Repaso al 2020 (III): Revistas y reediciones

Repaso al 2020 (III): Revistas y reediciones

Hace 40 años, el formato revista era el imperante en los cómics, pero los cambios en los hábitos de consumo, la aparición de nuevas opciones de consumo cultural y la apertura de nuevas posibilidades tecnológicas en el campo de la edición provocaron una revolución editorial. El formato de aparición periódica tendría todavía resistencia durante un par de décadas más en el comic-book, pero la edición en formato de libro, desde el tankoubon del manga a la novela gráfica, pasando por el TPB americano (evolucionado a la “Original Graphic Novel”, comenzó un lento pero imparable aumento que lo ha hecho hoy el formato dominante. Sin embargo, la revista sigue teniendo una capacidad de resiliencia envidiable y sigue ahí, pero reconvertida en dos nichos fundamentales: por un lado, la conexión directa con la actualidad a través de la sátira y el humor, con El Jueves como exponente más evidente. Por otro, la exploración de nuevas posibilidades narrativas y creativas, la experimentación y el descubrimiento de nuevos autores, que ha llevado este formato a un limbo de difícil definición, entre el fanzine más combativo y el prozine más exquisito.

Este año hemos visto la aparición de varios interesantes intentos para recuperar este formato. Sin duda, Lardín es uno de los proyectos más sugerentes, que reúne tanto a autores y autoras veteranos como Josep María Beà, Gallardo, Vallès, Max, Mariscal, Martí, Onliyú, Isa Feu o Calpurnio con autores y autoras jóvenes como Marc Torices, Flavita Banana, Alexis Nolla o Luci Gutiérrez, por solo citar algunos del más de centenar de autores que han pasado por sus tres primeros números. Lardín apuesta por la reflexión y el humor inteligente, por una sátira de aspecto atemporal pero que no es ajena a la realidad y la actualidad, construyendo una propuesta atractiva y necesaria.

Por su parte, el incansable Juanjo El Rápido vuelve a lanzar una exquisita propuesta de revista con La residencia (Nuevo Nueve), que prueba esta vez el modelo de suscripción desde una selección autoral extraordinaria. Raquel Alzate, Calo, Del Barrio, Enrique Flores, Fermín Solís, Amelia Navarro, Max, Olivares…  La lista de firmas es apabullante y el resultado, impresionante.

Otra editorial que se ha subido al carro de este formato es Ominiky, que publica El Faszine de Ominiky, una propuesta que puede marcar un camino de recuperación del formato al ofrecer a un precio muy competitivo, en versión impresa y digital, una publicación que actúa como presentación de las obras y autores y autoras de la editorial. Buen ejemplo es el segundo número dedicado por completo a Óscar Martín.

Pero también hay intentos de recuperar las revistas de toda la vida: Isla de Nabumbu ha sacado la revista de terror KNOX dentro de un proyecto intermedial que incluye colaboraciones de Juan de Dios Garduño, Víctor Cinde, Tamo Castellano, Fausto Galindo y Claudio Sánchez. La portada de Sanjulián nos retrotrae con efectividad a los recordados tiempos del Creepy, evidenciando que el género de terror tiene una serie de claves y recursos (y quizás, suficientes acólitos) que funcionan a la perfección en este formato, como demuestran otras opciones como la revista CTHLHU (Diábolo) o Monster Mash (Fester), la primera ya totalmente consolidada y la segunda dando buenas vibraciones con ese segundo número.

Otras propuestas tradicionales como TMEO o Amaníaco siguen con una mala salud de hierro, intentando lidiar con las dificultades pandémicas (especialmente graves en el caso del TMEO, que se financiaba por la venta en bares y pubs, el sector más damnificado en esta pandemia) buscando nuevas opciones de distribución a través de internet. La propuesta de revista manga con autoría patria de Planeta, Planeta Manga parece consolidarse con bastante éxito, abriendo no pocas posibilidades para el futuro. En esta línea se puede incluir eme21mag, que si bien ha perdido la esencia fundacional de M21, sigue contando con indudables colaboradores y colaboradoras de excelencia, en algunos casos con entregas de calidad brutal, como las de Santiago Sequeiros.

Aunque sin duda, lo que más ilusión nos hizo este año en este capítulo fue ver la efímera resurrección de El Víbora (La Cúpula). Desde el ciberespacio, la mítica cabecera volvió durante unos meses para acompañar los rigores del confinamiento. ¿Se podría soñar con una vuelta de la publicación, aunque solo fuera en el ámbito digital? ¡Quién sabe!

En el apartado de reediciones, me van a permitir no se exhaustivo, porque el listado es, simplemente, inmenso. La reedición se hace un hueco en el ámbito editorial español con un espacio propio y, por lo que parece, sólidamente establecido. Es cierto que las dos iniciativas más amplias de reedición se circunscriben al ámbito superheroico: tanto ECC como Panini siguen una política muy potente de reediciones de material clásico de DC y Marvel, respectivamente, que parece tener buena acogida entre los lectores. Así, hemos visto recopilatorios en diferentes formatos, de más o menos lujo, como las obras guionizadas por el siempre interesante Grant Morrison: La patrulla Condenada, All Star Superman (ECC) o sus New X-Men (Panini). Otros recopilatorios muy recomendables son la revisión en términos de género de terror que hacen Ewing y Bennet El Inmortal Hulk, la divertidísima Hulka de Slott y Bobillo; la contundente Ruinas de Warren Ellis; el Parábola de Stan Lee y Moebius o clásicos ya indiscutibles como La Tumba de Drácula (todos de Panini) o una nueva edición del Dark Knight de Miller. Pero de todas las ediciones de género superheroico, mi preferida ha sido, de lejos, la edición integral del Estela Plateada de Dan Slott y Mike Allred (Panini), a mi entender una de las obras más emocionantes y rendidas al género que han dado los superhéroes en la última década.

Destaca también, obviamente, la labor que está haciendo la editorial Dolmen en la recuperación de clásicos de prensa americanos: a las excelentes ediciones del Príncipe Valiente, El Hombre Enmascarado o Flash Gordon de Raymond, se han sumado indispensables como Terry y los Piratas, Johnny Hazard o Dick Tracy, siempre en cuidadas ediciones que el trabajo de Rafa Marín y Jesús Yugo han convertido en referentes absolutos a nivel mundial. Una línea en la que hay que recordar también la edición en blanco y negro del Príncipe Valiente que hace Manuel Caldas, un trabajo amanuense y artesanal de recuperación de la línea original que ha llegado al último volumen de la etapa de Foster, completando una tarea titánica. El portugués seguirá editando obras clásicas como Casey Rugles o el Tarzán de Russ Maning.

Pero no se han quedado ahí las recuperaciones. Sin duda, una de las más interesantes es la que está haciendo la editorial ECC de las obras de Alberto Breccia. Uno de los grandes maestros del cómic del que hemos visto recuperadas joyas como Drácula, Dracul Vlad? Bah!, Había otra vez… El lado oscuro de los cuentos infantiles, Buscavidas, Sueños pesados o Un tal Danieri (y aquí debo agradecer la oportunidad de prologar la obra de uno de mis autores preferidos, espero que hayan sido una lectura complementaria interesante). La misma editorial es la responsable de la recuperación de la obra de Richard Corben, con obras como La casa en el confín de la tierra, la adaptación de Hogdson y, sobre todo, la magistral Mundo Mutante, uno de los cómics más importantes de los 80. También de esta editorial ha sido la iniciativa de recuperar uno de los clásicos del cómic infantil, Anita Diminuta, de Jesús Blasco.

La editorial Norma también se ha apuntado un buen número de reediciones interesantes, como los integrales de La Mazmorra, de Sfar y Trondheim; el clásico de la ciencia-ficción El rompenieves, de Jacque Loeb y Rochette ;los del divertidísimo Gastón el Gafe de Franquin; nuevas y cuidadas ediciones de Corto Maltés, de Hugo Pratt; el Ernie Pike de Pratt y Oesterheld, una de las grandes obras maestras del género bélico; el riguroso Érase una vez en Francia, de Fabien Nury y Sylvain Vallée, y dos obras fundamentales del género negro en el cómic: el Evaristo de Carlos Sampayo y Solano López y Nestor Burma, Leo Malet y Jaques Tardi.

