Bertenev

bertenevCafé Budapest fue una excelente carta de presentación en España para Alfonso Zapico. Un álbum inteligente, prometedor, al que sólo se podía criticar que su aproximación podía parecer excesivamente amable para la complejidad del tema tratado, pero que auguraba un autor con ideas y ganas de contarlas con buen pulso. Me gustaría poder hablar ahora de la confirmación de la progresión de Zapico, pero las cosas del tebeo son complicadas y en lugar de llegarnos ahora su nueva y esperada obra, lo que se publica es La guerra del Profesor Bertenev. Obra anterior en el tiempo pero desconocida por aquí, que significó su brillante debut en el mercado francés con el reconocimiento del Prix BD Romanesque en el FestiBD Ville de Moulins 2007. Y aunque La guerra del Profesor Bertenev es un álbum a leer, uno se sigue quedando con las ganas de poder leer el siguiente paso de Alfonso Zapico. Pero es lo que hay, así que me centraré en esta obra, que avanza muchas de las constantes que posteriormente exploraría el autor en Café Budapest. Ambientando en este caso la historia en la guerra de Crimea, el autor ya demuestra su interés por los momentos históricos convulsos, usándolos como escenario perfecto para analizar el absurdo de esas etiquetas de “amigo” y “enemigo” que todo enfrentamiento define. Rehúye de ese maniqueísmo implícito a cualquier guerra para plantear una historia donde nada es lo que parece, invitando al lector a reflexionar sobre los absurdos de cualquier guerra. No es, desde luego, un planteamiento original, ha sido tratado en multitud de ocasiones en literatura, cine o incluso la misma historieta. Incluso su acercamiento puede parecer, conectando en cierta medida con lo que luego veríamos en Café Budapest, excesivamente ingenuo por momentos. Sin embargo, es evidente que la historia de este apátrida Profesor Bertenev, con todos estos peros, se lee con gusto. Zapico desarrolla con acierto a sus personajes, consiguiendo un protagonista carismático y sugestivo, con la dosis de ambigüedad adecuada para lograr la reflexión de un lector que hallará, además, múltiples ideas y propuestas en esta obra. Pese a ser un debutante en ese momento, el autor demuestra un buen pulso narrativo (excepción hecha de las escenas de batalla iniciales, necesarias para el planteamiento de la historia, pero donde la inexperiencia del dibujante resulta más evidente), deudor tanto de la narrativa clásica francobelga como en algunos momentos de la Nouvelle Vague de la historieta francesa, y con un excelente uso del color.
Un álbum interesante, que muestra ya las pautas que el autor exploraría con más profundidad en Café Budapest y que merece una lectura atenta. Aunque nos deja todavía con más ganas de leer la nueva obra de Zapico. (2-)

(0): Malo. (1): Correcto (2): Bueno, aspectos interesantes. (3): Notable, muy interesante.(4): Excelente, muy bueno. (5): Obra Maestra

Gentleman Jim

Aprovecho la edición en castellano por Astiberri de la maravillosa Gentleman Jim de Raymond Briggs para recuperar la reseña que hice con motivo de su edición americana, coincidiendo con que poco antes recordaba por estos lares esa maravilla de la historieta que es Cuando el viento sopla, de Raymond Briggs.

Reconozco que desconocía por completo que existía una obra anterior en la que se nos presentaba a la conmovedora pareja protagonista de Cuando el viento sopla, los Bloggs. Un terrible error que el anuncio de Drawn & Quaterly de la publicación de esa primera aparición, Gentleman Jim, transformó en necesidad imperiosa por su lectura.
Necesitaba leer esta obra.
No os podéis imaginar la impaciencia con la esperé que me llegara esta obra y la avidez con la que me lancé a ella. Con un poco de miedo, eso sí. Quizás era injusto generar tan grandes expectativas por una obra anterior, sobre todo si estamos hablando de una obra maestra difícil de alcanzar. Briggs es una autor mayúsculo, pero es su famosa reflexión sobre la guerra nuclear es una de las obras que más me han conmovido en mi vida de lector.
Dudas, dudas y más dudas que no impidieron que al pasar la última página, sólo tuviera un pensamiento: ¡qué maravilla!.
Briggs nos cuenta la historia de esta afable pareja, felices en su sencillez, aunque Jim, el marido, tenga más aspiraciones que ser un simple limpiador de aseos públicos toda la vida. Una ambición que le lleva a la búsqueda de posibles trabajos que le saquen de su rutina. Le cuesta leer los anuncios de prensa, así que mejor intentar encontrar por su cuenta un trabajo que se amolde a sus posibilidades. A él le gustaría ser un valiente soldado, un gran artista o un aguerrido cowboy, pero pronto se dará cuenta de las muchas dificultades que tienen estas profesiones, por lo que se decidirá finalmente por la apasionante vida del bandolero…
La aplastante simplicidad de Jim y Hilda consiguen arrebatarnos el corazón desde la primera viñeta, es imposible no sentirse conmovido por su ingenuidad y su sencillez, por esa ilusión desbordante por la utopía y lo imposible, por la lucha por un sueño. Briggs, autor magistral como pocos, nos va desgranando su historia como un cuento de cuentos, como las fábulas que se narran al niño que va a dormirse. Pero con una diferencia: esos sueños ocurren en un mundo real, que pugnará por cercenarlos y destrozarlos. Borda como pocos el enfrentamiento entre la imaginación y una sociedad severa que no admite que uno de sus miembros pueda ser feliz más allá de las convenciones. Y su crítica no puede ser más rotunda y brutal. En apenas 30 páginas desarrolla uno de los discursos más lúcidos que servidor ha podido leer sobre una sociedad que no deja resquicios a la imaginación y que lucha por alienar a sus miembros al máximo. Los Bloggs son esa conciencia infantil que no entiende de lógicas enmarañadas y falsarias, que sólo comprende aquello que marca el sentido común y la bondad sin malsanos intereses.
Un tebeo hermoso, epatante, que respira la magistralidad de la sencillez sin renunciar a un mensaje duro y tajante. (4+)
Por cierto… ¿alguien se atreve a recuperar toda la obra de este autor?
(Podéis leer un avance de seis páginas en la web de D&Q)

Kang Full

Declaración de intenciones anticipada: me encanta Kang Full. Pasa a veces. Uno está mirando dibujitos por ahí y, de repente, ¡plaf! Flechazo que te crió. Algún angelote intelectualoide que tiene a su cargo los asuntos del kang1gusto cultural nos ensarta con sus flechitas, que no son tan irracionales como las de su colega Cupido, pero casi: comienzas a pasar páginas y cuando te das cuenta estás leyendo con gula, devorando viñetas y dejándose llevar para dejar eso de los argumentos para otro momento. Me pasó con el coreano con Chassés croisés, la primera obra que descubrí de este autor en su edición francesa de Casterman. Como buen gafapasta amante de lo mal dibujado, me llamó la atención el estilo naif de brillante colorido y pensé que podría ser una versión coreana de Yoshito Usui, razón más que sobrada para darle una oportunidad. Pero lo que no me podía esperar es que tras esa simpleza formal me iba a encontrar unos personajes profundos, delineados con toda la fuerza de la complejidad humana. Lo que contaba no era nada extraño, historias de amor sencillas, pero plenas de una sensibilidad muy especial, con personajes supurando sinceridad en sus sentimientos y palabras. Y me gustó que esos dibujos apenas esbozados, sin marco que les rodee, formaran un fluido continuo y orgánico, de naturaleza vertical que sería interminable existencia en un webcómic pero que la página obliga a cortar en pequeños bocados de vida. Y me gustó que sus diálogos fuesen de una elegante naturalidad, sin que parezcan el impostado discurso de un monologuista. Pero sobre todo, me gustó que sus protagonistas que no fueran personajes. Eran personas de carne y hueso. Tan simple y tan difícil como eso. Un tebeo que era difícil dejar de leer y que me dejó con kang2muchas ganas de seguir leyendo obras de Kang Full. Estaba yo dispuesto a pedirme todo lo publicado por Casterman cuando Planeta comienza a publicar El idiota, donde Kang Full cambia de escenario pero mantiene intacta esa capacidad de empatizar con el lector a través de personajes reales y tangibles. Vuelve a montar un castillo con pequeñas piezas simples, contando la historia de Ji-Rho, la brillante pianista que un día decide volver a su país para buscar respuestas que sólo encontrará en Seung-Lyeong, el tonto del pueblo, el idiota. Con la misma sencillez con la que dibuja, Kang Full se atreve a reflexionar a través de sus dos protagonistas sobre lo que queremos en esta vida, lo que esperamos de ella. Y, otra vez, esa sensibilidad. A medio camino entre la ternura y la crueldad de la verdad, pero llevada con una delicadeza que recuerda en momentos a Yoko Ogawa o a Inoué.
Un autor que, además, es capaz de cambiar de registro con inusitada sencillez, pasando de la intimidad de estas obras al terror más puro con El apartamento, que también acaba de publicar Planeta. Y ojito, porque lo que eran herramientas para abrazar al lector suavemente, trocan ahora en cadenas para agarrarle desprevenido (no en vano ya ha trabajado en una película de terror y prepara la precuela de la excelente The Host). Sólo dejo la premisa argumental: todas las noches, a las 21:56, los habitantes de un edificio de apartamentos apagan las luces. No recuerdan lo que han hecho. No saben por qué lo hacen. Engancha, aviso.
Un autor a seguir.

El viento que se quedó en brisa

boisNo sabría explicar muy bien la mezcla de ansiedad y pánico que tenía ante la anunciada sexta entrega de Los Pasajeros del Viento. Una serie fetiche, grabada a fuego en mi particular Olimpo de series favoritas y con unos personajes fetiche, recordados y mitificados hasta la saciedad… Razones más que sobradas para esperar – casi anhelar- la continuación de la serie casi cinco lustros después de su finalización, pero que se enfrentaban a la realidad de la tremenda decepción sufrida con la última entrega del ciclo de Cyann, con un Bourgeon desdibujado y muy lejos de sus mejores momentos. La razón me hablaba de un dibujante que había perdido ese “feeling” particular que tenía con el lector, la esperanza contrarrestaba pensando que el largo periodo de parón artístico, debido a las luchas legales en las que se vio enredado el dibujante, pasaba su factura y que sólo era necesario volver a coger tono y para que se cumpliera el refrán “el que tuvo, retuvo”. Quedaba, eso sí, otro miedo lógico: la experiencia dice que retomar series cerradas suele atender sólo a razones económicas, no creativas, y sus resultados suelen ser siempre menores, por no decir abiertamente que malos. ¿Sería ése el destino de mi amada Isa?
Preguntas, temores, teorías y especulaciones que ahora, con el sexto volumen de la serie delante, iban a ser contestadas. Y tras su lectura, me temo que no hay respuestas tajantes a las preguntas.
En lo argumental, Bourgeon opta inicialmente por lo más razonable: seguir la aventura de Isa no tenía demasiado sentido, por lo que intenta recuperar el mensaje de la serie con una nueva Isa que siga defendiendo ese espíritu imparable de libertad. Una buena idea que se acompaña de una excelente elección de escenario geográfico y temporal: se avanza en el tiempo para llegar el final de la guerra de secesión americana y se sitúa en el estado sureño de Lousiana, un momento de enfrentamiento de concepciones sociales y un lugar que representa un atípico cóctel de culturas y tradiciones, perfectos para la exploración de cualquier concepto desde múltiples perspectivas. Una Isa ya anciana será la conexión entre lo francés, lo inglés, lo hispano, lo tribal y esta nueva protagonista que demuestra desde las primeras páginas el mismo espíritu indomable de su antecesora. Sin embargo, sorprendentemente, esta buena idea se rompe a mitad del volumen cuando Bourgeon decide incluir un largo flashback que, por entidad y longitud, es una especie de volumen quinto y medio donde se cuenta la historia de la Isa original tras los sucesos de Madera de Ébano. Una elección que deja el álbum a medio camino de todo: apenas es una presentación de nuevos personajes e ideas y queda corto como nuevo álbum de continuación de la serie. Una brevedad argumental que queda lastrada por el exceso de didactismo de Bourgeon, demasiado emperrado en explicar todos y cada uno de los complejos aspectos de la sociedad sureña de Luisiana. Hubiera sido mucho más constructivo un largo artículo introductorio a las fascinantes características de esta sociedad y no restar un tiempo precioso a la definición de personajes y situaciones. En cualquier caso, en la balanza no me atrevería a dar un balance negativo: hay cosas buenas y otras que no, pero la sensación es que es difícil juzgar sólo con lo leído en este volumen, demasiado de transición.
Pero sorprendentemente, las mayores pegas llegan en lo gráfico: Bourgeon ha evolucionado en su trazo hacia un naturalismo fotográfico, de detallismo excesivo, con un cuidado tratamiento de las sombras (que, en muchos casos resultan redundantes con el uso del puntillismo), pero perdiendo en parte ese inconfundible estilo que tenía. Su interpretación de la figura humana, naturalista pero con un sutil toque deformante caricaturesco era una firma indeleble, que daba una personalidad especial a su dibujo. El virtuosismo en la ejecución está fuera de toda duda, pero ya no encontramos su magia. No sería más que una apreciación personal de gusto por un estilo, pero que se ve agravada por la evidente bajada de calidad en lo narrativo: Bourgeon nunca ha sido un narrador brillante, pero sí eficaz. Sin florituras ni manierismos, con una narración lineal de elegante composición de página que funcionaba como perfecto vehículo de la historia. Sin embargo, en este sexto volumen volvemos a encontrar muchos ejemplos de confusión narrativa que ya se veían en la última entrega de Cyann. Si antes Bourgeon insertaba de forma natural en la narración la ilustración de pose donde explayarse en sus habilidades, ahora queda como pegote sin sentido. Bourgeon sigue fiel a la sencillez en la composición de los diálogos, pero en algunas escenas de acción, la puesta en escena y composición mediante un montaje analítico logran que el lector no sepa qué está pasando. En esas escenas tan visuales, el lector debe aportar el dinamismo, no la comprensión de los hechos, que debería ser gráficamente obvia. Sin embargo, muchas veces parece que Bourgeon está demasiado preocupado por la brillantez formal de las escenas y no por la narrativa.
Aspectos negativos por un lado (un dibujo brillante pero sin personalidad para una narrativa pobre), aspectos indefinibles (argumento sobre el que no se puede valorar todavía)… El sabor final es muy agridulce, pero deja algunas (¿vanas?) esperanzas para darle una oportunidad a su segunda entrega.
Espero.
(Por cierto, la edición de 12bis, impecable en lo gráfico y con profundas mejoras en la traducción. Aunque sólo he podido comparar las páginas iniciales de los avances, todos los problemas del integral han desaparecido y se nota el trabajo del traductor para integrar su traducción en el amasijo de lenguas que usa el libro, del francés al inglés pasando por el cajún, incluyendo un anexo con todas las traducciones y notas).

Clásicos del Humor: Pascual, criado leal

pascualLlega el turno de uno de los volúmenes más importantes de esta colección: Pascual, criado leal. Es la primera vez que la obra de Nadal es protagonista de un recopilatorio con esta extensión, recuperando y reivindicando a uno de los grandes autores de la “primera generación” de Bruguera que, debido a su precoz retirada, nunca ha tenido la repercusión de sus compañeros. Nadal fue el creador de series tan interesantes como la incluida en este volumen, Casildo Calasparra o Rosita la vampiresa, en las que dio muestras sobradas de su gran capacidad para el costumbrismo humorístico y, sobre todo, de la elegancia de su dibujo. Su facilidad para dibujar espectaculares mujeres le llevaría pronto a ser el equivalente español de Divito, traduciendo las conocidas “Chicas de Divito” de la argentina Rico Tipo a las patrias “Mujeres de Nadal” en DDT.
En esta entrega se recopila con extensión la serie creada para Pulgarcito en 1953, que finalizaría en 1960, aunque por desgracia sólo podremos observar la ácida crítica de la decadente aristocracia en las primeras páginas. La selección apenas incluye 60 planchas del periodo 1953-56, el más brillante de la serie y donde su humor todavía no estaba afectado por las normas censoras de la Dirección General de Prensa de 1956. Una lástima, porque Nadal fue uno de los autores que mejor retrato hizo de su época, pero que no empaña el poder disfrutar de este volumen: Pascual criado leal sigue siendo una serie muy divertida, con objetivo ahora más claramente infantil, desde luego, pero con un Nadal pletórico.
Otro volumen de lectura obligada (y van…).

Las puertitas

A diferencia del cine, arte colectivo por naturaleza y necesidad, la historieta es un arte que parece llamado a la práctica individual, a que un autor tome las riendas de todo el proceso y se convierta en guionista, utillero, dibujante, compositor, escenografista y fotógrafo a la vez. Y aunque las imposiciones sociales vistan de razón la división entre palabras y dibujo, por aquella mentira que de tan repetida parece cierta de la hibridez del noveno arte, la realidad dicta que la separación entre guionista y dibujante también es muy complicada. Que la transición entre el argumento y la obra final dibujada requiere de la argamasa de ese concepto tan elusivo que es la narrativa gráfica, donde guión y dibujo se diluyen el uno en el otro creando algo tan inseparabale que uno tiene a pensar que semejante unión es imposible de obtener a partir de dos personas. Pero en la historieta se da. Extraño arte éste que permite la creación de siameses intelectuales que llegan a fusionarse de tal manera que parecen un único autor. Charlier y Giraud, Muñoz y Sampayo, Goscinny y Uderzo, Gibbons y Moore… y, por supuesto, Carlos Trillo y Horacio Altuna. Dos autores argentinos que, para felicidad de los aficionados, un día decidieron contar cosas juntos, logrando algunas de las obras más importantes que este arte ha dado. El loco Chávez (¿premonitorio?), Charlie Moon, Merdichesky, El último recreo y, por supuesto, Las puertitas del Sr. López. Se atrevieron con todo, a oponerse a la persecución de la dictadura desde una tira que practicaba con valentía la crítica social; a transgredir los géneros, con una forma de entender moderna la ciencia-ficción o con la sátira del policiaco.
Pero, sobre todo, crearon al Sr. López.
lopezUn oficinista ya maduro, bajito, gordito y con cabeza despoblada que se evadía de la realidad convirtiendo la puerta de cualquier baño en un escape de la realidad. Un argumento en apariencia tan antiguo como la cultura misma, casi metareferencial, en tanto una de las funciones de la imaginación creativa es dar caminos de huida de la realidad, pero que en manos de Trillo y Altuna fue algo distinto, muchísimo más mordaz y peligroso. López, retrato del ciudadano medio, tenía el inmenso poder de escapar para vivir aventuras imaginarias sin par, convertirse en el héroe de las leyendas o en el latin lover deseado por las mujeres más hermosas, la mayor quimera que un humano puede aspirar: lograr que sus sueños sean realidad. Sin embargo, todos sus flirteos con los mundos que esconden las puertas de baño esconden terribles efectos secundarios, que le obligarán siempre a volver a la realidad para descubrir que Calderón tenía razón, que los sueños, sueños son y que la realidad es un lugar pavoroso, pero el único que tenemos. No es una simple caída de cama tras soñar con Slumberland, es un golpetazo de existencialismo sartriano que, posiblemente, sólo podía ser creado por argentinos en los años 70, bajo la presión de una dictadura política que cercenaba sin diferenciar vidas y opiniones, pero asimilando las enseñanzas de Borges y Onetti para explorar ese terreno ignoto de la esperanza humana. La evasión es casi una necesidad del ser humano, pero también puede ser un camino sin vuelta, un refugio cálido desde el que la realidad se ve como un lugar escalofriante. Puede ser un juguete con el que refrescar la inteligencia, pero también un cuchillo de doble filo que lleva a la misantropía. Los baños son el Santa María particular del Sr. López, donde se refugia cuando su mundo se torna insoportable -curiosa paradoja que convierte el lugar proscrito y humillante de nuestra sociedad en la salvación-, pero del que debe volver siempre, obligando al enfrentamiento entre realidad y ficción que buscan sus autores. Sus ficciones son parábolas de las situaciones del mundo real, a veces amargas, otras dulces, pero no quieren que se conviertan en una cama del mundo real de la que asusta salir, sino obligar a la reflexión: la realidad es lo que tenemos, lo que nos rodea nos guste o no, las circunstancias que definen la persona. Sólo existe el camino de enfrentarse a ella.
Treinta años justos después de su creación, es posible que las historias que el Sr. López corre tras la puerta pueden parecer teñidas de una cierta pátina que aparenta ingenua, cosas de estos tiempos del siglo XXI que requieren que todo sea “grim & gritty” para parecernos contemporáneo, pero su mensaje sigue por desgracia más vigente que nunca para una sociedad que ha hecho de la evasión de la realidad una especialidad.
Mención especial merece la edición de Planeta DeAgostini: el desafortunado diseño de portada esconde una edición exquisitamente cuidada, en la que el autor ha optado por una reproducción casi facsímil de sus originales. Acostumbrados a las anteriores ediciones que teníamos en España (la piratona de Vilán y la de Toutain), donde la reproducción hacía desaparecer los grises (en este caso no por desidia o negligencia hacia la obra: el dibujante sabía que la reproducción iba a ser así y se ajustaba a las características de la técnica de reproducción), en esta nueva edición podemos estudiar la técnica de Altuna en toda su extensión, desde los trazos de lápiz que todavía quedan hasta las pinceladas del entintado, casi como si estuviéramos viendo un original (inexplicablemente, a excepción de una página, que al estar escaneada con baja calidad desde una reproducción, destaca rápidamente entre las demás). Parece que será, por fin, una colección llamada a darnos muchas alegrías.
Un tebeo magistral de obligada lectura.

