma), la tercera entrega de las aventuras de Cyann de mi admirado Bourgeon. Pese a las muchas ganas de leer la continuación (casi ocho años hemos tenido que esperar, un retraso debido al pleito que su autor mantenía con Casterman y que casi le hace abandonar el tebeo) lo cierto es que al pasar la última página se repite la sensación de desencanto que ya tuve en las dos anteriores entregas de la saga. Cierto es que Bourgeon está espectacular en su dibujo, con algunas planchas sencillamente magistrales y un conjunto muy superior al de la segunda entrega, pero el guión de Lacroix sigue sin funcionarme. La recreación de los mundos es cuidada y sugerente, con una atención exagerada de todos los detalles, desde los diseños biológicos al folclore y costumbres las sociedades involucradas (una característica muy deudora de Valerian, todo sea dicho), pero sigue siendo un fastuoso escenario para unos personajes que deambulan sin rumbo ni personalidad. Lo que es sin duda su gran fuerza en Los Pasajeros del Viento, la arrebatadora personalidad de los personajes, que tienen vida propia e inundan con ella la historia, aquí ha desaparecido totalmente, no acaban de cuajar en el argumento y no contagian al lector de su vivacidad. Quizás la causa sea la pobreza del argumento, apenas una anécdota extendida durante 70 páginas, pero resulta realmente desolador cuando se contrasta con el impresionante despliegue creativo y de imaginación de sus autores. Una verdadera lástima, porque Bourgeon es uno de mis autores favoritos. (1)
En cambio, curiosa ha sido la lectura de la última entrega de Los Escorpiones del Desierto: Cita en Dire Dawa (Norma), primera con el suizo Pierre Wazem a la batuta. Toda una osadía, porque sustituir al gran maestro Pratt en una de sus series insignia parece casi una ofensa, más que un reto, pero que resuelve con dignidad. Wazem opta por continuar la historia con respeto absoluto a cómo había quedado la situación en el último álbum de Pratt, manteniendo ese onirismo romántico que impregnaba las últimas páginas de la serie. Una elección arriesgada, porque es precisamente esa atmósfera la que a mi entender hacía más compleja la lectura de la serie, que se alejaba diametralmente del realismo de los dos excelentes primeros álbumes y se introducía en vericuetos muy del gusto de la etapa final de Pratt pero que hacían perder el norte a la narración. Sin embargo, Wazem ha intentado reencauzar la historia conjugando ese aspecto con el objetivo inicial de Koinsky de llegar a Dire Dawa, un rompecabezas que sin llegar a cuajar al ciento por ciento, no se extravía en historias paralelas. Quizás el mayor pero que se pueda poner a esta historia es el intento del suizo de seguir a pies juntillas el estilo gráfico de Pratt, un intento loable pero en modo alguno necesario y, desde luego, no conseguido. La elegante síntesis y minimalismo del dibujo de Pratt no se alcanza copiando planos y mimetizando una narrativa basada en perfiles, sino con años y años de experiencia que Wazem no tiene, transformando algunas viñetas casi en ridículas fotocopias de episodios anteriores. Una verdadera lástima porque Wazem había logrado casi el más difícil todavía: reconducir una historia enredada en una maraña de ideas ajenas a la trama. En cualquier caso, habrá que poner un ojo en la siguiente incursión de este autor en el universo de Los Escorpiones del Desierto, con la historia llevada ya a su orilla. (2-).
Y dejo la mejor lectura para el final, el genial y divertidísimo Jack Staff: todo solía ser en blanco y negro, de Paul Grist (Recerca). Un grueso volumen que recopila las primeras apariciones del héroe británico por excelencia y que confirma a Grist como uno de los autores más interesantes toque el género que toque. Si Kane es una vitalista e interesante revisión de las tramas detectivescas, este Jack Staff es una de las más inteligentes revisiones del género superhéroico, capaz de juntar en una misma serie desde el homenaje a los clásicos de siempre (en este caso a las series de IPC), la recuperación de una forma de entender el género pero también su revisión y puesta al día. Hay muchísimas coincidencias en las formas entre este Jack Staff y lo que Alan Moore está haciendo en la línea ABC de Wildstorm, comenzando por esa reivindicación del género como entretenimiento puro, que restituye el concepto clásico de folletín en todas sus vertientes: desde la necesidad del pérfido villano, archienemigo declarado, a la propia estructura formal del relato, cuajado de trampas de continuará que enganchen al lector. Un ejercicio de nostalgia que se conjuga con gran inteligencia y en el que la ironía se despliega por doquier, consiguiendo que en el lector un doble propósito: que recupere el gozo de leer un tebeo para reírse y pasar un buen rato y, además, que tenga una lectura inteligente, sólida y bien armada.
Y Grist consigue ampliamente estos objetivos gracias a los personajes clásicos de IPC. Archie, Zarpa de Acero, The Spider o Kelly Ojo Mágico vuelven en nuevas encarnaciones tremendamente respetuosas con los originales (extraordinarias series de género, todo sea dicho, muy superiores a las que hacían sus homólogos coloniales Grist dixit- en la misma época) no sólo en sus características más superficiales, sino en el propio espíritu de las series. Grist reconstruye ese universo alrededor del personaje de Jack Staff, con muchísimo más acierto que la reciente Albion de Alan y Leah Moore (incluyendo un divertido homenaje al barbudo de Northampton), consiguiendo una de lecturas más apetecibles de las novedades de este mes. (3+)