Otras recuperaciones destacables han sido la de Los casos de Perro Nick, de Gallardo (La Cúpula), todo un clásico del género negro en el irónico Technicolor® de este autor; la extraordinaria y surrealista Mono de trapo, de Tony Millionare (Editorial Barrett), posiblemente el mejor seguidor de Herriman junto a Jim Woodring; el vitriólico Squeak the Mouse de Mattioli (Flugencio Pimentel); la maravillosa El almanaque de mi padre, de Jiro Taniguchi (Planeta); el brillante noir 5 el número perfecto, de Igor; la sugerente reflexión sobre la autoría de Es un pájaro, de Steven T. Seagle y Teddy Kristiansen; la biblioteca de historias de terror de los años 50 que edita Diábolo, que llega a su sexto volumen con Fantasmas o el impresionante despliegue visual de Howard Chaykin en Espadas del cielo, flores del infierno (Yermo Ediciones).


Eso sí, si me pidieran que me quedara solo con una de las reediciones que se han hecho este año, no lo dudaría: el Marcelín de Sempé (Blackie Books). Posiblemente no sea el mejor tebeo de la historia, pero oigan, es el que mejor te deja después de leerlo.

 

Seguro que faltan muchos en este listado, no lo duden, ha sido un año excelente en este apartado también. | debwan.com

Repaso al 2020 (II). Lo mejor (Parte 2)

Como decíamos ayer, este 2020 ha sido uno de los más espectaculares en cuanto a calidad de obras. Tendremos que esperar al tradicional informe de Tebeosfera para saber cómo ha afectado la pandemia al número de novedades anuales, en crecimiento desorbitado durante los últimos años y que, es de esperar, haya sufrido una reducción drástica. Quizás esa reducción ha llevado a las editoriales a intentar salvar el balance económico del año con la temporada de navideña, concentrando en el último trimestre no solo el mayor volumen de novedades, sino apostando claramente por unos lanzamientos estrella que, en otras condiciones, habrían encontrado acomodo en Sant Jordi o el Salón del Cómic. No hay más que comprobar que en el listado de los 40 mejores, casi el 50% son novedades de ese periodo.

Pero el listado de este año podría ser inacabable. Tanto, que me veo obligado a continuar la lista de recomendaciones del año con otras tantas obras que, sin ningún problema podrían entrar en el primer listado. La elección de las 40 mejores, como siempre, responde a criterios personales, pero la calidad de las obras es tan alta, que podría sentirme muy cómodo incluyendo en ese listado inicial cualquiera de las siguientes.

En Imbatible 2 (Base) ya no tenemos la sorpresa, pero Pascal Jousselin sigue exprimiendo las posibilidades del lenguaje del cómic como nadie, logrando que cada página sea un reto compositivo y narrativo original. El niño que, de Juan Berrio (Nuevo Nueve) es un perfecto ejemplo de la exquisita sensibilidad de un autor que puede zambullirse en la nostalgia sin quemarse por sus excesos, logrando que el lector se reconozca y entre en la obra. Manifiestamente anormal (La Cúpula) es una vuelta al espíritu del fanzine combativo con el que Max hace balance de la pandemia. Grano de Pus, de Aroha travé y Rosa Codina (Pus Comix) es uno de los mejores exponentes de que el underground sigue vivo y con una salud de hierro.

Cuaderno Arcaico Muralis (Degomagom) es un apasionante experimento formal de Pablo Auladell, que transforma la ilustración en una herramienta narrativa única. Corredores aéreos, de Etienne Davodeau (La Cúpula) hace una disección despiadada de la decadencia de los cincuenta. Davodeau nos lanza a la cara la nostalgia para que nos demos cuenta de que es imposible vivir en ella. Ya era hora que tuviéramos otra obra de Gabrielle Bell: Todo es inflamable (La Cúpula) es un sugerente relato de la pérdida del pasado a través de un incendio en la casa familiar. La aceptación del propio cuerpo es el tema de dos obras muy distintas pero muy recomendables: P. Mi adolescencia trans, de Fumetti Brutti (Continta me tienes) y Cinzia, de Leo Ortolani (Nuevo Nueve).

Por su parte, Verdad, de Lorena Canotieri (Iliana Editorial) nos lleva a la guerra civil española para desplegar un ejercicio de virtuosismo visual que se convierte en evocador de sentimientos. Tres formas de entender la ciencia ficción muy diferentes: No te vayas sin mí, de Rosemary Valero-O’Conell (Astiberri) es una preciosa historia de amor a través de universos paralelos. Anunnaki, de Vicente Montalbá (Bang Ediciones) se apropia de las conspiranoias y leyendas urbanas para crear una obra que usa su socarrón humor para ir mucho más allá.

XTC69, de Jessica Campbell (Astiberri) lleva la lucha feminista al espacio interestelar con humor y una muy recomendable mala leche. Mi retiro, de Abraham Martínez (Bang) es historia ficción que se pregunta sobre las muchas teorías de la supervivencia de Adolf Hitler. Con La ciudad de cristal (Impedimenta), Isabel Greenberg sigue su indagación incansable de la relación de la humanidad con sus ficciones, esta vez fijándose en el universo literario las hermanas Brontë. El chico de los ojos de gato (Satori) recupera al maestro del terror nipón, , Kazuo Umezz, con una obra que genera inquietud en cada página.

¿Me estás escuchando?, de Tillie Walden (La Cúpula) certifica a su autora como una de las voces más sugerentes e interesantes del cómic americano actual y una de las autoras que mejor lleva al papel las relaciones personales. La soledad del dibujante, de Adrian Tomine (Sapristi) es un divertido retrato de la vida cotidiana del dibujante, de sus inseguridades, miedos y buenos momentos. Todo lo que hace Tom Gauld es recomendabilísimo, pero siento debilidad por sus tiras que reflexionan sobre la ciencia, recopiladas en El Departamento de Teorías alucinantes (Salamandra).

Alpha Decay se apunta el debut de Keiler Roberts en nuestro país con Isolada, una obra de apariencia sencilla sobre la vida cotidiana, pero que lanza al lector retos de reflexión escondidos con un humor tan sutil como efectivo. El humano, de Diego Agrimbau y Lucas Varela (La Cúpula) es una eficaz historia de ciencia-ficción que entronca con las enseñanzas de los Humanoides. En Transparentes. Historias del exilio colombiano (Astiberri) Javier de Isusi explora al realidad de un exilio impuesto, denunciando desde el compromiso y la honestidad una situación terrible. Subnormal, de Fernando Llor y Miguel Porto (Evolution Comics) parte de la experiencia personal de Iñaki Zubizarreta para construir una contundente historia contra el buying en las aulas, una obra necesaria.

Box, de Daijiro Morohoshi (Satori) es un sorprendente juego de espejos, un rompecabezas donde los mayores terrores son los que esconde siempre el ser humano. El dificil mañana, Eleanor Davis (Astiberri) es una sugerente reflexión sobre el futuro, que se aleja de las distopías habituales para entrar en terrenos más inquietantes, el de un futuro posible.  La tercera parte de García, de Santiago García y Luis Bustos (Astiberri) es la mejor de todas hasta ahora: un divertido homenaje a uno de los personajes clásicos del cómic español sirve como acerada herramienta de análisis de la actualidad. Bowie, de Steve Horton, Michael Allred y Laura Allred (Norma Ed.) es un festival visual en manos de los Allred, un homenaje irredento al músico disfrutable en cada página. Catorce de julio, de Bastién Vivés y Martin Quenehen (Diábolo) aporta una sugerente reflexión sobre el nivel de histeria que vive la sociedad en el temor al otro, al diferente.