PD:
Un par de anécdotas:
– la puerta del baño de hombres del Centro Polivalente de Arte de Salta. ¿Qué encontraremos detrás? :)

lopez2

– en 1988 se adaptó al cine, en una película dirigida por Alberto Fischerman que, sorprendentemente, no está del todo mal.

La polla

pollaVale, admito que a priori el título del último álbum de Riad Satouff parece estrictamente un ejercicio literal de onanismo historietístico. Y recalco lo de “literal” por la casi correcta interpretación semántica: mientras es habitual achacar a los autores independientes que el tema autobiográfico se está convirtiendo en una suerte de florida contemplación inútil y vacua de su ombligo, en este caso el dibujante tira de su infancia en Siria para bajar un poco su mirada y contemplarse la polla. La polla. Como lo leen. Bueno, más exactamente el prepucio. O más bien sus últimos días, así que nadie se imagine una reivindicación de los atributos masculinos al estilo Richard Corben, porque lo que hace Satouff en Mi circuncisión es recordar su traumatizante experiencia de la tradicional extirpación del prepucio que se realiza por aquellas tierras, narrada a modo de cuento infantil y desde la perspectiva de un niño que no tiene muy claro si la cirugía le acercará más a su admirado cimmerio, a un Mazinger Z gigante o a la madurez. Y así, el apriorismo que comentaba se queda en nada cuando uno se va sumergiendo en esta divertidísima revisión de las costumbres sociales de Oriente Medio, retratadas desde una ácida perspectiva. También se podría decir, con lógica incluso, que existen muchas conexiones entre esta obra y lo que ya se podría denominar el subgénero “Persépolis” que iniciara Satrapi (ya saben, acercamiento al oriente medio desde la visióninfantil) y luego seguirían Wild, Abirechad, etc, pero el contundente y corrosivo humor de Satouff lo distancia y favorece, a mi entender, un discurso mucho más crítico y jugoso, demostrando que el dibujante se mueve mucho más fructíferamente en la reflexión hacia su entorno o pasado que en el humor de series más tópicas como Pascal Brutal. En cualquier caso, una lectura divertida a la par que interesante e instructiva. Por lo de conocer las costumbres de otros lugares, claro. (2)

Joyas Literarias Juveniles

Unas rápidas anotaciones sobre el coleccionable de Joyas Literarias Juveniles que Planeta DeAgostini ha lanzado a los quioscos. En general, buenas impresiones: el coleccionable de 61 entregas recopila un total de 183 de los 269 números de la colección que editó Bruguera entre 1970 y 1983, en volúmenes en tapa dura que incluyen tres de los cuadernillos originales. La ordenación primigenia se ha cambiado, optando por una agrupación por adaptaciones del mismo autor siempre que es posible. Respecto a la edición, poco que decir: aunque no hay artículos introductorios ni biografías de los autores, en los títulos de crédito se indica el número original y fecha de publicación de cada cuadernillo, dibujante, guionista y portadista, con indicación del copyright para cada uno de ellos (¡todo un acontecimiento!). En las páginas interiores, se respetan las portadas originales de Bernal (¡ay!, debo reconocer con todo el respeto al dibujante, que a mí de niño nunca me gustaron e incluso hoy en día tampoco me llaman) y la reproducción fiel a la original con todo lo que eso implica. Es evidente que se han escaneado los tebeos originales con rigor facsímil, es decir, reproducción exquisita de la mala calidad de edición original, de la rotulación mecánica y de los colores surrealistas (que me hacen pensar en un serio problema de visión cromática en los coloristas). Poco se puede decir en este caso: aunque se hubiera podido optar por una “remasterización”, la opción elegida es digna dentro de lo que cabe. Los compradores recuperarán con exactitud los tebeos originales.
Una edición nostálgica que, casi cuarenta años después de su publicación original, está evidentemente dedicada a los ya añosos lectores que disfrutaron de ellas en su día. Vistas y leídas hoy, la realidad habla de una labor de oficio muy solvente en la mayoría de las entregas (aunque también con muchos trabajos completamente olvidables), pero que difícilmente podrían encandilar a un niño del siglo XXI, ni por estilo gráfico ni literario, que con seguridad preferirá las adaptaciones que está editando SM.

Artículo sobre la colección original
Listado completo de la colección original

Clásicos del Humor: Benito Boniato y Hug el troglodita

Termino de ponerme al día con la colección de Clásicos del Humor de RBA con las dos últimas entregas, que trasladan el foco a la última etapa de Bruguera, con series que se desarrollaron de forma más importante en los años 70. Benito Boniato, estudiante de bachillerato es ya una serie que se desarrolla en la segunda mitad de esa década. Si bien nunca he sido un gran seguidor de la serie (reconozco que me cogió ya en una época donde dejaba de leer los tebeos de Bruguera y nunca me atrajo especialmente), su lectura hoy aporta interesantes características. Siguiendo fielmente el estilo de Franquin (o más exactamente, el de Ibáñez siguiendo al creador de Tomás el Gafe), los hermanos Fresno crearon una serie de corte costumbrista que, por primera vez, no estaba condicionada por la censura franquista. Sin llegar desde luego a la corrosiva capacidad crítica de los Escobar, Conti o Cifré, la serie tiene una sugerente componente testimonial de su época, que se pierde en las aventuras largas. Un aspecto que la separa de la profunda infantilización que las publicaciones de Bruguera sufrieron en los 60 y 70 (dicho sin ninguna intención peyorativa, fue una deriva impuesta por la censura y la profesionalidad de sus autores consiguió extraordinarias series infantiles), pero sin llegar al esplendor de sus antecesores. Un volumen en el que, posiblemente por la cercanía de sus ediciones originales, encontramos una calidad de reproducción muy superior a la habitual en esta colección.

hug

Por su parte, Hug el troglodita nos permite descubrir a Gosset, un dibujante de la segunda generación de Bruguera que siempre quedó relegado a un segundo plano frente a los Ibáñez, Segura o Raf pero que firmó series tan dignas como la que se recopila en este volumen o Facundo da la vuelta al mundo, a mi entender su mejor serie.Y si bien es indudable que no estamos ante una de las grandes creaciones de Bruguera, es innegable la dignidad y eficacia de la creación de Gosset. Gags tópicos pero divertidos, bien construidos, con un estilo personal deudor del gran Vázquez y que funcionan para pasar un buen rato de lectura.
Dos volúmenes que, si bien son inferiores a la espectacular última tanda de volúmenes de la colección, pueden hacer pasar un buen rato de lectura.

Sabores, olores y amores

Aprovecho la edición en castellano de El gusto del cloro (Diábolo) para recuperar y ampliar la reseña que hice sobre la edición francesa:
Hay tebeos que logran trascender el papel para que el goce visual se transforme por arte de sinestesia en una experiencia sensitiva. Se podría pensar que semejante hazaña sólo está al alcance de tebeos de rotundidad hiperbólica, de obras maestras que rebosan los límites de la hoja de papel y que cloropresentan páginas de complejo grafismo y arriesgada composición. Pero Bastien Vivès demuestra que este curioso efecto sensorial está sólo al alcance de determinadas sensibilidades. El gusto del cloro es un álbum intimista y sencillo, que cuenta la historia de un joven que debe ir a la piscina como tratamiento de un problema de espalda. Una tranche de vie simple y sencilla que Vives irá transformado con exquisito tacto en la historia de un enamoramiento. Muchos dirán que la anécdota es anodina e intrascendente. Es cierto, es uno de esos álbumes en los que no pasa absolutamente nada, donde aparentemente la idea inicial se alarga sin más. O no, porque a fin de cuentas, eso llamado amor rige nuestras vidas y Vivès lo único que hace es recordarnos la facilidad con la que caemos en él cómo nos obsesiona. Fijándose en los pequeños detalles, en esos signos indefinibles que nos atrapan de la otra persona, en la ilusión de su consecución, en el dolor de su imposibilidad.
Por eso el autor construye el álbum sobre elipsis y silencios, con esas tranquilas y largas miradas que van pasando de la curiosidad a la emoción contenida, de la alegría ilusoria a la realista tristeza. Las citas de la piscina se irán convirtiendo para el joven protagonista en una necesidad, en una ansiosa búsqueda del objeto del deseo y, así, aquella mirada perdida de las primeras veces se irá tornando en un descubrimiento de sensualidad y deseo, siempre contenido por el pudor. Sorprende cómo Vivès relata esas sensaciones y sentimientos a través de esos mínimos gestos y expresiones, narrados con elegancia y delicadeza, con ese grafismo de trazo fino que en práctica ausencia de fondos convierte a la figura humana en protagonista absoluto, omnipresente, acentuada por una composición sencilla, vehículo perfecto para esos momentos donde el protagonista se sumerge en el agua y, con él, escuchamos ese extraño universo sonoro subacuático. El azul verdoso del agua de piscina lo envuelve todo, transmitiendo ese característico fulgor casi mágico, que nos provoca casi instantáneamente la familiar sensación olfativa del cloro. Un entorno de sensaciones que van mucho más allá de lo visual y que Vives consigue hacer llegar al lector hasta conseguir que la lectura de este álbum sea una experiencia de inusual atractivo. Háganse el favor de regalárselo y regalarse con él(3-).

Avance de la obra en la web de la editorial

Clásicos del Humor a tutiplén

petraMiren: no hay mal que por bien no venga. Verdad es que uno estaba ya desesperado, a puntito de convertirme en una especie de Frank Castle comiquero y comenzar a castigar cruelmente a todo quiosquero que no tuviera las entregas veraniegas del coleccionable de RBA, pero los cinco volúmenes que me han llegado de golpe han sido un subidón de endorfinas que ríase usted de los pecados capitales. Hago rápida revisión de algunos de ellos, comenzando por el más sencillo de reseñar, el Angelito de Vázquez. Una sóla palabra: magistral. Y, si quieren, le pueden ir añadiendo calificativos: inconmensurable, espléndido, increíble, único, etc, etc. Una serie que certifica la magistralidad de uno de los más grandes historietistas de todos tiempos, con una capacidad para el gag nunca igualada y con un sentido del humor corrosivo como pocos. Un placer que se complementará con el esperado integral que Glénat edita este mes.
Pero ojo, que el goce no se queda atrás con los volúmenes de El profesor Tragacanto, Petra Criada para Todo o Agamenón. De la obra de Martz Schmidt poco más que añadir a lo dicho para El Doctor Cataplasma. Cambio de tercio profesional pero idénticos resultados, comprobando lo estupendo narrador, humorista y dibujante que era este autor. Selección, de nuevo, medida y acertada por parte de Guiral, que se merece un puesto en el santuario de los tebeófilos.
Petra, criada para todo es, por su parte, la certificación de Escobar como el gran autor costumbrista de nuestro tebeo. Certero testigo de la realidad de su época, la selección de este volumen no es sólo una excelente forma de conocer a este grandísimo autor, sino también un relato verídico de la evolución de la sociedad española de la posguerra al desarrollismo. Un documento que debería ser utilizado por maestros de historia como el mejor medio para dar a conocer nuestro pasado reciente. Simplemente magistral.
Y, por último, uno de los más esperados por mi parte, el volumen dedicado a Agamenón de Nené Estivill, autor poco conocido y menos reivindicado que muchos descubrirán gracias a esta entrega. Su dibujo feísta escondía a uno de los autores más expresivos de la segunda gran generación de Bruguera y con mayor capacidad para el gag verbal. Una combinación de efectividad indudable, que ha conseguido que muchas de las expresiones de este personaje pasen al uso cotidiano (¡quién no ha dicho alguna vez lo de “igualico, igualico quel defunto de su agüelico”!). Lástima que aquí la selección se centre sobre todo en los años 70 (unos dos tercios del total), dejando un poco de lado la desconocida (y excelente) época de los 60.
Respecto a la reproducción, muy irregular y con los ya conocidos problemas de siempre: colores desvaídos, pérdida de línea, etc. Las páginas blanco y negro y bitono mejoran, pero es una verdadera lástima que la calidad no haya sido mejor (aun sabiendo que muchas de las ediciones de partida estaban en un estado lamentable). Ya de por sí, estamos ante una de las obras más importantes de los últimos lustros, pero con más calidad de edición estaríamos ante un clásico desde ya.

Los superhéroes en el mundo real

Se suele decir que Watchmen fue la primera aproximación realista al género superheroico, analizando el impacto que tendrían los superpoderes en el mundo real. Una afirmación discutible, pero que se fundamenta sobradamente en la calidad de la obra de Moor y Gibbons y en sus propuestas argumentales.
Sin embargo, leyendo este verano la colección de Superman’s girlfriend Lois Lane, cada vez tengo más claro que la primera incursión de los superhéroes en el realismo fue esta serie.
Antes de que me linchéis, me explico: la serie fue una especie de cruce bastardo entre las colecciones más vendidas de las editoriales, los tebeos de superhéroes y los tebeos románticos. Un intento algo extravagante de intentar atraer lectoras a los mundo machista de los superhéroes de los años cincuenta, pero que visto ahora con la distancia del tiempo, adquiere valores muy interesantes. En primer lugar, puramente historiográficos, con un retrato de los costumbre sociales de la época pasado por un matiz irónico. Los argumentos son, evidentemente, tan machistas como lo era la sociedad de la época, con una mirada paternalista y consentida a la mujer independiente que, pese a todo, dejaba caer de vez en cuando algún (inocente) mensaje “transgresor” para la supremacía masculina, representada con orgullo por el kryptoniano hombre de acero. Y, en segundo lugar, como el primer intento de casar el costumbrismo con el género superheroico: lo que vemos en la serie de Lois Lane es precisamente cómo chirría el género cuando se le saca de sus claves y constantes para trasladarlo a situaciones cotidianas. En lugar de salvar al mundo de los pérfidos villanos que Otto Binder inventaba continuamente, Superman debe lidiar con los celos, los problemas del noviazgo, el ansia de Lois de casarse y formar una pareja estable con hijos… Los asuntos galácticos son cambiados por los domésticos, con no pocas reflexiones acertadas -una de las historias muestra el desespero de Lois al imaginar las dificultades que tendría Superman para casar sus responsabilidades como padre y esposo con las de salvar el mundo- y un humor irónico que nace precisamente del contraste entre lo imaginario y lo real. De hecho, en esos casi cien números de Lois Lane se anticipan mil y una ideas que luego se desarrollarían ya como What if? o Elseworlds, ya como extensiones de la corriente realista que invadió el género o incluso como las que el mismo Morrison usaría en el reciente All Star Superman.
Cierto es que leídas hoy las historias de Lois Lane pueden parecer delirantes, estrafalarias e incluso ridículas, pero si ahondamos en las propuestas, contextualizamos las historias y analizamos los argumentos, es sorprendente hasta qué punto la serie avanzó en décadas muchos de los conceptos que hoy se consideran “modernos”, permitiendo aproximaciones al papel del héroe quizás no tan épicas pero con los pies en el suelo.
Un ejemplo: las dificultades de ser madre de un bebé Superman (o el antecedente de la genial Superman’s Baby Sitter de Kyle Baker). Atentos a la última viñeta, que haría las delicias de Jotacé o de un psicólogo en busca de tesis doctoral… :)
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Mistigri

mistigriHay una edad a la que ya no nos quedan recuerdos de la infancia. Quedan solo fabulaciones, espejismos ilusorios que mezclan lo que fue y lo nos hubiera gustado que fuera. Cosas de esa máquina maravillosa que es el cerebro, que juega con los recuerdos para crear nuestra propia realidad. Por eso, cuando un adulto se pone en la piel de un niño suele crear una especie de pequeño monstruo impostado, una marioneta de aspecto infantil pero con anhelos del pasado que nos hubiera gustado vivir. Pero seguimos creyendo tan fírmemente en la imagen creada por nuestra mente que reconocemos como infantil aquello que nos es más que nostalgia. Aunque hay excepciones, claro. El señor Watterson consiguió que las aventuras de Calvin y Hobbes nos llevasen a la realidad de la infancia, quitaba las polvorientas telas con las que nuestra mente había tapado aquellos recuerdos y, aunque sólo fuera por unos segundos, reviviéramos como auténticos niños.
Es algo reservado a muy pocos dotados, con una especial sensibilidad o habilidad que permite acceder a la verdadera memoria de la niñez. Y leído Mistigri, es evidente Stygirit es uno de ellos. Partía además con todas las desventajas del mundo, porque buceaba en un momento dado de su vida difícil para entender para un niño, la separación de sus padres. Lo que fue una catástrofe termina siendo comprendido cuando la vida te da los primeros desengaños amorosos, certificando el paso a la madurez. Es fácil que los recuerdos se contaminen por los razonamientos adultos, pero Stygryt ha conseguido dejar su memoria virgen del virus de la madurez y narrar los sentimientos de un niño. Contar lo que veía y lo que sentía con esa mezcla de curiosidad, ignorancia, ingenuidad y pasión que mueva la vida en nuestros primeros años. El primer paso, el más complejo, estaba dado, pero para que la historieta pudiera nacer necesitaba de un dibujante que no tirara por tierra el esfuerzo titánico del guionista. Por suerte para Stygryt, Nacho Casanova estaba ahí para volcar su inmensa para plasmar la cotidianeidad. Abandonó por un periodo el relato de su intimidad para contar la de otra persona, en un trasvase que no siempre es sencillo: puede uno pensar que es fácil fijarse en las vergüenzas ajenas pero difícil dejar al descubierto las propias, pero siempre es bueno cierto pudor que indique que el dibujante no se siente un foráneo en la historia. Y aunque Nacho Casanova intenta demostrar cierto espíritu gamberro en público, su obra delata que no es más que una fachada de un sensibilidad especial para conectar con los sentimientos propios y ajenos. Conjunción afortunada de autores que logran que la sencilla historia de este niño francés aparezca con tocada por varita de la sinceridad, que hace de imán para un lector que, en muchos momentos, reconocerá caminos que también él transitó hace muchos años. Es Mistigri un libro amable, alejado de las duras historias de las que tanto gusta ahora la historieta, pero que esconde historias tristes y alegres, vistas con ingenuidad unas veces, ignorancia otras. Como la vida de un niño. (3)

Naranjas veniales

Juguemos a las analogías gastronómicas. Seguro que más de uno ha pasado por la experiencia de unos días de yantar de calidad, de esos que dejan el espíritu ensimismado y el estómago a punto de claudicar pero satisfecho. Que cada cuál elija el significado de calidad, que puede ir desde la zampada pantagruélica a la exquisitez sofisticada, depende de gustos u oportunidades. Pero seguro que, independientemente de la opción, en todos los casos después del hartazgo, hay veces que lo que a uno le apatece de verdad, por encima de todas las recetas de alta cocina o nutritivas pitanzas regionales, es una simple, refrescante, ácida y sencilla naranja. Algo natural y sencillito, que desempalaga y permite recuperar fuerzas para los siguientes envites.
pvenialesPues bien, la mejor definición que se me ocurre de Pecados Veniales de Arthur de Pins es que es al tebeo como esa naranja a la gastronomía. Tras varios días de lecturas de repaso de clásicos, algunas obras sesudas y otras magistrales, las picantes historietas de este álbum son una lectura refrescante y divertida. No hay muchos secretos: ilustrador dotado, de estilo atractivo y con un punto encantador, composición sencilla, guiones picantones de erotismo chispeante y un sólido dominio del gag. Mecanismo del botijo en forma de viñetas, que sigue la tradición francobelga de historieta erótica – con Dany y sus Blanques Coquines a la cabeza- y que indudablemente funciona: uno sabe que está leyendo los tópicos de siempre de la relación hombre-mujer, pero es imposible no sonreír ante las historietas de De Pins y pasar un rato excelente con su lectura. O simplemente gozando de la estupenda labor del dibujante: no hay manera de no rendirse ante los cabezones personajes y sus rechonchas pin-ups, tan tiernas y adorables como voluptuosamente carnales.
Un tebeo ideal para esta época de canícula veraniega. O para desconectar del mundo durante un ratito y divertirse. (2)
PD: por si tienen ustedes alguna duda, pásense por este avance (en francés) o por la página de Arthur de Pins un ratito. Auguro que en menos de diez minutos han decidido comprarse Pecados veniales.