Día de Muertos

En esta vida hay que ser coherente, que no es que sea necesario, es más, de hecho la mayoría de las veces es poco o nada conveniente si uno quiere progresar en esta vida, pero si se cumplen las reglas de la coherencia a uno siempre le queda aquello de que su epitafio rece “fue coherente hasta el final”. Y como ayer se celebraba el Día de los Muertos (que no Jalogüín, por favor, el Día de los Muertos queda mucho más ceremonioso y grandilocuente), me preparé consecuentemente. Primero, enamorándome de la Novia Cadáver de Burton, una película encantadora y maravillosa, un delicioso cuento de miedo lleno de detalles (que sí, que tiene mucho que ver con el excelente corto de René Castillo, pero también sus diferencias, uno más buñueliano, otro más deudor de la narrativa decimonónica, pero dos obras soberbias, en resumen).
Y segundo, leyendo tres obras seguidas del gran genio de lo encantadoramente siniestro: Richard Sala.
Comencé con la que más miedo me daba: la adaptación de Drácula con textos de Steve Niles que publica IDW. Y miedo me daba con razón, aunque con remedio de cataplasma. Con razón porque Niles sólo hace una apresurada versión de la novela de Bram Stoker y con remedio porque se pueden obviar los textos y disfrutar directamente de las ilustraciones de Sala. Aunque la cataplasma deja sabor agridulce en cualquier caso, porque aunque me guste mucho el estilo de Sala, parece perder esa dulce pero cruel inocencia que invade Peculia, quizás demasiado preocupado por la importancia del referente literario, reteniéndose en su habitual estilo. Queda al final una especie de cuento ilustrado que pudo ser mucho mejor una lástima.
Afortunadamente, me quedaban dos cartuchos en la recámara que me hicieron disfrutar como alma en pena. Primero con The Chuckling Whatsit, una delirante comedia detectivesca en la que un atribulado periodista tiene que investigar el secreto que yace tras el asesinato de una serie de astrólogos y adivinos. Una puerta para entrar en un mundo de asociaciones de criminales, venganzas y amores que trascienden la barrera del tiempo, elegantes criminales de guante blanco y seductoras damas que se anuncian el horror con una deliciosa frase en francés… Un pupurrí en el que Sala se mueve como pez en el agua, jugando al pulp con influencias de la literatura popular decimonónica de terror, desde Poe a Hoffman, con un humor socarrón pero delicioso con el que atrapa al lector desde la primera página, manteniendo siempre la intriga y la tensión con mano firme. A lo que hay que añadir su estilo a medio camino entre el grabado clásico, lo naf y el expresionismo de Grosz, que define un forma personalísima de entender el dibujo. Un excelente método de pasar un buen rato con una lectura inteligente y divertida.(3+)
E idénticas palabras se pueden decir de Mad Night, una especie de nueva entrega de las aventuras detectivescas que se inician en el volumen anterior y en el que esta vez el protagonismo lo toma la joven estudiante Judy Drood, descarada y decidida como pocas, que se lanza junto al atolondrado Kasper Keene a investigar los extraños crímenes que se suceden en el campus. De nuevo, Sala es capaz de de crear un suculento cóctel en el que aparecerán desde extrañas sectas de seductoras jóvenes piratas a nazis escondidos en busca de la eterna juventud, atrapándonos de nuevo en esa extraña tela tejida con un pastiche de géneros que une lo detectivesco con el terror y el misterio, en un circo de personajes tan inolvidables como la Tía Azalea, la marioneta líder de las piratas o el terrible Máximo Ibex.(3+)
Dos excelentes tebeos que esperemos sean publicados alguna vez por aquí (¿Recerca tal vez?)