Multimillonarios, de Darryl Cunnignham (Evolution) es un recorrido por las personalidades de las mayores fortunas del mundo y, también, un inquietante paseo por la desigualdad y los modelos que esta sociedad patrocina. #2, de José González (Spaceman Project) repite esquema de la anterior entrega y logra lo que busca: un viaje a alas entrañas de la creación que permite ver las bambalinas del autor. Dementia 21, de Shintaro Kago (Ponent Mon) puede parecer a simple vista una de las obras más “suaves” del autor, pero la divertidísima sátira que plantea es una bestial crítica de la sociedad actual y de cómo tratamos a nuestros mayores. Rosie en la jungla, de Nathan Cowdry (Fulgencio Pimentel) es una de las sorpresas de la temporada, una irónica y perversa revisión de la aventura desde las bases de la cultura popular más ingenua e infantil.

Galdós y la miseria, de El Torres y Alberto Belmonte (Nuevo Nueve) es una interesante aproximación a la biografía del literato desde la ficción. Por su parte, Estela Plateada: Negro, de Tradd Moore y Donny Cates (Panini) parte de un argumento canónico del superhéroe para buscar la experimentación a través de un dibujo que retrotrae a la psicodelia. Alois Nebel, de Jaroslav Rudis y Jaromir 99 (Gallo Nero) es una interesante y compleja aproximación a la situación y realidad de las naciones ocupadas por la URSS durante los años 60. En el terreno de los superhéroes, interesante Regreso del caballero oscuro, El chico dorado, de Frank Miller y Rafael Granmpá (ECC), que devuelve al personaje por un camino de evolución más lógico e interesante que DKIII. Sin olvidar La Gran Novela de los 4 Fantásticos, de Tom Scioli (Panini), que sigue el camino de Piskor con los mutantes novelando la larga tradición del grupo fundador de Marvel al mejor estilo de la Gran novela americana, o la espectacular labor de Javier Rodríguez en La historia del Universo Marvel, sobre guiones de Mark Waid (Panini).

También muy sugerente la reescritura del personaje que plantea Daniel Warren Johnson en Wonder Woman: Tierra Muerta (ECC Ediciones), jugando con el origen mitológico y nuevas líneas argumentales postapocalípticas. Y muy, muy refrescante la línea Young Adult de DC que está editando la Editorial Hidra en España, con obras tan divertidas como el ¡Hola, liga de la justicia!, de Michael Northrop y Gustavo Duarte o la muy interesante Harley Quinn. Cristales Rotos, de Mariko Tamaki y Steve Pugh.

La medicina gráfica ha tenido un gran impulso este año en nuestro país con la aparición de la editorial Saludarte, que ha publicado la fundacional Un mal médico, de Ian Williams y la emotiva honestidad de El cáncer de mamá, de Brian Fies. Una línea en la que bien se podría incluir La traición de lo real, de Céline Wagner (Ponent Mon), sobre la esquizofrenia de Unica Zürn.

El cómic de temática social también ha tenido un buen año: a los muchos ya citados hay que añador, sin duda, Habla María, de Bef (Astiberri), el relato del autor sobre su hija autista; Todas nosotras, Elisabeth Casillas e Higia Garay (Astiberri), sobre la lucha contra las leyes antiaborto en EL Salvador;  Homo Machus, de Javirroyo (Lumen), una divertídisima y vitriólica reflexión sobre el machismo que todavía inunda nuestra sociedad; Ofensiva Final, de Miguel Ángel Giner y Susana Martín (Dolmen) una curiosa aproximación a la realidad de Centroamérica desde una ficción próxima; Todos nazis, de Aleix Saló (Reservoir Books), que vuelve a mostrar su lucidez a la hora de analizar el auge de la ultraderecha en Europa; Memoria de una guitarra, de Román López Cabrera (Evolution), que analiza la relación de la música con la lucha antifranquista o La máquina que nunca duerme, de Ivan Grennberg, Everett Patterson y Joseph Canlas (Flow Press), inquietante ensayo sobre la vigilancia que se ha impuesto en nuestra sociedad. De agradecer es siempre recuperar el excelso barroquismo de Sergio Toppi en Americania (Ponent Mon), pura experimentación narrativa. Una experimentación que está en la esencia de Dúplex, de VV.AA: (Marmotilla Ediciones), una interesante antología sobre el diálogo entre poesía y cómic; o en el sugerente Dormir es morir, de Gabri Molist (Bang Ediciones) que se zambulle en el onirismo desde fondo y forma.

Bueno es siempre encontrarse con las continuaciones de series estimables como la tercera y última entrega de Epiphania, de Ludovic Debeurme (Kraken Cómics), excelente obra de ciencia-ficción, o la segunda de Pepino Héroe de leyenda. El reino de las olas, de Gigi DG (La Cúpula), un delicioso tebeo infantil de aventuras. O encontrarse con autores a los que da gusto seguir, como Nadar que se une a Julian Frey en la apasionante El cineasta (Astiberri), sobre la vida de Édouard Luntz; Fidel Martínez, que demuestra la potencia y expresividad de su trazo en Sarajevo Pain (Norma Ed.); a Miguelanxo Prado en el muy divertido El Pacto del Letargo (Norma Editorial); Rayco Pulido en Ida y vuelta (Ediciones Idea) o Salva Rubio y Ricard Efa en Django (Norma Ed)

La autoedición también ha sido potente este año: no hay que olvidar obras tan interesantes como la potente Dios, Patria, Fueros y Altsasu, de Elias Taño; la sorprendente Triatlón, Marta Cartú; el didáctico y no menos divertido Como hacer un cómic sin puta idea, de Javier Marquina y Rosa Codina o la deslumbrante La villa luminosa, de maría Ramos, Pepa Prieto Puy y Ana Galvañ.

Y como todo esto deberían comprarlo en una librería, no está de más conocer el mundo interno de las libreras, aunque sean japonesas, con la delirante La librera calavera, de Homda-San (Fandogamia).

Mañana, más, con una selección de las espectaculares reediciones que se han hecho este año y de las interesantes revistas que han aparecido. | arawanbet.com

Repaso al 2020 (I): Lo mejor (Parte 1)

No sé cómo recordaremos este año 2020 que ha pasado. ¿”El año de la pandemia”?¿”El año de coronavirus”?¿”El annus horribilis”?¿”El año del teletrabajo”?… Cualquiera sabe, la imaginación humana es incansable y los departamentos de mercadotecnia, más, por lo que imagino que todas las secciones de marketing de las grandes multinacionales estarán ya buscando un nombre pegadizo que se quede adherido a nuestras meninges para poder usarlo en sus campañas. Mientras, los de a pie, supongo que todavía estamos intentando entender qué ha pasado. Mientras escribo esto, las cifras de contagios y muertos crecen a ritmo endiablado mientras la esperanza de la vacuna parece ya tocarse con la punta de los dedos, en un paradójico equilibrio entre el apocalipsis y el feliz de THE END de una película a olvidar. Hemos vivido un entrenamiento del fin del mundo extraño, que tira por tierra todas las profecías del género apocalíptico para quitar del centro del desastre la lucha por la supervivencia y poner el foco en el lineal de papel higiénico de los supermercados y la conexión de banda ancha. Supongo que en las próximas películas postapocalípticas veremos un desastre más doméstico y cotidiano, con mensajeros de Amazon moviéndose a placer entre una ciudad en ruinas donde, eso sí, se sigue viendo Netflix y HBO.
La realidad nos ha vuelto a recordar que, en caso de desastre, los héroes llevan uniformes de servicio público y no mallas ajustadas y que, al final, la ciencia será la que salve a la humanidad, sin épica ni fanfarrias. Ni reconocimiento, como es habitual, pero con horas y horas de trabajo.

Mientras, hemos visto como la cultura, la denostada y olvidada cultura, ha dado todo lo que podía de sí para acompañar los momentos más duros. Ha olvidado durante meses que ha sido uno de los sectores más machacados por la pandemia y el confinamiento para compartir con generosidad su creatividad en unas redes sociales que pasaron de estigmatizadas a salvadoras de una sociabilidad impedida. De golpe, nos hemos digitalizado no solo en el trabajo, sino en el consumo de la cultura, cambiando hábitos y costumbres. Veremos cómo afecta al sector del cine, con unas salas tocadas de muerte sustituidas por pantallas de 65” y sofá, pero más complejo será ver cómo afecta a un mundo editorial que lleva una década sin rumbo, perdido entre la llegada de lo digital en todas sus formas, de la distribución al consumo. Resulta difícil saber si estos meses de consumo digital obligado dejarán poso y cambiarán radicalmente nuestra forma de leer, pero lo cierto es que editoriales y librerías han vivido un golpe que puede ser mortal, mientras autores y autoras ven como su perenne situación de debilidad se agudiza.

