Repaso al 2021 (I): Lo mejor

Lo de hacer listas se está convirtiendo en una extraña mescolanza entre capricho y deporte de riesgo. Capricho porque, con casi 4000 novedades que seguramente habremos tenido este año, cualquier lista debe interpretarse como una guía de lectura y no como una rimbombante selección canónica. Este año creo que leído sobre los 500 cómics, más o menos, por lo que hacer una selección de “lo mejor” debe entenderse como una selección de “mis mejores lecturas”. Es cierto que cualquier selección, cualquier crítica, no deja de ser la expresión de un criterio subjetivo, pero con la avalancha de novedades, la tarea de seleccionar no solo es todavía más sesgada e incompleta, sino que se deja a una doble subjetividad: la de escoger entre unas lecturas que ya nacen de un apriorismo que, con seguridad, deja fuera obras que son interesantes. Siempre digo que las listas que más me gustan son las que más alejadas están de mi gusto porque me descubren lecturas a las que difícilmente me hubiera acercado motu proprio. Pero resumiendo, lo de siempre: que esto no deja de ser una lista personalísima, casi seguro intransferible, que debe ser usada no como un canon sagrado e incontestable, sino como una simple guía más. ­­­­El orden, como siempre, no es orientativo, puede que las diez primeras me hayan gustado más que las diez últimas,  pero podría cambiar la posición de casi todas las obras presentes en esta lista sin ningún problema (y sí, hay cambios respecto a la de EL PAÍS, por la sencilla razón de que ha pasado casi dos meses desde que escribí aquella y he leído más, he reflexionado más…¡Y que uno es así de voluble, qué le vamos a hacer! Y sí, me falta muchísima lectura de manga, cuya ausencia deja coja la selección).

 

  1. Warbug and Beach, de Javier Olivares y Jorge Carrion (Salamandra)
  2. Todo bajo el sol, de Ana Penyas (Salamandra)
  3. Romeo Muerto, de Santiago Sequeiros (Reservoir Books)
  4. Los grandes espacios, Meurisse (impedimenta)
  5. La isla, de Mayte Alvarado (Reservoir Books)
  6. Polen dorado, de Heiichi Hayashi (Gallo Nero)
  7. Saqueo, de Peeters (Astiberri)
  8. Piel de hombre, Hubert y Zanzim (Norma)
  9. El futuro que no fue, de Daniel Torres (Norma)
  10. El pacto, de Paco Sordo (Nuevo Nueve)
  11. El secreto de la fuerza sobrehumana, de Alison Bechdel
  12. Hoops, de Genie Espinosa (Sapristi)
  13. L’accident de caça, de Charles L. Carlson y Landis Blair (Finestres)
  14. Giganta, de Nuria Tamarit (Norma)
  15. Bradley de él, Vonnor Willumsen (Alpha Cómic)
  16. El fin del gran arte, de Julio César Pérez (Belleza Infinita)
  17. Ethel y Ernest, de Raymond Briggs (Blackie Books)
  18. La mentira por delante, de Lorenzo Montatore (Astiberri)
  19. Nick Carter y André Breton , una pesquisa surrealista, de David B (impedimenta)
  20. Travesti, de Edmond Baudoin (Impedimenta)
  21. A la tercera resucitó, de Abraham Martínez (Bang)
  22. Maganta, de Lola Lorente (Astiberri)
  23. No siento nada, de Liv Stromquist
  24. Medea la deriva, de Fermin Solís (Reservoir Books)
  25. Doña Concha, de Carla Berrocal (Reservoir Books)
  26. Hola, Siri, de Marta Cartú
  27. Arrabal, de Laura Pérez Vernetti (reino de Cordelia)
  28. Tótem, de Laura Pérez (Astiberri)
  29. Fiuuu & Grac, de Max (La Cúpula)
  30. Vida Rana, de Roberto Massó (Apa Apa)
  31. La tempestad, de Alan Moore y Kevin O’Neill (Planeta)
  32. Georgia O’Keefe, de María Herreros (Astiberri)
  33. Us, de Sara Soler (Astiberri)
  34. Holms y Piorot, de Jali (Diábolo)
  35. El dibujado, de Paco Roca (Astiberri)
  36. Visión, de Julia Gfrörer (Alpha Cómic)
  37. En la cabeza de Sherlock Holmes, de Cyril Lieron y Benoit Dahan (Norma)
  38. Garafía, de Elías Taño (Oveja Roja)
  39. Contrapaso, de Teresa Valero (Norma)
  40. Monsters, de Barryu Windor Smith (Dolmen)
  41. Pulp, de Ed Brubaker y Sean Phillips (Panini)
  42. El hombre que plantaba árboles, de Sandra Hernández y Jean Giono (Bang)
  43. Rorschach, de Tom King y Jorge Fornés (ECC)
  44. Los locos del gekiga, de Masahiko Matsumoto (Satori)
  45. Hambre, de Martin Ernsten (Nórdica)
  46. Celestia, de Emmanuel Fior (Salamandra)