Algunas lecturas del Salón del Manga

Y comenzando, por lógica, por los mangas parece evidente que la primera obra que comente sea MW de Tezuka (Planeta), de la que sólo puedo decir una cosa: magistral. MW pertenece a esa etapa del autor en la que quiso demostrar que era capaz de hacer historias adultas a la manera del gekiga que Tatsumi y otros autores practicaban. ¡Y vaya si lo demostró! Porque MW es una brutal, contundente y durísima descripción de la corrupción política y sus derivados: la mentira, la envidia, el uso del ser humano como una simple moneda de cambio para los intereses de los poderosos… A lo largo de las casi 600 páginas de esta voluminosa obra una historia de venganza es la excusa argumental para dar un repaso a la hipocresía de una sociedad que permite que la corrupción campe libremente mientras alaba la riqueza fácil o que ataca el amor homosexual permitiendo las uniones que sólo buscan el poder. Al igual que en Ayako, en MW no hay héroes, pero tampoco villanos. Hay seres humanos que pervierten su comportamiento por la ambición del poder, pero que se muestran humanos y por tanto, frágiles y volubles. Quizás el único pero que se le puede poner es la excesiva teatralidad de su personaje principal, Michio Yuki, afectado por el gas tóxico MW en su infancia y dispuesto a acometer su terrible venganza al precio que sea. Una gran obra (4).
La segunda lectura, el reencuentro con Minetaro Mochizuki, el autor de Dragon Head, que vuelve a nuestras librerías con una obra de terror psicológico desasosegante, La mujer de la habitación oscura (Glenat). Un punto de partida más que habitual, el acoso al que se ve sometido un joven estudiante por parte de una extraña mujer (bien exprimido en la literatura o cine, recordemos Atracción fatal, por ejemplo), es aquí retorcido para extraerle todo su lado más enfermizo, consiguiendo una obra asfixiante, terrorífica, que nos mantiene en una constante de locura y tensión. Sabida era la habilidad de este autor para dejar al lector expectante a lo largo de una serie, pero en un solo volumen esa capacidad se condensa y agudiza hasta que la ansiedad se mezcla con la zozobra de lo desconocido para llevarnos directamente al miedo. Un buen ejemplo de cómo las obras que llegan de Oriente están revolucionando el género. (3)
Y la tercera, la curiosa Cat Shit One, de Motofumi Kobayashi (Glenat), que narra a modo de documental episodios de la guerra de Vietnam siguiendo a un comando de operaciones especiales de los marines americanos. Kobayashi contrasta el naturalismo de las situaciones, basadas siempre en hechos reales, con la elección de representar a los soldados como conejos y a los vietnamitas como gatos. Una opción discutible, tanto por la referencia directa al Maus de Spiegelman como por la asimilación de las tropas americanas como conejos a manos de los gatos, una visión que puede entenderse sólo desde el punto de vista de los americanos, pero difícilmente desde una perspectiva distinta. Pese a todo, puede ser una lectura interesante para los aficionados al género bélico y los interesados por el conflicto vietnamita. (1+)

