Dos lecturas que desde perspectivas muy diferentes están, sin embargo, íntimamente conectadas.
Comienzo con Voodo Child, de Martin L. Green y Bill Sienkiewickz, publicado (excelsamente) por Glenat. Un libro que, si fuese por el guión de Green pasaría completamente desapercibido, una hagiografía a mayor gloria del guitarrista, en el que más parece que estemos leyendo un episodio de Vidas Ilustres de Novaro o los hechos de los santos. Es decir, una historia sólo para confesos creyentes en Mr. Hendrix.
Pero la diferencia estriba en Sienkiewickz, un autor que llegó de rebote recomendado por el primer autor al que se le propuso el proyecto, nada más y nada menos que Will Eisner. Y fue toda una suerte, porque el maestro sabía bien lo que proponía. Tras una búsqueda estética que le llevó del respetuoso seguimiento del academicismo de Neal Adams a la vanguardia más radical, Sienkiewickz llegó a este encargo en un momento de lucidez creativa absoluta, pero decepcionado por los trabajos que le llegaban del mainstream, que no le permitían expresar sus posibilidades. Una situación personal inaguantable que explotó en la mesa de dibujo de Voodoo Child, que se traduciría en uno de sus trabajos más espectaculares. Sabedor de que su obra trataba sobre personajes reconocibles, reales, retomó el academicismo de Neal Adams para el dibujo de la figura humana, pero buscó en la cromaticidad la expresividad de sentimientos y sensaciones, logrando que sus dibujos evocaran sensaciones sinestésicas en el lector. La música, las drogas, las alucinaciones… Sienkiewickz consiguió no sólo reflejarlas, sino trasnmitirlas, conseguir que una canción escrita jugara con las tipografías y los colores de tal manera que el lector sintiese no sólo la música, sino los sentimientos que la inspiraban. Juegos cromáticos imposibles, composiciones arriesgadas que se alzan con el peso de la narración pura mucho más allá que el dibujo de la figura humana, consiguiendo un tebeo irrepetible.
Voodoo Child es un delirio para los sentidos que traduce la música y las sensaciones en un festín visual.
Y la segunda lectura que se basa en lo gráfico es el primer volumen de Pop Bot, de Ashley Wood. Un dibujante que supo seguir la estela de Sienkiewickz, pero consiguiendo una lectura propia y definida, basada en su calidad incontestable (algo que no pueden decir otros dibujantes, como el Sr. Templesmith). Decidido a contar sus propias historias, el australiano se ha embarcado en este extraño viaje psicodélico llamado Popbot, una extraña historia que mezcla gatos cantantes de punks, robots del siglo XIX, clones de Warhol, prostitutas robot, robots asesinos y a Sherlock Holmes en una de los mejunjes más abigarrados y heterogéneos que servidor recuerde, una especie de homenaje al pop desde lo retrofuturista, inidentificable, indefinible..¿steam-pop? Quién sabe, pero lo cierto es que pese a lo confuso de la narración, próxima a la improvisación continuada de un Garaje Hermético, la potencia de las imágenes de Wood es indudable. Sin orden real, a veces más como concatenación de ilustraciones, otras como ejercicio compositivo de la página, el australiano va derrochando talento visual, consiguiendo impactantes escenas que se fijan en nuestras retinas, tonos sepias y blancos y negros que invaden nuestro cerebro para provocar alucinaciones visuales continuadas. No tengo muy claro si Popbot es un relato surrealista ilustrado o un conjunto de ilustraciones con un texto aleatorio. Ni siquiera tengo claro que sea un tebeo o un magnífico libro de ilustraciones, pero lo que es indudable es que Wood ha sabido ponerse a la altura del maestro Sienkiewickz en calidad como ilustrador.
Eso sí, que se abstengan aquellos que busquen una historieta coherente o un hilo narrativo definido.
Dos tebeos donde la imagen está por encima de la historieta y que no pueden puntuarse de forma global. Vista la descripción, cada cual que decida.
Enlaces: Página de Ashley Wood | Página de Popbot | Página de Bill Sienkiewickz |Sienkiewickz en Guiadelcomic.com