Bonus:
– Forn de Calç (Extinció edicions)
– La cruda negra (La Cúpula)

 

Tengo claro que una de las grandes lecturas del año ha sido Warbug and Beach, de Olivares y Carrion (Salamandra), una obra poliédrica, metalectura si se quiere, en la que se crea un espacio de convivencia de aquellos que idolatramos el libro como parte fundamental de nuestras vidas. Lo nuevo de Ana Penyas, Todo bajo el sol (Salamandra) confirma el talento de una autora superlativa, que usa el cómic para reflexionar con lucidez sobre un tema tan actual como la turistificación, pero siendo sincera ante las dificultades que cualquier argumentación bien construida se encuentra. Romeo Muerto, de Santiago Sequeiros (Reservoir Books) es una de esas obras sobre la que planeaba con fuerza la sombra de la decepción tras 25 años de espera. Pero lo de este autor es de otro planeta y consigue crear un discurso visceral lleno de sensaciones y sentimientos que se te pegan al alma.

Otra que no falla es Catherine Meurisse, que a diferencia de Sequeiros deja a un lado las emociones con las que se enfrentó a su anterior obra para, precisamente, racionalizar aquellas sensaciones y sentimientos en Los grandes espacios (Impedimenta), dando sentido al arte y la cultura como expresión de nuestro ser. La isla, de Mayte Alvarado (Reservoir Books) es pura poesía de la ausencia a través de formas y colores, sensaciones a flor de piel como las que consigue Heiichi Hayashi en Polen dorado (Gallo Nero), transformando la cultura popular y las leyendas a modo de haikus visuales. Otra obra que podría entrar en ese ámbito de la poesía gráfica es Saqueo, de Peeters (Astiberri), un grito salvaje y desagarrado que desde el silencio de las imágenes que atruena en nuestras cabezas denunciando las injusticias de nuestro tiempo.

Piel de hombre, Hubert y Zanzim (Norma) es una de esas obras que te dejan encantado y maravillado, deliciosa en su lectura, amena y delicada en sus dibujos, pero que deja un poso de reflexiones que van creciendo con fuerza hasta que nos rendimos ante sus realidades. Con El futuro que no fue  (Norma) Daniel Torres vuelve al mundo de su querido Roco Vargas, pero permitiéndose un gozoso spin-off con el que perderse por sus referentes y claves, pero también reflexionar sobre ellas. El pacto, de Paco Sordo (Nuevo Nueve) es una brillante reflexión sobre la creación desde la sátira que no renuncia al homenaje a las leyendas de nuestro tebeo. Tras hablar de su padre y de su madre, Alison Bechdel tenía que enfrentarse necesariamente al reflejo que le devuelve el espejo. Y lo hace con inteligencia y sinceridad en El secreto de la fuerza sobrehumana, de Alison Bechdel (Reservoir).