Renovando el lenguaje

¿Se puede a estas alturas renovar el lenguaje de la historieta? La respuesta es obvia: sí.
No sólo se puede, sino que el lenguaje de la historieta es lo suficientemente joven como para necesitar que una constante innovación, una búsqueda incesante de nuevos caminos y recursos. Una tarea arriesgada, que no siempre puede ser asumida por los autores, pero que, paradójicamente, cuenta con firmes seguidores en este primer lustro del milenio. Es bien conocido que en los 90 el mainstream (en general, aplicable a la BD, al americano, etc) siguió a otras formas culturales, como la música, en su caída en barrena hacia la apatía creativa absoluta y el desprecio al autor y su obra, que pasaba a ser un producto con la misma consideración que una hamburguesa de McDonalds. Una situación lamentable que contrastaba con la obra de algunos autores que luchaban por defender la dignidad del medio, investigando y renovando su lenguaje. Algunos desde dentro del mainstream, como Howard Chaykin, otros desde la independencia absoluta, como Chris Ware, Dan Clowes en los USA o David B. en Francia. Sus obras pueden gustar más o menos, pero nadie puede negar que suponen pasos adelante en el estudio de las posibilidades del lenguaje de la historieta.
Como respuesta a la pregunta con la que abría esta anotación, ayer me releí tres obras que prueban con hechos lo argumentado. Las había leído demasiado rápido y precisaban una lectura reposada como la que pude hacer ayer.
Primero, Ice Haven, de Dan Clowes (Fantagraphics), una soberbia vuelta de tuerca en la que el creador de Eightball vuelve a demostrar hasta dónde es posible llegar con la historieta. El secuestro del pequeño David Goldberg en el pueblecito de Ice Haven es la excusa argumental que usa Clowes para construir una magistral y compleja reflexión sobre el ser humano, sus motivaciones y la creación. Orquestada a través de multitud de personajes a los que vamos acercándonos de forma aislada, con pequeñas apariciones de apenas dos páginas en las que levemente accedemos a la realidad, Ice Haven va creándose sobre sí misma, a modo de puzzle que va definiendo la forma que esconde a medida que colocamos cada pieza, pero logrando que cada una de ellas mantenga su invidualidad. Una exquisitez de tantas capas como el lector quiera desgranar, en la que cada historia individual es un análisis cruel y certero de las verdaderas razones que mueven al ser humano, y que adquiere, pasmosamente una unidad final aparentemente intrascendente. Clowes consigue articular en su obra una invectiva mordaz a la crítica, pero también al concepto mismo de qué es el arte, a la falsa motivación del que quiere crear pero no puede y al que lo hace casi sin ser consciente. (4)
Una obra brillantísima que, paradójicamente, tiene una continuación lógica en el número 23 de Eightball (Fantagraphics), con… una historia de superhéroes. Haciendo uso de los mismos esquemas narrativos que se establecieron en Ice Haven, Clowes demuestra que es posible hacer una historia de superhéroes distinta desde las claves más tópicas del género (desde el origen del personaje a sus peores enemigos) llegando a una reflexión lucida y magistral sobre el concepto de héroe. En Death-Ray se nos cuenta la historia de Andy, un joven que descubre en su tardo-adolescencia que tiene superfuerza y que sus padres le han dejado una pistola desintegradora. Un gran poder, sin duda, pero… ¿dará lugar a una gran responsabilidad? En una reconstrucción brutal del concepto clásico de superhéroe, Clowes consigue seguir de una manera casi naturalista cuál podría ser la reacción real de un joven apocado y tímido, repudiado por sus compañeros de instituto al recibir estos “dones”. Un análisis magistral, que permite a Clowes hacer una dura reflexión sobre la realidad de las relaciones humanas: el amor, la amistad, la vecindad, el compañerismo… Las conclusiones son contundentes, de una lógica tan aplastante que la lectura de Death-Ray no hace replantearnos el concepto de héroe que tan firmemente asumido tenemos por años y años de lectura de tebeos de género. Extraordinario (4).
Y la tercera de las relecturas ha sido el Babel, de David B (Sinsentido), una especie de preludio de lo que encontraremos en La Ascensión del Gran Mal, una de las obras maestras de la historieta de los 90. David B nos introduce en los recuerdos de su infancia, siempre marcados de forma dramática por la epilepsia de su hermano, pero desde una perspectiva distinta: tan sólo recuerda los sueños de niñez. Una visión deformada de la realidad sorprendente y subyugante, en el que el dibujo adquiere un protagonismo esencial a través de los simbolismos oníricos. La página se deforma para contener composiciones increíbles, que rompen la estructura narrativa clásica para buscar un impacto visual de tal calibre que casi es posible seguir la historia dejándose llevar tan sólo por un dibujo que arrastra, recordando en todo momento (y homenajeándolo explícitamente) a ese genio del onirismo que fue McCay. Una obra en la que el autor demuestra la agresiva irreverencia del que empieza, lo que le lleva a arriesgarse en experimentos complejos, no siempre fructíferos, pero atrayentes y que son la base de lo que será después La Ascensión. (3-)