El hijo del ogro

Acostumbrados a esa lista de la actual aristocracia de la nueva BD francesa monopolizada por los nombres de Sfar, Trondheim, Blain o Guibert, es común dejar de lado autores que están demostrando una calidad media muy respetable unida a una indudable progresión continuada. Se dice que nadie se acuerda de los segundos, pero sería injusto aplicar la dinámica de la competencia al mundo de la cultura, donde cada aportación siempre tiene un valor por sí misma. Posiblemente por eso, el nombre de Grégory Mardon suele ser obviado cuando nos fijamos en la historieta que se hace allende los Pirineos, en una demostración de injusticia que no responde a los hechos, que hablan de un autor que ha ido demostrando unos méritos en alza. Si en su día fue divertido ver Cycloman, esa versión europeizada y anti-épica de los superhéroes que firmaba junto a Berberian, más tarde se reconocería más a gusto en la comedia de corte costumbrista, ya en Lecciones de vida, ya en Incógnito. Un terreno en el que se movía con soltura, quizás con sabores y sensaciones trilladas por otros, pero que no debían ocultar su buen pulso en la narración. Cierto es que sus tebeos no alcanzaban la calidad ni el disfrute de los ogro“primeros espadas”, pero no decepcionaban. Un progresión lenta, tranquila, que se certifica en El hijo del ogro, donde encontraremos a un autor que comienza a reclamar mayores atenciones. Tras el costumbrismo presente, opta por un cambio de escenario trasladándose al pretérito para afrontar una reescritura de la leyenda medieval clásica, en una de esas historias basadas en la tradición oral que trovadores iban contando de pueblo en pueblo. El argumento, acorde con los escenarios, casi sacado de un romance de ciego: un joven alegre que ve como su madre era castigada por un error suyo, comenzará un errante camino que le convertirá en un sanguinario caballero. Mardon desarrolla el relato con apariencia de cuento medieval, tanto en lo gráfico – con la composición a modo de aleluyas y con la incorporación de elementos decorativos provenientes de la ilustración medieval- , como en la estructura argumental –que alterna los silencios con diálogos casi teatrales-, pero pronto irá incorporando sutiles matices: mientras el romance clásico tiene una fuerte componente de enseñanza moral, que precisa de unos personajes esquemáticos y casi estereotipados, El hijo del ogro muestra un inusual desarrollo del protagonista personal, del que el lector obtendrá casi un psiconálisis completo. Una afortunada elección que dota al conjunto de una lectura mucho más compleja, alejandose de ese origen que imponía la simplicidad de planteamientos y proponiendo una interesante reflexión sobre el origen de la crueldad del ser humano. Esa animalidad subyacente en su interior que, liberada, no puede volver a ser refrenada. Una reflexión que Mardon basa en el trabajo gráfico: ante la restricción autoimpuesta de seguir el referente medieval, el dibujante carga sobre la expresividad del protagonista y la narración silente la responsabilidad de trasladar al lector sus sentimientos. Una arriesgada decisión que resuelve con nota.
Un libro sugerente que merece más de una lectura, editado con calidad por La Cúpula (3).

Entrevista a Grégory Mardon en Charcos de tinta.

León el terrible

La revista Cairo cerró en el número 30. Fue un número triste, que nos recordaba que ese espejismo de modernidad rabiosa no había pasado de experimento jugoso y alegre, pero sin futuro. Y nosotros, aficionados jóvenes que entonces nos creíamos los discursos de la posmodernidad, nos quedamos huérfanos de insurgencias de provocación estilística. Fue un golpe duro, pero que duró poco. Apenas tres meses después, volvía Cairo. En el camino Joan Navarro le pasaba el testigo a Antoni Guiral, pero en esa época esos detalles nos pasaban desapercibidos. Lo que no pasó inadvertido fue la inclusión de una sorprendente serie en ese número de resurrección: León el terrible, de Theo Van der Boogard y Wim. T Schippers. Una serie canónica con los principios fundacionales de la revista, de una línea clara exquisita y elegante. Pero holandesa. Acostumbrados al poderío francobelga – con tímidos pero potentes zarpazos a la autoridad de los descarados de la nueva escuela valenciana -, lo de un tebeo holandés resultaba insólito. Algo sabíamos, marisabidillos que éramos: de Martin Lodewijck que había guionizado Storm para Don Lawrence, que Willy Vandersteen era una figura imprescinidible por su Bob y Bobette, que Franka de Henry Kuipjers era muy divertida y avanzada o que los tebeos de Dick Matena eran delirantes y los de Willem inquietantes. Y, por supuesto, adorábamos a Joost Swarte como el dios máximo del panteón de la línea clara.
leonPero de este señor Van der Boogard… nada de nada. Quizás por eso, la primera impresión es que ese desconocido no le podía quitar el trono a los intocables Ted Benoit, Torres o Giardino en las preferencias de la revista. Pero poco a poco, la inclasificable locura de León fue tomando su sitio en nuestro corazoncito. Esta especie de mutación perversa y psicótica del apacible Mr. Hulot se convirtió pronto en la primera lectura de la revista. Su mezcla de frescura y mala leche a partes iguales, su desparpajo anarcoide, era un perfecto aperitivo para lecturas más “profundas”…
Casi veinticinco años depués (mecachis, ¡cómo pasa el tiempo!), el anuncio de la reedición en formato integral, la nostalgia obliga a una sonrisa de condescendencia -¡León!-, pero uno se pregunta si habrá sobrevivido a los estragos del tiempo, que tanto mal le han hecho a muchos de los tebeos de la época. Y vaya si ha sobrevivido. La mezcla de absurdo, ingenuidad, provocación y escatología mantiene intacto su poder corrosivo, apoyada en el paradójico efecto preservador de su estilo hergiano. Van de Boogard y Schippers juegan a la clonación casi perfecta del trazo del creador de Tintín, tanto en lo superficial como en lo gramatical. Sus gags, su estructura narrativa, su composición, incluso su cromatismo… son sosías perfectos de las que encontramos en las aventuras del joven reportero, pero brutalmente pervertidas. Nacida como la adaptación del famoso show humorístico televisivo holandés Sjef van Oekel (de hecho, la serie desapareció con la muerte del actor protagonista), de la que heredaba el gusto por el absurdo, la historieta adquiere matices diferenciadores gracias a su tratamiento gráfico. Si la televisión ya explotaba la oposición entre la aparente integración en las convenciones sociales del protagonista y sus actos desatinados, la historieta lo multiplicará a través del prejuicio de bondad asociada al estilo de Hergé. La inclusión desaforada de lo escatológico y un humor absurdo que va tiñéndose de negro, a medio camino entre el slasptick del cine mudo y el marxismo – de Groucho- militante, chirría en precioso envoltorio con que Schippers y Van de Boogard nos traen su creación, consiguiendo una provocación consciente y constante que, veinticinco años después, sigue cumpliendo su función de terrorismo intelectual contra los buenos usos de la burguesía domesticada.
Aunque la edición de Glénat en tamaño reducido afecta en algunos momentos al cuidado y detallista dibujo de Van der Boogard, vale la pena hacerse con este ya clásico de la historieta europea.

Enlaces:
Una curiosidad: un vídeo del programa original en el que adaptaba el tebeo.

Jack Survives

Creo que la primera vez que leí algo sobre Jerry Moriarty era en un artículo sobre RAW. Apenas le di importancia, fascinado por la promesa de innovación que suponía la revista dirigida por Art Spigelman y Françoise Mouly. Supongo que sería en algún momento indeterminado de la segunda mitad de los ochenta. Esos años donde todo era posible y uno pensaba que esas maravillas llegarían tarde o temprano. De hecho, casi todo lo soñado llegó de una manera u otra: Art Spiegelman, el underground americano, los tebeos indie, la línea clara… Pero apenas llegó Jerry Moriarty. Su obra seguía siendo una ilustre desconocida pese a que El Víbora publicara algunas páginas.
Con el tiempo, descubrí que su obra era limitadísima, apenas unas decenas de páginas que la editorial del autor de MAUS reunió en un famoso especial de RAW imposible de conseguir. Jack Survives se llamaba la serie. Y mi interés por Moriarty se acrecentó. Conseguí conocer parte de su hipnótica obra pictórica… y aumentó mi necesidad de conocer su obra. Aproveché las ventajas del entonces incipiente mercado global que suponía internet y busqué por todas las subastas, tiendas de segunda mano… Nada. El fracaso fue continuado y decidí emplear tiempo y obsesiones obcecadas en conseguir otras obras que me despertaban igual curiosidad. Crockett Johnson y la generación de autores franceses de los 60 se convirtieron en mi objetivo de coleccionista compulsivo.
jackCosas de la vida. Eso sí, suerte que la biología es inteligente y provee de ignotos mecanismo neuronales de protección de la compulsión coleccionista, recluyendo al olvido estas frustraciones personales.
Pero mire usted por dónde hace apenas unos meses Buenaventura Press anunciaba una lujosa y cuidada edición integral de Jack Survives. Por fin mi curiosidad se vería respondida: ¿quién era Jerry Moriarty? Reconozco ciertos recelos: uno ya está acostumbrado a chascos monumentales ante obras supuestamente míticas sobre las que ha creado expectativas que nunca se cumplieron. Sin embargo, todos los miedos se desvanecieron a medida que pasaba las páginas de la espléndida edición prologada por Chris Ware. Moriarty se avanzó décadas para experimentar con el lenguaje de la historieta, para encontrar caminos expresivos que rompían las concepciones tradicionales en una explosión controlada. Su base es un “slice of life” que nace de la escuela ilustradora americana de los años 40 o 50, presentando historietas de corte costumbrista que conectan directamente con aquellas maravillosas pinturas de Norman Rockwell, Robert Fawcett, Steve Dohanos o Al Parker. Representa momentos cotidianos protagonizados por Jack – una imagen de su padre a partir de su último recuerdo-, fumando en el porche, recibiendo a un agente de seguros, durmiendo la siesta o tomando un café en el bar, en una normalidad que es rota por diálogos que pueden rozar el absurdo o ser simples reducciones de conversaciones habituales o simplemente por elemento de irracionales en los que el autor se zambulle sin red. Pequeños detalles que rompen el equilibrio de la escena introduciendo una componente inquietante que obliga al lector a introducirse en la propuesta de Moriarty y encontrar la extraña lectura insana que presenta la vida diaria. En esta edición, el violento trazo negro de Moriarty se suaviza por la decisión de reproducir con escrupulosa calidad los originales. Podemos ver las numerosas correcciones, a veces de texto, generando un hilo temporal creativo, permitiendo acompañar al autor en sus decisiones y proporcionando una perspectiva adicional a la lectura. La edición incluye pinturas y algunas revisitaciones que hizo de sus historias cambiando técnicas que van del bolígrafo a un color de violento contraste cromático que añade una atmósfera de irrealidad a sus historias.
Dice Chris Ware que Jack Survives es la reedición más importante que se ha hecho jamás. No me atrevería a llegar a tan hiperbólico calificativo, pero es indudable que la obra de Moriarty es uno de los puntos de inflexión de la historieta americana de los 80. Lástima que las probabilidades de ver editada esta obra en castellano sean tan ínfimas.

De la figuración narrativa a la narración figurada

¿Tiene sentido una historieta abstracta? La pregunta es compleja y parece el enunciado de un oxímoron perfecto: la historieta es definida como un arte narrativo por naturaleza, narración gráfica secuencial que parece no tener consistencia si entra en el terreno de la abstracción, de la pérdida de esa concepción abstract comicsnarrativa. Sin embargo, el volumen Abstract Comics recién editado por Fantagraphics permite ir un paso más allá y trascender la definición aceptada de historieta hasta dejarla obsoleta, comprobando que las posibilidades expresivas de este medio y de este lenguaje son todavía desconocidas. Cuando parece que la gramática y semántica del noveno arte comienzan a ser conocidas, la propuesta planteada por Andrei Molotiu derrumba por completo la arquitectura formal para demostrar que existen puertas no exploradas que pueden descubrir claves nuevas necesarias para comprender en toda su profundidad y extensión qué es la historieta. Al igual que la figuración narrativa en los 60 y 70 intentó trasladar los elementos básicos de la narrativa secuencial a la pintura (sobre todo en autores como Hervé Télemaque, el Equipo Crónica o Jan Voss), el movimiento de abstracción en historieta recorre un camino contrario, importando la huída de la figuración hacia la composición aislada de formas puras, hacia una especie de narración figurada. El fundamento de la secuencialidad (tanto entre viñetas como entre páginas) y composición de la página siguen ahí, pero se ha perdido la componente narrativa: no hay un intento de contar una historia, sólo de provocar sensaciones. Una situación que parece incompatible con la concepción asentada y asumida de qué es la historieta, pero de la que resulta una sorprendente paradoja: los mecanismos de la historieta siguen estando ahí. Ya sea en la acumulación de simbolismos propuesta por Crumb, en la experimentación de formas geométricas que plasma Mark Badger o en las propuestas derivadas de elementos aislados de la historieta con las que trabaja Ibn Al Rabin, en todas reencontramos una serie de fundamentos cosustanciales a la historieta, como bien indica Molotiu: la creación de dinámicas internas, la definición de intervalos espaciotemporales imaginarios… Algo que tradicionalmente se asocia a la narrativa en la historieta pero que en las obras presentadas en esta antología se produce de forma ajena a la narrativa, como una propiedad intrínseca al lenguaje de la historieta. Un aspecto de indudable interés, ya que abre un impresionante abanico de posibilidades de análisis, tanto creativas (que en parte explora el movimiento OuBaPo) como teóricas, comenzando por el hecho de que la historieta tiene elementos nucleares propios que pueden estar por encima de la narrativa, creándose antes que ésta. No sería entonces la narrativa el elemento fundamental de definición del cómic, sino la secuencialidad y la composición como generadores de vehículos sensoriales visuales con componentes espaciales y temporales (e incluso sinestésicas).
La historieta es todavía más apasionante de lo que creíamos…

Algunas claves:
– La historieta de Robert Crumb en Zap Comix #1 que Molotiu considera iniciador de la abstracción en historieta:
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– Otras historietas del gran Víctor Moscoso en Zap Comix #2:
moscoso1 moscoso2
moscoso3

Enlaces:
Blog de Abstract Comics
La web de Ibn Al Rabin
Oubapo América
Oubapo en Francia

Pluto

plutoLo ha vuelto a hacer. Y mira que iba sobre aviso, pero Naoki Urasawa me ha vuelto a enganchar. Da igual que la trama sea apocalíptica, de médicos buscando la verdad o robots humanizados. Urasawa tiene un sentido del ritmo y de la narración absolutamente envidiables, con una capacidad innata para generar expectación en el lector y obligarle a continuar la lectura. Lo hace con pocos elementos, los justos, sin ornatos gráficos ni tramas de compleja arquitectura formal. Lo hace, simplemente, con una historia que atrapa desde la primera página. Por mucho que estemos avisados y prevenidos, la fórmula alquímica de este autor vuelve a funcionar con precisión, tomando referentes bien conocidos de otros medios para crear una trama propia. Si primero lo hizo con el televisivo El fugitivo y luego con la literatura de Stephen King, ahora en Pluto es el Astroboy de Tezuka el origen aparente de la historia, en un homenaje explícito que pronto será ligado a elementos cinematográficos de Blade Runner o de El silencio de los corderos para construir una trama de investigación y búsqueda. Y ahí, el japonés se mueve con una elegancia indiscutible.
Mientras que, en general, el manga tiene como gran cáncer la extensión exagerada de las tramas a través de la repetición cansina de los mismos elementos básicos, Urasawa prolonga sus historias hasta el infinito sin perder ni un ápice de calidad en el camino, consiguiendo que el lector siga fiel gracias a giros y cambios de ritmo cuidadosamente programados, revitalizando la narración cuando es necesario, relajándola en los momentos donde es preciso… Una asombrosa habilidad que no es ajena a los claroscuros: en un camino tan largo y lleno de vericuetos y laberínticos senderos, el punto final se desdibuja hasta perder todo su sentido. El final de Monster, sin ser redondo, permite tener una sensación plena de gran lectura, sin embargo en 20th Century Boys derrumba por completo el gran edificio creado dejando un amargo regusto final. ¿Cuál será el final de Pluto? De momento, los dos volúmenes publicados son simplemente espléndidos, con una historia sugerente y magnética, orquestada con escrupulosa perfección y, como dice un buen amigo, de Urasawa hay que disfrutar del camino y olvidarse del final. Y en eso estamos (3)

La esencia fina en frasco pequeño se vende

Lo dice el refrán y ya se sabe que los dichos populares son sabios, no seré yo quien les contradiga. Aunque quizás por eso, uno siente cierta predilección por los envases diminutos, por la esperanza de que el proverbio no se equivoque, quien sabe, o simplemente por cuestiones estéticas. Eso sí, no son pocas las veces que he comprobado que su traslación a los tebeos es, cuanto menos, dudosa: baste recordar aquella colección celebrada hasta la saciedad por el colectivo de optometristas llamada “Pocket de Ases de Bruguera”.
fluffyAfortunadamente, dos reciente novedades devuelven sentido a lo del frasco pequeño: fluffy, de Simone Lia y Pobre Marinero, de Sammy Harkham.
No conocía nada de la británica Simone Lia, más allá de las referencias que destacaban su reputada labor como ilustradora infantil y las buenas críticas que había cosechado la miniserie fluffy, publicada originalmente en cuatro entregas y que Astiberri publica siguiendo la edición recopilatoria de Dark Horse. Y sinceramente, no me esperaba, lo que he encontrado. Supongo que, por absurdo reduccionismo, esperaba una obra de corte infantil, pero lo que Simone Lia propone es un atrevido experimento narrativo, contando una historia adulta mediante las herramientas del relato infantil. El argumento, las dificultades en las relaciones personales del protagonista, está abordado desde una perspectiva plenamente madura, analizando las inseguridades y miedos por las que pasa una relación. Sin embargo, formalmente está abordado como un cuento infantil, desde el estilo gráfico hasta la inclusión de elementos típicos de este género: el protagonista es acompañado por un pequeño conejo parlante, aceptado por todos como parte de la familia; una alegre partícula de polvo hace de narradora de la historia -a veces sustituida por una costra de caspa en la labor-, usando un lenguaje claramente infantil, didáctico e ingenuo. El resultado es una mezcla explosiva, aparentemente inmiscible, pero que consigue un extraño equilibrio de consecuencias cuanto menos curiosas: la infantilidad de las formas rebaja nuestras habituales defensas y la historia llega con rapidez al lector, directa a un cerebro expuesto que asume la reflexión de forma directa y contundente. Un libro sorprendente. (2)
pobre De Sammy Harkham el referente es obvio: la siempre innovadora antología Kramers Ergot, un hervidero de nuevas tendencias en ilustración e historieta que dirige con buen tino Harkham desde hace años. La influencia e importancia de Kramers Ergot hacía que sus historietas quedaran muchas veces diluidas en el maremágnum siempre sugerente de propuestas de la antología, por lo que quizás era necesario aislarlas del global para poder apreciar la labor de Harkham. Y es lo que acaba de hacer Apa Apa Cómics, que sigue con su excelente selección de material publicando Pobre Marinero, una adaptación de un cuento de Guy de Maupassant que demuestra claramente la potencialidad del discurso de este autor. Más allá de la interesante adaptación temática del cuento, que Harkham transforma en una reflexión sobre la inutilidad de las ilusiones de brutal contundencia y dureza, destaca la aportación formal del autor, que plantea el relato en forma de viñetas únicas, apenas sin textos y con cuidadas elipsis (preciosa la lograda en las páginas finales con la transición entre el cielo estrellado y las páginas en blanco) que obligan al lector a un ejercicio de continuidad espacial y temporal que consigue aportar a la narración un tono único e indefinible. Cada viñeta está planteada para que la atención quede centrada en su centro, alternando el protagonismo entre el joven Thomas y los escenarios. Mediante este mecanismo, el autor consigue que en ciertos momentos donde aparece sólo el protagonista, sólo con el cambio de ubicación espacial se logre cambiar el foco de atención entre él y la naturaleza, el otro gran protagonista del relato, quién dará y quitará al joven Thomas, tratándolo cual marioneta. Una obra sugerente e interesante, muy recomendable (3).
Enlaces:
Nota de prensa y avance de fluffy
Avance de Pobre Marinero