Hoops, de Genie Espinosa (Sapristi) es el debut en la narración larga de una autora sorprendente que aprovecha la estructura clásica de Alicia para desarrollar un potente relato de identidad, empoderamiento y amistad. L’accident de caça, de  Charles L. Carlson y Landis Blair (Finestres) es tan compleja en sus ambiciones como brillante en su resultado, convirtiendo el espacio de una celda en el escenario de la reivindicación de la cultura como redención y espejo de la vida. Con Giganta, de Nuria Tamarit y JC Deveney (Norma) crean una fábula moderna de tanta belleza formal como potencia en su discurso de empoderamiento e igualdad. Bradley de él, Connor Willumsen (Alpha Cómic) es uno de esos tebeos que te dejan completamente descolocado con un planteamiento sinuoso que termina siendo un relato hipnótico.

El fin del gran arte, de Julio César Pérez (Belleza Infinita) toma un clásico infantil como Babar para deconstruirlo en misil dirigido contra las preconcepciones del arte y la creación. Pocos autores tienen la capacidad de cargar cada trazo con bombas de emotividad y empatía como Raymond Briggs, que en Ethel y Ernest (Blackie Books) recrea la vida de sus padres para dejarnos una hermosísima historia de amor. En La mentira por delante (Astiberri) Lorenzo Montatore consigue alejar la biografía del canon para, desde las referencias de los grandes de la generación del cómic del 27 o de la Bruguera de los 50, recrear la vida de Umbral desde sus apariencias con un poso reflexivo inédito. Mezclar la cultura popular con la alta cultura desde la deconstrucción simbólica puede parecer una ambición desmedida, pero David B lo consigue en una obra tan divertida como inabarcable en Nick Carter y André Breton, una pesquisa surrealista (Impedimenta).

Adaptar a Mircea Cărtărescu se nos antoja una empresa imposible, pero Edmon Baudoin lo consigue con nota dialogando con su obra y el autor en Travesti (Impedimenta). A la tercera resucitó, de Abraham Martínez (Bang) es una bomba de demolición ideológica que expone las incoherencias y peligrosas debilidades de nuestro pensamiento consensuado al recordarnos que es nuestra sociedad la que crea sus demonios. Una década después de su anterior obra Lola Lorente vuelve en Maganta (Astiberri) a su personalísimo universo para encontrar que todo ha cambiado, que las ambiciones se trocaron en decepciones y que la vida ha pasado con amargura. Liv Stromquist es una autora especialista en poner sobre la mesa discursos de profunda inteligencia desde la deconstrucción pop del mito y en No siento nada (Reservoir Books) apunta a uno de los fundamentos de la utopía de la felicidad, el amor romántico. Carla Berrocal firma una brillante reivindicación de la figura de la cupletista Concha Piquer en Doña Concha (Reservoir Books), indispensable para entender la historia de este país.

Fermín Solis parte de la tragedia de Eurípides para reivindicar la figura femenina en Medea la deriva (Reservoir Books), brillante traslación del lenguaje teatral al cómic desde la ósmosis expresiva. Hola Siri, de Marta Cartú (Autoedición) es una lúcida reflexión sobre la sociedad hiperconectada que se permite llevar al lenguaje del cómic elementos de la nueva comunicación digital con éxito. Arrabal (Reino de Cordelia) es el choque de trenes de dos monstruos, Laura Pérez Vernetti y Fernando Arrabal, una explosión creativa incontenible donde el trazo de la dibujante copula con los versos del poeta en un orgasmo intelectual. Con Tótem  (Astiberri) Laura Pérez vuelve a explorar esos espacios íntimos donde impera la extrañeza y la otredad. El amor y la amistad como único anclaje de realidad en una realidad que no se distingue de la ficción.