Recuperando a Dino Battaglia

Uno de los grandes problemas que tiene el tebeo hoy es la pérdida de su historia. Resulta muy complicado, sino imposible, que un joven lector de hoy pueda acceder a los clásicos indiscutibles del medio. Poco a poco se van recuperando algunas de las tiras clásicas de prensa americana de las cinco primeras décadas del siglo pasado, pero sigue siendo sangrante que para muchos aficionados haya autores que pertenezcan a brumoso territorio de la ignorancia obligada.
Uno de esos autores que parecía condenado al olvido era el maestro italiano Dino Battaglia, un autor muy ligado a las adaptaciones de clásicos de la literatura (sobre todo fantástica) y que muchos recordamos por su soberbio dominio de las ambientaciones y su elegante dibujo, maravillosamente compensado por unas texturas que generaban atmósferas imposibles. Hace 25 años encontrar a Dino Battaglia en revistas como TOTEM, El Globo, Blue Jeans o Bumerang (o incluso la pirata Vilan) era habitual, para goce de cualquier aficionado. Incluso se publicaron algunos álbumes, como ‘Los cuentos de Maupassant’ (Biblioteca TOTEM), ‘El gran burlón’ o ‘El hombre de la legión’ (de esa sensacional serie, Un Uomo, una aventura). Pero parece que su muerte en 1983 suponía también que su obra se perdería irremisiblemente en el olvido.
Afortunadamente, parece que existe gente que todavía se acuerda del maestro y Astiberri acaba de publicar TOTENTANZ, un impresionante álbum, de exquisita edición, que recopila algunas de las adaptaciones de clásicos (sobre todo de E.A.Poe) de este autor italiano. Historias tan maravillosas como El Golem, de Gustav Meynrick o La máscara de la muerte roja, de Poe, adquieren en las manos de Battaglia unas tonalidades que nunca antes alcanzaron. Sólo él ha sabido crear la atmósfera decadente y enfermiza que envuelve a aquellos que escapan de la peste en el cuento de Poe, o la terrible magnificiencia del monstruo de barro de la novela de Meynrick. Las páginas se componen con una exquisita armonía, casi poética, consiguiendo que los espacios en blanco adquieran importancia al balancearse con sus texturas, muchas veces sucias, que contrastan con la fina línea de su dibujo, a medio camino siempre entre la caricatura y el realismo. Pasear por las páginas de Totentanz es redescubrir a un genio de la historieta, es detenerse durante largos momentos a contemplar extasiado la belleza de sus dibujos y la inteligencia de sus composiciones, que dan nueva vida a clásicos indiscutibles de la literatura fantástica. Una maravilla (4+) que es acompañada por una cuidadísima y acertada edición por parte de Astiberri, que consigue gracias a una calidad de reproducción que roza la perfección que podamos admirar todos los matices del dibujo de Battaglia.

Lecturas entendidas

Curiosas y paradójicas las novedades de este mes de La Cúpula: tres tebeos de temática gay (Claro que sí, Wendel y Estoy en ello) y… Torrente 3. Lo dicho, curioso.
Pero no es eso de lo que quería hablar sino del interesante Estoy en ello, de Sebas Martín. Un autor completamente desconocido para mí y que me ha sorprendido muy gratamente con este fresco costumbrista de la escena gay de la Barcelona de inicio del milenio. Desparpajo y frescura que recuerdan muchísimo, tanto en la manera de afrontar esta comedia coral como en el estilo gráfico al que en su día realizó Bartolomé Seguí en Lola y Ernesto, Hector y Rita o Luigi es Luis. Al igual que en las obras del mallorquín, Martín cuenta el día a día de un grupo de amigos gays, centrados en la figura de Salvador, que actúa a modo de hilo conductor de la larga historia río. Humor, drama, sentimientos, alegrías… Estoy en ello es un excelente catálogo vital del colectivo gay barceloní, pero también de una sociedad que avanza y se transforma. No hay reivindicaciones evidentes ni intentos de trascendencia (algo que afecta negativamente algunas de las historias de Claro que sí, demasiado obcecadas en no querer caer en la superficialidad y que les lleva a un impostado tono reflexivo), sólo encontramos personas que se cruzan, se relacionan, que viven el día a día. Sorprende también el buen hacer de Sebas Martín, que demuestra un sólido oficio, con una narrativa sencilla pero más que correcta y un estilo perfecto para esta historia.
Un buen relato costumbrista, posiblemente una de las obras más interesantes de la línea gay que ha sacado hasta ahora La Cúpula. (3-)
(Por cierto, y hablando de tebeos de temática gay… ¿para cuando el fundamental Stuck Rubber Baby de Howard Cruse?)