Reseñas variadas

anecdotaPese a su título, Soy anécdota no es una simple parodia de la magistral obra de Richard Mathesson. Es indudable la vertiente satírica de la aproximación de Guillem Dolç, pero su interpretación tiene más que ver con esa peculiar escuela de sentido del humor que Seth McFarlane ha establecido, demoliendo hitos de la cultura seria con mazazos de cultura popular o derrumbando mitos de la cultura de género con las mismas armas, en una especie de canibalismo autoreferencial de extraña lucidez. Dolç se acerca así con respeto al original, pero lo introduce en un batiburrillo donde es posible encontrar zombis, vampiros, luchadores mexicanos, películas japonesas de monstruos, ratones antropomorfos y, por supuesto tebeos. O dicho de otra manera: un cúmulo de referencias socioculturales generacionales que deben lidiar con el apocalíptico mensaje de Mathesson. Y funciona… pero a ratos. Los diferentes episodios que componen la obra son eficaces, pero de forma individual. Es indudable que uno se lo pasa bien leyendo el libro, pero hay un momento que no sabe exactamente qué es lo que está leyendo, se pierde la historia original y estamos inmersos en otra que, aparentemente, no tiene nada que ver con la anterior. Posiblemente, si Dolç hubiera planteado la obra sólo como una antología de las distintas historias particulares funcionaría mucho mejor, porque su pulso en la historia corta es bueno, dejando de lado el gag facilón y apostando por un humor inteligente y referencial. Se pasa un buen rato, y deja la sensación de que este autor puede hacer mucho más, lo que siempre es bueno. (1+)
clandestineLa expectación era alta: Alan Davis retomaba ClanDestine casi quince años después. Una serie recordada y aplaudida, que a servidor siempre le ha dejado un buen sabor de boca gracias a su reivindicación desvergonzada de una forma sencilla de entender el género de superhéroes. El resultado… desastroso. Los lustros no han pasado en balde: aunque parezca imposible, Davis ha mejorado su estilo (está más Neal Adams que nunca) y su dibujo es casi perfecto, de una elegancia abrumadora, pero durante este tiempo se ha contagiado de la “enfermedad Pérez” (ya se sabe, quiso meter tantos personajes en The Nail y posteriores que quedó tocado), que le obliga a componer la viñeta con el mayor número posible de personajes. Una patología que debería afectar sólo a lo gráfico y que encantará a los amantes de la viñeta barroca, pero que por desgracia en el caso de Davis ha traspasado a lo argumental. Quiere contar tantas cosas en los cinco números de la miniserie que al final todo se agolpa y la historia se torna en un confuso correveidile de personajes sin norte. Si a eso se le añade que el guión es casi un calco de la aventura con los X-Men recientemente reeditada, al final la lectura es tan paradójicamente confusa como previsible. Por desgracia, Davis consigue que optemos por admirar la calidad gráfica de las composiciones y nos olvidemos por completo de la historia. Un bonito álbum de cromos. (1-)… porque es Alan Davis y me da pena ponerle un (0).
devoradorTenía ganas de leer El devorador de historias, de Fabrice Lebeault, un dibujante realista de estilo atractivo, con obras que siempre han destacado por desarrollarse en universos creativos muy particulares, con propensión y afinidad por la estética del XIX. Sólo había leído el primer volumen de su serie Horologiom, que me dejó un regusto indefinible entre lo sugestivo de la idea de partida y lo aséptico de su desarrollo, por lo que me apetecía ver cómo había evolucionado este autor y hacia dónde se había decantado. Pero tras leer la obra, la sensación de tiempo detenido es predominante. Lebeault crea una atmósfera interesante y el planteamiento de la obra no puede ser más sugestivo: los personajes de ficción interactúan con sus autores y buscan ser protagonistas de su propia historia. Una especie de reescritura del clásico de Pirandello en términos de género aventurero situado en el París decimonónico, pero que choca de nuevo con la frialdad con que Lebeault hace avanzar la trama. El espíritu apasionado del folletín brilla por su ausencia y la lectura termina por convertirse en tediosa. Para olvidar. (0)
scalpedNueva entrega del Scalped de Jason Aaron y R.M.Guéra y nueva confirmación de que estamos ante una de las obras más sugerentes que el sello Vertigo ha dado en años. Relectura del western en términos modernos, aunando componentes propias del policiaco y consiguiendo un relato poderoso, con garra, que sabe interesar al lector y que es capaz de dar toda una lección de desarrollo de personajes. No quiero repetir lo que ya dije por estos lares y resumo en una sola palabra: recomendabilísma (3).

La guerra

trincheras¿Existe la predestinación? ¿Es posible que un autor tenga escrito en su destino una obra? La razón dice que no, es simplemente una más de las muchas cosas que no entendemos de este mundo. Una coincidencia, una casualidad o, simplemente, que un autor lleva tanto tiempo en su cabeza una historia que, de forma inconsciente, va dejando tantas pistas en sus obras que sus lectores o analistas terminan de identificarlo unívocamente con ella. Desde luego, la experiencia como lector de los tebeos de Jacques Tardi era concluyente: tenía que tratar la Primera Guerra Mundial. En todas sus obras había referencias veladas o directas a la gran contienda que se desarrolló en Europa entre 1914 y 1918, ya sea por la elección de escenarios, de momentos históricos o, simplemente, porque algunos de sus personajes hablaban de la guerra. Era un obsesión visible y tangible, que el propio autor reconocía en entrevistas pero que, paradójicamente, no llegaba a cristalizar en una obra. Pasaban los años y obras extraordinarias, como Adéle Blanc-Sec o sus colaboraciones con Leo Malet, Manchette, Forest o Legrand… pero su visión sobre la guerra se resistía. Parecía como si esa obsesión fuese a la vez la causa de su bloqueo. Su perfeccionismo documentalista le empujaba a saber más y más del tema, a buscar mil y una fuentes, pero nunca parecía preparado para abordar la que tenía que ser su gran obra. El momento llegó en 1982, cuando C’etait la guerre des tranchees se comenzó a publicar serializada en la revista (A Suivre). Sin embargo, no fue un camino fácil: tras apenas 50 páginas (que en España se publicaron en la revista Cairo), Tardi paralizó la serie, que no finalizaría hasta principios de los 90. Por fin, Casterman anunciaba a bombo y platillo el esperado final de la obra, que supondría uno de los mayores éxitos del autor francés.
Pero el reto no había sido fácil: ¿qué contar de la guerra? El mensaje sobre la injusticia y dureza de la guerra era obvio, pero su planteamiento era complejo. Su documentación le permitía acceder a cualquier episodio bélico, pero optó por un planteamiento distanciador, evitando la elección de un protagonista y con una narrativa fría, basada en una composición de tres grandes viñetas horizontales que recordaba una especie de tétrico álbum de fotografías. Contando historias de las trincheras, de los soldados rasos que llegaban a una guerra de la que muchas veces ni conocían su causa. Tomadas casi al azar, inconexas, casi cronológicamente desordenadas, sin héroes, sin épica. Sólo asépticas exposiciones de las brutalidades de la guerra, de sus injusticias y, sobre todo, de su absurdo. Su tradicional puesta en escena, basada en primeros y medios planos frontales con detallados escenarios en segundo plano, es aquí contundente: los hombres expresan la desesperación y los espacios que los circundan sólo hablan de destrucción y muerte. Gigantescas elipsis donde no hay lugar a los grises. Sólo negros. Tardi sólo hace su juicio particular al final de la obra, donde las imágenes ya no requieren diálogos y el narrador deja de ser un descriptor para convertirse en acusador de aquello que está viendo.
Debo reconocer que pese a su fuerza, no es La Guerra de las Trincheras mi obra predilecta de Tardi, de quien prefiero su vertiente de novela con negra con Manchette o Malet. Quizás veo al dibujante demasiado maniatado por la responsabilidad autoimpuesta hacia su obsesión, lo que le lleva, en algunos momentos a ciertos tópicos, a lugares comunes que ya se han visitado en obras como la magistral Senderos de gloria (mi Kubrick preferido, pero ése es otro tema…), pero que no invalidan en modo alguno la propuesta y el mensaje que quiere trasladar al lector. La Guerra de las Trincheras es una obra de obligada lectura (de hecho, es usado como material docente en Francia, donde Casterman provee de una excelente guía docente para los estudiantes) y, sin duda, uno de los mejores tebeos antibelicistas que se han hecho en Europa.
La edición de Norma, impecable, incluye una historieta de 20 páginas que no aparecía en la primera edición en la colección BN. (4)

Historias de bar

pinyaLos hay que argumentan que no hay muchas historias, que su número es limitado y que cada nueva fábula inventada no es más que una de aquellas piezas primordiales vestida y maquillada con acierto por el creador. Aunque también los hay que piensan que hay tantas historias como personas han sido, son y serán en el mundo, que cada ser humano guarda miles de ellas. Las dos vertientes son posibles, sin duda, pero es evidente que Tomeu Pinya opta en Un pueblo blanco, el bar del barbudo, por la segunda. Para él cada hombre y mujer es germen de historias, sólo hace falta un poco de atención para encontrarlas, como la que pone Rafa en su bar. Los bares, ya se sabe, son lugares fuera del espacio-tiempo que conocemos, donde la realidad y la ficción se unen alegremente. El mejor caldo de cultivo de las historias, su mejor alimento. Y así, Rafa mira a sus clientes y conoce su vida, sus hechos. Las razones por las que sonríen y lloran son para él esas historias que busca.
Un bonito punto de partida que el autor usa para poder unir varias de sus historias cortas anteriores en una atrevida y peligrosa jugada. Conocido es que muchas antologías suelen incluir este tipo de historias, en las que algún pobre y desafortunado autor recibe el encargo de crear un relato que haga de argamasa de otros. Pero las historias son como los materiales, con propiedades muy diferentes que hacen que cada una se dilate y encoja según los criterios de cada lector. Y así, es imposible crear un contenedor que aguante en condiciones, claro. Pero Tomeu Pinya juega con ventaja. Conoce bien sus historias y las trata con cariño, envolviéndolas con delicadeza para que la historia que crea a su alrededor no simplemente las contenga, sino que se convierta en el camino principal del lector, consiguiendo una fluidez perfecta en el relato. Sin embargo, pese al trabajado esfuerzo del autor, choca con un problema irresoluble: los cambios de estilo gráfico. Aunque en un principio no deberían ser problema y deberían jugar a favor del relato, cambiando el trazo según la historia que cuenta, afectan a la trama principal. Su estilo base toma referentes que van de Max a otro Tomeu ilustre, Seguí, incluyendo a autores francobelgas actuales bien conocidos como Peteers, pero es capaz de pasar al naturalismo de Sommer o De la Fuente e incluso atreverse con Toppi. Aunque a primera vista pueda favorecer la integración de las diferentes historias cortas, tiene efectos secundarios: algunos personajes principales cambian de fisonomía, el ritmo narrativo se ve alterado y más que evolucionar, va alternándose. .. Pequeños problemas de encaje que nos recuerdan que estamos ante una obra de debut en la narración “larga” (aunque esconda una pequeña trampilla, como ya se ha visto), lo que relativiza los errores y nos permite asegurar que estamos ante un autor a seguir. Buena edición de Planeta DeAgostini, que sigue sumando buenos títulos y autores a su línea Fórum. Una agradable lectura (2-).

El arte de volar

En Carta al padre, Kafkfa expresaba en una misiva a su padre todo aquello que no fue capaz de decirle en persona. El hijo escribe para un padre que nunca leerá su carta. Las cartas expresan sus sentimientos encontrados hacia la dominante figura paterna: amor y odio, dolor y respeto, impotencia y liberación…, dejando que la literatura actuara de caja de resonancia de sus pensamientos. La relación con nuestros padres siempre ha sido un tema literario, pero quizás el detonador máximo de la reflexión es la muerte del padre: el primer suceso de nuestra vida que nos hace realmente conscientes de nuestra propia muerte anunciada.
art00Antonio Altarriba también escribe para un padre que nunca leerá su mensaje. Pero no lo hace para reprochar: a diferencia de Kafka, intenta conocer a un hombre que resultó ser un desconocido. Su padre se suicidó a los 90 años, en una especie de corte de mangas a la muerte que le rondaba, rompiendo los esquemas de un hijo que se negaba a entender lo ocurrido hasta que descubrió un diario. Unas anotaciones que llevaban la firma de su padre, pero que descubrían a alguien muy distinto al que él conoció. Demasiados cabos sueltos, demasiadas preguntas que sólo obtendrían una respuesta reconstruyendo por completo la figura de su padre. No había sitio ni tiempo a los rechazos y quejas, como hiciera Kafka. No tenía sentido reprochar a un desconocido: la única posibilidad era ordenar aquellos recuerdos para armar una realidad, un pasado que explicara y diera luz a la figura de Antonio Altarriba, el padre. El arte de volar es esa historia, esa minuciosa labor de investigación que va componiendo una fotografía rota en mil pedazos y de la que no se tiene más pistas que un nombre. El nombre que padre e hijo compartían y que en ese momento final se alza como su único nexo en común, como el punto de partida para volver a vivir una historia. Antonio, hijo, se convierte en Antonio, padre, para entenderlo y conocerlo. Y comienza un largo camino de descubrimiento, muchas veces doloroso, que le llevará desde la infancia a la senectud, de la alegría a la desesperanza. Conoceremos a un niño que quería volar y que terminó siendo un peón más en la historia. Una historia dura, la de una España que vivió una guerra y una dictadura. A través de su peripecia vital sabremos, también, de la injusticia de la guerra, del exilio… De la desgracia de salir de una guerra para entrar en otra, de la vuelta de los derrotados, de la sumisión a los poderosos y de la transformación de rebelde en engranaje de un sistema que fagocita. Pero también, de cómo la vida nos impone los comportamientos y nos obliga, nos transforma en piezas que se mueven con la ilusión de libre albedrío que, realmente sólo nos deja lugar a decidir cuándo queremos salir de la corriente que nos lleva. Como hizo Antonio, el padre, que un día saltó al vació en el único acto de verdadera voluntad que le queda al ser humano: elegir su propia muerte.
Una obra compleja y ambiciosa, para la que Altarriba necesitaba un compañero sobre el que descargar la responsabilidad de la narración gráfica mientras él se centraba en el descarnamiento de sus sentimientos. La elección podía parecer sorprendente. A fin de cuentas, Kim es un autor que está encasillado y aplastado por la leyenda de una de las series más conocidas de la historia del tebeo español, Martínez el facha, un personaje tan potente que había fagocitado casi por completo a su autor. Sin embargo, aquellos que recuerden al Kim de las historias de los primeros Rambla, y al que se destila por las historias sueltas que publica en El Jueves de tanto en tanto, sabrán de un autor de inmensa capacidad gráfica, detallista, de facilidad en la expresividad de sus personajes y de narración fluida. Unas capacidades que resultan ideales para la historia de Altarriba: a las pocas páginas de lectura es imposible imaginar la historia con otro dibujante. Kim se vuelca y trabaja las viñetas con meticuloso cuidado, exprimiendo la puesta en escena con una documentación rigurosa y extensa, sin alardeos compositivos. La narración fluye de viñeta en viñeta, sobriamente, dejando que el lector apenas se entretenga en lo superfluo, centrándose en la historia. No es fácil la labor de Kim, hay una sobrecarga literaria en la elección argumental que debe compensarse con lo gráfico. Largos textos donde Antonio, hijo, reflexiona sobre su padre, o través de la voz de su padre, que se articulan como un nivel secundario de lectura, en una especie de composición paralela entre la voz del narrador y la secuencia dibujada. Realidad y reflexión deben entretejer un tejido común que está hilado por la labor gráfica de Kim, que consigue ese difícil equilibrio, sin dejar que lo literario entierre a lo gráfico, consiguiendo que ambas narrativas discurran necesitándose mutuamente. No debe haber sido fácil hacer El arte de volar para Kim. Es cierto que el guionista ha sacrificado su intimidad exponiendo sus sentimientos, en un ejercicio de dolorosa sinceridad. Pero a cambio de aquél, que tenía la recompensa de la catarsis íntima, el dibujante no tendrá premio en su particular inmolación, ocultando su trabajo, haciéndolo invisible al lector para que éste sólo se deje llevar por la historia de los Altarriba. No está de más, tras leer el álbum, volver a sus páginas, al azar, olvidando la historia para admirar el exquisito trabajo del dibujante, para comprobar cómo lo que parecía un simple camino por el que anduvimos está perlado de diminutas maravillas y hallazgos, de un trabajo hercúleo e inconmensurable.

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Tras cerrar la última página, uno es consciente de que ha leído una obra impresionante, pero quizás sólo el poso de la reflexión posterior es capaz de poner en su justa medida qué significa El arte de volar. Como introspección personal, es una obra que se codea de igual a igual con otras que trataban el mismo tema, con los Spiegelman, Taniguchi o Ware. Quizás sin sus filigranas y exquisiteces formales (acercándose más, posiblemente, a la obra del japonés), pero con una profundidad en la reflexión tan aplastante y categórica como las que se desprendían de aquéllas. Solo por eso, la obra de Kim y Altarriba merece estar en los altares del noveno arte. Pero es que, además, se permite el lujo de proporcionar, a mi entender, uno de los relatos históricos más lúcidos y enriquecedores que se ha visto en historieta. En su largo periplo por la vida de su padre, Altarriba nos presenta un fresco de la historia de este país inédito, que habla del exilio y del retorno, de la vida de los perdedores desde una visión pragmática, que habla de la pérdida de las ideologías, de credos que cambian y se olvidan. De las ilusiones de los ciudadanos de a pie, de los españoles que sólo querían vivir tranquilamente el día siguiente. Un documento inestimable y que, sin duda, se convierte testimonio fundamental de nuestra historia. Y, por si fuera poco, se cierra en álbum con un capítulo descorazonador, aterrador si se quiere, que da una réplica lúgubre al discurso de esperanza sobre la vejez que hasta hace poco recibíamos. Ingenuamente pensábamos que saber desde el principio del triste final amortiguaría los sentimientos, pero Altarriba, hijo, quita en el último momento esa red para que sintamos el mismo golpe que su padre, esa realidad transformada en cemento que le quitó la vida y contra la que el lector al final, tendrá que desplomarse igualmente.
A mi entender, una obra maestra inapelable. (5)

Santo Cristo

santoEl atípico escenario de un salón hiperpoblado de novedades patrias puede tener como desagradable efecto secundario que, tras años reclamando con tesón esa misma coyuntura, ahora las obras de producción propia se diluyan entre la ingente cantidad de títulos que abarrotaron las librerías y se queden de lado, olvidadas e ignoradas por los compradores. Los que al final tienen que dar la bendición a una política editorial, vamos. En esa tesitura, sería una lamentable injusticia dejar de lado una obra como Santo Cristo, de Mario Torrecillas, Tyto Alba y Pablo H., que aborda el problema de la vida en los barrios marginales desde una perspectiva cercana: un barrio obrero de Barcelona en un momento tan crítico como las primeras etapas de la transición. Una temática en apariencia trillada (a fin de cuentas, es la temática base de la historieta “chunga”de los 70 y ha sido desarrollada por la generación de autores ligada a El Víbora, como Jaime Martín), pero que los autores abordan desde una perspectiva más descontextualizada temporalmente que a que aportaban aquellas historias –casi de actualidad-, buscando una reflexión a posteriori que, ahí sí, es novedosa. Pese al planteamiento de ficción inicial, es evidente que en la vida de los personajes hay componentes si no autobiográficos, de referencia cercana a los autores, lo que favorece una construcción que sabe moverse entre lo personal y un cierto distanciamiento que favorece la entrada del lector y la aportación de vivencias similares. Una juego entre lector y autores que refuerza la experiencia de lectura, dotándolo de una componente privada que hará de cada acercamiento a Santo Cristo un ejercicio distinto.
Un atractivo argumental que se potencia por un valiente y en ciertos momentos transgresor planteamiento narrativo. Los autores huyen del modelo tradicional “underground” para darle mayor importancia al entorno urbano, que en ocasiones se alza como vehículo propio de la historia, más importante que las propias personas que protagonizan las historias. Hay una elección de puesta en escena donde voluntariamente los personajes quedan escorzados y fuera de plano, dejando que sea el barrio y las calles, los edificios, los que parezcan mantener el diálogo. Una atrevida opción, acompañada de un trazo elegante y atractivo, que refuerza un discurso sobre la situación de los barrios obreros, masas que engullen a los individuos por encima de sus penalidades y que marca precisamente la diferenciación frente a otras obras previas, pero que también en muchas ocasiones es causa de ciertas confusiones narrativas. Hay episodios donde es difícil saber qué está pasando o quiénes son los personajes que dirigen la acción, ralentizando la lectura y rompiendo el ritmo natural. Un problema que es agravado (u originado) por una deficiente reproducción en muchas páginas. Sorprende que una editorial tan cuidadosa con sus ediciones como Glénat haya dejado pasar una obra donde en muchas de sus páginas no se ve nada, aparentemente empastado. Ya sea causa de los autores o de la imprenta, es labor del editor hacer notar que esas páginas rompen y dificultan la lectura.
Una lástima, porque en general y pese a los problemas narrativos –que no dejan de ser un error perdonable, un exceso de valentía por parte de los autores-, el álbum deja un excelente sabor de boca que, con seguridad, hubiera sido mucho mayor de no haber tenido estos errores de impresión. (2)

Enlaces:
Web de la obra con avance.