Fiuuu & Grac, de Max (La Cúpula) toma el slapstick como base de una espectacular reflexión sobre el lenguaje del cómic y sus posibilidades desde la brillantez gráfica y la ironía incontenible. Cuando el cuento clásico de Grimm se encuentra con la vida moderna nacen obras como Vida Rana, de Roberto Massó (Apa Apa), sorprendentes reescrituras de la tradición que obligan a la reflexión. Con La tempestad (Planeta), Alan Moore y Kevin O’Neill cierran su etapa de La Liga de los Extraordinarios Caballeros para revelarla como lo que siempre fue: una reflexión sobre las ficciones como fundamento de la existencia de la humanidad. En Georgia O’Keefe (Astiberri), María Herreros se acerca ala vida de la famosa artista desde la sinceridad y admiración personal para proponer un relato de descubrimiento personal disfrazado de biografía.

Us, de Sara Soler (Astiberri) es pura sinceridad y honestidad en el relato de la transición de su compañera y, como tal, un ejemplo de tolerancia que debería leerse por obligación. Holms y Piorot, de Jali (Diábolo) es una delicia que recupera a dos de los grandes de la novela detectivesca para hacer un homenaje y, a la par, un tebeo maravilloso. El dibujado, de Paco Roca (Astiberri) lleva al papel la experiencia única de la exposición del IVAM, una proyección en dos dimensiones de un proyecto tridimensional, pero que retiene fuerza suficiente como para ser subversivo. Julia Gfrörer tiene la extraña capacidad de conseguir que sus historias sean desasosegantes desde un planteamiento clásico en lo gráfico, dejando toda la fuerza en los tiempos y silencios, como hace en un inquietante escenario victoriano con Visión (Alpha Cómic).

En la cabeza de Sherlock Holmes, de Cyril Lieron y Benoit Dahan (Norma) es un delirio gráfico que aprovecha todas las posibilidades del lenguaje del cómic para convertir las deducciones de Holmes en un reto gráfico. Garafía, de Elías Taño (Oveja Roja) es una lectura de la inmigración palmera a América que va más allá del relato histórico para reflexionar sobre las redes rurales que se establecieron para aguantar a las familias. En Contrapaso (Norma), Teresa Valero debuta en un relato largo que arriesga a la hora de tratar muchas temáticas con un guion tan bien armado como su dibujo. Monsters, de Barry Windsor Smith (Dolmen) es una obra hercúlea en donde el dibujante americano toma mitos fundacionales del género y del propio cómic para reflexionar sobre la realidad social de su país.

Pulp, de Ed Brubaker y Sean Phillips (Panini) sigue el estilo detectives que con tan buen tino clavan sus autores, pero en este caso aporta una sugerente reflexión sobre la historia del medio. El hombre que plantaba árboles (Bang) es una maravillosa adaptación del cuento de Jean Giono por parte de Sandra Hernández, reflexiva en su fondo, pero con esa frescura que puede llegar a cualquiera. Yo era de los que pensaban que volver al universo Watchmen era un absurdo, pero Tom King demuestra en Rorschach (ECC) no solo que es posible, sino que puede aportar reflexiones interesantes, sobre todo si se acompaña a los lápices del espectacular Jorge Fornés. Los locos del gekiga, de Masahiko Matsumoto (Satori) nos lleva a ese momento clave en el que el cómic se vuelve adulto en la experiencia pionera del gekiga.

Una de mis sorpresas personales, porque en  Hambre (Nórdica), Martin Ernsten consigue traducir la durísima obra de Hansum a la fuerza del blanco y negro. Y no puedo ser objetivo con Celestia (Salamandra) y la capacidad de Emmanuel Fior para crear espacios de emociones privados desde la admiración por el arte. Maravilloso.

Y no me gustaría acabar sin destacar dos iniciativas necesarias en forma de revista: Forn de calç (Extinció Edicions), brillante selección de una generación de jóvenes autores y autoras que cambiarán nuestro cómic y La Cruda Negra (La Cúpula), nueva encarnación de una revista que rompe los límites de las posibilidades expresivas de la ilustración y el cómic.