Complejo panorama industrial que contrasta, paradójicamente, con la calidad de lo editado en este 2020. Llevo varios años hablando de la buena calidad de lo que se edita, pero este 2020 ha sido, sin duda, el mejor año de la década que acaba. Pero, sobre todo, ha sido el mejor año para el cómic español desde hace muchísimo tiempo: jamás se ha concentrado tanta y tan buen nivel en los tebeos producidos en nuestro país. En mis listas, nunca el cómic español había acaparado el 50% de la lista de mejores del año y el 70% de los 10 primeros puestos. Una selección que tengo que aumentar a 40 elegidos y que me obliga a hacer dos entregas de lo mejor, porque hay otros tantos tebeos que creo destacables.

No me enrollo más. Como siempre, el aviso de rigor: esto es una selección de mis mejores lecturas que será, por supuesto, discutible y muy posiblemente intransferible. No es un canon ni lo pretende, solo una guía personal de mi gusto, por supuesto, y en el que estoy convencido que faltarán muchas obras que no he podido leer pese a que ha sido un año récord en lecturas.

Eso sí, me permitirán hacer este año un pequeño bloque extra por lo extraordinario del año. Dicho esto, comienzo mi listado:

Los tebeos del confinamiento

Los días del confinamiento han sido y serán los más extraños de nuestras vidas. Y, como siempre, el cómic ha sido uno de las artes que más agilidad ha demostrado en plasmar esa extraña vivencia. Primero fue a través de redes sociales, en webcómics, en instazines, que iban produciéndose en tiempo real, y que compartían con todos los lectores los sentimientos y sensaciones de esos días. Las editoriales se han dado prisa en recopilarlos, pero creo que cuatro son especialmente importantes. El primero, ConVIvienDo 19, de David Ramírez (Norma Editorial), maravilloso y emocionante relato de un sufrimiento en el que se puede reconocer media humanidad. Ramírez expresa el desconcierto, la inquietud y el miedo por la enfermedad que estaba pasando su marido. Y nos arrastró a todos detrás, llorando con él, alegrándonos con él, descubriendo que lo que se estaba viviendo en muchos hogares era un drama compartido. Días de alarma, de Víctor Coyote (Salamandra Graphics) es una reflexión acerada sobre una realidad cambiante y mutable, que no mira la intimidad del hogar sino la reacción de la sociedad, de una política que no supo nunca estar a la altura, con la rabia del dolor por la tragedia. Por su parte, Algo extraño me pasó de camino de casa, de Miguel Gallardo (Astiberri) podría ser la fusión de ambas perspectivas. Gallardo sufrió una enfermedad gravísima, un tumor cerebral, en medio del mayor desastre sanitario que ha vivido el planeta en décadas. Y solo él es capaz de contarlo con la lucidez que proporciona el humor, con un sentido común aplastante y conectando con el lector con facilidad aplastante. Por último, El murciélago se va de birras, de Álvaro Ortiz (Astiberri) es la expresión de esa generosidad autoral que nos tuvo a todos y todas entretenidos, olvidando durante unos minutos el drama para esperar todos los días, durante casi dos meses, esas cuatro viñetas de genial locura improvisada.

 

Lo mejor del año

 

  1. Regreso al Edén, de Paco Roca (Astiberri)
  2. Primavera para Madrid, de Magius (Autsaider)
  3. Mis cien demonios, de Lynda Barry (Reservoir Books)
  4. Orlando y el juego 5: Cheminova, de Luis Durán (Diábolo)
  5. Yo, Mentiroso, de Antonio Altarriba y Keko (Norma Editorial)
  6. Coñodramas, de Moderna de pueblo (Zenith)
  7. Es hoy, de Carlos Giménez (reservoir Books)
  8. Matadero cinco, de Ryan North y Albert Monteys (Astiberri)
  9. A través. El universo de un hombre, de Tom Haugomat (Pipala)
  10. Barrios, bloques y basura, de Julie Wertz (Errata Naturae)
  11. Llamarada, de Jorge González (ECC)
  12. La esperanza pese a todo (II), de Émile Bravo (Dibbuks)
  13. Mis queridos difuntos, de Lorenzo Montatore (Sapristi)
  14. Los sentimientos de Miyoko en Asagaya, de Shin’ichi Abe (GalloNero)
  15. Este era el lugar, de Chris Reynolds (Libros Walden)
  16. Las varamillas, de Camille Jourdy (Astronave)
  17. Un tributo a la tierra, de Joe Sacco (Planeta)
  18. Siempre tendremos 20 años, de Jaime Martín (Norma Editorial)
  19. Pompeio, de Andrea Pazienza (Fulgencio Pimentel)
  20. Como un verde, libro verde, de Julia Huete (autoedición)
  21. Cassandra Darke, de Possy Simmonds (Salamandra Graphic)
  22. La cólera de Baudelaire, de Laura Pérez Vernetti (Luces de Gálibo)
  23. Myrdin, de Jorge García y Gustavo Rico (Norma)
  24. Heimat, de Nora Krug (Norma Editorial)
  25. Sunny Sunny Ann!, de Miki Yamamoto (Astiberri)
  26. Cheese, de Zuzu (Barbara Fiore)
  27. Tierra Muerta, de Don Rogelio (Autsaider)
  28. La Cólera, de Santiago García y javier Olivares (Astiberri)
  29. Aspirina, de Joann Sfar (Fulgencio Pimentel)
  30. El buen padre, de Nadia Hafid (Sapristi)
  31. Esto no está bien, de Irene Márquez (Autsaider)
  32. Del Trastévere al Paraíso, de Felipe Hernández Cava y Antonia Santolaya (Reservoir Books)
  33. Blueberry: Rencor Apache, de Joann Sfar y Christophe Blain (Norma Editorial)
  34. Preferencias del sistema, de Ugo Bienvennu (Ponent Mon)
  35. Devastación, de Julia Gförer (Alpha Decay)
  36. Naftalina, de Sole Otero (Salamandra Graphic)
  37. Historia del arte II, de Pedro Cifuentes (despertaferro)
  38. Astenia, de Andrés Tena (Bang Ediciones)
  39. Hey, Kids!, de Howard Chaykin (Dolmen Editorial)
  40. La espiral, de Aidan Koch (AIA Editorial)
  41. Tarde en MacBurger’s, de Ana Galvañ (Apa Apa Ediciones)

 

No hay sorpresa posible este 2020. Regreso al Edén, de Paco Roca es la mejor obra del año, rotunda, redonda. La reflexión sobre la construcción de la sociedad a través de la memoria individual que propone Roca es fascinante y llena de pequeños caminos por los que perderse. Sin duda, uno de los mejores tebeos de este siglo y uno de los mejores de la historia del tebeo español. Por su parte, en Primavera para Madrid Magius hace un ejercicio de sátira perfecto desde lo que podríamos denominar una falsa ficción documental, que supone uno de los relatos más demoledores sobre la corrupción política que nunca haya leído. El magisterio autoral de Lynda Barry se extiende porcada una de las páginas de Mis cien demonios, un maravilloso retrato de las pequeñas cosas que componen la personalidad humana, esos recuerdos que pueden ser demoníacos o angélicos, puede que incluso inventados, pero que forman parte de nosotros. Con la quinta entrega de Orlando y el juego, Cheminova, Luis Durán cierra una de las sagas más ambiciosas del cómic hispano y, a la vez, una de las más sorprendentes y apasionantes indagaciones sobre cómo la cultura popular nos influye, nos crea y nos define. Para Durán, la cultura popular es la esencia de la humanidad, y su largo camino por estos cinco volúmenes desvela la tupida telaraña que nos envuelve y que nos atrapa con gusto.

