Gertrude Stein

Curiosa coincidencia: dos obras editadas por la misma editorial, casi simultáneamente, y que recuperan en cierta medida el espíritu de Gertrude Stein, una de las principales valedoras e impulsoras de la renovación estética y formal que se impuso a principios del siglo XX desde el barrio de Montparnasse parisino. Dos obras que, además, buscan la fabulación completa sobre personajes reales, pero desde dos perspectivas muy diferenciadas, pese a contar con estructuras similares.
elsalon.jpgEn El Salón, Nick Bertozzi hace referencia al famoso “salón” de los hermanos Stein, donde se dieron cita los pintores más famosos de la época, comandados por un Picasso que estaba socavando las bases del arte en busca de una forma de expresión nueva y diferente. Bertozzi imagina el encuentro en esta famosa estancia entre Georges Braque y el pintor malagueño como el germen necesario para la inspiración del cubismo. Una historia ya de por sí interesante pero que el autor arropa con una ingeniosa trama de intriga. Convierte el salón de los Stein en un lugar iniciático que transporta a los presentes a las propias pinturas, convirtiéndose en protagonistas de los cuadros gracias a la misteriosa absenta azul y que pronto conocerán una terrible noticia: alguien está asesinando a los prestigiosos pintores que acudían a estas citas secretas. Una trama que une elementos fantásticos y datos reales en un entretenido continuo, en una investigación que deambula entre el clasicismo de los asesinatos de la calle Morgue y la ironía, me vais a permitir la exageración, de la divertida ¿Pero quién mata a los grandes chefs? de Kotcheff (impresionante Robert Morley, como siempre), con no pocos guiños a los lectores de tebeos, dejando caer la posibilidad de que la historieta estuviese en la base de muchas de las innovaciones pictóricas de la época (una hipótesis nunca desdeñable, de hecho, era conocida la admiración de artistas como Picasso por obras como Krazy Kat). Sólo con lo anterior, El Salón sería una lectura muy recomendable, pero es que, además, hay que destacar el espectacular trabajo gráfico de Nick Bertozzi, que toma como puntales principales de su narrativa la minuciosidad descriptiva y el cambio cromático. El primero le permite al autor dotar a las escenas de ambientes muy definidos, compensando la férrea estrcutura compositiva con este detallismo que recupera con exactitud la atmósfera de la época y logra que el relato nos parezca fidedigno. El uso del color, en cambio, busca dotar a las escenas de una tensión psicológica que no puede alcanzar el dibujo. En lugar de una detallada descripción cromática, cada escena toma un color dominante, desde los obvios azules de los “viajes” con la absenta azul a naranjas, verdes, o violetas que definen estados de ánimo de los protagonistas y el momento de la situación.
El resultado final, una obra de lectura recomendabilísima, en exquisita edición de Astiberrri (3+).
(y no, de esta chorrada no pienso hablar…)
nomedejesnunca.jpgLa otra cara de esta afortunada coincidencia la pone el siempre sorprendente Jason, que parte también de las compañías de Gertrude Stein, en este caso las literarias. En No me dejes nunca, la generación perdida de Hemingway y Scott Fitzgerald se hace protagonista de un relato contracorriente, en el que los famosos escritores son reconvertidos en historietistas y la descripción que Hemingway hizo en París era una fiesta se transforma en una suerte de nueva versión del Atraco Perfecto de Kubrick con protagonistas literarios. Jason juega con los protagonistas, cambiando situaciones y momentos, manteniendo sus personalidades, pero buscando el quiebro formal a través de detalles absurdos, paradójicos, que rompen la historia pero logran una inesperada coherencia lógica. Un original juego de espejos trucados que finalizará con una elección imprevista, un nuevo juego formal en el que veremos la acción desde la perspectiva de cada personaje. Una obra, de nuevo muy recomendable y que se convierte en la compañera perfecta de la anterior (3).