Seguimos en breve con lo mejor de los clásicos y reediciones

Almanaque comestible

No puede ser más provocadora la publicación en esta época pascuera de ese catálogo de excesos pantagruélicos que es Almanaque Comestible. Una suerte de reverencia e idolatría de la gula en todas sus formas que tiene tanto que ver con los excesos suicidas de Mastroianni y sus compañeros en La Grand Bouffé (muy relacionada con los tebeos, ahora que lo pienso, con ese cartel provocador de Reiser) como con la pulcra pero implacable denuncia de la escatología de lo social que practicaba Buñuel en El Fantasma de la Libertad. A fin de cuentas, el disfrute de lo gastronómico y la escatología más vergonzante están ligadas íntimamente por una vía tan retorcida y sinuosa como visceral y directa.
Y Micharmut, genio díscolo y provocador dondequiera que los haya, coordina este almanaque recuperando el espíritu de aquellos de otros tiempos que buscaban dar recomendaciones y predicciones útiles para el ciudadano, efemérides variadas o, como en este caso, consejos gastronómicos de la mano de un equipo de imposible definición que borda lo que dibuja. Con la exquisitez de uno de los gurus de la Haute Cuisine, atendiendo a la estética de una transgresión medida que entre por los ojos y atienda a los placeres de la cata en su primera degustación. Pero, cuidado, también preparados para metamorfearse en grasiento y orondo carnicero que cortará vísceras y desangrará espíritus una vez haya sido digerido el tebeo, a golpe y machetazo directo que dejará nuestras entrañas bien jodidas.
Un tebeo coral que sería de obligada lectura sólo por las contribuciones de apertura que entregan un Auladell en estado de gracia acompañado de Pedro F. Navarro o un Keko inspirado que sigue la incisiva pegada de esa obra maestra que fue La casa del muerto. Dos entrantes de contudencia saciante en el menú, parece, pero la cosa no se queda ahí y Micharmut se destapa con dos platos de esos que Nestor Luján o Manuel Vázquez Montalban glosarían con prosa cuidada y precisa. El primero, con la anuencia de Felipe Hernández Cava, componiendo una degustación múltiple que se atraganta a golpe de realidad de corredor de la muerte, trasladando la búsqueda del alma del momento de la muerte al momento de la última comida, analizando con el mismo cuidado de una autopsia los alimentos que rellenarán las vísceras del futuro finado. Y el segundo, uno de esos ejercicios de experimentación radical que sólo Micharmut es capaz de hacer, jugando a las variaciones sobre un mismo tema para intentar descubrir la realidad que hay tras la foto oficial del banquete, creando misteriosos hilos dinámicos de acción que sólo se pueden ver en el instante congelado de una viñeta. Y no se piensen que la cosa termina ahí, porque Txemacantropus, Cifré y Jorge García y Gustavo Rico cierran el ágape con aportaciones tan acertadas como apetecibles.
Un Almanaque Comestible que, quizás, sólo tiene el error de no haber sido impreso en papel comestible para cerrar por completo el círculo, no dejar sólo que contamine nuestras neuronas, sino también todas y cada una de las células de nuestro cuerpo.
Para gourmets que quieran disfrutar de un placer privado refocilándose con la comida.