Para el final de la Trilogía del Yo, Antonio Altarriba y Keko deciden centrarse en la mentira. Una cualidad humana que en Yo, Mentiroso resulta estar ligada a la política que hemos vivido estos últimos años. Y el resultado, como no podía ser menos, es un puñetazo directo al estómago de una sociedad anestesiada ante una realidad bochornosa. Coñodramas, de Moderna de pueblo, es una brillante e inteligente conexión del feminismo con la cultura popular, que sigue la línea de su obra anterior con indudable acierto, combinando la reflexión desde el relato personal, pero apostando esta vez por una compleja apuesta narrativa que entronca esos pensamientos con la plasmación de los estereotipos en la cultura popular, en una atractiva y eficaz mezcla.

Con Es hoy, Carlos Giménez cierra su reflexión sobre el ocaso del autor. La trilogía compuesta por esta obra junto a Crisálida y Canción de Navidad es de una dureza demoledora en la visión que hace de su propia carrera, de su existencia. No hay piedad en esa mirada que lanza desde los 80 años a su pasado, con ese magisterio narrativo que atrapa al lector por las tripas, obligándole a imaginar su propio futuro, a reflexionar sobre la vida y la muerte. Adaptar a Kurt Vonnegut no es tarea fácil, pero atreverse con Matadero cinco es una labor casi suicidad que Ryan North y Albert Monteys han conseguido superar no solo con nota, sino consiguiendo hacer suyo el críptico relato original, en el que es sin duda uno de los mejores tebeos de ciencia-ficción de los últimos años. A través. El universo de un hombre, de Tom Haugomat es una de las grandes sorpresas del año, un juego narrativo osado, que analiza ese extraño y sutil mecanismo que transforma la realidad en recuerdo. Uno de los tebeos más sugerentes que servidor recuerda. No deja ese espacio de experimentación Barrios, bloques y basura, de Julie Wertz, que recorre las calles de Nueva York para hacer protagonistas a los lugares menos conocidos, a las calles, los callejones y los rincones que nunca salen en las fotos, proponiendo una juego temporal insólito que obliga a la reflexión.


Llamarada es la confirmación de la genialidad de Jorge González, que investiga su pasado generando sensaciones y sentimientos desde el simbolismo de texturas y colores. Mis queridos difuntos, es una brutal sátira de Lorenzo Montatore que transforma la influencia de la escuela clásica de Bruguera en una herramienta demoledora para reflexionar sobre el ser humano. Los sentimientos de Miyoko en Asagaya, de Shin’ichi Abe traslada al lector la desesperación de una vida que no encuentra sentido. Todo un acierto recuperar en Este era el lugar la arriesgada obra de Chris Reynolds, siempre en el límite de un surrealismo inquietantemente próximo.

Las varamillas, de Camille Jourdy es una obra deliciosa, un tebeo dedicado a pequeños de 9 a 99 años que quieran recuperar ese espíritu libre de la Alicia de Carroll o la Chihiro de Miyazaki. Con Un tributo a la tierra, Joe Sacco explora las complejas y contradictorias realidades de la extracción de petróleo que está afectando a los pueblos indígenas del norte del Canadá. Siempre tendremos 20 años cierra la indagación que Jaime Martín hizo sobre su familia y le toca el turno a él mismo, arrastrando a toda mi generación detrás. Pazienza es uno de los grandes autores de todos los tiempos y Pompeio es un grito desesperado, una pequeña ventana abierta a una de las personalidades más complejas y fascinantes que ha dado el noveno arte.  

Julia Huete está definiendo una forma de entender el cómic desde la experimentación y la poesía gráfica que se expande y encuentra camino propio en Como un verde, libro verde. Qué decir de Possy Simmonds, que con Cassandra Darke lanza dardos envenenados al mundo del arte moderno sin perder por un momento la fuerza del mejor thriller. En La cólera de Baudelaire, Laura Pérez Vernetti sigue explorando la traslación de la poesía al cómic con uno de los grandes de la poesía francesa. Y mucho de poética tiene Myrdin, donde Jorge García y Gustavo Rico reimaginan con pasión la mitología artúrica.

Heimat, de Nora Krug es un relato que destaca por la honestidad de su autora a la hora de analizar un pasado tan complejo como el de la Alemania nazi y sus sombras. Sunny Sunny Ann!, de Miki Yamamoto es un road comic que supura libertad contagiosa por cada una de sus viñetas. Si antes hablábamos de Pazienca, puede que una de sus grandes herederas sea Zuzu, que firma en Cheese un extraordinario relato generacional. Tierra Muerta certifica a Don Rogelio como una de los voces superdotadas del cómic patrio. La Cólera demuestra el buen equipo formado por García y Olivares, que realiza un trabajo soberbio en su recreación de La Iliada.

Y quien no necesita certificación es Joann Sfar, que vuelve en Aspirina al delicioso universo del Vampiro Ferdinand. Sólido y sugerente estreno en el relato largo de Nadia Hafid, que con El buen padre firma una interesante introspección en la realidad ocultada de la inmigración. Esto no está bien, de Irene Márquez machaca correcciones políticas y demás sandeces con la fuerza aplastante del humor bestia y sangriento más irreverente. En Del Trastévere al Paraíso, Felipe Hernández Cava reflexiona sobre el terrorismo y sus incoherencias, perfectamente entendido por una brillante Antonia Santolaya.

Sfar y Blain tuvieron claro que continuar a Giraud era imposible y afrontan en Blueberry: Rencor Apache una sensacional reescritura del personaje deudora de Jijé. Preferencias del sistema presenta en España a Ugo Bienvennu uno de los autores más sugerentes del nuevo cómic de ciencia-ficción. Devastación, de Julia Gförer, lleva a los tiempos de la peste reflexiones que son fácilmente trasladables a los mundo de hoy, mientras que Naftalina, de Sole Otero recupera la realidad argentina desde la memoria íntima.

En Historia del arte II, Pedro Cifuentes sigue demostrando la validez del cómic como lenguaje didáctico desde el humor y la pasión por enseñar. Astenia, de Andrés Tena es uno de los debuts más atractivos de los últimos años, un autor de estilo personalísimo con propuestas muy interesantes.

Difícil que se pueda hacer una revisión de la historia del cómic americano más vitriólica que la que firma Howard Chaykin en Hey, Kids!. La espiral supone el estreno en España de Aidan Koch, fascinante exponente de la poesía gráfica más atrevida. En Tarde en MacBurger’s, Ana Galvañ juega con la ciencia ficción para indagar en atrevidas propuestas formales que hacen del color un elemento protagonista y narrativo.

Y estos son los cuarenta más destacados. Mañana, otros tantos no menos interesantes…

ACTUALIZACIÓN:
Acabo de incluir una imperdonable falta en este listado: la excepcional segunda entrega de La esperanza pese a todo, de Émile Bravo (Dibbuks), que continua su implacable reflexión sobre la guerra y el ser humano a través de los famosos personajes de Rob-Vel.

Repaso al 2019 (II): Clásicos y reediciones

Las reediciones siguen siendo un buen termómetro del momento actual del cómic: en una industria cultural mediatizada por la novedad de consumo rápido a golpe de like como única reflexión, la recuperación de las obras clásicas es una anómala situación que mide en cierta medida el interés de los lectores por los referentes de las lecturas actuales y un nicho de rentabilidad que la industria ha encontrado, lo que podría leerse tanto como indicativo de cierta salud socioeconómica (y cultural), como de rendición al tsunami nostálgico. Ambas posibilidades pueden ser ciertas, y aunque se puedan retroalimentar, creo que estamos más en la línea de la primera con matices de la segunda: muchos lectores y lectoras que habían renunciado a seguir leyendo cómic por sus consideraciones peyorativas, vuelven a él con el arrastre de la nostalgia para descubrir un arte que ya estaba en plenitud hace décadas y del que pueden estar orgullosos.