Ochenteros

Dicen que los años de adolescencia son los que quedan marcados a fuego en la memoria. Que son los que siempre recuerdas y a los que siempre vuelves. En mi caso, esa época se corresponde con la época dorada de los 80, con esos quioscos plenos de revistas de historietas y con la sensación continua de descubrimiento que tenía cada mes, conociendo nuevos autores, nuevas historias y nuevos límite para un arte que se convirtió en pasión. Quién sabe, es posible que si hubiese vivido mi adolescencia en otra década no fuera ahora el lector irredento de tebeos que soy hoy. O sí, pero diferente. Apenas unos años menos y quizás mi referente hubiera 1985sido el Secret Wars de Marvel o el Spiderman de McFarlane en lugar de los tebeos de Novaro y de Warren. Por eso, en parte, entiendo lo que busca hacer Mark Millar en la miniserie 1985: intentar recuperar ese sentido de maravilla único que supone descubrir algo durante la adolescencia. Esa obsesión que se convierte en acalorado fanatismo gracias a una capacidad de sorpresa virgen y que nunca se volverá a repetir. Y lo hace intentado reivindicar esas lecturas de una forma curiosa, demostrando la importancia de haber leído centenares de tebeos a partir de una ingenua premisa: los superhéroes y supervillanos Márvel existen en la realidad en una dimensión paralela y los malos llegan a la nuestra para desgracia de los ciudadanos de a pie, que sólo podrán ser salvados por los frikis adictos que conocen al dedillo las debilidades de los supervillanos. . . La idea es bien conocida: las historietas son en realidad un reflejo de una dimensión paralela y los lectores de las mismas una especie de arcanos mayores cuando las puertas dimensionales se abren. Lo hemos visto en cine, literatura y tebeos, no es una idea nueva, pero era de esperar que un autor como Millar intentase una aproximación más interesante que la que finalmente leemos. Pese al entregado trabajo de Tommy Lee Edwards, que se esfuerza al máximo para conseguir una imagen que proporcione una sensación naturalista (a fin de cuentas, originalmente era una fotonovela), la historia es predecible, ingenua hasta a candidez y, al final fallida. No funciona como homenaje entregado a la lectura de tebeos Marvel –que podría ser un objetivo muy aceptable, aunque tendría que competir con el Marvels de Busiel y Ross-, demasiado empeñado en lavar la imagen del lector-friki como héroe final impoluto, y tampoco como metareflexión sobre el medio, siguiendo por ejemplo el planteamiento cercano –y en muchos momentos, clónico- de la película de McTiernan, El último gran héroe. Ni tan siquiera funciona en su estructura interna, demasiado perdida en la operación de marketing de ir presentando a todos los villanos posibles en lugar de estar pendiente de la historia que se va contando o de profundizar algo en el desarrollo de los personajes.
Un tebeo entretenido sin más, con una interesante labor gráfica, pero que se olvida nada más pasar la última página (1-).
4175Lo mejor para remediarlo, dejarse llevar por la segunda entrega de ClanDestine, de Alan Davis, que recupera el cross-over entre los X-Men y esta alegre familia superhéroica. Cierto es que no llega al nivel de interés de la primera miniserie: los condicionantes mercadotécnicos están ahí y Davis no puede dejarse llevar libremente en el tratamiento de personajes y situaciones, lo que le lleva a una complicada pirueta argumental para intentar separar a los iconos mutantes de sus comportamientos habituales, que no llega a cuajar totalmente. Pero no impide que la frescura y alegría de la serie siga están ahí, quizás más matizada y aligerada, pero consiguiendo de nuevo dar una lectura divertida, entretenida y muy agradable, en la búsqueda precisamente de esas sensaciones adolescentes que teníamos cuando leímos superhéroes por primera vez. Davis se vuelve a apuntar el tanto, quizás no tan brillante en lo argumental, pero eficaz en su conjunto, con un trabajo visual y narrativo desbordante. Para pasar un rato excelente de lectura. (2-)

Suéter

sueterEsteban Hernández no es un autor convencional. Pese a su juventud y corta obra, ha demostrado que su trabajo es siempre inconfundible y muy alejado de los cánones temáticos habituales. Su obra parece nadar por las aguas de un costumbrismo reflexivo, pero sorprende siempre con elementos de rompedora iconoclastia que derrumban las bases de un discurso tradicional. Sus historias cortas en el fanzine Usted o la recopilación Culpable (bang ediciones) mostraban ya las claves de este universo atípico, balanceándose entre un sutil matiz enfermizo y lo cotidiano, pero partiendo siempre de elementos dispares que descolocan al lector. Las historias de Hernández parecen partir de un planteamiento atrevido, que toma ideas dispares y al azar para unirlas en una especie de puzle imposible. Una especie de reto personal que el autor reconstruye y relanza al lector, como hace de nuevo en Suéter, su última obra publicada en Planeta DeAgostini. Un hombre que padece de gigantismo disfrazado de muerte bergmaniana, un esquizofrénico que encuentra en su suéter un elemento mágico-fetichista, un revisor de metro psicótico que transforma problemas laborales en preguntas trascendentales… Tres imágenes turbadoras por sí mismas, inquietantes si se quiere, que parece imposible mezclar en una historia coherente, pero que Esteban Hernández logra unir no para contar una historia – que la hay, y sorprendente-, sino para claramente desafiar al lector. Sus extraños personajes son excusas para que el lector se sienta obligado a una reflexión personal, a un proceso de interiorización de esas extravagantes rarezas argumentales que se traduzca en una experiencia subjetiva.
No es fácil desasirse de la propuesta del autor: su riesgo temático se acompaña de un compromiso paralelo en lo formal, jugando con la narración y probando soluciones complicadas. Saltos en el tiempo, elipsis cortantes, experiencias compositivas… es evidente que el autor está probando continuamente nuevas formas de acercarse al lector, de trasladar su mensaje con la máxima eficacia y sin acomodarse en una estructura sencilla.
Un ambicioso proyecto al que hay que sumar la incorporación del color (muy acertado) y ligeros cambios en el registro gráfico de su personal estilo (la influencia de Dave Cooper es evidente en algunos momentos).
En el debe, reseñar que la avidez exagerada termina por pasar alguna factura, aunque sea pequeña y tolerable. La estructura de elementos discordantes es buena para historias cortas, pero en una singladura extensa resulta más compleja de encajar sin que se resienta. La historia usada de argamasa (el narrador en primera persona) es una idea acertada, pero en algunos momentos se pierde ese efecto directo y punzante que tenían las historias cortas. No es fácil aguantar la presión necesaria para dar cohesión a la historia y esos pequeños episodios de debilidad impiden que el álbum sea tan redondo como las narraciones cortas, pero es indudable que la capacidad sugestiva de Hernández sigue ahí con toda su fuerza y los pequeños defectos no impiden disfrutar del reto planteado por el autor.
Suéter no es un tebeo fácil, como toda la obra de este autor, pero es un tebeo muy recomendable que certifica que de seguir la progresión, estamos ante un dibujante llamado a crear obras importantes en el tebeo español.

Enlaces:
Avance de nueve páginas de Suéter.

Tamara

amaraTamara Drewe juega con desventaja. La nueva obra de Possy Simmonds no tiene a su favor la sorpresa que supuso encontrarse con la peculiar forma de entender la narrativa gráfica de la autora en Gemma Bovery. Un inconveniente que, a cambio, permite desprenderse para de los atenuantes propicios que siempre aporta la novedad para centrarse plenamente en el análisis de la obra y disfrutar plenamente de sus aciertos, que son muchos.
Simmonds vuelve a jugar la baza de la adaptación literaria, en este caso de la novela del siglo XIX Far from the Madding Crowd de Thomas Hardy, para desarrollar una sátira acerada de las relaciones en la sociedad actual. La elección de la novela no es casual: publicada originalmente por entregas, al igual que la obra de Simmonds en The Guardian, es un perfecto ejemplo del culebrón victoriano que la autora remozará y actualizará para atacar sin piedad una sociedad voyeurista que vive enamorada del chismorreo y de la vida sentimental del vecino. Y lo hace apuntando a lo más alto, a la supuesta élite intelectual personalizada en la forma de escritores y profesores universitarios de talento y éxito reconocido socialmente, reunidos en una tranquila casa de la campiña británica para dedicarse a escribir aislados del mundanal ruido. Un aislamiento que resulta inútil en un mundo globalizado y un grupo que estará sujeto exactamente a los mismos bajos instintos que los mortales más comunes. Con un humor inglés tan elegante en sus formas como despiadado en su fondo, Simmonds irá componiendo una historia digna del mejor culebrón venezolano, con adulterios, celos, amoríos, famoseo, engaños e incluso una sospechosa muerte (con un tratamiento que, en cierta medida, me ha recordado a la magistral comedia negra de Hitchcock, The Trouble with Harry), todo hilado con perfección para ir desmontando uno a uno todos los mitos de la cultura oficialista y poner en evidencia a cada uno de los personajes de esta comedia coral. La ironía se convertirá en ocasiones en sarcasmo brutal y veremos cómo los chismes, los cotilleos, la obsesión por la imagen y la fama y todo aquello que es despreciado por la alta intelectualidad es parte común de sus comportamientos. La bellísima Tamara Drewe será tan sólo una pieza más de un rompecabezas tan antiguo como la vida misma: las pasiones humanas.
Corrosiva y divertida, la obra de Simmonds se apoya en un desarrollo formal brillante y certero, que podría abrir la caja de Pandora de la eterna discusión de los límites de lo que es o no es historieta, pero que a mi entender, supone un refrendo extraordinario de las posibilidades casi ignotas del noveno arte. La autora parte de una estructura compositiva basada en la página (acorde a su publicación semanal), pero jugando siempre con la unión de viñetas y largos párrafos de texto, que suelen centralizar la composición estética de la página. De hecho, forman parte de la estructura narrativa del conjunto de manera inteligente, jugando con su tipografía (cada personaje tendrá una) y forma de expresión. Hasta tal punto, que hay una segunda línea de análisis en Tamara Drewe, comparando las diferentes formas de expresión escrita actuales. A lo largo de la obra, encontraremos desde los manuscritos a máquinas de escribir, ordenadores, columnas en prensa, titulares de periódico, revistas del corazón, e-mail, SMS en teléfonos… un catálogo completo de todas las maneras que el ser humano tiene hoy de comunicarse, cada una con unos códigos y claves que Simmonds explora en forma secundaria, así como su efecto dominó (me atrevería a afirmar que hay una apuesta clara por la sustitución del papel por las redes sociales en el chismorreo natural humano). Una exploración que la autora integra de forma natural en el flujo de la página, convirtiendo al texto en un recurso narrativo más con aportaciones a la narrativa gráfica. No estamos ante una utilización secundaria de la imagen frente al texto, a modo de ilustración descriptiva, sino ante el uso consciente del texto como un elemento más visual, que complementa la delineación narrativa de la página. La notable calidad gráfica de la dibujante permite un juego representativo naturalista que es acompañado de un reflexionado uso del color, matizando las páginas y ayudando al lector en la rápida integración de la composición visual única.
Un conjunto encajado con perfección arquitectónica que es un verdadero deleite para el lector y un cáustico retrato de la triste realidad humana. Excepcional (4+)
(Por cierto Possy Simmonds estará en A Coruña el mes que viene y parece que mi admirado Stephen Frears será el encargado de llevar a la pantalla la obra)
Enlace: Tamara Drewe en guardian.co.uk

Clásicos del Humor: Gordito Relleno

gorditSigue la racha de excelentes volúmenes en la colección de RBA con una nueva contribución del gran Peñarroya: Gordito Relleno. Una serie en la que volvemos a encontrar la exquisita capacidad de este autor para unir el costumbrismo con el humor, con una peculiar forma de entender la ingenua bondad del protagonista. Buena selección de historias, aunque por desgracia, pocas de la primera etapa, más ácida y que explotaba el contraste de la bonhomía del orondo Gordito con unas intenciones muchas veces muy alejadas de esa bondadosa imagen.
A destacar la excepcional capacidad de Peñarroya, uno de los mejores dibujantes que pasó por Bruguera, del que sería una utopía pedir una colección de sus maravillosas portadas, con un dominio del color y de la composición extraordinario.
Indispensable. Y atentos, porque a partir de ahora, prácticamente todos los volúmenes son piezas de colección: Los señores de Alcorcón y el holgazán de Pepón, Angelito, El profesor Tragacanto y su clase, que es de espanto, Petra, criada para todo... ¡casi nada!
(¡Qué lástima no tener un volumen dedicado a Nadal, otro con las historietas de Ibáñez de los años 60…!)

Clásicos del Humor: Tres en uno

Por desgracia, los distribuidores de la colección de RBA se han confabulado contra mí y durante dos semanas me he quedado sin la correspondiente entrega de este obligatorio coleccionable, para desgracia de mis uñas y de mi bilis, que unas por mordisqueo compulsivo y las otras por cabreo supino han terminado agotadas. El caso es que ya, por fin, soy feliz poseedor de tres volúmenes de la colección.
cariocoAl caso, y por orden cronológico: el primero de los tres es El loco Carioco, de Conti, volumen indispensable que reivindica a uno de los grandes olvidados de la escuela Bruguera, pero a mi entender uno de los pilares básicos para entender la revolución que vivió la escuela de humor de Bruguera en los 50. Autor de impresionante capacidad gráfica, su humor entronca con la tradición del absurdo y el surrealismo, pero sin dejar de lado una componente costumbrista que, unida a las anteriores, logra un cóctel de acidez extrema. La selección de Guiral para este volumen, exquisita, permite a su vez comprobar la evolución estilística de este maestro de la síntesis gráfica y formal, esteta del gag y experimentador continuado, incorporando hallazgos de la pintura y del humor gráfico. Un volumen extraordinario e indispensable.
El segundo, el tercero ya de Zipi y Zape, una decepción tras la alegría de Carpanta. Esperaba algunas entregas de las primigenias aventuras de estos diablillos, pero al final volvemos a tener un volumen con entregas de los años 70, con un Escobar ya desganado y amansado que apenas aporta nada a lo que ya sabemos de este gran genio de la historieta. Un volumen prescindible (¡ay! lo que me duele usar ese palabra con el gran Escobar!).
cataplasmaY por último, esta semana nada más y nada menos que volumen dedicado al Dr. Cataplasma de Martz Schmidt, otro de los grandísimos autores de Bruguera que suele ser olvidado en todas las enumeraciones de dibujantes de la editorial. Un gran error, porque es sin duda uno de los mejores creadores de gags que ha tenido el tebeo español, brillante dibujante y mejor narrador, francotirador de las aristocracias con series tan delirantes como Don Danubio, personaje influyente o Deliranta Rococó. Un volumen muy interesante, en el que el único pero que puedo poner es que me hubiera gustado ver más proporción de historietas anteriores a 1964 (apenas una treintena), pero que no invalida poder disfrutar de él (con los ya consabidos problemas crónicos de reproducción).

Enlaces:
– La influencia de José Segrelles en Schmidt: 1 y 2

Cuentos

bicho“Que si, que si, que lo sé de buena tinta, que me lo contó el Paco..”.
Pongan ustedes tranquilamente otro nombre porque nada cambiará. Así comienzan casi todos los chismes, rumores y cotilleos, pero también se inicia así el camino de las leyendas y los cuentos. Con el boca a boca, contando las historias y transformándolas en cada nuevo relato, agregando un clavito que las va enganchando al imaginario popular. A veces son simples anécdotas que, con el tiempo, se transforman en gestas épicas o en cuentos de misterio y terror, según el azar haya decidido en un momento dado de la larga cadena cuentistas y oyentes que a su vez se transforman en cuentistas. Son esas historias que a nosotros, de niño, nos llegaban en esos cuentos ilustrados troquelados que nos compraban nuestros padres y que están en la base de una de esas joyitas que ha dado el salón y que pueden quedar enterradas por las montañas de novedades. Por ver el bicho volar, de Loren, es un tebeito pequeño, en tamaño y en ambiciones. Tanto que puede ser que el lector deslumbrado por las portadas coloristas y efectistas de los tebeos que han salido este mes no se fije en él, por mucho que esté editado con primor y gusto por parte de bang ediciones. Y sería una lástima, porque Loren cuenta tres historias pequeñitas que son deliciosas, tres cuentos de esos que se comentan en las mesas de los bares de pueblo para asombrar a extranjeros como quien contase leyendas propias de Roldán o el desembarco de Normandía. Cuentos que nacen de lo real y pronto, como era de esperar, se pierden por la fantasía con una ingenuidad desarmante.
Fantasmas, bichos voladores o incluso los cotilleos del pueblo son los protagonistas de esta obra, que Loren narra a modo de cuento infantil, con grandes viñetas y textos al pie, de dibujo elegante de inspiración a medio camino entre Bruguera y la ilustración infantil de los años 60.
Se lee con gusto y sonrisa continua y permite, durante unos instantes, olvidarse de todo. No es poco.
Extracto en la web de bang.