El pequeño Christian

Menudo final de milenio tuvo el Mr. Hincker, alias Blutch. Impregnado de un ímpetu creador incombustible, en apenas unos años fue capaz de producir obras tan distintas e interesantes como Peplum, Mitchum, Blotch o Rancho Bravo, donde soltaba las evidentes amarras de Forest o Boucq que todavía se veían en Mademoiselle Sunnymoon para desarrollar una actividad inagotable de exploración de nuevas formas de expresión dentro de la historieta. Con la guía consciente o inconsciente del trabajo de Baudoin, Blutch demostraba saber dotar al trazo de una energía orgánica y vitalista, trasladando de la palabra a la línea la expresividad de sus personajes. Una avalancha de trabajos que tenía un pequeño y extraño oasis: las historietas que publicaba en Lapin de El pequeño Christian. Una serie de obvias referencias al clásico de Sempé y Goscinny, Le Petit Nicolas, pero que para Blutch es un instrumento de exploración de la nostalgia del adulto. Que nadie se confunda, no estamos ante una nueva incursión en la nostalgia de la infancia o en el lastimero llanto de la pérdida de la niñez, sino ante una exploración consciente del mecanismo de la creación de los mitos, de los intrincados pero aleatorios procesos que durante la infancia dan lugar a eso que Proust luego ejemplificaría con una magdalena pero que en el siglo XX tiene forma de cultura de masas. La primera recopilación de Le petit Christian, publicada a finales de los 90, es uno de los mejores retratos de los mitos de la generación del baby boom y, a través de ellos, de la propia personalidad de aquellos que vivimos ese extraño pero delicioso mejunje de televisión en blanco y negro, cómics y cine. Aún con las diferencias sociales y geográficas entre Francia y España, no será difícil para aquellos que ya empezamos a tener problemas de presbicia vernos reflejados en ese pequeño Christian amante de los vaqueros y los tebeos.
Diez años después, Blutch retomó el personaje del Pequeño Christian en un segundo volumen profundamente distinto al primero, con un Christian que comienza ya la educación secundaria. Un momento que es elegido por Blutch como el del cambio, el del inicio de ese proceso que transforma la imaginación desbordante de la infancia en la percepción de la realidad del adolescente. Y, por supuesto, el detonante definitivo: el amor. Las nuevas historias de Christian tendrán una sutil deriva: poco a poco, los personajes de ficción que habitan esa fantasía sin límites irán dejando lugar a personajes reales: a Steve McQueen o Marlon Brando y, sobre todo, a la novedosa e incontenible idolatría del sexo femenino, a la idealización del amor. Y Blutch consigue trasladar a la perfección la peculiar transición entre infancia y madurez en los tiempos de la cultura de masas, donde el niño afronta el paso con el bagaje extra de la televisión y el cine, en un maremágnum en el que las ficciones y las realidades se confunden para un rito que ha perdido su carácter de iniciático para reconvertirse en imitación de los nuevos mitos catódicos.
No sé si será por la coincidencia generacional, pero creo que Le petit Christian es la mejor obra de Blutch -y eso es decir mucho, oigan-, en la que plasma con mayor acierto tanto la camaleónica capacidad gráfica de otros trabajos como la fina ironía y sarcasmo aprendido en Fluide Glacial. Recomendabilísima (sobre todo para cuarentones y cuarentonas…:) )
Norma acaba de publicar la obra recopilando los dos volúmenes en edición integral. En su web se puede ver un avance de la misma. (4)

Clásicos del Humor: El reporter Tribulete

tribuleteSeñoras y señores: esta semana pasará a la historia. ¿El premio del Saló? No, para nada. El verdadero premio me lo han dado hoy con el volumen de El reporter Tribulete, de Cifré. Una selección de planchas de 1948 a 1962 que hacen un recorrido estricto a la par que amplio por las aventuras de este indómito reportero de El Chafardero Indomable, en la que podremos observar la evolución del personaje y del estilo del gran Cifré, uno de los gigantes de Bruguera, desgraciadamente desaparecido en 1962 con apenas cuarenta años de edad, en la cúspide de su carrera. En las páginas elegidas por Antoni Guiral es posible descubrir la inmensa capacidad para el gag del dibujante, su dinámica imposible, su expresividad extrema… pero también ese retrato indirecto de la sociedad española desde la posguerra más dura a los primeros años del desarrollismo del régimen franquista, construido a partir del catálogo de tipos a los que Tribulete conoce en ejercicio de su profesión. Un volumen inmenso, inconmensurable, magistral, que deja con más ganas de Cifré. Quien sabe, quizás sería posible incluir planchas de las geniales (y tremebundas) hazañas de Don Furcio Buscabollos, conocer la desvergüenza de Amapolo Nevera o los problemas del corazón de Cucufato Pi. O descubrir al gran antecedente de Superlópez, el gran Superbirria, siempre acompañado de su fiel Agapito para correr las aventuras más morrocotudas(*). ¡Ay! Soñar es gratis.
Compra obligada. No se puede ser aficionado a los tebeos y no conocer a Cifré, aviso (es más, seguramente hay una sala específica en el infierno reservada a aquellos que no lo idolatren, con castigos tremendos, como leer eternamente el Batman, Cristina, Barcelona ese).