Sin duda, la industria española ha apostado por la reedición de material de forma abierta y entregada: el ejemplo de editoriales como Panini o ECC, lanzadas a una intensa y sistemática recuperación de las ediciones de Marvel y DC pueden ser un buen ejemplo, ya consolidadas entre los aficionados como una oportunidad excelente para conocer las obras que han apuntalado el género a lo largo del tiempo. Panini, por ejemplo, ha apostado por obras que van desde la esperada reedición de La espada Salvaje de Conan a la colección de Marvel Facsimil pasando por la ya establecida colección Marvel Gold, que este año ha editado nada más y nada menos que Los nuevos mutantes de Claremont y Sienkiewickz o Las historias jamás contadas de la Patrulla X de Claremont y Bolton, incluyendo nuevas colecciones como la recuperación del Parábola de Moebius y Stan Lee. ECC, por su parte, sigue recuperando clásicos de la línea Vértigo como Preacher, Sandman o Animal Man, así como nuevas ediciones de clásicos como Watchmen o V de Vendetta en ediciones en BN que permiten admirar el dibujo de Gibbons o Lloyd.
Resultado de imagen de mata hari marika vilaUna política editorial que podemos encontrar en casi todas las editoriales, desde Reino de Cordelia, que opta por la recuperación de clásicos modernos del cómic patrio como Modotti, de Angel de la Calle a Brian the Brain, de Miguel Ángel Martín a nuevas editoriales que apuestan decididamente por la reivindicación de clásicos, como Isla de Nabumbu que ha editado los necesarios Viaje al infierno de Auraleón o Mata Hari de Marika Vila. Trilita sigue fiel a la edición de la obra de Beà con la magistral Peter Hipnos, mientras que Astiberri tampoco ha faltado a esta línea, con recuperaciones de clásicos modernos como El Silencio de Malka, de Jorge Zentner y Rubén Pellejero, En busca del unicornio, de Emilio Ruiz y Ana Miralles, Charlie Moon, de Horacio Altuna, o los integrales de El Vecino de Santiago García y Pepo Pérez. El cómic europeo también ha estado presente con recuperaciones de los maravillosos clásicos de Franquin (Spirou por Dibbuks y Gastón el gafe por Norma), obras como el Verano Indio de Pratt y Manara (Norma), Jonas Fink de Giardino (Norma), Corre, Zanardi, de Andrea Pazienza (Fulgencio Pimentel, que se ha marcado un espectacular catálogo de Ceesepe, con recuperación de parte de sus cómics) o el magistral El joven Alberto, de Yves Chaland (Dibbuks), sin olvidar la apuesta por la nouvelle BD con los integrales de La Mazmorra de Sfar y Trondheim (Norma) e Isaac el Pirata, de Blain (Norma) o la Guerra de Alan de Guibert y el Epiléptico de David B (ambas por Salamandra Graphic). El manga tampoco ha sido ajeno, con espectaculares ediciones de la obra de Tezuka (Astroboy, por Planeta) o el Akira de Katsuhiro Otomo (Norma).

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Pero, sin duda, una de las mejores noticias ha sido la consolidación y continuidad de la colección Sin Fronteras de la editorial Dolmen. Bajo la dirección de Rafa Marín y el indispensable trabajo técnico de Jesús Yugo, la colección ha incorporado este año obras fundamentales del cómic de prensa como Terry y los Piratas, de Milton Caniff, Johnny Hazard, de Frank Robbins o el Flash Gordon de Dan Barry, continuando las ediciones de Prince Valiant, The Phantom o Mandrake. Extraordinarias que avanzaban un género de aventuras adulto y de calidad ya en los años 50. No es una afirmación baladí: deben leerse no desde la perspectiva de hoy, sino desde la necesaria contextualización temporal, comparando con otros productos culturales de la época. Miren ustedes grandes de la aventura en el cine como La diligencia o Fort Apache, de Ford; Río rojo o El enigma de otro mundo, de Hawks; las películas de Mamoulian, Curtiz, Boetticher o Vidor no se alejan en su visión del género y en la forma de definir y tratar a los personajes de lo que estaba ocurriendo en el cómic de prensa coetáneo. Incluso se puede afirmar sin rubor, como indica Marín -con el que coincido- que la forma de abordar la aventura en el cine a partir de los 70 está muy influenciada por la obra de Barry y Robbins durante los 50 y 60. Tratar estas obras de “infantiles” es un error de apreciación muy común, en el que yo mismo caigo: aunque las pudieran leer niños -yo mismo las leí de niño-, su objetivo era el entretenimiento de cualquier lector de su época, con claros guiños que son propios del lector adulto de los años 30, 40 o 50 (un ejemplo evidente es la correlación con la situación política mundial de Terry y los piratas, que se convirtió en el mejor informador de la guerra chino-japonesa). Incluso la ciencia-ficción de Flash Gordon, que en la etapa de Raymond era claramente deudora de la fantasía Pulp, en la singladura de Barry se homogeiniza con la literatura de género de la época, considerada ya definitivamente adulta. ¿Por qué el cómic siguió siendo considerado infantil? Evidentemente porque la cultura seguía ignorando la realidad de un medio que debía enfrentarse todavía a los prejuicios, pero que era totalmente comparable al resto de expresiones culturales de su época y, en algunos casos, se avanzaba.

 

Repaso al 2019 (I): Lo mejor

 Resulta curioso decir que los tebeos que más me han emocionado en este 2019 no han sido publicados en papel, pero la realidad es esa: las exposiciones Viñetas desbordadas, de Max, Sergio García y Ana Merino y El dibuixat, de Paco Roca han sido un punto de inflexión absoluta en mi forma de entender esa trinidad extraña en la que milita el cómic como arte, medio y lenguaje. Me han fascinado rompiendo todo esquema y preconcepción, toda idea que tuviera sobre el noveno arte se ha quedado corta y me han demostrado que el cómic es un lenguaje con unas posibilidades artísticas y mediáticas por explorar, del que apenas vislumbramos la punta del iceberg. Ha dejado atrás cualquiera de las tradiciones y estériles discusiones bizantinas en las que se enquista en mundillo (“novela gráfica”, “esto no es un cómic”…) para centrarnos en las infinitas preguntas que quedan por contestar, muchísimo más apasionantes. Le dedicaré una larga entrada a este tema, aprovechando que tuve la suerte de estar vinculado estrechamente a una de ellas.
Dejemos las posibilidades y vayamos a las realidades de papel, ya sea analógico o virtual. Como ya es habitual en los últimos años, hacer un listado de “lo mejor del año” comienza a ser labor imposible: pese a que creo que he leído más cómics que nunca (creo que he leído entre 450 y 500 tebeos, auténtico récord, muchos más si contamos las infinitas reediciones que ya había leído), tengo la sensación de que apenas es una mínima fracción de lo publicado. Lo que me lleva a pensar que todas estas listas pierden su sentido, ya no son una visión personal y subjetiva de los mejores cómics del año: son un simple listado de prejuicios, los que he tenido al hacer mi selección previa de lecturas. Quizás por eso, tengo la impresión de que la calidad media de las lecturas ha sido muy alta, aunque quizás sin obras que me estremezcan, que me quiten la respiración y me dejen maravillado. Vale, acepto que con la edad se pierde la capacidad de fascinación y nos instalamos en cierto escepticismo existencial, pero siempre ha habido una obra que te rompía esquemas mentales, que te sacaba de los márgenes establecidos para encontrar nuevos caminos. Es verdad que ha habido obras soberbias -ojo a las tres primeras de la lista-, pero incluso el siempre reverenciado Chris Ware, que firma una verdadera joya indiscutible con Rusty Brown… no me ha sorprendido. No os equivoquéis: es impresionante lo que hace y, como es habitual en él, encuentra nuevos recursos narrativos en cada página, lo que hace la lectura apasionante…pero tengo cierta sensación de “ya leído” (lo que no deja de ser cierto: llevo siguiendo la edición americana de ACME desde sus inicios, así que casi el 75% del libro lo había leído, pero no es por eso) que me fastidia.  No me malinterpretéis: es una impresión subjetiva y personal, los tebeos que voy a citar en esta lista son en muchos casos, extraordinarios, algunos de ellos, auténticas obras maestras del cómic moderno. Y ha habido sorpresas, por supuesto, obras que rompían esquemas y que abrían camino para la reflexión sobre el lenguaje del cómic (ahí está el Cadencia de Massó o el Imbatible de Jousselin).