De héroe a leyenda

superman1“..quiero que sepan lo que se sintió al vivir el despertar de la era de los superhéroes.”
Es la frase que Superman le dice a Lois Lane para explicar el sentido de la Fortaleza de la Soledad y, en el fondo, la que mejor refleja el espíritu que impregna todas y cada una de las páginas del All Star Superman que firman Grant Morrison y Frank Quitely. Tras décadas imbuidos del pesimismo marcado por la “Era Oscura” de los superhéroes, la obra que acaba de publicar Planeta DeAgostini en un único volumen recopilatorio es un homenaje entregado al género superheroico, reivindicando las claves y circunstancias que marcaron su nacimiento. Un inmenso retablo que recuerda a los procesos mitológicos de creación del héroe explícitamente relacionados en la obra con las tareas de Hércules, que Morrison y Quitely hábilmente entroncan con episodios clásicos de la vida de Superman. Investigando la larga historia de 75 años del personaje, toman esos momentos gloriosos de la Silver Age guionizados por Otto Binder para plantear si es hoy posible un superhéroe guiado por los principios de aquellas creaciones. Principios bastardos, derivados de la prohibición manifiesta marcada por el Comics Code, pero que dieron lugar a un seguido de historias de orientación infantil donde el único límite era la imaginación desbordante de los equipos creativos. Aquellas locas historias de Jimmy Olsen, Lois Lane, Luthor, Bizarro… son rescatadas con una visión moderna, que acepta sin prejuicios el mensaje moral de vocación infantil para traducirlo y actualizarlo con un espectro mucho más amplio. Un arriesgado intento de traducir “el sentido de la maravilla” al lenguaje de una generación escéptica, que ha perdido en muchos casos la capacidad de sorpresa, abrumada por unos medios que muestran la imagen de que todo es posible y un modelo de héroe que ya no se corresponde con aquél que dio origen al género. Sin embargo, Morrison y Quitely consiguen un brillante relato gracias precisamente a sumergirse en las bases fundacionales del mito de Superman, centrándose en unos valores morales universales de sencillez inmaculada, pero que son diseccionados por los autores con indudable acierto. Desde el primer momento, evitan la focalización sobre la épica clásica del héroe, centrándose en una concepción mucho más pausada. Hay, es evidente, grandes peleas y enfrentamientos, pero la gran mayoría de las escenas del libro desarrollan largos diálogos. Exceptuando el genial guiño hacia “la muerte de Superman” y Doomsday, reescrito en términos de homenaje a las siempre camaleónicas aventuras de Jimmy Olsen, en las luchas Superman apenas se defiende, no ataca nunca y suele terminar las luchas en ejemplos de diálogo y tolerancia. Es, en el fondo, ese modelo de comportamiento que transmitían a los niños aquellos tebeos de la Silver “el fuerte protege al débil”, traducidos ahora en términos de tolerancia y respeto. Las splash-pages de las aventuras de Superman, siempre reservadas al momento más titánico de la lucha, a ese gigantesco puñetazo que se despliega por varias páginas, aquí están reservadas a momentos íntimos del héroe. Lo más importante no es cuando gana al villano, sino cuando está con su amada o llora por su padre. En ese sentido, es fundamental la aparente sencillez compositiva que eligen los autores, sin apenas experimentos compositivos, volcando todo su esfuerzo en una fluidez visual hacia el lector casi perfecta, que transforma la habitual síncopa de la narrativa post-image en un tránsito suave que lleva al lector en volandas por las escenas, permitiendo que se centre en ese mensaje emocional que quiere transmitir la obra. Una labor fundamentada en la puesta en escena y la elipsis -obligada con una planificación que rara vez supera las tres o cuatro viñetas, casi siempre horizontales, por página-, que obliga a un estudio y planteamiento previo milimétrico que no deje nada al azar.

Morrison y Quitely son conscientes que un ser omnipotente sólo tiene una lectura posible, en términos de encarnación de una nueva divinidad como ya explorase Moore en Miracleman, pero derivan este concepto precisamente hacia una interpretación que lo traduce en un Dios de las pequeñas cosas, que es capaz de sentir y conocer la verdad última del universo (genial el contraste entre esa concepción del todo desde la perspectiva científica actual y, a la vez, como un haiku único), “el sentido de la vida”, pero también, por ello, valorar hasta el último y minúsculo aspecto de su vida. Pero lejos de considerar una deidad, Morrison y Quitely le dotan de la humanidad de la muerte, de un final que, paradójicamente, quedará abierto en un metajuego donde el propio relato se va transformando. La incesante reivindicación de integrar al superhéroe en el mundo real que el género ha demandado en los últimos años es rechazada por los autores en una progresión donde la única vía de deificación es la leyenda. Sólo la imaginación de los hombres crea dioses, y Morrison y Quitley establecen precisamente ese juego de interferencias entre el lector y la historia, entre la realidad del mito que nació en 1938 de la mano de Shuster y Siegel y el que después se ha integrado en el imaginario sociocultural como icono. En la diferentes gestas que va logrando Superman, perfectamente estructuradas a través de un relato tan clásico como la sempiterna lucha con Lex Luthor, el propio personaje es consciente de su finitud, de que la única realidad posible es la del ser humano y su brevedad, pero que la humanidad necesita un icono. Y se prepara precisamente para la creación de un icono, de una leyenda. Es un dios que se creará a sí mismo por el único camino posible: el de la imaginación del hombre.

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No es fácil el ejercicio de equilibrios que desarrollan dibujante y guionista, manteniendo la coherencia de un mensaje a la vez que despliegan un seguido de guiños al lector en forma de homenajes casi continuados. El lector que conozca la etapa inicial del Superman de la Silver Age (especialmente la de Otto Binder, que ahora se está recuperando en la colección de Showcase de DC) encontrará detalles en prácticamente cada viñeta, que son introducidos con elegancia en un discurso donde los autores apuestan por la emoción como sentimiento fundamental que debe obtener el lector. Si caer en el sentimentalismo o la sensiblería, la conversión icónica de Superman es mostrado como un relato que, más allá de la épica heroica, se expresa como un recorrido por la formación emotiva y moral del ser humano, que durante su infancia y juventud ha tenido en los héroes a modelos morales y de comportamiento de los que ha aprendido las bases de su personalidad. Un modelo de transmisión de valores que sigue siendo válido y que, sobre todo, permite desde su simplicidad alzar reflexiones mucho más complejas, como bien demuestran Morrison y Quitely, reivindicando no sólo el género superheroico, sino que todas las aproximaciones siguen siendo válidas.
Una obra brillante, posiblemente uno de los mejores tebeos del género que se han editado en años, que Planeta DeAgostini presenta en una cuidada edición recopilatoria (en este caso, ganando enteros respecto a su edición en fascículos) que, por desgracia, no es ajena a las típicas erratas que esta editorial comete, con inexplicables defectos de rotulación (cambio absurdo de fuentes) o la repetición de una de las portadas originales de la serie (que no afecta para nada a la lectura, pero encenderá con lógica la ira de los puristas). (4)

– Reseña en El Show de los hombre lobo

Clásicos del Humor: Don Pío

pioNueva entrega absolutamente imprescindible del coleccionable de RBA, esta vez dedicada al Don Pío de Peñarroya. Una serie atípica, como bien recalca Guiral en su introducción, vocacionalmente costumbrista y afectada por la censura en términos delirantes. La vida de pareja y los problemas conyugales fueron originalmente el eje fundamental de las historias que Peñarroya plasmaba desde una perspectiva menos fundamentada en el gag, más dirigida hacia un costumbrismo casi descriptivo, que en sus primeros tiempos evitaba toda imagen dulcificante o ingenua y apostaba por la puesta en escena de todo aquellos momentos difíciles de la convivencia que nunca se cuentan. El humor, en estas primeras entregas de finales de los 40, escondía matices amargos, agrios, que se fueron mitigando a partir de la intervención de una censura que no podía permitir una representación de la familia que no integrara los mensajes de felicidad que se esperaban de la institución. A partir de mediados de los 50, Peñarroya rebajó el tono de las historias con la inclusión del sobrino de la pareja (en un requiebro surrealista, un hijo que en realidad es un sobrino porque no se podía mostrar el embarazo de Benita), llevándolas a un terreno más infantil (y, muy acertada la puntualización de Guiral, sin que eso suponga una matización peyorativa) pero sin perder ese tono costumbrista. Pese a que las historias ya no tenían ese atractivo inicial, el tomo que edita RBA es una especie de resumen de la historia de este país de los años 50 a los 70, reflejando los cambios de las modas sociales y cómo eran aceptadas por la sociedad. Incluye planchas de todas las épocas (por desgracia pocas de finales de los 40 y primera mitad de los 50, pero suficientes para poder analizar los cambios que sufrió la serie.
Obligatorio.

García & García

odenaAfrontar una biografía en historieta de cualquier personaje carismático y envuelto ya casi en la leyenda es siempre complejo, más si se ha convertido en icono de luchas sociopolíticas, lo que suele imponer una obligada visión hagiográfica y, en la mayoría de los casos, reduccionista y afectada de una parcialidad sangrante. La absurda necesidad que demuestra el ser humano de mitificación en términos heroicos de los personajes claves de la historia deriva en la imposibilidad de llevar a cabo análisis en profundidad sobre hechos, actuaciones, situaciones e ideologías que impulsaron su comportamiento. Una especie de obstáculo insalvable que actúa como prejuicio automático cuando se plantea la lectura de Lina Odena, Palabras (de) Mayores, de Jorge García y Carlos Maiques. Un personaje clave en el movimiento comunista y en la lucha de los derechos de la mujer durante la Segunda República y la Guerra Civil, rodeado de un insalvable halo de leyenda… Los ingredientes perfectos para que su biografía fuera un seguido de tópicos inútiles de nula aportación a la comprensión de Lina Odena. Pero afortunadamente, Jorge García demuestra continuamente que es un guionista al que le atraen los retos y que no se siente atenazado por la declaración ideológica en sus obras, sabiendo que se puede ser crítico sin caer en el abotargamiento de la neutralidad tan del gusto de la corrección política. Y como tal, escapa de la imposición del tópico marcado por el icono con un requiebro arriesgado: si el icono es un estorbo en el camino, nada mejor que rodearlo y evitarlo. Una decisión valiente, que opta por una aproximación tangencial al personaje, envolviéndolo y trasladando el foco a todo aquello que rodeaba a Lina Odena. La situación política, personal y familiar toma protagonismo frente a las propias acciones de la que debía ser centro único de la historia, permitiendo que el lector tome conciencia de todo aquello que llevó a la creación de un icono. Una inteligente opción que transforma la lectura en mucho más rica e interesante, avalada por el trabajo de Maiques, que comprende perfectamente el camino marcado por el guionista y opta por un dibujo de trazo minimalista, apenas esbozado, en el que los fondos se diluyen dando una sensación de irrealidad que contrasta con el momento histórico que narra. El pincel seco desdibuja personajes y lugares, aportando una poética visual que el guión ha optado por evitar y consiguiendo un paradójico pero sugernete resultado: el homenaje visual frente al racionalismo literario. La hagiografía sí está presente, pero sólo desde el alejamiento gráfico, roto muchas veces por la fotografía como anclaje en la realidad que marca el escenario creado por García. Un álbum muy interesante que se puede leer gratuitamente o comprar en la página de la Fundación Pere Ardiaca (donde, por cierto, también se pueden leer las dos entregas de la Primavera Tricolor de Carles Santamaría, Pepe Farruqo o el No a la Guerra de Carles Santamaría, Carlos Azagra, Angel de la Calle, Pepe Farruqo).

verveY no dejo a Jorge García, que me sigue sorprendiendo con un cambio radical de registro en Las aventuras imaginarias del joven Verne: La puerta entre los mundos. Abandona el realismo histórico de obras anteriores y emprende a propuesta de Pedro Rodríguez una aventura juvenil en el sentido más clásico, tomando como protagonista a un autor que es referente fundamental de la imaginación juvenil. Verne es para muchos, entre los que me incluyo, la puerta de entrada en la fantasía post revolución industrial, en ese mundo de aventuras que deja de lado las mitologías inalcanzables para centrarse en una concepción humanista que estimula la imaginación a través de retos que pueden ser realizables por la inteligencia humana. Una ficción científica cercana que se atrevía a unir la tradición decimonónica de aventura exótica con una formulación nueva y sugerente de un futuro a la vuelta de la esquina y que, sorprendentemente, García y Rodríguez abandonarán desde el primer momento para optar por una atrevida propuesta, que engloba a este jovenzuelo Verne tanto en la tradición aventurera de Mark Twain, con referencias explícitas a Tom Sawyer y Huckleberry Finn, como en la misteriosa y sobrenatural de Poe a través de Arthur Gordon Pym. Las aventuras de un futuro realista de corrección científica que Verne escribió siendo adulto tuvieron su origen en un mundo de fantasía infantil donde lo esotérico y lo imposible son la moneda corriente. La obra de Verne se convierte así en una especie de respuesta contraria racionalista a una infancia plagada de hechos misteriosos que unen con desparpajo fantasmas con viajes en el tiempo. Y, además, sin perder de vista que es una lectura de orientación infanto-juvenil, por lo que sigue a rajatabla las estructuras de la aventura clásica que van de Stevenson a Blyton. Un álbum que no tendría sentido sin Pedro Rodríguez a los lápices, responsable de la idea original de la serie y que se vuelca en dotar al conjunto de un ritmo y atmósfera perfectos -no era difícil de adivinar, pese a su corta obra, es uno de los dibujantes más dotados y brillantes que tenemos por estos lares- para conseguir su objetivo fundamental: entretener. ¡Y vaya si lo consiguen! Es indudable que estas aventuras imaginarias enganchan al lector de cualquier edad desde su primera página. Al joven, por mostrarle una aventura que no renuncia a la irreverencia juvenil que se lanza a la exploración por el simple placer de descubrir cosas nuevas. Pero también al adulto, al que propone mensajes subliminales cómplices, que van del reconocimiento de lugares comunes a la reflexión, pero siempre con un proceso que antepone sobre todo la frescura y la obligación de dejarse los prejuicios de la madurez en la entrada para volver libremente, aunque sea durante unos momentos, a la infancia.
Recomendable tanto para enganchar a los jóvenes a la lectura con la fuerza que Verne nos atrapó a nosotros o, simplemente, como baratísimo y eficaz tratamiento de rejuvenecimiento. (3)

Enlaces:
Entrevista a Pedro Rodríguez
Entrevista a Jorge García

Endurance

enduranceLa realidad, a veces, firma argumentos que superan en espectacularidad y emoción a la imaginación del escritor de aventuras más inspirado. Ya se sabe, la realidad supera a la ficción, se dice. Se podría sospechar entonces que los escritores dedicados al género de aventuras deberían sólo trasladar de forma casi documental los hechos para conseguir el éxito, pero por desgracia el proceso es mucho más complejo. En ese camino de escribano, hay que cuidar de transcribir no sólo los hechos, sino saber transmitir la emoción, la pasión, el dolor y las sensaciones. No basta con describir puntillosamente la velocidad y el número de giros que hace la montaña rusa: hay que saber traducir ese miedo que nos atenaza y ese nudo que se siente en el estómago. Aventuras reales hay muchas, autores que consigan que el lector se contagie de las sensaciones de la aventura, pocos. Luis Bustos entra por la puerta grande en ese selecto grupo atreviéndose en Endurance con una de las epopeyas más inmensas del siglo XX, la expedición antártica de Ernst Shackleton. Una empresa casi imposible, que intentaba conseguir uno de los retos exploratorios a los que tan aficionada era la sociedad de principios del siglo pasado y que terminó como una de las mayores demostraciones de lealtad, voluntad y tesón por parte del ser humano que se conozca. El argumento es conocido: Shackleton intenta cruzar la Antártida y el hielo y las difíciles condiciones metereológicas dejarán atrapada a su tripulación durante casi dos años. Una trampa mortal de la que sólo se podía salir con la obstinación de Shackleton de salvar a sus hombres, de cumplir con la promesa de sacarlos de ese ataúd de hielo. Bustos se centra en la figura del aventurero explorador y desgrana el relato con acierto, definiendo personajes y marcando los ritmos para que el argumento se vaya construyendo sobre la voluntad de hierro del capitán del Endurance. La tarea no es fácil: debe ser fiel a los hechos reales, pero centrarse en recrear los pensamientos de un hombre que antepone todo a su promesa de lealtad hacia sus compañeros. Pero admite su propio reto como autor y decide evitar la primera persona para dejar que sea el lector el que dé voz al aventurero, lo que le obliga a ser todavía más exquisito con las cadencias, la expresividad de los personajes y una puesta en escena que dote al lector de todas las pistas para desenmarañar los pensamientos de Shackleton, a la par que contagia de toda la dureza de la situación. Doble pirueta mortal sin red que resuelve con brillantez, logrando nota alta en todos sus objetivos. El relato avanza con fuerza, nos emocionamos, sentimos la desesperación, perdemos la esperanza y la recuperamos con el empeño y la terca obstinación de un hombre que cree ante y sobre todo en la fidelidad.
Una vez leído y disfrutado de un tirón, es un placer volver a las páginas de Endurance y, como quien intenta descubrir los trucos de un mago, ir averiguando cómo Bustos nos ha mantenido casi sin respiración durante la lectura. Comprobando cómo maneja los ritmos de lectura al principio con una composición de página simple y sobria, efectiva en la presentación de hechos, escenarios y personajes, que sólo se rompe en determinadas ocasiones no para lucimiento del autor (¡ay! ¡Cuántos autores se dedican a concatenar composiciones imposibles que no aportan nada a lo que narran, escondiendo carencias argumentales!), sino para remarcar momentos importantes de la narración (como la excelente entrevista del periodista, que engarza realidad e historieta y sienta las bases de lo que leeremos). Una composición que irá alzándose con mayor protagonismo a medida que la gesta avanza, rompiéndose allí donde se rompe la voluntad y donde la naturaleza domina al hombre, cambiando el ritmo y logrando que el lector sienta ese contraste de sensaciones entre la quietud y paz de lo urbano, de las arquitecturas conocidas y el miedo y pavor que desata la naturaleza salvaje e incontrolada. La composición lineal desaparece y es sustituida por una cambiante y agresiva, como la propia naturaleza brutal de la Antártida. Una elección que es apoyada con un cambio en el trazo, más grueso y visceral, y en la puesta en escena, que elige violentos primeros planos, cambios bruscos de escena e incluso cortantes elipsis.
Un tebeo brillantísimo, de lo mejor que se ha visto en este salón. (3)

Enlace:
Ficha y páginas del álbum en Guia del cómic

Clásicos del Humor: Carpanta II

rpantaDe nuevo el coleccionable de RBA es absolutamente indispensable. Mis plegarias a San Eisner fueron oídas y el segundo volumen dedicado a Carpanta incluye una amplia selección de las historietas del personaje de los años 40, 50 y 60. La aproximación cronológica permite no sólo comprobar la evolución gráfica de Escobar, sino también la deriva temática de las historietas, que pasaron desde la brutal y ácida comedia costumbrista de los años 40 y 50 a una serie de humor blanco a finales de los 60 y 70. Escobar fue uno de los más grandes y, también, uno de los autores más perseguidos por la censura, que veían en personajes como Carpanta o Doña Tula peligrosos perturbadores de la moral de los españolitos. El humor de las primera entregas de Carpanta que podemos ver en este coleccionable llega a la crueldad más amarga: desde ese empresario sin escrúpulos, que utiliza a pobres hambrientos para llenar un pantano gracias a la saliva que segregan enseñándoles un pollo recién asado, a la picaresca que lleva a Carpanta a robarle la leche a los niños con tal de comer. La visión de Escobar de la hambrienta posguerra española es demoledora, con un retrato de todas las escalas sociales sin concesiones, sin el mínimo asomo de simpatía (comenzando por el propio Carpanta). Posiblemente, uno de los documentos historiográficos más valiosos de esa época de nuestra historia.
A medida que el dibujante debía abandonar su ácido humor, a cambio, encontraremos un perfeccionamiento del mecanismo del gag y del dibujo, que en los 60 llega a una perfección envidiable.
Un tomo que reivindica a un autor maltratado por la censura y por el olvido, ligado a la imagen bondadosa e infantil de los 70 de su creación más famosa, Zipi y Zape, pero que tuvo en su haber algunos de los mejores momentos de la historieta española.
Absolutamente fundamental (aunque la calidad de las páginas a color no sea una maravilla, pero es bastante decente en las de blanco y negro y bitono).
Enlaces
Carpanta en Inspector Dan