Enlace: algunas páginas en el blog Viñetas.

Novedad de La Oveja Roja

La editorial La oveja Roja sigue introduciéndose en el mundo de la historieta y elige para su siguiente al siempre interesante Hervè Tanquerelle, del que en España no conocemos más que sus colaboraciones con Sfar en Profesor Bell. Una obra en la línea de las de Etienne Davodeau de la que se puede ver un avance en la web de la editorial.
(*)- LA COMUNIDAD (primera parte), de Hervé Tanquerelle y Yann Benoît. 180 pgs b/n, encuadernación rústica cosida. PVP: 17,00 €
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Novedad (y exposición) de sins entido

SINIESTRAS AMADAS, de Jack Mircala y Edgar Allan Poe
Annabel Lee, Ligeia, Sarah Helen, Morella… Con motivo del bicentenario del nacimiento de Edgar Allan Poe, el 19 de enero, Jack Mircala le rinde homenaje, poniendo en escena a las mujeres (amantes, amigas o fantasías) que inspiraron al poeta de Baltimore, en un precioso libro de poemas gráficos.
Exposición-venta en Espacio-Sins entido de los retratos de las mujeres del libro (maquetas originales y reproducciones digitales firmadas).
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¡Vuelve Adele Blanc Sec!

¡Albricias y aleluyas! Mi querida, amada e idolatrada Adele Blanc-Sec vuelve a la carga. Nueve años nos había tenido el malvado Tardi privados de las aventuras de uno de los personajes más carismáticos del tebeo francés. Pero, por fin, tras tantos años, se ha decidido a publicar un nuevo álbum de la genial heroína, que se prepublicará semanalmente en la revista Télérama del 27 de junio al 27 de agosto.
¿Cómo se suscribe uno durante un par de meses a Télérama?