No me hagáis demasiado caso, el turrón niebla mis neuronas. Vamos a la lista de Lo mejor del año 2019 de La Cárcel de Papel (con las típicas advertencias: es una lista personal e intransferible y, por tanto, que cada cual la use de acuerdo a sus gustos y apetencias y siempre bajo el seguimiento profesional de su librero/a preferido, que luego vienen las quejas).

Este año, una referencia especial a lecturas que no han sido traducidas al castellano: la sensacional Nancy, de Olivia Jaimes (https://www.gocomics.com/nancy). Una puesta al día de la obra maestra de Bushmiller que sabe ser fiel a ese estilo tan particular, pero desde una perspectiva moderna en sus planteamientos. Brillantísima serie que esperemos se vea por aquí algún día.

Respecto a la lista de tebeos publicados en España, este año me ha costado mucho hacer la selección: como ya he dicho, quizás las tres primeras del listado se encuentran claramente muy por encima de las demás, pero el resto de obras tienen un nivel excelente y homogéneo que hace muy, muy complicado decidir cuál entra o no, en una especie de inmenso ex aequeo de imposible jerarquización.

  1. ¿Es así como me ves?, de Jaime Hernández (La Cúpula)
  2. Ventiladores Clyde, de Seth (Salamandra Graphic)
  3. Rusty Brown, de Chris Ware (Reservoir Books)
  4. Vidas paralelas, de Olivier Schrauwen (Fulgencio Pimentel)
  5. Bezimena, de Nina Bunjevac (Reservoir Books)
  6. Mi vida en barco, de Tadao Tsuge (Gallo Nero)
  7. En un rayo de sol, de Tillie Walden (la Cúpula)
  8. La esperanza pese a todo, de Émile Bravo (dibbuks)
  9. La noche que llegué al castillo, de Emily Carroll (Sapristi)
  10. Gràfica Radiant, diari ARA
  11. Inframundo, de Pep Brocal (Astiberri)
  12. Cadencia, de Roberto Massó (Fosfatina)
  13. Niño prodigio, de Michael Kupperman (Blackie Books)
  14. Sabrina, de Nick Drnasso (Salamandra Graphic)
  15. Intisar en el exilio, de Pedro Riera y Sagar Fornies (Astiberri)
  16. El Buscón en las Indias, de Guarnido y Ayrolés (Norma Editorial)
  17. El último faraón, de François Schuiten, Van Dormael, Gunzig y Durieux (Norma)
  18. Tú, una bici y la carretera, de Eleanor Davies (Astiberri)
  19. En otro lugar, un poco más tarde, de David Sanchez (Astiberri)
  20. Diario de Italia, David B (Impedimenta)
  21. Guy, retrato de un santo bebedor, de Ruppert, Mulot y Olivier Schrauwen (Fulgencio Pimentel)
  22. Mi amigo Luis, Carlos Giménez (Reservoir Books)
  23. Palimpsesto, de Wool-Rim Sjöblom (Barbara Fiore Editora)
  24. Imbatible, Pascal Jousselin (Editorial Base)
  25. Tomar refugio, Zeina Abirached y Matthias Enard (Salamandra Graphic)
  26. El cuidado de los pájaros, de Francisco Sousa Lobo (Reservoir Books)
  27. Intensa, de Sole Otero (Astiberri)
  28. Piratas del Multiverso, de danixove (Instagram)
  29. Ocultos, Laura Pérez (Astiberri)
  30. La mentira y como la hemos contado, de Tommi Parrish (Astiberri)

Las tres primeras son, a mi entender, indiscutibles: en ¿Es así como me ves?, Jaime Hernández demuestra una magistralidad casi insultante en el desarrollo de esa historia de apariencia tan sencilla y tan contundente en su mensaje, un auténtico canto a la vida y al ejercicio de un recuerdo ajeno a la nostalgia, que reivindica lo vivido y el pasado como parte ineludible de nuestro presente, sin lugar para el remordimiento, el arrepentimiento o el dolor, solo para la celebración de que, pese a todo, estamos aquí. Un planteamiento que está en el extremo opuesto del de Chris Ware en Rusty Brown, inmisericorde retrato de la miseria de la vida humana que no da espacio para la esperanza ni la compasión ante la mediocre realidad de nuestra existencia. Entre los dos polos, Seth plantea una situación intermedia en Ventiladores Clyde, que acepta ese infinito bucle de repetición en el que se encuentra atrapado el ser humano con una resignación que sabe encontrar resquicios para el equilibrio. Vidas paralelas, de Olivier Schrauwen es un divertido delirio que rompe y machaca sin remisión los cánones de la ciencia-ficción para, sin embargo, ser fiel a esos principios del género que llevan siempre a la reflexión sobre nuestra realidad.

Bezimena, de Nina Bunjevac, sorprende desde ese planteamiento de cuento ilustrado, casi infantil, para sumergir al lector en la dureza del abuso sexual. Sería injusto valorar la obra de Tadao Tsuge a la sombra de su hermano, como bien demuestra Mi vida en barco, brillantísimo acercamiento a una vida que toma sentido a partir de los pequeños caprichos que nos permitimos.  Tillie Walden confirma que el prejuicio de la juventud hacia la autoría es tan injusto como absurdo: En un rayo de sol es una obra coral vibrante, viva, que recuerda desde su personalidad propia al universo de Locas de Jaime Hernández, moviéndose con firmeza en un original escenario de ciencia-ficción para narrar ritos de paso reconocibles con libertad y frescura. De Émile Bravo poco se puede añadir: si su paso por Spirou ya es una de las obras maestras de este siglo XXI, su nueva incursión en la creación de RobVel, La esperanza pese a todo, se dirige rauda a superarla, con una primera entrega apasionante y con un nivel de reflexión difícil de encontrar en el cómic mainstream (y no mainstream).

Sigo embriagado por la potencia gráfica de Emily Carroll en La noche que llegué al castillo, una obra de pura visceralidad visual, que arrebata al lector desde su primera página. Y para cerrar la primera decena de obras, un proyecto colectivo: Gràfica Radiant, brillante iniciativa del diari ARA que deja a los autores una página del diario con un único reto, romper esquemas, experimentar y descubrir con la página. Y los resultados acompañan, porque los autores y autoras que han pasado por la sección han demostrado de la libertad siempre es respondida.

Sin duda una de las mejores obras nacionales del año ha sido Inframundo, de Pep Brocal, original, divertida y apasionante revisión del mito de Dante en términos de cultura popular contemporánea que se disfruta en una primera lectura y luego explota como fuegos artificiales al conectar el universo referencial que maneja. Cadencia, de Roberto Massó, es una de esas obras que obligan a sentarse y reflexionar, porque al poco de pasar las primeras páginas de esta obra de radical experimentación formal, es evidente que toda idea que tuviéramos sobre la historieta era equivocada. Es posible que pase desapercibida para el gran público, pero estoy convencido que esta obra generará miles de páginas de reflexiones académicas sobre la historieta, sus límites y potencialidades. Conocía la obra de Michael Kupperman y me encantaba su aproximación al humor absurdo, a un non-sense que no tiene nada que ver con lo que encontraremos en Niño prodigio, biografía de su padre que, desde la brillante reflexión sobre el tratamiento de los niños estrella en los mass-media, propone una sugerente catarsis personal sobre la relación con su padre.

Llegaba con el prestigio de la nominación al Premio Booker, pero Sabrina, la nueva obra de Nick Drnasso, no necesitaba el ruido mediático para destacar: potentísima reflexión sobre el papel de las redes sociales en una sociedad donde el periodismo ha perdido sus ejes éticos para buscar likes a la desperada. Intisar en el exilio, de Pedro Riera y Sagar Fornies es un brutal puñetazo en el estómago, que retoma al personaje de El coche de Intisar (con Nacho Casanova al dibujo) para lanzar una contundente y demoledora denuncia de la terrible ignorancia que Europa está protagonizando ante el horror de la guerra en Yemen. El Buscón en las Indias, de Guarnido y Ayrolés es una sorprendente continuación del clásico de Quevedo que juega con acierto a actualizar la picaresca clásica con el modelo moderno del cine de robos, de Rufufú y El golpe a Ocean’s Eleve. Las continuaciones de Blake y Mortimer se han movido con irregularidad manifiesta entre la excelencia (La maquinación Voronov) y lo olvidable (para qué dar ejemplos…), pero El último faraón, de François Schuiten, Van Dormael, Gunzig y Durieux rompe con éxito con la tradición de seguir clónicamente el estilo gráfico y verborreico de Jacobs para introducir a la pareja en un universo paralelo al de las Ciudades Oscuras con acierto y éxito que piden más.