Lindos gatitos

chiportadaLo sé, lo sé, me dejo llevar por sentimientos de lo más cursi, pero todos aquellos que vivimos con gatos no podremos evitarlo: cada página que pasemos de El dulce hogar de Chi, de Konami Kanata irá acompañada indefectiblemente de una cadena de “oooooooooh” ante las monerías del lindo gatito, así como de cantidades ingentes y compulsivas de babas mirando a nuestras bestias pardas y diciendo “mira, mira, como el nuestro”. Y es que lo de Kanata es canallesco cuanto menos. Sabedor de que los amantes de lo felino nos quedamos desarmados ante la primera carantoña que nos hacen estos peludos seres (la referencia a lo de los pelos es obligatoria en estos días, la entendéis ¿verdad?), este pérfido dibujante va y recopila en un librito (¡levantad todas vuestras defensas! ¡¡¡¡Vienen más detrás!!!) todas las gracias y comportamientos que encandilan. Es más, en una acción que creo debe calificarse de atentado a la dignidad del gatófilo, va y dota de don de la palabra al minino, que en lugar de peroratas filosóficas judaicas, nos lanza mensajitos a los amos sobre lo mal que lo pasa en sus primeras días alejado de su madre. Demoledor y destructivo, porque todos nuestros instintos maternogatunos se disparan y poco más o menos que nos dan ganas de adoptarlo inmediatamente.
Yo aviso: si tienes gatos…. ¡ni se te ocurra acercarte a este tebeo! ¡Te engancharás sin remedio!¡Si hasta me tuve que comprar unas figuritas de Chi (¡ay! ¡Rascándose la oreja, qué mono….! ¡Se parece a mi Peque [babas][babas]…¡)
Esto no se hace señores de Glénat, no se hace…
¿Puntuación? ¿Qué coño puntuación? ¿Me lo he leído diez veces en tres días y me pedís puntuación?… ¡anda ya! ¿Alguien conoce una clínica de desintoxicación gatuna baratita?

chi

Una entre mil

El folio en blanco, a veces, resulta una especie de muro infranqueable. No soy yo dado a los problemas a la hora de escribir, más bien a los derivados de una verborrea a menudo irreflexiva, pero hoy, cuando me he puesto delante del teclado, no sabía ni cómo comenzar. Lo he intentado de mil maneras, pero en todas a las pocas palabras lo dejaba. En unas frases empezaba todo serio y circunspecto sobre las posibilidades del cómic como medio social, en otras, sobre la sencillez para transmitir emotividad de la historieta. Hasta algo de tebeo didáctico ha salido por ahí.
milPero no, ninguna de esas ideas me parecía correcta para hablar de Una posibilidad entre mil. Y me temo que el problema es irresoluble, porque aunque sea muy tangencialmente, conozco a Laia.
Apenas he coincidido algunas veces en actos sociales con ella y sus padres, es cierto, pero ha sido suficiente. La primera vez que coincidí con ellos, fui incapaz de ver más allá de los prejuicios habituales que tenemos hacia los niños con problemas de desarrollo, pensando en lo que sufrirían sus padres ante tamaña desgracia. Pero después, en cada nueva coincidencia, apenas unos minutos en una presentación o simplemente comprando tebeos, fui descubriendo a una niña con una sonrisa que le llenaba la cara constantemente, mirando con sorpresa todo lo que le rodea y contagiando esa alegría pura, inmaculada todavía. Y a unos padres a los que se les iluminaba la cara cada vez que hablaban de su hija. Los problemas, seguro, fueron, son y serán muchos, pero de alguna forma, Miguel, Cristina y Laia habían logrado lo imposible, romper por primera vez la tiranía de la segunda ley de la termodinámica con un rostro en eterna sonrisa, sin más necesidad que las miradas entre unos y otros. No sé quién contagió la alegría a quién. Si los padres a la hija o la hija a los padres, pero poco importa al verles hoy.
Eso le he visto y vivido. Y ahora, tras leer Una posibilidad entre mil, no puedo más que recordar la sonrisa de Laia y sus padres. Hay momentos muy duros en ese tebeo. Crueles casi. Pero nunca transmiten pesimismo o negatividad, sólo valentía y ganas de seguir adelante, de lanzarse al vacío para agarrar una esperanza que está ahí. Pienso en Miguel y Cristina y creo que el mensaje que lanzan en su obra es uno de los más bellos que se puedan leer, el del amor por una hija por encima de todas las dificultades que naturaleza o sociedad quieran poner. Y lo contagian. Yo he podido ver la alegría de la Laia de carne y hueso, pero cualquier lector del libro podrá sentirla también.
Yo no sé hacer una reseña de este libro. Sólo puedo deciros que lo leáis. Por Miguel y Cristina. Por Laia. O, simplemente, porque un día nos apetece sentirnos más humanos.

Clásicos del Humor: El reporter Tribulete

tribuleteSeñoras y señores: esta semana pasará a la historia. ¿El premio del Saló? No, para nada. El verdadero premio me lo han dado hoy con el volumen de El reporter Tribulete, de Cifré. Una selección de planchas de 1948 a 1962 que hacen un recorrido estricto a la par que amplio por las aventuras de este indómito reportero de El Chafardero Indomable, en la que podremos observar la evolución del personaje y del estilo del gran Cifré, uno de los gigantes de Bruguera, desgraciadamente desaparecido en 1962 con apenas cuarenta años de edad, en la cúspide de su carrera. En las páginas elegidas por Antoni Guiral es posible descubrir la inmensa capacidad para el gag del dibujante, su dinámica imposible, su expresividad extrema… pero también ese retrato indirecto de la sociedad española desde la posguerra más dura a los primeros años del desarrollismo del régimen franquista, construido a partir del catálogo de tipos a los que Tribulete conoce en ejercicio de su profesión. Un volumen inmenso, inconmensurable, magistral, que deja con más ganas de Cifré. Quien sabe, quizás sería posible incluir planchas de las geniales (y tremebundas) hazañas de Don Furcio Buscabollos, conocer la desvergüenza de Amapolo Nevera o los problemas del corazón de Cucufato Pi. O descubrir al gran antecedente de Superlópez, el gran Superbirria, siempre acompañado de su fiel Agapito para correr las aventuras más morrocotudas(*). ¡Ay! Soñar es gratis.
Compra obligada. No se puede ser aficionado a los tebeos y no conocer a Cifré, aviso (es más, seguramente hay una sala específica en el infierno reservada a aquellos que no lo idolatren, con castigos tremendos, como leer eternamente el Batman, Cristina, Barcelona ese).

Enlace: algunas páginas en el blog Viñetas.

Reseñas saloneras (II)

Sigo con las reseñas saloneras, una tanda de cortas para aligerar…
mensajesMuchas ganas tenía de leer Mensajes, de Mariano Casas (El patito editorial), que llevó el premio Castelao a un autor que ya había demostrado capacidad para la narración inteligente y reflexiva con Historias de Mariano, serie de álbumes muy recomendable de adscripción indefinible pero siempre sugerente. Y, como en aquella, encontraremos a un autor intrigado por las posibilidades narrativas de la historieta que arriesga y se plantea retos temerarios como los que encontramos en este álbum: una historia postapocalíptica, narrada en ausencia de figuras humanas durante casi su trayecto inicial, focalizando la narración sobre el contraste de colores puros, agresivos y objetos de gruesas líneas rectas. El Armagedón ha llegado y la opresión de esas naturalezas muertas urbanas inorgánicas lleva una narración que nos llevará, por fin, a dos únicas figuras humanas. Un punto de inflexión en el que esperaremos infructuosamente que el protagonismo narrativo pase al ser humano: Casas, como ya es habitual en él, no se lo pone fácil y decide hacer la pirueta más osada, casi insensata, narrando a través de una originalísima extinción de los colores. Una excusa argumental simple, quizás excesivamente deus-ex-machina, pero que resulta en uno más de los aciertos del álbum: desaparecidos los azules, los rojos, los amarillos, los magentas y el negro serán progresivamente el vehículo de una narración que, sorprendentemente, se acoplará a la perfección a su tono cromático. Un álbum distinto, rompedor, que no teme a lanzarse sin red a la búsqueda de soluciones narrativas innovadoras. Muy interesante (2)
hombrepezEl regreso del hombre pez, de Isaac Sánchez (Glénat) es una ingeniosa reescritura y actualización de las mitologías de las leyendas rurales cantábricas. Con el hombre pez de Liérganes como eje central, Sánchez irá incorporando trastolillos y demás seres de leyenda con la misma desvergüenza que un casting más propio de Operación Triunfo y demás ‘realities’ que prometen el sueño de evadirse del pueblo, todo contado con un ritmo desenfrenado que bebe sin prejuicios de la escuela Bruguera, del manga, de Mignola o de La Cosa del Pantano sin solución de continuidad. El resultado, pese a unas arritmias propias del maremágnum de ideas y formas de contarlo que usa Sánchez, tiene una frescura y desparpajo que contagia al lector y le obliga a perdonar los defectos. Más con ese inesperado e inusual final (quizás algo confuso en lo narrativo, excesivamente comprimido para lo que ha sido el álbum y que hubiera merecido algunas viñetas más u otra aproximación en la puesta en escena) que rompe con los tópicos y se agradece. Para pasar un buen rato. (1+)

nazaretoYa era hora de ver en álbum las corrosivas historias de Cristo Nazareto, de Álex Fito (Glénat). Un personaje que ya removió conciencias en las páginas de El Víbora y que ahora, en tomo, alcanza una masa crítica de potencia demoledora. Ya desde esa imaginativa puesta en escena que simula el álbum de El adivino de Astérix (un título que no eligido al azar), Fito lanza su carga destructiva con estas historias cortas de aspecto amable e infantil que van dejando un rictus cada vez más amargo a medida que se leen. La vuelta a la tierra del hijo de Dios solo encuentra una sociedad deplorable, mísera, donde aquello de “amaos los unos a los otros” se ha sustituido por mensajes de ambición, codicia y egoísmo. La visión de Fito es brutal: no hay sitio para la bondad o los buenos pensamientos. La sociedad esconde tras todos y cada uno de sus movimientos un interés bastardo y abominable: la realidad no admite grises para los que están abajo. Los desposeídos que tenían que haber sido liberados por el hijo de Dios ahora son además los humillados, el último eslabón de una cadena donde se convierten además en el alimento antinatural de la depredación del ser humano. No hay piedad en el mensaje de Cristo Nazareto, brutal y contundente con la iglesia, con la sociedad, con los políticos. El resquicio de la esperanza ha desaparecido y todos, desde niños a mayores están ya condenados en este viaje donde pierden los de siempre, los que no tienen nada. Un tebeo desolador, que engaña al lector con su canto de sirena de alegre parodia para apuñalarlo sin misericordia ni clemencia con sus verdades. Es uno de esos álbumes que, en muchos momentos, no se puede seguir leyendo. Tenemos que parar y detenernos o el impacto nos destrozará. Un libro a leer casi obligadamente, pero atentos: hiere, machaca y pervierte las sensibilidades de nuestras bienpensantes mentes aburguesadas (3).

vaqueroServidor recuerda las historias que contaba mi padre de “el sheriff de las Ramblas”, curioso personaje de la Barcelona de los 70 con el que siempre quise cruzarme en mi infancia (ya se sabe, cuando se adoran los indios y vaqueros, ver a un sheriff de “verdad” era lo máximo) pero nunca tuve oportunidad. Treinta y tantos años después de aquello, Jordi Pastor recupera en Vaquero (Ponent Mon) aquella figura actualizada con ingenio a estatua viviente de las Ramblas, introduciéndola en una historia de género negro urbano que habla de mafias, inmigración y miserias en una Barcelona muy alejada de las postales turísticas (con murciélagos empijamados incluidos) que nos quieren vender. Un argumento sobrio y bien construido que se acompaña de un original envoltorio, que nos lleva a también a esa década con el bitono de gruesos puntitos y un formato que recuerda a los tomos de Vértice que devorábamos. Le faltan, quizás, algunas páginas para poder desarrollar más algunos personajes que quedan apenas bosquejados -demasiado tópicos- y le sobra un cierto exceso de aforismos en los diálogos, pero entretiene, lanza ideas para la reflexión y está bien contado. No se puede pedir más para un autor que muestra una trayectoria en continuo ascenso desde obras como Encuentro o Reacción. (2-)

Y termino con Barcelona: Batman Barcelona, el caballero del dragón, de Mark Waid y Diego Olmos es el típico subproducto que se obtiene cuando solo impera el interés comercial de publicitar una marca. Extenso publirreportaje sobre Barcelona estilo Vicky Cristina Barcelona, pero con hostias e imágenes que pasan directamente a la antología del disparate (¡¡ese Batman reconvertido en San Jorge con montura motorizada y pendón cuatribarrado!!). Diego Olmos intenta con su honesto trabajo remediar lo estrafalario del proyecto pero, pese a sus denodados intentos, el descabellado argumento se convierte en un maëlstrom imparable que arrastra todo el tebeo tras de sí. Jugosa maniobra de marketing absolutamente olvidable. (0)

Reseñas saloneras

Curiosa, cuanto menos, la apuesta que las editoriales han hecho por el tebeo patrio en este salón. Acostumbrados a la sequía de títulos nacionales, es toda una sorpresa comprobar este año la nutrida presencia de autores jóvenes y veteranos del terruño en la concurrida lista de novedades. Así que nada mejor que empezar por ahí para la primera tanda de reseñas saloneras:

kenComienzo por Ken Games, de José Manuel Robledo y Marcial Toledano, una obra que prometía mucho por los avances que se habían podido ver, pero que supera con creces lo esperado gracias a una acertada unión de un argumento atractivo que usa con soltura los tópicos de los géneros para trastocarlos en beneficio propio y un apartado gráfico-narrativo de solvencia incuestionable. Me temo, eso sí, que la historia ganará muchos enteros cuando se puedan leer en conjunto los tres álbumes proyectados, pero de momento el entramado tejido alrededor de los tres amigos, Pierre, TJ y Anne es eficaz y deja al lector con ganas de saber más. Robledo dispone los elementos desde un planteamiento clásico, enfrentando estructuras de apariencias que irán desmoronándose poco a poco ante un lector que pronto será consciente de tener todas las cartas en la mano de un inmenso farol, de mentiras escondidas dentro de otras mentiras cual muñecas Matrioskas. No es fácil el equilibrio: el lector va conociendo los detalles de la trama antes que los personajes, por lo que debe tener suficiente información como para avanzarse a los hechos, pero limitada en lo suficiente para poder mantener las sorpresas. Hay que tener mucho oficio para que las hechuras de este traje no se rompan, más cuando se quiere además no perder la apuesta de comercialidad más tradicional de género aventurero y policiaco con un escaparate inicial que invita a la historia más costumbrista. Un peligroso cable de funambulista por el que transitar, pero que tiene la protección de un dibujante dispuesto a todo por llevar a puerto el proyecto. Toledano ya marcaba buenas maneras, pero ahora despunta tanto con un estilo potente y bien medido, personal y definible, como por una sólida apuesta por la fluidez narrativa. En una trama donde se puede encontrar una pelea de boxeo, una partida de cartas o un diálogo jugando al ajedrez, la elección de un tempo narrativo es compleja al máximo: solo esos tres escenarios son tan diversos que pueden derivar en incoherencias narrativas graves al elegir tres estilos distintos o en errores de fluidez al optar por uno solo. Difícil reto que se dirime con soluciones interesantes, que evitan la ruptura experimental y nacen de los clásicos, jugando con la puesta en escena de las viñetas y las transiciones. Evitan el fácil recurso de la pose impactante (tan tentadora en las escenas de boxeo) por centrarse en el flujo de la mirada, en un movimiento continuo y claro del punto de referencia que servirá tanto para escenas de acción como para un diálogo, apostando además por el color como elemento diferenciador y generador de atmósfera. Si la portada ya avisaba de la importancia que tendría el juego cromático (con ese hábil contraste espacial entre verde y rojo para dirigir la mirada hacia un punto concreto que rompe la información que da la ilustración), el interior sólo hace que confirmarlo. Como ya enseñara Calatayud, el color es fuente de sensaciones y en Ken Games va a tomar protagonismo fundamental, articulando las emociones de los protagonistas. El resultado final, un tebeo bien engrasado que funciona como obra de entretenimiento demostrando que éste no está reñido con una propuesta que respete la inteligencia del lector. Quizás el único pero que se le pueda poner es que el giro final de las últimas páginas parece quizás excesivo. Tiene cierta lógica en el crescendo que dirige la historia desde la historia costumbrista a la de género, pero resulta difícil de encajar en este primer álbum pese a que tenga sentido como contundente “cliffhanger” final. Un problema que es difícil de evaluar en esta primera entrega más allá de la pura especulación argumental. Esperaremos con (muchas) ganas la siguiente entrega (2)

Clásicos del Humor: Sir Tim O’Theo

sirtimReverencia y genuflexión ante el nuevo volumen de Clásicos del Humor de RBA: nada más y nada menos que Sir Tim O’Theo, de Raf, posiblemente una de las mejores series que Bruguera produjo durante los 70 (y en toda su historia). Una muestra perfecta de la genialidad de Raf, acompañado a los guiones con un Andreu Martín pletórico. La selección de Guiral es perfecta: historietas cortas de los inicios de la serie y cuatro aventuras largas: El secuestro del Burgomaestre, La verruga de Sivah, El sarcófago de Thuru-Rut y Contra Blackiss Black. Geniales, divertidísimas, un excelente ejemplo de la maestría que Martín y Raf consiguieron en el gag.
La calidad de reproducción… lo de siempre, muy irregular, añadiendo en este caso unos colores que pasan de subidos de tono espectacularmente a desaturados. La reproducción de línea correcta sin más, aunque hay algunas páginas como ya es habitual desenfocadas. Por desgracia, ya nos estamos acostumbrando. A favor, que es uno de los mejores volúmenes que se han visto en la colección hasta ahora.
Compra indispensable (me atrevería a decir que es LA – con mayúsculas- novedad del Salón)
Y la semana que viene, El reporter Tribulete de Cifré (casi nada) y, a la siguiente, Carpanta (¡¡¡incluyendo historias de 1948 a 1966!!!!)
Enlaces:
Sir Tim O’Theo en Lady Filstrup
Sir Tim O’Theo en 13 Rue Bruguera
El rincón del taradete