30 años ya…

30 años.¡Cómo pasa el tiempo! Servidor en aquellos tiempos, para qué voy a negarlo, pues no era comprador de El Jueves. En esos tiempos, allá por el 77, era comprador de las revistas de Bruguera y de Vértice, que era para lo que llegaba la exigua semanada, y aprovechaba que mis padre compraban EL PAPUS para leerlo puntualmente a escondidas, eso sí, que salían tetas- todas las semanas. Eso sí, recuerdo perfectamente el primer número de EL JUEVES que apareció por casa, con esa portada rosita y la primera aparición de Martínez El Facha. Divertida, pero no podía compararse a mi idolatrada EL PAPUS, con Carlos Giménez, Ventura y Nieto, Manel, Sappo/Vázquez y sus geniales fotonovelas.
Así que dejé de leerla. Terrible y prematura traición, aunque la verdad, todo sea dicho, es que la razón fundamental es que mi padre no la siguiera comprando.
Pasó el tiempo, y servidor, lógicamente creció en alto, ancho y cartera, lo que me permitió, con aquello del atrevimiento adolescente, comprarme una revista satírica casi todas las semanas. Desaparecida EL PAPUS y tras la corta experiencia de EL PUPAS, quedaba tan sólo EL JUEVES, así que la cosa no permitía mucha elección. Pero oye, que estaba mucho mejor de lo que recordaba. De principio, tenía colorines, que quieras que no era todo un punto y, de segunda, que la práctica totalidad de mis admirados autores estaban en EL JUEVES Y más porque detrás de aquella portada que mostraba a Carrillo con chupete (¡ay!, sí, tengo memoria para estas chorradas) descubrí maravillas como el Dios de JL Martín, o los Grouñidos en el desierto o La Mamen. No tuve problemas en decidirme: compraría la revista… cuando pudiera. Desde entonces, y de eso hace ya 25 años, EL JUEVES ha estado siempre a mi lado. Ese “cuando pudiera” se convertía, según lo boyante de la economía, en todas las semanas a veces; otras, una vez al mes, pero consiguiendo que sus personajes formen parte de mi vida. Martínez el facha, el Dios, Jesusito de mi vida, Mamen, Groucho, La parejita, Tato… cada uno ha sido y es parte de mi mitología personal, emperrados semana a semana en formar parte de mi vida.
Pero hay mucho más. Cuando he conseguido -¡por fín!, que jodida ha estado la cosa, no creáis- un ejemplar del libro conmemorativo que han editado, recopilando momentos de estas tres décadas, no he podido evitar pensar que en ese librito está toda mi vida. Todos mis recuerdos de adulto están ahí: la democracia, el golpe, el divorcio, los mundiales de fútbol, el 28-O, la ley Corcuera, las bragas de la Chávarri, Roldán y sus calzoncillos, Ansar, las olimpiadas, Travolta… Desde las anécdotas más olvidables a aquellas que me impresionaron, los treinta años de historia de EL JUEVES son también treinta años de mi vida. Si los libros de historia me recuerdan la historia que he vivido, EL JUEVES me proporciona de nuevo las sensaciones y sentimientos que me aquellos acontecimientos me produjeron. Es una especie de registro sentimental de mi existencia que, leído hoy, me permite algo mucho más importante que un simple ejercicio nostálgico: sentir que esa historia ha sido la mía.
Comprenderéis ahora el porqué a veces me cabreo con la revista, cuando creo que no lo están haciendo bien o porque no me ha gustado un rumbo determinado de una serie. ¡Coñe!, que son parte de mi vida, también tengo derecho a quejarme, ¿no?
Dicho todo esto, ¿qué más voy a decir? Que encima han estado apostando por los autores de aquí, por la historieta y por fomentarla, que hicieron algo tan ilusionante como el Mister K… Y que siguen en ello, buscando nuevos autores y jugándosela semana a semana, demostrando que forman parte de ese Olimpo de las revistas satíricas donde están Punch, MAD, Charlie Hebdo, Le Canard Enchainé o La Codorniz.
Os quedan un par de días para haceros con el especial. Si lo encontráis, porque deben quedar cuatro mal contados…
Treinta años.

Amigos de EL JUEVES: Gracias.

PD 1: Que han remodelado la web, que sus paséis, leñe.
PD 2: ehhhhh, ps, ps, Albert, ¿te pasé la dirección donde enviar el jamón? De todas formas es la de siempre, ya sabes… Por cierto, que el último fue de pena, a ver si os ponéis las pilas, que era de marca Carreful…

Un par de enlaces. O mejor, un enlace y una polémica.

El primer enlace, uno que me provoca envidia a raudales y que prometo visitar fielmente: El diario de Jeremy Brood, dedicado a mi admirado e idolatrado Richard Corben.
Y el segundo, una sana e interesante polémica. Resulta que hace unos días, Erik Larsen dejó en Comic Book Resources una carta abierta a los autores de cómic-book americanos (en español, aquí), recriminándoles su actitud pasiva y seguidista de los deseos editoriales. Una opinión clara y contudente, muy próxima a las mantenidas en su día por Dave Sim, que a buen seguro debería matizarse en muchos detalles, pero que evidencia la división que existe entre los propios autores americanos y que ya está generando polémicas de todo tipo.