Tú, una bici y la carretera, de Eleanor Davies es una de esas obras de lectura pausada, donde un simple viaje en bicicleta va desgranando una búsqueda personal que solo intuimos en segundo plano, en esos escenarios que van conformando un discurso propio. Bien distinto es En otro lugar, un poco más tarde, de David Sanchez, pero coincide en la importancia de los escenarios como inductores de un sueño lisérgico, tan extraño como hipnótico y subyugante. Sigo con lugares: Diario de Italia, de David B es una particular revisión del tradicional Cuaderno de Viajes que parece imbuido del espíritu de Papini, convirtiendo las ciudades en crisoles de historias y mitologías. La unión de Ruppert y Mulot y Olivier Schrauwen permitía cualquier resultado por extraño que pareciera y Guy, retrato de un santo bebedor es una de esas infinitas posibilidades que vienen unidas por un nexo común: la búsqueda de nuevos límites para la narración gráfica, en este caso desde la tradición del género de piratas.

Mi amigo Luis es una nueva incursión de Carlos Giménez en la memoria de la posguerra, abordando ahora relatos recordados que siguen componiendo un fresco único de nuestra historia, absolutamente imprescindible. Palimpsesto, de Wool-Rim Sjöblom es una de las sorpresas de este año: un relato periodístico de la búsqueda de los padres biológicos de la autora que se revela como una categórica denuncia de los procesos de adopción de niños asiáticos. Imbatible, de Pascal Jousselin es una de esas obras que te deja boquiabierto y que te demuestra que el lenguaje del cómic permite posibilidades increíbles imposibles para cualquier otro medio, relato de superhéroes canónico basado en el ejercicio metalingüístico del mayor poder que pueda tener un héroe en el cómic: dominar el lenguaje de la historieta. Tomar refugio, de Zeina Abirached y Matthias Enard es una brillante reivindicación del papel de la mujer en la construcción histórica desde dos historias de amor imposible, bellamente retratadas por Abirached.

El cuidado de los pájaros, de Francisco Sousa Lobo es una obra desasosegante que se atreve a meterse en la mente de un pedófilo, atreviéndose a romper tabúes y fronteras no escritas. Intensa, de Sole Otero es pura frescura y alegría, una de esas obras que se leen con una sonrisa de oreja a oreja pese a que está retratando el amor humano como la marcianada suprema… Una de las sorpresas del año ha sido, sin duda, la divertida y original Piratas del Multiverso, una serie que danixove está desarrollando en Instagram (@danixove) y que se atreve con todo, machacando mitos con alegría desprejuiciada para encontrar su propio discurso.

Ocultos es una excelente ocasión para disfrutar de la elegancia narrativa de Laura Pérez, que se zambulle en el misterio de lo paranormal para crear haikus gráficos de una belleza visual mesmerizante. Por su parte, gran descubrimiento el de Tommi Parrish, que con La mentira y como la hemos contado compone un desolador retrato de unas relaciones humanas construidas alrededor de mentiras que han pasado a ser casi inconscientes en el tiempo de las redes sociales.

 

Esto sería mi selección personal de 30 obras, pero podría haber cambiado casi cualquiera de las últimas veinte por el elegante minimalismo de Stygryt en Felipe IV (Coco Press), la poética reivindicación del amor de Ser amado, de Javier Lozano (Fulgencio Pimentel) o la dolorosa realidad de California Rocket Fuel, de Lorenzo Montatore (Sugoi); la brillante y sorprendente potencia gráfica de Ser leyenda, de Del hambre (Banda Aparte editores); la renovación del underground que plantea Aroha Tarve en Carne de cañón (La Cúpula) o la potencia del relato personal de Sucumbir, de Andrea Ganuza (Gráficas Valiente). Igual fuerza tiene la aproximación a la esquizofrenia de La batalla de esquizo (Nuevo Nueve), con un impresionante trabajo gráfico de Manuel Alonso Iglesias o la reflexión sobre la emigración de El año de la rata, Martín López Lam (Salamandra Graphic), por no hablar de la brutal denuncia del comercio de operaciones estéticas de Helter Skelter, de Kyoko Okazaki (Ponent Mon). Me ha encantado (¡por fin!) el comienzo del nuevo ciclo de Los Pasajeros del Viento de Bourgeon en La sangre de las cerezas (Astiberri), igual que que la brillante deconstrucción del género que firma Lisa Hanawalt en Coyote doggirl (Astiberri). Hay que destacar el acierto y tino de Ruben Pellejero y Juan Díaz Canales para crear una historia fundacional de Corto Maltés que podría haber sido firmada por el mismísimo Pratt en El día de Tarowean (Norma); y me está gustando mucho la particular fantasía de un futuro de mutaciones excluidas que plantea Epiphania, de Ludovic Debeurme (Kraken). Maravilloso el descubrimiento de Elisa Macellari y su Papaya Salad (Liana Editorial), una aproximación histórica a la cultura thai desde una inspiración gastronómica proustiana. The eyes, de Javi de Castro es una espléndida demostración de las posibilidades de los nuevos recursos que aporta la red. No mires atrás (La Cúpula) confirma a Anabel Colazo como una autora a seguir gracias a una sugerente aproximación al universo creepypasta. The inmortal Hulk, de Al Ewing y Joe Bennet (Panini) es una acertada revisión del mito del gigante verde en clave de terror Warren, un auténtico “revival” setentero al que podríamos sumar en clave ochentera La gran novela de Patrulla X 2 de Ed Piskor (Panini). Epílogo, de Pablo Velarde (Nuevo Nueve) es un sorprendente thriller de lo más recomendable, mientras que ¡Socorro!, Roberta Vázquez (Apa Apa) es una genialidad que demuestra que el undeground sigue vivo y tiene sentido. Quizás Los estados divididos de histeria (Dolmen) no sean la obra maestra de Howard Chaykin, pero mantiene incólumes su mala leche y sardónica mirada a la realidad americana. Mies, de Agustín Ferrer (Grafito) es un brillante trabajo biográfico sobre el famoso arquitecto. El club de las chicas malas, de Ryan Heshka (Autsaider) es una alocada y deliciosa serie Z que podría haber sido firmada por John Waters. Paranoia Star, de Suehiro Maruo (ECC) recupera las claves de este inquietante e inclasificable autor, mientras que Reiraku, de Inio Asano (Norma Editorial) es una durísima reflexión sobre la creación en una durísima industria. La cantina de medianoche 1: Tokyo Stories, de Yaro Abe (Astiberri) es uno de esos mangas gastronómicos que aprovechan el olor de ramen recién hecho para reflexionar sobre el ser humano con indudable acierto (y gusto). La sangre extraña, de Sergi Puyol (Apa Apa) es una obra extraña e inquietante, que se atreve a unir la otredad con la obsesión desde un planteamiento casi onírico. Noticias de Pintores, de María Luque (Sigilo) es una curiosísima aproximación a la historia del arte desde la anécdota que plantea una lectura paralela del arte realmente interesante. Mangy Mutt, de Óscar Raña (Fosfatina) se encuadra dentro de esas obras que plantean rupturas formales apasionantes y sugerentes de nuevas posibilidades a explorar. Hicotea, de Lorena Álvarez (Astiberri) es la demostración de que el cuento está más vivo que nunca, pero necesita ser rescrito y replanteado desde nuevos imaginarios, como el vibrante que plantea Álvarez. Y, para acabar, no podemos olvidar en este listado el divertidísimo y mordaz  Vivan las vacas, de  David Prudhomme y Pascal Rabaté  (Norma) y la contundente reflexión sobre el arte de ¿Arte?, ¿Por qué?, de Eleanor Davis (Barrett).

(Continuará)