ACME

No es fácil describir Catálogo de novedades ACME. Nada fácil. Si pudiéramos optar por una solución sencilla, bastaría con decir que el libro que acaba de editar Random House Mondadori es un recopilatorio de algunas de las historietas publicadas en la colección de comics-books que Chris Ware lleva publicando desde 1993.
Simple, conciso, casi aséptico. En el fondo, casi la recreación perfecta del estilo de Ware, basado precisamente en una asepsia gráfica compulsiva.
Pero no suficiente.
acme-portadaQuizás porque la única manera de entrar en el universo de ACME Novelty Library es zambullirse en él, sin red ni prejuicios, golpearse y sentirse perdido en la inmensidad de una propuesta que se pude denominar, con seguridad, como uno de los grandes revulsivos de la historieta del siglo XX. Las entregas que desde hace ya 16 años Ware va destilando con cuentagotas son una exploración sistemática de las posibilidades narrativas y expresivas del medio, siempre nacidas desde el profundo conocimiento y respeto a los clásicos fundacionales de la historieta de prensa, pero con una paradójica aproximación que los reconvierte en una demolición continuada de las realidades formales del noveno arte de finales del siglo XX. Ware se detiene en el tiempo y comienza a crear propuestas autocontenidas en las que la componente formal se alza, aparentemente, con un protagonismo único. Cómics-books de tamaños cambiantes en los que va desarrollando personajes propios, envueltos en un universo identificable en el que la realidad se va sustituyendo por la personalidad del autor. Si en el mundo real un cómic-book tiene anuncios, textos y diferentes personajes, en “Mundo Ware” obtendremos una copia de apariencia exacta, pero sutilmente deformada. Como si de aquel “mundo bizarro” de Superman se tratase, todo tiene diferencias que lo hacen finalmente una reproducción imperfecta. Modificaciones que en la corta distancia tienen apariencia aleatoria y causal, pero que desde lejos conforman una entidad definida y sustancial: Chris Ware.
Una compleja estructura fractal donde todas las partes reproducen al final un motivo único y que se puede comprobar perfectamente en Catálogo de novedades ACME. Un precioso continente, un bombón envuelto en papel dorado y brillante con lazos y ribetes, preciosista y barroco, pero que esconde un mensaje amargo y triste. Ware toma diferentes ejemplos de su obra, entresacados de números sueltos de la serie (fundamentalmente del 7 y del 15), para construir una suerte de muestrario perfecto de la colección ACME. Como bien indica su subtítulo, “Informe final para accionistas y diversión para tardes lluviosas de sábado”, un volumen que podría ser un festín recordatorio para los seguidores de la serie o bien un simple divertimento para aquellos que no la conocen. Sin embargo, Ware, malvado él, nos reservará una sorpresa oculta entre la pedrería y las filigranas. Pero eso vendrá después.
Las sensaciones iniciales son las previsibles: a medida que pasamos las primeras páginas, el universo gráfico y formal de Ware toma rápidamente forma. Sus constantes están ahí: uso compulsivo de los textos, infinitos; utilización exagerada de los espacios en blanco, en un intento desesperado de lucha contra el horror vacui que deriva en la inclusión de historietas en todas y cada uno de los rincones del libro (¡hasta en los cantos de las portadas y en la cinta promocional!); diseño obsesivo hasta el más nimio de los detalles; limpieza de trazo, aire retro… Claves que son apenas el comienzo de su firma. Un exceso de poética visual que provoca cierta confusión en el lector no acostumbrado a este autor, por un lado desbordado por ese grafismo invasivo que no deja hueco libre; por otro, fascinado e hipnotizado por su línea pulcra y rigurosa. Una dicotomía sensorial que Ware aprovecha para derribar defensas y entrar directamente en el cerebro con su siguiente ruptura: la alegría formal, el juego de ilusiones visuales, es tan sólo una trampa, un señuelo para que el lector comience a desenvolver un discurso amago, existencialista y pesimista, casi autodestructivo. No hay una sola palabra de ánimo o felicidad: todo lo que encontraremos es dolor, recelo hacia el ser humano y, sobre todo, hacia sí mismo. Una enfermiza angustia sobre los sentimientos que Ware irá desarrollando en sus propuestas de historieta. Todos sus personajes, Big Tex, Rusty Brown, Quimby o Jimmy Corrigan, no dejan de ser esas representaciones “bizarras” (entiéndase en la concepción de Binder) de sí mismo, deformadas a través de unas lentes terribles que le impiden acceder a su propia imagen. Toma herramientas de clásicos como Frank King o Herriman y reconstruye sus propuestas, pero siempre desde una perspectiva alterada. Sus personajes son fríos, distantes, aparentemente desprovistos de sentimientos. Aquellas maravillosas composiciones de las planchas dominicales de Gasoline Alley, en las que Walt y Skeezix hablan y aprenden sobre la vida, son reproducidas en Big Tex con mensajes antitéticos. La relación de amor paterno-filial ha desaparecido, sustituida por el miedo y la incomprensión. Los personajes ya no miran alegres al lector, le dan siempre la espalda, como temerosos y avergonzados de exhibir sus miserias al público. Rara vez vemos a los personajes al completo: sus caras casi siempre se ocultan, se emborronan. En “Mundo Ware” los sentimientos dan miedo y se expresan casi a regañadientes. Un texto comienza como una parodia de las presentaciones comerciales de la época y termina con una confesión de impotencia del autor. Una historieta aparentemente divertida prodiga a los cuatro vientos “Arruina tu vida: ¡Dibuja cómics y condénate a décadas de solipsismo, aislamiento y una total indiferencia social!”.El grafismo pletórico de color y formas, en contraste continuo con un mensaje fatídico que se extenderá a toda la realidad del autor, desde sus relaciones hasta su propio trabajo y su consideración como artista (con una historia del arte resumida absolutamente demoledora).
Cada personaje, cada tira, incluso cada anuncio, es una representación de una de las obsesiones psicológicas del autor, siempre escondidas tras una imagen amable de los clásicos del noveno arte, reinterpretada en términos de rabiosa modernidad. Ware toma prestados elementos del dibujo técnico (uso de las plantillas, la perspectiva axonométrica…) para crear un estilo meticulosamente nítido, en el que el ordenador está sorprendentemente prohibido: todo, absolutamente todo está hecho a mano en ACME, en una muestra más de esa ética de trabajo torturador, de repetición sistemática e insistente que castiga quién sabe qué pensamientos. Un trazo donde el control parece férreo y dominante, pero que según el autor nace de la improvisación. Una falta de guión previo que parece imposible de creer para el lector, todavía aturdido por propuestas gráficas de una complejidad tan creciente y minuciosa que las hacen incompatibles con lo espontáneo. Composiciones tan milimétricas que asombra que puedan estar movidas por una intuición creadora que parece ajena a la asepsia narrativa de Ware.
Sin embargo, todo lo anterior queda mediatizado por un as que Ware se guarda en la manga. El lector cree tener un muestrario de ACME pero, como siempre en este autor, el continente es tan solo un engaño más, una ilusión que no deja ver el verdadero mensaje. En una metapirueta total, dentro de este informe final, junto a la parafernalia de recortables, de anuncios, de interminables textos, hay otra historia. A lo largo de todo el volumen, Ware ve dejando pequeñas viñetas aisladas, en las que un superhéroe crea un nuevo universo, igual que ese inmenso mapa celeste fosforescente que nos regala. Tiras de apenas unas viñetas, diminutas, que irán apareciendo hasta que, de repente, tomarán el protagonismo en una larga historieta central. No hay título, no hay ni siquiera indicación de su existencia en el exhaustivo sumario. Es una historieta que no existe en la realidad de ACME, es una conexión directa con la realidad del lector, como si Ware quisiera darle al lector la pista definitiva del rompecabezas. Una historia de superhéroes en la que los poderes del héroe son usados para intentar construir un mundo a su medida, convirtiéndose en un dios egoísta al que la humanidad le importa poco. Rapta niños para tener un hijo y mujeres para tener pareja. Mata para alimentarse. Dios no tiene porqué pensar en los demás, sólo en sí mismo. Una cruel recreación de la figura del autor todopoderoso, escondido tras un disfraz con el que aparentemente puede hacer cualquier cosa pero que sólo disimula la tremenda soledad que lo condiciona. El autor quiere ser un héroe de su infancia, pero sólo logra tristeza y aislamiento. Paradójicamente, sólo conseguirá un ciclo repetitivo, una secuencia circular que define perfectamente la obsesión de Chris Ware, como bien titulaba Ana Merino su excelente libro sobre el autor.
Es la otra cara de Jimmy Corrigan. Si el niño más listo del mundo era un ejemplo magistral de la compleja percepción de los sentimientos propios del autor, aquí encontraremos sus obsesiones más comunes, un “catálogo” perfecto de ellas.
Mención aparte hay que hacer de la labor de las maquetadoras y traductora, María Eloy-García y Rocío de la Maya, absolutamente increíble. Han conseguido reproducir a la perfección el meticuloso trabajo de Ware, en un trabajo que se me antoja hercúleo y de imposible retribución. En una época donde la falta de rigor en las adaptaciones y traducciones (cambios de tipografías, traducciones apresuradas, etc) parece la norma, la labor de estas dos profesionales es el mejor ejemplo a seguir.
Un grandísimo tebeo, una obra maestra. (5)

Una obra maestra

La consideración de una obra como maestra es, casi siempre, temeraria. Es un calificativo que se suele utilizar con demasiada alegría, más como expresión de nuestra profunda identificación con la obra que por el magisterio que se puede derivar de ella. Es en el fondo un simple problema de etiquetas y de confusión entre lo personal y lo global. No es una cuestión importante, desde luego, pero hay que recordar que ese concepto de excelencia suele derivarse de la intersección de lugares comunes, del acuerdo por consenso y, por qué no aceptarlo también, de cierta práctica consuetudinaria. Aspectos todos que tienen en común el tiempo: las obras maestras llegan con el tiempo, con la mirada desapasionada que permite poner en una balanza sin tener la tentación de poner el dedo en nuestro lado. Pasó en la literatura, en la pintura y en el cine y, evidentemente, pasa en el tebeo. Hablamos de “obras maestras” publicadas la semana pasada con entusiasmo y felicidad, sin recordar que para lograr ese título deberán pasar primero una larga carrera de obstáculos.
Todos caemos en este juego, sin excepción. Es humano y no deja de ser incluso, si se me apura necesario. Defender con vehemencia un autor o una obra es el primer paso necesario para su reconocimiento, para construir ese catálogo de argumentos que después tendrá que ir deshojando a lo largo de la historia.
Así que teniendo en cuenta lo anterior, y siendo consciente, valga la redundancia, de la inconsciencia de mi afirmación, voy a decir que Epiléptico/La ascensión del gran mal es la primera obra maestra del tebeo europeo del siglo XXI. Temeridad que deberá ser, al menos, acompañada de ideas y argumentos, así que comienzo mi larga perorata.
epilepticoA mi entender, la obra de David B cumple sobradamente una serie de condicionantes coyunturales, formales y argumentales que la hacen meritoria de la calificación. En su contexto, no debemos olvidar que es la primera de las grandes obras que genera L’Association, esa experiencia fundamental y decisiva en la evolución de lo que sería la historieta del siglo XXI. La editorial nacida de la unión de Jean-Christophe Menu, Lewis Trondheim, David B., Matt Konture, Patrice Killoffer, Stanislas y Mokeït, sería un revulsivo crítico para la bande dessinnée, apostando por una revitalización del concepto de historieta de autor que lanzara en su día la generación guiada por Eric Losfeld. Una apuesta que se desvinculaba de las concepciones estéticas y argumentales de aquél movimiento (centrado en su momento en el género fantacientífico que evolucionarían después Les Humanoides Associés) para inspirarse en las experiencias americanas alternativas, pero sin olvidar raíces propias. Una mezcla difícil de conjuntar, pero en la que prevaleció cierta querencia por los argumentos de corte costumbrista autobiográfico y por la experimentación gráfica radical, que se ejemplificaban claramente en la revista Lapin. La incorporación de los autores de L’Atelier Nawak concentró alrededor de L’Association un movimiento creativo que se tradujo, sin duda, en uno de los momentos más fecundos de la historieta, germen de ese movimiento que se ha dado en llamar la Nouvelle Bande Dessinée, que saltaría posteriormente de los circuitos alternativos a la comercialidad a través de colecciones como Poisson Pilote, Futuropolis, Bayoo o Shampooing. Aunque Trondheim o Sfar puedan ser los exponentes más conocidos de esta explosión creativa autoral, quizás el autor que mejor pueda representar el espíritu de la editorial en sus inicios sea David B., un autor que recogía las enseñanzas de uno de los referentes espirituales del grupo, Edmond Baudoin, para formular un discurso propio reconocible e identificable como fundacional de L’Asssociation. Sus historietas cortas en Lapin (posteriormente recopiladas en Le Cheval Blême) partían de la componente poética de Baudoin, pero se encerraban en una introspección personal e íntima, enfocada a lo onírico y lo surreal, siempre con una componente de experimentación visual narrativa, exprimiendo las posibilidades de la ilustración en el marco de la narrativa secuencial. Un camino que iría formándose para encontrar su propia identidad cuando decide abordar no sólo sus sueños, sino su propia vida en La ascensión del gran mal. Dejaba la distancia corta para que lo aprendido y ensayado pudiese ser herramienta de una narración larga que estaría destinada a marca un antes y un después en la historia de la editorial y de la historieta francesa. Sin la obra de David B es imposible entender Persépolis y, sin ella y su éxito –paradójicamente muy superior a su mentor-, la corriente autobiográfica que ha dominado la historieta europea en este principio del siglo XXI. Sería imprudente decir que David B inventa una forma de entender lo autobiográfico -a fin de cuentas lo que hace el francés no es más que continuación de las experiencias de Robert Crumb, Justin Green o Chris Ware-, pero sí se puede decir que su aproximación es lo suficientemente potente como para desatar un interés nuevo en la historieta europea por esta variante del género costumbrista.
Razones coyunturales que equiparan la obra de David B. a la de muchos autores cuya obra fue un acicate fundamental en la evolución del sector, pero que palidecen al lado de los valores estéticos y narrativos que encontramos al analizar la obra.
ascension2Epiléptico/La ascensión del gran mal (no renunciaré al sugerente título original de la obra) se centra en la vida familiar del autor, normal y apacible hasta la aparición de un elemento discordante: la epilepsia de su hermano mayor. La enfermedad, de difícil tratamiento todavía en los años 60, se transformará en un estigma para la familia. Los padres enfocarán todo su día a día en la curación del hijo y comenzará un largo periplo en pos de la curación que le llevará de la medicina a la charlatanería, de la magia a la ciencia, a cualquier opción que suponga la esperanza de salir de la maldición. David B intenta ponerse en la piel del niño que fue de Pierre-François Beauchard, intentando descubrir cómo afectó a su vida esa infancia atípica y, en cierta medida, disfuncional. Y descubre una cruel paradoja: en la maldición de su hermano está la génesis de su vocación creativa. ¿Cómo asumir que la desgracia que ha marcado la destrucción de la vida de su hermano es lo que ha dado razón a tu vida? Y decidió analizar esa asunción desde la historieta, tomando el camino desde que era el niño Pierre-François hasta que aparece el creador David B., una tarea de función catártica que esconderá la búsqueda de la inspiración creativa de la razón última que lleva a la creación.
Los seis volúmenes que componen definirán entonces ese doble camino inverso: a medida que aumenta el dolor y la enfermedad, la inspiración se libera y crece. Sólo puede mostrar ese desarrollo siendo fiel a la historia y a los hechos, pero los hechos no pueden expresar los sentimientos. Una dicotomía que sólo se podía resolver a través de la historieta y de sus posibilidades, explorando esa liviana frontera que va entre la ilustración narrativa y la narración secuencial. Lo mostró en las portadas, en esa negritud que lo va envolviendo todo a la vez que descubrimos que está formada de infinitas formas.
Sin embargo, el juego es peligroso: la gravedad de unos hechos que afectaron a la familia y la imaginación desbordada derivada del onirismo pueden ensombrecerse mutuamente. Hay que respetar la rigurosidad de la historia sin que ésta se convierta en un obstáculo de la reflexión, mientras que la imaginación no puede desbordarse hasta transfigurar los recuerdos. Un difícil equilibrio que el autor intenta canalizar a través de la contención formal de una composición estricta, la retícula de 3×3 viñetas que tan buenos resultados le proporcionara a Gibbons y Moore y que le permitirá la intersección de un doble nivel narrativo. Por un lado, una aproximación muy literaria, en la que la viñeta es un apéndice de ilustración expositiva del texto de apoyo, con una redundancia consciente entre texto e imagen. Por otro, la secuencia pura, donde desaparecen los textos de apoyo para que la realidad no se vea alterada por el discurso del narrador. La primera de las elecciones irá evolucionando hacia una interacción entre texto e imagen que transformará el primero en un pie reflexivo terminado con una ilustración ya en plenitud narrativa, generando el contraste y enfrentamiento de ideas necesario para transmitir el sentimiento y la sensación, creando una idea pura, despojada de condicionantes. La segunda, a su vez, irá transformándose para que realidad y onirismo se fusionen en un único discurso. Desarrollos paralelos que irán poco a poco juntando las piezas de una imagen fraccionada: David B. se irá formando de los pedazos de Pierre-François Beauchard.
ascension1Es muy interesante comprobar cómo el autor plantea este cambio como un desarrollo progresivo, como una evolución personal que se plasmará, a su vez, en la necesidad de hacer avanzar sus recursos narrativos. Y lo hace a medida que se desarrolla un proceso intertextual evidente entre la realidad y el nacimiento del creador: la familia Beauchard deambula por gurús, psiquiatras o comunas buscando una cura para Jean-Christophe. Budismo, cristianismo, mesianismo, “flower power”… Movimientos filosóficos que tienen una fuerte vinculación con lo onírico y que el niño Pierre-François asimilará de forma inconsciente en su desarrollo, generando a la vez la necesidad de salir imperiosamente de ese círculo vicioso vital en el que se encuentra sumido: primero a través del juego infantil focalizado en el dibujo y en la historia bélica. Después, transformando el juego infantil en respuesta vital y encontrando en ese dibujo respuesta a sus dudas. En lo gráfico, el dibujo va variando poco a poco, incorporando nuevas ideas y conceptos en cada página. Y, a medida que la narración avanza hacia un discurso más íntimo, irá transformándose. Primero, con influencias más clásicas de la historieta, que irán de Tardi a Pratt; más tarde incorporando elementos ajenos provenientes de iconografías visuales ricas y lujosas, como la oriental o la precolombina. Lenguaje simbólico propio que el autor transformará en su vocabulario personal, creando lentamente una gramática para él y, sobre todo, una semántica particular del símbolo y que le obligará a transformar su trazo a medida que el relato se dirige hacia terreno más onírico pero más personal. Cuando la emotividad comienza a tomar protagonismo, la influencia del expresionismo más radical deviene en trazo fundamental: Masereel, Ward, Nuckel, el expresionismo cinematográfico alemán toman sitio de honor en el dibujo de David B. Y, sobre todo, evoluciona la propia composición de la página. La retícula fija se sigue respetando (sólo desaparecerá totalmente en el brillante epílogo), pero ya no hay razón para un estricto cumplimiento de la pauta. Desde el momento en que nace David B, el autor se siente liberado y la ruptura de la composición se convierte en un nuevo recurso gráfico.
El itinerario a lo largo del los seis volúmenes de la obra se revela ahora en toda su complejidad: el autor se ha recreado a sí mismo. David B se ha convertido en el personaje de su obra. El autor se ha desnudado ante el lector, le ha puesto sobre la mesa sus sentimientos, sus sensaciones y su memoria. Su vida. Y en ese ejercicio de exhibicionismo, ha perdido su identidad para transformarse en su propia creación. Pierre-François ha desaparecido y sólo queda David B.
Durante la larga mutación, ha ido provocando en el lector el debate de las ideas, exponiendo las suyas y buscando razones a su presente, intentando definir cómo la creación era la única escapatoria posible a una vida que ya no le pertenecía, que había sido fagocitada por la enfermedad de su hermano. Pero también el lector ha podido ver cómo esa huída escondía el miedo atroz a todo lo que implicaba esa enfermedad: a la pérdida de la identidad, a la imposibilidad de articular una personalidad y, por tanto, conformarse como un ser humano completo. Un temor que la biología había puesto en sus genes, compartidos con su hermano.
Exhibirse es muy fácil. Sólo necesita unos cuantos ademanes y un poco de desvergüenza. Incluso es divertido y posiblemente forma parte de nuestra naturaleza… ¡hasta se ha convertido en plato diario de la programación televisiva! Pero reflexionar sobre la intimidad en público o es un acto de valentía o de locura. Es posible que David B tenga mucho de ambas. Gracias a eso ha conseguido una obra singular en el tebeo europeo de este siglo XXI, que hunde sus raíces en la introspección alegórica de la memoria de Justin Green para explorar cómo adecuar ese discurso existencialista a la globalización exhibicionista de un siglo XXI donde ya no existe la intimidad.
Epiléptico/La ascensión del gran mal es mi primera obra maestra del tebeo francés de este siglo. Es una opinión. Como decía al principio, ahora sólo hay que esperar para saber si mi opinión es compartida y es simplemente eso: una opinión más entre todas las de aquellos que consideran que esta obra es magistral. (5)

Enlaces:
Entrevista a David B

Clásico del Humor: Rigoberto Picaporte

igobertoPoco a poco, se cumple la demostración por el principio de inducción. La hipótesis que lanzaba hace poco es que el interés (tanto por la selección como por la calidad de reproducción) de los volúmenes era inversamente proporcional a la comercialidad del personaje. Dicho de otra manera: que los pobres Ibáñez y Escobar estaban condenados a tener volúmenes muy “comerciales”, pero poco interesantes para el aficionado de pro que busca una “edición de coleccionista” como reza la portada. La hipótesis para n era cierta y se comprueba para n+1, con la aparición del volumen dedicado a Rigoberto Picaporte, solterón de mucho porte, de Roberto Segura. Un autor extraordinario, pero que no tuvo, por desgracia, el reconocimiento popular de sus compañeros. Aprovechen ahora la edición de este volumen de RBA (del que no he comprobado coincidencias con el anteriormente publicado por Ediciones B) porque su contenido es jugoso y espectacular: una selección cuidada que permite comprobar la evolución artística de Segura y del personaje, mostrando cómo fueron apareciendo los secundarios de la serie y cómo se fue desarrollando este ácido fresco de la sociedad española durante casi 40 años. Calidad de reproducción irregular (aceptable en blanco y negro, bitonos… así, así, y color con muchas páginas desenfocadas), pero compensada con la calidad de las páginas publicadas.
Otra compra obligada. Veremos si el próximo verifica mi teoría (dedicado a Rompetechos, es decir, personaje de Ibáñez=volumen olvidable… Es una verdadera lástima que en una colección de este calibre no se tenga un volumen dedicado en condiciones al maestro Ibáñez), porque después….¡ay después! ¡Sir Tim O’Theo y el Reporter Tribulete! ¡Raf y Cifré seguidos!¡Demasiado placer en apenas una semana!

Artículo sobre Segura en Lady Filstrup